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Libros quindianos

sábado, 11 de febrero de 2012 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Por Carlos Alberto Villegas Uribe, secretario de Cultura de la Gobernación del Quindío, me enteré de la reanudación de la Biblioteca de Autores Quindianos, empeño regional que había entrado en receso hace buen tiempo y que ahora vuelve a ponerse en marcha gracias a un programa dinámico de la Gobernación y la Universidad del Quindío.

Para el efecto, se constituyó un comité permanente encargado de evaluar y recomendar para su edición obras de los escritores locales en los géneros del ensayo, la narrativa y la poesía. Esto permitirá, entre otras cosas, recuperar importantes libros de autores ya desaparecidos, varios de ellos con prestigio nacional, que por lo general tuvieron primera edición y nunca más volvieron a circular.

Para iniciar el programa se publicaron en pulcras ediciones los primeros seis títulos, que cito a continuación: Argonautas del espíritu, ensayos de Bernardo Pareja; Postigos: asomos y presencias literarias, ensayos de Jaime Lopera Gutiérrez; Ensayos de historia quindiana, textos de varios autores; Los muros y la rosa, poemas de Gustavo Rubio Guerrero; Conversaciones con el pez, poemas de Elías Mejía, y Quién patea un perro muerto, narrativa de Umberto Senegal.

Para el mes de abril se contempla la entrega de seis títulos más, y otros dos para el mes de junio. Vienen en camino espléndidos cuentos de Eduardo Arias Suárez y Antonio Cardona Jaramillo (dos de los mejores cuentistas que tuvo el país, por desgracia olvidados en nuestros días), lo mismo que una famosa novela de Jaime Buitrago Cardona y un libro de crónicas de Rodolfo Jaramillo Ángel. Así, el gobierno departamental cumplirá al finalizar el año destacada labor editorial, digna de encomio, como estímulo a los creadores del arte quindiano.

Fuera de esta colección, he recibido de sus propios autores, y las he leído con la mayor atención, las siguientes obras: Crónicas quindianas y Al son que me canten cuento, de Libaniel Marulanda; Conversaciones ajenas (recopilación de los mejores textos del primer concurso departamental de cuento Humberto Jaramillo Ángel), y La casa del hombre, poemas de Óscar Piedrahíta González.

En el caso de Libaniel Marulanda, oriundo de Calarcá, de quien sólo en forma vaga había oído hablar, me complace encontrarme con un escritor de calidad, tanto en el manejo de la crónica como del cuento. Sus trabajos recrean la vida de la comarca a través de cuentos bien logrados y de perfiles novedosos sobre personajes que han dejado rastro y merecen reconocimiento. Ha sido escritor consagrado desde hace buen tiempo al quehacer literario, al lado de su afición musical, y cuyas obras, de indudable mérito, enriquecen la bibliografía regional.

Gran promotor de la literatura quindiana es Ángel Castaño Guzmán, mediante la organización, con otros escritores, del concurso de cuento que lleva el nombre de Humberto Jaramillo Ángel. Además, en su revista La Avenida ha dado difusión a las obras y los hechos culturales que surgen en el departamento.

Óscar Piedrahíta González rescata en su libro La casa del hombre, publicado por la Alcaldía de Armenia y su Corporación de Cultura y Turismo, viejos poemas inéditos escritos durante sus andanzas nadaístas. Obras que fueron conocidas por Gonzalo Arango, Germán Espinosa y otros importantes poetas, que le expresaron su beneplácito.

En fin, con estas letras al vuelo deseo señalar el espíritu cultural que se vive en el Quindío y que de manera admirable se expresa en hechos tangibles como los que dejo reseñados.

El Espectador, Bogotá, 23-II-2011.
La Crónica del Quindío, Armenia, 26-II-2011.
Eje 21, Manizales, 26-II-2011.

* * *

Comentarios:

En nombre de los quindianos, te doy las gracias por la reseña de la Biblioteca de Autores Quindianos. Es la línea de tu actitud vital con el Quindío: generosa. Carlos Alberto Villegas Uribe, Armenia.

Me parece loable la labor cultural que realiza la Gobernación del Quindío desde su Secretaría de Cultura, con la publicación de obras que tienen importancia en la trayectoria literaria del departamento.  Publicarlas en nuevas ediciones es darle vigencia a obras que destacaron la calidad de los autores que usted menciona en su columna. No obstante, me parece insuficiente la labor de la Secretaría de Cultura. Creo que además del rescate de algunos nombres de valores regionales debería estimular el surgimiento de nuevos  escritores, con el apoyo de la Universidad del Quindío, entidad que cuenta con la estructura suficiente para esta labor. Gustavo Valencia G., Armenia.

Qué interesante observar esa valiosa producción intelectual de los quindianos.  Sin duda es un ejemplo para las demás regiones y una exaltación de la intelectualidad, del pensamiento y de la palabra escrita. Eduardo Durán Gómez, Bogotá.

Rosario Sansores

sábado, 11 de febrero de 2012 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Méjico se ha olvidado de esta poetisa romántica que tuvo gran figuración por la época en que también Laura Victoria, la precursora en Colombia de la poesía erótica, y sobre quien acabo de concluir un libro biográfico, obtenía sonados aplausos. Como no eran muchos los datos recogidos sobre Rosario Sansores, acudí a mi dilecta y culta amiga Diana López de Zumaya, hija de Adel López Gómez y residente en Méjico hace largos años, para que me ayudara a salir de las sombras de esta figura digna de recordación.

Pero mi amiga, en el propio país de los sucesos, no consiguió ampliar mi visión sobre la autora de Rutas de emoción, precioso libro de prosa romántica que Rosario publicó en 1942, que revela un alma sensible que divaga en las honduras del amor y sabe interpretar los secretos del hombre (y de los hombres). «Lo extraño –me comenta Diana– está en que aquí nadie me pudo decir ni una sola palabra, ni menos una palabra elogiosa sobre Rosario Sansores».

Fracasada esta pesquisa, voy a tratar de reconstruir en líneas generales la imagen de la brillante poetisa y periodista de otros tiempos, que hoy nadie recuerda en su propio país, basado en datos fragmentarios que he logrado sacar de otras fuentes. Lo que sucede en este caso es lo mismo que suele ocurrir con mucha gente famosa: que el manto del olvido –triste e inexorable realidad humana– cae sobre el tiempo y desvanece o destruye el recuerdo.

Escribí al principio de esta nota la palabra sombras y esto me viene de perlas para decir que entre las numerosas canciones populares que Rosario difundió por los aires de Méjico y del continente, Sombras es la más representativa y sigue arrullando el corazón de los enamorados:

Cuando tú te hayas ido, me envolverán las sombras,

cuando tú te hayas ido, con mi dolor a solas,

evocaré este idilio de mis azules horas.

Cuando tú te hayas ido, me envolverán las sombras.

En la penumbra vaga de mi pequeña alcoba,

donde una tibia tarde me acariciaste toda,

te evocarán mis brazos, te buscará mi boca,

y aspiraré en el aire como un olor a rosas.

Cuando tú te hayas ido, me envolverán las sombras.

Rosario nació en una familia rica y creció rodeada de mimos y comodidades. A los doce años, cuando termina el último grado de estudios, ya hacía versos. Dos meses después muere su padre y se frustra el viaje que iba realizar a Europa. Se casa a la edad de 14 años –o mejor, la casa su familia– con el hombre que le han elegido y por el cual no siente nada.

Luego se va a vivir con su marido a La Habana, donde resulta vecina de Ernesto Lecuona, quien le pone música a algunos de sus poemas.

El ecuatoriano Carlos Brito musicaliza en aire de pasillo el poema Sombras, que se vuelve famoso. Rosario es además autora de numerosos temas que entran al folclor mejicano con la música de diversos compositores. El alma romántica de la poetisa se esparce por los países de América en letras llenas de sensibilidad.

Rosario fue uno de los mayores soportes de Laura Victoria a su llegada a Méjico. Además, mantuvo mucha cercanía espiritual con nuestro país. En 1925, Barba Jacob la conoce en La Habana. Ella se enamora del poeta y años después lo atenderá en Méjico durante su enfermedad en el Hospital General. En 1932, Luis Eduardo Nieto Caballero le escribe agradeciéndole «el solícito interés que ha tomado por Barba Jacob, querido amigo mío y gloria nues­tra». En 1938, Rosario le escribe a Ismael Enrique Arciniegas: «Sus agonías son frecuentes. Vengo del hospi­tal donde se muere Barba Jacob. No amanecerá». (Sin embargo, el poeta sobrevive a la nueva emergencia, y muere en 1942).

Rosario permanece ante su lecho de enfermo y mueve la solidaridad de sus amigos para reunir fondos que ali­vien la penuria económica del colombiano. Por esta épo­ca Rosario está divorciada y le ha quedado una hija. No fue feliz en el matrimonio. Más aún: no fue feliz en toda su vida amorosa y sufrió constantes desilusiones.

Su admi­ración por Barba Jacob, nacida en 1925 y que se prolonga durante 17 años, se ignora hasta dónde llegó en el pla­no sentimental. Es posible que se hubiera tratado de un amor platónico o de una relación fallida. «La gloria del amor –confiesa– no ha sido nunca mía. Siendo aún niña, una sibila me predijo que viviría siempre sola».

Entresaco de Rutas de emoción estas frases patéti­cas que revelan el infortunio de Rosario Sansores en su vida amorosa:

En torno mío no hay más que soledad. El amor que otras mujeres tontas y vacías tienen a raudales, no me ha pertenecido nunca (…) No soy sino una mujer que ha vivido intensamente. Soy una mujer que se ha pasado la vida siempre esperando un amor, que no ha llegado (…) Mi amor es un amor hecho de sueño y de ilusión, un amor casi  inmaterial, a fuerza de ser puro (…) Pienso que en la tumba se debe uno sentir muy a gusto. No oír tonterías, no contemplar rostros aborrecidos (…) dormir en un sueño ininterrumpido, quedarnos así, inmóviles, fríos, inertes”.

Le pregunto a Laura Victoria por Rosario Sansores y ella me contesta, como alejando una telaraña de sus ojos:

–Murió probablemente en Ciudad de Méjico. Escribía en Novedades una columna muy leída que se titulaba Rutas de emoción. Un poema suyo muy famoso, que se volvió canción, es Sombras.

Repasando papeles que la misma Laura Victoria puso en mis manos para la confección de su biografía, me encuentro con una declaración suya de 1942 al periódico El Liberal, de Bogotá, donde narra el notorio declive de su amiga: «Sus últimas crónicas no corresponden al prestigio que tuvo como poetisa, mostrando, tanto en sus escritos como en su manera de vestir y conducirse por la calle, una marcada desviación mental».

¡Ah, el olvido de los tiempos! ¡El olvido de los hombres! ¡Las ruinas de la vida! A la postre, el tránsito de la persona sobre el planeta puede quedar reducido a lo que dice Rosario Sansores en su canción, ésta sí imperecedera: a sombras. El olvido es el mayor ácido de la existencia humana. Hay indicios que conducen a pensar que aquella lejana poetisa del amor, por quien nadie da razón hoy en su  propia tierra, estuvo alguna vez medio deschavetada, y es posible que esto hubiera contribuido a opacar su gloria.

Revista Manizales, No. 712, mayo-junio/2001.

* * *

Comentario desde Cuba:

En conversación sobre escritores con una amiga mía, se hizo mención de Rosario Sansores. Le di a leer entonces la Revista Manizales No. 712 de mayo-junio 2001, en la cual aparece el valioso artículo de Gustavo Páez Escobar sobre ella. Me trajo entonces mi amiga este artículo aparecido en una revista de la cual fue arrancada la página, no pudiendo por tanto dar datos de dicha publicación ni de su fecha. Pero creo que nada importa esto para recordar a esa gran escritora que fue Rosario Sansores». Miguel Suárez García, desde Rodas, Cuba (Revista Manizales, No. 721. noviembre-diciembre/2002).

Por su parte, la directora de Revista Manizales anota lo siguiente: «Coincidiendo con este envío –que agradecemos inmensamente al amigo Miguel –, hemos encontrado en estos días algunas poesías de Rosario, casi desconocidas, y que vienen a complementar lo que ella nos cuenta en su dolorida página de recuerdos. Se publica la citada página desconocida, junto con los siguientes poemas: Mujer, Cansancio, El milagro, Soledad».

 

 

El valiente defensor de Sañudo

sábado, 11 de febrero de 2012 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Promovido por la Asociación Amistad y Mucho Más, se rinde en la Casa de España sentido homenaje al escritor Vicente Pérez Silva, como tributo a su extensa y brillante labor literaria. Infatigable trabajador de la cultura, la obra de este nariñense ha alcanzado alta ponderación por medio de sus numerosos libros, conferencias, ensayos e investigaciones históricas, jurídicas y literarias. Su apego a las tradiciones y a los valores de la patria lo inducen desde temprana edad a escudriñar el rastro de los sucesos más allá de las noticias ya conocidas, y de esta manera presenta en sus trabajos, con novedad, erudición y gracia, facetas ocultas que revelan otras verdades y así enriquecen la historia.

Su formación mental y su conducta ética le permiten mantener puntos de vista claros frente a criterios confusos o comportamientos movedizos. Esto sucedió con la firme actitud que asumió en 1972 ante la Academia Colombiana de Historia, de la que era miembro, cuando la entidad le negó el uso de la palabra para leer un ensayo sobre José Rafael Sañudo, autor de los controvertidos Estudios sobre la vida de Bolívar.

Era inadmisible que por el hecho de presentar al Bolívar humano, con los errores propios de la débil naturaleza –muy diferente al héroe glorificado en la mayoría de los textos–, Sañudo fuera lanzado a las tinieblas exteriores al pretender alguien exaltar su memoria en los cien años de su natalicio. Y medio siglo después de publicado el libro polémico, digno de toda consideración.

En vista de lo cual, el académico silenciado se retiró de la entidad con su enérgica protesta por este veto a la libertad de pensamiento. Años después fue postulado para la Academia Colombiana de la Lengua, y uno de sus futuros colegas se opuso al ingreso con el argumento de que era hombre conflictivo, teniendo en cuenta su renuncia a la otra institución.

Que yo sepa, es la única persona que ha renunciado a una academia (honor que se considera irrenunciable), lo que señala, en el caso aquí rememorado, una muestra de dignidad y carácter. Años más tarde, tales hechos fueron divulgados por el escritor en el folleto Yo fui el benjamín de una academia.

Como investigador del Instituto Caro y Cuervo, Pérez Silva ha adelantado varios trabajos de rigor académico. En su amplia bibliografía se destacan títulos como Sonetos para Cristo, Memorias de Florentino González, Un nariñense en la Trapa, Anécdotas de la historia colombiana, Raíces históricas de La Vorágine, Dionisia de Mosquera: amazona de la crueldad, La picaresca judicial en Colombia. Su último libro se denomina Este… Encarnación de una curiosa y sonora antología, y en él recoge una serie de sonetos clásicos que comienzan con la palabra «Este», o la acentúan en sus estrofas, como el de Jorge Rojas: «Este es el cielo de azulada altura»…

Trabaja siempre en varios libros a la vez, los que va ampliando con nuevos hallazgos. Dado a la minucia y el dato curioso, anota en su libreta de apuntes cuanto indicio descubre para investigar aspectos ignorados y novedosos, que más tarde aparecerán como verdades sorprendentes. Cuando yo residía en Armenia, me solicitó el envío de una foto de la estatua de Bolívar y copia de algún discurso importante pronunciado allí sobre el prócer, para el libro que busca divulgar la presencia del Libertador en distintas plazas del país y que llevará por título Bolívar en el bronce y la elocuencia. Otro proyecto aplazado es el de una selección de poemas eróticos, iniciada hace largos años. Cuando le pregunto por estas obras inéditas, me dice que los editores se han hecho de rogar.

En 1979 prestó su asesoría a la Asociación de Amigos de Sogamoso para el rescate de la novela del escritor sogamoseño Temístocles Abella Mendoza, publicada por entregas en El Mosaico, en 1864, con el rótulo Los tres Pedros en la red de Inés de Hinojosa. Deliciosa rareza bibliográfica sobre la pasión femenina que hizo estremecer la vida recoleta de la ciudad de Tunja en tiempos de la Colonia.

Otro feliz suceso editorial es el Código del amor, libro pequeñito y parecido a un devocionario, de autor anónimo, publicado en París en el siglo XIX, que el perseguidor de joyas literarias había leído en su época de estudiante y vino a recobrar en preciosa edición en 1999.

En una Feria del Libro denunció, por medio del folleto Ventura y desventura de un educador, el hurto literario que hace 70 años hizo Evangelista Quintana, considerado el autor de la célebre cartilla La alegría de leer, al maestro de escuela Manuel Agustín Ordóñez, oriundo de Nariño. Los documentos presentados por Pérez Silva no dejan duda sobre el delito, y con base en ellos habrá que revaluar la figura del verdadero autor de la obra.

La sobresaliente carrera literaria de nuestro distinguido amigo lo ha hecho acreedor a notables galardones, como el Premio Dante Alighieri, la Orden de la Fraternidad Comunera y el Diploma de Honor conferido por el Ateneo de Caracas, a los que se suma el justo reconocimiento que le otorga hoy la Asociación Amistad y Mucho Más, benemérita entidad que estima, con excelente criterio, que los honores hay que tributarlos en vida, porque los muertos no los necesitan.

El pensamiento del valiente defensor de Sañudo es un venero de ingenio y creatividad, dones que unidos a su vasta erudición y sus férreas disciplinas le aportan a la cultura colombiana una obra valiosa, de indudable permanencia en el tiempo.

El Espectador, Bogotá, 29-VIII-2002.

Centenario de Pardo García

sábado, 11 de febrero de 2012 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Hace cien años, el 19 de julio de 1902, nacía en Ibagué Germán Pardo García, llamado poeta del cosmos por el contenido universal de su poesía, y también poeta de la angustia, por el dolor que agobió su existencia. Su nacimiento en Ibagué fue una circunstancia accidental, y él habría de considerar a Choachí su verdadera patria, según lo proclamó en diversas ocasiones, y sobre todo en el libro Los ángeles de vidrio.

A la muerte de su madre, el pequeño, apenas de cuatro años, fue trasladado a un predio que su padre poseía en El Verjón, páramo situado en cercanías de Choachí. A Ibagué sólo vino a conocerla en 1928 y nunca más regresó.

Presa de la soledad a tan corta edad, el abandono y el miedo invadieron sus primeros años y marcaron su temperamento afligido, que muchas veces llegaría a los lindes de la neurosis y la locura. El rostro lóbrego del páramo, que veía surgir por todas partes y a toda hora, sin manera de evitarlo ni entenderlo, junto con la falta de cariño y protección que rodeó su niñez y su juventud, fueron signos determinantes para que su alma quedara dominada para siempre por las huellas de esa experiencia devastadora. Nunca pudo quitarse de los ojos ni del espíritu esa imagen fantasmal. Movido por ella elaboró su obra maestra, una de las más portentosas que se hayan escrito sobre la angustia del ser humano.

Desde muy joven, y ya residente en Bogotá, se revela su vocación poética. Sus primeras composiciones las escribe a los diez años. Más tarde se compenetra con la sombra de José Asunción Silva, el bardo suicida, y se vuelve lector voraz de los poetas alemanes. Sus primeros versos los recoge en los cuadernillos La tarde y El árbol del alba, y luego los traslada a Voluntad (1930), considerado su primer libro. De ahí en adelante su producción será constante, hasta completar, con Últimas odas (1988), más de cuarenta volúmenes.

En febrero de 1931 viaja a Méjico atraído por la figura de Carlos Pellicer, que ha estado en Bogotá como agregado cultural de su país, y allí se queda. A Colombia viene sólo por breves temporadas, y el dolor de patria nunca lo abandona. Méjico lo acoge con demostraciones de admiración, y en dicho país fabrica la mayor parte de su creación literaria. Obra que se expresa con el sentimiento místico de sus primeros versos. Más tarde se traslada a los temas eternos del hombre y al final incursiona en los terrenos de la ciencia, la guerra y el cataclismo universal. Su nombre vuela por todo el continente con los mayores ribetes de grandeza lírica.

Nivel, revista literaria que funda en 1959 y que tendrá una vida de treinta años, sostenida con su propio peculio, se convierte en tribuna de la cultura latinoamericana. Tribuna abierta a todas las expresiones del arte, en ella ven sus primeras luces editoriales grandes figuras de las letras. La mano derecha de esta publicación es el colombiano Aristomeno Porras, el ángel tutelar del poeta, que velará por su maestro hasta que éste fallece a la edad de 89 años, el 23 de agosto de 1991.

Grande entre los grandes poetas de América, este hijo del páramo describió la tragedia del hombre entre las nieblas de su propio dolor, esculpidas con el buril de la belleza. Hoy recuerdo al poeta con emoción y afecto, todavía bajo los efectos producidos por su figura refulgente y magnánima, cuando tres años antes de su muerte lo visité en Ciudad de Méjico. Después publicaría Biografía de una angustia, donde pinto el drama de su existencia atormentada, libro que entregué al museo que Choachí erigió para honrar su memoria, y en el cual dejé la siguiente anotación, que reproduzco aquí para conmemorar los cien años de su natalicio:

«Maestro Germán Pardo García: este es el libro que le ofrecí y que ha debido salir en las postrimerías de su angustiada vida terrenal. Pero como su vida poética es eterna, aquí queda mi obra como mensaje perenne para las futuras generaciones, que deposito en la casa de cultura de Choachí, su pueblo, para que los ángeles de vidrio la protejan entre las brisas del páramo. Aquí también seguirán vivas sus palabras: Paz y esperanza«.

El Espectador, Bogotá, 11-VII-2002.

Usiacurí y el poeta

sábado, 11 de febrero de 2012 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

En el programa ¿Quién quiere ser millonario?, Paulo Laserna, su director, formuló la siguiente pregunta: «¿Dónde queda la casa, ahora museo, donde murió el poeta Julio Flórez?». Entre los cinco municipios que el mismo programa ofrecía, el concursante escogió la ciudad de Barranquilla, respuesta que se dio por acertada, y así se otorgó uno de los premios millonarios. En cambio, entre esas opciones no aparecía Usiacurí, situado a 38 kilómetros de Barranquilla, donde en realidad falleció el poeta, el 7 de febrero de 1923.

Me imagino que si los vecinos del municipio escucharon el programa, como sin duda ocurrió, deben estar protestando por semejante error que les desconoce nada menos que el principal motivo de atracción turística. Por eso, y en honor a la verdad histórica, esta columna reclama el premio mal concedido, el que de una vez cede a la casa-museo que honra la memoria del más querido poeta popular que ha tenido Colombia. Parece que en este caso la dimensión de Barranquilla opacó la brevedad de Usiacurí. Sin embargo, el laurel literario reposa en el pequeño municipio, donde hace 79 años fue coronado Julio Flórez como poeta nacional, y no hay razón para que de allí desaparezca por culpa de una programadora mal informada.

Doctor Laserna: para abundar en motivos que respaldan mi justa petición (como diría un abogado pleiteador), voy a citar respetables fuentes que avalan mi aseveración. Todo sea en beneficio del olvidado y pintoresco pueblito de Usiacurí. Entre esos textos están El lector boyacense, publicado en 1980 por la Universidad Pedagógica y Tecnológica de Colombia, con notas certeras del insigne académico e historiador Vicente Landínez Castro, y Diccionario de escritores colombianos, de Luis María Sánchez López, obra que mantiene actualizadas las fichas históricas de los numerosos quijotes de las letras (a uno de los cuales se le ocurrió irse a morir a Usiacurí).

Usted, por fortuna, doctor Laserna, en buena hora se ha acordado de él en su aplaudido programa dominical –muy ameno e ilustrativo–, y a mí me ha dado la ocasión de escarbar en la tumba de mi ilustre paisano boyacense.

La obra Municipios colombianos, publicada por el Senado de la República, dice lo siguiente en el registro de Usiacurí: «En la población atlanticense murió uno de los grandes poetas colombianos, Julio Flórez, afectado por un cáncer en el rostro que lo obligó a radicarse en el pueblo para aprovechar las aguas medicinales que gozaban de gran fama».

El padre Manuel Briceño Jáuregui, expresidente de la Academia Colombiana de la Lengua, manifiesta en un ensayo sobre el poeta: «Nace en Chiquinquirá. A los 56 años, veinticuatro días después de su coronación como bardo nacional, muere cerca del mar Atlántico, en Usiacurí». En la obra Forjadores de Colombia contemporánea, de Planeta, se lee lo siguiente: «El 14 de enero de 1923 fue coronado como poeta nacional en Usiacurí, pueblo al que se había retirado (…) El 7 de febrero de 1923 murió en Usiacurí».

Queda claro que Julio Flórez no murió en Barranquilla, y creo que muy pocas veces iba por allá. Hace pocos años organizó la Academia Boyacense de Historia una excursión al lejano municipio, en la que se rindió homenaje al bardo en la casa donde falleció, convertida hoy en museo, la misma que el programa televisivo ha trasladado a la capital del departamento.

Aparte del propósito de curarse el cáncer de piel en las aguas medicinales, Julio Flórez se refugió en Usiacurí debido a su desengaño del mundo y sus vanidades. Allí, en medio de la naturaleza virgen y cubierto por el anonimato, pasó los últimos quince años de su vida dedicado a menudos quehaceres agrícolas. Su inclinación a la desolación y las sombras, tan marcada en su poesía, quedó reflejada en este asilo estratégico.

El nombre de la población procede del cacique Curí (la Costa siempre ha sido tierra de caciques), que dominaba la región a la llegada de los españoles. En 1566 el pueblo fue dado en encomienda a Alonso de Montalvo, y el 23 de octubre de 1856 se erigió en municipio. Con cerca de 8.000 habitantes, 28 grados de temperatura y una esforzada labor agrícola y artesanal, Usiacurí, por pequeño que sea, tiene su gran historia: se la debe a Julio Flórez, el último de los poetas románticos de Colombia, bohemio y trasnochador en las calles bogotanas, fundador de la Gruta Simbólica, y que con su alma sensible y sus versos estremecidos tocó las fibras más íntimas del sentimiento popular.

El Espectador, Bogotá, 20-VI-2002.
Revista Manizales, No. 722, enero-febrero/2003.