Archivo

Archivo del autor

Las alas de monseñor

martes, 1 de noviembre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

Ya no es alarmante que se quie­bre otra entidad financiera. El país se acostumbró a ver desaparecer, de la noche a la mañana, los dineros de miles de compatriotas que habían confiado sus capitales a la presunta seriedad de esos organismos y no previeron el momento de la catás­trofe. El Estado colombiano, pa­ternalista en muchos casos, y ne­gligente en la mayoría, ha entrado a auxiliar, naturalmente con los im­puestos nacionales, a los confiados inversionistas que habían creído en los controles fiscalizadores, o sea, en el mismo Estado.

Producido el descalabro, vienen los juicios de responsabilidades; juicios que por lo general sólo se ventilan en las páginas de los periódicos, ya que los inculpados quedan luego absueltos por la justicia o sólo reciben una pena mínima.

En esta cadena de defraudaciones quiebra también la Caja Vocacional, entidad con aliento eclesiástico, y monseñor se lava las manos. Le echa la culpa al gobierno de Belisario por no haber impedido el desastre. Con los periodistas se pone furioso cuando lo interrogan. Le molesta que se dude de la buena administración que ahora todos echan de menos. Monseñor Abraham Gaitán Mahecha es, como fundador y director de la Caja, pieza clave del engranaje ahora en ruinas. Pero no admite que se critiquen sus errores administrati­vos.

Responde en malos términos y con ánimo camorrista. Aleja a la prensa y se indispone con todos. Monseñor, que por su carácter eclesiástico de­biera mostrarse humilde y moderado, se ha convertido en un caso explo­sivo. Con su actitud enturbia la buena imagen de la Iglesia. Y el país, que no sale de su estupor, contempla indignado este episodio de arrogancia y belicosidad, insólito en un sacerdote, mientras las caravanas de ahorradores hacen cola en las cajas del Estado paternalista.

*

Otro monseñor, el ilustre obispo de Pereira y presidente del Celam, muy amigo de la publicidad, se desmide en sus declaraciones públi­cas. La locuacidad no es buena con­sejera, y parece que monseñor Darío Castrillón, que posee buena prensa —el caso contrario a monseñor Gai­tán—, se ha dejado llevar por cierto entusiasmo y cierta ligereza en sus opiniones.

Cuando existe liderazgo, como lo tiene monseñor, hay mayor riesgo de incurrir en excesos verba­les. La notoriedad debe manejarse con moderación. El expresidente López Michelsen manifiesta que le ha perdido la fe a monseñor Castrillón. Esto es deplorable.

Recordará ahora el doctor López el episodio bochornoso para la ilustre dama pereirana a quien había nombrado como gobernadora de Risaralda y que no pudo posesionarse ante las pre­siones de monseñor, que argu­mentó como impedimento el de estar separada de su matrimonio católico, no obstante llevar una vida ejemplar en su segunda unión. El escándalo lesionó, en forma grave, la honra de la dama, y el capítulo quedó escrito como exceso inexplicable de quien se opuso al nom­bramiento presidencial.

El Espectador, Bogotá, 15-VIII-1987.

 

Gangsterismo criollo

martes, 1 de noviembre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

Vemos crecer en las principales ciudades colombianas, en forma aterradora, las más avanzadas téc­nicas del crimen organizado. En Bogotá, sobre todo, a donde con­vergen todos los caminos del país, la vida se ha vuelto angustiosa no sólo por ser la gran urbe de los sofocos y las desmesuras, consecuencia lógica  del gigantismo alocado, sino por tratarse del centro por excelencia del peor gangsterismo de la historia co­lombiana.

Conforme aumenta la población a pasos gigantes, se desbordan los problemas. Las autoridades capita­linas, impotentes para darle solución a este complejo de dificultades que nacen al influjo del progreso de­sacompasado —que por eso mismo deja de ser progreso—, miran des­concertadas cómo se multiplica la delincuencia y se reducen las posi­bilidades de la vida pacífica.

Aquí, más que en el resto de las otras ca­pitales, se ve más evidente la pobreza absoluta, esa que deambula por las calles entre harapos y hambres atrasadas, entre intemperies y fríos insoportables; esa que amanece todos los días entre cartones y con ojos dilatados de angustia y estupor; esa misma con la que nos tropezamos, aquí y allá, lista para el asalto y hasta para el homicidio, y que sin embargo es merecedora de un digno trata­miento social.

Es en estos bajos mundos donde se genera la peor hampa. El hambre produce delincuentes. Las desproporciones sociales son el mayor incentivo para las revoluciones. La falta de empleo y de oportunidades de progreso vuel­ven al hombre resentido y a veces sanguinario. Por eso el grado de ci­vilización de un país irá siempre en proporción al menor índice de mi­seria humana que tenga. Y Colombia, triste es admitirlo, dista mucho de ser una nación civilizada.

Hoy las calles de Bogotá, plagadas de vagos, de atracadores, de me­nesterosos y pistoleros, son la ra­diografía de un estado social vergonzoso. La subsistencia en la capital no sólo es azarosa sino tam­bién milagrosa. Se ha llegado a la realidad de que la vida no vale nada en nuestra me­trópoli voraz, la más insegura y la más violenta del país.

En cada calle, en cada esquina, en cada semáforo, tanto a pleno sol como en las sombras nocturnas, aguardará un peligro y acechará un malhechor. Hoy se mata por cualquier cosa: lo mismo por llevar dinero que por no llevarlo, y lo mismo por el simple roce callejero que por la palabra mal interpre­tada.

El robo del carro se comete en plena vía pública, metralleta en mano, y también en el garaje de la propia residencia. Se rompen los vidrios del automóvil para robar el equipo de música o el paquete que se ha dejado vistoso en el interior. Una vivienda se desvalija en minutos, incluso con muertos si no se controlan los nervios. Y todo queda impune. Nadie recupera nada.

En los barrios se conoce la presencia de bandas organizadas que merodean todos los días de todos los años, y sin embargo siguen campantes en su carrera de éxitos. A veces caen acribillados unos cabecillas y los periódicos sensacionalistas salpican sus páginas de sangre y exaltaciones morbosas. Mientras esto sucede y algunos ve­cinos alcanzan a sentir alivio, en otro sitio de la ciudad irrumpirá la banda que asaltará el banco, matará a los celadores y se llevará unos cuantos millones, para sus propios bolsillos o para la revolución en marcha.

*

Las mentes criminales mantienen erizada la vida en nuestras ciudades. Están especializadas en toda clase de adelantos delincuentes. Bogotá es hoy la Chicago colom­biana que progresa a ritmo asombroso con soberbios edificios, avenidas frenéticas y deslumbrantes complejos habitacionales. Y es al mismo tiempo antro de criminales. Le sigue Medellín y otras van en turno. La violencia, violencia atroz y vestida de múltiples maneras, se apoderó de Colombia. El  ciudadano, un ser desprotegido que perdió la fe en la justicia y las autoridades, vaga amilanado por entre este vértigo de la falsa civili­zación que relegó al hombre al último lugar de la degradación humana.

El Espectador, Bogotá, 6-VIII-1987.

 

La nueva Bucaramanga

martes, 1 de noviembre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

Siempre es grato volver a Buca­ramanga. El espíritu hospitalario tan propio de los santandereanos se aprecia con mayor intensidad en esta gran urbe, la quinta del país por población, empeñada en seguir creciendo sobre bases seguras de planeación. Poco a poco Buca­ramanga traspasó los límites de la aldea que fue hasta hace unos 15 años, para entrar en la órbita de la ciudad populosa que avanza a ritmo vertiginoso.

Es sitio que no se detiene y que vive en permanente plan de trans­formación. Sobresale como centro amable y pintoresco, dotado de todas las comodidades de la vida moderna y sin los sofocos de las metrópolis descuadernadas. Es el tipo ideal de la ciudad humana, o sea, aquella donde la persona conserva aún su identidad y no ha in­gresado en las corrientes urbanas de los seres amorfos.

Hay rasgos sobresalientes que distinguen a la Ciudad de los Par­ques. El principal es su civismo. La gente piensa aquí en función de orden, de aseo, de colaboración comunitaria. Las reglas de tránsito son ejempla­res. Los buses sólo paran en los lu­gares demarcados y los taxistas no cobran un centavo más de la tarifa permitida. Los agentes de circula­ción, que gozan de la fama de inso­bornables, imprimen disciplina y fluidez al movimiento de las vías. Las calles se mantienen limpias y las fachadas de las residencias, remo­zadas.

Las autoridades, temerosas de que el gigantismo haga desbordar las leyes de la convivencia, tienen fijadas pautas certeras de crecimiento. Los polos de desarrollo, estratégica­mente calculados, permiten una expansión armónica del perímetro urbano. Existe el claro concepto de que la ciudad debe alcanzar para todos y por eso primero se estruc­turan los servicios públicos y después se levantan nuevos barrios.

Sectores de mayor exigencia ur­banística y económica, como el que se halla en los alrededores del Club Campestre, están impulsando una ciudad nueva, enmarcada dentro de los lineamientos de la moderna ar­quitectura. Y como centro que es en permanente evolución, ha confor­mado una dinámica zona metropoli­tana. Girón, Floridablanca y Piedecuesta son partes integrantes de esta marcha arrolladora del progreso.

El Hotel Chicamocha, que se programó sobre todo para atraer el turismo venezolano en la bonanza petrolera, mantiene alta ocu­pación y presta confortables servi­cios. Hay temporadas en las que sus 200 habitaciones quedan copadas por el turismo nacional que se desplaza a la Costa Atlántica y por la realización de continuos congresos. La ciudad cuenta además con una de las redes hoteleras más eficientes del país.

Las comidas típicas santandereanas se convierten en otro de los halagos —peligroso para los apetitos des­bordados— que seducen al visitante. Es la mejor comida de Colombia por su exquisitez y su abundancia.

*

Los parques, sitios históricos, museos, casas de cultura —la mayor de ellas, la Biblioteca Gabriel Turbay—, universidades y diversidad de atractivos turísticos resultan el complemento necesario para que la urbe, activada por el civismo de sus pobladores y el liderazgo de sus dirigentes, se destaque en la nación como verdad inconfundible del desarrollo colombiano.

El Espectador, Bogotá, 7-VII-1987.

 

 

 

Categories: Regiones Tags:

Crisis moral

martes, 1 de noviembre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

Noticias del Mundo, periódico de amplia circulación entre los hispanos residentes en los Estados Unidos, se ocupa a diario de los problemas latinoamericanos. Allí la periodista y escritora colombiana Gloria Chávez Vásquez, vinculada desde hace varios años al medio neoyorquino, realiza un juicioso análisis de las noticias que tienen que ver con Co­lombia.

En reciente número, el diario destaca la crónica de Gloria sobre la crisis moral por que atraviesa la co­lonia colombiana en varios campos de actualidad. El primero de ellos, el del narcotráfico. Al salir comprometidos en dicho ilícito varios de nuestros compatriotas, esta mala fama afecta a toda la comuni­dad colombiana. Entran a pagar justos por pecadores, y la generalización resulta nociva para el resto de la sociedad, que nada tiene que ver con dicha actividad.

Ser colombiano en el exterior es título deshonroso. Los otros países viven prevenidos contra la llegada a sus fronteras de los turistas proce­dentes de Colombia y a todos por igual nos ven caras de narcotrafi­cantes, ladrones o indocumentados. No en vano este semillero nuestro de grandes capos de la droga ha irra­diado su siniestra imagen por todos los confines de la tierra.

En Nueva York los honrados colombianos, algo así como el 95% de la población, buscan quitarse este sambenito de encima y piden que se formen líderes que protejan la sub­sistencia de la gente sana. Y además solicitan que se establezca una mejor comunicación con los re­presentantes diplomáticos de nuestro gobierno para impulsar objetivos de beneficio común.

Ya se ve que la crisis moral que viven los colombianos en Estados Unidos por efectos de la contami­nación de las malas hierbas es la misma que aquí soportamos treinta millones de personas sacrificadas por unas minorías delincuentes. Los líderes que hacen falta allá son los mismos que aquí necesitamos para la nación entera, en estos momentos de pavorosa crisis de valores.

Habla el editorial principal del periódico en referencia sobre el movimiento emprendido en un te­rritorio neoyorquino con miras a frenar el avance de las drogas pro­hibidas. Toda la comunidad, levan­tada en pie como si se tratara de un solo hombre, desarrolla ahora di­versas estrategias para derrotar la marcha del enemigo común. El lema de la campaña, que ya ha penetrado en todas las conciencias, reza lo si­guiente: «No, en mi vecindad usted no puede».

¿Quién, con suficiente autoridad y efecto, colocará un aviso gigante, similar al neoyorquino, sobre el alma sangrante de Colombia? ¿Cuándo llegará el día en que a la subversión, cualquiera que ella sea, se le reprima con el lema de «En Colombia usted no puede»?

*

En Colombia sufrimos de una en­fermedad que se llama telefonitis aguda. Desde el gerente hasta la secretaria y el mensajero, y desde el ama de casa hasta la colegiala y la empleada del servicio, el abuso te­lefónico es patológico. Aquí les dejo esta perla que trae Noticias del Mundo:

«Los colombianos hablaron por teléfono en 1986 un total de 1.240 millones 514 mil minutos, según es­tadísticas del tráfico nacional pro­porcionadas por Telecom. Lo ante­rior quiere decir que si hubieran hablado en fila, utilizando un solo teléfono, se habrían demorado en hacerlo 2.360 años, dos meses, siete días, dos horas, 29 minutos, 45 se­gundos y seis décimas… es decir, hubieran tenido que comenzar a hablar en el siglo IV antes de Jesu­cristo, para terminar de hacerlo el 31 de diciembre de 1986».

El Espectador, Bogotá, 3-VIII-1987.

Categories: Moral Tags:

La demonia

martes, 1 de noviembre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

Con este título, que acaba de salir al mercado con el sello de Plaza y Janés, Fernando Soto Aparicio se aproxima a los 30 libros, entre no­vela, cuento y poesía. Es su novela número 17 y esto ratifica que se trata de uno de los escritores más prolíficos del país. La palabra, que ha sido su ejercicio cotidiano a lo largo de una vida de intensa compenetración espiritual, es también su mayor ob­sesión.

No concibe el universo sin el im­perio de la palabra y tampoco acepta que ésta, dentro de los modernos medios de comunicación donde el hombre ya no habla sino que balbuce, se esté ahogando víctima de los so­focos de una era frenética.

Desde su permanencia en Francia por espacio de tres años como agregado cultural de nuestra emba­jada, Soto Aparicio ha roto, primero con La cuerda loca y ahora con La demonia, sus moldes tradicionales de escritura. De París ha regresado un nuevo escritor, intérprete de un mundo convulsionado y en peligrosa metamorfosis.

La demonia es uno de esos libros desbaratados, aparentemente, donde el autor se propone, utilizando una nueva técnica narrativa, pintar el tiempo actual lleno de locuras, de excentricidades, de sexo, de violen­cia, de pasiones… Entre irreveren­cias, sarcasmos y exageraciones ca­lifica lo insólito del hombre contemporáneo que, presa de la frustración y el desacomodo en el medio ambiente que él mismo se ha fabri­cado, maldice su lenta destrucción. Es la biografía de un clima de arre­batos y orgasmos, unos carnales y otros sociales, que dan al traste con la proyección del individuo como hombre racional.

Soto Aparicio dibuja en su nueva creación la perspectiva del mundo manejado a la loca, a la diabla, que lo mismo puede ser el deslumbrante que acaba de dejar en Francia, saboreado entre champañas y finas poses di­plomáticas, que este nuestro del atropello y la insensatez. Un mundo desenfrenado entre orgías, sexo, droga, afán de riquezas y toda suerte de libertinajes.

Monta a sus personajes en el tren de la aventura humana y los deja a merced de sus propios instintos, en pretendida búsqueda de un paraíso inexistente. El mismo novelista, valiéndose de sus trucos y sus re­cursos literarios, viaja en estos va­gones presurosos y deja volar su imaginación por regiones delirantes, más allá de los límites de la mesura y menos cerca del edén que Adán Alfaro, comandante de una excursión de ilusos, intenta descubrir.

Todo se busca y se encuentra: la mujer sen­sual, el sexo a la moda, los países de la abundancia, las palancas del poder, los horizontes de fantasía… La demonia, viajera inseparable de cual­quier grupo humano, que lo mismo es tentación que pecado, da de sí cuanto tiene pero tampoco sacia al hombre.

En La demonia logra Fernando Soto Aparicio, aparte de un retrato cabal de la época, nuevas expresiones del lenguaje. Descubre que la pala­bra, existente desde todos los tiempos y que estaba en el principio con Dios, se ha convertido en la mayor incomunicación actual. El hombre ha degradado, ha prostituido la palabra. Por eso, el mundo se ha deshumanizado y el hombre se ha hundido en abismos de soledad.

*

En esta novela se aprecia la gran variedad de lecturas que ha tenido el autor al plasmar una descripción rica en ideas, vocablos e imágenes. Y se comprueba, una vez más, que el hombre sigue siendo el rey de toda la creación de este novelista inacabable.

El Espectador, Bogotá, 6-VII-1987.

 

Categories: Novela Tags: