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Entradas Etiquetadas ‘Temas literarios’

Ernest Hemingway

jueves, 10 de octubre de 2013 Comments off

Gustavo Páez Escobar

Nació el 21 de julio de 1899 en Oak Park, estado de Illinois, y murió el 2 de julio de 1961, en Ketchum, Idaho. Su extracción burguesa no influye, sin embargo, en su desempeño vital, que conoce días de pobreza y limitaciones. Vida intensa la suya, movida por la aventura, el oficio periodístico y la creatividad literaria. La guerra le deja una marca en el cuerpo y en el alma, y esto se manifiesta en varios de sus libros.

El poco afecto que siente por su madre se traducirá en su conducta despreciativa hacia las mujeres. En sus novelas aparecen dos prototipos femeninos entremezclados: uno, la mujer fuerte, la devoradora de hombres, y otro, la mujer sumisa y explotada por el hombre.

El trauma causado por la guerra lo conduce a ejecutar acciones osadas, a veces rayanas en lo heroico, como terapia contra el miedo que siempre lo acompañará. Miedo que no logra dominar y que cada vez se acrecienta más, hasta llevarlo al suicidio. Fue un ser angustiado, inseguro, con delirio de persecución, y que por eso mismo se refugiaba en la soledad. En medio de todos estos conflictos escribió sus grandes obras, en las que se reflejan los estados de su alma.

Entre 1921 y 1926 vive en París, con su primera esposa Hadley Richardson, la época más feliz de su existencia. Época de enorme pobreza y suma felicidad. París lo marca. Allí arranca su quehacer literario junto a una pléyade de escritores en ciernes, casi anónimos, afectados por la guerra, que constituyen la generación perdida, generación de bohemia, agitación intelectual y aventura mundana. Estos recuerdos quedan recogidos en su obra póstuma París era una fiesta, publicada en Estados Unidos en 1964 (tres años después de su muerte).

Su estilo literario es conciso, directo, expresivo, donde abundan las imágenes exactas, impactantes, sin rodeos, que cautivan a los lectores. La fuerza sicológica de sus personajes, que nace de su propio mundo interior, se acentúa, sobre todo, en Adiós a las armas, Fiesta brava, Muerte en la tarde, El viejo y el mar.

El Premio Nóbel, que le fue otorgado en 1954, no hace sino refrendar la valía de una de las grandes personalidades de la literatura universal.

Bogotá, 18-I-2012

Las cenizas de Calarcá, y otras cenizas

lunes, 7 de octubre de 2013 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

En enero de 1977, cuando yo residía en Armenia, escribí en El Espectador el artículo titulado Ladrillos de cultura, en el que registraba la inauguración de la Casa de la Cultura de Calarcá, que tuvo su ejecución con auxilios nacionales conseguidos por la parlamentaria Lucelly García de Montoya, gobernadora del Quindío en aquellos días. Se trataba de una construcción gigante que se situaría entre las mejores casas de cultura del país.

En 1990, el poeta Javier Huérfano trasladó allí, desde la capital del país, los restos de Luis Vidales. Ambos poetas son oriundos de Calarcá. Huérfano, que se formó bajo la tutela de Vidales hasta coronar destacada carrera literaria, se encargó de preservar la memoria de su maestro con diferentes expresiones, como la creación de una biblioteca pública en el barrio bogotano donde residía el discípulo.

Luis Vidales, que con Suenan timbres (1926) revolucionó la poesía colombiana, expresó a sus hijos, poco tiempo antes de morir, el deseo de que sus restos fueran llevados a Calarcá. A la muerte de Huérfano en el 2010, sugerí que sus cenizas fueran también trasladadas a la misma casa cultural, para que reposaran al lado de las de su maestro. Se escribiría así una leyenda en el alma de la poesía calarqueña. Y recomendé que la urna cineraria se situara en sitio discreto para no convertir la entidad en un cementerio.

Un año después, el escritor Hugo Hernán Aparicio Reyes notó que había un movimiento de las cenizas, como si estas tuvieran pies. En efecto, se estaban reubicando las urnas. Y escribió en La Crónica del Quindío la columna titulada ¡Carajo, todo el mundo a descubrirse! (las mismas palabras pronunciadas por Luis Tejada en el Café Windsor de Bogotá al descubrir a Luis Vidales, el niño terrible –l’enfant terrible– de la generación de Los Nuevos, como el gran poeta que llegaría a ser).

La llegada de las cenizas de Lucelly García de Montoya, la fundadora de la Casa de la Cultura (que lleva su nombre), determinó una especie de orden jerárquico para los restos mortales allí situados, mediante el cual la política pasaba al primer puesto, y los poetas, al segundo. Dice la nota de Aparicio: “Las losas con sus nombres y algún verso quedaron de cara al muro donde solo prolijos visitantes podrían leerlas”.

La noticia voló hasta Suecia, donde reside el hijo del poeta, Carlos Vidales, profesor jubilado de la Universidad de Estocolmo, que ha manifestado lo siguiente: “Lo que me impresiona no es que quiten esos restos de ahí o que los pongan en un sitio de menor cuantía: no es la calidad del sitio lo que honra o deshonra unos restos mortales, son los restos mortales los que honran o deshonran, según el caso, los sitios donde reposan. Creo que los honores póstumos no enaltecen al muerto, sino engordan al vivo que los organiza y promueve”.

Y agrega: “Si se nos diera el privilegio de opinar al respecto, preferiríamos que sus cenizas (las de Vidales) se confundieran con la tierra calarqueña en lugar de estar prisioneras en una urna. Y, desde luego, no nos gustaría que se las utilizara para librar disputas por sitios de honor con las cenizas de otros muertos”.

El debate está formado, y de él se ha ocupado el espacio virtual NTC, de Cali. También ha terciado en el caso Carlos A. Villegas, exsecretario de Cultura del Quindío, hoy residente en Texas, que revive una idea de su autoría, para la que elaboró incluso el boceto: la construcción del Parque Nacional de los Poetas en tierra quindiana, proyecto que incluye museo de exposiciones sobre la literatura colombina, parque de los poetas muertos, en medio de gualandayes florecidos, sitios de lectura y escucha y escenarios para recitales y conciertos.

“Colombia sigue en deuda con Vidales –dice Villegas, también oriundo de Calarcá– y parece que la indolencia local no entiende la dimensión de este creador de cultura iberoamericana”.

Los sucesos aquí mencionados llevan a pensar en el poco sosiego que tienen los despojos de algunos personajes ilustres. Los mortales no los dejan descansar en paz. ¿Habrá algo más poético –ya que de poesía hablamos– que esparcir las cenizas en el aire o en el agua?

Me vienen a la memoria los siguientes casos. Tulio Bayer pidió a su esposa que sus huesos fueran arrojados por los Pirineos como acto supremo de libertad. Las cenizas de Manuel Zapata Olivella fueron tiradas al Sinú, el río tutelar de su tierra, a fin de que las aguas proletarias se encargaran de llevar sus restos hasta el África, de donde provienen sus orígenes. Juan Castillo Muñoz dispuso que sus cenizas se esparcieran por el Salto de Pómeca, en Moniquirá, hermosa cascada que tiene 17 metros y cae en un pozo cristalino donde se mezcla el esplendor del paisaje con el misterio de los símbolos indígenas de Boyacá.

El Espectador, Bogotá, 27-I-2012.
Eje 21, Manizales, 27-I-2012.
La Crónica del Quindío, 28-I y 4-II-2012.

*  *  *

Comentarios:

Me ha sorprendido de forma muy grata la amable mención a la memoria de mi padre, Juan Castillo Muñoz, y a su deseo de ver esparcidas sus cenizas en el Salto del Pómeca, lo que hicimos. Gracias por el recuerdo, y por mantener vivo en las letras un ejemplo que nos guía Fabio Castillo.

Este excelente y dolido artículo me trajo a la mente aquella estrofita de mi poema Romance de mi salvación: Amada, cuando yo muera / no dejes que mis amigos / me oculten bajo la tierra. / Que hecho polvo a ti me entreguen / en una caja pequeña. / ¿Recuerdas el monte santo / donde te di el primer beso? / Allí, destapa la caja / y échame a los cuatro vientos. Jaime Hoyos, poeta, Bogotá.

Que cada cual se muera donde quiera y lo entierren donde quiera. Yo pediría poéticamente como Baudilio Montoya: Dame un árbol,  amada, cuando muera, que me acompañe en mi reposo eterno, un sauce fiel que se levante grave señalando la paz de mi silencio. Quiero verlo avanzar desde mi sombra, lo quiero contemplar desde mi sueño. Un día sus raíces blandamente hundiéndose en el suelo horadarán el cedro de mi caja, buscando las cenizas de mis huesos. Por su tronco, tatuado todo por los años, cicatrizado todo por el tiempo, ascenderá mi espíritu anheloso a contemplar la placidez del huerto. Mi savia en él será regalo tempranero que mecerá la vesperal caricia de la mano romántica del viento… (transcribo de memoria). Pero en la práctica: Después de muerto poco importa ya dónde queden los restos. Eso dejémoselo a los románticos que escriben poesía cuando todavía están vivos. Carlos A. Villegas, Texas.

Tercio a favor de esparcir las cenizas. No son sino los restos de la envoltura física. Creo que  nuestro verdadero ser permanece para siempre. Solo cambiamos de dimensión energética. Todo es vida, en permanente  transformación. Elvira Lozano Torres, Tunja.

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Fiesta literaria en Calarcá

sábado, 11 de febrero de 2012 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Del 11 al 14 de agosto tendrá lugar en Calarcá el tradicional Encuentro Nacional de Escritores Luis Vidales, creado por acuerdo municipal de Calarcá del año 2007, y que cuenta con el apoyo de la Gobernación del Quindío, el Ministerio de Cultura, la Universidad del Quindío, el diario La Crónica del Quindío, el Museo del Oro Quimbaya, la Academia de Historia del Quindío y empresas privadas como Café Sorrento y Multipropósito de Calarcá.

Estos encuentros se han ocupado de los siguientes temas en los años que llevan de existencia: novela breve (2008), novela histórica (2009), cuento (2010), literatura y periodismo (2011). Junto con los escritores de la región hacen presencia en Calarcá destacadas figuras de las letras y el periodismo nacionales, quienes durante los cuatro días de la reunión participarán en conferencias, charlas, talleres, presentación de libros y otros actos de tipo cultural. Los participantes en los diferentes ciclos se calculan en 4.000 personas.

La idea central que concibieron los fundadores del evento fue la de propiciar un proceso cultural y educativo que se extienda a la población estudiantil y al público en general, bajo los postulados de las letras y el arte como motores del desarrollo personal y el progreso de la región. Hacia dicho propósito se dirige –casi desde el momento en que concluye el encuentro en curso– la organización del año siguiente. Desde ahora, ya está previsto el tema provisional para el 2012: literatura, amor y erotismo.

Los municipios de Circasia, Génova y Caicedonia (perteneciente este al Valle y que tiene gran afinidad con el Quindío) fueron escogidos este año como invitados de honor de los actos culturales. En general, el cubrimiento abarca a toda la región. La ocasión se presta para difundir la imagen del Quindío como zona generadora de turismo cultural en el ámbito nacional, coincidiendo con la temporada de vacaciones de mitad de año.

Dignos de ponderación son el entusiasmo, el empeño y el esfuerzo con que los miembros del comité organizador se dedican, con meses de anticipación, a mover todos los engranajes (entre ellos, el económico) para que las cosas funcionen. Ellos se mueven bajo las pautas trazadas por la Fundación Torre de Palabras, entidad que promueve la lectura, la escritura creativa y la literatura en el Quindío, y es la encargada de organizar los encuentros de escritores.

En realidad, la actividad cultural comienza desde el 7 de abril, y llega hasta el 7 de agosto, con el ciclo pedagógico al que se ha dado el nombre de Suenan crónicas (en referencia a Suenan timbres, título del libro mayor de Luis Vidales, hijo dilecto de Calarcá, en cuyo honor se realiza el evento). Este ciclo consiste en la ejecución de talleres en las instituciones educativas públicas y en la Casa de la Cultura de Calarcá, que lleva el nombre de su gestora, la gobernadora y parlamentaria Lucelly García de Montoya, muerta hace varios años.

Viene luego el ciclo audiovisual durante los días 4, 5 y 6 de agosto en el teatro Yarí de Calarcá (sitio emblemático de la ciudad), programación que permite, por medio de charlas, talleres y presentación de documentales, un debate amplio sobre la relación que existe entre la literatura y las artes de la televisión y el cine.

Calarcá ha sido tierra de escritores y poetas. La efervescencia cultural que se vive en estos días no hace sino refrendar esa vocación por las causas del espíritu que viene desde días remotos, legada por una pléyade de figuras ilustres en diversos campos del arte, y que ahora se agita con nuevos bríos bajo las banderas de las juventudes actuales.

El Espectador, Bogotá, 3-VIII-2011.
Eje 21, Manizales, 4-VIII-2011.
La Crónica del Quindío, Armenia, 6-VIII-2011.

Crónicas quindianas

sábado, 11 de febrero de 2012 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Después de mi regreso de Armenia a la ciudad de Bogotá, que cumple 28 años, han surgido diferentes figuras en el campo de las letras quindianas, que poco a poco he venido asimilando a través de los libros que me llegan de la región. Una de esas figuras es Libaniel Marulanda Velásquez, natural de Calarcá, quien a través de perseverante labor ha ganado sólido prestigio en los géneros del cuento y la crónica. Por otra parte, es gran aficionado a la música y como compositor ha escrito numerosas canciones que le dan renombre en el repertorio quindiano.

Esta combinación de las letras y la música resulta en verdad fascinante para el creador imaginativo que es Libaniel Marulanda, y que vive en función del arte para ennoblecer y dulcificar la existencia. El año pasado publicó el libro que lleva por título Crónicas quindianas, compuesto por 36 trabajos de grato sabor sobre personajes de la región salidos de diferentes actividades y capas sociales, que dibujan una semblanza de la tierra cafetera. A través de la gente se retrata el alma de los pueblos, y esto es lo que hace Libaniel Marulanda con estos prototipos de la sociedad, situados sobre todo en los municipios de Armenia y Calarcá.

Prosas ágiles y atractivas las suyas, que cumplen con el requisito de la esmerada factura gramatical y el buen estilo. Ellas tienen la virtud de rescatar con gracia y penetración sicológica episodios memorables movidos por protagonistas singulares. Por estas páginas desfila gente de las letras, la radio, la música, el periodismo, la ciencia o la política, y también seres comunes que han dejado rastros perdurables en el proceso histórico de la comarca. Sin embargo, solo el ojo avizor del buen escritor –oficio que Libaniel Marulanda cumple a cabalidad– logra salvar del olvido o la abulia estos capítulos dignos de pasar a la historia.

Cumple el autor con la tarea de convertirse en historiador del tiempo. Esa es la misión y el compromiso del escritor. En este caso, no solo están las amenas crónicas perfiladas al paso de los días (y varias de ellas publicadas como trabajos periodísticos en La Crónica del Quindío), sino los atinados cuentos donde recupera, a través de lo que puede llamarse la ficción histórica, perfiles memorables de la vida parroquial. El cuento es, o debe ser, recurso inapreciable que, partiendo de la microhistoria, puede convertirse en eslabón para plasmar la historia de los pueblos.

Cronista y cuentista se entrelazan aquí para trasladar a otras generaciones lo que ha acontecido en el Quindío en la segunda parte del siglo XX y comienzos del XXI. Los lectores del mañana encontrarán en estas Crónicas quindianas, lo mismo que en la obra Al son que me canten cuento (para solo referirme a los dos últimos libros de Libaniel Marulanda) perfiles agudos sobre personas destacadas o actores pintorescos de la región.

El volumen de crónicas adquiere mayor notoriedad con la serie de caricaturas que adornan cada uno de los capítulos de la obra. Rasgos que aparte de definir al personaje en forma precisa –casi como si se tratara de una foto al natural– ofrecen novedosos enfoques sobre ciertas señales externas que se convierten en distintivos personales de la gente reseñada. Observo que en Calarcá existe una magnífica escuela de comunicación gráfica –Taller Dos– de la que hacen parte Jairo Álvarez, Carlos Cardona, Iván Felipe Gutiérrez y Felissa Baena, plumas maestras que le dan  realce a las crónicas del escritor.

Y al libro se le ha puesto música. Es la música, a ritmo de acordeón, que el cronista Marulanda lleva en el alma para ambientar los paisajes externos e interiores de sus personajes. Todo está  concatenado en forma admirable para forjar este exquisito libro sobre el menudo o gran acontecer quindiano, que vivimos todos los días y en las más variadas circunstancias, y no siempre sabemos apreciar.

Bogotá, 28-VII-2011

Honores al novelista de Tuluá

sábado, 11 de febrero de 2012 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Gustavo Álvarez Gardeazábal está en la edad de recibir honores. Su obra consta de veinte libros y más de mil artículos de prensa o ensayos. El género que más lo distingue es el de la novela, en el que ha publicado trece títulos.

A los 65 años de edad y a los 40 de la publicación de Cóndores no entierran todos los días –su novela más destacada–, la Universidad del Valle le otorga el doctorado honoris causa en Literatura que le será entregado el 14 de mayo en el salón Rentería del Hotel Guadalajara de Buga.

Antes de dicho evento, la misma Universidad del Valle organizó en su sede de Buga un coloquio sobre los 40 años de Cóndores, con presencia del autor. Este, por otra parte, ha recibido en su finca El Porce a estudiantes de las universidades Javeriana y Católica para intercambiar puntos de vista sobre su obra cumbre. Si León María Lozano, jefe de los “pájaros” y el cóndor mayor de la violencia en el Valle, estuviera vivo, se sentiría honrado con que alrededor de su memoria se realizaran estos actos académicos.

Pensará León María, en su hondísima tumba (si es que todavía existe), que él no nació para los alamares de su paisano el escritor, sino para ser matón en la violencia tenebrosa de los años 50, pero aun así se sentirá grato con quien se ha encargado de perpetuar su nombre siniestro en el recuerdo de las futuras generaciones.

Además, la Editorial Grijalbo publicará dicha novela en edición de lujo y con patrocinio de Compensar, Comfenalco Valle, Interaseo y Electra. Que no será superior –pienso yo– a la bella publicación que poseo de Ediciones Destino (Barcelona) con la que se divulgaba esta obra ganadora, en 1971, del Premio Manacor, hecho que llevó al novelista, que apenas contaba 25 años, a las cimas de la fama.

En esta serie de homenajes a Álvarez Gardeazábal se suma el de la Editorial Panamericana, que le reeditará El bazar de los idiotas, y el de la Universidad del Valle, que hará lo mismo con La tara del Papa. Obras que desde ya despiertan el interés de los asistentes a la Feria Internacional del Libro que está próxima a abrir sus puertas en Bogotá.

Con toda razón mi ilustre amigo, a quien el mundo se le vino encima con esta profusión de agasajos, me escribe lo siguiente: “Aunque cuando lleguen esos homenajes uno comienza a oler a gladiolo, aspiro a sobrevivir a tanto honor”. Claro que pasará la prueba de esta que pudiera llamarse una encerrona de la fama. Son de esos sucesos laudatorios en la vida del escritor de renombre que este no puede rehusar, ya que es autor de su propio destino en el camino que escogió de las letras, que ya no puede abandonar por más que quisiera.

Con este bagaje literario, Álvarez Gardeazábal ha llegado no tanto a la que algunos llaman con eufemismo la edad dorada (sinónimo de vejez), sino a la cumbre de su obra combativa y valiosa. Cóndores es fiel retrato de la violencia colombiana en aquellos años nefastos y como tal se encuentra unida a este memorable proceso histórico. Todas sus novelas son de denuncia y contienen aguda certeza para combatir a los gamonales de los pueblos y desenmascarar las taras sociales o los excesos religiosos. Bien se merece el novelista estos reconocimientos que por lo pronto lo desquician, pero que habrán de fortalecer su espíritu luchador y creativo para nuevas realizaciones.

* * *

Un esquivo honoris causa. Este caso me hace recordar el honor que hace ya largo tiempo me otorgó el rector de la Universidad del Quindío al anunciarme que me había sido conferido el mismo título que ostentará mi tocayo: doctor honoris causa en Literatura. Muerto de la pena, le rogué que me dispensara de aceptar la distinción debido a los nexos estrechos que mantenía con la Universidad como gerente del Banco Popular. Era cuestión de ética en mi ejercicio bancario. El rector me entendió. Y yo casi soy doctor.

Eje 21, Manizales, 16-IV-2011.
La Crónica del Quindío, Armenia, 16-IV-2011.
El Espectador, Bogotá, 17-IV-2011.

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Comentarios:

La bellísima nota que has escrito sobre mi jubileo me abruma como a niñito de escuela recibiendo medallas y felicitaciones. Gardeazábal, Tuluá.

Cóndores es una de esas lecturas que impactan y que  por ello permanece incólume su recuerdo, con mayor razón cuando a nuestra generación le correspondió vivir esa violencia de la nefasta década de los años 50 y el estertor  de los 40. Los merecidos homenajes que recibirá el maestro Gardeazábal son consecuencia de una vida dedicada a su arte literario, que impregna de ese valor civil que se destaca en su personalidad, de  hombre franco y valeroso. Gustavo Valencia G., Armenia.

Qué bueno ese doctorado honoris causa para GAG, y qué buena tu crónica. Rescato sobre todo de ella la escueta y preñada narración de por qué no eres tú también doctor honoris causa, qué concepto tan ético de la vida el que ahí se revela. Te cuento que yo pasé por una experiencia no homologable, pero sí parecida, en el 2006, estando de vacaciones en mi ciudad natal. Te copio los dos fragmentos de mi diario que relatan el hecho. Ricardo Bada, Colonia (Alemania).