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Acto de heroísmo

martes, 1 de noviembre de 2011 Comments off

Cuento de

Gustavo Páez Escobar

I

Me interné en el monte y sentí que la muerte comen­zaba a encaramárseme en la espalda. Traté de calmarme, sin lograrlo. La noche anterior había soñado con el mis­mo campo de batalla que ahora recorría con paso impre­ciso detrás del soldado Arenas, mi compañero de bachi­llerato. En la pesadilla había oído el tiroteo que dentro de poco tiempo se iniciaría cuando el sargento Oliveros diera la orden de atacar.

Con la garganta reseca y la lengua extrañamente crecida avanzaba temeroso, sin valor para el combate. Las piernas me temblaban y los brazos sostenían con torpeza el fusil cargado para la guerra, pero incierto en mis manos. Con mis escasos 21 años, apenas recién separado de las faldas maternas, me sentía un bulto más que se deslizaba en silencio a las cuatro de la mañana en persecución de Ojodiáguila, el bandido más bandido que había brotado de la montaña y que con su pandilla de asesinos mantenía asustados aquellos campos que en otros tiempos daban generosas cosechas.

El sargento Oliveros, llegado del Tolima una semana atrás, dejó fuera de combate a la cuadrilla del Mono Fierro, otro bandolero que durante más de cinco años mató campesinos a diestra y siniestra. Pero resultó menos hombre que mi sargento, quien lo eliminó de un disparo en mitad del corazón. Por algo mi sargento Oliveros estaba templado para las guerrillas. Eso me inspiraba confianza, aunque sin poder evitar que las piernas se aflojaran conforme avanzábamos por entre la maleza. Ya a lo lejos el día comenzaba a clarear. A nuestro paso se espantaban los gorriones, no acostumbrados a encon­trarse con una tropa madrugadora. En fila rigurosa, pisándonos los talones, marchábamos cuarenta soldados y tres suboficiales.

Yo no había nacido para las guerrillas. Hasta los guayos me incomodaban. En mi casa no quisie­ron que fuera excluido del servicio militar. Según mi padre, esa disciplina me haría hombre. Y ahora, a las cuatro de esta madrugada húmeda y miedosa, renegaba de los míos por exponerme a morir en cualquier embos­cada como un oscuro soldado de la patria que ni siquiera saldría en los periódicos porque los puestos de honor están reservados para los mandos supe­riores.

¿Qué valdría un simple soldado en la matazón que iba a producirse? Esto era un infanticidio. Si mi sar­gento Oliveros lograba hacer una buena acción, lo des­tacarían como héroe, pero ni a Arenas, tan juguetón en el colegio y con cara de bandido para otras cosas, y ahora más serio que el peligro que nos amenazaba, ni a ninguno de los reclutas, nos reconocerían mérito alguno. ¿Para qué caminar con este terrible susto a cuestas y tiritando entre el frío de la montaña, mientras en mi casa todos dormían ajenos a mis penalidades?

Arenas se mostraba serio y aplomado. De vez en cuando volteaba a mirarme como midiendo mi nerviosis­mo y se reía entre muelas dándome a entender que co­nocía mi flojera. Esto me producía mayor indignación y me provocaba entonces descargarle el fusil en la cabeza.

¡Media hora sin el menor indicio de guerra…! Los pa­jaritos corrían asustados y ni siquiera cantaban, por no ser hora de cantos. Antes de ingresar al ejército le pro­metí a Amparito que volvería con honores suficientes para que reconociera mi valor y me catalogara como indiscutible guerrero, digno de su mano. Entre paso y paso pensaba en ella y por instantes la sentía cerca a mí, como algo que me recorría el cuerpo produciéndome grato estremecimiento. El recuerdo de mi novia me acompañaba en el momento más angustioso y entonces yo me decía que valía la pena aquel sacrificio. (¿Para qué, Dios mío, se habrán hecho las guerras?). Juré que iba a ser tan valiente que exterminaría al que se expu­siera a mis balas. La novia ausente me animó a ser arro­jado.

II

De repente estalló la batalla… Una descarga de fusil hirió los cielos y se prolongó, con eco retumbante y fatal, más allá del último picacho que ya a esa hora había co­menzado a sobresalir de las tinieblas. Había sonado la hora terrífica. Quedamos eléctricos. Un choque me pasó por la columna vertebral. Todos nos pusimos en cuclillas como si tuviéramos que buscar al enemigo entre la hierba. Parecíamos sabuesos olfateando rastros invi­sibles. La fila india se rompió para formar tres grupos que avanzaron rápidamente contra el adversario.

¡Atacar…! ¡Atacar…! La voz corrió al instante y en contados segundos estábamos trenzados en bárbaro enfrentamiento. Una bala pasó zumbándome los oídos y fue a enterrarse en la cabeza de uno de mis compañeros. Este apenas exhaló un sonido sordo y cayó de espaldas. Alguien quiso auxiliarlo, pero otro, consciente de que nada había que hacer, lo lanzó camino adelante. De paso presencié el horrible espectáculo de una cabeza despe­dazada. (¿Para qué. Dios mío, se habrán hecho las gue­rras?).  Todavía no había disparado mi fusil y, para darme ánimos, lo hice retumbar y volví a cargarlo.

El tiroteo era violento. Por todas partes se escuchaban gritos secos que morían en las gargantas y me hela­ban la sangre. El relampagueo de las balas había hecho luminoso el día. Pero la mañana olía a sangre fresca, a cráneos destrozados. Escenas terribles iban sucediéndose en interminable procesión de muertos. Yo corría a zancadas sobre los cadáveres comunes, ya sin distinguir si pertenecían al enemigo o a los nuestros. Un penetrante olor a pólvora volvía pesada la respiración y un sudor intenso, que me bañaba todo el cuerpo, me estaba sofo­cando.

¿Cuánto tiempo había transcurrido? ¿Una hora, dos, tres, un día entero…? Sentí que la cabeza me daba vuel­tas. La vista comenzó a nublárseme. Una pesadez incon­trolable me invadía. Las quijadas me crujían. El corazón me brincaba y amenazaba escaparse del pecho. La vida se me estaba yendo… Me palpé por todas partes, por la cabeza, por las piernas, por el tórax… Encontré vesti­gios de sangre, pero estaba completo. Recé de afán mi última oración.

III

—Esto se perdió —me dijo Arenas, tartamudeando. Lloraba como un desgraciado. Una bala lo había herido. La sangre brotaba en abundancia.

—¿Qué sucede? —le pregunté.

—¡Hemos perdido la guerra! Sólo quedamos tú y yo… y cuatro más. El resto murió. Ojodiáguila sabe más que el ejército. Es más astuto que todos los ejércitos. Nos dejó avanzar y después… ¡horror!… nos cercó como bestias. Mi sargento quedó clavado en aquel hoyo, hecho una coladera. ¡Y esa era nuestra garantía!

Arenas vomitaba sangre. Se me ocurrió trasladarlo con la imaginación a nuestra sala de estudios y volverlo el hombre despierto, festivo y tenorio que siempre había sido. Parecía ahora un desperdicio humano. Miraba con ojos torvos y lanzaba espumarajos mezclados con ira y sangre.

—¡Pero tú eres un cobarde! –me increpó, estruján­dome con violencia–. No fuiste capaz de ponerles el pecho a las balas, como yo… como todos los que nos hemos sacrificado por la patria. Caminabas a retaguardia, re­trechero, esperando que los de adelante te protegieran. No eres un hombre, sino una caricatura de hombre. To­davía tiemblas como si el combate no hubiera termi­nado. ..

—¿Que ya terminó…?

—Nos liquidaron y se fueron —comentó con voz aho­gada—. Pero también les dimos plomo. Por ahí están sus muertos… Sin embargo, Ojodiáguila no se dejó atra­par, ¡maldito bandido! ¿Y acaso tú no tienes ojos para ver los resultados de la guerra?

Si el combate habla concluido, me consideré un infeliz. Me toqué de nuevo el cuerpo y estaba entero. Apenas tenía algunos rasguños. La sangre derramada no me da­ba categoría. Me creía culpable por no haber conquistado el título de héroe. Mi amigo, en cambio, estaba destroza­do. ¿Y el sentido de valor, de sacrificio, de patria? Re­gresaría sin méritos, sin verdaderas cicatrices.

En lo más íntimo de mi alma, el miedo desencade­nado me sepultaba como un cobarde. Los nervios me dominaban, ya sin razón, cuando la refriega había terminado. Me acordé de Amparito, a quien le tenía prometidas medallas de heroísmo. Carecía de ellas porque no las había ganado. La mayor derrota la llevaba en el corazón, que no supo ser fuerte.

Un grito interrumpió mis aflicciones y, antes de que pu­diera captar lo que sucedía, estalló de nuevo un fogonazo en mis narices, mientras Arenas caía bajo una descarga cerrada. Se dobló como una madeja y quedó mirándome con ojos inmóviles.

—¡Ojodiáguila, Ojodiáguila! —fueron sus últimas palabras antes de vomitar su postrer heroísmo.

El pánico me dominó y, ya sin fuerzas para obrar ni coordinar, el cuerpo me falló y rodé a la cañada. Los mo­vimientos siguientes fueron inconscientes, accionados por el terror. La muerte me había atrapado. Horrorizado pude distinguir el rostro tenebroso de Ojo­diáguila en el parpadeo de mi agonía. Un calor, como un latigazo, me adormeció hasta suprimirme toda noción de la vida.

El dedo, presa del pavor, permaneció pegado al gatillo. Lo oprimí una y muchas veces, más allá de lo que hubiera sido normal en plena razón. Alguien sobrevi­vió para contar cómo las balas de mi fusil cosían hom­bres en serie. Y el dedo disparaba y disparaba…

IV

Cuando meses después sonaban los aires marciales con que se exaltaba mi valor ante la guarnición que tenía ante sí un nuevo héroe, al que debía imitarse, todavía  repercutían en mis oídos los ecos de la fusilería y no ha­bía logrado borrar de mis pupilas el color del miedo. Me había vuelto héroe… ¡Héroe mutilado y grandioso! La baja de Ojodiáguila y la liquidación de su cuadrilla, obra de mi bravura, merecían la medalla colocada en mi pecho.

Me pasearon por el campo de armas. La silla de ruedas la empujaba un alto oficial. Las trompetas vibraban en el ámbito sobrecogido y solemne, contagiadas de grande­za. De soslayo contemplé los muñones que me habían quedado como testimonio de mis piernas ágiles para acabar con el enemigo, según la rotunda afirmación de mis superiores.

El ejército se hallaba en ceremonia de parada ante el soldado digno de exhibirse y ser encumbrado a lo más alto de la fama. Un héroe de 21 años no es, por cierto, fácil de conseguir.

Mientras probaba el sabor de la gloria, sólo lamenté que Amparito, a quien ofrecí medallas de heroís­mo, ahora relumbrantes sobre mi pecho, se hubiera ca­sado con otro, por no resignarse al héroe inválido. Una lágrima quiso traicionarme en el momento más emocionante del despliegue militar, pero la contuve con todas mis fuerzas y así me demostré que era valiente.

Revista Manizales, julio de 1988.

 

 

 

 

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Mil artículos

martes, 1 de noviembre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

He llegado, silenciosamente, a la cumbre lejana que un día me señalé: mil artículos de prensa. ¿Cuándo los es­cribí?, es la pregunta que hoy me formulo, asombrado, después de repasar en viejos archivos, uno por uno, los mil peldaños que me llevaron a esta meta conquistada.

Proclamar la victoria, como lo hago para mi íntimo so­laz y la satisfacción de los míos, acaso para algunos parezca acto presuntuoso. No lo es, sin embargo, si sólo pretendo que a través de la ajena experiencia aprendan los noveles escritores la lección de llegar lejos.

Apropiándome de un concepto del poeta Germán Pardo García, celebro la ocasión “con humildad y al mismo tiem­po con soberbia”, porque un escritor sin soberbia «es co­mo un águila sin alas». Y agrego, para que se me absuel­va por lo que puede parecer pedante, que el ejercicio de escribir, que se ejecuta con sangre del espíritu, es escuela de abnegación y tormento. Sobre todo hoy, cuando el escritor vive de capa caída en medio de una sociedad que no sabe apreciarlo y que por el contrario lo ignora y lo maltrata, perseverar en las letras es acción heroica. Ser escritor significa un duro destino.

Por eso, cuando se acumulan mil escritos, elaborados a lo largo de 18 años de intensas vigilias, se siente regocijo. Es la recompensa de las pacientes horas de estudio y creación. Para quienes se inician en el reto de las cimas, ojalá esta jornada represente un incentivo para no detenerse.

Si la carrera del escritor se hace a pulso como la mía, sin padrinos ni ventajas de ninguna especie, mayor es la conquista. Todo comenzó al destacar El Espectador, dentro de un concurso de cuento realizado en 1971, mi primer trabajo narrativo. Cuando días después me expre­saba don José Salgar, ante una crónica que me había re­sultado bien condimentada, que «ese estilo de lecturas es el que quisiéramos siempre ofrecer en nuestras pági­nas», el ansia de escribir era ya irrenunciable.

Conforme me esmeraba para que cada página saliera pulida dentro de los rigores que impone la disciplina de los Cano, requisito sin el que es imposible aspi­rar a ser columnista de su diario, advertía que mis trabajos avanzaban más. Cualquier día, tras ser pro­bado en distintos terrenos –primero en el Magazín Do­minical, luego en Cabildo Abierto, más tarde en Tribuna de Opinión–, una de mis notas apareció, para sorpresa y susto míos, al lado de los editorialistas de ca­rrera. Y ahí he permanecido, con ánimo persistente. Es­cribir es renovarse todos los días.

A don Guillermo Cano, que con desconcertante genero­sidad me había abierto las puertas del periódico, vine a conocerlo años más tarde. Mientras tanto, los eternos envidiosos que siempre existirán en el periodismo y en las letras, me inventaban en Armenia, donde enton­ces residía, palancas que no poseía; y que tampoco ne­gué, para que más sufrieran. Cuando me entrevisté con el director del periódico, con pena por semejante tar­danza, él desoyó mis disculpas y me dijo que desde años atrás era yo huésped de su casa. Y es que los Cano sa­ben distinguir a distancia la vocación del periodista.

*

Y así, paso a paso, se ha caminado largo trayecto desde aquel incierto comienzo de 1971. Recorrer hoy mil artículos es como cantar mil victorias. En cada uno de ellos se han dejado jirones del alma. Estos escritos –la mayoría publicados en El Espectador– dan categoría y obligan a seguir la marcha.

El autor, si la vida le concede licencia, realizará otro recorrido. Apenas va a mitad de camino. Ya se ha tra­zado otra meta. De aquí en adelante, dentro de la nueva jornada de mayor madurez, no cumplirá años sino artículos. El homenaje de esta travesía es ante todo para don Guillermo Cano, el gran maestro desaparecido, que creyó en el oscuro principiante de provincia y le sembró la honda semilla del esfuerzo y la tenacidad.

El Espectador, Bogotá, 16-II-1989.

 

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Mi Thesaurus 1988

martes, 1 de noviembre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

Mike Forero Nougués nos ofrece, en las postrimerías del año, una colección de frases tomadas de escritores de la prensa nacional. Son ellas un termómetro del acontecer colombiano a lo largo del año. Definidoras al­gunas de hechos especiales; otras, joyas del ingenio o la filosofía. Salpicón también revolvió sus archivos y repasó su año periodístico. Y no lo hizo por vanidad sino por ejercicio mental, como homenaje a sus lectores, para quienes augura mejores días en 1989.

He aquí su propio Thesaurus (siguiendo el buen ejemplo de Mike):

* La tarjeta de Navidad más visible es la que no me llega. La que esperaba pero no fue puesta al correo. Año por año alguien se cuelga en la amistad.

* Una de las reglas del éxito es perseverar. La vida no se concibe sin resistencia. El  triunfo lleva implí­cito el esfuerzo.

* ¿Quién adelantará una real campaña contra el abuso del pito? El mal genio de los bogotanos tiene salida im­pulsiva por este diabólico instrumento que está acabando con los nervios y el sosiego ciudadano. Bogotá es ciudad de sordos y neurasténicos.

* El escritor de días de fiesta difícilmente logrará consolidar una obra y por eso en Colombia, con contadas excepciones, son pocos los que se realizan.

* Lo que estamos presenciando todos los días en nues­tro país, ahora que la guerra ha arreciado, es, ni más ni menos, la radiografía de la fiera. No pasa día sin que los periódicos amanezcan con olor a muerto.

* Germán Pardo García, el poeta del cosmos, que ya es patrimonio de la humanidad, sabe que su palabra no con­cluye en un poema ni en un libro, en una nota de premonición ni de despedida, porque él escribió para todos los tiempos.

* Arenas Betancourt pregona la necesidad de un líder, de un líder capaz de empujarnos hacia nuestro verdadero destino de pueblo civilizado, que perdimos hace mucho tiempo. La ausencia de ese líder es la que nos mantiene en nebulosas.

* Ambos partidos poseen profundas fórmulas de conteni­do social, que no se aplican dentro de esta reyerta eter­na y hasta patológica en que los colombianos se disputan un milímetro de superioridad y se olvidan de la suerte general de la patria.

* Yo no sé si es ilegal la profesión de los Chepitos. De lo que sí estoy seguro es de que no se acabarán por más que se les persiga y enchiquere. Mientras haya deu­dores resbalosos como las culebras, habrá Chepitos.

* El alcalde se acuerda de su ofrecimiento electoral de detener las alzas. Y la gente protesta por las tari­fas crecientes en agua, luz y teléfono… El alcalde se rasca la cabeza.

* No puede ser deseable la igualdad de los sexos por­que con ella no habría placeres ni prolongación de la raza. Por consiguiente, no debe ser bandera femenina. Con igualdad de sexos, algo muy aburrido, la primera per­dedora sería la mujer.

* A la Virgen, de tanto engalanarla de joyas, ya no la dejan respirar. Los símbolos de la fe viven rutilantes de pedrerías y espejismos. Entre tanto, legiones de me­nesterosos mueren de hambre, con el bolsillo vacío.

* ¿Por qué se matan los colombianos? Es otra pregunta sin respuesta. Lo único cierto es que nos correspondió vivir en una sociedad de odios.

* Me duele que la pobre y deslumbrante mujer (ambas cosas unidas son posibles en el hechizo femenino) carez­ca de casa. Cuando no se tiene techo, tampoco se tiene lecho. Tal vez doña Inés de Hinojosa, que tanto lo dis­frutó, se lo llevó para la otra vida.

* Pasará la hora de terror y un día, ya victoriosos de la insania, tendremos que hacer el inventario de los héroes para reconocer que fueron ellos los que nos de­volvieron esta patria grande que ahora gime entre sollozos.

* Otto Morales Benítez, uno de los pioneros de la cul­tura nacional, resalta las virtudes de quien, infatiga­ble en su actividad literaria y en su dedicación a Co­lombia, da ejemplo de patriotismo y de escritor insigne.

* Dice Horacio Gómez Aristizábal que “la verdad profun­da es que si Colombia es en lo político un país unitario, en la realidad es una definida federación de repúblicas».

* Otro hecho ponderable de la Universidad Central: la edición de Crepúsculo, libro poético de Laura Victoria, con el que nuestra esclarecida lírica, ausente del país desde hace 48 años, regresará a su patria en los comien­zos de 1989.

El Espectador, Bogotá, 4-I-1989.

* * *

Comentarios:

Felicítolo por el resumen de sus profundas frases en Thesaurus 1988. Jorge Marel, Sincelejo.

Me complace registrar el retorno a la Patria de la insigne escritora Laura Victoria, después de 48 años de ausencia. He leído con atención su entrevista a Pardo García, en la revista de la Universidad Central. ¡Excelente! Yo también preparo una parte de las larguísimas conversaciones que sostuve con él, en muchos encuentros, durante un mes que permanecí en Ciudad de México. Lamento no haberle visto a usted allí. Usted salía y yo llegaba. Me interesó mucho explorar las relaciones del poeta con la ciencia y sobre todo con la física. Conserva espléndida memoria, rodeado de soledad y sin libros a la mano. Su mundo es en verdad extraño y un tanto insó­lito. Carlos Enrique Ruiz, Revista Manizales.

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Universidad Central

martes, 1 de noviembre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

Cumple la Universidad Central, bajo la rec­toría del doctor Jorge Enrique Molina Marino, formidable liderazgo cultural. Para dicho em­peño ha sido fundamental la asesoría de la socióloga María Cristina Laverde Toscano, di­rectora de Investigación. En 1988, la presencia del claustro universitario en diferentes actos académicos puso de presente su decidido interés por mantener vivo el espíritu culto de Colombia.

Por medio de conferencias, foros, edición de libros y otras manifestaciones se desplegó a lo largo del año una permanente labor intelectual y de reconocimiento a destacadas figuras de la inteligencia colombiana. El homenaje rendido al maestro Rodrigo Arenas Betancourt, meses después de su liberación como prisionero de un grupo de delincuentes comunes, sirvió para aplaudir la vida meritoria de este gran escultor continental.

El otorgamiento del grado honoris causa en Letras y Humanidades al doctor Otto Morales Benítez, uno de los pioneros de la cul­tura nacional, resalta las virtudes de quien, in­fatigable en su actividad literaria y dedi­cación a Colombia, da ejemplo de patriotismo y de escritor insigne.

Otro hecho ponderable: la edición de Cre­púsculo, libro poético de Laura Victoria, con el que nuestra esclarecida lírica, ausente del país desde hace 48 años, regresará a su patria en los comienzos de 1989. La poetisa boyacense vendrá a recibir, además, otros dos libros suyos inéditos: Itinerario del recuerdo, sus memorias, que edita el municipio de Soatá, su patria chica, y Actualidad de las profecías bíblicas, el depar­tamento de Boyacá dentro de la serie biblio­gráfica de la Academia Boyacense de Historia.

A fines del año la Universidad puso en cir­culación el número 31 de Hojas Universitarias, su consagrada revista, acervo de cultura, de arte y humanismo. Hermosa edición que rinde homenaje a nuestro excelso poeta de las agonías, Germán Pardo García, vate universal del dolor y el cosmos. En ella también se exalta la me­moria del narrador cubano Manuel Cofiño, de quien se dice que murió a destiempo, aunque, de todas maneras, dejó obra perdurable.

Esta revista, que consta de 360 páginas suscritas por conocidos escritores, constituye un gran libro. Varias páginas están dedicadas a debatir el tema de la vio­lencia colombiana, en certeros enfoques que se dejan como testimonio de este vía crucis cotidiano de los últimos tiempos. En la carátula aparece un dibujo de Germán Pardo García, y en la parte central, una muestra poética de su vasta producción, acompañada del reportaje que titulé Diálogo entre sombras con Germán Pardo García.

Ha sido generoso el año cultural de la Uni­versidad Central. Su labor representa un esfuerzo por motivar las expresiones cultas de la patria. Para el año que comienza hay varios proyectos por realizar. Universidad de las más jóvenes del país, demuestra con su tesón y su fe en Colombia hasta dónde es posible colocarse en sitio de avanzada. Ha comprendido el servicio a la patria no sólo como programa puramente académico sino como constante inquietud por rescatar valores y promover grandes debates ideológicos, como lo viene haciendo con altura y ejemplar con­sagración.

Bien merece, entonces, que le hagamos este reconocimiento y la invitemos a continuar dentro de sus derroteros progresistas, para el bien de Colombia.

El Espectador, Bogotá, 28-XII-1988.

 

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Actualidad de las profecías bíblicas

martes, 1 de noviembre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

(La autora y su obra: contraportada del libro)

Por llevar Laura Victoria 48 años de residir en Méjico, a donde viajó defendiendo la patria potestad de sus hijos, su nombre se ha silenciado en Colombia. Sus libros no volvieron a circular en nuestra patria. Pero su obra es imperecedera.

Nacida en el pintoresco municipio de Soatá, capital de la provincia del Norte de Boyacá, pertenece a un res­petable hogar: La familia Peñuela, de gran figuración en el departamento y en el país. Su nombre civil es Ger­trudis Peñuela de Segura. Sus hijos: Humberto, Mario –destacados profesionales que echaron raíces en el país azteca– y Beatriz, que se hizo célebre en el cine mejicano como Alicia Caro. En los arios treinta adoptó el seudónimo de Laura Victoria, que conservó en toda su obra literaria y el cual hizo también registrar para su vida civil.

Con Gabriela Mistral, Juana de Ibarbourou, Alfonsina Storni, Delmira Agustini y Rosario  Sansores creó la cons­telación de las grandes líricas latinoamericanas que le dejan al continente unas de las expresiones más estreme­cidas y bellas del sentimiento femenino universal. Fue la ganadora en 1937 de los Juegos Florales, suceso en el que compitió frente a Eduardo Carranza y otros re­nombrados poetas colombianos.

De la poesía sensual, con la cual enardeció multitu­des por los teatros de América como declamadora prodigio­sa, pasó más tarde a la poesía mística. Durante su per­manencia en Méjico se dedicó al estudio profundo de la Biblia. Esto constituye otra vertiente de su interesante y polifacética personalidad.

Su obra, hasta el momento –ya que su lámpara poética sigue encendida–, la conforman los siguientes títulos: Llamas azules (Bogotá, 1933); Cráter sellado (Méjico, 1933); Cuando florece el llanto (España, 1960); Viaje a Jerusalén (Méjico, 1985). Y los siguientes libros que se publican simultáneamente en los actuales momentos: Itinerario del recuerdo (memorias), Actualidad de las profecías bíblicas (divagaciones alrededor de la Bi­blia) y Crepúsculo (poesía de la madurez, seguida de su poesía mística).

Laura Victoria es una gloria de Boyacá y de Colom­bia. Su voz romántica resuena por los confines de Amé­rica. En España obtuvo fervientes adhesiones. Ahora, con la cosecha de los tres libros citados, su nombre vuelve a mover los aires frescos de su amada tierra colombiana.

Bogotá, enero de 1989.

 

 

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