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Archivo para miércoles, 11 de enero de 2012

Destino del poema

miércoles, 11 de enero de 2012 Comments off

 Por: Gustavo Páez Escobar

(Contraportada del poemario El tiempo y la clepsidra)

En la poesía de Inés Blanco prevalece el amor como el cemento espiritual que le da consistencia a su obra. Como el amor todo lo ilumina –incluso las sombras de la muerte–, la escritora ha comprendido que sin esa lámpara mágica es imposible hallar la emoción que exige el arte poético. Es imposible que haya vida, ilusión y encanto, si no hay amor. Y eso es la poesía: la magia de los sentidos, la medicina del alma. No puede haber poeta grande sin nervio para la emoción, sin capacidad de asombro.

Sus tres libros publicados –Paso a paso, Piel de luna y El tiempo y la clepsidra– son un canto a la vida, a la naturaleza, al hombre. Cuando se va por los caminos de la infancia, surgen diáfanas y emotivas las  sorpresas del ser deslumbrado ante los prodigios del sol naciente de la existencia, y el alma se llena de arrobo. Es entonces cuando «con la paz de Dios entre los dedos, aviva el fuego, atiza la memoria», y surge la mujer.

Luego llegará el tiempo de la adolescencia; y con ella, del deseo y la esperanza. Brotará la mujer sensitiva, la del beso ardiente y el cuerpo palpitante. Aquí el canto dirá sus secretos más íntimos, y despuntará la aurora. Estos poemas de Inés Blanco, imbuidos de alegrías y nostalgias, son cristalinos como el agua de la montaña y burbujeantes como suspiros del alma. Cuando le canta al dolor y la tristeza, al olvido y la ausencia, a la soledad y el silencio, siempre se encuentra con ella misma para dialogar con su alma enamorada.

El mundo entero cabe en estas páginas, porque por ellas corre la vida. Esta penetración en el recuerdo es igual para todos. Pero sólo la poesía logra embellecer los sentimientos.

Bogotá, 5-XI-1998.

 

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Cultura quindiana

miércoles, 11 de enero de 2012 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Varias muestras de la cultura regional llegaron a mis manos, por amable gesto de sus autores, en el acto de presentación en la Univer­sidad del Quindío de mi novela La noche de Zamira. Para quien vivió durante largos años en Armenia y siguió de cerca el proceso cultural de la comarca resulta grato encon­trarse con hechos tan positivos como los que encierran las obras a que voy a referirme.

Caminos desangelados, poemario de Laura Victoria Galle­go, la insigne directora del Institu­to de Bellas Artes, revela una voca­ción que se había mantenido ocul­ta y que ahora alza el vuelo con este libro sorpresa. Fuera de los poemas aquí recogidos he tenido oportuni­dad de conocer buena parte de su cosecha inédita, que pronto entra­rá en circulación y acrecentará la valía de la nueva escritora.

Jairo Baena Quintero, veterano en las letras quindianas, afianza su nombre poético con el título Lími­tes del corazón, hermoso can­to al amor, la añoranza, los valores de la tierra y el universo de las emo­ciones. Jairo es poeta de casta y ha estructurado una obra firme y perdurable.

Alfonso Valencia Zapata ha es­tado siempre comprometido con el proceso histórico de la comarca. Esa es su pasión. Varios estudios conforman su obra de historiador, y deja importantes fuentes de in­formación en las que se basarán las futuras generaciones para entender las luchas y logros de esta tierra laboriosa. Su último libro se titula Quindío y su departamen­to, que fue publicado con moti­vo de los 30 años de independen­cia administrativa de la región.

La revista El Niño, fundada nace 44 años por Miguel Lesmes, representa verdadero ejemplo de supervivencia. Este defensor in­cansable de la niñez no cesa en su empeño de tener siempre prendida su antorcha espiritual, que por eso mismo le mantiene joven el alma. Encomiable caso de identidad con los valores del niño como forjador de la grandeza patria.

La revista Voces, dirigida por la historiadora Olga Cadena Corra­les, es un semillero del pensamien­to universitario y da albergue a variadas corrientes de opi­nión y de creación literaria. Su es­merado diseño y la calidad de los ensayos que he tenido oportunidad de leer en sus últimas edicio­nes ponen de manifiesto esta pu­blicación de altura, que debe preservarse como insignia de la tie­rra culta y pensante.

La Crónica del Quindío, Armenia, 1-XII-1998

La noche de Zamira

miércoles, 11 de enero de 2012 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

(Palabras en el acto depresentación de la novela)

Cuando hace 27 años publicaba en Armenia mi primer libro, la novela Destinos cruzados, no alcancé a sospechar hasta qué punto pesaría ese hecho en mi vida futura. Por aquellos días desempeñaba la actividad de banquero, brillante posición social, aunque incompatible con el oficio de escribir. El extraño encuentro de las letras de cambio con las letras del espíritu producía en mí un conflicto de intereses. Es el mismo choque de trenes que en otro sentido se menciona hoy en la vida nacional.

Hace ocho años el escritor se bajó del tren de las finanzas para recorrer a pie el camino solitario de las letras. Liberado de las seducciones y las esclavitudes del dinero, encontraba en el sosiego de la biblioteca la libertad y el ambiente que no podía tener en la atmósfera febril de la banca. Había previsto ese refugio para los años maduros, por instinto de conservación. Por eso no resultó difícil cambiar la fábrica de dinero –de dinero ajeno– por la fabricación de los propios libros. Mal negocio, si el asunto se mira sólo bajo el aspecto monetario. Por fortuna, esta noche estamos reunidos alrededor de afanes superiores a los del vil metal.

En la banca aprendí a conocer la humanidad. Pocos escenarios tan propicios para explorar el alma y entender los conflictos de la sociedad. Al escritor doblado de banquero esta circunstancia le permitía obtener, en su trato cotidiano con la gente, valiosas experiencias sobre la condición humana.

Mi nueva novela, La noche de Zamira, pretende captar un cuadro dramático del suceso social y económico que se conoció en el país como la bonanza cafetera. Al amparo de la ficción, pero sobre la base de hechos ciertos –función primordial del novelista como testigo del tiempo y escritor de la historia–, estas páginas ofrecen un perfil de los campos pródigos del café convulsionados por la riqueza repentina. Riqueza que le trajo prosperidad al gremio productor y fortaleció las arcas nacionales, pero al mismo tiempo creó intensos dramas en las zonas cafeteras y en la vida de los hogares.

Hace veinte años le nació al novelista la idea de escribir esta historia. Y hace siete años logró realizar su sueño. Pero el editor no aparecía. Una editorial de prestigio se interesó en la obra, calentó la ilusión del autor durante largos meses, y a la postre fracasó la publicación.

Vino después el vía crucis tan conocido por los escritores en general, de puertas que se entreabren y luego se vuelven herméticas; de entidades culturales cuyas rotativas sólo alcanzan para el sanedrín de los privilegiados; o de amigos que se tornan sordos o evasivos cuando se les pide ayuda para un proyecto editorial. Este es el trato común que se da a la literatura en Colombia, patria grande de escritores inéditos. Los mecenas, que florecieron en otros tiempos, son hoy una especie en extinción.

Contra este estado de cosas se rebelaron mis tres hijos, Liliana, Fabiola y Gustavo Enrique. A ellos les dolía, como si fuera en carne propia, que el esfuerzo heroico que hace del escritor una víctima de la indolencia colectiva, se frustrara en la desesperanza. Y se convirtieron en mis propios editores. Mayor solidaridad y estímulo no se puede esperar. Ellos, en realidad, son los campeones de esta noche.

Mi libro fue elaborado con amor. Si el escritor no escribe con amor, está perdido. Sin embargo, no busco dejar mensajes sino entretener. Tal es el fin de la narrativa, lo que significa que la novela no es un documento ni una proclama. Alguien le preguntó a Nabokov si en sus novelas había mensajes, y él respondió: «Señor, no soy telegrafista».

Muy honrado me siento porque la obra, forjada en una región tan cara a mis afectos –el Quindío–, reciba las aguas bautismales en la Academia Hispanoamericana de Letras y Ciencias, presidida por un quindiano ilustre, Horacio Gómez Aristizábal, gran promotor de la cultura y noble amigo de todas las horas.

No menos enaltecedora la presencia del novelista Fernando Soto Aparicio, figura insigne de las letras boyacenses, cuyo nombre trasciende las fronteras patrias. No puedo olvidar, con honda gratitud, que fue él quien llevó a la televisión mi primera novela. Siempre me han acompañado su guía y ancha solidaridad. Aquí están representadas mis dos tierras amadas: Boyacá, mi cuna nativa; y el Quindío, que me acogió como hijo adoptivo.

¡Cuán arduo y desprotegido el camino de las letras! Pero la alegría de esta noche, rodeado el escritor del cariño insuperable de la esposa y los hijos –el mejor regalo de la vida– y de la gratísima compañía de todos ustedes, borra las asperezas y los sinsabores. El oficio de escribir es un estado del alma. Vocación irrenunciable. Ya lo dijo Robert Frost: «Escribir es muy difícil, pero no escribir es mucho más difícil».

Bogotá, 23-VII-1998
Revista Manizales, N° 688, septiembre de 1998

(Además, la obra fue presentada en el Centro de Estudios Colombianos (Bogotá, 27-VIII-1998), Universidad del Quindío (Armenia, 7-IX-1998) e Instituto Caldense de Cultura (Manizales, 10-IX-1998).

Comentarios

Desde el capítulo inicial, donde se narra cómo un recolector del grano llega en época de cosecha a Zamira, hasta el capítulo final donde se ofrece un fresco de excelente factura literaria sobre el abandono en que se encuentra la Hacienda Golondrinas, otrora una de las más productoras de café, la novela es una radiografía completa sobre una actividad que origina todo un engranaje comercial. La obra denuncia el trastoque de valores que se produjo en la región cafetera como consecuencia de la bonanza. De ser una sociedad con arraigados principios morales, pasó a ser una sociedad permisiva con el delito. Revista digital Érase una vez, Argentina, 2017.

Vivo en el Quindío y me doy el gusto de tomar café y leer libros en un ambiente de paisajes y de gente muy cordial. Gracias por un portal tan culto como este. Leí hace tiempos La noche de Zamira y es el reflejo de lo que ocurrió hace muchos años con la bonanza cafetera, y la afectación de la clase alta, media y baja. Sonia Stella Maldonado (en la revista Érase una vez, 8-II-2017).

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Vigencia de Gaitán

miércoles, 11 de enero de 2012 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Cuando Horacio Gómez Aristizábal tenía 14 años de edad conoció a Gaitán. Aquella vez, en una manifes­tación que se realizaba en la plaza de Armenia, se sintió deslumbrado con la presencia del hombre público que enardecía multitudes con su talante de caudillo y su oratoria estremecedora. La sola noticia de que Gaitán llegaba a la capital quindiana en una de sus giras políticas por el país, mantuvo durante varios días, en ardorosa ex­pectativa, al joven estudiante que en secreto había creado un ídolo en la persona del tribuno del pueblo.

El magnetismo ejercido por Gaitán se venía incrementando al paso de los días, y cuando Gómez Aristizábal gozó del privilegio de escucharlo y presenciar de cerca sus ademanes oratorios, sintió que algo fulminante había ocu­rrido en su vida. El ídolo, ahora de carne y hueso en la plaza de Armenia, no sólo avivaba su entusiasmo juvenil sino que lo impulsaba a seguirlo.

Es posible que aquel día Gómez Aristizábal se hubiera decidido por el derecho penal. No hay duda: la admiración despierta el deseo de imi­tación. Hace surgir una envidia sana por poseer las mismas virtudes del maestro. Tal fue la irradiación que produjo el líder social en el menudo estudiante quindiano, que de ahí en adelante, y a pesar de que éste milita­ría en el partido contrario, las ideas del caudillo serían fuente de estudio y orientación para el brillante penalista que es hoy Gómez Aristizábal.

Leyendo el libro que éste escribe sobre Gaitán, acabado de salir al pú­blico en nueva reedición, no me cabe duda de que dicha obra comenzó a escribirse en la mente del escritor el día que el jefe de multitudes pasó por la plaza de Armenia e hirió con su elo­cuencia la sensibilidad de su futuro admirador.

Obra que recoge y analiza el pen­samiento de Gaitán, no hasta el extre­mo de la idolatría, sino como faro de un ideario político de avanzada, que ha ejercido papel esencial en la vida del país. Las posiciones vertica­les del caudillo revolucionario cuando embestía contra los oligarcas y defen­día la causa de los humildes, que otros han tratado de imitar sin convicción, y sobre todo sin la fuerza del intelectual y el dirigente que era Gaitán, se echan hoy de menos en esta Colombia mar­cada como nunca por las desigualda­des sociales.

El repaso histórico que hace Gómez Aristizábal sobre la vida de Gaitán y la vigencia de su filosofía política, resul­ta aporte sustantivo para enaltecer la memoria del mártir, cincuenta años después de su holocausto. Jorge Eliécer Gaitán sigue vivo en Colombia. Su doctrina continúa incólume. Nadie ha logrado enarbolar sus mismas ideas, aunque muchos pretendan apa­recer como sus abanderados. ¿Dónde están los verdaderos luchadores de los intereses populares? A estas reflexio­nes convoca la lectura del ensayo del penalista y escritor quindiano.

La Crónica del Quindío, Armenia, 9-VII-1998

 

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Laura Victoria, en la Academia

miércoles, 11 de enero de 2012 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Laura Victoria, la poetisa más desta­cada del país en la década de los años treinta, que reside en México hace más de medio siglo, ha sido elegida miem­bro correspondiente de la Academia Co­lombiana de la Lengua. Poco dirá el nom­bre de Laura Victoria para las nuevas gene­raciones, tal vez en razón de su larga ausen­cia de la patria.

Por eso es tan importante el reconoci­miento que hace de su obra la Academia de la Lengua. Su primer poema lo escribe a los 14 años de edad, y como sus compañeras de estudios no creen que sea la autora, les compone acrósticos veloces para que no quede la menor duda. Su precoz vocación poética la llevará en pocos años a la fama continen­tal, al lado de Gabriela Mistral, Juana de Ibarbourou, Alfonsina Storni, Delmira Agustini y Rosario Sancores.

El maestro Valencia, uno de los primeros en descubrir esta revelación, le manifiesta: «Recibió usted el don divino de la poesía en su forma la más auténtica, la más envidiable y la más pura». La salida de su primer libro en 1933, Llamas azules, representa uno de los grandes sucesos de la época. Hoy han transcurrido 65 años desde aquella albora­da gloriosa, y la fugacidad del tiempo, con sus inevitables mantos de olvido, ha im­puesto un doloroso silencio alrededor de la ilustre colombiana.

Es autora de siete libros ya consagrados por la crítica. En Méjico se quedó por razo­nes familiares, y ya no es fácil que regrese a Colombia. Pero nunca ha dejado de pensar en su patria, en su gente y sus paisajes. Fue aquí donde inició su carrera, para luego desplazarse como diosa de la poesía romántica por los países latinoamericanos.

Es preciso anotar, por otra parte, que fue la pionera de la liberación femenina al romper los moldes de la acartonada y gaz­moña sociedad de principios del siglo que no permitía un espacio para que la mujer pensara por sí misma, y menos actuara. En aquellas calendas, a las bellas hijas de Eva sólo les tocaba obedecer y callar.

Un poema tan audaz como En secreto, imbuido de perturbadora ternura y deli­ciosa sensualidad, en un medio acallado por los excesos religiosos y las falsedades so­ciales, por fuerza tenía que provocar es­cándalo. Con su fina vena erótica, Laura Victoria re­volucionó la poesía colombiana y le abrió a la mujer los caminos de la libertad.

Justo galardón, y no importa que sea tardío, el que confiere la Academia de la Lengua para premiar el mérito de la egregia colombiana, oriunda de Soatá, que hoy, coronada de gloria y llena de nostalgia, ve pasar sus horas del crepúsculo en tierra aje­na, con el alma puesta en Colombia. Ahora sabe que su patria no la ha olvidado.

El Espectador, Bogotá, 18-VI-1998.

 

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