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Entradas Etiquetadas ‘Panorama nacional’

El papeleo público

domingo, 2 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Uno de los males endémicos que sufre el país y para el cual no ha resultado cura es el del papeleo. Hasta el trámite más simple está sujeto a inexplica­bles tropiezos que acaban con la paciencia del más valiente. Es el nuestro el país de los re­quisitos, de las formalidades, de los absurdos. El jefe de turno, tan dado a la notoriedad, proclama el día de la posesión un total cambio de estructuras que consiste en destituir a los cuatro o cinco funcionarios cla­ves y en poner a rodar una serie de innovaciones que ningún provecho traerán pero sí harán resaltar el sello de la nueva autoridad. Lo cual no es sino una manera de rendirle culto a la personalidad y pretender ser originales e innovadores.

Los trámites se cambian por obsoletos, por antifuncionales, por inaceptables. Naturalmen­te, a los seis meses el sucesor volverá a transformarlos por idéntica razón. En poco tiempo el formulario pasa de azul a castaño, la casilla de pago se traslada a las tres cuadras, las libretas en uso se sustituyen por otras de mayor armonía, y se inventan sistemas de alta seguridad, patentados contra desfalcos, falsedades y trampas. Nada de esto se logra, aunque sí se rompe la rutina, pero a costa de la paciencia pública.

Hacer el recorrido de estas modificaciones resulta tan complicado, que en quince días estará conformada a la puerta del establecimiento la cofradía de ágiles intermediarios que le harán a usted, sufrido contri­buyente o simple usuario del servicio, todas las vueltas por unos devaluados pesos, evitán­dole el mal humor de los fun­cionarios —lo que en muchos casos tiene una doble acepción— y ahorrándole molestias y arrebatos.

En los escritorios de los empleados se encuentran, sin orden ni explicación, cuartillas indescifrables con las “normas orgánicas” dictadas sucesivamente por todos los jefes en tránsito. La cabeza del subalterno tiene, por lógica, que funcionar tan revuelta como su mesa de trabajo. Y lo que no entiende de este maremágnum de papeles lo interpreta a su gusto, ampliándolo o mutilándolo, según las circunstancias. Los platos rotos resultará pagándolos el público. Es la dinastía de los mandos medios, impulsada por la dictadura del papeleo.

¿Por qué, en vez de tanta profusión de normas, no se busca la continuidad de sis­temas útiles? ¿Para qué tanto cambio de colores en los for­mularios? ¿Para qué modificar los buenos hábitos por sistemas que nadie entiende? El país padece una sangría económica en los cambios de formularios, de normas, de estilos. No hay conciencia del servicio. Todo es lento, oscuro, enigmático. De un escritorio debe trasladarse al siguiente, y de este al de más allá, que permanece vacío.

Los pasos de una operación se multiplican sin necesidad, con desperdicio de tiempo, de papelería y de dinero. No hay criterio para resolver si­tuaciones inesperadas, salidas de la eterna rutina diaria, pero ni siquiera para administrar el flujo ordinario. Y todo por culpa del papeleo. El papeleo es sinónimo de vicio, de pereza, de falta de inventiva. A diario nos ahogamos en un mar de pequeños detalles, de con­fusiones, de insignificancias. El sentido práctico vive ausente de las oficinas públicas.

Valga un ejemplo. Tras hacer una larga cola en la oficina de impuestos en busca de la cifra con la que al fin el paciente ciudadano descargará un peso en la conciencia, debe someterse  a otra que lo lle­vará, con una cintilla de máquina sumadora en la mano, a una casilla distinta que le expedirá un comprobante que debe, a su vez, pasarse a donde un tercer empleado que le reci­birá el pago. Es decir, una operación por triplicado, con vueltas innecesarias y con desgaste de tiempo y de calorías para el buen ánimo ciudadano.

Y con un final dramático: «No se reciben che­ques». El aviso, minimizado y mugriento, solo se descubre en la boca de la ventanilla des­pués de tres horas de angustias. En vano se explicará que no se requiere un paz y salvo inmediato, y se jurará que no somos expertos en expedir cheques chimbos, y se rogará com­pasión hacia el indefenso contribuyente que, ni siquiera con el pago en la mano, se hará valer. La cajera nos explicará que las órdenes deben cumplirse y sin más argumentos nos retirará a las tinieblas exteriores.

Quizás algún día este ciuda­dano, que somos todos los que pisamos las oficinas recauda­doras, tratará de volver con billetes relumbrantes. Ha sido, por lo  pronto, víctima del formulismo, del papeleo, de la dictadura de los mandos me­dios. El exceso de rigor y desconfianza le agotó las ganas de pagar. En el sector privado le hubieran premiado el acto con platillos y timbales.

El Espectador, Bogotá, 14-II-1976.

Los nuevos ciudadanos

domingo, 2 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Frente a las puertas de la Registraduría del Estado Civil vimos en los últimos días una muchachada atraída por la no­ticia de que, como nuevos ciudadanos, podía proveerse de un documento para depositar en la plaza pública su opinión sobre la conducción del país. Días atrás una ley había esta­blecido el voto a los 18 años, circunstancia que lejos de despertar el interés que se esperaba entre la juventud, pasó casi inadvertida. Durante largo tiempo los políticos de to­dos los partidos han venido asignándose ese electorado con el que considera cada cual que cambiarán las reglas de juego, a su favor, naturalmente.

Ese electorado en cierne, que ni siquiera alcanzó a cedularse en mínima parte para los próximos comicios y cuya propiedad es disputada por to­dos los partidos, permanece al margen de la rebatiña elec­toral. Es una juventud sorpren­dida con la noticia de haberse vuelto, de repente, hábil para influir en los destinos del país.

Piensan unos que la juventud moderna camina hacia la iz­quierda, y sin más fórmula se apoderan del millón y medio de nuevos votantes; otros insisten en que la humanidad es derechista por tradición, y con ese argumento proclaman la victoria; el comunismo se siente robustecido con el inesperado refuerzo, quizá por considerar que la universidad solo produce extremistas; la Anapo confía en que las mentes jóvenes cambiarán las estructuras de una sociedad decadente. Y en cada ciudad, pueblo o vereda, los políticos de todas las denominaciones se lanzan a la caza de estos votos que suponen fáciles, pero que en realidad son los más com­plicados de descifrar.

En reciente entrevista entre estudiantes se notó un ánimo general de indiferencia, y casi que de repulsa, por la política. Casi todos los entrevistados no supieron su preferencia ideológica y poco entusiasmo les causó sentirse ciudadanos por obra y gracia de una ley que ignoraban. Signo inquietante para los nuevos tiempos el de encontrar una juventud desorientada que desconoce su propia definición ante la vida.

Un comentarista de Estados Unidos califica a la juventud moderna como «generación atormentada». Tal es, y no nos equivoquemos, el reto del porvenir. La época es más de tumulto, de vocinglería, que de firmeza. No hay convicciones. El estudiante pisa un terreno deleznable y se vuelve líder a la fuerza de ideas que apenas masculla, que no profesa ni entiende y que olvidará para siempre al día siguiente de abandonar el claustro.

Impro­visados revolucionarios preten­den conquistar el mundo con el código de Marx debajo del brazo y con el cerebro vacío y la personalidad endeble. La sociedad necesita auténticos revolucionarios, pero solo encuentra rebeldes sin causa.

La juventud que destapa la ley de votación a los 18 años go­bernará en breve al país. Está próxima a recibir los puestos de mando, pero ignora a qué partidos pertenece. Se ve mani­fiesta la apatía por las cues­tiones políticas. Postura que debe hacer meditar a los líderes de la comunidad, antes que ponerlos a fabricar cuentas alegres sobre electorados  tornadizos.

El Espectador, Bogotá, 30-I-1976.

Alzas a granel

domingo, 2 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

La opinión pública se encuen­tra desconcertada con las continuas alzas registradas en importantes renglones de consumo popular. Si los augurios sobre el nuevo año se mostraban promisorios en ma­teria económica para el pueblo, tal parece que ese optimismo se ha ido al suelo ante la avalancha de reajustes de di­verso orden que se han decreta­do y pro­vocan, por su inevitable ola explosiva, especulaciones y acaparamientos por la costum­bre muy colombiana, y por lo demás incontrolable, de enten­der las cosas al revés.

El mejor sistema para que la vida se encarezca es el de autorizar alzas, y con mayor razón si caen a granel y sobre artículos estratégicos de la economía. Si los precios no pue­den permanecer congelados por razones elementales, su desborde ocasiona malestar. Cuando sube un producto, otros siguen la misma corriente por afinidad o por simple capricho. Los comerciantes quieren ganar más, los industriales quieren ganar más, todos quieren ganar más y nadie se conforma con mantener re­presado el precio de un artícu­lo cuando al vecino se le permi­te aumentar el suyo.

El placero ignora el galima­tías de los economistas y es ajeno a aranceles y signos internacionales, pero es muy sensible a los anuncios de radio o a los titulares de prensa y reajustará los precios cuando sabe que el café se trepó en el mercado de Nueva York. «Si los demás ganan, yo debo ganar más», es su teoría. Si el tendero se entera de que se ha produci­do un alza en los cominos, será motivo suficiente para que ipso fasto se valoricen todas sus mercancías, y no solo a ras con la competencia, sino por encima de ella, pues él podrá no ser un experto en cuestiones mercantiles pero ha aprendido que el que más se empina respira mejor. Puede que no tenga razón, pero nadie logrará convencerlo de lo contrario.

No es el Dane el que deter­mina el costo de la vida. El me­jor termómetro está en la plaza de mercado o en la tienda del barrio. La mayor anarquía de los precios se encuentra en estos lugares y es en ellos donde se surte la canasta familiar con diferencias muy sensibles a las que registran los datos del Dane.

Un alza, cualquiera que ella sea, es contagiosa. No se dis­cute aquí la justicia de ciertos reajustes, sino su oportunidad. Y este mes de enero, tan abierto a sanas expectativas, se enturbia, de repente, con esta ola alcista que está invadiendo todos los vericuetos de la economía hogareña. El alza de los textiles, por ejemplo, se decreta en momentos en que el sufrido padre de familia, no repuesto aún de las angustias navideñas, se apresta a ad­quirir los uniformes escolares. Tal alza resulta inoportuna en razón de la época, así sepamos que es necesario estimular la subsistencia de este ramo fuertemente afectado el año anterior. Pero no es justo que se impulse esta actividad con el sudor de los usuarios, que son todo el pueblo. Bien hubiera po­dido aplazarse la medida unos días más para hacer menos inclemente la época preescolar, sin duda la más angus­tiosa del año.

Ojalá que los días posteriores se encarguen de abrir más el horizonte. Por lo pronto, la cuesta de enero ha resultado contraevidente a las predic­ciones.

El Espectador, Bogotá, 20-I-1976.

El lascarrismo

domingo, 2 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Como elocuente ejemplo para las nuevas generaciones debe mirarse el caso humano del profesor Leopoldo Lascarro. En el tráfago de la vida moder­na poco es el cuidado que se dispensa a estos valores que lograron levantarse, sin estruendo ni ostentación, desde modestos puestos hasta eleva­dos niveles luchados palmo a palmo y con firmeza, en el empeño de querer ser útiles a la sociedad.

El esfuerzo personal ha ido desapareciendo porque quiere conquistarse el mundo sin exponer ninguna cuota de sacrificio. Se pretende que el éxito llegue espontáneamente, como si fuera fácil vencer la incompetencia con el cerebro hueco y la personalidad enfer­ma. Y como paradoja para estos tiempos dominados por la frivolidad, hoy, más que ayer, la pelea por la subsistencia resulta menos indulgente.

Surgir en una época en que la vida es cada vez más estrecha, sembrada como se encuentra de obstáculos y limitaciones de todo orden, demanda, aparte de arrojo, una gran dosis de preparación. Estamos en la generación de la flojera, que marca una indescifrable ansia de aventura y de conquista fácil, y nos encontramos con una juventud inerme que inten­ta encarar el porvenir con las manos vacías.

La gente se olvidó que para triunfar debe aprender el arte de la defensa. Los genios no nacen por generación espontá­nea. Para salir del montón no existe otro camino que imitar a estos maestros que se van comiendo los días y que se extinguen como símbolos, y no como im­pulsores de nuevas promociones que deberían ocupar sus puestos.

La escuela de los autodidac­tos está languideciendo. Si es admirable el caso humano de Leopoldo Lascarro, es también deprimente ver la ausencia de discípulos de este gran hombre que saltó de la escuela primaria al dominio de las ciencias económicas, hasta convertirse en una autoridad, sin más profesor que su in­declinable voluntad de superación. El lascarrismo, por desgracia, es un estilo con pocos seguidores. ¡Y cuánta falta le hace al país!

A la gente no le gusta es­tudiar. Prefiere el brillo exter­no, ese barniz con que se pinta tanto profesional con títulos de relumbrón, al auténtico bagaje intelectual. La prisa del mundo aniquila la silenciosa labor de cosechar conocimientos en el reposo de los libros, la mejor universidad de la vida. Esos libros que le enseñaron al pro­fesor Lascarro la verdadera sabiduría, y que con el correr de los días le valieron la exaltación de la universidad que nunca había pisado, se han devaluado en la confusión que sufre la humanidad, tan ama­ñada con las apariencias como desprovista de mística para amaestrar la inteligencia.

«Se busca un hombre», clama un reto industrial. Es una cuña que encierra pro­fundo significado en la era mo­derna. Ese hombre, tan afanosamente llamado, está perdido. Muchos son los que llegan, pero pocos quienes poseen los requisitos de esa exigente vacante de la sociedad que termina llenándose a me­dias, porque la mediocridad ca­be en todas partes. El las­carrismo no contesta a lista, pero cuando lo hace ni siquiera se le cree.

Antiguamente la competen­cia era con los «lascarros» —sinónimo de idoneidad y rectitud—, y hoy es con los títulos, con los «doctores», con los padrinazgos que se apo­deraron de la época, pero no para hacerla mejor, aunque sí más tinturada.

El Espectador, Bogotá, 19-X-1975.

El abuso sobre ruedas

domingo, 2 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

En un medio como el nuestro, ati­borrado de asfixias y de asperezas, se vive bajo el continuo asedio del atrope­llo. La vida es una carrera alocada con­tra la rudeza. Es un signo de nuestro tiempo, característico de una edad ca­rente de sensatez. Aun las cosas más simples se tornan desabridas y a veces impenetrables por el sinfín de obs­táculos con que chocamos a cada ins­tante gracias a la crueldad –y no de otra manera podría calificarse– del mundo hostil que nos ha tocado en suerte. Se ha perdido el sentido de la lógica y la tolerancia. Todo resulta confuso y enrevesado.

Hablar del abuso es incurrir en un lugar común. La gente se acostumbró a atropellarnos, a ponernos zancadilla, a volver imposible la faena diaria. Y al hablar de la «gente» estamos todos in­cluidos, porque pertenecemos, querámoslo o no, a la generación del absur­do que nos ha atropellado irremedia­blemente.

Veamos, en serie, unas pocas torceduras que le pueden ocurrir al ciuda­dano común, como el autor de esta no­ta, y también a cualquier otro ciudada­no. Los desatinos de la humanidad no distinguen, para que el mundo sea más igualitario, clases sociales, ni rangos, ni privilegios, y es la fórmula más risueña para sentirnos hermanados contra la desprotección y la torpeza.

Por los caminos del turismo abun­dan los obstáculos como si se estuviera transitando por campos de batalla. El agente de aduana, desaforado en persecución de contrabandos imposibles, re­volcará el modesto equi­paje hasta convencerse de que las pobres mudas escondidas en lo más íntimo de la maleta no constituye ninguna infrac­ción. Habrá que pasarle, a regañadien­tes para él que espera mayor generosi­dad, cualquier devaluado billete para que no continúe echando a pique el resto del equipaje y de paso irritando más aún nuestra sensibilidad.

Qué inú­tiles y tontas resultan estas requisas que no tienen otro objeto que torturar la paciencia para extraer unos dividen­dos.

Más adelante aparecerá el guarda de rentas indagando por la botella sin estampillar, como si los cargamentos in­fractores se transportaran en frágiles vehículos. Al poco trecho irrumpirá la brigada de circulación escudriñando el pase que siempre mantenemos ac­tualizado, y dudando de la tarjeta de propiedad que hemos conseguido con el sudor de la frente, y pidiendo prue­bas sobre el extintor que no hemos destapado aún, y amenazando con la multa por no portar el inventario rigu­roso de la herramienta de emergencia, y asustándonos porque una farola va desportillada…

¡Vaya suplicio más inaudito el que nos propinan estos re­presentantes de la autoridad tan celo­sos para martirizarnos la vida como fá­ciles para encubrir los auténticos deli­tos de las carreteras!

A la llegada a Cajamarca, cuando aún nos quedan fuerzas para subir las curvas de La Línea, nos encon­tramos con una aglomeración impre­sionante de vehículos que no avanzaba ni para adelante ni para atrás. Es una trabazón de los mil demonios y suponemos, por lógica, que algo grave ha acaecido. Cuando logramos escapar, nos hallamos ante la sorpresa de que es un desfile de reinas el que se ha  apoderado de la calle principal. No hay siquiera derecho a contemplar el soberano despliegue y nos resignamos a maldecir en silencio la tranquilidad de las autoridades que así abusan de nuestro sufrido confort por la «calle real» de Colombia.

¿Para qué seguir enumerando los su­frimientos que hay que soportar por los caminos de la patria? Son apenas unas muestras de la intemperancia, de la indolencia, del mal trato que se en­cuentran, aquí y más allá, siempre que pretendemos echar una cana al aire. Pero es preciso no perder, para consue­lo de tontos, el sentido del humor, y ojalá sea esto lo que más defendamos.

La Patria, Manizales, 30-X-1975.