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De hostilidad en hostilidad

lunes, 22 de noviembre de 2010 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

A tal extremo ha llegado el ánimo ofensivo del presidente ecuatoriano Rafael Correa contra Colombia, que su furia se le volvió una obsesión patológica de difícil sanación. Ya no sabe qué hacer para vengarse de nuestro país por los efectos de la Operación ‘Fénix’, la que  desenmascaró su apoyo flagrante a la guerrilla de las Farc.

Correa aprovecha cuanto motivo le sea propicio (o cree que le es propicio) para vociferar contra Colombia. Pero sus alaridos no producen otro efecto que el de retratarlo como un gobernante desmesurado que, perseguido  por sus propios problemas domésticos y carente de razones para sostener su falacia anticolombiana, escupe a los cuatro vientos su saña rabiosa. De tumbo en tumbo, como lo hemos visto actuar en los últimos meses, su figura se debilita a nivel internacional y local por culpa de sus propios yerros.

No le bastó que los computadores de ‘Raúl Reyes’ revelaran su cercanía y apoyo al grupo guerrillero. Para distraer a la opinión pública, táctica en la que el presidente Correa se muestra como consumado malabarista, se valió de un juez de Sucumbíos que dictó orden de prisión (como si se tratara de un residente en dicho país) contra el ex ministro Juan Manuel Santos como  responsable de la incursión militar, el primero de marzo de 2008, en el campamento de las Farc montado en territorio ecuatoriano. La solicitud elevada en tal sentido ante la Interpol fue denegada por dicho organismo por el claro espíritu político que contiene.

Vino luego el video del ‘Mono Jojoy’ que devela el apoyo económico prestado por las Farc para la campaña presidencial de Correa. Video que, a pesar de su contundente evidencia, el pugnaz mandatario pretende desvirtuar con el manido argumento de que se trata de un montaje. Y busca que el pueblo le crea. Pero la opinión pública sabe distinguir lo que es cierto de lo que es engañoso. En esto no puede existir duda.

Este pueblo hermano de Ecuador, con el que nos unen tantas cosas buenas, tantos ideales e intereses mutuos, mira estupefacto, al igual que nosotros, esta etapa distorsionada de la historia contemporánea que se ha salido de madre a merced de la intolerancia y la insensatez de ciertos gobernantes. No se está luchando por causas justas, sino que se obra con la sinrazón dictada por el egocentrismo y el odio visceral.

En los ojos de la historia ha quedado nítida la mirada rencorosa del presidente Correa frente al gesto gallardo del presidente Uribe, en célebre reunión internacional. Los tiempos futuros se encargarán de dilucidar esta actitud agresiva, que lejos de aminorar, su protagonista ha acrecentado al máximo, incluso con el castigo humillante para las exportaciones colombianas a su país.

Y como si fuera poco, nuestro fortuito enemigo se viene lanza en ristre contra el acuerdo de cooperación militar, en trámite de suscribirse con Estados Unidos, mediante el cual se favorecerá la política de control del narcotráfico y el terrorismo. Nada nuevo ha sucedido, ni va a suceder, diferente a mantener puntos estratégicos para contrarrestar, con la asesoría norteamericana, tales flagelos sociales. Cerrada la base de Manta en Ecuador, se opera su traslado a Colombia, sin que ello implique una amenaza para los países vecinos.

Lo que pasa es que existen presidentes recelosos, siempre en plan de buscar problemas donde no los hay, como Hugo Chávez en Venezuela, Rafael Correa en Ecuador, Evo Morales en Bolivia y Daniel Ortega en Nicaragua. Sus voces se orquestan en contra de Colombia cuando en sus alianzas antiimperialistas confunden los actos de la autodeterminación de los gobiernos con políticas desafiantes para la región, que en este caso no existen.

Y nos amenazan con las armas y la guerra, como si se tratara de un juego infantil. Esta atmósfera movida por el resentimiento y la hostilidad es el peor detonante contra la paz de las naciones. Se espera, por supuesto, que los ánimos exaltados bajen de tono; que haya sentido de convivencia; que se fortalezcan los vínculos diplomáticos y que lleguemos a conquistar los lazos de unión forjados por el Libertador.

La figura histórica de Bolívar, que tanto apasiona a Chávez, ojalá pase de lo teórico a lo real, como emblema y motor para la paz y el progreso regionales.

El Espectador, Bogotá, 27 de julio de 2009.
Eje 21, Manizales, 28 de julio de 2009.

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Comentarios:

Esta clase de artículos ayudan a que tus lectores tengamos la oportunidad de mirar aún más claro el conflicto que estamos viviendo con países hermanos. Olga Lucía Reyes, Bogotá.

Leí tu artículo y fue muy interesante conocer datos que, con tantos detalles políticos, desconocía. Ramiro Lagos, Madrid (España).

Lo que sucede con Correa es que quedó descubierto, o como decimos en Venezuela, “lo agarraron con las manos en la masa”, y ya no puede seguir mintiendo, ni tratar de parecer lo que no es. Todo el mundo sabe que la pandilla de Chávez, Morales, Correa y Ortega es un grupo de narcotraficantes que tienen sus nexos y apoyan a las Farc. Zelaya estaba en lo mismo y ahora se le enredó la cuerda. Imposible que a Correa y demás miembros del clan les gusten las bases norteamericanas en Colombia, porque les harán el tráfico mucho más difícil, pero Colombia tiene el derecho a hacerlo. Además me imagino que los colombianos querrán que llegue al país la paz integral. Mercedes Montero, Nueva York.

Ritos degradantes

miércoles, 17 de noviembre de 2010 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

De no ser por el video que muestra el ‘bautizo’ a que fue sometido un policía aspirante a carabinero, la escena en que sus propios compañeros lo cubren de excremento de caballo y lo obligan a ingerirlo no hubiera sido conocida por la opinión pública.

Este video, grabado con un teléfono celular, fue transmitido al país por Noticias RCN y después divulgado por los periódicos. Es fácil deducir que quien tomó esas escenas estaba presente en la ceremonia de ingreso del aspirante, y al no estar de acuerdo con los métodos empleados, los denunció llevando a la emisora la prueba de ese acto de brutalidad.

Lo que exacerba el ánimo es saber que al frente de la operación se hallaba un mayor de la Policía, o sea, un oficial de alta graduación. Aunque se encuentra adecuada la reacción del general Naranjo al condenar el acto y luego destituir al oficial, queda flotando la duda sobre si tales prácticas en la institución policial, lo mismo que en las Fuerzas Militares, ha subsistido por falta de mayor claridad y energía de los mandos superiores.

Las escenas son atroces: al policía se le muestra desnudo, rapado, y es llevado a la fuerza por sus compañeros, mientras el que parece ser el superior le tapa la nariz y lo obliga a comer el excremento, como paso previo del acto final, el de la graduación, donde se le cubre por completo de boñiga. Qué horror. Podría pensarse que los hechos sucedieron en un antro de fieras y no en una dependencia de la Policía.

No todo lo que se ejecuta en los cuarteles es conocido por los superiores, y a veces procedimientos crueles como el señalado se vuelven corrientes, o reglamentarios, entre otras cosas porque esas prácticas inhumanas han sido adoptadas a través de los tiempos como sistemas de formación, dizque para enseñarle a la gente de armas a ser dura.

Qué concepto tan equivocado: en lugar de la dureza o la educación del carácter, tales despropósitos pueden inculcar la violencia, la ordinariez, los ademanes despóticos, conductas que más tarde influirán en el trato con los demás y crearán estados peligrosos en la sociedad.

Y dejan secuelas sicológicas, pues la humillación y la tortura, al degradar al individuo, crean resentimiento. Tratando de que el hombre sea ‘macho’, como sin duda es lo que pretenden estos métodos antinaturales, al ofendido se le vuelve salvaje, con un resultado desastroso: el maltrato que a él le dieron, buscará ejecutarlo en otras personas cuando tenga mando.

En el pasado reciente se ha sabido de soldados insolados bajo la orden de algún oficial o suboficial que se extralimitaron en sus funciones; o de soldados torturados, como ocurrió con veintiuno de ellos durante ejercicios de entrenamiento en el Tolima; o se ha conocido el infame capítulo, sucedido hace muy poco tiempo en Bogotá, de dos menores de edad quemados con gasolina en una estación de policía.

Ahora ocurre el ‘bautizo de sangre’ con que fue recibido este policía indefenso, pero consciente de lo que iba a sucederle (¿cómo protestar si esa era la regla establecida?), a quien, a manera de inri oprobioso, lesivo para su dignidad y su hombría, se le advirtió que “el honor de ser carabinero cuesta”.

Lección difícil de asimilar, e inexplicable dentro del grado de civilización y profesionalismo a que ha llegado la Policía Nacional, tan diferente al de viejas calendas. Por desgracia, algunas mentes retrógradas enturbian, con tales procederes apartados de la razón y prohibidos por las normas internas, la imagen de la institución.

La categórica manifestación del general Naranjo al afirmar que “la Policía Nacional se siente lastimada con la conducta de un individuo que es indigno”, deja la confianza de que en adelante, como tiene que ocurrir, no volverán a repetirse estos hechos bochornosos.

El Espectador, Bogotá, 23 de febrero de 2009.
Eje 21, Manizales, 24 de febrero de 2009.

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Comentarios:

Tu página es una denuncia frente a la violación de los derechos humanos, de la dignidad. Todos los días me decepciona más la degradación que alcanzan algunas personas cuando llegan a tener poder. Esperanza Jaramillo García, Armenia.

Yo detesto profundamente este tipo de rituales. El mundo está plagado de rituales absurdos que se defienden culturalmente. Por ejemplo, el caso de la tortura de toros que llaman corridas de toros y que enloquece a millones de personas. Es un ritual horroroso, donde la gente goza con la tortura en diferentes formas de un pobre animal que se ha entrenado para atacar sin casi ninguna posibilidad de salir vivo y cuyo mejor triunfo es morir asesinado por un torero al que toda una plaza endiosa como un héroe. Universitario.profesor (correo a El Espectador).

Este no es un hecho aislado, y confirma que se trata de una “rutina normal” de estos héroes de la patria. Estos sujetos son los encargados de salir a las calles a imponer autoridad, ante un ciudadano inerme y desarmado. Los atropellos que a diario cometen con el ciudadano de a pie son un fiel reflejo del trato que reciben de sus compañeros y jefes castrenses. Alejandro Santiago (correo a El Espectador).

¡Qué hecho tan bochornoso! Esto y la quemada con gasolina de dos muchachos desnudan una verdad: si no la institución policial, sí hay enfermos mentales de alta peligrosidad allí infiltrados. Ramiro Quiroga Ariza (correo a El Espectador).

El asunto no debe agotarse con la destitución del oficial, sino que son menester dos respuestas y acciones: una, investigación disciplinaria por ofensa a la dignidad de la persona; otra, revisión total de la política de formación de policías. Eliaschacon (correo a El Espectador).

Terriblemente aberrante el bautizo del carabinero; queda muy mal parada la Policía. María Mercedes Ayala (correo a El Espectador). 

Estos ritos se llevan a cabo en las “fraternidades” universitarias o en las academias militares. Se han documentado muchas desgracias a raíz de esas prácticas enfermizas. El ser humano llega a muchos extremos bajo el nombre de rituales que llevan a la conclusión de que hay mucho margen para el sadismo. Gloria Chávez Vásquez, Nueva York.

El ángel de los ojos tristes

lunes, 8 de noviembre de 2010 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

En ninguna de las fotos de Luis Santiago Lozano, de 11 meses de edad, que en estos días ha publicado la prensa con ocasión de su asesinato a manos de su padre, en las condiciones más bárbaras de crueldad, aparece la sonrisa del niño.

Por el contrario, la expresión de su rostro tenso transmite la idea de que en su niñez  no existía ningún motivo para jugar y reír. El ambiente que rodeó los 11 meses de su existencia desolada y de su niñez inútil, carentes de ternura y complacencias, era de absoluta dureza: por una parte, estaba el padre despiadado que hizo de la sevicia un canal para vomitar la bilis de sus entrañas, y para quien su propio hijo representaba un estorbo; y de la otra, la madre asustada por el trato salvaje del hombre, la cual luchaba, en medio de la pobreza y la nimiedad de su destino, por infundir alegría a su ángel de los ojos tristes.

Imposible pretender que un hogar en tales condiciones pueda traer al mundo niños para la felicidad, y ni siquiera para eventuales instantes de contento, ya que en las almas mustias de esos infantes castigados por el desequilibrio de sus padres no puede germinar la legítima flor de la alegría. Esos niños no poseen aún capacidad para comprender la realidad, pero sienten la maldad humana. El corazón es el mayor receptáculo de las emociones.

Tanto el alma del niño como el alma del adulto saben distinguir los sentimientos de amor o de odio de las personas que los rodean. Para el niño de Chía estaba cerrado el manantial de la risa, porque su mundo estaba constreñido por la presencia de un sicópata.

Su padre no lo quería, y el bebé lo sabía. Lo escuchaba vociferar, y maldecir, y ultrajar, y él lo miraba con esos ojos inmensos de pequeñez, de estupor y miedo que muestran las fotos de los diarios. Luis Santiago sabía que su padre lo odiaba. Palpaba el odio sembrado en el aire de todos los días. Su tierna edad chocaba contra la rudeza del padre inexistente y brutal, que entraba y salía por la casa campesina de Chía como un ventarrón y una maldición, sin dispensarle un mimo, o llevarle un juguete, o mirarlo a sus ojitos entenebrecidos por el abandono, el miedo y la impotencia.

El padre ficticio era un ser desalmado, en los peores grados del término. Ni siquiera le había dado a su hijo el apellido, porque por su sangre no corrían genes de nobleza, sino torrentes de iniquidad. La misión del hombre responsable que engendra seres para consentirlos, educarlos y hacerlos ciudadanos de bien, estaba ausente del instinto ruin de Orlando Pelayo. Mujeriego irredimible, buscó siempre mujeres de ocasión, a las que seducía con sus maneras falsas, les dejaba hijos a la deriva y luego corría detrás de otra aventura fácil, evitando ataduras económicas y nexos sentimentales.

Al convertirse Luis Santiago en un obstáculo, tanto para él como para la nueva amante que mantenía oculta, decidió desaparecerlo de su vida errátil. Así de fácil jugó con la existencia de una criatura desvalida, sangre de su sangre, pero no pedazo de su corazón. Y además, blanco de su odio satánico, que no cabe ni en el instinto de los animales.

No veamos en este odio nada distinto a un resentimiento social inoculado en la psique quizá desde la cuna por quién sabe qué extraños genes, y que al paso de los días hace que la persona desfogue su pasión criminal en los seres que la rodean.

Un caso más de la demencia que tantas víctimas cobra y que hace clamar a los cielos por la injusticia abismal que, como en el caso de Luis Santiago, cubre de dolor y de sangre a una familia humilde. En esa familia está representada la sociedad entera. Todos somos víctimas, cuando no responsables, de esas fieras sueltas que con apariencia de ovejas son capaces de perpetrar tales acciones monstruosas.

Yo veo en los ojos inmensos con que Luis Santiago nos mira desde las páginas de los periódicos, una mirada enjuiciadora sobre los desvíos del hogar y la maldad de los padres que no asumen su papel de verdaderos guías y defensores de las criaturas que traen al mundo. Son los ojos de un ángel que pagó con su propia sangre ese drama dantesco de la desprotección infantil, que crece en infinidad de hogares pertenecientes a todos los rangos de la sociedad.

El Espectador, Bogotá, 6 de octubre de 2008.
Eje 21, Manizales, 7 de octubre de 2008.

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Comentario:

A mí también me impresionaron los ojos del niño. Pobrecito, cómo debió de haber sufrido en el momento de la muerte. Yo lo vi en los correos horribles que manda la gente, y los ojitos se le cerraron, pero por los golpes que le dieron. ¡Muy lindo poder escribir con tanta sensibilidad! Fabiola Páez Silva, Bogotá.

Neurosis bogotana

viernes, 5 de noviembre de 2010 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Daniel Patiño Parra, conocido comerciante de Unicentro, estacionó su camioneta en un costado del parque de Lourdes y descendió de ella en busca de una botella de agua. Se sentía muy enfermo y suponía que le iba a dar un infarto. En medio de su angustia, dejó la camioneta en neutro y esta comenzó a rodar, ante la alarma de algunas personas que pasaban por el sector.

Un transeúnte, previendo una tragedia, se subió al vehículo y activó el freno de emergencia. Desde la tienda donde compraba la botella de agua, Patiño divisó al individuo dentro de la camioneta y, suponiendo que se trataba de un ladrón de carros, desenfundó su pistola y le hizo dos disparos. Uno de ellos hizo blanco en el hombro del transeúnte colaborador, por fortuna sin resultados fatales, y el otro acabó con la vida del ingeniero y profesor universitario Diego Echeverry Campos, que en ese momento pasaba por el lugar conduciendo su vehículo.

El homicida, que se puso en fuga al darse cuenta de la magnitud del desastre, y que  fue detenido por la policía, debe responder ante la justicia por homicidio, lesiones personales y porte ilegal de armas. Dominado por la paranoia colectiva que invade la vida de los bogotanos, no se detuvo a pensar en nada distinto al robo cotidiano de vehículos en las calles de la ciudad, y su instinto de defensa (valiéndose del arma sin salvoconducto que portaba) lo llevó a cometer tres delitos a la vez.

El caso, doloroso y al mismo tiempo aleccionador, es indicativo del clima de inseguridad y de zozobra que se vive en la capital. Hoy, mientras las autoridades distritales se empeñan en afirmar que el delito callejero ha descendido en la actual administración, la percepción ciudadana siente lo contrario. Un debate en el Concejo ha puesto en evidencia que el hampa viene en aumento y cada vez siembra más terror en la ciudad, sobre todo en ciertos barrios y en lugares desprotegidos.

La crónica roja muestra a diario la proliferación de muertes violentas, de robos de residencias y de vehículos, de fraudes en los cajeros automáticos, de atracos callejeros, de violaciones de menores y un sinfín de atropellos contra la integridad de las personas. Los bogotanos se sienten perseguidos a toda hora por el delincuente que ronda en todas las direcciones y miran con desconcierto la poca efectividad de las medidas policivas y la impunidad que ampara a los malhechores.

Se dirá que el delito es propio de las grandes ciudades. Lo que es intolerable es el desborde –como está ocurriendo en Bogotá– de las cifras que tienen que ver con el crimen organizado o la delincuencia común, y la persistencia de conductas rastreras que mantienen al ciudadano con los nervios crispados y lo conducen, como en el caso deplorable que arriba se mencionó, a ejercer la defensa por las propias manos.

Otro caso sintomático de la neurosis capitalina es el de los taxistas que, avisados por un colega que acababa de ser atracado, volaron en persecución de los delincuentes, los acorralaron y luego lincharon a uno de ellos, propinándole varillazos, correazos, puñetazos y puntapiés, hasta ocasionarle la muerte. Esta respuesta –también criminal– a los facinerosos que asaltan a los taxistas, roban sus vehículos e incluso los asesinan, es la manera bárbara de protegerse contra los ataques de que es víctima el gremio.

No es posible que Bogotá viva hoy bajo la ley de la selva, en un infierno inundado de cuchillos y puñaletas, de pistolas, metralletas y revólveres –por supuesto, sin licencia legal–, y a merced del raterismo, de los matones profesionales y los asaltantes desenfrenados de la ciudadanía indefensa.

El Espectador, Bogotá, 27 de agosto de 2008.

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Comentarios:

He preguntado a varios bogotanos que viven fuera del país si esa lejanía ha definido su identidad como bogotanos, y me dicen que la única cosa que permanece y que los resalta es una paranoia enfermiza por la inseguridad. Este caso es una confirmación de eso. Qué tristeza. Ignacio Peña

Vale la pena hacer un análisis estadístico bien serio de la criminalidad en la ciudad durante los últimos diez o veinte años y evaluar por tipo de delitos su crecimiento o disminución. En los últimos meses, parece apreciarse un aumento en crímenes producto de las mafias organizadas; este es un punto bueno para estudiar. Memo (correo a El Espectador).

Preocupante que el presidente Uribe, el presidente de la Corte Suprema de Justicia, el Congreso y el Fiscal e inclusive el Ministro de Defensa y el Alcalde de Bogotá anden trenzados en una pelea de poderes, mientras el ciudadano de a pie, el común y corriente, está expuesto a situaciones absurdas como esta, y con un alto costo: la vida. Domingos da Guía (correo a El Espectador).

Bienvenido el tema: se requiere cabeza fría para analizar lo que pasa en la ciudad, en nuestra bella ciudad; el asunto no son las engañosas estadísticas sino la realidad, la calidad de vida o la vida citadina. Polista (correo a El Espectador).

Los crímenes que a diario y desde hace muchos años se cometen en nuestra patria a todo nivel dan indignación y vergüenza. Alejandro Rodríguez Martínez.

Te cuento que en Medellín no es muy diferente: bandas enteras, con la anuencia de la Fiscalía y hasta de la Policía, cometen toda clase de crímenes y atropellos, que se esconden bajo la alfombra “ajuste de cuentas”. Es necesaria una gigantesca limpieza del país, que nos permita, aunque más no sea, morir tranquilos. Iván de J. Guzmán López, Medellín.

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Crece la convicción

martes, 2 de noviembre de 2010 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

A propósito de mi columna La recta final de Uribe, publicada el pasado 9 de junio, un distinguido y apreciado amigo –sociólogo, escritor y periodista, y por otra parte antiuribista visceral– me envió una vehemente carta de rechazo a las tesis expuestas en mi columna, carta en la que además me invita a reflexionar sobre mi postura ideológica y me llama la atención “sobre la necesidad de que generadores de opinión como tú –me dice– piensen más en las dolamas de los pobres y las medidas draconianas que inciden en la vida de las clases medias y pobres, que en el aplauso inmerecido a quienes son causa eficiente de nuestros problemas”.

El reproche de mi viejo amigo no hizo otra cosa que reafirmar mi convicción sobre el magnífico desempeño del presidente Uribe en el manejo de la Seguridad Democrática, y por consiguiente del país –que tal fue el enfoque principal de mi artículo–, y avivar la confianza íntima que abrigo sobre el resultado final de ese programa bandera del Gobierno, incluso mediante la segunda reelección, de ser preciso llegar a esa fórmula combatida por muchos contradictores del Presidente, pero respaldada por la inmensa mayoría de los colombianos.

La respuesta que di en carta del 17 de junio a las aludidas críticas sobre mi columna, cobraría mayor fuerza días después, luego de conocido el fulgurante rescate, que asombró al mundo entero, de Íngrid Betancourt y de 14 rehenes más en poder de las Farc, por el Ejército Nacional. Sería inconcebible suponer este operativo –muy bien bautizado con el nombre de “Jaque Mate”– dentro de las políticas flojas o indecisas de los gobiernos anteriores, y el que solo pudo lograrse gracias a la firmeza, la audacia, la valentía y el liderazgo del presidente Uribe, apoyado, con esos mismos ingredientes, por el Ministro de Defensa y los altos mandos militares.

Dice así mi respetuosa y categórica carta al amigo opositor, cuyo nombre no viene al caso –para evitar inútiles reyertas–, pues de lo que se trata es de sostener unas ideas firmes:

«Con la mayor atención he tomado nota de tus críticas contra el presidente Uribe, las cuales no son nuevas, pues esos o parecidos enfoques los vienes presentando en tus artículos de prensa desde buen tiempo atrás. Soy receptivo a toda clase de planteamientos y controversias, respeto la opinión ajena (incluso la virulenta o la apasionada), defiendo mis propios principios, y aspiro a que los demás los respeten aunque no los compartan, como es el caso tuyo.

«No siento que mi prosa sea forzada cuando trato asuntos políticos. Lo que pasa es que me fluyen más los temas literarios o culturales, pero no soy ajeno a la cuestión social del país. Por el contrario, me duele que exista tanta distorsión de los hechos y que dejen de reconocerse los aportes a la paz hechos por Uribe, una de las figuras más polémicas de los últimos tiempos, y también más emprendedora, más firme en sus ideas y en sus realizaciones, y con mayor criterio sobre las graves falencias de este país violento y tropical que nos tocó en suerte.

«Tiene muchas fallas, claro está. Se le imputan muchas acciones desviadas, del pasado y del presente, que son materia de investigación, y solo el paso de los días habrá de determinar si son ciertas o infundadas. El verdadero dictamen sobre los hombres públicos –de la dimensión de Uribe– solo lo da la Historia veinte o treinta años después.

«Fíjate que Rafael Núñez, más de un siglo después de su fallecimiento, continúa siendo una de las personalidades más controvertidas del país, sobre todo dentro de los liberales. Sin embargo, Indalecio Liévano Aguirre –uno de los caudillos más brillantes de esa colectividad– salió en defensa de Núñez e hizo un concienzudo análisis sobre las circunstancias que lo llevaron a ejecutar actos políticos por los que muchos todavía lo enjuician.

«Por encima de simpatías o adhesiones en el caso de Uribe, está el bien de la Patria. Nadie ha hecho más que él por la paz del país. Eso es lo que le gusta a la gente. De ahí el respaldo abrumador que mantiene en las encuestas. Pongamos en una balanza sus hechos negativos y positivos, para ver qué pesa más, y en qué proporción.

«Bajo esa convicción, apreciado amigo, fue que escribí mi reciente columna en El Espectador, cuya prosa, según anotas, la encuentras “forzada”. Esa es tu interpretación, y yo la respeto. Sin embargo, mi criterio es maduro. Tú me conoces muy bien y sabes que mis ideas nunca han sido vacilantes. Puedo equivocarme, pero soy leal con mis principios y mi conciencia. Te envío un gran abrazo», GPE.

El Espectador, Bogotá, 7 de julio de 2008.