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Chatarra por libros

viernes, 11 de noviembre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

Una de las bibliotecas populares más significativas de Medellín, que tuve oportunidad de conocer en estos días, es la situada en el barrio Moravia. Es éste un sector de pobreza absoluta que se ha levantado sobre lo que antes era un basurero público. Parece un milagro. Se advierte allí el esfuerzo de la gente por construir, sin mayores requisitos de planeación urbana, su vivienda propia.

Ha surgido en Moravia, sobre la miseria, un conglo­merado humano. En silenciosa invasión llevada a cabo durante años enteros, los moradores de aquella ladera de Medellín formaron una sociedad que lucha por la sub­sistencia. Como en medio de su desamparo carecían de planificadores y de ambiciosos proyectos urbanísticos, pusieron las casas en cualquier forma y de carrera. Sólo les interesaba un techo para protegerse.

Para quien nada tiene, una humilde residencia se convierte en un palacio. Ahí se refleja el afán del hom­bre por no dejarse ganar la partida de la adversidad. Un barrio de invasión es una protesta social. Medellín, en donde abunda el dinero de las grandes industrias y de los prósperos imperios económicos, muestra aberrantes cordones de miseria. Es una de las ciudades en donde se ve más hambre por las calles y pululan, lo mismo en los sectores céntricos que en las periferias, ejércitos de menesterosos que amanecen agazapados en cualquier sitio público por no disponer de un hogar para pasar la noche.

Gloria Inés Palomino, directora de la Biblioteca Pública Piloto, me explicaba, mientras recorríamos el barrio Moravia, cómo las basuras de la ciudad se habían convertido en aquellas cuadras habitadas que hoy sus vecinos defienden como la mayor posesión de la tierra. Por entre callejuelas y construcciones deformes, y en medio de una población infantil que juega gozosa en la vía pública, se me reveló un prodigio: la biblioteca del barrio. Llegamos a medio día, cuando las mesas de lectura se habilitan como comedores para los niños que reciben allí las primeras lecciones de formación escolar.

Rodeados de libros y de elementos creativos, los ni­ños aprenden en estos talleres las primeras letras y dan los primeros pasos para ser mañana ciudadanos de bien. La Biblioteca Piloto es la animadora de estos hogares juveniles en que se han convertido las 60 bibliotecas de barrios populares de la ciudad. Me sentí sobrecogido ante esta lección de patriotismo que brota en la urbe convulsionada por el narcoterrorismo. Mientras éste des­truye, otros edifican.

Los niños de Moravia ya aprendieron a querer los li­bros. Para aumentar su biblioteca escarban en los ba­sureros y de allí extraen la chatarra que luego venden para adquirir más libros. Ellos mismos descubrieron la fórmula comercial para culturizarse. ¡Chatarra por li­bros! Ojalá la Unesco, que en asocio con el Gobierno colombiano fue la creadora de la Biblioteca Piloto de Medellín –un modelo para América Latina–, se entere de esta maravillosa transformación de la basura en libros.

*

Uno de estos niños de barriada, que se da el lujo de ser lector a domicilio, se presentó ante la di­rectora de la biblioteca y le pidió, con los cien pesos que es el costo del carné, sudados en la venta de la chatarra, que le expidiera otro documento a nombre de su padre. Extrañada la directora, le preguntó si no era suficiente con el que ya poseía. Ante lo cual explicó el muchacho que su padre, que también se había vuelto lec­tor apasionado, se apoderaba de sus libros y no le per­mitía gozar a plenitud de la lectura. Y como su padre estaba de cumpleaños, deseaba hacerle un gran regalo: el carné propio.

El Espectador, Bogotá, 30-X-1990.

 

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Biblioteca Piloto de Medellín

viernes, 11 de noviembre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

Cómo reconforta llegar a Medellín, hoy una ciudad si­tiada, y encontrarse con esta mole de cultura que es la Biblioteca Pública Piloto, desde hace ocho años dirigi­da con admirable dedicación y brillo por la doctora Gloria Inés Palomino. Mientras con ella visitaba las instalaciones y me enteraba de las maravillosas obras que adelanta la entidad, me dolía del atentado diario con que los enemigos de la civilización traumatizan la vida metropolitana.

La cultura es la que salva a los pueblos. Cuando és­tos se desculturizan caminan entre tinieblas. Medellín saldrá adelante por su cultura ancestral. Aquí se halla, guardiana, su Biblioteca Pública Piloto como una forta­leza del espíritu. Y no se trata tan sólo de la airosa edificación material, sino de un símbolo, de una bandera que recorre barrios y periferias y proclama el triunfo de la mente sobre la mediocridad.

Tiene 4 bibliotecas satélites en las comunas de la ciudad y es la gestora de 60 bibliotecas de barrios po­pulares. En el barrio Florencia están organizados los libros en dos vagones de ferrocarril y allí se bautizó la cultura con el rótulo preciso: Tren de papel. Otra dependencia está en el barrio Moravia, antiguo basurero público. En Campo Valdés, en inmediaciones de Manrique y de otros barrios pobres de donde salen jóvenes sica­rios, existe otra excelente mansión de libros.

En la sede principal funcionan 23 talleres, uno de ellos dirigido por Manuel Mejía Vallejo, que acaba de publicar el volumen de coplas titulado Soledumbres, bajo el auspicio de la Biblioteca. Otras obras recien­tes, entre las muchas publicadas por la entidad, son Los decanos, en honor a El Espectador, que recoge el magnífico reportaje concedido por don Guillermo Cano, pocos días antes de su muerte, a Sara Marcela Bazzi; y el de Javier Henao Hidrón sobre el filósofo antioqueño Fernando González.

La Biblioteca desplaza muestras bibliográficas y pictóricas (ahora de visita por el Antiguo Cal­das) a distintos lugares del país. Las que llama cajas viajeras son colecciones infantiles que sitúa por espa­cio de tres meses en los municipios de Antioquia para despertar el interés de los pequeños lectores.

La entidad nació en 1952 por acuerdo entre el Gobierno de Colombia y la Unesco. Se creó como centro piloto para América Latina y ha cumplido misión ejem­plar. Alrededor de ella se busca la capacitación de la gente y el desarrollo de la comunidad. Este medio de cultura no formal, al acceso de cualquier persona, permite que sea el pueblo el mayor beneficiado. El autodidacta convierte su sed intelectual en acicate para abrirse las puertas del saber humano. En medio de esta montaña de libros, movidos por Gloria Inés Palomi­no como abejita en constante agitación, se ofrecen conciertos, recitales, conferencias y exhibiciones de arte. Hoy es insuficiente el edificio para atender el vertiginoso crecimiento de la ins­titución.

El total de libros llega a 120.000, a los que hay que agregar 18.000 obsequiados hace poco por Bedout y publicados por la casa editora durante sus cien años de existencia, que acaba de cumplir. Noble gesto que me­rece el aplauso de los antioqueños. Otro dato significa­tivo es el de los 3.800 lectores diarios que acuden a la biblioteca. Y el de las 7.200 personas carnetizadas que retiran libros a domicilio.

*

Los antioqueños son líderes en muchos campos. Pione­ros de la industria y el comercio, han levantado esta ciudad de empuje. Hermoso modelo de urbanis­mo engrandecedor. Ahora le ha caído el ave negra de la destrucción. Pero superará la adversidad con la fe del montañero. Para ello cuenta con el arma poderosa de la cultura. Ya se han formado, con el motor principal que es la Biblioteca Pública Piloto, varias generaciones. Y la antorcha sigue prendida para alumbrar el futuro.

El Espectador, Bogotá, 13-VIII-1990.

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Misiva:

Hasta hoy tuve la esperanza de poder darle personalmente mi agradecimiento por el magnífico trabajo que sobre la Biblioteca y nuestros servicios realizó para El Espectador. Vimos cómo se entusiasmó y sintió a esta entidad, apoyando con la difusión de nuestras actividades los servicios que aquí prestamos. Es mi deseo poder tenerlo de nuevo con nosotros. Gloria Inés Palomino Londoño, directora.

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Una ciudad perpleja

viernes, 11 de noviembre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

Medellín toca a duelo. Hoy es una ciudad agonizante. La gente vive atemorizada y se recoge temprano en los hogares. Los sitios nocturnos se silenciaron desde que el miedo se convirtió en el habitante fantasmal de la noble urbe perpleja. Todos los días hay muertos frescos. En esta masacre silenciosa e indiscriminada caen poli­cías, sicarios, vagos, ingenuos transeúntes, gente ino­cente.

Los policías, contra quienes a toda hora están diri­gidas las armas del sicariato, andan erizados y dispa­ran de puro miedo. Así reaccionan ante el pánico. Lo mismo ocurre en el terreno contrario, el de los mafiosos. Sus armas apuntan a los policías pero se llevan por delante a quienes se atraviesan en su mira siniestra.

En el día hay incierta animación, y en la noche, pa­vor. La gente corre, al filo de las seis de la tarde, hacia sus residencias. Las discotecas ya no tienen clien­tes. En la industria y el comercio han descendido las ventas hasta niveles alarmantes. En el comercio de los licores se comenta una disminución superior al 30 por ciento, lo que signifi­ca, en nuestro Estado cantinero, graves perjuicios pa­ra muchas actividades que se financian con el consumo alcohólico.

Una noche le eché un vistazo a la urbe titilante y la encontré asustada. Apenas unos parroquianos despis­tados, o tal vez acostumbrados a los miedos nocturnos, vagaban  por las calles céntricas. Parecían, ellos mismos, otros fantasmas de la ciudad espectral.

Durante varios meses El Espectador ha dejado de cir­cular en Medellín y en Antioquia ante los atentados de que fue víctima. Primero fueron asesinados los representantes locales del periódico y luego amedrentados los voceadores. Para evitar más muertes injustas, el diario se retiró temporalmente de su propia tierra. Al no existir garantías suficientes en la guerra encarnizada que busca intimidar a la prensa, murió otro grito ahogado de los hombres libres.

Medellín ha estado huérfana, durante varios meses, de su periódico raizal. La gente no puede acostumbrar­se a este vacío espiritual. Vuelve ahora a aparecer El Espectador, pero no en la forma abierta de antes. Como un ilustre personaje clandestino. De todas mane­ras, este hecho presagia una esperanza.

Algún día, y triunfal, regresará El Espectador a cantarse por las calles de Medellín y  por los caminos de Antioquia. Cuando esto ocurra con plena evidencia, habrá cesado la horrible noche. Habrá vuelto a vencer la razón sobre la tiranía. Y parece que el día no está lejano.

El periódico nació en Medellín el 22 de marzo de 1887 y ese mismo año tuvo la primera suspensión por orden oficial. Después fue varias veces amordazado, perseguido e incendiado. Su fundador padeció cárceles y amenazas. Sus descendientes han sufrido una guerra interminable de los gobiernos represivos y de los imperios económicos. En 1986 don Guillermo Cano pagó con su vida, en vísperas del centenario del periódico, la valen­tía de decir la verdad cuando otros lisonjeaban la men­tira. Como si fuera poco, una poderosa carga de dina­mita que se escuchó en el mundo entero por poco arra­sa con la sede del diario en la capital del país.

Medellín toca a duelo. La ciudad es una solemne plegaria que se repliega por las noches silenciosas, sólo alteradas por el fragor de las metralletas, pidiendo que vuelva la sensatez. Este redoblar de los infiernos que se siente hoy en la ciudad, y que enerva y a la vez pone a reflexionar, retumba en las conciencias atemorizadas y enseña que el hombre no puede vivir entre cadenas.

El Espectador, Bogotá, 9-VIII-1990.

 

 

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Cuestiones de identidad

jueves, 10 de noviembre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

Uno de los columnistas de este diario figura como Darío Bautista V. Es una identificación incomple­ta. Parece que estuviera mutilada. Lo correcto es es­cribir completo el segundo apellido. Es como cuando las casadas expresan (aunque el de conyugal ya no se usa, dizque porque indica propiedad y esto es machis­mo): Zoraida Torres de S. ¿De Suárez? ¿De Salamanca? ¿De Sanclemente? ¿De Satán? Esa S sola, indescifrable, es horrorosa, ambigua, y en el campo femenino no es aconsejable: puede implicar muchas posesiones. La mis­ma pregunta podría formularse en el caso de la V errá­tica de Darío Bautista: ¿Vargas? ¿Vela? ¿Vaca? ¿Ver­dugo?

En esto de los nombres propios, hay personas nota­bles que quedan definidas sin necesidad del segundo apellido: Alberto Lleras, Carlos Lleras, Laureano Gó­mez. Si se agrega el segundo apellido, a veces se des­figuran. Si se dice, por ejemplo, Laureano Gómez Cas­tro, la adición le quita resonancia al rotundo caudi­llo de la historia.

Hay personas que logran establecer el solo apelli­do como identificación plena: Gaitán (no puede ser si­no el líder popular); Carranza (el poeta); Nariño (el precursor); Botero (el pintor de señoras gordas). Otros, el solo nombre: Otto (el de la cultura nacional y la carcajada inconfundible); Guillermo León (el presidente poeta); Gloria (la eterna animadora de la televisión).

Un distinguido columnista de este diario dejó muy bien escrito su nombre: Darío Bautista. Si el segundo Darío Bautista prefiere, para diferenciarse, añadir un apéndice (esa V solitaria y muda), parece que la persona estuviera apenas retoñando. Lo mismo pasa con los Cano, los periodistas, que son tan prolíficos y que también escriben historias individuales en la prensa: uno de los descendientes del fundador debe anotar el segundo apellido para evitar confusiones (no es lo mismo Fidel Cano que Fidel Cano Isaza).

Otros, en cambio, deben suprimir el segundo apellido para individualizarse y evitar incómodas referencias, que suelen apocar la propia valía. Esto sucede con Eli­gio García. Si se agrega el Márquez, no se eleva sino que se frustra. Gabo, a propósito, que cualquiera tra­duce por Gabriel García Márquez, obtuvo el acierto mági­co de ser reconocido en el mundo entero con tan reducido grafismo. Gabo no hay sino uno. Y si otro quisiera lla­marse así, quedaría en ridículo.

En las normas fijadas por el Instituto Caro y Cuervo para presentación de originales que van a ser publica­dos, existe ésta:

«Por regla general, escríbanse completos los nom­bres propios y los apellidos, aunque sean de personas muy conocidas. Ejemplos: Tomás Navarro Tomás, Rafael Uribe Uribe, Manuel Briceño Jáuregui. Pueden abreviar­se los nombres, nunca los apellidos, así: T. Navarro Tomás, R. Uribe Uribe, M. Briceño Jáuregui; pero no Tomás Navarro T., Rafael Uribe U., Manuel Briceño J. En estos casos, por brevedad, es preferible suprimir el segundo apellido: Tomás Navarro, Rafael Uribe, Ma­nuel Briceño».

¿Y cuando la persona no tiene segundo apellido? El problema es mayúsculo en Colombia, donde esta soledad se convierte en sonrojo social. En Estados Unidos no habría dificultad: Kennedy será siempre el mismo (y John, en cambio, será, cuando no va unido al líder popular, un ser del común, lo que en Colombia no ocu­rriría con Belisario, Otto, Laureano o Virgilio). En Colombia ese trance se resuelve colocándose a la fuer­za el otro apellido que negó la suerte.

Esto no sucedió con un amigo mío de Tunja, hijo natural y dueño de gran personalidad, a quien un terco escribiente de juzgado, la persona más necia y más anónima del mundo, se negaba a recibirle la declaración si no suministraba la identidad completa. Y el aludido, con valor y desenfado, le dijo que anotara: “hijo de padre desconocido”.

El Espectador, Bogotá, 4-IX-1990.

 

 

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El milagro de Galán

jueves, 10 de noviembre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

Para nadie es secreto que el doctor Luis Carlos Galán, varias veces derrotado en sus campañas políticas, pero siempre victorioso en sus tesis ideológicas, cami­naba directo, en el último debate electoral, hacia la conquista del poder. Un inmenso número de colombianos situados en diversas corrientes de opinión miraba con simpatía el crecimiento de la imagen galanista. Por fin la voluntad de sus copartidarios iba a permitirle acce­der al primer puesto de la nación.

Galán era, ante todo, un luchador. De las derrotas salía fortalecido para librar nuevos combates. Había aprendido del doctor Lleras Restrepo, por quien siempre tuvo especial admiración –lo mismo que de Winston Churchill, otro forjador de la grandeza histórica–, que la victoria es consecuencia de muchas derrotas. No se des­moralizaba por la incomprensión y los obstáculos que recibía de su propio partido, para seguir adelante con sus tesis sociales y sus empeños de conquistar mayor número de adherentes, hasta coronar, como iba a suceder, la presidencia de la República.

Nunca toleró la corrupción administrativa ni el re­lajamiento de la moral pública. Buscaba la depuración de su colectividad, para lo cual arremetía con denuedo contra el clientelismo y las concupiscencias del mando. Era moralista por excelencia, y por eso sus campa­bas herían muchos intereses. Caminaba contra la corrien­te. A las mafias del narcotráfico, sus mayores enemigas, las fustigó con decisión e implacable entereza.

La fuerza de  Galán estaba en el peso de sus convic­ciones. Colombia veía en él al dirigente de multitudes, cada vez más arrollador, y confiaba en que fuera la solución para este pueblo a la deriva que carece de líderes realmente trascendentes.

Ya en la recta final de su última batalla, que esta vez resaltaba el triunfo indiscutible, tuvo un gran acierto: nombrar al doctor César Gaviria como su jefe de debate electoral. Lo había escogido por encontrar en él fundamentales coincidencias políticas y de esti­lo para impulsar la fórmula ideal que garantizara la vigencia de sus programas. Gaviria, hábil parlamenta­rio y dotado de atrayente personalidad, demostraba profundas convicciones democráticas y clara vocación de reformador.

Y por los caprichos insondables del destino, el jo­ven caudillo de Pereira pasó, a la muerte de Galán, a sustituirlo en la jefatura política. Recibió las bande­ras y las sacó victoriosas de la contienda pública. Nadie se había imaginado, ni él mismo, que pudiera conver­tirse con tanta rapidez, cuando aún le faltaba mucho terreno por recorrer, en el presidente de los colom­bianos. Hoy es el heredero de esa inmensa fortuna que no puede dilapidar, y además el depositario del mila­gro de Galán.

El doctor Luis Carlos Galán ha ganado, ya muerto, el mayor triunfo de su vida. Su espíritu sigue vivo. Su pensamiento es ahora más diáfano.

No es fácil el compromiso que asume el nuevo presi­dente de los colombianos, aunque tampoco improbable el éxito de su misión. Todo depende de la inteligencia con que sepa ejercer el reto histórico. Es cuestión de talante, expresión favorita del doctor Gómez Hurta­do, otro dirigente que piensa en grande.

Se trata de poner en práctica las tesis galanistas, que per­seguían la reestructuración del Estado y la purificación de las costumbres políticas. Ha llegado el momento de meditar, por encima de todo, en la suerte de la patria. El pueblo que lo eligió pide cambios radicales, tanto en la adopción de estrategias audaces como en la acertada selección, prescindiendo de imposiciones y perso­nalismos, de las personas encargadas de ejecutarlas.

Las discriminaciones sociales, las injusticias y los atropellos son los mayores causantes del malestar público. En muchos sectores parece que se viviera toda­vía en épocas de esclavitud.

Dice Gaviria que tomará sus decisiones con autono­mía y ofrece renovar la atmósfera de vicios que hoy asfixia al país. Ese sería el primer paso para que las ideas de Galán, que lo llevaron al poder, comenzaran a desarrollarse. Si hay continuismo vendrá la frustración. El país no resiste más. Colombia tiene fe en que el mi­lagro completo se produzca en la administración que se inicia en medio de tantas expectativas y de signos tan alentadores.

El Espectador, Bogotá, 1-VIII-1990.

 

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