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Defensa de Cartagena

jueves, 10 de noviembre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

Asistí en Cartagena, dentro del marco del XII Hábitat Mundial, a la  conferencia dictada por Rafael Martínez Fernández, gerente de la Empresa de Desarrollo Urbano de Bolívar –Edurbe–, sobre los problemas de contaminación y salubridad que afectan, en grado peligroso, a la Ciudad Heroica.

Representantes de numerosas naciones del mundo debatieron los serios riesgos que ace­chan a la humanidad por falta de mayor conciencia sobre los medios de protección que deben adoptarse. Y se reu­nieron en una ciudad esplendorosa, reliquia arquitectónica admirada por cuanto visitante llega a sus murallas, pero atacada por el enemigo común que es el de la superpoblación del planeta.

El modernismo, que ha traído consigo falsos moldes de progreso, está acabando con la vida de los pueblos. Con la vida del hombre. Cuando el mundo era menos poblado, se respiraba más aire puro y se disfrutaba con mayor placer de los recursos naturales. Al paso de las innovaciones tecnológicas se impuso la monstruosa época industrial que todo lo ha revolucionado, y por culpa de ella el hom­bre, cada vez más reducido en su medio ambiente, pierde el mayor atractivo que Dios nos concedió: el disfrute de la vida.

Situados en Cartagena, vemos que la ciudad ya no es la de antes, la que se desarrollaba sin mayores amenazas bajo las brisas salutíferas del mar y el embrujo de su arquitectura colonial, sino que se viene degradando en sus aspectos de vida, hasta extremos peligrosos. La ba­hía, según estudios del Inderena, tiene el 70% de su área en las peores condiciones sanitarias, con tres puntos críticos de contaminación: a) el Canal del Dique (brazo del río Magdalena que desemboca en ella); b) la indus­tria pesada y la liviana del bosque; y c) el alcantari­llado de Cartagena, que vierte el 40% de las aguas ne­gras en la bahía.

Estudiantes de la Universidad Jorge Tadeo Lozano, seccional del Caribe, elaboraron para este congreso un valioso trabajo titulado El clima, la vivienda y el es­pacio público en Cartagena de Indias, que permite una visión amplia, en breves y estructuradas páginas, sobre el proceso ecológico y urbanístico de la ciudad. Vemos, entre otras cosas, cómo a medida que Cartagena crece, sus necesidades se desbordan por el deterioro paulatino de sus recursos naturales, por la mutilación de sus joyas arquitectónicas y la invasión desmedida del espacio público.

Como consecuencia de la ampliación de la pista del aeropuerto, la Ciénaga de la Virgen quedó aislada del mar y con aguas estancadas, que hoy representan un grave foco de infección. La invasión de terrenos, con habitantes que viven rodeados de aguas negras y carentes de sistemas mínimos de higiene, se ha convertido en un dolor de cabe­za para las autoridades, tanto por el hacinamiento de la población como por la ausencia de los servicios públicos indispensables. El fenómeno de los tugurios, que se manifiesta sobre todo en los márgenes de la Ciénaga de la Virgen y en las estribaciones del Cerro de la Popa, es uno de los engendros del modernismo.

«La ciudad, en estos momentos –dice el estudio de la Universidad Jorge Tadeo Lozano–, está pasando por un pe­ríodo de contradicciones y desconocimientos manifiestos». Escuché de diversos labios la crítica acentuada sobre la falta de un líder grande –que no tiene Cartagena desde hace mucho tiempo– que sea capaz de recti­ficar la actual descomposición. Edurbe viene repicando en estos puntos críticos. Ojalá se le escuche.

El Espectador, Bogotá, 11-V-1989.

 

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Cielo guajiro

jueves, 10 de noviembre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

Por fin…  ¡La Guajira! Desde hacia mucho tiempo, tal vez desde que leí la sensual novela de Eduardo Zalamea Borda Cuatro años a bordo de mí mismo –diario de los cinco sentidos–, ardía en deseos de conocer la tierra remota. Una y otra vez había tenido que aplazar el via­je, hasta que logré, en días pasados, complacer la ilu­sión tantas veces acariciada.

Esta tierra abierta, quemante y arisca, que se retuer­ce bajo la inclemencia de soles caniculares, parece que no tuviera dueño. La soledad de sus caminos y la aridez de sus contornos ponen una nota dura en el paisaje. Con­forme se recorre su geografía en largas jornadas de sed y sofoco, el alma vuela por las estepas y se encuentra con Dios convertido en desierto. Los indígenas se desli­zan por los senderos arenosos y se pierden en sus ranche­rías.

Una india vieja, que marcha al borde de la carretera con una niña de la mano, se muestra recelosa cuando de­tenemos ante ella el vehículo. Nos voltea la espalda, pero yo la halago, con un billete, para la fotografía de rigor. Posa con naturalidad, sin preocuparse por su apariencia ajada por los años y la miseria, y sonríe con expresión franca cuando la máquina capta su figura lánguida.

Ya en marcha el vehículo, queda bailándome en la men­te la aparición de ese colmillo solitario, el único dien­te que le queda en pie, que la mujer exhibió en su gesto de gratitud. Creo que he captado en esa imagen fugaz, más que a la típica habitante de La Guajira desértica, las inmensas necesidades que padece la población en ma­teria de salud, de educación, de higiene, de agua potable.

Y viajamos, como contrasentido, sobre un subsuelo rico en carbón y gas, que al país le produce cuantiosas utilidades.

El cielo guajiro es amplio y transparente y todo lo ilumina. Los cactos y los nopales, que se multiplican en maravillosa sucesión de quietud, se aferran con desespero a la tierra. En la alta Guajira, donde el desierto clama en dolorosas densidades, una gota de agua se con­vierte en maná del cielo.

Esta es La Guajira, la tierra mítica que me hacía fal­ta conocer. Con ella ya tengo cubierto casi todo el mapa colombiano. Ancho territorio caracterizado por sus altas temperaturas, su vegetación espinosa y sus arenas incle­mentes, rechaza las lluvias y se complace con la sequedad. El viento es puro y corre –como lo probó Zalamea Borda– con sabor a arena, a beso, a mujer, a sensualismo.

En la exótica y lujuriosa Guajira la vida adquiere otras dimensiones. Seduce con sus misterios y conquista con sus encantos. A ella habrá que volver para extraerle sus mitos y leyendas. Básteme por ahora dejar este ras­tro de una excursión asombrada.

El Espectador, Bogotá, 27-IV-1989.

 

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El diablo de Otto

jueves, 10 de noviembre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

«En Riosucio tenemos un diablo. He sostenido que es un diablo mestizo», dice Otto Morales Benítez en el fo­lleto que ha titulado Facetas míticas del diablo de Riosucio. Todo cuanto quiera conocerse sobre el folclórico personaje, elevado al pedestal de mito por un pueblo que ha sabido engrandecer sus tradiciones, se encuentra en esta ficha satánica.

El de Riosucio es un diablo de abolengo. Como no es perverso, vengativo ni castigador, ha roto las cadenas de monstruo de las tinieblas para adquirir la categoría –¡quién lo creyera!– de dios carnavalesco. Un pueblo su­miso le rinde adoración, cogido de la mano de Otto, el sacerdote mayor, y lo presenta en cada carnaval como sím­bolo de alegría y fraternidad ante este país que ha perdi­do el sentido de la convivencia.

Mientras en otras partes los colombianos se matan, en Riosucio se abrazan bajo las bendiciones de este prínci­pe retozón que remueve todos los resquicios del pueblo y decreta inequívocos días de jolgorio colectivo. Diablo bullanguero que se mete en la conciencia de los riosuceños para crear explosiones de júbilo, lo queremos de soberano para apaciguar el odio nacional.

Los habitantes del municipio caldense han tenido el acierto de mantener encendida la hoguera satánica donde arde, pero al conjuro de la gracia, este rey de fiestas que nació para castigar la perversidad y prender chispas de regocijo en los corazones. Es diferente al diablo cató­lico, ideado en la Edad Media como elemento de suplicio. Con el viaje de Colón se posesionó de las tierras asusta­dizas de América Latina.

El cristianismo impuso tantos diablos como perturba­ciones de alma puedan existir en el espíritu del hom­bre. Y desde antes de la llegada de Cristo, ya figuraba el siniestro perseguidor de la humanidad. Juan Wiers contó, repasando el siglo XVI, 7’459.610 diablos.

Mora­les Benítez, el mayor demonólogo colombiano, describe así la génesis de este personaje universal: «Dios, que es el equilibrio y que anhela la equidad, dijo: ‘tengo que hallarle una compensación a este hombre que va a disfru­tar tanto del cosmos. No puedo dejarlo suelto’. Creó al diablo para que nos cobrara las dulzuras y ternezas de que íbamos a abusar».

Apareció, por fortuna, el antidiablo perfecto, tan mes­tizo como Otto y tan carcajeador como él. Destronó a su adversario y les enseñó a los habitantes de la comarca a cambiar la tristeza por el gozo, y la amargura por el sosiego. Envuelto en el ropaje del carnaval, dejó de ser una criatura maligna para volverse cordial y conciliadora. Proscribió las armas. En los días de la parranda no hay lugar para el tedio ni la melancolía, para el peso en la conciencia ni el rencor en la mirada. Todo es lúcido. Se destierran las riñas y se sepultan los egoísmos.

Se man­dan al diablo –ahora sí– las frustraciones y los enconos, las pesadumbres y las dificultades, y quedan abolidas las diferencias de clases. El propio Otto, dejando a un lado sus ocupaciones habituales en la capital, se mez­cla con la multitud, cogido del brazo de sus paisanos –que ni siquiera reparan en el candidato presidencial–, con una copa de aguardiente en la mano y un verso en el corazón.

Y es que el diablo riosuceño –único en el mundo– es además intelectual y gocetas. Congrega a su alrededor a los escritores y poetas del país y les pone sal en la lengua para que le hablen en verso. Es el gran incitador del arte de la palabra. El día final, con los ojos nubla­dos de pena por tener que dejar a sus paisanos entre las fatigas y las violencias cotidianas, sale por la esquina opuesta a la de su llegada y se despide en verso.

Luego vuela entre dinamita para que se sepa que su alma es po­derosa, en medio de los lamentos y los lloros de sus súb­ditos incondicionales, que desde ese momento y hasta los próximos carnavales tienen que vérselas con los diablos corrientes, con los diablos malditos.

*

Siempre he sospechado que Otto es más que un simple devoto del personaje de su pueblo. Viéndolo carcajearse con su expresión jocunda y sus ojos chispeantes, de repente descubrí en él destellos diabólicos. Penetrando más en sus fibras espirituales, en su alma franca y jubilosa, ya no me quedó ninguna duda: el diablo está reencarnado en él. Y no es un diablo cualquiera. Ni plebeyo ni importado. Es un diablo mestizo, nacido en las alturas del Ingrumá. Otto es el Diablo de Riosucio.

El Espectador, Bogotá, 19-V-1989.

 

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Gabriela Mistral

jueves, 10 de noviembre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

Nace el 7 de abril de 1889, en Vicuña, importante centro frutícola de Chile. El ambiente de las frutas perece que hubiera impregnado su alma del aroma campe­sino que se respira en su poesía. Su obra, que en 1945 conquista el Premio Nóbel de Literatura, es un canto perenne al amor. Es el suyo un amor universal que se manifiesta en su reverencia a Dios y en su inclinación por los humildes, los niños, los animales, la naturaleza.

Su inspiración lírica, movida por poderosa fuerza emo­cional, es tersa como la propia atmósfera de sus campi­ñas chilenas. Su poesía brota espontánea y se desliza co­mo agua tranquila y refrescante. En ella han bebido los enamorados de todo el mundo, porque sus versos se vol­vieron patrimonio de la humanidad.

De su padre heredó la vena poética. Era éste hom­bre instruido y buen conversador, que divertía a sus ami­gos cantándoles coplas improvisadas con ayuda de la guita­rra. Era el auténtico gaucho argentino. Gabriela siente desde su más tierna edad la vocación de la maestra y de ahí nace su predilección por los niños y las cosas simples. Más tarde, cuando llega a ocupar posiciones destacadas en la diplomacia y en el gobierno de su país, e incluso alcanza el mayor galardón literario del mundo, proclama que no es más que una maestra de escuela.

El símbolo de la escuela le ha quedado impreso en el corazón como un estigma al mismo tiempo amable y doloro­so. Nunca podrá olvidar que otra maestra de escuela la había acusado en su niñez del robo de unas hojas de papel que ella nunca había tomado, al tiempo que movía a los alumnos a tirarle piedra y a considerarla como enferma mental.

De ese dramático episodio cosecha la noción de la crueldad humana y su espíritu se vuelve sensible –como con tanta densidad lo traduce en sus versos– al dolor, a la desprotección, a la injusticia. Más tarde recibe duro golpe con la muerte de Romelio Urueta, el joven con quien mantiene relaciones amorosas y que se suicida por caprichos con otra mujer, según parece. Esa experien­cia le hace crear el libro Desolación (1922), su obra cumbre. En esa época recibe influencias, para su estado de soledad y desesperación, de las lecturas de D’Annunzio y Vargas Vila, el uno cantor de la muerte y el otro, del erotismo.

En 1924 publica Ternura, donde le da un vuelco a su alma. En este libro sublima la maternidad, el hijo, la gracia de los animales, la tierra amorosa. Su tono se vuelve vital. Aflora la ternura de la voluptuosidad. En Tala y Lagar, sus otras producciones memorables, se nota el influjo de la Biblia, de la cual, y desde mucho tiempo atrás, es lectora constante.

Viaja de seguido por los países de América. Desprecia posiciones oficiales en su propia nación para alimentar su ansia de explorar mundos. Todo esto le da mayor bagaje a su universo poético, ya que se trata de la aguda ob­servadora y la fina receptora de emociones. A Méji­co la convierte en su segunda patria americana.

Sus biógrafos describen su temperamento como franco, cordial, resuelto; su risa, deslumbrante y armoniosa; su alma, bondadosa y sutil. Conserva siempre el aspecto de maestra rural, y con ese emblema llega a los tiem­pos actuales, en el primer aniversario de su nacimiento.

El 10 de enero de 1957 muere en los Estados Unidos y sus restos son trasladados a Chile, donde reposan en Monte Grande, donde pasó su infancia feliz. Sus poemas, llenos de pasión amorosa y hondo contenido espiritual, siguen y seguirán resonando con la magia de la ternura y el encanto de lo sobrenatural.

El Espectador, Bogotá, 13-IV-1989.

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Comentario:

Como admirador de la gran poetisa Gabriela Mistral celebro la noble y hermosa evocación de su vida y de su obra. Jorge Marel, Sincelejo.

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El automóvil de don Miguelito

jueves, 10 de noviembre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

En una de las páginas de Tipacoque, el libro de Eduardo Caballero Calderón que con tanta propiedad pin­ta los ambientes pueblerinos, el escritor se detiene en Soatá y comenta el siguiente encuentro político: «Des­pués, en el automóvil de don Miguelito, que es la única persona que en Soatá tiene un automóvil, vino el diputa­do Alvarado, médico también y con una pierna tiesa; y por último hizo su aparición en una mula barrigona el diputado Vera, que por una circunstancia maravillosa es médico también y también cojo. El tercer diputado era yo, aunque me faltaba ser médico».

Tal vez ser cojo en aquellos tiempos era en Boyacá un blasón de los ásperos caminos. Algo tiene que ver la co­jera con la política, y el cronista de Tipacoque, que se metió a político por equivocación, omite revelarnos lo que se tramó en aquella cita sigilosa de diputados. Nos lo hubiera podido contar don Miguelito, testigo de excep­ción, pero él acaba de marcharse para la otra vida. Al verlo ahora en su automóvil funerario, me acordé de la página de Caballero Calderón y se me ocurrió pensar que con él se iba también parte de la historia de Soatá.

Si aquel automóvil era el primero que había llegado al pueblo, puede deducirse cuánto tiempo ha transcurrido desde que el diputado Caballero puso su honorable pierna coja en aquellas laderas de dátiles, orquídeas, conserva­dores y canónigos, como él las llama en sus crónicas ma­gistrales. La vida de los pueblos cuenta también con protagonistas magistrales, que tipifican el alma universal de la provincia y que, al desaparecer, es como si se que­brara algo en la entraña de la tierra.

Don Miguelito es uno de esos personajes. La historia de Soatá no quedaría completa sin él. Atado sentimen­tal y materialmente a su comarca, solía desplazarse a ella con alborozo, desde la fría altiplanicie bogota­na, para buscar el afecto de su patria chica. Cuando ya presentía su muerte cercana, realizó el últi­mo viaje y gozó a plenitud, llevándole la contraria a la enfermedad que todos los días lo reducía, ante las de­licias del clima y el encanto de los paisajes.

Fue alcalde de Soatá. Todos lo recuerdan co­mo el hombre justo, ecuánime y ejemplar. Sabio varón, como uno de los patriarcas nacidos en las páginas del Evangelio, había aprendido las lecciones imperecederas de la virtud y el carácter. Siempre buscó la notorie­dad de su pueblo. A sus hijos les enseñó a querer pri­mero la patria chica. Después los hizo ciudadanos de bien.

Por eso, cuando se derrumba uno de estos robles gi­gantes, es preciso mirar a la provincia. Los pueblos son la esencia de la patria. En el trabajo discreto y laborioso que se ejecuta en los límites lejanos está la mejor fibra nacional. Don Miguelito, como siempre se le llamó con cariño, queda incrustado en la histo­ria de su pueblo.

Con su muerte he perdido un lector constante. Siem­pre que me veía con él me comentaba el último artículo y me sugería temas para otras columnas. Le gustaba debatir los temas nacionales y ponía su mayor énfasis en la corrupción pública y en las desviaciones ciudadanas. Se sentía orgulloso del sobrino escritor y hallaba en él un eco de sus propias ideas.

Hoy tiene El Espectador un lector menos. Pero era, sobre todo, un lector ponderado que sabía desentrañar el alma de las noticias y de los editoriales. Gran co­nocedor de la historia colombiana, a su lado se aprendían lecciones y se paladeaban episodios ignorados. El automó­vil de don Miguelito, en el que tanto viajó el diputado de Tipacoque, hoy es una leyenda, leyenda que se confundía con la idiosincrasia comarcana.

El Espectador, Bogotá, 13-II-1989.

 

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