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Santa Marta en un dedal

jueves, 10 de noviembre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

Madrugué a trotar por la hermosa playa que queda frente al hotel Santamar. Apenas comenzaba a clarear el día y ya una pareja caminaba por la arena. Eran unos jóvenes enamorados que habían salido de su caba­ña a saludar la mañana impregnada de brisa, mar y poesía. La naturaleza naciente, en este confín de encantos marinos, aviva el corazón.

Después de tropezarme varias veces con ellos, vi que el muchacho escribía algo sobre la arena, mien­tras su compañera se sumergía en las olas. Más tarde él se le unió y ambos continuaron disfrutando la frescura de las aguas. Me acerqué y leí: «Ruth, mi hijo y yo haremos otro mundo». Bello mensaje –me dije– para este momento de disolución nacional.

Santa Marta, azotada años atrás por el enfrentamiento de mafias encarnizadas, vio derrumbarse su paraíso turístico. Su hotelería, que gozaba de reconocido prestigio, perdió categoría por el freno de la inseguridad. Eran los tiempos en que dos bandas de guajiros se disputaban el dominio absolu­to. El cultivo de la marihuana hacía surgir una nue­va sociedad de voracidades incontenibles. Este ambiente de corrupción y ambiciones lo pintó muy bien Juan Gossaín en La mala hierba, novela que queda como testimonio de la atmósfera viciada que se respiraba en la ciudad.

Hoy la situación ha variado por completo. Santa Marta regresó a su anterior clima de paz. La hotele­ría progresa en forma notoria y ofrece establecimientos de gran confort,  como el Irotama y el Santamar. El resurgir de la ciudad, que ojalá sea el mismo resurgir de esta Colombia flagelada, queda dibujado en la frase que sorprendí sobre la arena. Es un mensaje de esperanza y fe en Colombia. Una nueva juventud se levanta para derrotar la negra noche. La fórmula de la felicidad parece que cupiera en un dedal. En esta frase tan pequeña se refleja un propósito de enmienda, superación y optimismo.

Más tarde hablaba yo con Blas Záccaro, simpático y pintoresco personaje de la ciudad, sobre la trans­formación que ha tenido Santa Marta desde la época de terror de los guajiros hasta la actual de tranquili­dad, y él me ratificaba el ambiente de confianza y  progreso que hoy es evidente. Blas, un gigante del optimismo y la acción, cuyo continuo movimiento en­tre cifras bancarias, juntas cívicas y excursiones de pesca se asemeja al oleaje marino, sabe que la nueva Santa Marta se preocupa por salir de la encrucijada a que había llegado.

Sus dirigentes cívicos luchan por vencer ciertos vicios locales nacidos de la politiquería, que retardan el progreso. Tratan de cambiar la mentalidad de conformismo, y otras veces de indiferencia, con que algunas capas de la población actúan frente al reto de la hora.

*

Santa Marta, ciudad turística por excelencia, es una cara amable de Colombia. Su pasado de piratas, movido por las luchas entre nativos e invasores, le imprime especial fisonomía de tierra emancipada. Los apetitos del oro vinieron más tarde a convertirse en otra clase de ambiciones, muy del siglo veinte, y de nuevo nace la sensatez.

Si Santa Marta pudo, ¿por qué no va a poder Colombia? La patria está postrada y debe ser reconstruida Qué importante descifrar el mensaje de las olas: «Ruth, mi hijo y yo haremos otro mundo». También la capital samaria fue destruida física y moralmente, y  ahí la tenemos: victoriosa y ufana.

El Espectador, Bogotá, 19-IX-1990.

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Rincón del libro (3)

jueves, 10 de noviembre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

Estampas

Ensayos de Vicente Landínez Castro. Ha llegado el autor a la serena cumbre de la maestría idiomática. Este estilista boyacense es discípulo aprovechado de ese otro gran escritor del mismo departamento, Eduardo Torres Quintero. Encuentro ahora en Estam­pas que su manera de pensar y de escribir coincide con el estilo de su maestro. La prosa de Vicente es cere­bral, melodiosa, llena de movimiento y gracia. Posee otro atributo: la originalidad. No necesita descubrir nada, pero a todo le pone el color de la emoción, y es­te es un gran descubrimiento. Huye de los lugares comu­nes y arma sus escrutinios con novedad y lozanía.

Maravilloso acopio de ensayos el que ahora entrega la Academia Boyacense de Historia, editora del li­bro. Vicente exalta en su obra los valores boyacenses, define el paisaje de la tierra, retrata el alma de los personajes. Su libro es una permanente sinfonía. Hay un profundo tratado sobre el arte de escribir biografías. El lenguaje, el ritmo, la claridad, las ideas, todo ha­ce de esta obra un placer para el espíritu.

De puerta en puerta

Poemario de Hugo Cuevas-Mohr, residente en Cali. El autor es hombre de negocios. Este es, que yo sepa, su primer libro. Me ha sorprendido esta aparición poética por varios motivos. Su mensaje es sensible, armonioso, lleno de imágenes y sugerencias. La poesía moderna ha perdido la emoción. Ya hasta el soneto –la belleza que debe buscar todo poeta– poco se usa. Se prefiere el verso libre, el que por sí solo no es descartable, pero se trata en la mayoría de los casos de producciones sin ritmo, entrecortadas, sin grandeza, sin contenido. Sobre este libro de Cuevas dice Enrique Medina Flórez, el pro­loguista: «Está bien estructurado, tiene un hálito de intimidad lírica real».

La factura de la obra es original. El diseño grá­fico, excelente. Puertas entreabiertas, en el recorri­do del libro, hechas con papel y arte, parecen de verdad. Cada puerta se abre para brindarle al lector ternura y pesares. Y son sugestivas: la puerta de la calle, la puerta del silencio, la puerta del amor, la puerta de la magia, la puerta del lector. En el túnel del amor, el poeta dice: «Era mi casa de puertas y ventanas cerra­das, de bosque en silencio, de árboles y miedo, pasajes claroscuros de calma y dolor». (Lluvia Editores, aparta­do 10488, Cali).

Los amores de Piringo

Tercer libro de provincia que hoy destaco. El escritor e historiador Guillermo Vargas Villamizar, nortesantandereano, es autor de cinco títulos. Tal vez po­cas personas, fuera del propio terruño cucuteño, conocen su producción. Esa es la triste realidad del libro de provincia: no salir de un círculo estrecho. Es la suerte del libro colombiano en general. Esta falta de difusión y estímulo, tanto de las rotati­vas oficiales como de las casas editoras particulares, frena la carrera del escritor.

Vargas Villamizar se ha dedicado en sus últimas en­tregas a contar la historia dentro del marco de la novela. Ya van tres novelas basadas en hechos históri­cos, y en ellas ha logrado estructurar con buena for­tuna la personalidad de los personajes. En la última, que aquí se reseña, saca del terremoto de Cúcuta hechos y actores que hicieron la historia. Maneja con acierto la ficción para encarnar seres reales. Dándoles vida, rescata episodios de la fosa del olvido. (Corporación Educativa del Oriente, avenida 4a. No. 15-88, Cúcuta).

El Espectador, Bogotá, 21-VIII-1990.

El yajé

Al magistrado y escritor Óscar Londoño Pineda debo la lectura de este pequeño libro de cuentos, El yajé, cuyo autor es Germán Cardona Cruz, muerto hace varios años. Renombrado profesor de literatura que se quedó como mito en la historia de Tuluá. Jamás publicó li­bro alguno. Escribía cuentos para su propio deleite, y solía leerlos a sus alumnos sin ningún alarde de maes­tro. Un día tomó sus bártulos y se marchó a las selvas del Caquetá. Allí escribió una serie de narraciones so­bre los embrujos y los misterios indígenas, algunas de las cuales logró recoger Enrique Uribe White en su revista Pan.

Cuando Cardona Cruz se hallaba próximo a la muerte, llamó a sus amigos y en presencia de ellos entregó al fuego sus papeles literarios. Por fortuna su esposa, Emma Perdomo, salvó de la hoguera los cuentos que ahora ponen en circulación los tulueños en el libro que aquí comento. Estos relatos saben a manigua. En El empaujilao, anota: «…Y ese verde perenne, som­brío, opaco, es como un reactivo permanente que aviva el sabor de una tragedia deleitosa y fantástica, que llena el espíritu de emociones absurdas».

Es oportuno aplaudir, como corolario de este suceso regional, el entusiasmo con que un grupo de tulueños la­bora hoy la literatura de su tierra, impulsados por Omar Ortiz alrededor de la revista Nueva Luna.

Edad sin tiempo

Rogelio Echavarría nació poeta. Testimonio de ello es su poemario germinal Edad sin tiempo, que publica en 1948, cuando apenas cuenta 22 años de edad. Ahora lo reedita Arango Editores. En estos cantos iniciales se ad­vierte, de manera inequívoca, hondo lirismo amoroso, desprovisto de vanas retóricas e imbuido de autentici­dad, que luego se refrendaría en El transeúnte (escrito entre 1945 y 1952). En el libro que reseño me llama la atención, en forma sorprendente, el comentario de José Constante Bolaño en 1948, cuando advierte con tono profético: «Edad sin tiempo sitúa ya al autor, a su corta edad cronológica, entre los más logrados líricos de la última generación poética en Colombia».

Rogelio Echavarría es hoy, a sus 64 años de edad, uno de los poetas más reconocidos de la literatura colombia­na. No ha necesitado escribir muchos libros para llegar a esta cumbre lírica. Es un «economista del lenguaje», como lo definió hace muchos años Ebel Botero. (A pro­pósito: ¿qué se ha hecho Ebel Botero?). Y además, maes­tro de la «autenticidad de la palabra», otra ponderación que le hace Fernando Mejía Mejía.

Un viaje a Europa en primavera

Rodolfo Barajas, oriundo de Málaga (Santander), no ha publicado libros. Pero los ha escrito. Ha sido lector de literatura y temas diversos, y esto le ha permitido adiestrar la pluma del escritor; que lo es, en efecto, como lo noto por esta crónica que regala a sus amigos, en circulación cerrada, como resultado de su viaje suyo a Europa. Viaje en primavera, que hace avivar las luces del atardecer.

Rodolfo Barajas muestra en su trabajo naturalidad y gracia al narrar su aventura viajera. Sabe pintar am­bientes y paisajes. En Amsterdam visitó, como buen lati­noamericano, la Calle del Pecado, y de ella extrae esta escena: «Las envitrinadas generalmente están desnudas o vistiendo diminutas prendas transparentes que resaltan su lamentable estado físico o decrepitud otoñal y que lejos de producir excitación despiertan un sentimiento no definido de pesar o repugnancia, y la incontenible determinación de no tocarlas…»

El autor de la obra, hoy en uso de buen retiro de la vida laboral, dedica buena parte de su tiempo a leer y escribir. Formidable ejemplo para quienes no saben cómo llenar los días del otoño.

E. E., 8-X-1990

Bernardo Arias Trujillo: el drama del talento cautivo

El escritor caldense Jaime Mejía Duque analiza en este ensayo cuatro libros de otro escritor eminente de su tierra: Bernardo Arias Trujillo. Tales libros son: Por los caminos de Sodoma, En carne viva, Risaralda y Diccionario de emociones. Es propósito del ensayista demostrar lo que él denomina «frustración del talento sofocado por ciertos mitos personales». Arias Trujillo, vida relámpago de sólo 34 años, se suicidó el 4 de marzo de 1938, ahogado por sus conflictos. Tanto su exis­tencia como su obra quedaron inconclusas. Los cuatro li­bros en mención fueron producidos, con temperatura deli­rante, apenas pocos años antes de su muerte. El ojo cri­tico de Mejía Duque penetra en este itinerario creativo y presenta interesantes revelaciones sobre la caótica personalidad del escritor de Manzanares, cuya obra con­tiene valiosos enfoques sociales. (Editorial Papiro, Manizales).

La especulación iusfilosófica en Grecia antigua

El notario tercero de Bogotá, Hernán A. Ortiz Rivas, ha escrito este libro para dilucidar los conceptos de justicia y de ley desde Homero hasta Platón. Con esta inmersión en la cultura helénica, el autor, que es profe­sor universitario de Filosofía del Derecho, demuestra am­plio conocimiento sobre el proceso histórico de los temas que trata, como bases de la civilización. (Editorial Temis).

Notas para una historia del Liberalismo en Caldas

La Biblioteca de Escritores Caldenses entrega otro li­bro, esta vez de Bonel Patiño Noreña, autor de estos títulos: Textos elementales (1982) y Mito y realidad en la colonización antioqueña (1989. El pre­sente trabajo representa una investigación seria sobre la trayectoria del Liberalismo en la tierra caldense y entra a enriquecer el acervo cultural que los estudiosos han entregado a la comarca nativa. El ensayo resultó ganador de un concurso promovido por la Fundación Popular y la Escuela de Estudios Políticos y Sociales, de Manizales.

La inmigración alemana al Estado Sobe­rano de Santander en ex siglo XIX

Horacio Rodríguez Plata, oriundo de Socorro y falle­cido en Bogotá el mes de agosto de 1987, fue  fecundo historiador que a lo largo de su vida de estudio dejó obra ponderada, sobre todo dirigida a hechos históricos de su comarca nativa. Ahora la Gobernación de Santander reedita esta obra que había visto la luz ha­ce varios años, al comienzo de la cual aparece esta cons­tancia del autor: «Rindo tributo de admiración a un deno­dado grupo de inmigrantes alemanes y en especial a Geo von Lengerke, cuya obra contribuyó extraordinariamente al progreso del pueblo santandereano y a la transforma­ción de sus costumbres». Este personaje de leyenda , el alemán Geo von Lengerke, toca las fronteras del mito y se quedó en la tierra santandereana como pilar de un pro­ceso histórico. Pedro Gómez Valderrama escribió sobre él la vigorosa novela La otra raya del tigre. Y Rodrí­guez Plata, con la linterna del historiador, precisa en su ensayo las dimensiones de aquella hazaña.

E. E., 18-XII-1990

Papeles y razones

Trece escritores del Quindío reúnen trabajos literarios, tanto en prosa como en verso, en este libro financiado con recursos propios de los autores, en demostración de independencia frente al desinterés oficial y privado hacia la cultura regional. Esfuerzo colectivo que vale la pena aplaudir. Estos escritores hacen parte del Taller Literario del Quindío, entidad dedicada a alentar y formar vocaciones en esta tierra de conocidos antecedentes culturales. (Publicaciones Literarias Kanora).

A la sombra del ángel

La Biblioteca Pública Piloto de Medellín, dirigida por Gloria Inés Palomino, cumple ponderada labor en la difu­sión del libro colombiano. Ahora nos entrega, con el apoyo de Colcultura, este poemario de Darío Ruiz Gómez, poeta, cuentista, novelista y profesor universitario, cu­ya obra intelectual alcanza nota destacada en el pano­rama cultural del país, con cerca de diez libros publica­dos. Es, además, critico literario, terreno en el que ha sobresalido con densos ensayos.

Derrumbe moral

Horacio Gómez Aristizábal, crítico de los desajustes morales del país, reúne en este libro varios textos sobre la descomposición de las costumbres y los vicios crónicos del pueblo colombiano. En cual­quier parte por donde se abra el libro se hallarán enjuiciamientos sociales, como éste sobre los niños genocidas: «El 40% de los niños proviene de familias destruidas, de ambientes pervertidos, degenerados, prostíbulos, casas de lenocinio, inquilinatos en que imperan el hacinamiento, la suciedad y la deprava­ción». (Editorial Milla Batres).

Teatro colombiano

Juan Zapata Olivella presenta en este volumen dos obras de teatro: El grito de Cartagena de Indias y La bruja de Pontezuela, esta última montada en el Teatro Colón de Bogotá y en varios países de Amé­rica, como Guatemala, Méjico y Uruguay. Los episodios que concluyeron en la independencia de Cartagena y que escribieron para la historia colombiana páginas de audacia y valentía, renacen en la pluma vigorosa del escritor bolivarense que acredita brillante carrera en diversos géneros literarios. (Lito Susa Edi­tores).

Ventanas al nirvana

Humberto Senegal (seudónimo de Humberto Jaramillo Restrepo) es gran promotor de la cultura quindiana. Con su esposa Gloria Inés dirige en Calarcá la revis­ta Kanora, que registra un itinerario de lucha audaz por el rescate de los valores culturales de la región. Senegal, que adoptó el seudónimo para diferen­ciarse de Humberto Jaramillo Ángel, su padre, es una in­teligencia inquieta que ha despertado interés por sus ideas novedosas y su producción en ascenso. Poeta y cuen­tista, su voz rebelde se ha hecho escuchar en diversos escenarios de la cultura y hoy consolida mé­ritos para conquistar nuevos peldaños en su carrera. Este libro de poesía muestra, como los anterio­res del mismo género, su peculiar estilo de cantarle a la vida en breves píldoras de dolor y ensueño, como ésta: «No muevas la rama, jilguero. Creerá la hormiga que no cesa la lluvia». (Publicación de Cámara de Representantes).

E. E., 23-I-1991

* * *

Misiva:

Querido escritor: Compartimos esta alegría con usted, que ha sabido, primero que otros, valorar la literatura de nuestro departamento. Un abrazo y muchas gracias por las referencias a nuestro trabajo en su columna que muchos seguimos con asiduidad aquí en el Quindío. Humberto Senegal, Calarcá.

Por los caminos del Huila

jueves, 10 de noviembre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

Neiva registra un hecho curioso: el de haber sido fundada tres veces. Primero lo fue en el año de 1539 por los conquistadores españoles, y al poco tiempo fue destruida por los indios otas; en 1551 se fundó de nue­vo por orden de Sebastián de Belalcázar, y otra vez fue destruida en 1569; el tercer bautizo, correspondiente a la Neiva actual, lo hizo Diego de Ospina el 24 de mayo de 1612. Ha cumplido 378 años de vida, pero serían 451 si se mantiene en pie desde su primer intento civi­lizador.

Esto me lo explicaba un amigo de la ciudad mientras caminábamos por el Parque Santander en un día bochor­noso, de más de 30 grados de temperatura. La estatua del general Santander se ve diminuta entre las construccio­nes y árboles de la plaza, y parece que el personaje fuera un transeúnte más de los que a toda hora circulan por el lugar. Lo mismo que ocurre en Cúcuta y en otros pocos sitios del país, el parque principal de Neiva no está dedicado a Bolívar sino a Santander. Son excep­ciones honrosas que contradicen la regla general.

Esta vez le he puesto más cuidado a Neiva y le he hallado otros encantos. Surge la ciudad moderna y pro­gresista, cada vez más congestionada de vehículos y más presurosa de superación. El río Magdalena la atraviesa como una saeta lanzada por los primeros indígenas y se convierte en el abanico natural contra las altas temperaturas. En un margen del río se levanta el impo­nente monumento de la Gaitana, construido por Rodrigo Arenas Betancourt, que recuerda la hazaña de la cacica en su venganza contra Pedro de Añasco por haberle quema­do vivo a su hijo.

Sus habitantes, alegres y hospitalarios, realizan ca­da año el Reinado Nacional del Bambuco en la festivida­des de San Pedro. Como reina se escoge a la mejor bailadora. Una silenciosa iglesia colonial evoca, en el cen­tro de la urbe, los tiempos pasados. El hotel Pacandé, de larga tradición, se convierte en referencia amable de la ciudad.

Cuenta la región con buenas carreteras y ofrece for­midables contrastes: valles, cañones, vertientes, ríos, nevados, altiplanicies. Al paso del vehículo se descu­bren esplendorosos paisajes. Cada sitio tiene su propia personalidad: Betania invita al sosiego con su soberbia represa; Yaguará, a un lado, es un contorno pensativo que llama a la quietud; en Rivera nos acordamos del autor de La vorágine; en Aipe, rica en petróleo, admiramos la famosa Piedra Pintada y disfrutamos de sus aguas termales; Baraya le rinde honores al prócer de la Inde­pendencia; Garzón, la tierra del obispo-escritor Libardo Ramírez Gómez, nos saluda con sus artesanías de fi­que; Gigante parece una sola floresta con su famosa ceiba centenaria; en Timaná, el municipio más antiguo del Huila, la Gaitana recuerda su gesta contra los invaso­res españoles; Pitalito nos abre las puertas de la cul­tura agustiniana situada a poca distancia, en San Agus­tín, territorio de dioses y misterios. En fin, los caminos turísticos del Huila se disparan en todas las direcciones.

Región rica en petróleo, arroz y diversos productos agrícolas, lo mismo que en ganadería, sufre hoy insegu­ridad en sus campos. Se escucha el avance de la guerri­lla. Los habitantes viven asustados. Hay boleteo y se­cuestros. La producción agrícola, por lógica, viene en decadencia. La ganadería está sacrificada.

Vuelvo a Neiva y me refresco con el aire de los al­mendros, las palmeras, los caracolíes. En esta ciudad se le rinde homenaje, lo mismo que en Cúcuta, al árbol. Toda la ciudad está arborizada. El árbol, amigo fiel del neivano y de todos los opitas, es aquí un emble­ma de la civilización.

El Espectador, Bogotá, 6-VIII-1990.

 

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jueves, 10 de noviembre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

Vale la pena destacar algunos puntos sobresalien­tes del discurso del doctor Juan Martín Caicedo Ferrer como alcalde de Bogotá. Es usual que todo funcionario nuevo, sobre todo si ocupa alta investidura, haga a la llegada al cargo una serie de ofrecimientos que espera cumplir durante su gobierno. Algunos se desbor­dan en promesas y se quedan cortos en realizaciones. En el caso del doctor Caicedo nos encontramos con una intervención sobria, carente de demagogia, donde con sentido realista establece urgencias y fija criterios para resolver los problemas más apremiantes.

Cuando habla de poner en marcha, «sin dilaciones y con dimensión de futuro», un nuevo orden urbano, se to­ca una parte neurálgica de la capital. Se trataría de implantar técnicas más avanzadas, y sobre todo más efectivas, para que Bogotá resulte ciudad racio­nal y humana. El propósito de la nueva administración es que sus habitantes se sientan en casa, lo que  en verdad sería labor titánica ante el desorden, la anarquía y la desidia imperantes. Ojalá el doctor Cai­cedo halle fórmulas maestras para transformar la atmós­fera envenenada de la capital. Que se nos perdone el término, pero esa es la pura realidad.

No habrá, dice, alzas en las cargas impositivas. El fortalecimiento de las finanzas se hará mediante la modernización de los sistemas administrativos para ase­gurar la efectividad de los recaudos. Más adelante el señor Alcalde habla de moderar el costo de la vida fa­cilitando el abastecimiento de los productos de la ca­nasta familiar. Esto envuelve toda una estrategia, cu­ya bondad la determinará el paso de los días (y que éstos sean breves, pues de lo contrario se esfumarán las esperanzas).

Ofrece el señor Alcalde un plan de mayor protección para las clases más desamparadas. Si Bogotá, según datos revelados en el discurso, tiene un millón de pobres, de los cuales 320.000 no alcanzan a satisfacer sus necesida­des nutricionales mínimas, el drama es de grandes pro­porciones.

Programa prioritario es, como también lo fue en el gobierno del doctor Pastrana, el de combatir la inse­guridad. En la capital y en el país entero vivimos a merced del terrorismo y del asalto callejero. Hay que reconocer que en Bogotá, no obstante la desmesura del problema, mucho obtuvo en seguridad la anterior ad­ministración. Avanzar en este terreno, como se lo pro­pone el doctor Caicedo, es fomentar la civilización.

Magnífico el anuncio de recuperar el sector céntrico de la ciudad, convertido en ciertas zonas en nidos de prostitución y pillaje. Esto mismo suele detener la conservación de algunos lugares. El franco deterioro se nota en otros. Y la invasión del espacio público es tendencia natural y soterrada que se impone en los centros urbanos. Nuestra bella capital colombiana no puede quedarse a la zaga del progreso y la estética.

La parte cultural, otra preocupación acentuada en el discurso, tendrá especial miramiento en el gobierno distrital. «Podemos convertir a Bogotá en un gran cen­tro de cultura», es su afirmación rotunda, y merece un aplauso. Sin cultura no puede existir el progreso. Si alguna vez nuestra capital recobrara el título de «Atenas suramericana», todo marcharía distinto.

Descontaminar el río Bogotá no sólo es buen pro­pósito sino necesidad inaplazable. Y recuperar los cerros de Bogotá, mediante el concurso de la Unesco, tendría repercusión en la sanidad ambiental, e incluso estética, que tanta falta nos hace.

El doctor Caicedo, como lo ha demostrado en otros ámbitos, le pondrá tono moral a su administración pa­ra no permitir arbitrariedades, abusos ni deshonestida­des. A cualquier Gobierno lo daña la corrupción.

El problema del tránsito urbano, que el burgomaestre ya ha comenzado a atacar, es el verdadero rompecabezas que está enloqueciendo a los bogotanos. ¿Y por qué –pregunta el columnista– no adelanta la Alcaldía una campaña contra el abuso del pito? A merced de tan diabólico ins­trumento nos estamos volviendo sordos y neuróticos.

La ciudadanía espera que los buenos propósitos del dinámico mandatario tengan exitosa realización.

El Espectador, Bogotá, 29-VI-1990.

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Misiva:

Permítame expresarle mis sentimientos de aprecio y gratitud por los términos de su artículo sobre el discurso de posesión. No solo llama mi admiración por su artículo el hecho de provenir de un escritor ya consagrado en las letras y el periodismo nacional, sino el excelente análisis sobre mis planteamientos y las sugerencias que usted ha tenido a bien formular. Deseo contar en forma permanente con su espíritu crítico y su amistad personal. Juan Martín Caicedo Ferrer, Alcalde Mayor de Bogotá.

 

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Los partidos tradicionales

jueves, 10 de noviembre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

El sociólogo Javier Ocampo López, presidente de la Academia Boyacense de Historia, ha publicado, con el sello de Plaza y Janés, dos interesantes libros sobre el significado y la trayectoria de los partidos tradicionales de Colombia. Hay otro sello que mucho admiro: el de la brevedad de los textos. Ninguno de ellos, sin dejar de ser sustanciosos, supera las 200 páginas. Veamos, en forma sucinta, los perfiles característicos de ambos partidos.

Qué es el Conservatismo colombiano

El Partido Conservador se identifica con la tradición histórica española en la segunda mitad del siglo XIX. El hispanismo, como fundamento cultural, impulsa el pensamiento conservador. El primer programa del parti­do lo promulgan, en 1849, Mariano Ospina Rodríguez y José Eusebio Caro.

Esta filosofía política, que ha venido vigorizándose a través de los años, se basa en la mentalidad tradicionalista, que consagra la experiencia histórica, el orden, la religión, la moral, la estabilidad, la segu­ridad, como factores primordiales para la cohesión de la sociedad y el desarrollo del individuo.

La tradición, lejos de ser un concepto estático, debe ser renovadora. Dice Lucio Pabón Núñez, uno de los ideólogos conservadores del presente siglo, que «saber armonizar la tradición y la renovación es el secreto de las culturas superiores». El orden es piedra fundamental de esta doctrina: orden político, orden social, orden económico, orden familiar. El Partido Conservador es­tudia con cuidado las reformas, es analítico, concentra sus esfuerzos en la calidad y rechaza la precipitación.

La autoridad es otro pilar conservador. El poder de­be ser limpio y el gobierno, estable. Como el Conservatismo sabe que la autoridad emana de Dios, a ese prin­cipio le concede capital importancia. Defiende a la Iglesia Católica por considerar que el orden y la moral provienen de la religión. El programa de los señores Ospina y Caro le da preponderancia a «la moral del cristianismo y sus doctrinas civilizadoras, contra la inmoralidad y las doctrinas corruptoras del materia­lismo y del ateísmo».

La moral es esencial para mantener el equilibrio de la sociedad. Sin ella llegará el caos. Dicha tesis le da aliento al Conservatismo en sus luchas contra la corrupción. Laureano Gómez, uno del los más aguerridos caudillos de esta doctrina, pasó a la historia como el «catón de la moral». Tal fórmula de supervivencia, apli­cada a veces con demasiado rigor, es razón básica de la doctrina conservadora.

El partido le concede especial importancia a las direc­trices trazadas por el Libertador en sus empeños de con­solidar la unión nacional. Ha buscado en él muchas fuen­tes de orientación. En la siguiente frase de Bolívar centra un principio indeclinable de comportamiento: «La destrucción de la moral pública causa bien pronto la disolución del Estado».

Para el Conservatismo la justicia social proviene de los códigos antes señalados. Sin ella es imposible el bien común. Los pueblos sólo se desarrollarán y ha­llarán progreso si existe el sentido de la cooperación y la equidad. Este partido combate también la opresión, el despotismo monárquico, el militarismo, la demagogia.

En los enfrentamientos políticos, a los conservadores se les ha llamado tradicionalistas, godos y azules, con sentido peyorativo; pero tales términos tienen explica­ción en signos característicos de su devenir histórico.

*  *  *

Ambos partidos están montados sobro bases sólidas. Buscan el bienestar del hombre en la sociedad. Los dos poseen normas avanzadas de cooperación, de convivencia, de mejoramiento del hombre dentro de la libertad y la moral, y sólo se diferencian por algunos matices ideoló­gicos y de acción. Pero no siempre se cumplen los pro­gramas políticos. Y entonces se presenta, como ocurre ahora, la atonía de los partidos.

Javier Ocampo López analiza en el otro libro publi­cado por Plaza y Janés la esencia en que se fundamenta la otra colectividad colombiana.

Qué es el Liberalismo colombiano

Alejandro López, uno de los ideólogos más avanzados de este partido, refiriéndose al espíritu liberal y al espíritu conservador de Colombia, anota: «El uno conser­va y el otro fecunda. De un lado la tradición, y del otro la inquietud del futuro». Son nuestros partidos, por consiguiente, fuerzas complementarias que buscan el de­sarrollo, bajo diferentes enfoques, del hombre en la comunidad.

La ideología básica del Partido Liberal colombiano surgió del movimiento cultural y socio-político de la Ilustración en el siglo XVIII y defiende la soberanía popular, la democracia, la igualdad, la libertad, la libre economía, la independencia. La libertad es una de sus banderas siempre flameantes: libertad de expre­sión, libertad de conciencia, libertad de cultos, liber­tad de cátedra, libertad de imprenta, libertad de pensa­miento.

Entre sus afanes prioritarios está el de construir una sociedad más igualitaria y equilibrada. Ha sido adalid de la justicia social. Se opone al militarismo y a los poderes dictatoriales. Ataca los privilegios de la Iglesia Católica y la influencia del clero en la políti­ca. Esta cuestión dividió a los dos partidos en el si­glo XIX. Dijo Luis Eduardo Nieto Caballero: «Hay que dejar en libertad al corazón para que se entienda con Dios como a bien tenga. No siempre los grandes espíri­tus se encuentran en las religiones». Ya en el siglo XX este partido muestra menos preocupación por los asuntos religiosos y más por los problemas sociales y económicos.

El Cementerio Libre de Circasia fue, en los años 30, una protesta contra la Iglesia y se erigió, según lo proclama Braulio Botero Londoño, en abanderado de esta causa, en “panteón a la libertad, la tolerancia y el amor». El Cementerio Libre encarna el espíritu liberal.

En la conformación de esta colectividad colombiana se tomó como guía el pensamiento de grandes líderes de los principios liberales en el mundo, como John Locke, Rousseau, Montesquieu, Voltaire. Y en nuestra patria, a Antonio Nariño, con la publicación en 1794 de los Dere­chos del Hombre y del Ciudadano –sacados de Francia –, que consagran cuatro derechos esenciales: libertad, igualdad, propiedad y seguridad; y a Santander, conver­tido en el filósofo y motivador principal de los civi­listas liberales, quienes se enfrentaron a los bolivarianos después de la Convención de Ocaña.

Según Ezequiel Rojas, Colombia se dividió en dos gru­pos políticos desde 1826: el Liberal (alrededor de San­tander) y el Bolivariano (alrededor de Bolívar). De la Convención de Ocaña surgieron los partidos políticos de la Gran Colombia. Hoy día son claras esas definiciones.

La plana mayor de este partido, desde sus albores hasta los días actuales, la reseña Ocampo López en sus distintas épocas y escuelas. Hace lo propio en el li­bro dedicado al Conservatismo. Con esta galería de prohombres, Colombia ha librado todas sus batallas.

*

En ambas colectividades han actuado grandes caudillos. En las democracias se requieren partidos fuertes, lo mismo que orientadores eminentes, para salvar al hombre de sus miserias. El mundo entero se divi­de entre conservadores y liberales, con ligeras variacio­nes. Unas veces gobiernan los unos, luego los otros. Los principios mantienen su primacía, y son los hom­bres quienes los desvían. Colombia, por fortuna, ha sabido combinar la calidad con la acción. En ambos partidos.

El Espectador, Bogotá, 17 y 28-VII-1990.

 

 

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