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Laura Victoria, sensual y mística

lunes, 23 de noviembre de 2009 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Comenzando el siglo XX, en Soatá, pintoresco municipio boyacense con alma agreste y sabor de dátil, nace una poetisa, el 17 de noviembre de 1904. Caso insólito en un país destrozado por las guerras civiles que siguieron al grito de la Independencia, y herido por el morbo de la política sectaria, éste de brotar una flor delicada en medio de asperezas. Colombia era entonces territorio de rústicos caminos y limitados ensueños, con más espacio para el arado y la contienda bélica, que vocación para el cultivo del verso.

Laura Victoria llega al mundo en cuna de noble estirpe, envuelta en edredones y cortejada por voces de sirena. El prestigioso abogado Simón Peñuela, su padre, combatiente de escaramuzas en la hoya del Chicamocha y al mismo tiempo lector apasionado de los libros de la Revolución Francesa, nunca llega a pensar que su hija será escritora. El canónigo Peñuela inculca en su sobrina el acatamiento rígido de las costumbres imperantes, que él acaudilla como pastor de la Iglesia Católica y vocero de su partido, una ambigüedad propia de aquellos tiempos.

Ante los ojos de la niña se levanta un muro insuperable: de una parte está la autoridad eclesiástica de su tío, cuya voz y acción enérgica se hacen sentir en todo el departamento; y de la otra, la figura protectora de su padre, que comulga con las ideas liberales que le llegan de ultramar. Los libros que él lee están prohibidos por la Iglesia, y su hermano, el canónigo, los censura con furiosos anatemas.

A los cinco años de edad inicia el estudio de las primeras letras. Su madre desea que ingrese al liceo que una parienta dirige en el pueblo, pero el padre se opone. Hay discusión familiar, mas no es posible que él cambie de idea: la niña entra a la escuela pública. El abogado explica que su hija debe tratar a la gente sencilla para aprender reglas de convivencia social.

De diez años es internada en el colegio de hermanas terciarias de Boavita. Dos años después es matriculada en el Colegio de la Presentación de El Cocuy. Las nieves eternas penetran en su alma con ráfagas de soledad. Apenas es una niña. Su madre, que se había ido para Bogotá a hacerse practicar una operación quirúrgica, no ha regresado. El crecimiento de la niña, en este vagar de pueblo en pueblo y en este despertar traumático de las primeras emociones, pesará para siempre en el corazón adulto de la poetisa.

El ambiente del hogar y de la comarca trae confusión a la futura cantora del romanticismo. Cuando ella tiene capacidad de pensar, se rebela contra las convenciones y las falsedades sociales. Un día el canónigo pone el grito en el cielo cuando lee el primer verso erótico, y la llama “la loca de la familia”. Démosle la razón, ya que en aquella época la mujer era solo de la casa y le estaba prohibido expresar sus ideas.

En el pueblo se habla de la selecta biblioteca de Simón Peñuela. Es él hombre de leyes y de vasta cultura. E induce a su hija a leer los tesoros que guarda en su biblioteca. Así despierta la mente de la joven hacia el hallazgo de los grandes maestros de la literatura francesa.

Por último, pasa a estudiar al Colegio de la Presentación de Tunja. Allí queda bajo la protección del canónigo, que goza de prestigio como historiador y polemista, y que por sus dotes pedagógicas ha sido nombrado rector del Colegio de Boyacá. La familia Peñuela tiene señalada prestancia tanto en Boyacá como en el país. Otro hermano del religioso, el ingeniero Sotero Peñuela, ocupa el cargo de senador de la República y más tarde será ministro de Obras Públicas. Rómulo, graduado en la Sorbona de París, goza de prestigio como médico, y está casado con la marquesa Sara del Castillo.

Por el lado materno, uno de los antecesores de su madre es Sebastián de Eslava, virrey de Nueva Granada, que se hizo famoso por haber causado la derrota de los ingleses en el ataque a Cartagena en 1741. A esta rama pertenece también la familia Villarreal, que contará con figuras notables, como la de Camilo Villarreal, jefe político de Soatá, y la de José María Villarreal, gobernador del departamento, ministro y diplomático.

Laura Victoria nace a la vida del verso cuando las mujeres en Colombia no hacían versos. A los 14 años escribe en Tunja su primer poema amoroso en el colegio de monjas, y esto escandaliza a sus compañeras. El siguiente poema, para sacarlas de la duda, es un acróstico dedicado a la más escéptica. Desde entonces esta alondra de los vientos no ha dejado de volar por los cielos de la poesía.

Su vida se volverá una novela. Una novela apasionante, manejada por el triunfo y el fracaso, el aplauso y el olvido, la disipación y el recogimiento. Su figuración en la poesía y en la sociedad es sorprendente. Investigando estos entresijos, aparecieron para el biógrafo episodios ocultos de una fantástica leyenda de amor -que es la vida toda de la poetisa-, hitos que hay que saber buscar en su obra literaria.

Esta biografía es, además, un libro de reconocimientos. Un libro-testimonio. Escritores y personalidades que rozaron la vida de la poetisa contribuyen a marcar el perfil de los tiempos idos. Esas personas resurgen hoy para darle vivacidad a la historia. El personaje más importante es su hija Beatriz -la célebre Alicia Caro del cine mejicano, protagonista estelar de La vorágine-, su compañera y confidente de todas las horas.

Luego de varios romances, un día aparece en su vida el ingeniero Eduardo Segura Archila, integrante de una comisión que va a trazar la carretera entre Soatá y Boavita. Tras un año de idilio, se casan. Y comienzan a llegar los hijos. Su amor por ellos se vuelve la luz cenital de su existencia, y a través de tiernos poemas maternales expresa los más puros afectos de su corazón.

Establecida la familia en Bogotá, se inicia para ella una larga cadena de sucesos. Su vocación literaria, hasta entonces desconocida y titubeante, encuentra en la capital del país el escenario preciso para levantar vuelo por los aires de Colombia y América. En la casa silenciosa que ocupa en la carrera 13 con calle 62, comienza a relacionarse con destacadas figuras de la poesía. Sus primeros versos despiertan interés en los círculos literarios, donde se habla de una revelación.

El primer literato en llegar a la escritora es Nicolás Bayona Posada, que goza de amplio prestigio como poeta, ensayista y crítico, y que escribe un sugestivo artículo sobre esta poesía sorprendente. De inmediato el nombre de la autora salta al primer plano de la popularidad.

Se trata de una fina entonación lírica con acento sensual, que ennoblece el sentimiento humano como nunca antes lo había hecho otra mujer, y de paso provoca una revolución en la literatura colombiana. Se escuchan gritos de protesta salidos de los estamentos más ortodoxos de la sociedad, entre los cuales figuran algunos miembros de la Iglesia Católica, quienes no pueden aceptar que una dama proveniente de respetable familia, y por añadidura sobrina de prestigioso canónigo, induzca al pecado.

Ella ha descubierto el territorio libre de las emociones. Sabe que por encima de su ilustre apellido y de la censura social o eclesiástica está su derecho a ser escritora. Ese es su destino. Vino al mundo para pulsar en su lira la pasión amorosa, connatural al hombre como lo es el agua a la sed. Su corazón de fuego es receptivo a lo más sagrado que tiene el ser humano: el amor.

Despega en un escenario grande, pero debe luchar contra las críticas de la gente retrógrada, si bien son muchas las personas que aplauden su osadía y su fibra romántica. Esta mujer inesperada escandaliza con sus poemas a la pacata sociedad, por expresar el lenguaje ardiente del amor. Colombia no estaba preparada para esta revelación. A Laura Victoria hay que considerarla, sin duda alguna, como la abanderada de la emancipación femenina en Colombia.

La salida de su primer libro, Llamas azules, constituye en 1933 todo un suceso editorial. Libro que se agota en ocho días. Se reedita y vuelve a agotarse. El éxito es arrollador. El país se pone de pie para escuchar la palabra iluminada. Las correrías líricas se suceden unas tras otras en ciudades diversas, tanto de Colombia como del exterior. Juan Lozano y Lozano escribe en la revista Política: “A la poesía femenina de la América Latina ha aportado Laura Victoria muchas notas originales: un hondo acento de pasión, una versificación fluyente y cristalina, extraordinarios acentos de expresión y una delicadeza magistral de gran dama”.

La pasión que corre por sus poemas viene de ella misma. Emana de la mujer, porque Dios creó el género humano con alma y sentimientos. Algunos censores despistados confuden el “divino soplo de la sangre”, de que habla Rafael Ortiz González, con la acción pecaminosa. Vuelven obsceno lo que es diáfano. En la serena capital de trescientas mil almas que es Bogotá por los días en que Laura Victoria inicia su carrera literaria, el poema En secreto repercute como una explosión en el ambiente recoleto de la urbe.

A partir de 1933 su fama vuela por los aires de Colombia y América como un meteoro. Y recibe los aplausos más calurosos de su carrera. Es la mujer fulgurante que vive en los jardines del elogio y en los cielos de la fascinación. Eduardo Segura Archila, introvertido y suspicaz, termina hastiado de la vida huidiza de su consorte. Un día le dice que debe alejarse de los poetas y abandonar las tertulias y los recitales. Pero ella no puede renunciar a la poesía. Es su razón de ser. Las grietas del desamor comienzan a horadar la relación conyugal.

Es preciso hacer alguna reflexión sobre la gloria. La fama trae soledad, frío, obnubilación. No permite ver el mundo verdadero, sino el mundo vaporoso. Las alturas marean. Producen vértigo. Terrible realidad humana. Afirma Dante: “Vuestra fama es como la flor, que tan pronto como brota muere, y la marchita el mismo sol que la hizo nacer de la tierra ingrata”.

Numerosos amigos y simpatizantes surgen en sus días gloriosos. Todos quieren conocerla, tenerla cerca, obtener algún miramiento suyo. Grandes personajes de las letras, la sociedad y la política integran la nómina egregia. Se le denomina la “amada ideal” de la poesía colombiana. Guillermo Valencia declara: “En su manera de escribir no hay artificio, ni rebuscamiento, ni alarde ni falsía, ni engañoso brillo, ni tortura de formas: es el libre fluir de la vena poética”.

La cadena de triunfos termina en 1938. Este año le propina serios reveses. Representa el final de sus giras y le da un fuerte viraje a su existencia. Varios golpes la derrumban: la separación conyugal, la lucha por sus hijos, la muerte de su madre, la huida a Méjico. La vida ha destrozado su gloria. El recuerdo de su marido es glacial, estremecedor. Desde el barco contempla el mar rugiente, y a lo lejos una gaviota se pierde en la inmensidad. El mar y la gaviota: dos símbolos para el poema que no ha escrito. Más tarde ese poema dibujará el estado de su alma herida por la soledad y la ventisca.

El mes de febrero de 1939, cuando desembarca en Acapulco, significa para ella el comienzo de una nueva vida. Huyendo de su marido, llega a Méjico con un objetivo claro: proteger y educar a sus hijos. Ha logrado un puesto diplomático gracias al cual podrá subsistir. Luego se vincula al periodismo, labor a la que se dedica por más de veinte años. No corta con la poesía, sino que la dosifica.

Cuando desea regresar a Colombia, ya no es posible. Ha echado tan hondas raíces en el suelo azteca, que no le resulta fácil alzar el vuelo. Su arraigo allí es poderoso, pero su alma gira alrededor de su tierra colombiana.

La dama refulgente, que tanto ha amado con sus versos de fuego, un día se detiene cual otro Alberto Ángel Montoya y se encuentra con Cristo. Cual otra Teresa de Jesús, o Juana de la Cruz, o Francisca Josefa del Castillo, se va en busca de la vida contemplativa y se sumerge en los temas bíblicos. ¿Desde cuándo siente la vocación mística? Desde el momento en que se desencanta del mundo y sus vanidades. Esto ocurre a finales de la década del 30, cuando saborea las mieles más apetitosas del triunfo y al mismo tiempo sufre la acidez más amarga de la vida conyugal.

La “cortesana”, como ella misma se nombra en sus versos, se detiene y se va detrás del Salvador de almas. La pecadora queda embelesada cuando oye el toque de la oración, y se dice que sus caminos están desviados. Nunca conoce el amor ideal. Una vez un periodista le pregunta si ha hallado el amor verdadero, y ella responde: “Desgraciadamente no. Me consagré entonces al estudio bíblico para lograr el conocimiento de Dios. Y ese amor verdadero lo encontré al fin en Cristo”.

En 1963, el doctor Guillermo León Valencia, presidente de Colombia, la nombra agregada cultural en Italia, misión que se prolonga por tres años, hasta febrero de 1966, cuando regresa a Méjico. Valencia, captando la fibra mística de su amiga, sabe que llevarla a Roma es el galardón preciso que la hará sentir en el corazón de la cristiandad.

Su palabra febril recorre todos los senderos de la poesía, desde el soneto hasta el verso libre. Su obra está manejada por la armonía de la expresión y la fulguración de las metáforas, y sus cantos son aromas que excitan el deseo y fortalecen el alma. La biografía de Laura Victoria, que hoy tengo el honor de presentar en la Academia Colombiana de la Lengua, es un tratado de los sentimientos. Cuando me propuse escribirla, la primera idea que me brotó, fuera de rescatar del olvido a una mujer admirable, fue la de incursionar en las experiencias que ofrece su vida en el plano sentimental, para extraer temas de reflexión sobre el amor.

Es una vida tan rica en sucesos, que se vuelve inabarcable. Vida que posee ingredientes de aventura y suspenso, pasión y entrega, dolor y desengaño. El amor enriquece la existencia del personaje y vuelve fascinante su obra.

El amor es inevitable, porque el hombre nació para amar. Perder el amor, o degradarlo, o ajarlo, es lo mismo que envilecer la dignidad humana. “Ama y haz lo que quieras”, dijo San Agustín. Es decir, ama y engrandécete, ama y conquista el mundo, ama y encuéntrate con Dios. El amor une, el desamor destruye.

En España, Montaner y Simón le edita en 1960 el libro Cuando florece el llanto. Hermosa edición, tanto por la maestría editorial como por el contenido poético. Han pasado 22 años desde el último poemario. Ahora sus cantos son melancólicos y expresan acentos de soledad y olvido. Con Crepúsculo (1989) finaliza su obra poética. El título lo dice todo: crepúsculo es el tiempo en que el sol se oculta y comienzan a entrar las sombras de la noche.

Y es, en la vida de Laura Victoria, el período donde aumenta la tristeza con ráfagas de frío. Es posible que desde Méjico perciba la ingratitud de los nuevos tiempos hacia su obra. Ya su nombre no se menciona en Colombia, y a los pontífices de las letras no se les ocurre difundirlo. Admitamos esta cruel realidad: los 64 años de ausencia de la patria han borrado sus rastros. Los que ahora recuperamos al cumplirse este año el centenario de su nacimiento.

La Academia Colombiana de la Lengua la eligió académica correspondiente en la sesión del primero de junio de 1998, atendiendo la solicitud presentada por Dora Castellanos. Aprovechando un viaje de Maruja Vieira a Méjico, la entidad la comisionó para hacerle entrega del título académico, acto que se realizó el 17 de noviembre de 1999 en el apartamento de la poetisa, donde su familia le celebraba los 95 años de vida.

Beatriz presencia hoy, con angustia, el lento declinar de la alondra. “A veces -me dice en carta reciente- he pensado que mamá va resbalando hacia un abismo, y yo, en mi afán de detenerla, voy resbalando con ella”.

En un viaje que realicé a Méjico hace varios años, comenzó a perfilarse el libro que hoy ve la luz gracias al patrocinio de la Gobernación de Boyacá, dentro de la serie bibliográfica de la Academia Boyacense de Historia, y que lleva por título Laura Victoria, sensual y mística. Aquí está retratada en cuerpo y alma, así lo espero, la mujer valerosa y la brillante poetisa que se fue contra las hipocresías sociales y la esclavitud femenina, y que con sus poemas ardientes estremeció el sentimiento de los colombianos y llevó el nombre de Colombia por los aires de América.

(Palabras en un acto cultural. Bogotá, 5 de abril de 2004).

Javier Huérfano, poeta del dolor

lunes, 23 de noviembre de 2009 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

En 1984, a los 25 años de edad, Javier Huérfano publica su primer libro, Visiones, con prólogo de Luis Vidales, donde éste manifiesta que el nuevo poeta es “huérfano, pero no de poesía”. Refiriéndose a la brevedad elocuente de sus poemas, hace este vaticinio: “Si persiste en esta modalidad de su ahorro poético, no es aventurado el pronóstico de que alcanzará las excelsas rutas del canto”. Veinte años después, la obra de Javier Huérfano sobrepasa la docena de libros, varios de ellos inéditos. Además, escribe en silencio una prosa bien estructurada, con vuelo poético, que pocos conocen. Su nombre ha conquistado notoriedad en el mundo de las letras. El presagio está cumplido.

Huérfano elabora sus primeros poemas a los 11 años de edad, en medio de la burla de sus ocho hermanos. En 1981 conoce a Luis Vidales, su maestro, de quien se convierte en secretario. En 1990 conduce las cenizas de Vidales a la casa de cultura de Calarcá. Allí reposan en la paz de la comarca quindiana, como testimonio de perennidad lírica. En 1994 funda en el barrio Ciudad Bolívar de Bogotá, donde con gran esfuerzo ha construido su vivienda, la biblioteca pública Luis Vidales. Esta unión de los dos poetas calarqueños establece nexos indisolubles entre ellos, más allá de la muerte: Huérfano se ha encargado de salvaguardar la memoria de su maestro y protector, a través de escritos, recitales, talleres literarios y de su imitación en el arte poético.

El discípulo no heredó la vena de humor que exhibe Luis Vidales en sus versos, pero sí la fibra social, con la cual canta al dolor, la injusticia, el desequilibrio de la sociedad, la tristeza y el abandono. Ambas poesías llevan tinte de protesta, rebeldía y clamor ante el mundo, pero la de Huérfano está marcada por el pesimismo, el tedio vivencial, la desesperanza y la obsesión de la muerte, sin duda bajo el influjo de su vida atormentada. Se diferencian, además, en que la de Huérfano es más reiterativa en el plano romántico (siempre bajo la inspiración de Yolanda, su compañera ideal), tal vez como una necesidad de oxigenar el espíritu conturbado por el peso de sus cotidianos agobios.

Javier Huérfano nace en humilde casa de Calarcá, en 1959. A los tres años le diagnostican asma, y cuando asiste a la escuela pública debe retirarse por problemas de salud. Abandonado por su madre a corta edad,  en un inquilinato, inicia el recorrido por las sendas del desamparo. En Bogotá se emplea como ayudante de zapatería y comienza a estudiar de noche, hasta conseguir una mediana formación. Y se vuelve autodidacta, disciplina con la que supera todos los escollos del aprendizaje.

Aparecida su primera obra con el impulso de Luis Vidales, se le abren muchos horizontes y siente que su destino irrevocable es el de ser poeta. Más tarde funda Narka, revista de poesía. Ha nacido poeta, y poeta morirá. Al lado de esta vocación surge la de pintor, oficios que alterna como regalos del cielo y recursos de ingrata subsistencia, siempre en lucha denodada contra las mezquindades de la gente y la adversidad del medio colombiano. Algunos títulos de sus libros denuncian su calvario: Presencia de las sombras, Uno está en el día como dormido, El olvido no tiene palabra.

Este último (1998) es editado con auspicio de la Cámara de Representantes, y en él Íngrid Betancourt, la prologuista, expresa estas bellas palabras: “Dios ha querido, para fortuna mía, que conozca al poeta. De su mano he caminado por el túnel sin luz de la injusticia, a ciegas pero mordiendo siempre el tallo amargo de la rosa”. Maruja Vieira traza este perfil perfecto del poeta abrumado por sus horas desoladas: “Muchas puertas que se abren para otros, están cerradas para Javier Huérfano. Pero él serenamente se retira en la noche y se va para su mundo, despojado de bienes terrenales pero pleno de estrellas. En la semioscuridad de la madrugada, cuando van los obreros al trabajo en las fábricas, sería difícil distinguir entre ellos al obrero del verso”.

Acabo de leer un nuevo libro del amigo quindiano: La noche como pájaro viudo, publicado con el generoso apoyo de la editorial Códice y el sentido prólogo de la poetisa Inés Blanco, que anota: “Javier se ha enfrentado a sus molinos de viento, reales e imaginarios, con la espada de su pluma, teñida con su propia sangre”. Libro desgarrador el suyo, como lo fue Tempestad tras la salida de Germán Pardo García de las fauces de la muerte, luego del intento de suicidio. Sé que el poeta calarqueño ha tenido que librar duras batallas contra inclemente enfermedad. Esta circunstancia le hace lanzar, recordando sus noches de terror en una clínica yerta, las exclamaciones más vehementes y patéticas sobre la realidad de la muerte, que él parece esperar con la ansiedad de los poetas predestinados para el dolor. Y exclama: “Soy apenas un solo dolor que atraviesa el día con su sombra de negra compañía”.

Los cantos de Javier Huérfano, transidos de goces sensoriales en medio de las tristezas de su destino, le permitirán, sin duda, apurar con placer las copas amargas preparadas por los dioses del Olimpo. ¡Oh, bendita poesía!

El Espectador, Bogotá, 16 de diciembre de 2004.

Gaviotas y jardines en la vida de Chéjov

miércoles, 18 de noviembre de 2009 Comments off

 Por: Gustavo Páez Escobar

Antón Pávlovich Chéjov, el mayor dramaturgo y cuentista de Rusia, lleva a escena en 1896, en la actual Leningrado, su primera pieza teatral, La gaviota, que se convierte en un completo fracaso. Promete entonces no volver a escribir para el teatro. Con todo, dos años después la obra es montada de nuevo, esta vez en Moscú, y obtiene un éxito extraordinario. Con el tiempo se sabrá que es su mejor creación en este género. Poco tiempo antes de morir escribe su última pieza, El jardín de los cerezos (1903), que se desarrolla en una finca rústica como la que él habitaba en sus últimos años. Este par de obras poseen especiales connotaciones en la vida del escritor. 

La gaviota es un símbolo de su propia alma transparente y triste. Ave blanca como la espuma. Inteligente y soñadora. Provista de grandes alas, con las que desafía (o desafían ambos: la gaviota y Chéjov) el tiempo tormentoso. El jardín representa el contacto con la vida rural, ambiente en que  escribe sus mejores obras: primero, en un predio rural en Melijovo, donde mantiene estrecha relación con grandes escritores de su patria; años después, en Crimea, a donde, enfermo de tisis, se traslada a los 37 años de edad en busca de mejor clima, y allí se dedica al cultivo de la tierra en medio de profunda soledad; y al final de su vida, en el balneario alemán de Badenweiler, en la Selva Negra, donde muere hace un siglo, el 2 de julio de 1904. Había nacido en Taganrog, puerto ruso a orillas del mar de Azov, el 17 de enero de 1860.

Su padre era un tendero que, arruinado en su propia localidad, se traslada a Moscú en busca de mejor suerte. Allí comienza Chéjov a estudiar medicina a la edad de 19 años, profesión que ejercerá al lado de la literatura. Desde muy joven siente pasión por las letras. En Moscú escribe sin pausa para periódicos y revistas, de los que obtiene algunos honorarios para ayudar a sostener la familia. Su nombre toma vuelo, pero no consigue que aparezca un editor que apoye sus escritos. Esto sucede en 1886 con la edición que él mismo hace de Cuentos variopintos, libro que llama la atención de un destacado director de revista que le brinda la ayuda que necesitaba.

Chéjov descubre en el relato breve un venero para su imaginación. Al darse cuenta de que a la gente le gusta más el humor que los tonos graves, comienza a forjar jocosas historias tomadas de la vida cotidiana, aliñadas con finas dosis de gracia e ironía y con la almendra oculta que le pone la magia al verdadero cuento.

Es él quien sienta las bases para el relato corto y sustancioso que ha llegado a nuestros días, género que domina con lúcida maestría. Su penetración en el alma de la gente y en los problemas sociales lo dota de agudo espíritu crítico frente a las angustias populares y los abusos de la aristocracia.

Con lenguaje llano y expresivo, en que campean el sutil ingenio y la sátira punzante, el gran sicólogo que hay en Chéjov retrata a los actores de una época dramática, la vivida en Rusia bajo la tiranía de Alejandro III. Y describe un estado social. Son cuentos llenos de vitalidad, que se pasean por el ambiente y las costumbres de la época y toman al hombre como el centro de un proceso histórico.

Amigo irreductible de la verdad, defensor acérrimo de los humildes y crítico contumaz de los sistemas opresivos, el escritor sugiere un cambio en la vida de su pueblo. Sus personajes, dotados de enorme fuerza sicológica, son seres del montón que ejecutan los más simples quehaceres y al mismo tiempo muestran sus lacras y fragilidades humanas.

En aquel mundo de burócratas, jubilados, pequeños comerciantes, potentados caídos en desgracia, mujeres frívolas y hombres anodinos, el cuentista dibuja la condición humana. En Yalta, a donde se desplaza en temporadas de convalecencia y trabaja como médico rural, se familiariza con los campesinos, los cazadores, las criaturas indefensas, la pobre gente de provincia. En 1890 viaja a Sajalín, en Siberia, para investigar la situación de los deportados que se aglutinan en la cárcel de la isla. Tres años después escribirá La isla de Sajalín.

Sus relatos son de una simpleza desconcertante. En ellos nada sucede en apariencia, pero todo se transforma. Chéjov abrillanta cualquier tema. La magia de su escritura reside en el realismo, mezclado de impresionismo, con que trata los sucesos de la vida corriente. Al trabajo creativo se entrega con fervor pasional. Como cree en la bondad humana, impugna la conducta rastrera. No es practicante religioso, ni militante político: su credo es el hombre. Su ética cotidiana es el amor a la gente.

Lo ofuscan los fulgores de la fama y confiesa que prefiere ser un hombre y no un monumento. En entrevista de 1957, William Faulkner, uno de sus mayores discípulos, manifiesta lo siguiente: “Un cuento se acerca a la poesía en que casi cada palabra debe ser exacta. En la novela puedes ser descuidado, en el cuento no. Me refiero a los buenos cuentos, como los que escribió Chéjov”.

La noticia sobre la tuberculosis irrumpe en plena producción literaria del escritor, a los 29 años de edad. Noticia que como médico lo perturba en grado sumo, al saber que su vida será muy corta. Vivirá 15 años más, pero de ahí en adelante le corresponde sufrir la angustia existencial bajo los más crueles tormentos. En el plano sentimental ha tenido algunos amoríos pasajeros. En 1901 se casa con la actriz Olga Knipper. Es un matrimonio casi platónico, ya que ella continúa trabajando en Moscú, mientras él, agobiado por la tisis, se mantiene en el campo. En este período le escribe a su esposa tiernas cartas de amor, que más tarde serán editadas como parte de su obra literaria.

En 1904 hace crisis su situación económica, y Olga se va a vivir con él al campo. A los pocos meses, Chéjov muere en el balneario de Badenweiler. Por ferrocarril se traslada su cadáver a Rusia, y el pueblo le tributa grandioso homenaje. Antes de morir, le había dicho a su médico: “Es inútil poner hielo sobre un corazón vacío”.

El Espectador, Bogotá, 4 de noviembre de 2004.

Dos cárceles literarias

martes, 27 de octubre de 2009 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

I

Dos cárceles famosas en la historia de la literatura son las de Reading, en Inglaterra, y la de Lecumberri, en Méjico. Si por allí no hubieran pasado Óscar Wilde y Álvaro Mutis, no tendrían la nombradía que obtuvieron desde que ellos las honraron como presidiarios. Con estas circunstancias caprichosas del destino se unen dos mundos y dos tragedias, tanto alrededor de los personajes y sus carreras líricas, como de los vejámenes que sufrieron en la cárcel, gracias a los cuales la literatura ganó dos obras maestras: Balada de la cárcel de Reading, la de Wilde, y Diario de Lecumberri, la de Mutis.

Tanto Wilde como Mutis eran poetas destacados en el momento de su reclusión, y después lograrían mayor celebridad. Hacían parte de los altos círculos sociales de sus países y eran los perfectos dandis de sus épocas. Dados, además, a la buena vida, el hedonismo, el afán de notoriedad, el exhibicionismo e incluso la extravagancia. Ambos estudiaron en otras naciones, y los dos fueron lectores apasionados desde muy jóvenes. Uno y otro protagonizaron intensos escándalos sociales: Wilde por sus relaciones homosexuales, y Mutis por un desfalco en la compañía donde trabajaba.

Fueron a presidio a edades parecidas: Wilde a los 41 años, Mutis a los 36. El tiempo del cautiverio fue también similar: 24 meses el uno, 15 meses el otro. Ambos, por los días de su adversidad, mantenían relaciones sentimentales con gente de la nobleza: Wilde con un lord, Mutis con una condesa. En fin, un cúmulo de extrañas similitudes concurren en estos sucesos ocurridos con 64 años de distancia, y los convierten, a pesar del fondo amargo que poseen, en capítulos apasionantes de la comedia humana.

Óscar Wilde nace en Dublín en octubre de 1854. Su padre era un oftalmólogo de prestigio, y su madre tenía afición por la poesía y la bohemia. De ella heredó el temperamento y la vena literaria. En la Universidad de Oxford sobresalió en letras clásicas y en humanidades, y bien pronto se manifestó su placer por la literatura clásica de todos los tiempos. Su indudable vocación lo llevó a hacerse notar, por cuanto medio encuentra a la mano, en los círculos intelectuales de Londres.

Desde temprana edad aparecen sus inclinaciones homosexuales. En la propia universidad se hacen evidentes sus relaciones con otros compañeros. Esta conducta comienza a escandalizar a la sociedad, pero él pasa por encima de los prejuicios y las murmuraciones para  mostrarse como lo que es. En 1884, a los 30 años de edad, rodeado de una serie de irreverencias y extravagancias, se casa con Constance Lloyd, joven agraciada y dueña de cierta fortuna, a quien tampoco parecen importarle los chismes que circulan alrededor de su elegido. El matrimonio logra estabilidad por varios años y en él llegan dos hijos que hacen la felicidad de la pareja.

Su horizonte literario se amplía luego de sus viajes a Nueva York y París, ciudad donde se vuelve amigo de famosos escritores: Hugo, Daudet, Mallarmé, Zola, Verlaine. Su nombre consigue los mayores reconocimientos de la crítica, mientras su desprecio de las costumbres imperantes lo hace detestable ante la ortodoxa sociedad inglesa.

En 1889 escribe un relato que no deja duda sobre su naturaleza homosexual, hecho que refrenda al año siguiente con El retrato de Dorian Gray, la única novela que escribe y que se convierte en su obra más renombrada. El homosexual que hay en esta obra es una pintura del alma del propio autor. Por esta época su unión conyugal con Constance es cada vez más frágil, y poco tiempo después llega el rompimiento definitivo.

En 1890 conoce al lord Alfred Douglas, apuesto mancebo, hijo de un marqués, con quien inicia una amistad tempestuosa que alborota el avispero londinense. Las intervenciones del marqués no logran nada distinto de unir más a la pareja, que muestra arrestos suficientes para romper con la moral burguesa e irse a Argelia en un viaje desafiante, hecho que desencadena la inmediata reacción del padre iracundo, que acusa al escritor de conducta licenciosa y escándalo público. A raíz del denuncio, Wilde es detenido en 1895 y llevado a la cárcel de Holloway.

Tras un sonado proceso judicial, el poeta es condenado a trabajos forzados y, luego de pasar por varios establecimientos penitenciarios, termina en la cárcel de Reading. En uno de los traslados de penal aparece vestido de presidiario y con el pelo rapado, y el público lo hace objeto de escarnios y ultrajes.

En la última cárcel presencia, horrorizado, la muerte en la horca de un recluso de 30 años, y la sevicia que se ejerce sobre el criminal -que en un rapto de locura había matado por celos a su esposa- mueve sus más íntimas fibras de estupor y conmiseración. Este cuadro macabro, sumado a los oprobios sufridos en la mazmorra, inspiran su célebre Balada, que es una protesta por la crueldad del hombre y una voz de ternura por la tragedia de los infelices.

Óscar Wilde sale de la cárcel en mayo de 1897 y ese mismo día se marcha de Inglaterra y nunca más regresa. Muere en París, a la edad de 46 años, el 30 de noviembre de 1900. Solo un siglo después, tolerante ya con la condición homosexual que se ha destapado en el mundo entero, Inglaterra rectificará ante la historia aquel acto reaccionario y despiadado, obra del fanatismo y la mojigatería social.

El Espectador, Bogotá, 18 de julio de 2002.

* * *

II

Álvaro Mutis nace en Bogotá en agosto de 1923. Sus antepasados registran larga tradición agrícola, y sólo él y su padre han nacido en la ciudad. El resto de la familia se desarrolló en la vida de las haciendas. Su padre, hasta hace poco secretario de la Presidencia de la República, es nombrado diplomático en Bruselas cuando el futuro escritor se encuentra en edad escolar, lo que determina que sus estudios de primaria y bachillerato los adelante en la urbe europea.

Desde muy joven se muestra lector voraz de toda clase de libros clásicos y siente especial atracción por los autores rusos y franceses, en el campo de la narrativa, y por personalidades como Neruda, Rilke, Juan Ramón Jiménez y Aurelio Arturo, en las lides poéticas. Bien pronto brotará de su propia cosecha la figura de Maqroll el Gaviero, su álter ego, personaje aventurero y romántico que conducirá su obra a las cumbres de la fama.

Al mismo tiempo que el nuevo literato conquista aplausos en Colombia y en los países latinoamericanos, el dandy que hay en él –con su talante gallardo y su gran facilidad de palabra– irrumpe en los salones sociales y se vuelve miembro apetecido de los círculos sociales. No es su mayor éxito el matrimonio que contrae a temprana edad, al que habrá de seguir una serie de fracasos sentimentales, sino su figuración constante en los mundillos de la lisonja y el privilegio.

Un día ejerce la jefatura de relaciones públicas de la compañía petrolera Esso, posición que parece diseñada para él. El poeta-relacionista se mueve allí como pez en el agua. Lo que todo el mundo ve en el flamante directivo: distinción, prebenda, suerte, destreza para mover la imagen de una empresa poderosa, dista mucho de coincidir con el infortunio que ha de sobrevenirle por el manejo indelicado de los fondos a él confiados, a raíz de lo cual huye del país y se radica en Méjico. Mutis ha incurrido en el desfalco para sacar de apuros a unos amigos. Cuando la situación se torna crítica y no halla facilidad para reintegrar el faltante, toma el camino de la fuga.

Poco tiempo después es apresado en Méjico, a la edad de 36 años, y va a dar a la cárcel de Lecumberri. Presidio pavoroso para este hijo de la burguesía, cuyo tránsito por los salones dorados y por los floridos jardines de las letras no dejaba presentir semejante revés. Este hecho parte en dos su existencia, al saltar del boato y la falacia social a la cruda realidad de un presidio.

Los infinitos vejámenes y humillaciones sufridos por Óscar Wilde en la cárcel de Reading, los padece ahora Álvaro Mutis en la cárcel de Lecumberri. Uno y otro son figuras sobresalientes de la sociedad, brillantes poetas, perfectos petimetres. Ambos mantienen relaciones sentimentales con personas de la nobleza, el uno como homosexual declarado, el otro como mujeriego exquisito.

Los amores de Mutis con la condesa y escritora mejicana Elena Poniatowska, de origen polaco, que se encuentra casada, discurren con discreción durante los días del encierro penitenciario (1959), y queda constancia de que la condesa lo visitaba todos los domingos. Julio César Londoño, periodista colombiano que a lo largo de los años ha seguido este idilio con ojo penetrante, expresa lo siguiente en La Revista de El Espectador (23-VI-2002), a propósito de los encuentros furtivos en la cárcel: “Ella es una mujer precozmente adulta, él un hombre mayor. Ambos están de regreso. Han amado, engañado, sufrido. Conocen los deleites y las zozobras del Paraíso y los rigores del Infierno”.

De la cruel experiencia carcelaria sale un testimonio desgarrador: Diario de Lecumberri (1960), donde el colombiano describe el mundo sórdido de los presos y muestra su propia desventura, luego de haber probado los néctares de la lisonja social. Cuando amanece apuñalado ‘Palitos’, su habitual amigo y frágil vecino de celda, la noticia le produce honda conmoción y le agranda el fantasma de la soledad. Con todo, la prisión le permite conocer en toda su intensidad el destino trágico del hombre y apreciar lo que hay de bueno en cada individuo, sin la careta de las falsías y los engaños.

La temperatura de este desastre la traslada Mutis a su obra futura, tras los 15 meses de reclusión en Lecumberri. Muchos años después, gozando ya de la fama de su obra perdurable, Mutis sentiría, al recibir en España y Francia los premios Cavour, Príncipe de Asturias y Cervantes, que sobre sus hombros y su alma gravita el peso de la prisión, generadora de sombras y luces.

Wilde y Mutis, viajeros de la misma nave azarosa del destino, parecen caídos de la misma estrella y resultan víctimas del mismo desequilibrio de sus vidas gloriosas y al mismo tiempo desdichadas.

El Espectador, Bogotá, 25 de julio de 2002.

Víctor Hugo: monstruo de las letras

martes, 27 de octubre de 2009 Comments off

Hace doscientos años, el 26 de febrero de 1802, nace Víctor Hugo, la figura máxima del romanticismo francés y genio de la literatura universal. Su padre es un general bretón que combatió, al servicio de Napoleón, en los ejércitos de la Revolución y del Imperio, y de él hereda el espíritu de rebeldía y democracia que marcará el temperamento independiente y combativo del escritor. El rasgo más señalado de su carácter lo constituyen su hondo sentido de la justicia y su acendrada sensibilidad por la suerte de los desvalidos.

Con esas armas del espíritu, trasladadas a sus numerosos libros, Víctor Hugo  se opone a todo cuanto sea oprobioso para el hombre y libra en Francia denodados combates por la dignidad humana y contra los abusos de las clases dominantes, luchas que le acarrean persecuciones y exilios. Es el auténtico revolucionario que con las luces de la inteligencia y el poder de la pluma se hace sentir, como fuerza demoledora, en la vida política de su patria.

Napoleón III, a quien llama con sorna “Napoleón el pequeño” -para diferenciarlo de Napoleón el grande-, lo destierra a Bruselas durante 20 años, a raíz de la protesta con que el implacable crítico social condenó el golpe de Estado que llevó al trono al monarca. Víctor Hugo sólo regresa a Francia tras la caída del dictador, y en venganza por el largo exilio a que fue sometido y por los desafueros del gobernante, escribió dos obras satíricas contra él: Los castigos y Napoleón el Pequeño.

Su literatura, que se pasea por variados escenarios de los conflictos sociales, es de lucha frontal contra la tiranía, la opresión, la miseria. El mundo fastuoso de París, plagado de injusticias y atropellos contra los humildes, lo hizo exclamar un día: “La verdadera división de la humanidad es entre los que viven en la luz y los que viven en la oscuridad”.

Él mismo había vivido la pobreza cuando su familia, tras la derrota de Napoleón, se estableció en París y su padre quedó arruinado y sumido en la amargura. En ese mundo revuelto, Víctor Hugo conoció de cerca el fondo de las personas, tanto en sus conversaciones con los monarcas como en su trato con los desgraciados, y de allí tomó sus personajes para elaborar sus obras maestras: Los miserables, Nuestra Señora de París, Los trabajadores del mar, El 93, El hombre que ríe…

En 1841, laureado por su carrera literaria, ingresa a la Academia y pronuncia un discurso de claro contenido político, donde deja reflejada su intención de actuar en la vida pública. Son tantas las simpatías que despierta en las esferas palaciegas, que el rey piensa en él como primer ministro. Cuatro años después es nombrado par de Francia, y la revolución de 1848 lo hace alcalde del distrito VIII.

Asciende por los ámbitos del poder como un meteoro, hasta que Napoleón III, en 1852, lo expulsa del territorio nacional y lo obliga a instalarse en Bruselas, castigo infamante que lo torna triste y desengañado y parece opacarle las luces del intelecto. En este trance amargo sólo escribe obras mediocres, con descuido del estilo y con desmedro del legítimo artista que habita en su alma abatida.

Cuando en 1861 visita el campo de batalla de Waterloo en busca de mayores fuentes de información para concluir Los miserables, proyecto en el que comenzó a trabajar en 1845, renace el escritor. Ese mismo año firma con Lacroix,  editor belga, el contrato para la publicación de su obra cumbre, y al año siguiente el mundo conoce una de las creaciones literarias más valiosas de todos los tiempos, la que, a pesar de su extensión superior a 1.300 páginas -repartidas en dos tomos-, la siguen leyendo con avidez, 140 años después, los amantes de los clásicos.

Víctor Hugo se inició, desde su niñez precoz, en el campo de la poesía y más tarde incursionó en el teatro. Pero su verdadera fuerza reside en la novela. Fue en esta área donde explayó su gran fuerza creadora, como intérprete de los hombres que luchan en medio de las desigualdades sociales por un mundo de libertad y dignidad.

Con su imaginación portentosa fabricó un universo exento de  fabulaciones falsas, donde el hombre es hombre y no títere de ficción. Su valor literario reposa en la autenticidad humana. Perteneció a las clases dominantes, y al mismo tiempo las desenmascaró. Su crítica a la sociedad de ayer y de hoy es el grito clamoroso de las almas libres.

Estudió la incógnita del hombre a lo largo de sus 83 años, longevidad muy alta para su tiempo y para su vida de tormentos. Sus biógrafos dicen que su espíritu nunca envejeció. Ya al final de sus días, y con absoluta lucidez, escribió estas palabras en su testamento, las que hacían parte de su credo vital: “Creo en Dios. Lego un millón de francos a los pobres. Renuncio a los sufragios de toda religión”.

El Espectador, Bogotá, 21 de febrero de 2002.