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Expo-Acopi Ciudad del Sol

viernes, 11 de noviembre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

En días pasados se realizó en Sogamoso el lanzamien­to de la Primera Feria Exposición Industrial, bautizada con el nombre de Expo-Acopi Ciudad del Sol, que tendrá lugar entre el 3 y el 12 de no­viembre. El mismo acto de lanzamiento se programó para Duitama, Tunja y Chiquinquirá, con lo que se busca vincular al evento a las principales ciudades de Boyacá.

La Asociación Colombiana Popular de Industriales –Acopi–, seccional de Boyacá, cuyo director es el señor Siervo Ramírez Vergara, ha tenido la iniciativa de pro­mover, con el auspicio de la Caja Agraria y el bene­plácito de las autoridades de las urbes citadas, esta exposición de muestras industriales que atrae el inte­rés no sólo de los boyacenses sino de visitantes de to­do el país. La ferias exposiciones son el medio moderno más eficaz para mostrar los avan­ces de la ciencia o la técnica y comercializar los productos. Son, además, una cara amable de cada pueblo o de cada región.

El coordinador del suceso, señor Oliverio Morcote, ha puesto en mis manos el programa de la feria y me pide que dedique un espacio para divulgar el nombre de Sogamoso, lo que hago complacido. Es propicia la ocasión para resaltar la importancia de este tipo de mercadeo en una comarca que como Boyacá registra bajo nivel industrial; tierra que es, sin embargo, rica en yacimien­tos minerales y sede de grandes empresas como Paz de Río, Cementos Boyacá e Indumil.

Departamento económicamente deprimido y cu­yos políticos se han desentendido de conformar un blo­que de liderazgo nacional, Boyacá merece mejor suerte. Ha sido cuna de hombres ilustres y ha sobresalido como tierra de empeños patrióticos y de avances culturales. Pero en los últimos tiempos se ha dedicado a vivir de los recuerdos y se ha olvidado de construir un presente dinámico que le permita mejores bases de progreso.

Esta feria industrial tiene notoria trascendencia para despertar el dormido entusiasmo de los boyacenses. El Parque Industrial de Sogamoso, situado a cua­tro kilómetros de la ciudad, congrega empresas sobresa­lientes de la región, como Acerías Boyacá, Acerías Sogamoso, Laminaciones Vulcano, Fundiciones Ferrita, Fábri­ca de Muebles Los Troncos. Se persigue, de tiempo atrás, que este centro en permanente superación sea el mayor resorte económico de esta ciudad venida a menos, y en otra época, ya desdibujada en nuestros días, pujante plaza de negocios y de cultura.

La llamada Puerta del Llano, o Tierra del Sol, como se denomina a Sogamoso, quiere hoy hacerse notar por su empuje industrial. Loable propósito que ojalá per­dure. Esto traería la vigorización de su comercio y el rejuvenecimiento de la localidad.

*

En los próximos días estará abierta a los colombia­nos esta atractiva vitrina que va a mostrar diversos productos elaborados por los boyacenses y que pertene­cen, sobre todo, a los renglones de la agroindustria, la metalmecánica, el transporte, las confecciones, los textiles, la construcción, las artes gráficas. El boyacense es por naturaleza un ser creativo, pero no se le estimula para crear empresa grande. Es necesario que pase de los hilados manuales a las fábricas tecnificadas.

Que esta feria sea motivadora de otros eventos que incentiven la vocación de trabajo de los boyacenses, para obtener así mayores fuentes de ingresos y prosperidad.

El Espectador, Bogotá, 19-X-1990.

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Marañas aduaneras

viernes, 11 de noviembre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

Iván Ulchur Collazos, catedrático y escritor colom­biano, nacido en Timbío (Cauca), vive hace algún tiempo en Ecuador. Y allí la Universidad San Francisco, de Quito, le publicó su primer libro, Imágenes de la vio­lencia, valioso ensayo sobre la obra de teatro Los papeles del infierno, de Enrique Buenaventura.

Con el propósito de divulgar el ensayo dentro del Festival de Teatro Iberoamericano realizado en Bogotá a comienzos del año, en marzo remitió el autor varios ejemplares desde el país vecino para que los reclamara su hermano Luis Hernán, abogado de profesión. Y aquí comenzó Cristo a padecer. Han transcurrido seis meses sin que el destinatario haya conseguido retirar la mer­cancía (aparatoso nombre asignado a la sencilla remesa de libros) de las bodegas de la aduana.

Cuando en los laberintos de las aduanas algo se con­vierte en mercancía, o sea, en materia negociable, todo se complica. Y como allí el hombre también se vuelve mercancía, o sea, dispensador de dinero, aumenta la voracidad. No importa si, como en el presente caso, la pretendida mercancía carece de todo ánimo de lucro y sólo tiene eminente sentido cultural.

Luis Hernán Ulchur, agotado hoy por los trámites desesperantes de la aduana, traslada su caso a esta co­lumna con la esperanza de que Salpicón les cuente a los lectores cuánto hay que sufrir para hacer cultura en Colombia.

El aforador de turno, tal vez acostumbrado a ver deshonestidades por todas partes, manifestó de entrada que no podía entregar la mercancía por tratarse de un contrabando. Ante lo cual el doctor Ulchur explicó que la caja, transportada por Avianca con la correspondien­te guía de embarque, sólo contenía libros. Libros de un colombiano que habla sobre la obra de otro colombiano.

El cuento, por más evidente que era, fue rechazado de plano por el aforador, que continuó firme y victorioso con la versión del contrabando. Es en estos momentos cuando comienza a operar el consabido dinero de las mordidas, pero como el reclamante no tenía qué ocultar ni temer, pasó al despacho siguiente, que tampoco le resolvió nada. Y de allí se trasladó a otra oficina, tan sorda e inefi­caz como las anteriores.

En estas vueltas y revueltas, que los colombianos co­nocemos de sobra, el ciudadano se va reduciendo como la piel de zapa y termina destrozado por las normas (en Co­lombia hay normas para todo) o por la desidia oficial. Los burócratas miran al usuario con gesto olímpico y lo confunden en tal forma que el pobre se vuelve impotente para adelantar la diligencia más simple.

El doctor Ulchur terminó, después de varios días de lucha y sinsabores, en la Administración de la Aduana Interior. Por todas partes dejaba el vaho inequívoco del contrabandista profesional. Los libros, mientras tanto, provocaban el apetito de las ratas. A los prepotentes empleados públicos no les interesa, desde luego, que Enrique Buenaventura o Iván Ulchur se devanen los sesos escribiendo testimonios sociales cuando ellos –los burócratas– sólo tienen tiempo para entrabar más aún las obso­letas reglamentaciones y mortificar al público.

*

El mártir de mi historia solicitó en la Aduana Inte­rior, con fecha 4 de junio, el reaforo de la mercancía, y para esto tuvo que registrarse ante la Cámara de Co­mercio, obtener matrícula mercantil, tramitar el carné de importador, solicitar la legalización de la mercancía –o sea, del presunto contrabando–, cambiar de régimen arancelario, pagar impuestos y… maldecir de su país.

El libro, como es natural, no pudo circular en el fes­tival de teatro. La aduana lo censuró. Parece que hoy lo leen, a dentellada limpia, las ratas que por allí pulu­lan. Sin embargo, a Salpicón le llegó un ejemplar de contrabando.

El abogado que es Ulchur no logró su propia defen­sa. Tampoco la conseguirá Salpicón, según parece. Los funcionarios de la Aduana invocarán –así lo presiento– la vigencia de códigos mandados a recoger. Pero la ley es ley… «Tengo que confesar –dice Marguerite Yourcenar en Memorias de Adriano–  que creo poco en las leyes. Si son demasiado duras, se las transgrede con razón. Si son demasiado complicadas, el ingenio humano encuentra fá­cilmente el modo de deslizarse entre las mallas de esa red tan frágil».

¿Qué habrá de pasar con esta remesa de cultura hoy a punto de pudrirse en una bodega? ¡Que hable la Aduana!

El Espectador, Bogotá, 3-X-1990.

 

50 años de la revista Manizales

viernes, 11 de noviembre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

Es la revista que tiene hoy más años de labor conti­nua. En este octubre, cuando cumple 50 años de fundada, lanza una edición extraordinaria con el número 593. Se­rían 600 ediciones si en el gobierno del general Rojas Pinilla no se hubiera presentado una interrupción como consecuencia de la orden de no publicarla más en la Im­prenta de Caldas, donde se editaba.

Este trastorno significó para sus directores, los esposos y poetas Juan Bautista Jaramillo Meza y Blanca Isaza de Jaramillo, una dolorosa tregua de siete meses mientras buscaban y encontraban financiación privada. Su actual directora, Aída Jaramillo Isaza, manifiesta que la dictadura le dejó a la revista una «honrosa ci­catriz patriótica».

El comercio y la industria de Manizales han colabo­rado desde entonces, con sus pautas publicitarias, en la marcha de esta gaceta que nunca ha estado vinculada a intereses políticos o financieros y que hoy corona su edad cincuentenaria como una antorcha de la noble villa. Lo mismo que al celebrar la efemérides se aplau­den la constancia y el fervor de las ideas que han es­crito esta historia memorable, se exalta la importancia del apoyo económico que ha hecho posible su larga vi­da. Empresas como Luker y la Industria Licorera de Caldas vienen asociadas a este empeño desde los inicios de la revista.

Manizales fue fundada en octubre de 1940 por la poetisa Blanca Isaza, quien la dirigió hasta su falle­cimiento en 1967. Luego la sustituyó su esposo, hasta 1978, año de su muerte. Desaparecido éste, cuando to­do hacía suponer el cierre definitivo, saltó al timonel la hija del matrimonio, Aída, escritora entonces anónima que iba a manifestar, como lo ha hecho de mane­ra elocuente, sus calidades intelectuales.

Ella, que en otros tiempos había vestido hábitos re­ligiosos, hoy nos sorprende con sus pene­trantes enfoques sociales sobre el país y el mundo contemporáneo. Dirige en Manizales la Fundación Santa Ana, meritoria entidad dedicada a la causa de los pobres, que acaba de cumplir 40 años de existencia.

Manizales es un centinela de la cultura caldense. Sus páginas han estado al servicio de los es­critores colombianos. Escritos maestros de todos los tiempos, seleccionados con riguroso criterio, forman el acervo de las 593 ediciones que engrandecen este brillante itinerario de realizaciones y fidelidad a las causas del espíritu.

Es preciso rendir, con esta ocasión, homenaje a la memoria de los esposos Jaramillo Meza, los andariegos poetas antioqueños (ella de Abejorral y él de Jericó) que formaron en Manizales, en plena época de la cultura grecocaldense, una admirable pareja de enamo­rados del arte y de la vida. Ambos dejaron obra exten­sa y valiosa, recogida en numerosos libros y en publi­caciones sueltas, y que su hija se ha encargado de refrescar, entrega por entrega de la revista, desde que asumió la dirección. Parece como si ellos estuvieran vivos con la vitalidad de sus escritos, y es que en realidad viven en el corazón de la ciudad que los aco­gió con entusiasmo y los recuerda con nostalgia.

En diciembre de 1951 fueron coronados poetas ante la faz de Manizales. Y en este octubre de 1990 reviven con la sangre de su revista y con el afecto de la hija guardiana de la heredad.

El Espectador, Bogotá, 15-X-1990.

 

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En una galería de arte

viernes, 11 de noviembre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

Quienes no somos críticos de arte, pero amamos el arte, la obra pictórica vale por sí sola, sin la ata­dura de reglas académicas. Al fin y al cabo la ciencia y la técnica, lo mismo en pintura que en cualquiera de las bellas artes, lo que hacen es encauzar el talento y la habilidad de la persona para que sus realizaciones produzcan goce estético. Y éste es subjetivo y se con­vierte en una especie de bocado para cada paladar.

Cuando yo residía en el Quindío, se organizó un con­curso de escultura con jurados de la categoría de Anto­nio Montaña y Pedro Restrepo Peláez. Como es lógico, el suceso reunió a conocidos artistas, que en su mayoría poseían larga trayectoria y podían exhibir obra desta­cada. Para sorpresa general, el galardonado con el pri­mer premio fue un obrero de las Empresas Públicas de Armenia, escultor anónimo que no había estudiado ningu­na técnica ni registraba antecedentes en ese campo del arte.

Ante la protesta de los demás concursantes, los ju­rados explicaron que en la obra presentada por el novel escultor (unas figuras en relieve esculpidas en plena roca) habían encontrado arte puro. Quien hoy viaje por el Quindío tendrá oportunidad de admirar esos grabados en una curva de la carretera entre Armenia y Calarcá. A su autor, que no había estudiado escultura en ninguna escuela, lo guiaba el arte intuitivo.

Cuando observo una obra de arte, me acuerdo del episodio del Quindío. Esto me ocurre ahora ante la exposición de pintura que se realiza en el Fondo de Empleados de la Occidental de Colombia (carrera 13 con calle 76), por parte de tres pintores nuevos: Clara Inés Segura Pinzón, Rafael Garrido Garrido y Hernando Riaño Sanabria. El solo hecho de ser nuevos –y esto nos ha sucedido a quienes incursionamos por primera vez en cualquier rama del arte– hace más difícil la apari­ción ante el público. No faltará el critico que des­califique sus cuadros.

La galería citada se halla hoy engalanada con pintu­ras al óleo y al pastel aplaudidas por los numerosos asistentes al acto inaugural, y por quienes en los días siguientes las siguen visitando. Sorprende que dos de los autores, Clara Inés y Rafael, sean muy jóvenes. Esto mismo sucedía con el escultor de Armenia. Sin embargo, se observan en ellos signos de vocaciones claras. Los cuadros de Clara Inés recogen sobre todo la figura humana y el paisaje. Rafael Garrido, de apenas 21 años de edad, es ya  excelente paisajista. Supongo que de perseverar en su vocación llegará muy lejos.

Hernando Riaño Sanabria, de mayor edad que sus com­pañeros de salón, trabaja la pintura hace diez años y no es la primera vez que presenta sus óleos. Me contaba él los momentos regocijantes que, al margen de la ocupa­ción laboral que desempeña en importante empresa, obtiene en sus días de creación. En el concurso patro­cinado por el Club de Leones de Bogotá, obtuvo entre 80 pinturas el 2° puesto con el cuadro El machete, que también se exhibe en la sala cultural de la Occidental. Su mayor habilidad está en la elaboración de bodegones, desnudos y figuras femeninas. La noche de la presentación fueron vendidos tres de sus cuadros, entre ellos Tania, seductora adolescente disputada por varios de los invitados.

Dijo Gide: «En arte, lo que al público le gusta es, sobre todo, lo que reconoce».

El Espectador, Bogotá, 10-X-1990.

 

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Adiós a la banca

viernes, 11 de noviembre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Cuando comencé a trabajar en la banca, hace 36 años, las operaciones se registraban a mano. Recuerdo que los cajeros anotaban uno por uno, con pausada caligrafía, los trámites que en sus casillas efectuaba la clientela. Esto sería inaudito en los tiempos actuales movidos por el tumulto y la tecnología. El país tenía entonces doce millones de habitantes; hoy pasa de treinta.

Era una banca elemental y eficiente. Como todo se ha­cía a mano, menos los billetes, la mente se mantenía adap­tada para el análisis y el razonamiento. Hoy las calcula­doras y las computadoras reducen la facultad de pensar. Con la regla simple del debe y el haber se cruzaban to­das las partidas; pero esto no era suficiente, porque los comprobantes debían llevar magnífica redac­ción e intachable presentación.

Para pertenecer a un banco lo primero que se exigía era honorabilidad. Si ésta fallaba, la persona podía sentirse descalificada para el resto de los bancos, so­lidarios en preservar las buenas costumbres. Los geren­tes eran modelos de decoro y dignidad. La sociedad los consideraba arcas de la fe pública.

Como en aquellos tiempos existía la carrera bancaria, los gerentes, que habían pasado por diversas expe­riencias y conocían todos los secretos del oficio, eran verdaderos profesionales de una rama de la economía de tan complejos mecanismos. Los institutos financieros sobresalían por su seriedad y prestigio y simbolizaban la solidez del país. El cheque era un esquema moral y quien lo firmaba no podía ser sino un caballero de alto respeto.

A la banca ingresé más por curiosidad y aventura que con ánimo de permanecer. Pero el calor humano me conquistó alrededor de un cordial grupo de compañeros. En esos momentos surgía un banco novedoso y revoluciona­rio, el Popular, que dirigido por un ejecutivo de ideas audaces, el doctor Luis Morales Gómez, estaba rompiendo los moldes estáticos de la banca ortodoxa. La pujante entidad, nacida en 1950 con el rótulo de banco prenda­rio del municipio de Bogotá, llegaría en corto tiempo a atraer el interés creciente de esta nación que encontraba un abanderado de las causas sociales. El pueblo no tenía acceso a la banca, y el Banco Popular se lo permitió.

Me gustó la filosofía de «Banco de los pobres», como se le bautizó, y que continuó siéndolo por mucho tiem­po, y por eso me quedé. El interés corriente de la ban­ca era entonces del 12% anual –o sea, tres veces inferior al que hoy rige–, y el nuevo organismo dispuso tasas to­davía más bajas para las líneas de crédito popular. Todo esto determinó el inicio de una extensa carrera entre encajes y rigores financieros. La austeridad de las cifras, inclu­yendo las personales, se conciliaba con el regocijo de una tarea dignificante que producía satisfacciones.

Era oficio que daba distinción y facilitaba el ascenso sin más títulos que los del esfuerzo y la idonei­dad. La banca era la mejor universidad del trabajo. La persona se sentía retada por la lucha y estimulada por el progreso.

El Banco Popular, que se había inventado les sistemas mas osados para democratizar el crédito en Colombia, tuvo que afrontar más tarde aguda crisis que lo llevó a la bancarrota. Más que por el hundimiento de las cifras, el organismo se cayó por la quiebra moral. Lo rescató el doctor Eduardo Nieto Calderón, asesorado por un brillante equipo de colaboradores. Quienes padeci­mos el descalabro, sabemos hoy lo que duele el sacrificio. Y años después saboreamos la alegría del triunfo.

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Ha llegado la época del retiro. La misión está cum­plida. Estos 36 años de esfuerzos y realizaciones dejan muchas y provechosas experiencias. La más importante de ellas es el conocimiento del hombre, tanto el de adentro como el de afuera. Y es que por un banco desfila la hu­manidad entera. Quien no se maquinice ni se convierta en un billete de banco está salvado.

Se cierra esta intensa .jornada de trabajo con la hon­da satisfacción de haber sido útil a la sociedad y con el recuerdo de memorables episodios y entrañables amigos. Y se abre otro ciclo de esperanza en el futuro. Termina el banquero y sigue el escritor, que por fortuna no se dejó deshumanizar entre la frialdad y la seducción de las cifras. Esto es garantía de supervivencia.

El Espectador, Bogotá, 27-IX-1990.
Revista Manizales, noviembre de 1990.

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Comentarios:

Admiro su capacidad de aguante pues una de las cosas que más me conmueven el espíritu es el saber que los banqueros existen. Ahora, ya libre, podrá entonces hacer muchas otras cosas. Le envío un abrazo y le deseo muchos éxitos. Jorge Valencia, Bogotá.

He leído más de una vez su artículo Adiós a la banca, en el cual hace un interesante recuento de su devenir en el Banco Popular, con la revolucionaria filosofía, en aquella época, de ser el banco de los pobres. Como me apa­siona este tema, confío plenamente que a través de al­guna casa editorial pueda usted dar a conocer ante la opinión pública todo ese cúmulo de experien­cias vividas. Mauricio Díaz Chavarro, Bogotá.

Durante más de siete lustros le dio usted brillo a la institución con sus impecables calidades de hombre de bien. En Armenia y el Quindío dejó usted huellas imborrables por sus altas calidades de banquero y de ciudada­no ejemplar. Los quindianos todos lo calificamos, con orgu­llo, como hijo adoptivo de la comarca. La banca pierde uno de sus mejores colaboradores pero las letras colombianas se sienten complacidas con su total entrega. Braulio Botero Londoño, Cali.

No sé si felicitarlo por la jubilación o no. A veces los jubilados nos sentimos tristes al pensar en los días y lugares donde trabajamos largos años. Sin embargo, el caso suyo es diferente ya que su amor a las letras lo man­tendrá siempre ocupado y la literatura colombiana ganará mucho con el producto de su pluma. Aristomeno Porras, Ciudad de Méjico.  

El optimismo de amigos como tú es de mucha conveniencia para este país. Tus escritos convendrán a esta patria tan sufrida y violenta. Dios te iluminará para proyectar ideas de optimismo a nuestro sufrido pueblo colombiano. Jesús Antonio Niñ0 Díaz, representante a la Cámara

 

 

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