Archivo

Archivo del autor

Escritores de Sogamoso

jueves, 10 de noviembre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

La Casa de la Cultura de Sogamoso ha tenido el acierto de confiar al historiador Gabriel Camargo Pé­rez la escritura del primer libro con que se inicia la tarea de divulgación de los valores históricos, ar­tísticos y literarios de la ciudad. Nadie tan indica­do como Camargo Pérez, figura repre­sentativa de la cultura boyacense y que más ha profun­dizado en las raíces históricas de su comarca y en las dimensiones del hombre americano, para rescatar del ol­vido la trayectoria culta de Sogamoso.

Con el título de Escritores de Suamox, Ciudad del Sol, el académico boyacense hace un inventario, el más completo que se haya realizado, de los aportes cul­turales con que sus paisanos han contribuido al progre­so de Colombia. Lástima que esta ciudad, que tan­to sobresalió por sus hombres ilustres, haya desdibuja­do su pasado culto. Otros afanes diferentes a los del espíritu, sobre todo los de la estéril politiquería pa­rroquial, invadieron los nuevos tiempos.

103 sogamoseños quedan registrados en el libro que comento. Sogamoso, por lo tanto, puede sentirse orgullosa de la fiebre cultural que allí se vivió, y ojalá es­timulada para volver sobre ese hito que se borró en las épocas actuales. Hay que aplaudir en el doctor Alberto Coy Montaña, director de la Casa de la Cultura, y en el licenciado Jaime Vargas Izquierdo, rector del Colegio Nacional de Sugamuxi –el alma máter de la ciudad –, su interés por recuperar la dimensión espiritual que se dejó perder.

Es preciso mirar al pasado para salvar el futuro. La mejor manera de hacerlo es estudiando la historia. Gabriel Camargo Pérez inicia su estudio con la mención de los primeros periódicos que funcionaron en la ciu­dad, El Rejenerador (sic) y El Estudio (nacidos en 1873 y 1879), y con la aparición de los dos primeros libros, Recuerdos de un alcanfor (1682) y Manual de metrología comparada (1883).

Luego se dedica al repaso de figuras sobresalientes en el mundo de las letras, como Temístócles Avella Men­doza –autor, entre otras obras, de Los tres Pedros en la red de Inés de Hinojosa–, Joaquín González Camargo, Horacio Isaza del Castillo, Edmundo Rico Tejada, Hum­berto Plazas Olarte, Guillermo Plazas Olarte, Alfonso Patino Rosselli –magistrado sacrificado en la hecatom­be del Palacio de Justicia–, Rafael Gutiérrez Girardot –uno de los filósofos más destacados del país–, Li­lia Montaña de Silva, Jesús Bernal Pinzón, Eduardo Franco Isaza.

En fin, la lista es larga. En ella no se encuentra, y hay que lamentarlo, el arqueólogo Eliécer Silva Celis, nacido en el vecino municipio de Flo­resta. Pero debe incluirse como promotor valioso del desarrollo cultural de la ciudad desde su posición de director del Museo Arqueológico e investigador de las culturas precolombinas.

*

Bien ganado se tiene Camargo Pérez el título de hijo dilecto de Sogamoso. Su obra historiográfica es fecunda, y así lo han reconocido academias e instituciones culturales, entre ellas la Academia Co­lombiana de Historia. Es autor, entre su ponderada bibliografía, del libro Sergio Camargo: el Bayardo colombiano, laureado en el primer concurso nacional de Historia. Ahora, con el repaso de los nom­bres que forjaron la historia cultural de Sogamoso –entre ellos, él mismo–, más se queda en su tierra.

El Espectador, Bogotá, 11-VII-1989.

 

Jazmín desnuda

jueves, 10 de noviembre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

Para Fernando Soto Aparicio el arte de escribir es una urgencia biológica. Tan indispensable como respirar. Nació escritor, se hizo escritor, se mantiene escritor. Su obra pasa ya de cuarenta volúmenes publicados. En po­co tiempo –ya lo veremos– sus libros superarán sus años de vida.

Cuando una editorial le lanza el nuevo título, ya viene otro en camino. Se aísla por temporadas en algún sitio apartado, lejos del mundanal ruido, para tramar su próxi­ma novela. «Como la literatura es una especie de enferme­dad no necesariamente mortal pero sí incurable, yo sigo insistiendo», me dice al entregarme sus últimos tres li­bros: Jazmín desnuda, Lecturas para acompañar el amor y La estrecha relación entre literatura, filosofía e his­toria.

Con Jazmín desnuda acaba de ganarse un premio nacional. Voy a ocuparme de este libro –su novela número 19– después de haber devorado las breves y apasionantes páginas con que el autor, amplio conocedor del mundo secreto que se esconde en los entresijos de la televisión, incursiona en los enredos, los conflictos y los lances amorosos de esta vida artificial. Soto Aparicio, además de escritor permanente, ha sido guionista profesional del cine y la televisión y por eso no ignora las artimañas que se tejen en estos vericuetos.

Pintando las pasiones y los amoríos que surgen en la sociedad farandulera, el novelista consigue, sin incu­rrir en cursilerías pornográficas, idealizar el sexo como fuerza inmanente del amor. Aquí Soto Aparicio, que ya en otras ocasiones ha tratado el tema del erotismo con buena fortuna, demuestra que el amor es el mayor regalo que Dios depositó en el corazón del hombre; y para que el amor se realice, debe ser sensual, porque sensual es la esencia del hombre.

Esta realidad inocultable, que los seudomoralistas pretenden sofocar con censuras inútiles, es una verdad limpia que fomenta el desarrollo de la personalidad. Cuando el sexo se reprime, el individuo se traumatiza. Este choque síquico va contra la ley natural, y Dios no puede condenar los actos propios de la naturaleza humana. Siendo el sexo una función innata, es también una conquista, un emblema del amor. Pero cuando se vul­gariza para volverse pornográfico, es el propio indivi­duo el que degrada la dignidad de amar.

Fernando Soto Aparicio, en quien prevalece su con­dición mística –a pesar de ciertas obras suyas que pu­dieran catalogarse de atrevidas en materia erótica–, sabe que amor y sexo son inseparables en la verdadera comunión de pareja. Dice él que «el mejor momento entre un hombre y una mujer es aquel que sigue a la pasión, cuando la llama del deseo se apaga y queda un rescoldo de cariño».

Las fantasías sensuales que estimulan el interés de la nueva obra del escritor boyacense, manejadas con lenguaje vibrante y recursivo y dentro de un ambiente poético, logran alta calidad estética. El orgasmo pro­longado del amor, que se siente en todos los capítulos de la novela, cumple el propósito de mantener viva la llama del afecto. El libro es otro tratado del amor, que esta vez penetra en el mundo frenético y también frívolo que se agita en los medios seductores y fanta­siosos de la televisión.

Novela de intrigas, de arrebatos, de trampas, de acción policíaca, de frustraciones, de sexo, de fuga­ces momentos de pasión y amor. El novelista conoce el terreno que pisa. Y tan bien lo conoce, que su obra levantará ampollas.

El Espectador, Bogotá, 1-VII-1989.

* * *

Comentario:

Celebro su excelente artículo sobre la laureada novela Jazmín desnuda del admirado escritor Soto Aparicio. Jorge Marel, Sincelejo.  

Categories: Novela Tags:

Girardot progresa

jueves, 10 de noviembre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

Hasta hace pocos años era un puerto descuidado. Con el auge de Melgar, su vecino turístico –al que le dio repentina vida el general Rojas Pinilla–, Girardot en­tró en lento proceso de deterioro. Los ojos de los bogotanos se pusieron en el pequeño municipio tolimense mecido por las aguas del río pródigo, y sobre todo por el hado del presidente benefactor que allí refres­caba, entre zambullida y zambullida, sus entusiasmos gu­bernamentales, hasta frenar, como consecuencia lógica, el avance del puerto cundinamarqués.

Mientras Melgar progresaba, Girardot retrocedía. Un gran complejo turístico, montado alrededor de la hotelería movida por las cajas de compensación, contribuyó a que el veraneadero del general se convirtiera en sitio preferido para el recreo de los bogotanos.

El puerto se conservaba como un recuerdo en fuga. Poco a poco se extinguía su importancia de otras épocas. Aunque continuaba siendo centro populoso y febril. Tal vez su misma clase dirigente, que antes había ejerci­do pujante liderazgo, permitió la decadencia señalada.

Me he detenido ahora, por espacio de tres días, con mayor análisis, en esta ciudad un poco desdibujada por los efectos comentados. He recorrido sus calles, cono­cido sus barrios y apreciado su progreso. Para decir la verdad, me había acostumbrado a pasar de largo. Y no hacía, desde años atrás, esta parada necesaria. Falta a veces la oportunidad de llegar a los sitios, mirar e indagar. No siempre ponemos el suficiente senti­do de observación.

Ha surgido de pronto, en este viaje escrutador, una población distinta. Encuentro, en oposición al lugar desaliñado que llevaba forjado en la mente, la ciu­dad transformada. Óigase este dato sorprendente: en Girardot no hay huecos. Si existen, se escondie­ron. Hoy sus calles están bien pavimentadas y resplan­decientes. Lo primero que salta a la vista es el aseo. Como en todo puerto, no es fácil preservar este requi­sito de las ciudades pulcras.

Da la impresión de que se hubiera impuesto una nueva regla para remozarle la cara a Girardot. Sus autorida­des tienen entre manos, para el futuro próximo, una fuer­te inyección crediticia dentro de los programas del Fon­do de Desarrollo Urbano, para ampliar los equipos de aseo, seguir la pavimentación de calles y construir una nueva plaza de mercado.

Otro lado oculto, que ahora sobresale a pesar de que siempre ha existido, es el de sus magníficos edificios bancarios. Aquí las instalaciones financieras compiten en espacio, elegancia y confort. Son construcciones añejas en su mayoría, que han sabido conservarse como patrimonio histórico; y las modernas, con nuevos diseños, no desentonan y, por el contrario, le dan ritmo novedoso a la evolución de los tiempos.

En el palacio municipal, sobrio y esplendoroso a la vez, se admiran el orden y el buen engranaje de sus de­pendencias. Paseando por el recinto urbanístico, surgen aquí y allá, en palpitante actividad, comercios, fábri­cas, heladerías, pequeños y medianos hoteles. Y existen hoteles de mayores dimensiones, como El Peñón, Tocarema y Bachué, que brindan esmerados servicios.

*

Buena noticia ésta de que la provincia consiga nuevos rumbos de progreso. Girardot podría hoy conquistar el puesto de capital de Cundinamarca, para descongestionar, como es lo deseable, la vida bogotana. Si se lo permite Zipaquirá, la tenaz competidora.

El Espectador, Bogotá, 2-VIII-1989.

Categories: Regiones Tags:

El periodista Simón Bolívar

jueves, 10 de noviembre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

Los artículos deben ser cortos, picantes, agradables y fuertes. Bolívar.

Conforme avanza uno en la lectura del libro El perio­dismo en la vida pública del Libertador, de Antonio Cacua Prada –la nueva publicación de la Universidad Central y el Instituto Colombiano de Estudios Latinoamericanos y del Caribe– se convence, cada vez más, de la capacidad periodística de Bolívar. ¡Qué acertado el epígrafe que encabeza esta nota para tomarlo como norma rectora de los periodistas!

Comentaba yo, después del acto académico de lanzamien­to de la obra en la Casa Bolivariana, que la brevedad y el brillo de la ceremonia le habían hecho honor a la exigencia que el Padre de la Patria imponía para las gace­tas de su época. De continuo se dolía él de los errores de redacción, descuidos tipográficos y mala titulación de las noticias que hallaba en las publicaciones oficia­les, y señalaba a sus colaboradores reglas rigurosas pa­ra que los medios de comunicación no sólo informaran sino además hermosearan el pensamiento.

En una misiva expresa así su contrariedad: «Remito a usted El Centinela, que está indignamente redactado, pa­ra que usted mismo lo corrija, y lo mande de nuevo a reimprimir, a fin de que corra de un modo decente y correcto». Quien así hablaba poseía, como es obvio, claros conceptos sobre la técnica de redactar y presentar un periódico. Tenía sangre de periodista. Lector incansable de libros y periódicos, que además se educaba todos los días en la disciplina de elaborar la vibrante correspondencia con que enriqueció la historia y la literatura, tenía autori­dad para aconsejar y ser drástico.

Sabía muy bien que la prensa era la mejor arma ideo­lógica, y ésta le ayudó a ganar sus batallas. Considera­ba la imprenta como parte de su equipo bélico, para editar, al pie de los cañones, boletines y proclamas, y se desesperaba cuando no podía llevarla consigo o cuando ésta le llegaba rezagada. El 1º. de septiembre de 1817 le escribía a don Fernando Peñalver: «Sobre todo mándeme usted de un modo u otro la imprenta que es tan útil como los pertrechos». Y como era un humanista en el amplio sen­tido de la palabra –atributo que no es frecuente en los gobernantes–, una vez le comentó al general Santan­der que «no hay cosa tan divertida como la poesía para cantar desgracias y hacerlas amar con el encanto de las sirenas».

Lo mismo que dominaba el arte de la comunicación, era defensor irreductible de la libertad de imprenta. La opinión pública le merecía el mayor respeto, y aunque susceptible en sumo grado a los ataques que recibía en la prensa, nunca coartó el libre derecho de disentir. Por el contrario, aprovechaba las censuras para mejorar sus actos de gobierno. La Constitución de Angosturas, ins­pirada por él, contiene firmes preceptos sobre la liber­tad de expresión, y éstos se fueron trasladando, como ba­se fundamental de la democracia, a otras constituciones y a otros tiempos.

*

Bolívar, por otra parte, era temible polemista. Maes­tro de la ironía, su palabra resultaba demoledora. Con frases incisivas destruía a sus enemigos. Sabía manejar el fino humor y la sutil estocada mortal de la inteli­gencia. «Para la sátira más cruel –dijo– se necesita no­bleza y propiedad, como para el elogio más subido».

Cacua Prada ha propuesto a la Universidad Central –y sin duda la idea será acogida por el rector del claustro, Jorge Enrique Molina Mariño– el otorgamiento al Libertador del doctorado honoris causa en periodismo, lo mismo que la Universidad San Marcos de Lima le concedió, el 3 de junio de 1826, el doctorado en Derecho, uno de los títulos que más agradeció el Genio de América. Fue, en ambos casos, un autodidacta ejemplar, mérito que ha dejado de reconocerse en los tiempos actua­les. El genio de Bolívar, que le ganó batallas a la tira­nía y a la ignorancia, debe ayudarnos a vencer el con­formismo y la mediocridad.

El Espectador, Bogotá, 31-V-1989.

 

Categories: Periodismo Tags:

La descultura ronda en Boyacá

jueves, 10 de noviembre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

Un fugaz secretario de Hacienda de Boyacá le propinó duro golpe a la cultura regional. Al recortar en forma drástica el presupuesto del Instituto de Cultura y Bellas Artes, puso a tambalear uno de los organismos más sustan­tivos no sólo del departamento sino también de Colombia, admirado incluso por fuera de nuestras fronteras.

Como la cultura no produce votos y en cambio sí repre­senta una carga para los funcionarios que sólo tienen miras monetaristas y afanes burocráticos, dicha medida, que recibió apoyo de la Asamblea Departamental, ha logrado efectos destructores. Es inexplicable que todo un pueblo –que es el que paga los impuestos para la eje­cución de las obras– permanezca silencioso e indiferente ante el atropello. Con tal pasividad es fácil para las autoridades incurrir en excesos administrativos.

La administración que originó aquella iniciativa ya no está al frente del gobierno departamental. Pero la actual administración la compar­te. Más aún, parece que ha ampliado sus propios puntos de vista al manifestar que la cultura debe autofinanciarse. Según ese criterio, no se concibe que la entidad le cueste al erario $ 240 millones al año, sin la correspondiente producción económica, y como la cultura –se dice por enésima vez– no fabrica pesos, el Instituto va camino de la disolución.

Hoy el presupuesto se ha disminuido en el 50%. No fluye el dinero para el pago de sueldos ni para el desarrollo de las actividades culturales. El polvo se está apoderando de la vieja casona colonial. Más tarde, si las cosas siguen como van, habrá que ponerle candado al recinto.

La opinión pública, entre tanto, se muestra ajena al suceso. Los más pensantes, que sin embargo no ejercen el debido liderazgo, comentan en los corrillos que el problema es político. Pero nadie se atreve a acaudi­llar un movimiento de protesta. Nos está matando la in­capacidad para hacernos sentir. Para volver por lo nues­tro. La cultura en Boyacá es el bien más valioso que ha producido la tierra. La cultura, en términos universa­les, es el mayor patrimonio de la humanidad. El pueblo culto está salvado. El pueblo inculto camina hacia la barbarie.

De la reciente declaración hecha por el gobernador del departamento vale la pena resaltar, para buscar otros rumbos –pero no para atrofiar la vida del Instituto–, la crítica sobre la centralización cultural que existe en Tunja y que deja de llegar a la mayoría de los municipios.

Hay que salvar la cultura boyacense. Si por algo sobre­sale Boyacá es por su ancestro intelectual y artístico. La Escuela Superior de Música es la mejor de Latinoamérica. Las otras entidades del Instituto cumplen nobles fines de culturización y preservación del arte y los bienes coloniales. Son ellas la Escuela Superior de Artes Plásticas, la Escuela de Música y Dan­zas Populares, el Centro de Investigación de Cultura Po­pular, el Centro de Restauración de la Casa-museo Don Juan de Vargas, la Orquesta Sinfónica de Vientos, el Tea­tro de Títeres, la Biblioteca Departamental Eduardo Torres Quintero (cuyo patrimonio pasa de 15.000 volúmenes), Archivo Regional de Boyacá, Dirección de Artes

*

Eduardo Torres Quintero, el caballero andante de la cultura boyacense, arremetió contra quienes inten­taban derribar unos conventos coloniales para construir hoteles de turismo. Los llamó comejenes de la cultura. Como su voz y autoridad eran poderosas, el ímpetu des­tructor se detuvo. Por lo menos de momento. A Boyacá le falta un Torres Quintero. Fue el gran abanderado del acervo culto de su tierra, a la que enalteció con sobra­das calidades. ¿Qué no diría hoy, si viviera, ante la arre­metida de la hora contra la cultura que tanto defendió?

El Espectador, Bogotá, 30-V-1989.

 

Categories: Boyacá, Cultura Tags: ,