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La policía en moto

lunes, 10 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Soy un crítico de la moto como elemento perturbador y destructor, que por lo general lo es, pero no como medio de trabajo y de utilidad. Hemos presenciado dolorosos dramas hogareños y continuamos, con todo, asediados por esta invasión satánica que obstruye el tránsito, invade la ciudad de ruidos, expone la vida de quienes se movilizan en ellas y también de quienes viajan a pie o en carro, y crea permanente zozobra en la comunidad.

Un adolescente exigió a sus padres que le compraran moto como condición para seguir estudiando. Ellos, muy complacientes, terminaron regalándosela a pesar de que la detestaban. El muchacho se encuentra hoy con las piernas rotas después de haber superado las contusiones cerebrales, y con un año de incapacidad. Es decir, no hay moto ni estudios.

En el vértigo de la vida moderna, que también es un signo de esquizofrenia, la juventud se enardece con la velocidad y el ruido. Por eso, vuela por nuestras calles desafiando el peligro y atentando contra la seguridad y el sosiego de las personas. A las motos les quitan el silenciador para que produzcan mayor ruido, o sea, mayor sensación de vértigo. Diríase que con perturbar las calles quieren mostrar superioridad. Además, olvidan el ruido del exosto, porque las autoridades no exigen sanidad ambiental.

La moto, como medio útil, merece respeto. Sirve para movilizarse al trabajo y también para la recrea­ción. Sin embargo, en ambos casos se desvirtúa esa finalidad cuando al ocupante le da por devorar distancias, y mu­chas veces,con toda la familia a bordo. No es inusual el cuadro del padre de familia acompañado de su mujer y de tres hijos pequeños culebreando por entre los vehículos, o sea, jugando con la muerte.

La policía del Quindío acaba de adquirir veinte motos para patrullar la ciudad. Es buen anuncio, y aquí entra de nuevo el pequeño vehículo como elemen­to útil. La delincuencia, que también anda en moto, y que como en Pereira y Medellín asesina por el aire, ten­drá aquí mayor control en lo sucesivo. Está bien que la policía cuente con un medio rápido de desplazamiento, si en sus manos está la seguridad ciu­dadana. Pero primero tendrá que aprender a usarlo con prudencia y pericia.

Estos modernos aparatos donados por el gobernador Silvio Ceballos Restrepo y equipados con sistemas téc­nicos, representan una garantía para todos los ciudadanos. Ojalá, además, se contrarreste el abuso de las motos particulares.

Medellín y Bucaramanga, ciudades que ya cuentan con este programa, han tenido completo éxito. Armenia será la tercera capital que por este medio entra a reprimir el avance del hampa. La noticia que en tal sentido suministra el Comando de la Policía significa una preocu­pación que aplaudimos, en bien de la seguridad pública.

La Patria, Manizales, 3-IX-1980.

Un adolescente exigió a sus padres que le compraran moto como condición para seguir estudiando. Ellos, muy complacientes, terminaron regalándosela a pesar de que la detestaban. El muchacho se encuentra hoy con las piernas rotas después de haber superado las contusiones cerebrales, y con un año de incapacidad. Es decir, no hay moto ni estudios.

En el vértigo

Cuadro de texto: z


de la vida moderna, que también es un signo de esquizofrenia, la juventud se enardece con la velocidad y el ruido. Por eso, vuela por nuestras calles desafiando el peligro y atentando contra la seguridad y el sosiego de las personas. A las motos les quitan el silenciador para que produzcan mayor ruido, o sea, mayor sensación de vértigo. Diríase que con perturbar las calles quieren mostrar superioridad. Además, olvidan el ruido del exosto, porque las autoridades no exigen sanidad ambiental.

La moto, como medio útil, merece respeto. Sirve para movilizarse al trabajo y también para la recrea­ción. Sin embargo, en ambos casos se desvirtúa esa finalidad cuando al ocupante le da por devorar distancias, y mu­chas veces,con toda la familia a bordo. No es inusual el cuadro del padre de familia acompañado de su mujer y de tres hijos pequeños culebreando por entre los vehículos, o sea, jugando con la muerte.

La policía del Quindío acaba de adquirir veinte motos para patrullar la ciudad. Es un buen anuncio, y aquí entra de nuevo el pequeño vehículo como elemen­to útil. La delincuencia, que también anda en moto, y que como en Pereira y Medellín asesina por el aire, ten­drá aquí mayor control en lo sucesivo. Está bien que la policía cuente con un medio rápido de desplazamiento, si en sus manos está la seguridad ciu­dadana. Pero primero tendrá que aprender a usarlo con prudencia y pericia.

Estos modernos aparatos donados por el gobernador Silvio Ceballos Restrepo y equipados con sistemas téc­nicos, representan una garantía para todos los ciudadanos. Ojalá, además, se contrarreste el abuso de las motos particulares.

Medellín y Bucaramanga, las dos ciudades que ya cuentan con este programa, han tenido completo éxito. Armenia será la tercera capital que por este medio entra a reprimir el avance del hampa. La noticia que en tal sentido suministra el Comando de la Policía significa una preocu­pación que aplaudimos, en bien de la seguridad pública.

La Patria, Manizales, 3-IX-1980.

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La Armenia antigua

lunes, 10 de octubre de 2011 Comments off

Mi Revista

 Por: Gustavo Páez Escobar

(10 crónicas)

1

Mario Álvarez Maya, archivador de recuerdos y cosas viejas de Armenia, ha puesto en mis manos una joya inestimable que algún día ingresará al  patrimonio histórico de la ciudad, por donación que hará a una biblioteca o universidad. Se trata de Mi Revista, órgano cultural y noticioso que comenzó a circular el día 5 de mayo de 1934 y que se editaba semanalmente en la Empresa Tipográfica Vigig.

Parece que el esfuerzo editorial no llegó muy lejos en el tiempo, pero sí en la profundidad. Mario, que guarda empastados en dos tomos los números difundidos, me ha facilitado por lo pronto el primero de ellos, que abarca hasta el número 12, aparecido el 8 de septiembre de 1934, o sea, a cuatro meses de la fecha inicial.

Han corrido 46 años desde aquellas publicaciones. Qué interesante resulta hoy comparar la ciudad de aquellos tiempos, que se muestran sosegados y candorosos, con los actuales, movidos y desenvueltos. Esta revista es hoy una ver­dadera curiosidad que muchos desearían poseer, y parece que su propietario ha tenido que resguardarla contra el apetito de sus amigos.

Creo que para facilitármela tuvo que pensarlo dos veces, y al hacerlo, me considera sin duda persona seria para devolver lo prestado. No será ninguna infidencia contar que Diego Moreno Jaramillo le viene insistiendo, desde hace veinte  años, que se la obsequie o se la venda a cualquier precio, lo que Mario no hizo siquiera cuando aquel era ministro. Yo me la robaría si no fuera tan honrado.

Trataré de llevar a los lectores al­gunos datos interesantes que irán surgiendo conforme recorra los recuer­dos de aquella Armenia de 1934, que aparecen plasmados, aquí y allá, en el material escrito y gráfico del mundo retenido que pocos sa­ben que existe en las páginas de esta revista hoy desconocida.

Colcultura realizó hace poco un in­ventario de las revistas del país, las actuales y las ya extinguidas, y fue como si resucitara un mundo miste­rioso y mágico en muchos casos. Sin embargo, no descubrió la revista de Armenia y no sé si sea jactancioso afirmar que el inventario quedó mal hecho, ya que esta publicación, por lo simpática y sui géneris, constituye algo excepcio­nal.

Maravilla cómo sus directores te­nían en aquella época la capacidad de fabricar cada ocho días la gaceta escrita en perfecto castellano, con magnífica impresión tipográfica y avisos de gran nitidez, y que además editorializaba sobre temas nacionales con sorprendente propiedad, sin olvi­dar lo lugareño. Se le daba sitio destacado a la literatura nacional y mundial, por lo general con un cuento de impacto y algunas poe­sías del mejor gusto.

Además estaba lo pintoresco y lo humorístico, con el gracejo, la adivi­nanza y el chascarrillo. Había un con­curso semanal que premiaba con un peso cada chiste escogido, lo que permitió sostener una galería selecta y variada que mantenía el entusiasmo y estimulaba la creatividad. Temas profundos sobre ciencia, literatura o filosofía, y ligeros sobre modas, cine o cocina, le daban tono encanta­dor al material, porque sabían inter­calarse con gusto y maestría.

La revista, en síntesis, tenía de to­do un poco. ¿Cómo cabía tanto material en esta publicación hebdomadaria, sin los adelantos técnicos de hoy en día? Es algo que debe contestar Mario Álvarez Maya, testigo excepcional. Lo primero para revelar es que cada nú­mero tenía alrededor de cincuenta páginas. El papel era de primera cali­dad y ha resistido el rigor de los años. Las fotografías se conservan mejor que el mismo Mario, y esto es mucho decir, ya que mi amigo goza de salud envidiable.

Se inclina uno ante el idioma. La puntuación, la redacción, la ortogra­fía eran perfectas. O sea, los vie­jos nos ganaban en todo. Quedaron unas portadas como para enmarcar. Unas veces era Bolívar, pero no un Bolívar cualquiera;  otra, la reproduc­ción del óleo campesino; más tarde, la figura escultural de la actriz de ci­ne, en esplendoroso juego de tintas. ¿No será esto suficiente para sostener que Armenia tuvo la mejor revista del país?

Me propongo ir escarbando el te­soro para dar algunas puntadas que permitan retro­ceder a los tiempos en que el mundo era descomplicado y fascinante.

Detalle interesante es saber que esta revista de lujo valía diez centavos. El narrador de un buen chiste se ganaba un peso, o sea, el valor de diez revistas. Un aviso imponente prego­naba: «Hotel Atlántico. Único de primera clase en Armenia. Capacidad para ochenta pasajeros. Precios diarios desde $2.oo a $4.oo. Habita­ciones con servicio sanitario, y baños de agua fría y caliente. Cocina criolla y europea».

Más tarde debió de suceder algún grave trastorno económico, por­que la tarifa se modificó de $2.50 a $4.oo. Pregunten ustedes, por pura curiosidad, cuáles son hoy los costos hoteleros de la ciudad.

2

Que yo sepa, de los médicos que en 1934 ofrecían sus servicios desde las páginas de Mi Revista solo sobrevive el doctor Eduardo Arango Palacio. Eran 14 médicos, buen número para la localidad de estrechos linderos como era la Armenia de aquella época. Hoy el doctor Arango Palacio se encuentra retirado de su profesión y disfruta del descanso de la vida sosegada entre los atractivos de su finca cafetera, después de haber deambulado con buena brújula por los ca­minos del mundo.

Me comentaba él sus experiencias por el lejano Oriente, y yo, que algo he leído, aunque no me he dado sus lujos, le recomendé el libro En Ansia se muere bajo las estrellas, de José María Gironella. Quedó encantado de su lectura, y yo, vanidoso de haber viajado por esquivos países imaginarios.

Eduardo recordará la placidez de la comarca donde ejercía una medicina más humana que la actual; y es buen testigo de la evolución que se ha operado hasta llegar a los tiempos actuales de estrépito y desenfreno. No sé si precisará hoy la Calle de Encima, donde conjuraba las enfermedades. Otras direcciones médicas se anunciaban así: Segunda Calle Real, Calle del Chispero, Costado Sur de las Galerías, Frente a la Compañía Eléctrica del  Quindío, Frente a la casa de don Rogerio Gómez, Bajos de la Pensión Alemana, Calle Real.

Muy cerca de la nómina de los médicos se hacía propaganda a la famosa O.K., a cinco centavos el sobrecito con dos cápsulas, con la siguiente incitación:

«Dolor de cabe­za. Entre numerosos medicamentos contra dolores de la cabeza, medicinas de la antigüedad, y aún practicadas por gen­tes sencillas, están estas: Pelos de perro colocados entre un paño que ha de aplicarse fuertemente de una sien a la otra, pasando por la frente del pacien­te. Inhalaciones de humo de algodones empapados en alguna resina combustible. En la actualidad, naturalmente, dentro de los grandes adelantos científicos, usamos con verdaderos resultados inmediatos drogas como la O.K. y los productos de la casa Bayer».

En un ángulo de la misma página se anunciaba el Almacén Volga, en los bajos de la casa de don Juan Bautista Jaramillo. El aviso muestra un barco velero navegando por aguas movidas. Ignoro qué significaba esa referencia, y se me ocurre pensar que se aludía al hecho de que la mercancía tenía que surcar los océanos, como era la usanza en aquellos días.

Hay una gama de avisos interesantes, ilustrados con figuras y leyendas sugestivas, una manera de hacer sentir las dolencias o apetecer los artículos. Frente a la Agencia Central de Leches, de Justo Díaz, se pinta la abultada vaca de ubres exuberantes que provoca exprimir, sobre todo ahora que el nutritivo producto viene falsificado. El machete Collins, que desde luego se vendía en el Almacén Vigig, muestra su resplandeciente filo como para tumbar montañas. Y la lámpara Coleman, «el sol de la noche», lo invita a uno a alumbrarse con más efectividad que con estos tem­blorosos focos eléctricos que nos trajo el progreso convulsionado.

«Si es usted mujer tome píldoras Hermosina para gozar de completa salud», es un consejo insistente que se repite por toda la revista, como fórmula mágica de eterna juventud.

3

Un semanario como Mi Revista, elaborado con tanta calidad, por lógica debía estar bien dirigido. Esa es la explicación para que Armenia hubiera contado en el año de 1934 con la que bien podría considerarse la mejor revista del país. Su cubrimiento no era puramente local, sino que abarcaba lo que hoy es el Viejo Caldas y toda la zona de occidente, con penetración hacia Bogotá y otros centros.

Su director, Onel Márquez Giraldo, había venido de Antioquia y estaba formado en la escuela de El Espectador. Esto de tener la semilla de  El Espectador es sello de garantía. Onel Márquez era brillante figura intelectual y conocedor profundo de los misterios del periodismo. Lo acompañaba como administrador el señor Bernardo Molina Ortega, persona clave para desarrollar idea tan temeraria.

Como patrocinador indispensable estaba Vigig, la empresa increíble que  desconcierta por su capacidad para emprender obras. Armenia no ha tenido, y tal vez nunca tendrá, otro hombre de tan largos alcances. Vigig, además de industria local, era un hecho nacional. Puede decirse que Vigig era Armenia. Industria cimera, con diversas variantes, en todo estaba presente. Don Vicente Giraldo, su fundador y propietario, se ganó con justicia el  título de pionero del desarrollo del pueblo in­cipiente que no tenía trazas de llegar tan lejos. Bastó que lo empujaran hombres de aquellas dimensiones.

En el caso de don Vicente se aplica cabalmente el término de «arriero’; o sea, el que arrastra el progreso. Era una especie de hormiga que todo lo movía. Produjo la primera despulpadora de café, máquina que tenía la propiedad de despulpar el café sin des­trozarlo. Descubrimiento fantástico en aquel tiempo. Ella se imponía en todos los mercados del país y hoy simboliza el empuje de aquella gente visionaria.

Don Vicente era el cerebro portentoso que de todo sacaba una idea. Alguna vez conocí los residuos de su famosa fábrica de espermas, mecanismo elemental y genial al mismo tiempo. Se daba el lujo de ser productor nacional de espermas, porque su mercan­cía invadía el comercio del país, llevando de paso el nombre de Armenia. Era elemento cívi­co de primer orden. Y mecenas de la cultura, como se ve por Mi Revista. El sostenimiento de ella costaba dinero, pero él era el quijote capaz de accio­nar todos los resortes. Por eso su memoria es grande. La mayoría de los capitales, muy amasados y egoís­tas, se evaporan al no dejar vestigios constructivos. El rico sólo es importante en la medida en que le sirva a la comunidad.

Las personas antiguas todavía recuerdan los cuadernos y lápices que este industrial múltiple elaboraba a gran­de escala para los estudiantes de la época. También producía textos de estudios, bellamente impresos, y en ellos se formó una generación.

4

Mario Álvarez Maya fue gerente de la Empresa Tipográfica Vigig por espacio de doce años. Así se van entendiendo las cosas, y ahora queda fá­cil saber por qué conserva con tanto esmero los números de Mi Revista, que yo repaso con verdadero deleite. Fue como si hubiera salvado del naufragio un tesoro.

En la misma empresa se editaría, años más tarde, el periódico Sata­nás, nacido bajo la iniciativa y el quijotismo de Alfredo Rosales. Era un semanario de variedades, con tono humorísti­co, que llevaba diversión a los arme­nios con finas ocurrencias y agudas críticas sobre la vida parroquial. Su director fue acumulando un buen archivo gráfico (otra reliquia de la ciu­dad) sobre la Armenia de aquella épo­ca, el que conserva celosamente y suele divulgarlo en las páginas del mismo periódico.

Satanás, un diablo inquieto, no ha desaparecido, si bien ha pasado por muchas angustias e interrupciones. Parece que ha habido inestabilidad diabólica, pero el periódico, bien que mal, ha logrado sostenerse a flote.

Satanás está hoy bajo la direc­ción de Francisco Elías Valencia y tiene, como se ve, la virtud de la resis­tencia, como que recibió las aguas bautismales en 1941. Francisco Elías trata a veces de resbalar, pero luego se endereza. Y es que hacer periodis­mo es labor ímproba.

Siendo Mario Álvarez Maya gerente de la Empresa Tipográfica Vigig, lo sorprendió allí el 9 de abril de 1948. Mientras el país ardía, él apresuraba la edición de Satanás durante una noche en realidad diabólica. El personal había desocupado las ins­talaciones y sólo permanecía el fiel y experimentado tipógrafo. En las pri­meras horas del 10 de abril salió el periódico a la calle con elocuentes tes­timonios gráficos sobre los atropellos cometidos en Armenia. Dice Mario que fue el único periódico en Colom­bia que circuló aquel día.

El recuerdo de Vicente Giraldo, con su célebre emblema de Vigig, está en el corazón de los armenios, sobre todo de los viejos. Pero su im­perio terminó con él. Alfonso Giral­do, su hijo, o Alfonsito, como por ahí se le nombra –no sé si con afecto o con sentido de disminución–, play boy internacional, recorredor de mundos y perseguidor de reinas, sería el personaje pintoresco de esta historia, y nunca fue el que salvó la tradición de su estirpe. Más bien, la acabó. Fue, si todavía no lo es, el perfecto buscaplaceres, el de la buena vida, el de los salones dorados y la aventura romántica. Dicen que dilapidó el tesoro.

Pero hay que unirlo a estas remembranzas de la Armenia antigua, no porque haya hecho nada por su pueblo, sino por haber dejado de hacerlo. Los descendientes de don Vicente Giraldo no continuaron su obra, obra gigantesca que, de haber proseguido con los bríos de aquel hombre singular, habría hecho de Armenia la ciudad más industrial de Colombia.

Aquí habrá que lanzar un miserere por lo que se hizo y luego se abandonó. Las generaciones suelen ser ingratas con sus antepasados. Yo rescato ahora el nombre de Vicente Giraldo de entre las páginas amarillentas de Mi Revista y veo que resurge una época vigorosa, pletórica de realizaciones, forjadora del estilo de un pueblo y orientadora de su futuro, si bien el mensaje no tuvo imitadores, aunque se escribió con suficiente aliento para que no se perdiera en el polvo de los años.

5

En mayo de 1934 fue huésped de la ciudad el doctor José María Velasco Ibarra, presidente del Ecuador, quien en declaraciones para Mi Revista expresó lo siguiente:

“Colombia, país magnífico, cuyas masas humanas tienen la felicidad de reunirse donde quieran, amparadas por gobiernos que han extraído de sus mismas entrañas, es un modelo de democracia que merece imitarse».

Y más adelante:

«Diga usted al gobierno distrital de esta bella ciudad, y por conducto de Mi Revista al pueblo de Armenia, que he admirado  profundamente su insuperable energía y su valor ante la historia, pues que, de la montaña bravía que dominara este suelo feraz, hace sólo cuarenta años, ha hecho emerger una ciudad populosa, en la cual no se sabe qué admirar más: si el amor al trabajo o el amor a la libertad”.

El 24 del mismo mes de mayo llegó a Armenia, de paso para Pasto, el doctor  Mariano Ospina Pérez, gerente de la Federación Nacional de Cafeteros, acompañado de varios de los delegados al congreso cafetero programado en la capital nariñense. Mi Revista ofrece una foto en el hall del Hotel Atlántico (cuyas tarifas, como se recordará, estaban entre $ 2.50 y  $ 4.oo diarios), foto en la que aparece el doctor Ospina Pérez con su comitiva. Ya que se menciona esto de las tarifas de la época, vale la pena anotar que el costo de la carrera dentro del área urbana, en automóvil, era de $ 0.50; el puesto a Calarcá, $ 0.20, y a Circasia, por una carrete­ra que se supone bastante mala, $ 0.40.

Los caminos nacionales de 1934 eran lentos y difíciles. Los distin­guidos huéspedes pernoctaron en Armenia para proseguir luego su itinerario a Pasto. Y aquí tuvieron ocasión de encontrarse con un pueblo pujante que les despertó hondo entusiasmo. El doctor Ospina Pérez visitó los alma­cenes de la Federación que estaban al cuidado de don José Manuel Jaramillo, quien con este motivo ofreció una copa de champaña.

Como «pueblo inimitable por sus costumbres y su amor al trabajo» calificó a Armenia quien años después sería Presidente de Colombia; y ex­presó su deseo de que se fundara aquí una granja agrícola experimen­tal y se llevara a cabo, en la pla­za pública, el próximo congreso cafe­tero.

Este movimiento de personajes ha­ce notar el interés que despertaba la naciente ciudad como zona de impulso. Todos admiraban el vigor y la inteligencia de la raza, la fecundidad de la tierra, los bellos paisajes y la hospitalidad de los moradores. Veían, por otra parte, su privilegiada situa­ción geográfica, de fácil acceso hacia cualquier sitio del país.

Era lugar obligado para pernoc­tar, y se codeaba el viajero con gente cordial y simpática. En 1969, cuando la ciu­dad concedió al doctor Carlos Lleras Restrepo, en ese momento presidente de Colombia, el Cor­dón de los Fundadores, recordó él con cariño la noche en que había llegado aquí conduciendo el cadá­ver de su padre, muerto en el exterior y traído por barco hasta el puerto de Buenaventura. Con palabras emo­cionadas, que tuve la suerte escuchar (hacía poco me había radicado en Armenia), se refirió el presidente Lleras al calor humano que había hallado aquella vez y que le dejó, hacia la ciudad y su gente, imborrable recuerdo.

Estos hitos de historia, recogidos aquí y allá, entrelazan la semblan­za de la ciudad que fue levantán­dose altiva, laboriosa y convencida de su capacidad para construirse su futuro dinámico.

6

El director de Mi Revista, hombre bien re­lacionado en el país, recibió el plebiscito de per­sonas notables que le anunciaban el propósito de colaborar en sus páginas. En ellas desfilan nombres de primer orden en las letras, e inclu­so políticos como Jorge Eliécer Gaitán, que se entusiasmaron con la propuesta formulada por la revista. Más tarde irían apareciendo nuevos colaboradores que enaltecían con su plu­ma el órgano periodístico cada vez más fe­cundo. Oigamos algunas palabras:

Augusto Ramírez Moreno: «Si yo quisiera fun­dar un gran diario, lo fundaría en Armenia des­de donde puede distribuirse aceleradamente hacia todos los puntos cardinales, porque la ciudad pa­rece vaciada sobre la rosa de los vientos».

Bernardo Arias Trujillo (autor de la novela Risaralda, quien moriría cuatro años después): «Tengo la certidumbre de que será algo que enorgullecerá a Caldas, no solamente por las altas calidades y excelen­cias de su rector mental, sino porque es Armenia una estrella de caminos hacia los cuatro puntos cardinales de la República y su distribución más fácil y profusa que en cualquier otra ciudad colombiana».

Adel López Gómez: «He recibido tu invitación a colaborar en Mi Revista. Tu carta me trae una necesaria inyección de optimismo respecto al por­venir intelectual de esa tierra donde nací y donde por largos años he esperado que florezcan las incancelables cosas del espíritu».

Jorge Eliécer Gaitán: «Con muchísimo gusto colaboraré con Mi Revista, bajo su acertada di­rección, en cuanto tenga un momento para ha­cerlo».

Luis López de Mesa: «Usted sabe ya con cuánto alborozo contemplo empresas de primera línea como la que me anuncia. Por ella haré cuanto esté a mis alcances».

Otto de Greiff: «Además tuve la buena suerte de poder apreciar de cerca lo que va a ser Mi Revista. Los lectores de otras partes van a admirarse grandemente cuando vean cómo Arme­nia dispone de un equipo tipográfico que no tiene que envidiar al de ninguna empresa editorial del país».

José Reyes (natural de Tunja): «El año pasado me di el gusto de viajar hasta Buenaventura. Su tierra es hermosa, querido señor, y por ella y para ella me alienta su obra a la que contribuiré seguro de que en sus manos irá adelante por muchos años».

Manuel José Forero (actual presidente de la Academia Colombiana de la Lengua): «Tengo sumo interés en conocer la revista. Colaboraré con gusto al la­do tuyo; ciertamente procuraré darte algo que considere pueda ser leído con agrado allá».

Joaquín Estrada Monsalve: «Se yerra al afirmar que el Quindío no es sino una víscera económica de la patria, de propósitos meramente agropecuarios. Conjúganse aquí fuerzas espiritua­les de muy claros abolengos, que presentan estas tierras no ya como un burgo financiero sino bajo una vigorosa mezcla de las energías materiales y los valores éticos y mentales, aliados en la prosecución del progreso».

Rafael Arango Villegas (el célebre autor humorístico de Asistencia y camas). Tengo muchísimo gusto en acceder a su solicitud, colaborando en Mi Revista,  aunque no sea con mucha asiduidad, pues debo manifestarle que la escasa chispa que en otros tiempos tuve, me la apagó la pobreza, hasta el punto de que ya sudo a mares para echarme cualquier gracejo vulgar».

Baudilio Montoya (el rapsoda del Quindío): «Para atender a la exquisita demanda que me hicieras, te envío un haz de sonetos».

¿No serán suficientes estos testimonios para deducir, medio siglo después, la trascendencia de aquel esfuerzo editorial que aparte de imprimir magnífico material llevaba el nombre de Armenia «sobre la rosa de los vientos»?

7

No es sino repasar las páginas de Mi Revista para descubrir el estilo de la ciudad en 1934. El café se entre­lazaba con la literatura, y sobre esto habría que anotar que existía mayor preocupación por las inquietudes del espíritu, sin descuidar la economía regional. Alguien me comentaba cierta vez que la cultura del caturra había terminado con la otra cultura.

He leído con mucho cuidado un editorial donde se urgía por la construcción de la línea férrea a Ibagué. Estaba desde aquella época propuesta la solución por Salento, perforando montaña. Los tiempos han corrido y el problema sigue igual.

El colegio de las Hermanas Bethlemitas era re­ferencia elegante de la Armenia antigua. La sociedad se graduaba en él y estaba ufana de conseguir ese rótulo. Este establecimiento data de buen tiempo atrás, o sea que las Bethlemitas tienen hondas raíces en el medio. Y continúan manteniendo la categoría de magníficas edu­cadoras.

A las páginas del semanario llegaban colaboraciones de toda la nación y sobre todo de célebres escritores. Se citan, al vuelo, los nombres de Ciro Mendía, Lino Gil Jaramillo, Adel López Gómez, J. Restrepo Jaramillo, Baudilio Montoya, Jaime Buitrago Cardona, Humberto Jaramillo Ángel, Agripina Restrepo de Norris (directora en Calarcá de la revista Numen, excelente publicación), Tomás Calderón, Bernardo Arias Trujillo, José Reyes, Joaquín Estrada Monsalve. Y hasta el empresario quindiano Leonel Herrera Castaño, que era adolescente, pecaba en poesía. ¿Volvería a hacerlo?

Nótese que los escritores de la región, comprendida en ella el Viejo Caldas y Antioquia, animaban con su presencia la circulación de la revista. Es decir, le ponían ritmo a la vida. Me he detenido en los cuentos Sangre en el camino, de Adel López Gómez, entonces en la plena juventud de sus 34 años, y La fecunda venganza, de Humberto Jaramillo Ángel, cuya edad es mejor no tocarla, ya que él se ha proclamado joven en cualquier época.

Como en todo material escondido se descubren sorpresas, me tropecé, en el caso de Humberto Jaramillo Ángel, con cuatro gruesos adverbios terminados en «mente”, algo que lo horroriza. Cuando él comenta un libro suele decir cosas de este jaez: «Magnífica la trama, y qué bella la expresión, pero le conté catorce feos adverbios terminados en ‘mente»… Nunca he comprendido su ojeriza contra esta noble figura gramatical, que bien empleada, a lo Lleras Camargo, le da fuerza y colorido a la oración.

Humberto me decía el otro día que él ya se fue así, o sea, peleado con el adverbio y con quien ose utilizarlo. Pero en 1934, por infidencias de esta revista oculta, Humberto no era ajeno al advervio terminado en mente. Los escritores, desde luego, evolucionan y se arrepienten de sus pecadillos. ¡Comprendido perfectamente!

8

Era alcalde de Armenia Braulio Botero Londoño. Estamos en 1934, en las páginas de Mi Revista. En algún titular se critica la lentitud municipal para pavimentar las calles. Ahora, 46 años después, se censura el descuido para tapar los huecos del asfalto…

No había llegado todavía el infier­no del pavimento. Escribo a propósito lo de «in­fierno», ya que el pavimento también significa re­troceso. Las calles en 1934 eran polvorientas, pero tenían reposo. Hoy pueden relucir, pero son arrebatadas. Antes había tiempo para la delectación. Hoy la mente y el corazón viven perplejos. ¿Sería mejor la Armenia antigua? Que lo digan los viejos. Y no olviden que cada época trae sus propias circunstancias.

A Braulio Botero Londoño se le ocurrió un día fundar su célebre Cementerio Libre de Circasia. Fue la protesta que se presentó en razón de algún obstáculo, o muchos obstáculos, puestos por la pa­rroquia del pueblo para enterrar los muertos. Se supone que cayeron muchos anatemas sobre los habitantes de Circasia, actitud imperante en aquellos tiempos de seve­ras costumbres religiosas. Pero ahí sigue el Ce­menterio Libre, admirado en todo el país como obra maravillosa que se creó sin ningún sentimiento de irrespeto, sino con sentido de albergue, de protesta y libertad. También se dirá dentro de algunos años que en 1980 Armenia creó el horno crematorio, costumbre que se abrirá paso, pero que ahora suena extraña y atrevida.

Así cambian los tiempos y así cambian las ciudades. Así pasamos de la calle soñolienta a la avenida frenética.

No se sabe, en fin de cuentas, si es mejor el pueblo lento o la ciudad briosa. Leyendo las noticias de aquella época y contemplando las fotos que protegió la revista, frente a ciertos signos de nuestros días, hay motivo para la reflexión. No creo, por ejemplo, que la expresión angelical que muestra en una foto Alberto Gutiérrez Jaramillo cuando comenzaba a gatear, corresponda con su actual actitud desembarazada ante la vida.

No todo varía en sentido adverso. Los tiempos evolucionan. Habrá que repetir que cada día trae su afán. Y también su alegría. Nunca ha permanecido la humanidad estática. Se mueve entre los cambios de las  costumbres y la metamorfosis de los hombres.

Años más tarde, dentro de este acelerado proceso que todo lo transforma, quién sabe cómo nos verán otras generaciones. Por lo pronto, continuemos echando una mirada atrás y diciéndonos que todo tiempo pasado fue mejor. Es el mensaje que parece transmitir Mi Revista. Será una manera de consolarnos. Para los hijos, quizá la época que trato de reseñar no pasa de ser anticuada, o sea, una edad bobalicona. ¡Allá ellos y aquí nosotros!

9

Roberto Henao Buriticá, nacido en Armenia, aparece en una fotografía frente a la estatua de Bolívar, de la que es autor. Tan acostumbrados estamos a los símbolos patrios y a la presencia de los próceres en parques, avenidas y sitios especiales, que pocas veces nos detenemos a indagar por la historia de esas obras. En el caso de Roberto Henao Buriticá es oportuno recordar que se trata­ del famoso escultor que como hijo de Armenia elaboró el monumento a Bolívar que honra la plaza principal.

Leo en Mi Revista el inquietante artículo titulado La esquizofrenia de Baudilio,  donde su autor ofrece facetas de la personalidad del vate quindiano, que merecen análisis. La nota señala signos de desorden mental en aquel trovero emblemático de la geografía quindiana y asegura que esa característica le mantenía encendida la chispa con que fabricaba sus poemas. Cojo al vuelo la intención de dicho artículo pa­ra agregar que en el genio existe siempre algún signo de anormalidad, si por tal se entiende la manera de pensar o proceder por fuera de lo común. Baudilio Montoya dejó geniales brochazos poéticos en el mapa de la región. No puede desconocerse su talento, y aquí hay que coincidir en que era, en efecto, un cere­bro «anormal».

Hay otro destacado personaje literario en la galería de colaboradores de Mi Revista: Santiago Vélez Escobar, conocido como el Caratejo Vélez, uno de esos individuos que hacen época por sobresalir con actuaciones originales. Venido de Antioquia, deambulaba por el territorio del Viejo Caldas exhibiendo su bohemia consuetudinaria. Poeta repentista, disparaba sus dardos amorosos a la mujer amada en cualquier taberna o tertulia callejera, al igual que lo hacía Baudilio. Trovero tierno y sentimental, el Caratejo poseía versátil imaginación muy dada a la conquista amorosa. Sus versos son ingeniosos y en ellos se respira, unas veces la tristeza de la vida, otras la nostalgia de la mujer, otras el humor mezclado de amargura.

Entabló una demanda en verso contra la mujer que no quería corresponder sus asedios románticos. Los vates de la época, amigos suyos y aun los desconocidos, aportaron nuevas piezas judiciales, en armoniosa versificación, dentro del pleito amoroso. La demanda es uno de los libros curiosos de la poesía colombiana. Me viene a la mente su recuerdo al encontrarme con la estampa del Caratejo en esta foto de 1934, en compañía de la poetisa Luz Stella, que no sé de quién se trata.

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Los personajes de la época, sobre todo los escritores y los poetas, han sido favorecidos en este recuento por ser ellos los que mejor traducen el significado de aquella generación. También se han analizado algunos ras­gos, tomados casi al azar, que pintan el estilo de la ciu­dad en los tiempos de la aldea remota.

Las inscripciones con que los antiguos expresa­ban sus costumbres deben ser objeto de cuidadoso análisis para poder tomarle el pulso a la historia. Bien hace Mario Álvarez Maya en conservar con celo la colección de aquella revista y protegerla, como el te­soro que es, de la codicia de sus amigos. Mejor lo ha­rá si la dona, como ofrenda a su ciudad, a alguna bi­blioteca local que garantice su supervivencia.

Para matizar y concluir el recorrido por la aldea, si es que algún día no me da por escarbar de nue­vo en estas fuentes inagotables de los archivos viejos, voy a citar varios titulares pin­torescos de la revista, a los que  agrego algunas apostillas de mi propia invención:

«Mata a su hija para cobrar una póliza de $ 400”. (Los tiempos no cambian. Cambia el valor monetario).

«Siguiendo la costumbre india, se quema el cadáver y se arrojan las cenizas al mar». (El mar nos queda le­jos, pero las autoridades están adelantando el horno crematorio).

«Se llegará a diagnosticar científicamente el naci­miento de un macho o de una hembra». (La humanidad viene preocupada por este asunto sin im­portancia. Más debiera afanarse por la paternidad irresponsable y la explosión demográfica).

«Seis sacerdotes de tres religiones en conferencia para purificar el teatro». (Ni con las fuerzas combi­nadas del católico, el protestante y el rabino se expul­saría hoy al diablo de ciertos teatros del mundo. Ni del alma).

«Plaza de Riosucio. Víctima el pueblo de una trage­dia. Muertos por la política». (El pueblo natal de Otto Morales Benítez, que goza con la carcajada del diablo, fue víctima de la violencia en 1934. Ese era el país de entonces, y el mismo de hoy y de mañana si nos dejamos dominar por los odios).

«Una joven cose, borda, plancha y lo realiza todo con los pies». (Raro fenómeno. Por eso se habla de mu­jeres que «meten la pata»).

Como último brochazo, he aquí la pintura del usure­ro con que Pedro Nel Loaiza castigó el dinero ca­ro:

»El usurero se compone de una mezcla infame de la­drón, vampiro y enterrador; ladrón, porque roba a los indefensos; vampiro, porque chupa la sangre de los desheredados; enterrador, porque come de los ahoga­dos. El código no castiga a estos estranguladores sociales». (Lo peor es saber que en nuestros días las instituciones se volvieron usureras. Ni ayer ni hoy los códigos han servido de nada contra los pajarracos que seguramente exprimieron al bueno de don Pedro Nel, que en paz descanse).

¿Habrá cambiado la humanidad en estos 46 años? Parece que no, según se desprende de estos titulares: sólo viene en otra envoltura.

Falta expresar las gracias a quienes con paciencia siguieron el curso de estas deshilvanadas notas. Fue un paseo en puntillas por la dormida aldea que nos robó la civilización. No se trazó ningún plan especial y tampoco se forzó mucho el cerebro, para que las imágenes de la época brotaran al natural, con la intención de echarle una mirada franca al pasado.

Nos falta a veces retroceder los pasos. El pasado debe ser motivo de meditación, y por qué no, de encanto. Nos ayuda a seguir adelante. Estoy muy reconocido con las personas que me han expresado sus simpatías por esta sencilla serie de sucesos locales recuperados en buena hora. Y sobre todo con quien puso en mis manos la revista admirable.

-La Patria, Manizales, 27, 31 de agosto, 2, 4, 7, 9, 16, 19, 23 y 24 de septiembre de 1980.
-Revista de la Academia de Historia del Quindío, mayo de 2015.

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Comentario:

Como ha venido contándolo, en ágiles y sutiles crónicas, Gustavo Páez Escobar, antes de los años 30 se fundó en Armenia una fuerte y moderna empresa editorial: la Vigig. Era, su propieta­rio, Vicente Giraldo, «el hombre que reía como un niño y que luchaba como un león», se­gún lo dijo un escritor de aquella época.

¡Qué hombre, qué ti­tán y qué genio creador de empre­sas fue Vicente Giraldo! No pare­cía, de pronto, un solo hombre: parecía un ejército (…)  Pero no se trata, en esta glo­sa, del concreto caso de Vicente Giraldo sino de su editorial. ¡Qué empresa aquella! De no haber­se vendido, en esa época, hoy por hoy sería, seguro, una de las me­jores, en su género, de Colombia.

En esta editorial se levantaron, en linotipo, los primeros libros quindianos. Y en esos talleres fueron impresos, cosidos y entregados a sus autores. Sabiendo lo que era el arte editorial de entonces, resultaron, las varias obras que allí se publicaron, de magnífica calidad. Magnífica nitidez. Y Mi Revista, una excelente revista litera­ria (…) Humberto Jaramillo Ángel, La Patria, Manizales, 30-IX-1980. 

 

 

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El hombre y el fuego

domingo, 9 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

El Concejo de Armenia acaba de aprobar el horno crematorio. De ahí a ponerlo en funcionamiento dista mucho tiempo. Antes habrá que vencer explicables temores religiosos y humanos. Pero el hecho es elocuente en cuanto rompe la tradi­ción y desafía a los usureros de la muerte.

El pueblo es el supremo legislador. Nunca será sabio ignorar la opinión popular. La idea, algo extravagante, encontró arraigo por el  rechazo que existe al abuso de las funerarias. La reacción salió a flote en todos los estamentos sociales y hasta los ricos se quejaron de las altas tarifas, en las que está comprendido el costo de la tierra. Si se hace bien la cuenta, el ataúd de $ 10.000 o $ 15.000 no consume arriba de $ 1.000 en madera. El so­breprecio es de la especulación. Y es que la vanidad cuesta.

Morirse, que es trance ma­cabro, se ha vuelto suplicio económico para los familiares. En la cascada de gastos que no es fácil discutir y menos rechazar, estará siempre presente el oportunismo que medra al amparo del dolor, la ofuscación, el prurito social. El or­gullo obtiene allí su peor derrota. En la experiencia de Armenia, la gente dejó de pensar en asuntos religiosos, o mejor, los resolvió, para dilucidar con mente fría la parte monetaria. La idea se abrió campo al tomarse conciencia de que lo mismo es la inhumación que la cremación, y presentir que esta última es más «humana».

Quizás estemos lejos aún en la prác­tica del acto de la cremación. El camino, con todo, está allanado. La gente no se ha preparado para quemar a sus seres queridos, como ocurre sin rechazo en otros sitios de la tierra. La gente de Armenia le dio aprobación, sin pensarlo mucho, al horno crematorio, porque piensa que así se venga de las funerarias y todas sus arandelas.

Esta figura del fuego no resulta tan inapropiada para el desenlace de la carne. Si somos polvo, con más facilidad nos hacemos ceniza al impulso de las llamas. Si el fuego purifica los meta­les, con mayor facilidad devora los cuerpos. Es, además, un proceso higiénico. La misma tierra rechaza la podredumbre y se fertiliza con la ceniza. El organismo inerte, después de separado el espíritu, es cosa vana. El hombre merece, más que el metal, ser redu­cido a su exacta dimensión: a un puñado de ceniza.

El hombre es llama. Su corazón es una tea encendida, capaz de alumbrar y también de encegue­cer. Lleva fuego en los ojos, con los que ama y odia. La mujer, sen­sual y volcánica, es brasa que arrebata, enciende las pasiones y engrandece el sentimiento; pero también quema y destruye. El fuego es purificador y vengador al mismo tiempo. El hombre lo lleva adentro y suele vomitarlo sobre sus semejantes cuando maldice. Cuando ama, acrisola el corazón. Encontrarse con el fuego es cumplirle la cita al destino.

El Espectador, Bogotá, 27-VIII-1980.

 

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Un esfuerzo llamado Armenia

domingo, 9 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Descuajando montaña y en lucha implacable contra las fuerzas de la naturaleza, los bravos con­quistadores pusieron su pie en tierra fértil. Se ha­bían tropezado con terrenos inhóspitos, contagiados de cieno y enfermedades, pero presentían que su fe compensaría las fatigas. Allá, muy lejos, había que­dado su Antioquia maternal, y como andariegos que buscaban otros horizontes para agrandar territorios y afirmar la raza, no le tuvieron miedo a lo incógnito. Siempre avanzando, las leguas de sus duras trave­sías se iban rindiendo a golpes de esperanza.

El caucho que pensaban descubrir se trocó por el hallazgo de tierras ubérrimas bañadas por riachue­los abundantes y mecidas por vientos frescos. Iban además en busca de los entierros indígenas, no­ción de riqueza que los empujaba a ser valientes para poseer los tesoros escondidos.

A su paso fueron fundando poblaciones como Aguadas, Pácora, Neira y Manizales. Eran volunta­des templadas en el rigor de los montes, que a nada le temían. Acaso se desgarraban sus carnes al ga­narle nuevos tramos a la naturaleza, pero bien sabían que era preciso seguir devorando distancias. La fe del montañero, de este arriero antioqueño que no na­ció para detenerse, no sabe de indecisiones. La cara­vana descubrió luego a Pereira y finalmente fundó a Armenia.

El Quindío, con sus encantos y sus secretos, se había abierto como una promesa. Terreno quebradi­zo, con hondonadas que cortan la monotonía e impri­men rasgos de naturaleza agresiva, sobre él se levan­tó la aldea. Era la aldea antigua, recortada y sin mayores pretensiones, que más tarde encontraría el milagro del café, grano mitad leyenda y mitad verdad que viajaría por mares y continentes prego­nando la prosperidad de la tierra y el temple de la raza. Y así fue creciendo el rústico poblado, silencio­samente, como una oración.

Más tarde, pero mucho tiempo después, los pa­cíficos moradores despertaron un día con la violencia a la espalda. Armenia, la niña bonita que habían consentido sus fundadores, se horrorizó al sentir que los campos, antes fértiles e inofensivos, ardían al conjuro de los odios. Era como si les ardieran las entrañas. Los plantíos gemían despavoridos y nadie lo­graba consolarlos. De la noche a la mañana el cielo había dejado de ser generoso. Los ríos se tiñeron de sangre, y ésta corría por las calles y los campos des­bordada como una vena rota. Las cruces que iba po­niendo la insania arrancaban la mata de café y borra­ban la lección de trabajo y hermandad que habían sembrado los valientes colonizadores.

Cuando cesó la horrible noche, ya estaba mutila­da una generación. El alma había quedado mustia. Yermos los campos y atrofiado el paisaje, to­do era desolación y espanto. En el silencio de las du­ras noches todavía resonaban los tiros asesinos, los últimos rescoldos del embrutecimiento. Huían las hordas siniestras, y los sorprendidos habitantes, que no conocían sino el trabajo honrado y la importancia de ser buenos, parecían despertar de una pesadilla.

Sobre esas cenizas fue imponiéndose la ciudad de hoy, esta Armenia recia y cabecidura que se pro­puso levantar sus fuerzas morales para derrotar el infortunio. El alma le dolía, pero había que engrande­cer el destino.  Una fisonomía diferente comenzó a erguirse en el paisaje. Llegaron otras concepciones y renacieron nuevos bríos. La quemada aldea dejaba poco a poco de ser la huérfana de la violencia y pasa­ba a ser la mimada del progreso.

Se había salvado, por fortuna, la raza batalla­dora y optimista que no iba a cesar en el empeño de reconstruir los escombros hasta borrar aquellas cicatrices de la insensatez. Gentes venidas de todas par­tes encontraron el sitio amable y hospitalario. La ca­lle soñolienta fue sustituida por la ágil avenida, y las viejas moradas comenzaron a ceder paso a modernas mansiones y airosos edificios.

Cuando el país se dio cuenta, ya estaba modelada la ciudad moderna. Era la ciudad del futuro, que había desafiado el pesi­mismo para ser modelo de superación. El poeta Va­lencia la había bautizado como la Ciudad Milagro. Y es que los poetas saben encontrar las palabras exactas.

Hoy se le mira con sorpresa y admiración. Es el centro pujante que avanza todos los días, como los tumbadores de montañas, y se encara a las dificultades propias de las fuerzas vigorosas. Armenia, con su crecimiento audaz y su urbanismo precoz, es un reto nacional Conforme la ciudad crece, hay nuevos problemas para resolver, pero una generación dis­puesta a todo no permite detenerse, si el futuro se muestra promisorio.

De la vieja aldea quedan pocos vestigios. Fue necesario remodelarla para cambiarle el alma. Los odios fueron vencidos y nació otra generación que mira de frente, con visión hacia el porvenir. Aquí está la raza fuerte que no se dejó derrotar porque tuvo alientos para vencer los obstáculos y encontrar el progreso. Pocos esfuerzos tan edificantes como el de esta ciudad que no deja en paz a los urbanizadores y que tiene sorprendido al país. Ya nada, ade­más, le impide ser esplendorosa y acogedora.

Caminos, Editorial Quingráficas, Armenia, 1982.

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El enredo de las vías

domingo, 9 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Armenia se mueve prácticamente por dos carreras, la 18 y la 19. La una de ida, la otra de venida. Ambas desembocan en la 14, llamada Avenida Bolívar, en la parte alta de la ciudad. En algunos tramos echan mano de vías auxiliares para impulsarse o salir del atolladero. Como hay insuficiencia de ramales, los funcionarios de turno viven devanándose los sesos para tratar de hacer más veloz el tránsito.

Unas veces desplazan los vehículos por calles o carreras menores y los ponen a dar vueltas en busca de salidas más rápidas; otras, invierten el sentido de la 18 y la 19 (las mayores víctimas de la imprevisión municipal) y prueban lo mismo con la 13 y la 14, las que un día miran de una manera y al poco tiempo al revés.

Parece que manejar nuestras calles se ha convertido en verdadero acto de gobierno. Parece que siempre que se posesiona el alcalde o el director de tránsito, lo que primero piensa es en las calles, antes incluso de remover toda la nómina, y no simplemente en la calle, dentro del argot de la burocracia, a donde también llegarán en corto tiempo.

Aquí, donde el alcalde debería tener el mismo período que el presidente de la República para que lograra hacer algo, es donde me­nos tiempo tiene. El actual, muy bien intencionado y con de­seos de hacer obra, como todos, aca­ba de llegar y ya está preparando las maletas, porque dicen que en enero se acabará la paloma.

Hoy hubo de nuevo cambio de vías, precedido de la persistente advertencia para que el desprevenido transeúnte no quede de pron­to incrustado contra el vehículo que camina en contravía. Esto de cambiar los hábitos es desastroso, y más cuan­do el mal se vuelve recurrente. El funcionario que ordena, llámese alcalde o director de tránsito, aplica su sabiduría para corregir lo que supone defectuoso v termina enredando más el ovillo El que lo sucede rectificará la medida, con peores resulta­dos.

Consecuencia: la ciudad infartada. Lo cierto es que Armenia no tiene vías, y punto. Es ciudad embotellada. Nos estamos ahogando entre este montón de vehículos que complicaron, sin ser responsables, la vida del lugar antes apa­cible.

Los planeadores se dejaron ganar de las calles. Acaso lo primero que deben calcular las autoridades es el problema de la circulación. Alguien di­jo que después del lenguaje el mejor  invento del hombre es la ciudad. Este concepto de ciudad supo­ne la adecuación de servicios para que el hombre respire, deambule y se sienta cómodo.

Es todo lo contrario de lo que hoy ocurre. El habitante urbano no respira, porque las impurezas del ambiente lo man­tienen medio ahogado; no camina, porque el enjambre de peatones y vehículos lo intercepta a cada instan­te y amenaza desintegrarlo; y menos va a sentirse cómodo, rodeado de ruidos, motos, locos, marihuaneros y atracadores. La vida urbana, cada vez más sofocante, es uno de los mayores verdugos del hombre. Per­dónenme los políticos si les digo que su mayor compromiso es el de hacer vivible la ciudad. ¿Por qué han falla­do?

Digamos, en síntesis, que las ca­lles de Armenia se volvieron un rom­pecabezas que nadie consigue armar. Los alcaldes y los directores de trán­sito continuarán reacomodando las flechas en las esquinas y lanzando pe­lotones de muchachos para que ad­ministren el infarto del tránsito, pero el problema seguirá vivo. Hay que encontrar la ciudad racional, la que se nos fue de las manos, y no sólo a los políticos, sino a todos. Esto no es fácil de lograr cuando las cosas han cogido ventaja.

La Patria, Manizales, 26-VIII-1980.

 

 

 

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