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El sosiego pastuso

martes, 1 de noviembre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

Pasto es ciudad silen­ciosa, rodeada de volcanes muertos. El Galeras, a 22 ki­lómetros, la mira de frente y se muestra celoso de sus con­tornos montañosos colmados de paz bucólica. Mientras Co­lombia amanece todos los días con la noticia de nuevos hechos violentos y se acuesta con la desazón de las noches inciertas, en Pasto y en el departamento de Nariño se respira tranqui­lidad.

Se llega a la región con la sensación de que esto no es Colombia. La violencia se siente lejana. Apenas se conoce por los periódicos y la televisión. Pero como es una porción integrante y patriótica de la geografía colombiana, aquí repercuten, con ecos per­turbadores, las adversidades del resto del país.

Los carnavales de blancos y negros congregan a los pastusos al impulso de una gran alegría colectiva. Son días de liberación de las preocupacio­nes y los quehaceres cotidianos, que tienen un denominador absoluto: divertirse. El mundo, bajo tales mandatos, deja de existir y se reduce a un terruño victorioso de las quietudes y los apremios de todo el año. El blanco y el negro se unen y se apoderan de la ciudad. Así de­saparecen las negruras y se blanquean las conciencias.

Pasada la festividad, siguen en las vitrinas de los almacenes las fotografías de la temporada jubilosa. Parece que el ambiente de fiesta no se suspendiera con el solo clarín del final, sino que se prolongara con el testimonio fotográfico que por todas partes se exhibe como refrendación de un estado del alma.

Este carnaval se encuentra incrustado en las tradiciones más hondas del pueblo. En los bailes populares, en el riego de maicena y confetis, en los consumos etílicos, en todas estas extroversiones, es el alma, con lo que tiene de oculta y al mismo tiempo de palpitante, la que sale al aire con sus pena­chos de euforia.

Pasto, una vez al año, le de­clara la guerra a la quietud. Luego de la celebración —especie de rito religioso—, todo vuelve a quedar en calma. Calma admirable que más la apreciamos quienes llegamos movidos por el es­trépito de otros lugares. «El corazón es un poema viajero», leo en el libro del poeta Hum­berto Márquez Castaño, un caldense que se vinculó como profesor de la Universidad de Nariño y que murió en el año de 1986. Es la suya una romántica poesía elaborada al pie de las montañas y los volcanes, entre densos silencios, que se ha quedado como herencia de su última morada.

El paisaje determina la placidez de la comarca. Pasto, con 300.000 habitantes, es centro montañoso rodeado de pintorescos pueblos indígenas: Túquerres, Sandoná, Ipiales, Barbacoas, Tumaco, Cumbal, Taminango… Por todas partes surge el paisaje embrujado. La laguna de la Cocha, a 27 kiló­metros, es uno de sus mayores atractivos turísticos. La Corota, isla que parece navegar en la laguna, posee maravillosa vegetación. El Santuario de las Lajas es el milagro de Dios so­bre el abismo.

Los hoteles llevan nombres indígenas como tributo a la raza. El Agualongo, en el centro de la ciudad, brinda to­das las comodidades de la moderna hotelería. Con­fortante refugio de paz. En las afueras de la ciudad se halla el Morasurco, otro sitio ideal para el descanso.

*

Las pastusitas, con su acento musical y sus modales amables, ponen una nota peculiar al ambiente. Son graciosas y re­catadas. Están inspiradas por el mismo sosiego fascinante de una de las regiones más repo­sadas del país. Región privile­giada, donde se ignoran la turbulencia y la ira que están acabando con la patria.

El Espectador, Bogotá, 18-III-1988.

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Comentario:

Con gran complacencia y satisfacción hemos leído su columna  titulada El sosiego pastuso. Nosotros, como partícipes y espectadores directos de aquel escenario tranquilo, magnífico y hermoso que usted bien describe,  felicitamos su artículo y agradecemos la deferencia que nos hace con sus palabras, al referirse a la hotelería de una ciudad estupenda como Pasto. Ramiro Salas, gerente del Hotel Agualongo.

 

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El escritor, un marginado

martes, 1 de noviembre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

De la investigación sobre el oficio de escribir realizada por la periodista María Elvira Bonilla, se  desprende que el creador literario está marginado en Colombia. La mayoría de los escritores encuestados ig­noraban la existencia de los derechos de autor y en todos los casos se vio que, cuando la editorial los reconoce, no es en la cuantía que contempla la ley.

Como con el oficio de escribir no se puede vivir honradamente, esta actividad es más un pasatiempo que una profesión. Los escritores, para subsistir, deben ocuparse en funciones complementarias que les proporcionen los medios de sustento. El escritor de días de fiesta difícilmente logrará consolidar su  obra y por eso en Colombia, con contadas excepciones —que son las de quienes en verdad pueden vivir de la escritura—, son pocos los que se realizan.

Como lo recomienda Fer­rando Soto Aparicio —una de tales excepciones—, el escritor debe escribir todos los días, y todos los días corregirse y pulirse, como la única manera para estructurar su carrera. La literatura exige permanencia y aislamiento, condiciones que no se obtienen en nuestro país. Para que el escritor triunfe, como está probado, debe salir de Colombia. Aquí sólo se vive de ficciones.

El editor quiere ir a la fija, o sea, con ganancias aseguradas. Le huye al riesgo. Sólo se apunta a los autores consa­grados. Como lo revela María Elvira, buen número de los escritores que hallaron editor reciben el pago de sus derechos de autor con una cuota de ejemplares o con porcentajes mínimos sobre las ventas (entre el 5% y el 10%).

La ley 23 de 1982, que es la que protege la creación intelectual —o pretende protegerla—, dispone que la remuneración del autor no será inferior al 20% sobre la venta de ejemplares, cuando así se pacte; porque también es indicado convenir por tal concepto, pero en forma justa, una suma fija y antici­pada sobre la obra contratada. Esta disposición es, en la prác­tica, letra muerta.

Los escritores no saben que en esta materia tenemos una de las legislaciones más avanzadas del mundo. ¿Para qué saberlo, si de todas maneras el que manda es el editor? Y éste, como co­merciante que es, busca la uti­lidad clara. No le interesa que la obra sea buena sino que se venda. No aplica criterios de selección sino de conveniencia.

En las campañas políticas publica libros de oportunidad que más tarde tiene que abandonar en las bodegas por falta de compradores. Por eso, ocurren tantas estafas en el mercado del libro. El llamado best seller, respaldado por un autor de prestigio, claro está, es el que más se presta para el engaño. Pero se vende.

Hay textos que salen publicados con tal ligereza que producen escozor. Con errores de ortografía, páginas mal cosidas, sin el refinamiento que merece la obra de arte, parece que la prisa fuera el único requisito para salir del paso. Los trabajos no se someten a revisión del autor, por regla general. No se mantienen los canales apropiados de distribución.

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El pobre escritor es un desamparado social. Aunque su obra sea valiosa, no le creen. Tiene que esperar que obtenga fama. Así va de editorial en editorial ofreciendo un  artículo sin compradores. El talento y el ingenio son productos de desecho. Condenado el escritor a morir de hambre, la literatura en Colombia no tiene razón de ser. Parece que sólo existiera en las cumbres de la fama, cumbres tan peligrosas como deleznables.

El Espectador, Bogotá, 6-IV-1988.

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Comentario:

Felicítolo por su excelente artículo en defensa del escritor colombiano, ese desamparado social. Jorge Marel, Sincelejo.

Diario del miedo

martes, 1 de noviembre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

Hemos llegado al momento de aceptar

que la peor bestia carnicera es el hombre

y no el lobo.

Rodrigo Arenas Betancourt.

Son palabras tomadas de su libro Crónicas de la errancia, del amor y de la muerte, publicado por Colcultura en 1976. Entonces Arenas Betancourt, a pesar de tener un concepto muy claro sobre la deshumanización y la depravación del hombre, no suponía que 12 años después sería sometido a una de las torturas más infamantes: el secuestro.

Ochenta días permaneció en poder de sus captores. Recon­quistó el derecho a la vida des­pués de haber sufrido los suplicios de la muerte. Para el intelectual y el artista es más lacerante la pérdida de la libertad, lo que hace suponer que esos días de encierro y humillación, bajo el poder salvaje de vulgares delincuentes, fueron una lenta agonía. A todo momento sintió la muerte acechante.

Su cautiverio fue un viaje al­rededor del miedo. La muerte, para la persona indefensa y sobre todo para la que piensa, es más temible en las largas esperas del golpe de gracia. Cuando sobre la sien permanece tendida el arma monstruosa, es imposible domi­nar el pavor. Cuando el interlo­cutor no es un hombre sino un lobo, carente de sentimientos y armado de ferocidad, crece el miedo.

El maestro pidió un cua­derno, más tarde otro, y en ellos volcó sus angustias. Ya en el potro de la muerte, era fácil dia­logar con ella. Dialogar, como lo hizo por espacio de ochenta días infinitos, no excluía el pánico. Cuando la parca se halla más cerca es cuando más se le teme.

Creo, sin embargo, que el maestro es un enamorado de la muerte. En su vida viajera, va­gabundo por países lejanos y por miserias universales, muchas veces contempló el rostro pálido de su compañera de errancias. Le cogió confianza, pero no se atrevió a convidarla a su soledad. Prefirió que rondara, que lo mi­rara de lejos. Y al tenerla próxima, esta vez en la covacha del oprobio, se horrorizó ante su presencia, aunque la consintió como la única socia de su hundimiento.

La muerte, para el  maestro, es una verdad luctuosa, pero no por eso deja de seducirlo. Su único libro publicado, un en­sayo autobiográfico de gran vigor literario y humano, es un canto a la muerte. Hermoso canto, que ahora adquiere mayores reso­nancias.

Rodrigo Arenas Betancourt inició su carrera como tallador de cristos e imaginero. A la vuelta de los años se consagró como uno de los más destacados escultores del continente americano e hizo famosos sus obras cósmicas.

En todas sus representaciones hay una actitud de vuelo, de liberación, de infinito. Es el maestro angustiado que clama por la libertad y condena la violencia en medio del mundo bárbaro. No concibe la esclavitud, porque su alma, como sus escul­turas, vive henchida de inmen­sidad.

Estos códigos éticos de su obra y de su personalidad, al verse pisoteados por sus verdugos, más dolor le produjeron.

En sus noches de pavura se encontró con Cristo, a quien había dibujado en múltiples ex­presiones durante el comienzo de su carrera. El Cristo de su abandono y su miseria le hizo aumentar su angustia de Dios. De sorpresa en sorpresa, y sintiendo siempre el filo de la amargura, fue capaz de una oración. La oración del miedo. Su montaña antioqueña, de clamores y soli­daridades, se creció en su estu­por. Tomó el lápiz y escribió. De corrido llenó dos cuadernos.

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Es el diario del miedo, pulsado con dedos temblorosos y alma perpleja. Era ateo antes del se­cuestro. No creo que continúe siéndolo después de su liberación.

El maestro es gran escritor. Así lo demuestran sus Crónicas de la errancia, del amor y de la muerte, donde con lenguaje poético y estremecedor desgarra las vestiduras de su alma. Cuando salga a la luz su Diario del miedo y concluya su Monumento a la muerte, sabremos hasta qué grado el arte es capaz de hermosear, pero repudiándola, la violencia colombiana.

El Espectador, Bogotá, 25-I-1988.

 

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El rompecabezas bogotano

martes, 1 de noviembre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

Mucho es lo que el alcalde dis­trital, doctor Julio César Sán­chez, ha hecho en materia sani­taria y de pavimentación de vías. Mucho, también, en sistemas de seguridad. Pero los huecos, el desaseo y la inseguridad son abismos de nunca llenar. Mien­tras las avenidas más importan­tes fueron sometidas a rápidas y eficientes reparaciones, las calles secundarias han quedado des­cuidadas.

Los automotores tienen que hacer toda suerte de maniobras para salvar obstáculos y no de­sintegrarse entre las trampas mortales. Huecos por doquier,  causados por el pavimento de­teriorado, el robo de las tapas de las alcantarillas y las obras in­conclusas, convierten a Bogotá en una tronera gigantesca.

Las basuras son un dolor de cabeza. Este centro explosivo, con cinco millones de habi­tantes, no resiste más desperdi­cios. Los equipos recolectores se quedaron rezagados frente al ímpetu demográfico. Los grandes basureros son ya incapaces para recibir tantos desechos, y para suplir a medias esta alarmante deficiencia, muchos lugares, so­bre todo en los barrios pobres, están convertidos en muladares públicos, con los consiguientes riesgos para la sa­lud de los vecinos y de toda la ciudad. A todo esto se agrega la irregularidad con que se hacen los recorridos y la forma defectuosa como se asean, o mejor, se desa­sean, los frentes de las residen­cias.

La semaforización, que se ha tecnificado con los adelantos de la era sistematizada, no logra sin embargo realizar todas las es­trategias deseadas. Los infartos del tránsito, comunes durante todas las horas del día, son casi siempre consecuencia de semá­foros mal programados, de otros que dejan de funcionar o senci­llamente de los que no se han establecido; esto para no hablar de la dictadura de los conducto­res.

¿Quién adelantará una real campaña contra el abuso del pito? El mal genio de los bogotanos tiene salida impulsiva por este diabólico instrumento que está acabando con los nervios y la tranquilidad ciudadana. Bogotá es ciudad de sordos y neu­rasténicos. Todos quieren abrirse campo a pitazo limpio, a manotazos y zancadillas.

La inseguridad es el mayor lastre de la populosa metrópoli. Es el reto número uno del país. El gangsterismo se apoderó de las ciudades. En cuanto a Bogotá se refiere —una de las urbes más peligrosas del mun­do—, hay que reconocer el esfuerzo de las autori­dades por reprimir el avance de la delincuencia.

Los CAI, uno de los adelantos más significativos de la actual administración, han demostrado hasta qué punto es posible conseguir soluciones cuando existe voluntad de ser­vicio. Esta red policial es hoy el mayor sistema de vigilancia y represión delictiva y además se ha convertido en ornato de la capital.

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En Bogotá no todo, desde luego, es negativo. También hay avances ponderables. La enumeración de estos males es una manera de colaborar para el progreso. Todos debemos con­tribuir a ese propósito: el Alcalde, en su puesto; el periodista, desde su tribuna de opinión, el ciuda­dano, con su aporte cívico. El civismo, por desgracia, anda hoy de capa caída.

Algunas entidades ponen de pronto su grano de arena. Pero la ciudadanía en general es indiferente, aunque se queja a toda hora, de los pro­blemas públicos. Al alcalde o alcaldesa del ma­ñana próximo, cuya efigie refulge por todos los sitios de nuestra inmensa urbe descuadernada, le corresponderá enfrentarse a este indescifrable rompecabezas ca­pitalino. Rompecabezas difícil de armar.

El Espectador, Bogotá, 9-II-1988.

 

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Vivir es resistir

martes, 1 de noviembre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

Tres  solidarias  amigas de Armenia —Emma, Lelia y Marina— me envían, a propósito de la transmisión por televisión de mi novela Destinos cruzados, una amable tarjeta que no resis­to los deseos de compartir con mis lectores:

«Las metas del hombre necesitan de empuje, decisión, esfuerzo, sacrificio y del deseo que este tenga para conseguirlas. Una vez cumplidas, la satisfacción personal es premio que se acompaña del conocimiento general, pues la sociedad sólo reconoce logros mas no esfuerzos. Su labor en la obra que hoy difunde la televisión es un logro fruto de esfuerzos y constancia».

iQué bien suena esto! Cuando leí la confortante esquela volví la memoria y el recuerdo a la cara ciudad de Armenia, mi escenario de luchas y realizaciones por espacio de 15 años. Armenia, la joven y pujante urbe del café, es modelo de superación. En su plaza principal el maestro Rodrigo Arenas Betancourt erigió, como tributo al temple de una raza, su céle­re Monumento al Esfuerzo, una alegoría cósmica que pinta al hombre emergiendo de la cepa de un árbol y lo lanza al espacio —musculados los brazos con la savia del café y am­plia la mirada con el ardor de la tierra bravía—, en plan de vuelo y liberación.

Armenia para mí es esa plaza de esfuerzos donde estructuré mi salida de escritor. Plaza su­frida, porque siempre el inicio de la carrera literaria lleva marcado el rigor de los desve­los. Para ser escritor, y esto lo sé ahora mejor que antes, hay que renunciar a muchas cosas. Hay que mantener erguida la moral y firme el carácter.

Siendo la vocación más soli­taria del mundo y la más incomprendida en esta era de estrépitos, frivolidades y ambiciones materialistas, el producir una obra, por modesta que sea, implica muchos des­garramientos. Avanzar con el equipaje de unos libros, entre el tráfago de estos tiempos ligeros y deshumanizados, es batalla de titanes.

Las damas armenias re­cuerdan que la sociedad reco­noce logros pero no esfuerzos. El mundo, en efecto, y lo mismo el de la gran empresa que el estrecho de las letras, se olvida del sacrificio callado y sólo se fija en los triunfos, en las ga­nancias. Obtenida la victoria, poca gente pregunta cómo se consiguió. Como además la humanidad vive de ficciones y oropeles, supone que el ascenso fue fácil y que a las metas se llega con padrinos poderosos o

Con el impulso de la buena suerte.

Una de las reglas del éxito es perseverar. La vida no se con­cibe sin resistencia. El triunfo lleva implícito el esfuerzo. El escritor debe imponerse grandes vigilias y privaciones para ver, algún día, una luz en lon­tananza. Y debe saber que el mundo, sobre todo el mundo del dinero, del poder y la arrogan­cia, lo ignora y lo pisotea. Pero es el escritor el que se prolonga en el tiempo y escribe la cultura de los pueblos.

A mis generosas correspon­sales quiero anotar lo siguiente: el que la telenovela en pro­gramación tenga o no éxito, es secundario. Lo significativo es que se dio un paso más. Empu­jar una obra hasta la televisión es una dolorosa faena en el medio artístico colombiano, tan duro y cicatero. Los canales de comunicación de masas se vuelven a veces inaccesibles.

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De la ciudad de Armenia, mi plaza del esfuerzo, me llega un mensaje de aliento. Esto de por sí es un triunfo. Los desvelos del escritor valieron la pena. Es preciso hacer público este epi­sodio para que otros escritores, lejos de desanimarse y renun­ciar a la sufrida faena, resistan. Después llegará la madrugada.

El Espectador, Bogotá, 14-III-1988.

 

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