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Carta a Gustavo Álvarez Gardeazábal

jueves, 14 de abril de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Me imagino que administrar la fama es tarea tan difícil como no de­jar caer las acciones de su «Fábrica de Novelas Ltda». El éxito, la ac­tualidad, dejan satisfacción, y también, sin duda, dividendos. Por eso Hernando Giraldo en el reportaje de días pasados habla, con la autori­dad que le da su propia experiencia, del difícil arte de obtener recom­pensas físicas con el libro que no ha traspasado las fronteras patrias. Bien sabe él que el ejercicio de las letras –en el periodismo o en la fábrica de novelas– debe reportar dividendos de gloria, pero también captar el porcentaje necesario para asegurar la vida del burgués sa­tisfecho que le atribuye a usted, y a la que él se le adelantó.

La fama es un honor que cuesta, y usted lo sabe muy bien. Tanto in­sistió en ella, tanto la persiguió, que al fin la tiene en las manos. Ya en la encrucijada, no podrá salir fácilmente de ella. Ha dejado, en alguna forma, de pertenecerse a sí mismo. Es usted un caso raro en la literatura por su estilo y sus ademanes poco comunes. No le queda­rá ya fácil encontrar burladeros contra el asedio de la popularidad. Lo admiran, lo adulan y le exigen cada vez más. Lo roza la ponderación sincera, pero también la disfrazada de envidia, lo mismo que el elogio que suele combinarse con los celos. Le derraman incienso, pero el incienso oscurece la mirada.

Usted fue desgarrando desde muy temprano el velo del anonimato y se acostumbró a la condición de líder. Supo buscar su des­tino y, desafiando pruritos, asciende seguro de sí mismo. El triunfo no lo ha cogido de sorpresa y no podrá rehusarlo porque lo ha conquis­tado y se lo merece. Pero la fama trae la soledad. ¿Podrá usted resis­tir la soledad en medio del tumulto?

Es interesante encontrar a un periodista insolente entrevistando a un literato no menos insolente. Uno y otro, entre descaros e irreve­rencias, entre bromas y verdades, han empujado a la gente y han crea­do inquietud. Las letras han ganado. Han sabido hacerse notar: han aguijoneado la mediocridad y demuestran ser buenos equilibristas.

Cuando usted no idolatra a García Márquez y, admirándolo, con todo, quiere romper un mito que está frenando el despegue de nuevos escritores, y hasta se inventa el verbo «garcimarquear», es insolente. Cuando em­biste contra los «gabitos» y anuncia que con sus 27 años va a superar a García Márquez, parece jactancioso. Cuando en reportaje de hace un año dice que Caballero Calderón, afrancesado en su novelística, sería mejor alcalde de Marsella que de Tipacoque, es insolente.

Cuando des­califica a La vorágine por contener 3.731 adjetivos, es insolente, y también parece ocioso. Cuando tilda de pésimas las 43 novelas sobre la violencia que tuvo que leer para sustentar su tesis de grado, es petu­lante. Esa osadía, ese desafío, desconciertan. Hieren, pero edifican. Como en el Niño de la Capea, hostiga las roscas y sacude las puer­tas de los cenáculos literarios.

Quiere crear un nuevo estilo, una nueva escuela. Y hasta instala su propio «Taller de escritores del Valle». En todo esto se nota vo­cación. Hay valor, hay empeño, no exentos de personalismo (y personalismo, en fin de cuentas, no es sino una manera de querer ser originales en este mundo que se las sabe todas), pero sin duda su acción es cons­tructiva, es pujante. Surge, con todo, la duda sobre la aparición de otro mito, y usted quiere quebrar los mitos.

¿Se destrui­rá un mito con otro mito? Usted quiere ser el nuevo mito, el nuevo ídolo. Muchos que se han dedicado a “garcimarquear” van a terminar enterrando cóndores. Pero debe abonársele mérito a quien se va contra el establecimiento y se propone romper ídolos y cortar taras. ¿Lo con­seguirá? Es complicado sostener el liderazgo. Hay otros líderes, otros estilos. Todos sean bienvenidos a las letras. Porque líderes no nacen todos los días.

La firmeza de su personalidad es envidiable. Su rebeldía es pro­gresista. Y su disciplina, un buen taller de formación. Usted incita la competencia, y esto ya es bastante aporte a la literatura. Sin ser esclavo de gramatiquerías ociosas, es el implacable corrector de sus escritos, lo mismo que el maestro regañón de sus artesanos, y de otros que no están matriculados en su escuela. Y confiesa que el gerundio incorrecto, o el adverbio exagerado, o el desmedro lexicográfico, y quizás la adjetivación que lo trasnochaba en otra época, dejaron de ser problema si suenan bien. Y si suenan bien, están correctos.

Ha superado usted grandes escollos. El académico sabe gramática, pero el escritor debe saber escribir; éste debe crear expresiones e imágenes; debe transmitir nítida la idea; debe pulir, pero sin sacrificar un buen sonido por un gerundio imperfecto; y debe, ante todo, hacerse entender, rompiendo, si es preciso, las reglas ortodoxas, con tal de imprimir alma y sensibilidad a sus escritos.

Colombia está pendiente de sus pasos. Persevere usted. Yo apenas produzco un mal escrito de tarde en tarde, como éste de ahora, cuando detrás de un escritorio bancario me asusta el terror de las cifras que a usted lo derrotaron y veo la necesidad de refugiarme en mi mesa casera para desintoxicarme de encajes y sobresaltos. Me deleito en este momento con las taras de su hermana la boba Ramona (la de su novela, naturalmente).

Como todos tenemos algo de insolentes, permítame darle un consejo: administre bien el triunfo, y no camine tan rápido, que bien joven está para que continúe alimentando su indomable úlcera estomacal-literaria. Si va muy de prisa, más rápido llegará al nivel de la in­competencia con que nos tiene asustados Peter. Tampoco se frene, porque esto también es incompetencia. Mejor dicho: se metió usted en la grande.

El Espectador, Correo del Domingo, Bogotá, 25-II-1973.
La Patria, Revista Dominical, 11-VIII-1974.

La fiebre industrial

domingo, 10 de abril de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

A mis amigos los acopistas de Armenia se les ocurrió convertirme en temario de sus deliberaciones. No podía yo rehusar la ocasión para explicar las políticas de crédito y cooperación del Banco Popular hacia la industria. Honrado con la distinción, me trasladé puntual a la cita y me resigné a la suerte de ocupar el banquillo de prueba. Como soldado prevenido no muere en guerra, me eché al bolsillo algunos datos y cifras que hicieran menos complicada la cordial embestida. El fogueo resultó intensivo. Pero la entrevista fue amena y constructiva. Todos quedamos contentos.

Como cada día trae su noche, la sesión se movilizó en pleno a matizar la armonía en un centro social. Seguimos hablando de industria. La industria nos bullía aquella noche en las arterias y se hizo más consistente después de la tercera libación. Hubo discursos y parloteos y euforia… Todo en aras de la fiebre industrial que mancomunaba la mesa e inspiraba el espíritu.

Y como el entusiasmo es prendedizo, en el momento menos esperado resolví convertirme en industrial. Idea utópica en mí, que era ajenas abanderado de unos programas, simple administrador de cifras y, cuando más, vendedor de servicios ajenos. El inmortal brindis del bohemio tuvo calurosos intérpretes, con matices diversos.

Se rindió tributo a la madera, labrada en ornato de oficinas y residencias. A la tela y el hilo que, armónicamente trenzados, cubren desnudeces y descubren exuberancias; rellenan y agracian parajes recónditos; y hasta provocan sanos e insanos apetitos. Al cuero, que protege y engalana; aumenta centímetros a la mujer, y es látigo para los enemigos. A la aguja, que da ejemplo de paciencia y mansedumbre; desentierra parásitos y recuerda a las  abuelas. A la lámina, que acoraza. Al cemento, que imprime solidez. A los poderosos complejos, que arman automóviles cada quince minutos…

Creo que a estas alturas la imaginación ya se había exaltado, pues ni el automóvil se produce cada cuarto de ho­ra –y se entrega después de seis meses de pedido, si es Renault, como el mío–, ni la próxima ensambladora será montada en el Depar­tamento Piloto de Colombia, como lo afirmó el ora­dor de turno. ¡Todo en gracia del constructivo optimismo por la diversificación industrial del Quindío!

Contagiado por la fiebre colectiva, resolví entonces, en un solo y prodigioso instante, hacerme industrial. La inspiración me la transmitió en ondas crepitantes don Javier Londoño Botero, pro­pietario de Quin-Gráficas, mi silencioso vecino dominado por 39 puntos da fiebre industrial, y también física, en razón de no sé qué desmán. Anuncié que iba a fabricar… un libro. No ignoré rá­pidas miradas de incredulidad que rozaron mi copa. Un aplauso so­litario, algo desnutrido, me animó a ser valiente. «Seré indus­trial como ustedes», sostuve. «Fabricaré un libro».

Alguien me pre­guntó por la materia prima y, como el momento se presentaba desafiante, repuse que estaba fundida en 200 folios  y  muy guardada en mi casa. Al mostrar la intención de trasladarla ya, si era preciso, a Quin-Gráficas, creo que a su propietario le subió el calor de 39 a 42 grados. Casi se nos funde.

Conocía yo  muy bien la capacidad de la casa editora de Armenia y consideré que estaba desperdiciada. Los escritores quindianos en­comendaban sus libros a editoriales foráneas, desaprovechando los propios recursos. Llegado yo de otras latitudes, vi quizá más ní­tida la imagen y puse fe en la empresa. Contribuía en esa forma a impulsar el desarrollo industrial, así pareciera para algunos de los presentes quimérica mi proclama.

En la propia languidez de la resaca, al otro día transporté a don Javier la materia prima que alguien quiso poner en duda, o atribuir al momento de extroversión. Poco tierno después la im­prenta dio a luz una obra gestada con gusto y refinamiento, para sorpresa de muchos que estaban acostumbrados a los fatigosos vo­lúmenes do ordenanzas y disposiciones oficiales como la prueba más avanzada de nuestra pujante industria.

A mis manos ha llegado un nuevo libro salido de Quin-Gráficas. En cortos meses se completan con él cuatro títulos: Destinos cruzados (la cuña y la antelación son obligatorias); Invasión del rocío, poesía de Mario Sirony; Los héroes lloran en la obscu­ridad, novela de Jesús Arango Cano; Pasión  creadora, ensayos de Héctor Ocampo Marín. En todos se ha puesto en evidencia la des­treza del ilustre don Javier. Para él y sus eficientes colaboradores es preciso dejar constancia de reconocimiento y admiración. Y existen proyectos inmediatos, como la antología de Baudilio Montoya y un nuevo libro de Euclides Jaramillo Arango.

Epílogo: Piense hoy, varios meses después, que un minuto bien aprovechado es suficiente para crear una empresa. Lo hice aquella vez. No me detuvo la duda en torno a los consumidores del produc­to y cometí acaso la ligereza de no explorar mercados inciertos. Pero gracias a la subestimación de tales miedos y prejuicios, soy ahora industrial. Industrial de las letras. Cuatro nuevos indus­triales esperan de Acopi su credencial. Llegarán más y repetirán otros. Y que nos perdone el bueno de don Javier si le hemos aumentado demasiado su cartera. Cartera que, por fortuna para él, aún no es de dudoso recaudo.

El Espectador, Magazín Dominical, Bogotá, 23-IV-1972.
La Patria, Manizales, 18-IV-1972.

¡Mi libro!

domingo, 10 de abril de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Recortes. Mensajes. Fotografías. Todo permanece en reposo, en absoluta quietud, entre la silenciosa carpeta que se ha encarga­do de coleccionar los comentarios y referencias sobre mi novela Destinos cruzados. Al iniciar el archivo me impuse la discipli­na de no repasarlo hasta tener alguna base para ensayar un ba­lance, una conclusión, en torno a este acopio de crítica. Era recomendable que la obra se desdoblara ante la opinión.

Quedan 100 ejemplares. Miro la existencia y experimento triste­za. Podría ser alegría, en lenguaje mercantilista. Pero estoy triste. ¡Se van mis amigos! Me acostumbré a sentirme acompaña­do por mis libros y ahora quieren dejarme solo. Al empacar cada remesa, he dialogado con mis amigos a través de los libros. Es­tos han sido portadores de muchos mensajes de amistad. Han sido motivo de distracción, vínculo de enlace. He sentido más cerca la amistad.

La amistad, con todo, ha llevado a veces al desencan­to, El libro, mi libro, desenmascaró cosas ignoradas. Delató fal­sas amistades. Y las actitudes débiles sucumbieron ante su po­der. Coseché insospechadas experiencias. Nuevas amistades. Apren­dí a vivir más. Por todo esto me hallo triste. Mi escurridizo compañero quiere irse. Se ahuyenta poco a poco.

Sobre mi escritorio he depositado el contenido de la silencio­sa carpeta. Repaso las críticas, los comentarios. Encuentro elogios. Mido el alcance de cada uno. Sé valorarlos, a cada cual por separado. No confundo la lisonja con el encomio. Ni el acu­se de recibo con el examen verdadero. No falta, desde luego, la censura. Desde quien está contrariado porque la bella Cristina se haya enloquecido –por amor, afortunadamente–, hasta quien se declara una vez más enemigo irrevocable del adverbio. Malos momentos, sin duda, le ha jugado el adverbio, si acentúa tanto su encono para con este noble recurso gramatical.

No falta lo pintoresco, Se desdobla la carta de un amigo dis­tante que me acusa recibo del libro y me cuenta que la carátula le llegó invertida, pero la consideró correcta, como parte de Destinos cruzados. ¿Broma? ¿Ingenuidad? Prefiero que tome no­ta el ilustre editor.

En el revuelto escritorio está mirándome la nota de Juan Ra­món Segovia, de La Patria. Me persigue, definitivamente, el ad­verbio. Acaba de escapárseme uno  rimbombante en presencia, nada menos, que de su acérrimo enemigo. Releo sus elogios y censuras. Los respeto. Repaso, para infundirme áni­mos y proseguir la marcha, las palabras de Jorge Luis Borges a un aspirante a escritor: «Mi primer consejo sería que no se olvidara nunca de ese personaje un poco olvidado que es el lector y tratara de distraerlo y no de asombrarlo. Luego le acon­sejaría el empleo de un vocabulario sencillo. Escribir en un len­guaje escrito que se pareciera un poco al lenguaje oral.»

Otro recorte de periódico salta en esta danza del papel. Adrián Acero fortalece mi ánimo desde su columna de La Patria. Espera encontrarme en un libro de clamor, de protesta. Quiere si­tuarme en la temática del momento y empujarme a tumbar imperios y monarcas. «Quizás no es mi especialidad», me consuelo.

Han regresado a su quietud los recortes, los mensajes, las fotografías. ¿Está hecho el balance? ¿Existe la conclusión? ¡No! La vida del libro es incalculable, misteriosa. Hay quienes sostienen que nunca muere. Algún día espero volver a mis archivos. Sopesaré de nuevo las opiniones. Es posible que para entonces encuentre defectos que no se habían descubierto y, de pronto, alg­una cualidad. Si la época no es de transformación y angustia, ni de exploraciones del espacio, ni de narcóticos, ni de barbu­dos, quizás alguien me invite a escribir sobre el amor de las palomas. Por ahora déjenme regocijado con mi libro, mi inmejorable amigo.

Armenia, 28-II-1972.

Cafeto de Oro

lunes, 4 de abril de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

El 14 de este mes cumple la ciudad de Armenia (Quindío) 121 años de vida. Para conmemorar el aniversario, la administración municipal ha programado diversos actos de tipo popular y cultural. Y otorga la condecoración conocida con el nombre de Cafeteo de Oro, con la que estimula el mérito de personas que hayan sobresalido en diferentes campos de la creación artística.

Este año tuve la sorpresa y el inmenso honor de ser distinguido con el Cafeto de Oro en la categoría de Literatura. Ante la imposibilidad que se me ha presentado para viajar al Quindío a recibir el preciado galardón, he dirigido al director de la Corporación de Cultura y Turismo, señor Manuel Gonzalo Sabogal Restrepo, la siguiente comunicación que deseo hacer pública como homenaje a la ciudad de Armenia:

«Acabo de enterarme, por su amable carta, del alto honor que me confiere la Alcaldía de Armenia al otorgarme la condecoración Cafeto de Oro en la categoría de Literatura. Qué grato me sería  concurrir en persona, el 11 de este mes, a recibir la presea en la ceremonia que se llevará a cabo en la antigua Estación del Ferrocarril, convertida en floreciente centro cultural. Deploro, con hondo pesar, que no me sea posible cumplir dicho propósito, en razón de un compromiso ineludible que tengo contraído para la misma fecha.

«Pidiéndole disculpar mi ausencia del acto, le ruego transmitir mi sentida gratitud a la señora alcaldesa, doctora Ana María Arango de Londoño, y a la Junta Directiva de la Corporación, por escoger mi nombre para tan señalado honor.

«Me siento muy honrado por esta distinción, al provenir de una ciudad y de una región tan ligadas a mis afectos. Esta deferencia tiene mucho más significado por el hecho de mi actual distancia geográfica, luego de 15 años de residencia en la región.

«Recuerdo con emoción que en el Quindío inicié mi carrera de escritor y periodista en los años 70 del siglo pasado, y allí publiqué los primeros cuatro libros de mi obra literaria. Numerosos artículos publicados en aquella época en los diarios El Espectador y La Patria, que están en proceso de inclusión en mi página web, dan cuenta de mi fervor por la comarca quindiana y su gente.

«Años más tarde, ya distante del Quindío, publiqué en Bogotá la novela La noche de Zamira, una estampa sobre el café y los reveses sociales causados por las bonanzas del grano en años críticos que nadie olvida. En 1998, esta novela fue presentada en la Universidad del Quindío por Laura Victoria Gallego, directora del Instituto de Bellas Artes del centro universitario.

«Con esto quiero significar que mis nexos espirituales con la región se han mantenido intactos a lo largo del tiempo. Ahora mismo, publico frecuentes columnas en La Crónica del Quindío.

«Nada tan grato y enaltecedor para mi familia y para mí que recibir la expresión de aprecio y reconocimiento que nos tributa la ciudad de Armenia en su fecha aniversaria. Mil y mil gracias por su generosidad».

El Espectador, Bogotá, 8 de octubre de 2010.
Crónica del Quindío, Armenia, 9 de octubre de 2010.
Eje 21, Manizales, 9 de octubre de 2010.

* * *

Comentarios:

Con satisfacción leí, en la época de tu estadía en Armenia, varios de tus formidables escritos en El Espectador y en La Patria. Luego tus libros Destinos Cruzados, El sapo burlón y otros.  También, hace pocos años, aquí en Bogotá, disfruté la lectura de La  noche de Zamira. El Cafeto de Oro es, por tanto, un justo homenaje a tu vida de escritor, que enorgullece al Quindío. Bien sabes que allá te apreciamos como un gran valor de la quindianidad, y que dejaste honda e imborrable huella en nuestra región. César Hoyos Salazar, Bogotá.

Nada más justo que la condecoración que te ha sido  otorgada. Te conocí en Armenia y desde esos ya lejanos tiempos has sido un campanero intelectual de agudos timbres, siempre atento al discurrir de tu tierra adoptiva, el Quindío. Pero yo creo que no solo se exalta al querendón de esa tierra, sino al veterano e incansable escritor y columnista, que con castigado estilo ha obtenido un sitial de honor en las letras colombianas. Augusto León Restrepo, Bogotá.

Me congratulo sinceramente con esa distinción que es un reconocimiento a tu sentido de pertenencia, durante el tiempo de duración en una tierra que te vio crecer en las letras. Jaime Lopera Gutiérrez, Armenia.

Es un honor muy grande esa condecoración y tú te la mereces por todo el trabajo que has venido realizando en nombre de la literatura colombiana y de todos sus escritores. Milcíades Arévalo, Revista Puesto de Combate, Bogotá.

Muy justa y merecida la condecoración, pues nadie como tú ha querido y escrito tanto sobre tu tierruca adoptiva. Hernando García Mejía, Medellín.

Cuando comencé a leer tu nota empecé a prepararme para ir a acompañarte a Armenia, pero más adelante dijiste que no podrías asistir a recibir el galardón literario, por compromisos previos. De todas maneras, mil felicitaciones y un abrazo. José Jaramillo Mejía, Manizales.

No creo que haya un escritor en Armenia con esa obra tan prolífica, donde se cubren tantos temas, y donde el estilo y la manera de manejar el idioma hacen la lectura muy agradable. Fabiola Páez Silva, Bogotá.

Hace muchos años me contaron la historia de una carga de paquetes de café que se  había regalado a un colombiano, aquí en Holanda. Como nadie se puede beber toda una carga de café, la persona procedió a regalar paqueticos a quien se apareciera. Luego de un tiempo, el donante preguntó por lo del café, y recibió esta respuesta: “Muy rico, muchas gracias”. Pero el donante insistió: «¿No encontró nada especial en él?». “Muy bueno, sabroso, el mejor café del mundo”, contestó el otro. Entonces el donante le contó que en la carga de café había un grano de café de oro. Ahora, a usted no le regalaron un grano de café, sino todo un Cafeto de Oro. Loretta van Iterson, Ámsterdam.

Sigo leyendo tus columnas con deleite intelectual. Tu estilo y reflexiones son de fecunda pluma brillante. De ahí que no me sorprendió que te hubieran  dado el Cafeto de Oro. Te lo mereces. Admiro  tus libros sobre Laura Victoria y Germán Pardo García.  Ramiro Lagos, Greensbore –USA–.

Dolores y travesuras del libro (6)

miércoles, 23 de marzo de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Concluyo con esta entrega las crónicas que me propuse escribir sobre hechos curiosos, comunes en el mundo de las letras, que me han ocurrido en la edición de mis libros. En estos sucesos se sintieron incluidos otros autores que leyeron con interés mis notas, uno de los cuales me tiene invitado a una tertulia donde desea narrare sus propias experiencias.

Tras  larga investigación, llevaba yo tres meses dedicado a la escritura de la biografía de Laura Victoria, cuando recibí el inesperado y gentil ofrecimiento de Rafael Mojica García, rector de la Universidad del Meta, en el sentido de que la obra sería patrocinada por su entidad. Mi fortuito patrocinador es oriundo de Soatá (al igual que la poetisa y el cronista), y en tal carácter quería rendirle un homenaje a su ilustre paisana. De esa manera, quedaríamos vinculados en la misma obra tres boyacenses nacidos en la Ciudad del Dátil. La idea, por supuesto, sonaba muy bien.

En los meses siguientes, Mojica García me preguntó varias veces por el libro, con el evidente propósito de darle pronta publicación. Cuando un año después puse el trabajo en sus manos, las cosas cambiaron de rumbo. Vino el consabido pretexto –tan característico en estos menesteres– mediante el cual le sacaba el cuerpo al compromiso. Esta fue su respuesta: “Al leer la obra, veo que está llamada a ocupar un sitial de importancia en nuestra literatura, y la Universidad no está en condiciones de asumir la distribución de ella, lo que la llevaría al anonimato. Por eso te pido que me eximas de mi petición”.

Presa del desencanto que dicha conducta me causaba, dejé que pasara algún tiempo para volver a pensar en otro editor. Este se presentó dos años después. Un buen día me llamó, con prisa, Javier Ocampo López, presidente de la Academia Boyacense de Historia, y me contó que la noche anterior se había soñado con Laura Victoria, lo que parecía ser una premonición sobre la muerte cercana de la poetisa, y un mensaje claro para publicar su biografía. Esta vez el amigo resultó efectivo: la obra salió a la luz en breves días, y Laura Victoria alcanzó a conocerla. Pocos meses después, ella moría en Ciudad de Méjico.

Otro libro que sufrió reveses fue la novela La noche de Zamira. Yo me descuidé en llevársela a Jorge Enrique Molina Mariño, rector de la Universidad Central, que me había manifestado la intención de editarla. El proyecto se frustró con la muerte súbita de mi amigo. Después, tuve idéntico fracaso con otro posible editor, que también murió de repente. A mis pobres libros los perseguían las muertes súbitas.

Luego sometí la novela a estudio de Grijalbo, cuyo comité de lectores expresó “los mejores conceptos” –según rezaba la carta respectiva–, pero la editorial atravesaba por algunas dificultades que le impedían la pronta publicación. Sin embargo, abrigaban la confianza de que en seis meses podrían hacerlo. Dicho plazo se corrió a ocho meses más, y las dificultades no desaparecían. Resolví entonces retirar el trabajo, y me quedé con el elogio: “La novela está muy bien lograda, pero…” (el pero de siempre). Ante esta dolorosa evidencia, mis hijos, en deliberación secreta, decidieron editarla por su cuenta.

Y llego a mi último libro, Ráfagas de silencio (2007), novela a la que dediqué largo tiempo y muchas energías. Alguien me sugirió que hiciera conocer los originales de un amigo común, muy bien relacionado con el mundo de los libros, para buscar un camino editorial. Así lo hice. Un año después de haber dejado yo mismo el trabajo en la portería del edificio donde residía mi amigo, y cerciorarme luego de que la obra había llegado a sus manos, esta no apareció por parte alguna. Ante el temor de que no solo perdiera el libro, sino que además fueran usurpados los derechos de autor, como a veces acontece, contraté la edición inmediata con Editorial Códice.

De esta manera, han corrido 39 años desde que, en 1971, publiqué mi primera obra, Destinos cruzados, adaptada años después como telenovela nacional. Novela que con motivo del suceso de la televisión busqué reeditar, en 1987, con el patrocinio de Tercer Mundo. Un fracaso más. Le decía entonces a Soto Aparicio, mi cordial amigo e inestimable guía literario:

“Veo hoy, con hondo pesar, que lo que se ha ganado en lenguaje y rigorismo gramatical se ha perdido en espontaneidad. Lo que más debería cuidar el narrador es la fluidez, y esta a veces se sacrifica por la solemnidad. Descubro con envidia que el adolescente de los 17 años tiene que darle muchas lecciones al escritor de los 51 años”.

El Espectador, Bogotá, 7 de mayo de 2010.
Eje 21, Manizales, 8 de mayo de 2010.

* * *

Comentarios:

Me leí toda la serie de Dolores y travesuras del libro. Me viene a la mente una frase de Indira Gandhi en la que expresa: «Al mundo no se le cuentan los dolores del parto, se le muestra el niño». Sin embargo, estas historias valen la pena e inclusive se puede también escribir sobre todas estas epopeyas como usted las ha escrito. Mis felicitaciones sinceras.  República bananera (correo a El Espectador).

Muy bueno tu artículo final sobre el destino de los autores frente a sus ediciones. Comparto plenamente tus tesis quizás porque ahora que acabo de publicar La otra historia de Tuluá, en privadísima y casi clandestina edición, me sentí como un buey cansado, y pensaba en mis 25 años escribiendo Cóndores no entierran todos los días. Gustavo Álvarez Gardeazábal, Tuluá.

Sí. Son hechos curiosos los que, con frecuencia, rodean el quehacer esencial del escritor; son avateres que, incuestionablemente, afectan ese mundo entrañable de la creación. No obstante y por fortuna, cuando ese mundo es cierto, resulta imposible detener su camino y éste, tarde o temprano, despliega sus hallazgos. María Cristina Laverde Toscano, Bogotá, 10-V-2010.

Esta columna resume una continuidad de escritos, libros y producciones de cine y televisión, con broche de oro. Es un buen resumen de ese camino difícil,  atravesado con fuerza, constancia y duro trabajo. Los resultados no pueden ser mejores, aunque a veces el reconocimiento no se vea reflejado en apoyos literarios que permitan la divulgación real, que es uno de los premios que un escritor busca. Liliana Páez Silva, Bogotá.