Archivo

Archivo del autor

Cuentos de Núñez Westendorp

martes, 1 de noviembre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

Dos pequeños volúmenes de cuentos, de esos que suelen pasar inadvertidos en nuestro fantasioso círculo de escritores, me han producido gratas horas de lectura. Se trata de La noche de las bestias y Trauma, de que es autor Carlos Núñez Westendorp, licenciado en filología e idiomas, obras publicadas por Ediciones Tercer Mundo. Pocos eran mis informes sobre este joven narrador y ahora sé que tiene madera para seguir agrandando su universo de ficción.

Es la ficción el mejor pretexto para manejar la realidad y por eso el cuentista y el novelista se convierten, cuando saben tramar sus invenciones con dosis de humanismo, en los mejores traductores de la tragedia humana. Esto para decir que Núñez Westendorp, sicólogo del diario transcu­rrir de la vida, escruta en las intimidades del alma y nos ofrece, en pequeñas cápsulas de crítica social, los traumas, las angustias, las ironías, los do­lores de la humanidad.

Son los suyos relatos de choque, de conmoción espiri­tual, de clamor. Valiéndose de personajes simples, algunos sorprendentes, pinta esta época de desconcierto, de desarraigo y miseria que mantiene confuso e insatisfecho al hombre con­temporáneo, y lo trata de re­dimir con las secuelas de sus fábulas. Algunos de los capítu­los se salen de los moldes tra­dicionales del cuento para volverse poemas.

Y hay algo admirable en esta colección: la brevedad de cada relato. El más extenso, titulado El padre, tiene apenas 11 pá­ginas. Capítulo éste de gran ímpetu emocional y lleno de protestas y sinsabores contra el infierno de la sangre mal he­redada. Cuando el cuento posee capacidad de síntesis, que es uno de sus atributos, y además produce tensión y emotividad, como éstos de Núñez Westen­dorp, ha cumplido con su des­tino.

El Espectador, Bogotá, 22-VII-1988.

 

Categories: Cuento Tags:

La legión de los ingenuos

martes, 1 de noviembre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

Si no hubiera ingenuos, no habría estafadores. Con el cuantioso fraude de 4.000 millones cometido por los comi­sionistas bursátiles Julio Acosta Bonilla,  Guillermo Uribe-Holguín Piedrahíta y Juan Ricardo Escobar Bonitto, se pone de presente, una vez más, que es fácil jugar con el exceso de confianza de los ahorradores.

Estos señores de cuello blanco, socios de clubes y hábiles para realizar grandes transacciones de bolsa, lograron seducir mediante la ficción de los altos rendimientos a numerosos inversionistas que se van detrás de dos o tres puntos de diferencia sobre el mercado bancario y después lo pierden todo.

Por buscar ganancias donde no las hay, donde no puede haberlas –ya que el negocio bursátil tiene límites razonables–, corren riesgos peligrosos. Las  organizaciones fantasmas ensanchan sus dominios con el halago no sólo de mayores puntos de retribución sino con la evasión de impuestos.

Nunca los mercados clandestinos han sido garantía de seguridad. En una sola jugada, como en el campo de los tahúres, se entrega el resto. Esos dos o tres puntos fatales de la falsa ganancia son los que hoy, en la penumbra de la frustración, producen escozor, y hasta lágrimas y desespero, a los ilusos contribuyentes de la piratería nacional.

Parece que la experiencia no se obtiene en cabeza ajena. Estos asaltos a los bolsillos fá­ciles, tan repetidos y dolorosos en los últimos tiempos, ojalá los asimilen otros cándidos aho­rradores que por ahí existen, y se retiren de la mesa de la fan­tasía —la ruleta del azar— an­tes de que se produzca el zarpazo definitivo.

El Espectador, Bogotá, 22-VII-1988.

 

Gaitán, 40 años después

martes, 1 de noviembre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

El abogado Tiberio Quintero Ospina ha publicado, con ocasión de los 40 años del asesinato de Jorge Eliécer Gaitán, un hondo estudio jurídico, con agradable sabor de crónica, acerca del dantesco 9 de abril que oscureció la vida democrática de la nación. El escritor del libro (publicado por la Editorial ABC), eminente pena­lista, exmagistrado y actual profesor universitario, profundiza en los móviles de la muerte del líder popular y concluye en que Juan Roa Sierra fue el único autor del asesinato.

Rechaza el penalista, frente a la abundante documenta­ción del sumario, la idea que ha hecho carrera, aunque nunca ha podido comprobarse, sobre que Roa Sierra fue un criminal manipulado. En el expediente no aparece ninguna vinculación suya con personas u organizaciones para per­petrar el acto atroz, y en cambio queda analizada su per­sonalidad esquizoide-paranoide, según concluyente análi­sis efectuado por los siquiatras del Instituto de Medici­na Legal doctores Guillermo Uribe Cualla y Rafael Martínez.

Roa Sierra era un extraño individuo: solitario, inso­ciable, reservado, tímido, obtuso, excitable… A Gaitán lo veía como un superhombre y sentía por él enorme simpa­tía. Nacido en el mismo barrio del líder, había tenido oportunidad de tratarlo, de verlo de cerca, lo que hacía más sólida su estimación.

Roa Sierra ambicionaba ser un prestigioso abogado como su ídolo. Fue a donde Gaitán en busca de apoyo para conse­guir una beca. Proyecto nada fácil de coronar, ya que ni siquiera había concluido estudios de primaria. Pero como poseía delirios de grandeza y suponía que Santander o Ji­ménez de Quesada estaban reencarnados en él, se sintió frustrado con su héroe al no lograr la utópica aspira­ción de hacerse abogado por soplos milagrosos. Roa Sie­rra, que era rosacrucista, creía en adivinos y en poderes sobrenaturales.

Al fracasar en sus inconfesables sicopatías, llegó el resentimiento, ciego resentimiento hacia quien más admiraba. Esa pasión le envenenó el alma. Sien­do un ser ser retraído y sensible, más destrozos sufría su personalidad. «Ese resentimiento –explica Quintero Ospina–, taladrando el cerebro de Roa Sierra día y noche, fue ca­paz de todo, hasta del asesinato de un ilustre repúblico».

Aceptada esta tesis, nos encontramos con un paranoico en quien hizo crisis, en un instante fatal, su agobiante frustración. Con mente enferma, incapaz del raciocinio, decide eliminar a quien en su concepto frenaba la realización de planes íntimamente acaricia­dos por su desmedida ambición.

El sicópata devora solo sus oscuras maquinaciones. No permite que nadie las interfiera. Distorsiona la realidad y encuentra el mundo borroso y hostil. Su tragedia reside en el odio sin control que le inspira el mundo, sin razón para ello, aunque considera él que su causa es justa.

Cuan­do ese odio se concentra en una persona o en un grupo so­cial o familiar, pueden producirse conflagraciones como la del 9 de abril.

La obra en comentario suscita serias reflexiones. Na­rrándonos el desarrollo del sonado homicidio nos sitúa en el escenario histórico y trágico de la patria en llamas y nos hace pensar en lo que puede significar el furor de cual­quier loco solitario que en un momento dado puede acabar con un país o con el mundo entero.

No es una obra de ficción. A cambio de otra evidencia, que nunca se ha confirmado, cabe la de este sicópata irre­frenable que desvió, con un arma oxidada, el curso de la historia colombiana. El libro repasa, además, otros proce­sos famosos: la historia criminal del doctor Mata, el caso del doctor Russi y el secuestro del hijo de Lindbergh.

To­dos episodios memorables que han permitido a encumbrados juristas y a legos del montón fabricar toda suerte de ru­mores y voluminosos tratados sobre la criminología. Estos capítulos de la humanidad, movidos por suspensos policía­cos, sirven para poner a trabajar la mente y desentrañar de ellos la conducta humana, la cual suele ser insondable.

Tal es, me parece, el propósito de Tiberio Quintero Ospina al seguirle los rastros a estos protagonistas de la historia y el crimen.

El Espectador, Bogotá, 29-VII-1988.

 

Categories: Historia Tags:

Bogotá en 3 actos

martes, 1 de noviembre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

1

(A los 15 días)

Al fondo, la inmensa ciudad. Comienza el día. La neblina insiste en quedarse. Una detonación lejana –tal vez una bomba en las torres de la electricidad, tal vez un carro que estalla con su carga de dinamita– altera la hora de quietud. El Alcalde se sobrecoge. Atenas comienza su gobierno y ya retumban las explosiones.

En quince minutos lo han llamado de tres emisoras con el dato inicial del atentado: dos transeúntes muertos, un policía grave, tres residencias averiadas…

Más tarde le llegan los periódicos. Los lee de afán. Saltando páginas, las noticias son similares: dos buses incendiados, tres policías heridos, veinte estudiantes retenidos, un banco asaltado, dos pordioseros y tres delincuentes  asesinados… son los datos gordos del día; y los de la rutina diaria: tiros, cuchilladas, vagos, borrachos, prostitutas, barrios sin agua y sin luz, montañas de basuras…

¡Uf! El Alcalde se sacude los ojos. Toma el desayuno de carrera. El tiempo corre. Apenas acaban de posesionarse los secretarios. Las cosas no marchan como quisiera. Raudo, seguro, con ideas claras, pero confuso el ánimo en este amanecer de detonaciones, vuela a su despacho. Todavía la neblina se niega a retirarse.

2

(Un año después)

La idea del metro ya va en marcha. ¿Alcanzará la plata? ¿Alcanzará el tiempo? La Edis ha puesto en funcionamiento ochenta carros más para la recolección de basuras. Pero las amas de casa se quejan…

Se han reparado tres puentes claves y van dos nuevos en construcción. ¿Y los otros que faltan? Han mejorado los semáforos. Pero continúan los trancones, los infartos del tránsito, ¡el absurdo! La luz sigue interrumpién­dose, los teléfonos se enloquecen en cada aguacero, el agua se agotó en los barrios pobres…

El Alcalde se acuerda de su ofrecimiento electoral de detener las alzas. Y la gente protesta por las tari­fas crecientes en agua, luz y teléfono… Hay amenaza de paro de buses. Piden apenas diez pesos durante el día, y quince en la noche y feriados. El alcalde se rasca la ca­beza.

Transita ahora por la Décima. Las bocinas de los bu­ses, los pitazos de los frenéticos taxistas, los parlan­tes en competencia, toda esta mezcla de indisciplina, de barbarie, de locos, le desajusta los nervios. ¿Quién se­rá capaz de frenar los pitos como en otras ciudades del mundo? Recuerda que él es el Alcalde. Ahora siente des­trozados los tímpanos…

El joven funcionario sorprende algunas canas traicio­neras. No se ven mal, piensa. La alcaldía da madurez.

3

(El día final)

El nuevo alcalde anuncia la transformación de Bogotá. ¡Guerra contra las basuras, contra la vagancia, contra las alzas! ¡Guerra contra la inmoralidad, contra la desidia, contra la demencia capitalina! Guerra contra todo. Y aho­ra sí habrá metro, y servicios públicos eficientes, y más puentes elevados, y se combatirán los pitos, y los parlan­tes, y…

–Se nos acabó el tiempo, señores –dice el viejo al­calde a sus colaboradores–. ¿Le cumplimos a Bogotá?

Alguien expresa un sí melancólico. Los demás recogen sus papeles. El tiempo ha volado. Ya el Alcalde muestra mayor madurez de canas y de experiencias. Ahora piensa en la presidencia de la República. En quince días entregará las memorias de su dinámica administración.

Cae la noche con su manto de neblina. Otra vez la neblina.

El Espectador, Bogotá, 13-X-1988.

 

 

Categories: Bogotá Tags:

La dura cartera de Chepito

martes, 1 de noviembre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

El maletín es elemento indispensable para el ejecu­tivo moderno. No tanto para transportar papeles como pa­ra ostentar distinción. Empresario que se precie debe exhi­bir su cartera ejecutiva en legítimo cuero, dinámica, pu­lida, con broches dorados y de modelo original. Este uten­silio imprime categoría. Es símbolo de poder.

Parece copiado del carriel antioqueño, concebido como un misterioso escondite de influencias y milagros y donde se cargan desde talismanes hasta escapularios, desde cru­cifijos hasta barberas, desde dados hasta billetes de ban­co, desde cartas de amor hasta letras de cambio, en extraña mezcla de amor y dinero, de religión y suerte, de aventura y poderío.

También Chepito consiguió su cartera. Miró hacia todas partes y supo que un cobrador sin pinta, o sea, sin buen perfil para impresionar al deudor, no valía la pena. Por lo tanto, al día siguiente adquirió el último modelo y con él se fue, como los paisas, por las polvorientas sen­das colmadas de culebras y peligros.

Para que su apariencia produjera mayor impacto, se vis­tió de sacoleva y sombrero de coco. Aprendió a caminar con garbo. En corto tiempo dominó los ademanes del cachaco bogotano, o sea, a saludar con vigor, apretar la mano con fir­meza, lanzar exclamaciones de júbilo en el encuentro, preguntar por Margarita y los chinos, invitar a almorzar y nunca cumplir, y en síntesis, a mezclar la cortesía con la falsedad. Y se lanzó en persecución de los deudores moro­sos, que crecen como langostas y se ocultan como culebras, y cuyos mayores recintos son los salones de los clubes y las lujosas oficinas.

Por algo a las deudas vencidas se les llama culebras: por lo venenosas y escurridizas. Para asediarlas y matarlas está Chepito. Con sus códigos de urbanidad y sus técnicas de acorralamiento logra que los evasivos deudores, antes de penetrar al club, le cancelen la deuda contraída cinco años atrás. El sicólogo que hay en Chepito sabe que el sonrojo social,  sobre todo en las altas esferas que todo lo simulan y todo lo deben, es el mejor remedio para curar la amnesia de las deudas.

El maletín cobrador comenzó a llenarse de recuperacio­nes fantásticas. Y Chepito se volvió el hombre más solicitado en la vida de los negocios. Como ya era insuficiente para tanta demanda, llegaron otros Chepitos. La época los pedía. Entre idas y venidas, sonrisas afectadas y categó­ricos apretones de mano, los nuevos ejecutivos comprobaron que a la mayoría de la gente no le gusta pagar: necesita su Chepito.

Pero como la institución de los Chepitos comenzó a mo­lestar a los abogados, fue demandada. Y el cerebro de la organización se fue a la cárcel. Se aduce que su activi­dad es ilícita. Un deudor mató, por persistente y enloquecedor, a su Chepito de cabecera. No resistió tanta venia y tanto hostigamiento y le propinó el golpe de gracia.

Yo no sé si es ilegal la profesión de los Chepitos. De lo que sí estoy seguro es de que no se acabarán por más que se les persiga y se les enchiquere. Mientras haya deudo­res resbalosos como las culebras, habrá Chepitos. Si sus métodos producen tortura mental, también son más eficaces, en casos extremos, que las severas cartas de las empresas y las acciones en los juzgados. Tampoco desaparecerán a tiros.

*

El engaño, el fraude, la picardía, el chanchullo, la trampa, la farsa, la tramoya, el tapujo, el cubileteo…  –¿quieren más?– agrandan las carteras de estos cobradores refinados, de ademanes cultos y sistemas punzantes, crea­dos por el incumplimiento de los colombianos.

Chepito es un dedo acusador. Una llaga en la concien­cia. Por consiguiente, continuará vivo. Y como todo ejecu­tivo que se estima, su cartera es impecable.

El Espectador, Bogotá, 17-X-1988.

 

Categories: Temas varios Tags: