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El universo poético de Fernando Soto Aparicio

martes, 24 de noviembre de 2009 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

(Prólogo del libro Las fronteras del alma)

El público se acostumbró a ver en Fernando Soto Aparicio un novelista de clase, por encima de otras calidades. Es, sin duda, el género donde más se ha destacado ante los lectores y el que mayor beneplácito le ha traído a partir de 1960, cuando publicó su primera novela, Los bienaventurados. Desde entonces han aparecido 53 títulos, de los cuales 28 corresponden a novelas, 13 a poesía, 8 a cuentos y relatos, 4 a ensayos.

El éxito obtenido con La rebelión de las ratas (1962), su novela estelar, le abrió el horizonte hacia el campo de la narrativa, en el que cosecharía triunfos caudalosos. La mente de Soto Aparicio viene estructurada desde muy temprana edad para el arte de la novela. Esto es tan evidente, que a los diez años escribía dos novelas a la vez, que rasgaría tiempo después, privando a la literatura de conocer el mundo curioso, entre sutil y perspicaz, de aquella mente precoz. En efecto: Soto Aparicio ha sido novelista desde siempre.

Pero también es poeta, y de altos kilates. Esto ha pasado inadvertido para algunos lectores, que siempre lo han identificado como autor de excelentes enfoques sociales en el terreno de la novela y no han tenido la oportunidad de llegar a sus predios poéticos. La primera incursión que se le conoce en este género ocurrió con el poema Himno a la patria, aparecido en el suplemento literario de El Siglo, en agosto de 1950. Lo cual quiere decir que por lo menos doce años antes de salir su primera novela ya era poeta. Aquí también cabe afirmar que ha sido poeta desde siempre.

Otro hecho revelador de su talento poético es el relacionado con su Oración personal a Jesucristo, que escribió a los 20 años de edad, y cuya primera edición tuvo lugar en marzo de 1954, en la página literaria de La República, dirigida por Dolly Mejía, suplemento que dedicó al poema la totalidad de su espacio. En febrero de 1964, también el Magazín Dominical de El Espectador, dirigido por Guillermo Cano, ocupó todo el suplemento con esta producción maravillosa, calificada por el director -tan buen catador de las bellas letras- como una de las mejores obras de la literatura colombiana.

La poesía de Soto Aparicio comenzó a decantarse en los tersos paisajes boyacenses, en los que captó la claridad y la armonía de los cielos serenos. Es poesía que brota con naturalidad y frescura y fluye sin torturas de expresión para producir encanto y emoción. El caudal del pensamiento, de que es tan rica la mente del artista, forma la placidez de las aguas cristalinas y el vigor de los ríos profundos, tono que matiza toda la obra lírica del ilustre boyacense. Poesía auténtica y pura, sin barnices ni falsas pedrerías, y asperjada con el fulgor de la metáfora y la contundencia de la belleza. La sonoridad del verso, el precioso lenguaje y el rigor gramatical crean la estructura perfecta para que estos poemas posean la musicalidad y donosura de las mejores creaciones castellanas.

Para que la poesía cumpla su noble fin es necesario darle el toque de color, la cadencia, la magia, la fulguración de las imágenes, atributos fundamentales para la verdadera factura lírica. Y por supuesto, se requiere poner la propia alma para causar conmoción y asombro. Poesía que carezca de ritmo, latido, eco interior, no es poesía. “¡Ay del poeta que no responde con su canto a los tiernos o furiosos llamados del corazón!”, dijo Neruda.

Soto Aparicio ha seguido al pie de la letra estas reglas de oro, lo que le permite consolidar hoy un legado inapreciable, que entrega, para delectación de las actuales y las futuras generaciones, en la antología titulada Las fronteras del alma. No pocos de estos poemas se han reproducido en ediciones diversas y ya adquirieron el sello de piezas maestras para todos los tiempos.

Por obra clásica se considera la que a lo largo de los años se mantiene en el alma  del público, árbitro supremo que, por encima de los críticos caducos, sabe distinguir lo que es valedero de lo que es mediocre. Lo que perdura es lo que sirve. Lo demás es ripio. Nos hallamos, pues, ante el poeta clásico que ha realizado uno de los itinerarios más brillantes en las letras nacionales, y que en el género del soneto atesora verdaderas joyas, por su corte perfecto, su ritmo musical y su refulgente expresión.

Los cuatro capítulos que componen Las fronteras del alma demarcan otros tantos horizontes de lo que ha sido el trajinar sustancioso del escritor por los campos de la poesía:

En Los júbilos del fuego se reúnen 60 sonetos de la mejor estirpe, nacidos al soplo de la emoción amorosa, y en ellos se hace manifiesto el eterno hechizo que hace de la mujer la fuente suprema de la belleza, la admiración y el placer, dones que le dan calor y sentido a la existencia del hombre. Soto Aparicio es, por excelencia, escritor romántico, no solo en sus versos sino también en sus novelas. El jardín romántico regado por estos 60 sonetos que alborozan el alma, es recinto de la ternura, la emoción y la filosofía ante el discurrir de la vida.

En Poemas intemporales se reúnen grandes piezas que resaltan la vena social del autor, en su compromiso con las causas del hombre. Aquí están Hermano indio, Réquiem por el agua, Oración personal a Jesucristo, Himno de lo cotidiano, Carta de bienvenida a la paz, Réquien para un niño marinero, La tierra joven, entre otras páginas memorables. Tema reiterativo es el de la paz, como lo son el de la violencia humana y el de la armonización del hombre con la naturaleza, y en ellos insiste en toda su obra, bien para repudiar el odio y la guerra entre hermanos, bien para clamar por la libertad y la dignidad humana, bien para proteger el espacio y los tesoros terrenales. Esa voz solidaria con Dios y con el hombre exclama en uno de estos poemas: “Pongamos a la paz a arar la tierra, a que siembre de trigo las laderas y vista de cebada las fontanas”.

En Poemas recobrados, el escritor retorna a sus temas perennes sobre la libertad, la paz, las riquezas del alma, la ternura, los paisajes de la vida cotidiana. En este mundo de llantos y regocijos que es el tránsito del ser humano sobre el planeta, el canto de Soto Aparicio se levanta para iluminar el camino y afianzar los eternos lazos del amor y la esperanza.

En Las tentaciones de Afrodita, último capítulo del libro, fulgura la mujer plena, en todo su esplendor, su misterio y su embrujo, como la imagen más persistente del alma enamorada. Cabe aquí apropiarme de unas palabras de Vicente Landínez Castro que desde vieja data captan, de manera precisa, los recursos del poeta embelesado ante el hechizo femenino: “Ha celebrado mimosamente la belleza y los dones del cuerpo y el alma femeninos -¡oh, el eterno femenino goetheano!-, en deliciosos sonetos de clásica factura, recogidos en libros tan cercanos al afecto de las gentes como Diámetro del corazón, Palabras a una muchacha y Sonetos en forma de mujer”. Y puntualiza Landínez: “Fernando Soto Aparicio es, antes que todo, un poeta. Un enorme poeta. Un eximio cultor del idioma que en cristalinos y musicales versos ha expresado los más hondos sentimientos tanto de sí mismo como de su pueblo”.  

Este bello y radiante poemario es, en fin, un toque en el alma sensitiva, en su vuelo por las aflicciones y los goces humanos y en su peregrinar por todas las causas del hombre.

Bogotá, octubre de 2004.

Ante la tumba del poeta

martes, 24 de noviembre de 2009 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

A comienzos de este año me di a la tarea de localizar en Ibagué, en el viejo cementerio de San Bonifacio, la tumba donde reposan las cenizas de Germán Pardo García, fallecido en Méjico el 23 de agosto de 1991, y llegadas a Bogotá el 25 del mes siguiente. Cuando por aquellos días me enteré de que la urna funeraria venía con rumbo a Ibagué, donde el poeta había nacido en 1902 por una circunstancia accidental, adelanté gestiones para que se corrigiera ese destino por el de Choachí, que él siempre consideró su verdadera patria. Y fracasé.

Quien tomó la decisión de enviar las cenizas a Ibagué, sin duda por tratarse de la tierra natal del poeta, y desconocedor de otros hechos que no se le advirtieron, fue el embajador Julio César Sánchez García. A él me dirigí haciéndole notar el destino equivocado de las cenizas, pero la carta no fue recibida a tiempo.Días después, en un homenaje que aquel país le tributó a Pardo García, el embajador anunciaba el proyecto de publicar, por cuenta de Colombia, la obra completa de nuestro ilustre compatriota.

Y en respuesta a mi carta, me manifestaba la intención de interesarse con el gobernador de Cundinamarca para levantar en Choachí un busto que exaltara la memoria del poeta, obra que debería elaborar un artista de prestigio. Ninguna de las dos cosas se ha cumplido. Y han pasado doce años.

En vísperas de la llegada de la urna a Bogotá, hablé con el poeta Cobo Borda, nombrado para llevar la representación del Gobierno en la ceremonia de honores, y él me manifestó que no podía cambiar lo que ya estaba dispuesto, y que por lo tanto se limitaba a cumplir su encargo al pie de la letra. El propio día en que los restos eran recibidos en Bogotá, yo publicaba en El Espectador una columna en que exponía las razones para que se modificara la medida.

Esa nota llamó la atención de la gente de Choachí, y allí se dispuso que una comisión de vecinos, con el alcalde a la cabeza, reclamara sus legítimos derechos. Dicha aspiración tampoco fue atendida. A la postre se designó como árbitra a la directora de la Casa de Poesía Silva, María Mercedes Carranza, que propuso estas fórmulas singulares: ‘prestar’ por unos días las cenizas a Choachí, con la condición de que luego fueran devueltas a Ibagué, o repartirlas entre ambos lugares…

Ahora, mientras mi alma se encontraba con el alma del poeta en el camposanto de Ibagué, recordaba que su última voluntad, expresada al colombiano Aristomeno Porras, había sido la de que se cremara su cadáver y se lanzaran las cenizas al mar. Sin embargo, Porras, obrando de acuerdo con un deber patriótico, consideró que debía ponerlas a disposición de Colombia, como lo hizo a través de la embajada en Méjico.

La predilección de Pardo García ya estaba fijada en su obra y en diferentes manifestaciones, como esta carta al profesor norteamericano James W. Robb: “‘No con quien naces sino con quien paces’, dice el sabio refrán español. Soy, pues, de Choachí. Ibagué es una hermosa ciudad de Colombia, pero para mí nada quiere decir”. O esta otra a una prima hermana suya: “Estoy viendo cómo termino mis pocos asuntos aquí, para volver del todo a Colombia, al seno del pueblecito oscuro que tomé como cuna adoptiva: Choachí”. Estas y otras  razones las expuse al embajador Sánchez García y al escritor Cobo Borda, y luego las dejé consignadas en el libro Biografía de una angustia, que publiqué tres años después.

En el cementerio de Ibagué, en compañía del escritor tolimense José Antonio Vergel, autor de una excelente biografía sobre Martín Pomala, el olvidado poeta de Ataco (caso similar al de Pardo García), hice notar a mi amigo que el personaje de Choachí estaba en sitio inadecuado. Se trata de un panteón construido para sacerdotes y monjas, donde aparece esta inscripción aislada, que desentona en el territorio de religiosos: “Germán Pardo García, poeta”.

Al llevarlo allí, sin duda se desconocían dos episodios sensibles que lo alejaron para siempre de los ministros de la Iglesia. En 1917, cuando estudiaba en el colegio de San Bartolomé, de jesuitas españoles, un sacerdote lo maltrató, a raíz de lo cual se retiró de ese plantel. Y en 1925, en Viernes Santo, el párroco de Choachí hizo prender fuego a la casona y a los graneros que por aquellos días eran de su propiedad, por no pagar diezmos a la Iglesia.

El verdadero homenaje al poeta del cosmos -hijo del páramo- hubiera sido regresarlo al páramo. Ojalá algún día se realice este acto de rectificación y elemental nobleza. Queda claro que, al interponerse designios extraños como los que se presentaron en este suceso, tan similar a una traigicomedia, se ejecutó una acción errónea. Lo que no deja de ser significativo e irónico, ya que la vida del poeta fue una cadena de adversidades, que ni siquiera después de muerto lo han abandonado. Dicho en otra forma, no lo han dejado dormir en paz. Y a Ibagué fui a decirle: descanse en paz, maestro. O en palabras suyas, paz y esperanza.

El Espectador, Bogotá, 11 de marzo de 2004.
Eje 21, Manizales, 6 de marzo de 2022.

Palabras de mujer -II-

martes, 24 de noviembre de 2009 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

El otro libro es el de la poetisa antioqueña Mara Agudelo, nacida en Toledo, y lleva por título Mara, una vida novelada. En 1967 inicia su producción literaria. Fuera de la obra actual, ha escrito siete libros de poesía y un taller literario con poesía infantil. Sus versos son de protesta y en ellos bullen los problemas sociales. Alguien dijo que Mara Agudelo, con María Cano, “son lenguaje de liberación”.

Mara Agudelo ha ejercido el periodismo, y en 1980 fundó la revista Voces. Es cofundadora de la Asociación Colombiana de Periodistas de Antioquia y presidenta de la Corporación Mujeres Poetas de Antioquia (las distinguidas damas prefieren que se les llame poetas y no poetisas: allá ellas). Trabajó como educadora oficial hasta jubilarse y ocupó diversos cargos en entidades oficiales, dentro y fuera de su comarca. Además, es experta vendedora de libros

Entre sus poemas sobresale Corazón de montaña. Amiga del arte musical, varias letras suyas han sido musicalizadas y difundidas por sellos de prestigio. En Pereira se hizo amiga de Luis Carlos González y Enrique Figueroa. Fue una aplaudida declamadora. También ha actuado en el teatro. En fin, esta gama de aficiones y actividades revelan una inquieta y atrayente personalidad. Bien hace ella, ahora en la edad madura, en recoger sus vivencias, ideas e inquietudes en el libro autobiográfico que, junto con el de Gladys García de Londoño, que comenté en nota anterior, representan hechos destacables.

La narración de su vida es franca, abierta, sin tapujos. Descarnada en algunas partes. Aquí está la auténtica mujer antioqueña que emerge desde el montañoso y estrecho poblado de Toledo, distante 176 kilómetros de Medellín, y luego de no pocas peripecias llega a la capital y conquista un nombre y una posición en el mundo literario. Su ambiente familiar, que hoy recuerda con pesar y desazón, está oscurecido por el padre beodo y mujeriego, y más tarde por la madrasta que le declara la guerra. Sin embargo, de allí surge la dulce evocación de su madre, al lado de la cual se inicia en la actividad cultural, que años después se convertirá en la justificación de su existencia.

En un mismo mes pierde a su padre y a su madre. Los huérfanos quedan bajo la protección de su tío sacerdote y encuentran refugio en la casa cural. Como tienen parentesco con monseñor Miguel Ángel Builes, el controvertido obispo de la historia católica colombiana en mitad del siglo pasado, la futura escritora abre los ojos a esta dolorosa realidad: la de la Iglesia politizada y extremista, y la del país violento y sectario. A pesar de sus raíces religiosas, Mara se crispa un día, en vísperas de hacer la primera comunión, ante el grito que recibe del confesor por no hablarle duro.

Grito que le queda sonando toda la vida como un acto de terror. Quizá este hecho contribuya al deseo que llegará a experimentar por no pertenecer a ningún credo y ser librepensadora. Sin embargo, mantiene en su alma la llama de la religiosidad y la costumbre del rezo. Le encantan la misa voluntaria y la confesión íntima con Dios. “Veo a Dios en el temblor de la hoja (…) No sé vivir lejos de Dios”, declara. De esa compenetración con la divinidad se derivan su amor al prójimo y su solidaridad con las causas del hombre.

Varias marcas más le quedan de aquellas épocas ingratas. Entre ellas, la pasión fanática de los partidos: había descubierto en las oficinas de personal que las hojas de vida llevaban grabadas las letras “C” o “L” para diferenciar al que era conservador y al que era liberal y disponer de los cargos cuando llegara el momento. Se iba a casar con un godo, y como ella era liberal, su familia se lo impidió. ¿Liberal, conservador? El individuo podía no serlo, pero el rótulo o la tradición del apellido era lo que contaba.

Mara no se casó, sino que la “casaron”. Su ignorancia e ingenuidad en este terreno eran supinas. De sexo no sabía nada, ni recibió ninguna formación. Pero había que dar el paso y llenarse de hijos. Tuvo ocho partos, y cinco criaturas se perdieron. En medio del caos, logró al fin la separación conyugal por decisión del Tribunal Eclesiástico. Y juró no volver a casarse.

Como desquite para sus frustraciones, conquistó la tranquilidad en los caminos de las letras. Ha viajado por el país y el exterior y se ha embriagado de paisajes y de cultura. En Méjico se entrevistó con Germán Pardo García y Laura Victoria. En Europa probó los buenos vinos, saboreó platos deliciosos, se extasió ante el arte y se maravilló con los infinitos placeres que surgen por doquier.Da gusto leer libros testimoniales como el de Mara Agudelo. Libro que, al mismo tiempo que recrea, dibuja perfiles de las costumbres y el modo de ser de los colombianos en viejos tiempos, y de paso deja lecciones de vida.

 * * *

Pérdida de la identidad.- El escritor Hernando García Mejía me había enviado copia de la carta que dirigió a Manuel Drezner y que aparece publicada en la sección Preguntas y Respuestas de El Espectador (edición dominical del pasado 3 de octubre). En ella el corresponsal manifiesta que la causa que determinó la muerte de Nicolás Gogol, de quien se dice que lo enterraron vivo, no podría ser un ataque de epilepsia sino de catalepsia. García Mejía, erudito en literatura y que tiene a Gogol entre sus escritores preferidos, hace en su carta valiosas reflexiones sobre el tema de los burócratas (a propósito de El inspector, obra de Gogol que acaba de ser adaptada al teatro colombiano). Pero ocurre que el segundo apellido del corresponsal (Mejía) fue cambiado en la columna de Drezner por Maya. Conclusión: Hernando García Mejía corrigió una errata y luego fue víctima de una errata mayor, que le hizo perder su identidad. .

El Espectador, Bogotá, 25 de noviembre de 2004.

El cronista de Tuluá

martes, 24 de noviembre de 2009 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Difícil hallar otra persona que quiera tanto a su pueblo como Óscar Londoño Pineda. Hasta tal punto la patria chica se ha adherido a sus afectos, que se ha vuelto una obsesión. Tuluá ha tenido presencia absorbente en su vida, y él no ha cesado de enaltecerla en sus libros, discursos y artículos de prensa. Desde Los pasos de Egor, libro de cuentos aparecido en 1975 (el primero de los trece que lleva publicados), por su obra han desfilado, de manera elocuente, personajes de ficción o memoriosas páginas de reconocimiento de los hechos y los hombres que conforman la historia local.

Digamos también que el amor está bien correspondido. De allí se le llama con frecuencia para que honre con su palabra los grandes sucesos regionales, y para recibir, por supuesto, el tributo que la gente le rinde como a uno de los coterráneos más  ilustres. Fue alcalde de Tuluá en 1959, juez penal, concejal y representante a la Cámara. También ha sido juez de instrucción criminal en Bogotá, secretario general de la Aeronáutica Civil, magistrado de los Tribunales Administrativos del Valle del Cauca y Cundinamarca y profesor universitario.

Es la voz lírica más destacada de la ciudad, donde también han descollado, en el plano de las letras, figuras tan reconocidas como las de Enrique Uribe White y Gustavo Álvarez Gardeazábal. Hay un hecho curioso en su producción literaria: sus cinco primeros libros estuvieron situados en los géneros de la narrativa y el ensayo, que se consideraban las venas de su literatura, y no llegó a intuirse su afición por la poesía.

Sólo en 1998, con Las palabras necesarias, título publicado 23 años después de su primera obra, vino a revelarse su capacidad lírica. Siguieron luego, en profusión sorprendente, Los silencios reunidos, Viento de espejos, La ciudad cantada y Las voces sumergidas, con los que se descubrió que siempre ha sido poeta.

Hay algo más: el ambiente de su libro inaugural, Los pasos de Egor, está imbuido de poesía. Sobre este hecho no repararon los lectores iniciales, quienes -los más perspicaces- sólo hallaron una obra singular, la que, dicho sea hoy de paso, no puede clasificarse en un género determinado, y esto la rodea de cierto hechizo: en algunas partes hay cuento, en otras, crónica, y también ensayo. Pero, por encima de todo esto, se trata de prosa lírica. Y si leemos con atención sus ensayos, encontramos en sutiles y a veces vigorosos hilos líricos. Por eso, es dado afirmar que el distintivo más certero que puede asignarse a su quehacer literario es el de poeta.

De su paso por la judicatura le brotó el libro La justicia no sonríe, testimonio patético de lo que es la sinrazón de ciertos episodios dolorosos que sufre la humanidad y por lo general permanecen silenciados. Más que el funcionario judicial, el que habla en estos cuentos es el humanista, en su tránsito escrutador por los juzgados y la magistratura. En estas historias de impiedad y angustia, zurcidas con fuertes hilos de enredo e ironía, para que no se olviden, discurren ignorados personajes del común  que se mueven sin esperanza dentro de los intrincados caminos de las leyes.

Otra de sus facetas, muy acentuada, es la de cantor de su pueblo. Desde días lejanos, su sentimiento regional comenzó a manifestarse en diferentes formas: en el escrito divulgado por la prensa o la radio; en el discurso en la plaza pública; en la conferencia académica; en el prólogo de un libro, o en el poema secreto que se unía a otros dentro del sigilo de su mesa de trabajo.

Y cuando  tuvo material suficiente, sacó a la luz, en 1999, dos libros seguidos como homenaje a su terruño: Tuluá, visión personal, a los que ya se suma el tercer volumen, próximo a aparecer en estos días. Además, en el año 2002 publicó dos poemarios de evocación y añoranza, dentro del ámbito de la comarca, y en ellos se conmueve su alma ante las “historias ya deshechas por la lluvia del tiempo”.

Londoño Pineda ha sido trabajador infatigable de la palabra, y gracias a esa perseverancia creadora acredita una obra polifacética y de alta valía, que lo hace sobresalir en el panorama literario del país y además lo consagra como el cronista mayor de Tuluá.

El Espectador, Bogotá, 19 de febrero de 2004

Palabras de mujer -I-

martes, 24 de noviembre de 2009 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

He recibido, casi en forma simultánea, dos breves y bellos libros escritos por mujeres, el uno de Bogotá y el otro de Medellín, que tienen entre sí curiosas coincidencias: ambas obras son autobiográficas, su formato y el número de páginas son parecidos, las dos autoras han cultivado expresiones del arte, y en ambos libros aparecen palabras preliminares de la poetisa Inés Blanco. Se trata de mujeres luchadoras, pensantes y creativas, con claro sentido de los valores éticos, religiosos y familiares, lo mismo que de los problemas sociales del país. La una es abogada y pintora y la otra, profesora y poetisa.

Gladys García de Londoño, nacida en Bogotá, abogada de la Universidad del Rosario, especializada en derecho de familia en la Universidad Santo Tomás y en derecho de menores en el Externado de Colombia, publica el libro que lleva por título Luz de otoño, páginas para David Esteban. Ya había escrito dos textos anteriores relacionados con su profesión. Desde joven siente afición por las letras y la pintura, y ahora, en la dorada época del otoño, ha querido escribir este libro testimonial, lleno de evocaciones, ideas y tesis diversas, que nos ha traído dgrata sorpresa a sus amigos.

“Quiero escribir para encontrarme, para contarles a los que me aman y yo amo, lo que he hallado, para dejarle a mi hijo, sobre todo, un testimonio de quién fui”. En estas palabras sintetiza Gladys el significado de su libro y de su mensaje. Y  para explicar su repentina aparición en las letras, manifiesta: “Cada quien tiene un lugar en el mundo, que debe poseer sin pedir permiso”. Su esposo, el también escritor y abogado Óscar Londoño Pineda, anota que en la obra se reúne un “cúmulo de emociones y de reflexiones finamente entrelazadas, trasunto de una sensibilidad y de una madurez cultivada con esmero”.

Podría pensarse que se trata de un álbum de familia para guardar en la intimidad del hogar, como sin duda lo es, pero su contenido va mucho más allá: es la palabra bien escrita, que trasciende al público. En eso consiste la fuerza de la palabra. Narrando episodios de su propia vida, de su vocación por la lectura, la escritura y las artes plásticas, de su actitud filosófica ante los aconteceres de su entorno familiar y del mundo que la rodea, Gladys consigue crear una parábola de interés general. Dejando su testimonio personal, está conectada con el mundo. Escribe para ella misma y para que los demás piensen y fijen sus propias pautas frente al ejercicio de vivir.

Habla de sus rebeldías juveniles, de sus encuentros con Dios, de su solidaridad con el dolor ajeno, de su amistad con los árboles, los animales y la naturaleza. Al confesar sus iniciales indecisiones sobre la abogacía, dice: “Aprendí que la Ley es uno más de muchos instrumentos y no precisamente el más poderoso para resolver los problemas de las gentes”.

Se duele de la indolencia hacia la pobreza y la miseria de los colombianos. Resalta el tesoro de la amistad y de la fraternidad humana. Le declara su amor a Bogotá y al mismo tiempo critica la congestión urbana, la grosería de la gente, el desgreño de las oficinas públicas.

Y abre su corazón al amor, el amor de su esposo y del hijo único, David Esteban, limitado por alguna circunstancia física, pero que es artista como ella: también pinta. Gladys lo llama su “maestro”. Ambos son los ejes de su existencia. Esa fusión del corazón y la mente se vuelve el hilo zurcidor de toda la obra. Son la música del otoño.

Sin música en el alma, la escritora no entendería la vida. La espontaneidad, la franqueza y el donaire con que hace fluir su sentimiento en medio de la defensa de los principios y del derecho de pensar, ennoblecen su alma sensitiva y realzan su palabra de mujer.

Una anotación final para ponderar la excelente edición del libro por parte de la Editorial Códice, de don José González, la que ha adquirido prestancia entre los escritores por la esmerada confección de sus obras. La semana entrante comentaré el otro libro.

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Los calofríos de Gabo.- En su columna de la revista Semana, Isabel Rueda formula esta pregunta a Gabo: “¿Se dice ‘calofrío’, como dice en la página 54 de su último libro su protagonista, el culto profesor Mustio Collado, o se dice ‘escalofríos’, como decimos a diario todos los colombianos?”. Sin ser yo, por supuesto, García Márquez, voy a permitirme opinar al respecto.

El Diccionario de la Real Academia Española registra ambos términos, pero prefiere “escalofríos”, en plural, como lo menciona María Isabel. “Calofrío”, en siugular, parece rebuscado. Sin embargo, se me ocurre pensar que García Márquez usa la palabra en forma deliberada, y no por pedantería, para enviarle un mensaje a la Real Academia.

Según el DRAE, el escalofrío, o calofrío, es “una sensación de frío, por lo común repentina, violenta y acompañada de contracciones musculares…” El Larousse tiene esta definición, que parece más precisa: “Estremecimiento del cuerpo caracterizado por calor y frío simultáneos…” Mientras para la Real Academia el mal se caracteriza por una “sensación de frío”, para el Larousse se trata de un “estremecimiento de calor y frío” (como lo es, en efecto, la enfermedad). Me parece entender que García Márquez, metiéndose en los predios de la medicina y del propio cuerpo humano, le da más propiedad al vocablo: calofrío (o sea, calor y frío). Y además en singular, ya que la enfermedad es una sola.

El Espectador, Bogotá, 18 de noviembre de 2004.