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Lotes y casas viejas

lunes, 3 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Es hora de que las autoridades municipales emprendan una campaña para obligar a los propietarios de lotes a levantar la respectiva construcción, o a venderlos. Se advierte en muchos casos poco interés por contribuir al progreso urbanístico de Armenia, lo que denota, al mismo tiempo, afán de lucro por lo que representa el lote ocioso que a la larga adquirirá importante valorización.

En el centro, sobre todo, existen viejas casonas que frenan el avance arquitectónico de este conjunto comercial que ha logrado adquirir características de gran ciudad en marcha. Son construcciones no solo deterioradas por los años y su falta de conservación, sino que además amenazan evidentes peligros.

Sitios privilegiados en donde deberían levantarse edificios vitales para el avance urbano permanecen estancados por la indiferencia de los propietarios que prefieren continuar engordando el capital. No es lo mismo que el inmueble se encuentre situado en la plaza de Bolívar que en un suburbio. Los sectores residenciales tienen tratamiento diferente a los comerciales. Cada lugar está sometido, por razones obvias, a determinadas reglas de construcción, y si en algunos sitios solo se permiten casas que no excedan de dos pisos para guardar la armonía del barrio, en otros se impone un mínimo de pisos para buscarle altura a la ciudad.

La piqueta debe avanzar en el centro de Armenia y sus proximi­dades. No debe hacer excepciones con personas privilegiadas que no contemplan la parte ornamental de la ciudad sino sus propios intereses. Demasiados lotes desocupados, que ni siquiera han sido encerrados, se convierten en parches que deterioran el ambiente y en obstáculo para proyectar la ciudad del futuro. Armenia es la ciudad del futuro. Tiene suficientes razones para llegar a ser uno de los centros más importantes del país.

Sorprende encontrar aquí y allá lotes sin cercar que se han convertido en basureros públicos. Son verdaderos nidos de infecciones que las autoridades deben erradicar con medidas severas. Se trata en otros casos de casas estropeadas, auténticas amenazas para sus ocupantes y los transeúntes.

La Alcaldía, a quien la comunidad encarga la misión de proteger sus intereses y buscar el progreso, debe ponerle coto al abuso que muchos propietarios cometen manteniendo lotes ociosos y casas desvencijadas por el paso de los años. ¡Adelante con la piqueta demoledora! Armenia no debe detenerse ante el egoísmo de los dueños de finca raíz que atentan contra el progreso. Son ellos estorbos para las conveniencias públicas: ni hacen ni dejan hacer.

Satanás, Armenia, 30-VII-1977.

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La bonanza en avión

lunes, 3 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

La gente de algún capital entendió de un momento a otro y debido acaso al aguijón de las ganancias ocasionales, que el dinero no es bueno guardado, sino que debe disfrutarse al máximo. En época de vacaciones, la bonanza se viste de turista y monta en avión. Antes se ha cambiado cada seis meses el vehículo, se ha renovado la casa y se han saboreado todas las comodidades de la vida moderna.

Los horizontes de la tierra, infranqueables en otras épocas para la mayoría, resultan hoy familiares para buen número de viajeros presurosos de emociones. La buena suerte cafetera no se detiene en consideraciones para hacer maletas y aterrizar en lugares antes solo imaginados. Miami es ya para muchos un sitio común. Después de dos viajes al país norteamericano, el programa se vuelve monótono.

Las próximas vacaciones serán más extensas. Abarcarán una visita a la Ciudad Luz, una excursión por islas misteriosas que solo la fantasía entreveía, un paseo por las calles londinenses, una mirada a las murallas del suplicio y acaso una pernoctada en la tierra de los zares.

Ya habrá tiempo de recorrer los países del Oriente legendario. El África, con sus fieras y sus cuentos de terror, se domina de una sola mirada. Al día siguiente la cita será en Madrid o en El Vaticano.

Hoy el turismo continental es voraz. Existe un ansia descontrolada de viajar, de quemar dólares. Es la manera de convivir con esta época precipitada. La bonanza no es para todos, sino para unos pocos, pero estos entendieron que si el Gobierno disminuye las ganancias es preciso adquirir dólares viajeros y dejar en otra parte el producto de las cosechas.

Antes el dueño de una tierra discurría gratamente entre surcos y atardeceres, ajeno a secuestradores y chantajistas, y entregaba a la siguiente generación el capital trabajado con reflexión. Los pasatiempos eran parcos. Las distancias del mundo se veían demasiado remotas y no tentaban la codicia.

Hoy la finca que se traspasa a los herederos se cercena con el pago de impuestos. Ha nacido un severo régimen que castiga las ganancias ocasionales. Dice la gente, en buen romance, que no es gracia trabajar tan duro para el Estado. Por eso, los ricos, y también los menos ricos, se dedicaron a gastar en vida lo que terminaría robusteciendo las arcas públicas.

EL turismo internacional está menoscabando el turismo doméstico. Las playas de Cartagena no son ya lugar preferido para una temporada. Familias enteras se desplazan por los caminos del mundo con los bolsillos llenos para el placer y el derroche. Las agencias de turismo facilitan llamativas oportunidades y hasta quienes no tienen capacidades financieras se embarcan en estos señuelos de la época que no saben cómo pagarán.

El capital colombiano que los antepasados custodiaban celosamente para el porvenir de los suyos y la prosperidad de Colombia, se volvió derrochador. Hay un contagio general de recorrer mundo, vivir aventuras, gastar la bonanza. Como contrasentido, un enorme número de colombianos solo cuenta con una comida al día y otros se mueren de inanición.

Muchos millones de billetes salen por la puerta ancha de Colombia en cada temporada de vacaciones. La invitación, para cuando canse tanto viaje repetido, sería a conocer Colombia, que muchos ignoran, domi­nados por la fiebre de la bonanza fiestera.

El Espectador, Bogotá, 26-VII-1977.

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La bonanza y la cantina

lunes, 3 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Miles de obreros venidos de todos los sitios del país invadieron por estos días los campos del Quindío y de otras zonas cafeteras, atraídos por las cosechas que comenzaron a despuntar luego de algunas lluvias aisladas. Tan especial es la bondad del café, que esas lluvias esporádicas bastaron para que el grano acelerara su germinación.

Las cosechas, ya recogidas en buena parte, de­terminaron que multitudes de obreros invadieran las fin­cas en demanda de trabajo, y de paso presionaran altos salarios ante el milagro de las pepas de café cargadas de bonanza y de inflación, que se salían de su propio calendario para engrosar los ríos de la fecundidad.

Esa población nómada que va de cosecha en cosecha y que un día se ubica en el Quindío y más tarde en el Cesar o el Tolima, configura un interrogante para los sociólogos. Son familias desadaptadas, sin apego a ningún sitio y siempre insatisfechas dentro de ese constante deambular que las convierte en seres extraños para la región de turno. Por eso mismo, se tornan hurañas y hostiles.

Estos flujos humanos significan una carga para las zonas de cosecha. Como al finquero no le es permitido cla­sificar la mano de obra, sino que debe contratar hileras ente­ras de trabajadores sin forma de rechazar al marihuanero, al holgazán o al secuestrador, pierde autoridad para ejercer el legítimo derecho de defender su propiedad. No puede aspirar a nada mejor, pues en un abrir y cerrar de ojos, si no se apresura, otros finqueros engancharán las cuadrillas sobre las que se detuvo a sospechar.

El recolector de café es uno de los obreros mejor pagados del país. En estos días de presión, un trabajador idóneo devenga más de $ 20.000 mil mensuales, libres de gastos, pues el pa­trono debe atender el hospedaje y la alimentación. La suerte de esos dineros, que bien manejados deberían remediar no pocas penurias de la familia, resulta deprimente. Al final de la semana, los obreros, al sentir en los bolsillos el cosquilleo de la bonanza, corren a las cantinas con ansias desaforadas para el vicio y el despilfarro.

Son dos días de orgía colectiva, de embrutecimien­to de la voluntad, que terminan succionando el jornal semanal y enriqueciendo los apetitos cantineros en un alarde tonto por mostrar el poder de la plata que todo lo compra y todo lo pervierte, desde la botella de aguardiente por la que no importa pagar tres veces más su precio normal, hasta la damisela que también eleva su tarifa a precio de explotación.

En Calcedonia se presentaron escenas insólitas. Veinte mil tra­bajadores se lanzaron a las cantinas con gruesas cantidades de dinero en los bolsillos, ante la mirada impaciente de las autoridades que solo contaban con unos pocos policías y se veían inca­paces de contener aquella jauría humana. En corto tiempo se agotaron las existencias de trago y comida en la población, y las damiselas, por más que multiplicaban sus fa­vores, no alcanzaban a atender la excesiva demanda.

A la postre, hubo necesidad de decretar el toque de queda, y ni siquiera así pudieron evitarse varias muertes y un número considerable de heridos. En una cantina, donde se bailó repetidamente la cumbia, se mantuvo, en lugar de la antorcha tradicional, un ramillete de billetes que se cambia­ban cada vez que los anteriores eran devorados por las llamas.

No es preciso entrar en más detalles para pintar el drama humano de estas corrientes de trashumantes que van de campo en campo, como autómatas, en demanda de los pesos tentadores que luego son quemados, como en el caso de Caicedonia, al son de la cumbia y de la insensatez, y que lanzan al mercado de la prostitución llenos de odio y resentimiento.

La familia, mientras tanto, sufre los rigores de esta movilización colectiva que pasa de cosecha a cosecha trastornando la vida de las regiones y llevando a ellas un cúmulo de taras sociales, de iras contra los patronos, de alcoholismo y drogadicción. En una palabra, de peligrosidad.

Algo habrá que hacer para modificar este mercado del salario estimulado por una bonanza contradictoria que crea malestar y no prosperidad. La sociedad necesita protección. Es preciso preservar la moral y la paz de los campos. Las regiones agrícolas deberían interesarse en sus propios recursos humanos. Las modestas mujeres del pueblo, por ejemplo, son aptas para el laboreo de los cafetales y ayudarían, con la recolección de las cosechas, al mantenimiento del hogar.

El Espectador, Bogotá, 6-V-1977.

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Los domicilios

lunes, 3 de octubre de 2011 Comments off

(Cuando en el país casi no se conocía este servicio)

 Por: Gustavo Páez Escobar

Uno de los ingredientes más amables que tiene Armenia es el de los domicilios. A través de este medio existe un amable sentido de colaboración, servicio y simpatía. Bastaba (hoy es cada vez más difícil conseguirlo) con levantar el teléfono y pedir que el pan, la gaseosa o cualquier menuda necesidad en la vida de los hogares se enviaran a domicilio.

En pocos minutos se tenía frente a la puerta de la residencia a un acucioso muchacho portando el encargo y provisto de las vueltas que ya habían quedado convenidas.

Era tal el grado de servicio, que un simple mejoral volaba a lomo de la bicicleta. Lo mismo se atendía el mercado abundante que el artículo minúsculo. Lo que interesaba era complacer al cliente. El mu­chacho ágil y despierto, dedicado sólo a visitar residencias, no podía, por lógica, llamarse sino «domi­cilio». Así se ha quedado. Era, aunque con restricciones cada vez más evidentes, una imagen del dueño del negocio, un personaje atento y servicial, un portador de amistad.

El cambio de los tiempos ha venido dis­minuyendo esta costumbre. La ciudad, sin darse cuenta, pierde uno de sus lados más atractivos y pintorescos al permitir que sus domicilios desaparezcan. No nos quejemos de que en las grandes ciudades, tan espaciosas como deshumanizadas, no exista esta figura que recorre las calles dispensando colabo­ración. Pero lamentemos que Armenia, ciudad humana, se ol­vide de sus domicilios.

Hoy son pocos los negocios que aún conservan la tradición. Ya no queda fácil, como antaño, descolgar el teléfono para conseguir que el dueño de la tienda sitúe la mercancía en el hogar, bien por haber suprimido el cargo, bien por considerar que el pedido no justifica el esfuerzo. Aquel sentido de atención se ha condicionado a situaciones especiales. Por eso mismo, Armenia ha dejado de ser tan servicial como en otras épocas.

El cambio tiene explicaciones. La imposición del salario mínimo invadió los predios de pequeños negocios que no podían soportar sus efectos. Para muchos comerciantes o tenderos no quedaban alternativas, así los empleos fueran tan menudos como los de estos mensajeros que se veían retribuidos, en forma adicional al sueldo, con las recompensas que les concedían los hogares.

Y antes que exponerse a pleitos, les resultaba mejor prescindir del cargo, el que al fin y al cabo sólo existía a título de liberalidad y no iba a afectar la marcha del negocio. Eso lo pensaron muchos propietarios, y así procedieron. La llegada del salario mínimo marcó otro rumbo para los domicilios.

Estos buenos muchachos, que redondeaban un salario razonable a base de propinas, de un momento a otro se quedaron sin trabajo. Muchos fueron a dar a lugares de vicio y cambiaron la bicicleta por la papeleta de marihuana.

Quedan, por fortuna, propietarios que todavía se preocupan por los domicilios. Algunos ya entraron en la regla del salario mínimo. La institución del mensajero todavía no ha desaparecido, aunque se ha limitado.

Bien valdría la pena que no se dejara borrar esta cara amable de la ciudad. Los dueños de negocios podrían hacer un es­fuerzo si consideran que el domicilio es un medio de ventas. Muchos lo saben y es­tán ganando ventaja sobre el vecino, que no entiende que la competencia se monta ofreciendo atractivos para el cliente.

Satanás, Armenia, 23-IV-1977.

 

 

 

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Entre cafetales

domingo, 2 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

El país viene mirando al Quindío como una región privilegiada. Y en verdad que lo es. La fertilidad de sus suelos, su envidiable posición geográfica, la delicia de su clima, la hospitalidad de su gente son circunstancias que se suman para convertir a esta parcela en uno de los lugares más gratos de Colombia. El turista, acostumbrado a recorrer senderos inhóspitos por la abrupta geografía del país, encontrará siempre en el Quindío, y particularmente en Armenia, un remanso que lo alberga, lo tonifica y lo invita a respirar los aires de sus cafetales.

Respirar los aires cafeteros es lo mismo que vivir la amistad de unos predios generosos tanto para impulsar la economía de la patria como para estrechar los lazos de la confraternidad.

La bonanza cafetera resuena por todos los ámbitos como un hada misteriosa que reparte prosperidad bajo el soplo de los cafetales. El país se acostumbró a considerar como ricas las zonas movidas por el café. Existe la sensación de que el Quindío es un emporio de riqueza, de bienestar social. Una región sin problemas.

La gente de otras latitudes mira con respeto y hasta con envidia la suerte de los departamentos cafeteros, creyendo o sospechando que la buena estrella del café es suficiente para remediar todos los problemas. La realidad, con todo, es bien distinta.

El Quindío es cafetero por excelencia. Es una economía cíclica administrada por la suerte de los cafetales, que determinan, en tiempos de cosecha, un relativo bienestar, y que originan largos períodos de receso económico durante los intervalos. Es mayor la época de la improductividad que la del auge agrícola. Aquí no entran en conside­ración los reveses del grano, que tantos dolores de cabeza han traído a los caficultores y que en el gobierno del presidente  Pastrana mantuvieron paralizado al Quindío por espacio de dos años en razón de una desaforada época de lluvias.

El concepto de industria ha encontrado poco arraigo en la gente quindiana. Ante el bombo de la bonanza cafetera es difícil que pueda cambiarse de un mo­mento a otro la mentalidad de una generación que con­sidera insustituible el grano milagroso. Pero el Quindío necesita indus­trializarse. Sitio ideal para crear industrias, está desa­provechando especiales condiciones para impulsar, al lado del café, un desarrollo mucho más armó­nico.

Existen una industria incipiente y un comercio mejor encaminado, pero son actividades que sopor­tan las inclemencias de los in­tervalos previos a la recolec­ción de las cosechas. Cuando no hay café, se extiende una merma  general de la vida económica, que no ocurriría si existiera una industria fuerte, generadora de mayor estabi­lidad. El café hace prodigios de seis en seis meses, pero no sostiene un nivel económico per­manente.

Digamos, entonces, que nues­tro producto estrella está ca­lumniado. Si tantas divisas le produce el Quindío a la eco­nomía del país, no recibe como premio los beneficios que deberían llegar a raíz de su aporte sustan­tivo a la nación.

Ya han debido instalarse aquí in­mensas factorías para mover el potencial económico que se está perdiendo por falta de interés. Al  Quindío se le considera rico y sin necesidades. Es, por el contrario, un depar­tamento sujeto a graves coyun­turas, como la de una vida cada vez más cara, falta de empleo estable, corrientes nómadas de recolectores que deambulan en­tre vicios. Circunstancias todas nacidas al impulso de nuestro destino agrícola.

Si el café produce prosperidad, también ocasiona malestar social. Tal el problema que debe manejar el Quindío, región a la que a veces solo se ve encumbrada sobre el termómetro de la cotización mundial del grano.

El programa de obras pú­blicas de la nación es es­téril en  la zona. Esto no obstante la cuantiosa contribución quindiana a las arcas del tesoro nacional. Ya sabemos que el tramo carreteable de La Línea acusa in­minentes peligros desde hace largos años. No se ha meditado lo suficiente en esta troncal, la más importante para la eco­nomía del país.

El Quindío, gran productor de divisas, no ha logrado que se pavimenten doce kilómetros que faltan de la vía Montenegro-Quimbaya, que es clave para la descongestión vial hacia Cartago. Hace veinte años que se trabaja en la carretera Armenia-Zarzal, pro­yecto de enorme importancia para el desarrollo vial. La carretera está trazada, pero falta pavimentarla. La región viene pidiendo, en todos los tonos y a todos los ministros del ramo, que se concluya esta vieja as­piración.

La pregunta es inevitable: ¿Para qué la bonanza cafetera? Es una inquietud natural y agobiadora. Los cafetales, mientras tanto, reparten amistad y aroma. Bajo la sombra del café se en­treteje un cálido clima de hermandad. Aquí llegan gratos visitantes, venidos incluso de otras zonas cafeteras, quienes saben que estos interrogantes son legítimos.

Armenia, capital del café, se siente complacida con la presencia de los participantes en el “Segundo abierto cafetero de golf” y los acoge con singular aprecio. En estos campos tocados de exuberancia y belleza, es posible meditar,  entre hoyo y hoyo, en estos temas del diario discurrir que a ellos como a nosotros nos interesan. Sean, por lo demás, bienvenidos a esta tierra siempre abierta a la hospitalidad, que es la suya, como ustedes lo saben.

El Quindiano, Armenia, 15-IV-1977.
El Espectador, Bogotá, 13-VI-1977.

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