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Carlos Calderón Reyes: político y humanista

martes, 1 de noviembre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

El paso del tiempo suele desvanecer la marca de los hombres ilustres. Hay quienes fueron en su época líderes de la política, la diplomacia o las humanidades y quedaron vinculados a la Histo­ria como promotores de episodios sobresalientes; quienes se distin­guieron por servicios especiales a la región nativa o al país en general; quienes se convirtieron en personajes claves de un pro­ceso nacional.

Tal el caso de Carlos Calderón Reyes, cuya figura­ción en la vida colombiana de finales del siglo pasado y comienzos del presente, cuando comenzaba a afianzarse el sentido de nuestra democracia, fue relevante. Conforme avanzan los años, más tiende a oscurecerse el recuerdo de esas actuaciones. Es preciso, entonces, que los historiadores se encarguen de refrescar la memoria de las nuevas generaciones con el análisis de esas vidas meritorias, de su significado histórico y de su implicación en los hechos sociales de la nación.

Ese objetivo respecto del personaje de que se ocupa esta no­ta lo cumple con buena fortuna la historiadora Miryam Báez Osorio en el libro que ha titulado Carlos Calderón Reyes, cau­dillo y constituyente de 1886, publicado en Tunja, con el patro­cinio de la Beneficencia de Boyacá y la Casa de Cultura de Soatá, en 1986. La ensayista, basada en fuentes serias de investiga­ción, acumula los perfiles más notables de la personalidad de Cal­derón Reyes y logra el retrato fiel de quien ejerció poderoso in­flujo en la administración de Boyacá y del país desde diferentes posiciones e inspirado en nítidos propósitos humanitarios.

Carlos Calderón Reyes nace en Soatá en 1854. Es hermano del presidente Clímaco Calderón Reyes (nacido en Santa Rosa de Viterbo) y sobrino de Aristides Calderón, presidente del Estado So­berano de Boyacá. Estudia Derecho, Ciencias Morales y Políticas en la Universidad Nacional, disciplinas que le permiten avanzar, como lo hizo a lo largo de su fecunda trayectoria humana, en el manejo político del Estado.

Desde joven ocupa importantes car­gos en la administración de Boyacá, y más tarde, a medida que se estructura su personalidad, será delegado de Boyacá ante el Consejo Nacional Constituyente, ministro del Tesoro en el gobier­no de Caro, ministro de Hacienda en el gobierno de Sanclemente, más tarde ministro de Relaciones Exteriores y diplomático. Toda una gama de experiencias que harían de él, aparte de avanza­do representante de su comarca boyacense, gran conocedor de los asuntos públicos del país.

Se dedica, además, al periodismo. Es una actividad que culti­va desde su mocedad. En el periódico La Nación se desempeña como vigoroso editorialista político. Su mente es clara y su estilo, polémico. Promueve candentes debates en torno a la Constitución del 86, en la cual, como senador de la República, toma cartas de­cisivas. Profundo admirador de Núñez, a su lado se hace mentor del ordenamiento jurídico que hoy nos rige.

Es hombre polifacético y desconcertante. A todo le saca tiem­po. Se vuelve experto en múltiples y complejas cuestiones del que­hacer nacional. Lo mismo se mueve en las leyes constitucionales, tal vez su mayor fuerte, que en la economía, la educación, la sa­lubridad o la agricultura. Su servicio a la comunidad preside toda su dinámica vital. Le preocupa la salud del pueblo.

Combate las enfermedades infecto-contagiosas, como la viruela, lo mismo que la invasión de langostas, que produjeron terribles estragos en las sementeras de Boyacá. Se compromete en decididas cruzadas por la recuperación de las tierras baldías. También es abanderado de la industria manufacturera y la explotación de minas en el mu­nicipio de Samacá.

Dueño de sólidas capacidades intelectuales, se revela como pro­sista de estilo claro y ágil. Aparte de numerosos artículos de pren­sa, que elabora con fluidez y espíritu de combate, deja varios li­bros publicados: El papel moneda, Núñez y la Regeneración, Verdaderas causas de los sucesos de Boyacá, La cuestión monetaria en Co­lombia, y no se conforma con sus actividades como hombre de Estado: es también catedrático de jurisprudencia en las Universi­dades del Rosario y Nacional. Su ingreso a las Academias de His­toria y de la Lengua resulta la refrendación de una carrera acen­drada en el ejercicio de las letras y la democracia.

Posee enorme sentido de la moralidad. Recuérdese que se había graduado en Ciencias Morales, cátedra que en aquellos tiempos significaba un imperativo de la formación. En sus escri­tos de prensa arremete contra los despilfarros públicos y los abu­sos del poder. Legisla sobre la propiedad intelectual, la pena de muerte, la inviolabilidad de la correspondencia, la creación de nuevos departamentos, los asuntos religiosos.

Es un temperamento en permanente combustión de ideas. Su tiempo se caracteriza por un agitado clima de malestar social y político. Le corresponde ac­tuar, en la separación de Panamá, como ministro de Hacienda y recibir, en consecuencia, encendidas polémicas. El país estaba convulsionado por hondos sucesos bélicos, y él se desempeña como pacificador. Su humanismo no le permite ser violento.

Las acciones de Carlos Calderón Reyes en la vida pública co­lombiana son de absoluta entrega a la causa del hombre. Es líder avanzado para su época. Pocas personas tan batalladoras, influyentes y productivas como él. Pasa por las mayores posiciones de la administración pública y en todas deja testimonio de su ca­rácter emprendedor. No se conforma con ser un político más, que lo fue en el mejor sentido de la acción y la moral, sino que deja huellas firmes como escritor, periodista, legislador y académico. Muere en Bogotá, realizado y cubierto de gloria, en septiembre de 1916.

Su propia patria chica, Soatá, ignora hoy la trascendencia de su obra. No conoce la dimensión de su vida luminosa. Falta en su pueblo un bronce consagratorio de su nombre. Falta que en escuelas y colegios se divulguen las virtudes del hombre público que consagró su existencia al bienestar de la comunidad, y del humanista que escribió para las futuras generaciones sabias y fér­tiles enseñanzas.

Repertorio Boyacense, Academia Boyacense de Historia, N° 322, Tunja, julio-diciembre de 1988.

 

 

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Defensa de los animales

martes, 1 de noviembre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

Quien es cruel con los animales no puede ser buena persona. Schopenhauer.

Ha llegado a mis manos, re­mitida desde Nueva York por la periodista y escritora colombiana Gloria Chávez Vásquez, la interesante revista que se titula Defensa de los Animales. Funciona en aquella ciudad, al igual que en otras capitales del mundo, un club de personas convencidas de la importancia de los animales y que pregonan los derechos de estos como seres sensitivos.

Existe la Liga Internacional de los Derechos del Animal, que en 1977 elaboró en Londres un código con los principios como deben ser tratados los nobles brutos, declaración que será sometida a las Naciones Unidas. Esta campaña tiene eco en la mayoría de pueblos y se convierte en brújula de comportamiento social. El desarrollo de las naciones no será posible si los habitantes no poseen sentimientos de convivencia con el reino animal.

Resulta aleccionador obser­var algunos puntos de la de­claración, que entresaco como referencias de conducta ética:

*Todo animal tiene derecho al respeto.

*Si la muerte de un animal es necesaria, ésta ha de ser ins­tantánea, indolora y no gene­radora de angustia.

*Toda privación de libertad, aunque sea con fines educati­vos, es contraria a este derecho.

*El abandono de un animal es un acto cruel y degradante.

*Todo animal obrero tiene derecho a una limitación ra­zonable de la duración y la in­tensidad del trabajo, a una alimentación reparadora y al reposo.

*No se ha de explotar a ningún animal para diversión del hombre.

*Todo acto que entrañe la muerte de un animal sin nece­sidad, es un biocidio, es decir, un crimen contra la vida.

Parece que estos manda­mientos giraran alrededor del hombre. Si bien se mira el asunto, tanto el hombre como el animal son dignos de conside­ración y respeto. Pero en nues­tra patria, para hablar solo de lo que vemos a diario, tanto el uno como el otro son vejados y con frecuencia sacrificados.

Un  grupo de adolescentes escribieron hace poco a El Espectador una  carta dramática donde narran la tortura y la muerte posterior a que fue sometido, por venganza equivocada y ciega, el perro juguetón del barrio, a quien llamaban Niño. Ojalá los amigos del can inofensivo, niños como él en los juegos y las sanas travesuras, y que repudiaron con dolor la acción criminal, se enteren de esta nota de solidaridad.

Comparo la suerte de Niño con la del perro Guardián, el mísero personaje proletario que con tanta sensibilidad describió el cuentista quindiano Eduardo  Arias Suárez. El escritor crea esta escena: «Somos muy desgraciados –le decía yo a Guardián, mirándole las costillas a través de la piel. Mi amigo en ese momento iba pensando lo mismo  que yo–: somos muy desgraciados».

*

Albert Schweitzer, premio Nóbel de la Paz en 1952, apodado «el buen doctor», escribió: «Un hombre sólo será ético cuando la vida, como tal, sea sagrada para él, tanto como en las plantas y animales, como la de sus hermanos, los hombres, y cuando se desvele por ayudar toda vida que necesite ayuda.

Georges Roos es autor libro titulado El mono degenerado, donde enjuicia la perversidad del hombre. Gloria Chávez lo entrevista, a propósito de ésta y de otras obras suyas que se encuentran de actualidad, y  Roos castiga con estas palabras la fiereza humana:

«Los matones, los groseros, los vándalos, los explotadores de la miseria o del dolor de cualquier ser, me parecen seres inferiores y peligrosos  que debe ser combatidos».

El Espectador, Bogotá, 4-V-1988.

 

Bogotá sin vías

martes, 1 de noviembre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

No sabemos cuántos habitantes tiene Bo­gotá: 5 millones, según el censo, 6 millones, según rumores callejeros, más de seis millones, según la realidad. Esa realidad será siempre flotante, porque la ciudad aumenta todos los días de población. De toda Colombia convergen, en forma  silenciosa  y continua, núcleos humanos que atraídos por la aventura del progreso piensan encontrar aquí las oportunidades de subsistencia y empleo que no tienen en sus lugares de origen.

Nada tan engañoso. Esa ficción de la metrópoli que al­canza para todos es la que produce la tremenda congestión de seres y de angustias que hacen  invisible el hábitat capitalino. A Bogotá se llega por todos los caminos y, después, por más dificultades que agobien la existencia, no se regresa. Para el provinciano, conquistar la capital es como subir a un potosí. Siempre, en la lejana provincia, se cree que esta ciudad fosforescente y magnética representa el porvenir.

Y no se calcula que ese por­venir puede ser tan negro como suelen ser negras las ilusiones desenfocadas. Cuando más tarde encuentra el peregrino que la ciudad le es adversa y que en ella no corren los ríos de prosperidad con que había soñado, ya pertenecerá al re­molino social de los grandes centros, donde el hombre, cada vez más insignificante, lucha por una tabla de salvación en medio de borrascas devoradoras.

Bogotá crece a ritmo verti­ginoso y despropor­cionado. Los problemas urba­nísticos —de vivienda, de calles, de servicios públicos— son apabullantes. La capital parece un hormiguero que ya no resiste tanta invasión. Y como el em­pleo no está a la vuelta de la esquina, ni afloran las oportu­nidades que se suponían, mu­chos provincianos, sometidos a la vagancia y a las eternas esperas, terminan engrosando los caminos de la delincuencia.

Circular por las calles bogo­tanas se ha convertido en un calvario. El tránsito es caótico. Las vías no alcanzan para la multitud alocada de todo tipo de vehículos —incluso de tracción animal— que se agitan como ruedas sueltas de un enredo fenomenal. Las grandes arte­rias, diseñadas para el trans­porte veloz, son las más atas­cadas porque hacia ellas corren todas las esperanzas. Mientras en la capital del Japón se construye un túnel de 50 kiló­metros para descongestionar las calles, en Bogotá no tenemos siquiera un metro liviano.

La Avenida 19

Veamos  un  ejemplo típico del desbarajuste capitalino. La Avenida 19, vía clave del norte de la ciudad, se volvió traumática. El avance acelerado que han tenido los barrios vecinos a Unicentro ha creado otro caos vehicular. Por la 19 se desplaza la numerosa población de Cedritos, y como en alrededores están ubicados barrios vigorosos, se ha llegado a otro nudo que frena el desarrollo urbano.

Al ser declarada la 19 zona comercial, el sector se desbordó. Se valorizó a pasos agigantados, como lo analizaba José Salgar, y al mismo tiempo ha disminuido su sosiego. La Avenida 19, hace un par de modelo de ingeniería, ha reducido su eficacia. Le falta el aporte de otras vías para agilizar el tránsito. A toda hora permanece repleta de vehículos. Los semáforos son insuficientes. El terreno presenta desniveles y los baches se dejan avanzar.

*

Hay una conclusión obvia: Bogotá crece sin orden ni previsión. Sectores dinámicos, como el que se comenta, pierden atractivos y se deterioran por carencia de una visión real sobre el progreso. La ciudad se mantiene con puertas abiertas a todo el país, y sin vías humanas. Las anuló el gigantismo.

El Espectador, Bogotá, 23-III-1988.

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El cuy, un sufrido personaje

martes, 1 de noviembre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

Mamífero originario de Suramérica, su procedencia se remonta a 5.000 años. Por más que se le sacrifica en grandes cantidades como el plato más apreciado del sur de Colombia, del Ecuador y Perú, ahí lo tenemos vivito y coleando. Parece que con sus bigotes nerviosos y sus ojillos vivaces se riera de sus verdugos. Esa fue la impresión que tuve cuando lo vi tendido en el campo de batalla, rodeado de ají, papa, palomitas de maíz y espumosa cerveza.

Me quedó cierto remordi­miento por haberlo devorado con tanta avidez (los lectores estarán creyendo lo contrario, como se piensa de la gente del interior del país), y por eso me propuse estudiar sus orígenes y su personalidad. Buscando y preguntando,  encontré el libro preciso: El cuy (cavia porcellus), de los zootecnistas Margarita Ortegón de Morales y Fernando Morales Alarcón. Libro que no sólo contempla la parte genética del noble roedor sino también las técnicas para su conservación y explotación como fuente de proteínas y de dinero.

Comencemos por el nombre. Se le llama cuy, o cui, o cuie, o curí, por los sonidos que pro­duce. También se le conoce como guanco, jaca, cobayo o conejillo de Indias. No es un animal cualquiera. La rata sólo es rata. El cuy tiene dignidades. Cuando el macho corteja a la hembra, camina con discreción y suavidad detrás de ella y le declara su amor con este so­nido: cuic, cuic, cuic. Y ella, lisonjeada y seducida, le con­testa: cuic, cuic, cuic.

Des­pués sucede lo que tiene que suceder. Y el mundo sigue adelante, ardoroso y superpoblado. Por eso, es posi­ble saborear estos platos típicos nacidos de un momento de amor.

El cuy no está emparentado con la rata. La detesta. No se pueden cruzar sexualmente. Se rechazan, y con esto se dice todo. Si una rata se va detrás de un cuy diciéndole cuic, cuic, cuic, éste la manda al carajo. Se atusará los bigotes y le de­mostrará que su cuna es supe­rior. Es dócil y despierto. No tiene la agresividad ni la trai­ción de la rata. Bien entrenado, se convierte en simpática mascota. Se trata de un ser casero y sociable que, si no fuera animal, sería un muñeco de felpa. No muerde a las per­sonas. Estas, en cambio, lo muerden y lo trituran.

Es paciente, y cuando se le trata mal, responde con resig­nación. Da con su ejemplo lec­ciones de reciedumbre a la humanidad. Las hembras po­seen un carácter dulce y re­servado, lo mismo que las en­cantadoras pastusitas. Es aseado. En las casas de habi­tación reside como un miembro más de la familia. Pero como el hombre es voraz, se lo come.

Cuando los cuyes se olfatean la parte posterior, la olfateada (hay que suponer que es una bella hembrita) emite chorros de orina para ahuyentar al atre­vido. Si se ve acosada, escarba la cama y se la arroja al ata­cante con el dorso de la mano. Me imagino que las mujeres están aprendiendo, con estas actitudes cuyescas, a proteger su integridad.

Cuando dos machos se disputan una hem­bra, se enfurecen, se pelean y entonces sí se muerden (asuntos de carácter). La riña termina cuando uno ha quedado en posesión de la reina. Lo anterior se evita dejando un macho para cada 8 hembras. Nos ganan por una: a los hombres nos co­rresponden 7 mujeres en este mundo desproporcionado.

*

La cuyicultura es una indus­tria productiva en el sur del país. Se surte con la explosión demográfica del sufrido personaje y con los apetitos desbordados de nativos y tu­ristas. Se dice que el cuy posee poderes afrodisíacos (lo que a mí no me consta). A un pastuso le pregunté si esto era cierto. Me contestó que no, que tal vez, que no estaba seguro, y luego sorprendí en él una son­risa maliciosa. En seguida le averigüé por el número de hijos y me repuso muy ufano: 8. Asociando ideas, me pareció percibir en el ambiente un ruido revelador: cuic, cuic, cuic…

El Espectador, Bogotá, 21-IV-1988.

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Misiva:

Queremos agradecerle la especial deferencia de su Salpicón  del 21 de abril, al hacer esa fabulosa mención de nuestra obra, esfuerzo personal de casi 20 años de trabajo e investigación. Y lo queremos felicitar por su magnifica columna. Es maravillosa. El  artículo causó revuelo en Nariño y en muchas partes del país, atestiguado por numerosas llamadas. Fuera de la sorpresa, justo es decirlo, nos llenó de orgullo, ya que muy pocas personas se interesan por el esfuerzo de los técnicos y menos recibimos apoyo desinteresado y pronto. Nuestra obra está debidamente registrada. Margarita Ortegón de Morales, Fernando Morales Alarcón, San Juan de Pasto.  

 

 

La sombra de María Eugenia

martes, 1 de noviembre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

Desde muy joven comenzó María Eugenia a hacer justicia. Le encantaban las leyes y los códigos. Creía en la justicia colombiana. Por ella murió. La mataron por la espalda, a sangre fría, en una cafetería de Chiquinquirá. El cuerpo de la bella mujer se dobló sobre la mesa del establecimiento ante la mirada de terror de sus compañeras, otras dos juezas de la misma localidad.

Tal vez alcanzaron a pensar que las balas siguientes serían para ellas. Miraron al asesino, en ese instante pavoroso donde la justicia se marchita ante los proyectiles, y esperaron la se­gunda descarga. Era un hombre joven, de unos 30 años. La misma edad de María Eugenia. Dos juventudes encontradas. Una ejercitada en la ética de la vida y la otra torcida por los vericuetos del crimen. El sicario sólo iba por María Eugenia. Salió tranquilo de la cafetería, como si nada hubiera sucedido. Más tarde tiró el arma en una caneca de la basura.

Se había perpetrado un ase­sinato más. Un nuevo atentado contra la justicia. Los códigos que con tanta pasión consentía María Eugenia eran otra vez perforados por las balas. Pue­den más tres disparos certeros, a plena luz del día, que los ex­pedientes voluminosos de los juzgados. María Eugenia, jueza penal de Chiquinquirá, tenía por qué saber que el delito es vengativo.

Ella conocía los rencores oscuros del esmeraldero yd el narcotraficante. Había castigado a muchos delin­cuentes. Era insobornable en la aplicación de la ley. Por eso sobraba. Había que eliminarla.

En el país se matan jueces, magistrados, procura­dores, periodistas, hombres de Estado. Las balas alevosas de la descomposición colombiana siempre estarán apuntadas contra las personas rectas. Contra quienes pretenden re­formar la sociedad. No importa, para el caso, que se trate de la mujer agraciada, llena de en­cantos físicos y espirituales, de simpatías y esperanzas. No interesa dejar destrozada su familia. Lo que cuenta es la venganza.

Los tres proyectiles que pro­tagonizaron este drama ho­rrendo repercutieron en todo el país. Conmovieron a la socie­dad. Hirieron a la familia co­lombiana. En todas partes se dejó sentir la protesta cívica, el repudio dolorido. La rama judicial decretó duelo nacional. Hubo silenciosos desfiles ca­llejeros, de brazos caídos y códigos cerrados. En las misas se oró por la víctima, con lá­grimas solidarias, porque su muerte despertaba ternura. Se oró, con desconcierto, por Co­lombia, país desprotegido.

Pasados los días, el crimen entrará a los expedientes de la impu­nidad. La noticia poco a poco se ha desvanecido. Las pistas del sicario quedaron borradas. Era, de seguro, asesino a sueldo que sabía hacer el oficio. Por cualquier fajo de billetes, incluso de baja denominación, vendió su conciencia. ¿Acaso tienen conciencia estas bestias desalmadas? ¿Saben lo que significa el dolor humano? Herir, matar, destrozar los hogares, ultrajar a Colombia, he ahí su consigna. Ese es su contrato. Para eso les pagan.

En casa de sus padres, en la ciudad de Tunja, hogar con el que me unen profundos víncu­los de paisanaje y afecto, yo había hablado con María Eugenia días antes de su muerte. Su dulce figura des­pertaba admiración. Jovial, inteligente, magnífica conver­sadora. Era una juventud llena de ilusiones. Le gustaban el deporte, la vida sana, el estudio. Todo era diáfano. Nada hacía presentir el final doloroso.

*

Hoy, el hogar anonadado no entiende estas equivocaciones del destino. Colombia está postrada entre afrentas e indignidades. La sociedad continúa colocada contra el muro de la ignominia. Esta mancha de sangre femenina, con una hermosa jueza sacrificada en el momento más prometedor y más ilusorio de su existencia, pide rectificaciones. La sombra de María Eugenia se agiganta entre el estupor y la desespe­ranza. Es la sombra de una patria mutilada.

El Espectador, Bogotá, 4-III-1988.

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Misiva:

Tu precioso artículo nos ha dado vida y valor espiritual. Rubén Riaño Garrido (padre de María Eugenia), Tunja.

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