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Los dilemas de Fortul

sábado, 11 de febrero de 2012 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Antes del secuestro de Nhora Valentina Muñoz, de 10 años de edad e hija del alcalde de Fortul, pocos colombianos tenían conocimiento de esta población de Arauca. El impacto de la noticia llevó la mirada del país hacia aquella lejana región que se sintió conmovida por el secuestro de esta inocente criatura que entra a engrosar la lista de menores de edad secuestrados.

Según País Libre, este año han sido plagiados 24 niños. Entre 2007 y 2011, el número se eleva a 212. En Arauca se han presentado 5 casos. La ‘industria’ del secuestro, en general, involucra a las Farc, al Eln, a los paramilitares, a las bandas criminales y a la delincuencia común. No siempre se logra identificar la cabeza de la organización que comete el delito, entre otras cosas porque en ocasiones la tarea la ejecutan entre varias de ellas.

Esto es lo que sucede en Fortul, donde tanto las Farc como el Eln se declaran ajenos al hecho, mientras el Comité Internacional de la Cruz Roja se abstiene de revelar con qué grupo armado se entendió para la entrega de la menor. El país tiene derecho a saber las circunstancias que rodearon este episodio macabro que vulnera el derecho a la vida. Ocultando la verdad, así sea con el sentido de prudencia que esgrime la Cruz Roja, se maltrata otro derecho ciudadano: el de la información.

Cada día que pasa desde el rescate de Nhora Valentina se enreda más el ovillo sobre la oscuridad que existe acerca de lo que en realidad ha ocurrido. Este enredijo de dudas, de suspicacias y versiones encontradas debe despejarse cuanto antes. No está claro si en el hecho participaron funcionarios de la administración local, y si el propósito iba dirigido contra el alcalde por algún acto de su gobierno.

Por la información que condujera al rescate de la menor se ofreció, en principio, la suma de 100 millones de pesos, y días después se aumentó la cifra a 150 millones. La intención de la recompensa es sana, dados los efectos que produce. Pero es inequitativa si se tiene en cuenta que en los numerosos casos restantes no existió esa oferta económica, ni se vio el despliegue de la fuerza pública que obtuvo el capítulo de Fortul. La acción mediática contribuyó a la discriminación, que es injusta, cuando todos los niños son colombianos.

El hoy conocido municipio de Fortul era, hace medio siglo, lugar perdido en la espesura selvática de Arauca. Por allí transitaban, entre Colombia y Venezuela, y viceversa, comerciantes, ganaderos y buscadores de fortuna que tomaban el río Arauca como medio de locomoción. Hacia 1944 se construyó  una pista de aterrizaje en donde desembarcaban las tropas que iban a combatir a Guadalupe Salcedo. En 1948 se estableció la base militar y se amplió la pista. En 1969 se realizó el primer trazado del pueblo, y un año después nacía la inspección de policía. En 1990 quedó erigido como municipio (el séptimo del departamento de Arauca).

Dista 85 kilómetros de la capital. Es un importante centro agrícola y ganadero. Rico, además, por las regalías petroleras. Su clima medio es de 27 grados, y según el censo del 2005, tiene 21.851 habitantes. Así nació este floreciente lugar que atrae la codicia de los buscadores de fortuna de la época actual, que han tocado en las puertas y en la sensibilidad del alcalde de la población.

La noticia buena es que la niña volvió a la libertad y a la vida. Lo hizo sonriente y festiva, a pesar de los 19 días de cautiverio. Se le define como una niña risueña, excelente estudiante, hiperactiva. Y como don autóctono, buena bailadora de joropo. Quizá estas virtudes le hayan permitido superar el trauma que supone la privación de la libertad y de sus juegos infantiles. ¡Larga y venturosa vida, Nhora Valentina! Y un futuro más despejado para Fortul. Y para Colombia entera.

El Espectador, Bogotá, 20-X-2011.
Eje 21, Manizales, 21-X-2011.
La Crónica del Quindío, Armenia, 22-X-2011.

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Percepción de inseguridad

sábado, 11 de febrero de 2012 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Es inocultable la ola de inseguridad nacional que se ha acentuado en los últimos meses. No solo se trata de los hechos violentos sucedidos en varias poblaciones del Cauca, donde las Farc buscan afianzar su poder, sino de diversas perturbaciones presentadas en otros lugares del país.

Donde más se ha recrudecido la violencia en los últimos días ha sido en pueblos neurálgicos del Cauca, en los que por su densa vegetación se facilita el ataque sorpresivo a la policía y a la población civil y luego la fuga por los montes. Estos episodios han dejado un saldo horrendo de muertos y heridos, casas destruidas y otros estragos que estremecen no solo a los habitantes de esos municipios sino a Colombia entera.

Los facinerosos no se conforman con masacrar a los pobladores y arrasarles sus viviendas, sino que regresan más tarde a terminar con lo que ha quedado en pie. Y toman escudos humanos para protegerse contra los disparos de la fuerza pública. Así describe su drama Luz Mery Granados, que perdió su casa en Toribío al explotar una ‘chiva’ contra la estación de Policía: “Todo se perdió, no quedó ni la cama porque el peso del techo la quebró. El esfuerzo de años quedó hecho escombros”.

El 13 de junio murió un niño y diez personas quedaron heridas al estallar una bomba cerca al puesto de Policía de Iscuandé (Nariño). Al día siguiente, en ataque en Puerto Rico (Caquetá), fueron asesinadas dos personas y diez fueron heridas. El 17 del mismo mes, un carro bomba hirió a 17 personas en Popayán. El 19 fue secuestrado un candidato a la alcaldía de Juan de Arana (Meta). Ya son nueve los aspirantes a las elecciones de octubre que han sido asesinados en el país.

El 20 de junio, las Farc volaron una patrulla en Antioquia. Al otro día fueron asesinados dos policías en la carretera entre Cali y Buenaventura. El 29, las Farc bloquearon, cerca de Yarumal, la troncal entre Medellín y la Costa y fue asesinado el comandante de la policía de carreteras de Antioquia. En el primer semestre del año ocurrieron 23 masacres, 21 por ciento más que en  el mismo periodo del 2010.

Este, a grandes saltos, es el cuadro que dibuja la escalada de inseguridad que se percibe en la nación. A esto se suman los atracos y asesinatos en las ciudades, los robos de carros y residencias, el raponazo a los celulares, la proliferación de las armas blancas. La ciudadanía tiene temor a transitar por las calles. Al propio Peñalosa le robaron en el norte de Bogotá la bicicleta que estaba asegurada en la parte trasera de su vehículo.

En la última encuesta de Gallup, el 74 por ciento de la gente manifiesta que la inseguridad en el país está empeorando (el registro más alto en casi tres años). Esto no coincide con los partes de tranquilidad de las autoridades. Bueno es el optimismo, pero ignorar la realidad es malo. El presidente Santos habla del cerco estrecho que se tiende desde hace buen tiempo sobre ‘Alfonso Cano’. Sin embargo, siempre se escapa.

Ayer, al inaugurar las sesiones del Congreso, reconoció Santos que el reto que tiene el gobierno es “afinar las estrategias” para contrarrestar los golpes de las Farc. Lo está haciendo, pero aún no se ven resultados contundentes. Por otra parte, se habla de cansancio de las tropas. Desde el exterior, The Economist dice que la reducción de la seguridad obedece a una baja de la moral de las Fuerzas Militares, debida a decisiones judiciales.

Esta percepción de inseguridad, que es dramática, aunque susceptible de mejorar (así lo esperamos), se sintetiza en lo expresado por Francisco Barrera en carta enviada a la revista Semana: “No queremos volver a la situación de comienzos de la década, cuando los ataques guerrilleros eran el pan de cada día y no se podía recorrer el país por carretera”.

El Espectador, Bogotá, 21-VII-2011.
La Crónica del Quindío, Armenia, 23-VII-2011.
Eje 21, Manizales, 23-VII-2011.

La estatua perturbadora

sábado, 11 de febrero de 2012 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

En el barrio Chicó Norte, donde resido, una bomba rompió la tranquilidad de las 9:20 de la noche, el pasado 16 de junio. Todo el barrio se estremeció con el impacto. Su eco repercutió en toda Colombia.

Informan las autoridades de Policía que la bomba era de mediano poder (2,5 kilos de indugel). Pocos días atrás, el primero de junio, fue desactivado en el mismo lugar (la estatua de Laureano Gómez) otro explosivo con 12 kilos, también de indugel. Nadie se explica por qué, si acababa de ocurrir ese indicio sobre un atentado terrorista alrededor de la imagen del líder político, no se dispuso vigilancia permanente para evitar la repetición de ese hecho.

La onda explosiva causó daños en 13 edificaciones y consiguió su propósito de crear zozobra no solo en el barrio afectado sino en toda la ciudad. La Librería Francesa, situada muy cerca del sitio de la explosión, sufrió la rotura de todos sus ventanales. Lo mismo ocurrió en varios edificios, con la mala suerte de que al día siguiente la señora Cielo Rojas, habitante de un edificio de seis pisos cuyos vidrios habían quedado destrozados, cayera al vacío y pereciera, por salvar a su hijo del peligro en que se hallaba frente a la ventana destruida.

El mismo día de la explosión, el representante Miguel Gómez Martínez, nieto de Laureano Gómez, había abandonado el país por amenazas contra su vida. Oscuras intenciones por frenar la investigación que vuelve a activarse para esclarecer el magnicidio de Álvaro Gómez (ocurrido en noviembre de 1995) parecen ser el detonante de esta bomba puesta en la estatua del caudillo conservador, quien va a cumplir 46 años de muerto.

El mensaje parece claro: como dicho monumento fue elaborado con la cabeza en alto relieve del presidente Gómez, se estaría indicando que la cabeza principal del clan, personificada en su nieto –el representante a la Cámara Miguel Gómez–, corría peligro por su empeño en investigar el crimen de su tío Álvaro. Toda una urdimbre que lleva a la triste conclusión de que la violencia es un estigma que se transmite de generación en generación y nunca cesa: es el legado macabro que recibimos de Caín.

Se sabe que la estatua del barrio Chicó fue elaborada en 1994 por el artista Fernando Montañés, que le imprimió a la cara del personaje su perfecta expresión. Tras la explosión, el bronce salvó por completo la figura del caudillo. Apenas sufrió un destrozo el pedestal. Allí se advierte la mirada de Laureano  como enjuiciando la persecución que se urde contra sus descendientes.

Los vecinos del barrio piden que se retire ese monumento por considerarlo factor de inseguridad. Si fuera a ser reconstruido, pienso que los habitantes lo impedirían. Entre otras cosas, ignoro en razón de qué disposición oficial fue levantada aquí dicha estatua.

Quizá se trate de la ley 25 de 1966, que dispuso, en el gobierno de Guillermo León Valencia, la erección de un monumento en honor del presidente desaparecido, en la intersección de la avenida de las Américas con carrera 30. Allí se construyó la “Glorieta Laureano Gómez”, la cual desapareció al ser transformado el lugar por obra del desarrollo de la capital.

Es posible que el traslado, con otro diseño artístico, hubiera sido al barrio Chicó, perturbado hoy por este nuevo zarpazo de la violencia que no respeta la paz de los sepulcros. Y cobra nuevos muertos. Espero que algún lector suministre la noticia exacta sobre este particular. Y que llegue la paz a los espíritus.

El Espectador, Bogotá, 22-VI-2011.
Eje 21, Manizales, 24-VI-2011.
La Crónica del Quindío, Armenia, 25-VI-2011.

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Ancízar López y el Quindío

sábado, 11 de febrero de 2012 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Cinco mil quindianos salieron por las calles de Armenia, el pasado 11 de abril, a pedir la liberación de Ancízar López, primer gobernador del Quindío y ex presidente del Congreso Nacional, quien hace un año fue secuestrado en la misma región. No hay certeza sobre qué grupo cometió el plagio (se habla incluso de delincuencia común), ni sobre la suerte que haya corrido el finquero y líder político, de 80 años de edad. Sobre el caso ha caído una densa cortina de silencio.

Esto pone de presente la sevicia con que operan las asociaciones dedicadas al secuestro, el delito más atroz que se ha entronizado en Colombia al amparo de la impunidad. Los facinerosos, en cuyas entrañas no cabe ningún sentimiento de conmiseración por el dolor ajeno, y a quienes no importan la autoridad y las leyes, torturan con los sistemas más abyectos a las personas que tienen la desgracia de caer en sus manos.

Prueba de esa conducta vil es la retención durante un año, sordos los secuestradores al clamor de una familia sometida a semejante suplicio, del dirigente político que en otra época acaudilló la creación del Quindío junto con otros coterráneos.

Retrocedamos 37 años. El primero de julio de 1966 se reunieron cien mil quindianos en el parque Los Fundadores, pletóricos de alborozo y henchidos de esperanza, a vitorear el inicio del departamento. Para mayor lustre asistían a la ceremonia el Presidente de la República, Guillermo León Valencia, y cinco de sus ministros, entre ellos el de Gobierno, Pedro Gómez Valderrama, que días antes había manifestado al senador López: «El presidente Valencia me ha dicho que es incapaz de nombrar a otra persona que no sea usted como primer gobernador del Quindío».

Ancízar López se mantuvo durante mucho tiempo en el primer plano de la vida quindiana y cumplió una vigorosa acción por el progreso de su tierra, haciendo continuo acto de presencia en los escenarios nacionales para resolver los problemas públicos de la región. Sus procederes solían causar polémica y en ocasiones provocaban rechazo, sobre todo cuando se iba más por los caminos de la politiquería que de la política, pero nadie dejó de desconocerle su fervor quindiano y su firme vocación por el servicio público.

Siendo presidente del Congreso en 1989, año en que ocurría el centenario de Armenia, dicha entidad dispuso, por iniciativa del senador quindiano, la edición de un libro de lujo como homenaje a la Ciudad Milagro. La obra fue bautizada con el título de Quindío, que lo dice todo, y con el subtítulo de Armenia, caminos y pueblos, y abarca toda la epopeya de luchas y realizaciones de los laboriosos y creativos pobladores de la hermosa geografía quindiana.

Al presenciar en estos días el desfile de solidaridad de la gente hacia quien fue artífice notable de hechos sobresalientes de la historia regional, me dio por repasar las páginas del libro citado, con el que Ancízar López rindió emotivo tributo a su comarca nativa. El verde de la naturaleza, plasmado en las encantadoras fotografías que presentan los paisajes embrujados y la feracidad de las cosechas, es la mejor imagen de esta tierra maravillosa, admirada por todo el país y vilipendiada por las fuerzas oscuras del secuestro.

Y he encontrado, en las palabras de presentación de la obra, escritas hace 14 años por el político y finquero cautivo hoy en los mismos campos que él ayudó a independizar, la siguiente frase irónica que lleva desazón al espíritu: «El Quindío es hoy tierra de paz y de trabajo con el más justo equilibrio social, en donde los ricos no son tanto y los pobres son menos pobres». Ojalá los forajidos camuflados en las sombras tuvieran capacidad de comprender su error y recapacitaran en este drama y en esta infamia. El drama, el vivido por la familia y la sociedad, y la infamia, la perpetrada por ellos.

El Espectador, Bogotá, 24-IV-2003.

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Los ausentes

sábado, 11 de febrero de 2012 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Comienza otro año con miles de hogares destrozados por la ausencia de sus seres queridos. Muchas de esas personas murieron en manos de la guerrilla, y sobre otras nunca se ha sabido, ni se sabrá, si están vivas o muertas. Desde 1997 han sido secuestrados 17.000 colombianos, lo que representa un promedio de 2.800 por año, 300 niños entre ellos. Entre los años 2001 y 2002 las estadísticas muestran que no existió ninguna variación notoria: durante 2002 se reportaron 2.986 plagiados. Hoy siguen en cautiverio alrededor de 2.000 personas, algunas con más de cinco años de esclavitud. Estas tragedias fantasmales hacen helar la sangre y estremecer el corazón.

El drama del secuestro toca la fibra más sensible del país. Se le considera, junto con el problema de los desplazados, la calamidad más grave del continente. Nunca podrá comprenderse la absoluta falta de sensibilidad humana de los autores de esta barbarie, que los sitúa en el nivel de las fieras. Aunque no: las fieras matan de una dentellada, pero no torturan. No tienen hígados para tanto. En cambio, los monstruos contemporáneos se complacen con la crueldad y se sacian con el dolor ajeno.

Hace ocho meses no se reciben pruebas de supervivencia de Íngrid Betancourt. De todos los políticos secuestrados, es ella la que más campañas ha librado por la suerte de los desprotegidos. Su libro La rabia en el corazón es la denuncia más valiente que se haya producido en los últimos tiempos contra la corrupción política y la injusticia social. ¿Por qué, entonces, la tienen secuestrada? ¿No dicen los insurgentes que ellos luchan por las causas populares? Su esposo le dice en un mensaje por la prensa: «Yo sé que ahora estás en un horno muy caliente y que las otras dificultades por las que hemos pasado no son nada comparadas con eso que estás viviendo».

El cabo Carlos Marín es uno de los 22 militares que continúan secuestrados después de 54 meses de cautiverio. No conoce a sus hijos gemelos, y ellos comienzan a entender y sufrir el drama. Serán con el tiempo, sin duda, seres lesionados por la guerra. Guerra fratricida que está engendrando las almas desadaptadas del mañana. Lo único que se sabe de Teresa Castellanos de Figueroa, que fue sacada de un hotel de Valledupar hace año y medio, y que padecía de artritis severa, es que ha perdido 30 kilos y se mantiene con los pies ampollados por causa de sus constantes desplazamientos por el monte.

Carmenza pasó la segunda Navidad esperando el regreso de su esposo y de su hija Natalia, de 17 años, secuestrados hace año y medio. Dacheira Cifuentes hace dos años que no ve a sus abuelos en poder de la guerrilla, y esperaba tenerlos en casa en la Navidad pasada. Como esto no ocurrió, la esperanza se trasladó para este año… «Completamos –dice Héctor Angulo– 983 días sin tener una sola prueba de supervivencia de mis padres, retenidos por las Farc desde el 19 de abril de 2000».

Similar tiempo de retención lleva el senador Luis Eladio Pérez. Seis meses después del secuestro, en diciembre de 2000, su esposa recibió de él la última carta. Sufría serios problemas de salud y su familia ignora qué había podido ocurrirle en tanto tiempo sin atención médica. Como él, son más de veinte los políticos en poder de la subversión.

Entre ellos están el gobernador de Antioquia, Guillermo Gaviria, y Guillermo Echeverry, ex ministro de Defensa, retenidos en abril del año pasado; Fernando Araújo, ex ministro de Desarrollo, en diciembre de 2000; Ancízar López, ex gobernador del Quindío, el 11 de abril de 2002; Jorge Eduardo Gechem, hace un año, sobre quien no se ha recibido una sola señal de vida.

En algunos casos de políticos no ha faltado la información. Quizá sus captores son más humanos (corrijo: menos perversos) y han permitido las despiadadas pruebas de supervivencia. Esto ocurre en relación con Óscar Tulio Lizcano, ex congresista secuestrado en Riosucio hace dos años y medio, quien en carta a su familia manifiesta que «ha pasado hasta ocho meses sin que nadie le hable, ha sufrido leshmaniasis, paludismo y graves infecciones intestinales, sin tratamiento médico».

Esta Colombia martirizada que agoniza con cada uno de los secuestros que se perpetran a lo largo y lo ancho del territorio, sin que las autoridades sean capaces de reprimir tanto salvajismo y tanta impunidad, es el infierno que desde años atrás vivimos con horror y que les vamos a dejar a nuestros hijos. A los colombianos de esta era nos correspondió el peor país de todos los tiempos. El holocausto de Hitler era racial. El nuestro es de exterminio absoluto de la condición humana y la dignidad del hombre, sea éste blanco o negro, rico o pobre, intelectual o ignorante.

¡Cinco y más años de cautiverio en el monte! ¿Se sabe lo que esto significa para el secuestrado, su familia, el país entero? Ha vuelto a hablarse en estos días del intercambio humanitario, figura que, ante la impotencia del Gobierno para liberar a las víctimas, debe adoptarse como fórmula salvadora de tanta desgracia humana.

El Espectador, Bogotá, 6-II-2003.