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La movida chueca

lunes, 17 de octubre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

Dice Peter en su tratado de la incompetencia que quien lea su libro ya no podrá olvidarlo por el resto de la vida. De esta lectura se desprende que el hombre, un ser imperfecto pero sobre todo descuidado, hace las cosas a medias, sin reflexión y con irresponsabilidad. Soy un convencido de los  principios de Peter. Lo cual no implica que sea fatalista.

El optimismo, por el contrario, es mi brújula permanente. Pero por doquier encuentro negligencias. Lo mismo alrededor de mi sitio de trabajo que en el consultorio del especialista, el taller de mecánica, la droguería, el comercio, el alto despacho gubernamental.

Sostiene Peter, como teoría central, que el hombre tarde o temprano alcanzará el nivel de incompetencia. Más pronto llegará a él si, en lugar de avanzar en forma lógica conforme los años maduran la personalidad, se saltan escalones para coronar la cumbre. Es el triunfo prematuro que tontamente perseguimos. En la cima de la fama los errores se disimulan con gran facilidad, o sea que se cometen con más amplitud.

Pifias, desviaciones, descalabros y, en definitiva, incompetencia. Voy a relatar algunas de las trastadas que le han ocurrido a este pobre mortal –parecidas a las que a usted le ocurren a diario–, para que convengamos, con Peter, por qué el mundo anda al revés. La movida chueca, diría uno de los sicólogos de la época.

*

El tornillo milimétrico. – Un día, a poco tiempo de estrenar el brillante Renault, explotó una bomba en la parte delantera del vehículo. No era un atentado terrorista. Sólo que un tornillo invisible que movía piezas vitales del motor, mal ajustado por manos imprecisas –¿guayabo, tembladera, elevamiento?–, se salió  de madre y ocasionó el estampido que terminó desvertebrando mi ilusión automotriz. (Aquí habrá que echar de menos el robot y lanzar al hombre a las tinieblas exteriores por sus tor­pezas).

Los estragos, que fueron grandes, se atribuyeron al desengranaje de las misteriosas milimetrías que lo dejan a uno a pie limpio. Pero con vida, loado sea Dios. Nadie, sin embargo, res­pondió por el daño. («La garantía venció el mes pasado, señor»).

*

Las gafas desenfocadas. –  En la óptica me aconsejaron la montura per­fecta para disminuirme años y agregarme distinción. Por primera vez iba a usar lentes bifocales, los que hacen el prodigio de aproximar o distanciar el mundo. El dependiente me recomendó ma­nejar con cuidado los lentes de abajo para no irme de bruces, y yo asimilé la lección luego del primer per­cance. Un mes más tarde, cuando ya debía dominar la nueva técnica, mis ojos seguían desenfocados. El mundo me entraba borroso, partido por la mitad. La dulce niña de mis ojos estaba resentida y yo, inútilmente, procuraba consentirla.

Regresé a la óptica, y ¡claro! el mejor técnico se había equivocado en la altura de los bifocales. Pero sólo dos milímetros –que en optometría equivalen a muchos mundos. («No se preocupe, señor, que el jefe regresará en ocho días de vacaciones y le arreglará el problema»). Protesté, pero de nada sirvió. ¿Y mis lecturas, y mis tropezones, y mis escozores?

En fin, el jefe volvió y me dio la razón. En otros diez días –que se volvieron quince, o sea, siglos– tenía la nueva montura. La visión había mejorado, pero no lo suficiente. El mundo –mi mundo íntimo de lecturas, de percepciones y complacencias– seguía restringido, mezquino, absurdo. Recorrí media ciudad en busca del técnico y no lo encontré. («Regrese en dos horas, señor, y él le revisará las medidas»). No volví. En otra parte com­probé que Peter no se equivocaba: el técnico había fallado en un milímetro, la diferencia exacta que yo necesitaba para sentirme contento

*

Tarifa postal reducida. – Con mis dos o tres libros debajo del brazo llegué a la Administración Postal. Eran obras nacionales para despachar en sobres abiertos, cuyos portes gozan de tarifa especial. El empleado me cobró $250 por cada envío. Precio superior al del propio libro o el de la carrera en taxi hasta la dirección del destinatario. Con humildad me con­fesé autor de aquella criatura y el empleado se condolió de mi suerte. Y me aconsejó que obtuviera una resolución en la oficina de El Dorado para ayudarme a llevar la cruz. («Pero es mejor, señor, que haga el despacho por recomendado para que no se pierda»).

Pasé a donde el jefe, un señor regordete y evasivo, que tampoco se solidarizó con la cultura nacional. A éste le expliqué que los portes de mis libros siempre habían sido reducidos desde otros sitios del país, menos desde Bogotá, la capital de las trabas y los papeleos. “No hay remedio”, remató el señor obeso y me despidió.

Un subalterno me susurró al oído que el jefe interpretaba mal la norma y esto me alentó para enviar una carta al director de la Administración Postal, no tanto en busca de protección como de clari­dad, ¡y nada! Llevo dos meses espe­rando respuesta. Por Avianca, mientras tanto, donde vale más el correo, he seguido enviando el libro a $60, sin necesidad de resolución ni de dis­cusión. (¿Qué hacemos, amigo Peter, con esta incompetencia hasta para que nos contesten a los pobrecitos escritores?).

*

La cama en el suelo. – Lo más gracioso que me ha ocurrido fue con la cama-biblioteca que le tenía prometida a mi hijo. Aparte de que Maderal demoró dos meses la entrega después de recibir la mitad del contrato, le encimó sonajera. Como tengo cierta habili­dad de carpintero, aunque no se crea, en quince días le suprimí el chirrido.

Pero no fui lo suficientemente experto para impedir que uno de los tornillos, que a duras penas encajaba, se de­senroscara en mitad de la noche y le propinara a mi hijo tremendo porrazo, con derrumbe de libros y de sueños dorados. Desde entonces mi hijo ha preferido, como medida de seguridad, dormir en el suelo.

El Espectador, Bogotá, 5-IV-1984.

 

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El Otto candidato

lunes, 17 de octubre de 2011 Comments off

 Por: Gustavo Páez Escobar

La impaciencia de Hernando Giraldo reflejada en sus últimas y excelentes crónicas dominicales sobre el silencio de Otto Morales Benítez en los actuales momentos de confrontaciones ideológicas, cuando grandes masas de opinión señalan su nombre entre los de mayor opción para ocupar el solio de Bolívar, recibe respuesta amplia y programática en la magistral pieza que el ilustre colombiano acaba de producir para referirse al editorial de La Patria que lo acoge como candidato presidencial.

Este periódico, de marcada identificación conservadora, que cuenta con brillante trayectoria en la prensa nacional y que fue el medio de comunicación que con mayor ánimo defendió la candidatura de Belisario Betancur, se inclina ahora por un nombre liberal.

Hecho sin duda trascendental, que demuestra hasta qué grado de madurez política ha evolucionado el comportamiento social de este país que en otras  épocas de ingrato recuerdo anteponía la pasión sectaria a cualquier otra consideración. Hoy, por fortuna, sobresalen más los méritos de los conductores y eso mismo indica que el concepto de nacionalismo, que hizo posible el Frente Nacional y luego se patentó como fórmula política con la llegada al poder del presidente Betancur, es una realidad colombiana.

En Francia, pueblo de avanzada cultura, ha tomado fuerza en los últimos tiempos la causa, como partido, de quienes defienden la ecología como necesidad primordial del hombre. En Colombia, nación tro­pical sacudida en el pasado por el fanatismo banderizo, valen hoy más los programas que las instigaciones politiqueras. De ahí nace la urgencia de actualizar y hacer atractivas las bases de los partidos, para que éstos no sigan anquilosados.

*

Gentes conservadoras y liberales de los tres departamentos del Antiguo Caldas han proclamado el nombre de Morales Benitez como candidato presidencial. Lo mismo sucedió en las dos convenciones liberales realizadas en Manizales. El reconocimiento que hace ahora La Patria refrenda mucho más el deseo de una provincia que, superados los sectarismos, encuentra en su hijo preclaro calidades su­ficientes para dirigir la suerte de la República. Esa es, por otra parte, la preferencia que se advierte a lo largo y ancho del país y que ha permitido consolidar el movimiento nacional que bajo el título de Los amigos de Otto tiene ya vida propia.

*

Desde tiempo atrás viene in­sistiendo Hernando Giraldo en un reportaje con su amigo caldense, y al no lograrlo, porque Otto ha preferido una posición discreta y conciliadora dentro de la punzante división actual de su partido, el cronista impaciente (término que a su vez endilga él a su evasivo personaje) concluyó tirán­dole las orejas en público e incitán­dolo a que hablara, se definiera ante la opinión pública y mostrara sin más dilaciones su garra de combatiente.

Pero Otto Morales no se dejaba acosar ni seducir. Prefería su táctico marginamiento  en espera de otras defi­niciones en la vida nacional y sobre todo de mayor claridad dentro de su propio partido. De un momento a otro Giraldo cambió de candidato. Si Otto no respondía a sus clamores, ahí estaba Galán moviendo plazas y agi­tando ideas, y a esa carta se apuntó el cronista independiente que, con un incierto rótulo conservador, que no es su escudo incondicional —como su­cede con tantos otros colombianos que vemos primero el bienestar de la patria—, vive decepcionado de los partidos y cree más en los hombres.

Esta civilización de las costumbres permite que existan hoy, por ejemplo, conservadores lleristas y liberales belisaristas, y que también se perfilen los conservadores ottistas. No sé si Hernando va a tener que cambiar otra vez de fórmula, ahora que la respuesta de su coterráneo es categórica y no deja dudas sobre su decisión de emprender nuevas y vigorosas batallas por el bien colectivo. El personaje, en consecuencia, está a la orden para próxima entrevista dominical.

*

Tal vez el cronista de El Espectador, al poner los ojos en otra alternativa, movió las fibras íntimas del viejo luchador que considera el servicio público como su mejor manera de ser colombiano, y lo convenció de que era su hora. Los amigos de Otto, también impacientes por la espera, sentimos que renacen nuevas esperanzas para la causa del hombre colombiano y reafirmamos la certeza de que en Morales Benitez están encarnados los mejores símbolos de la patria.

La respuesta al periódico conservador de Manizales, de la cual, como queda visto, también es destinatario indirecto el reportero impaciente —y con él miles de compatriotas—, se convierte en elevado documento político donde cada frase ha sido madurada, repensada y pulida para que sirva de intérprete del pensamiento político de quien se propone llegar pronto a la plaza pública a debatir los problemas nacionales.

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La política, tratada con la altura que Otto le imprime en su escrito, se convierte en noble ejercicio. Ayer hombre de partido, situado en mitad del sectarismo del país violento y caótico, supo actuar, sin embargo, con equilibrio y mesura, aunque con vigor en la exposición de sus tesis. “En ningún momento he eludido enfrentar, con energía, los temas por difíciles que sean”, dice, corroborando lo que son su formación intelectual y su temperamento dinámico.

Esta posición de hombre sereno, a quien siempre hemos visto y admirado como ejecutor de grandes empresas nacionales, le otorga especial ponderación como líder idóneo de una comunidad urgida de soluciones permanentes. Su tránsito por la administración pública fue elocuente en avances sociales, y su bagaje humano, que suelen descuidar los políticos, le permitió retirarse de la última posición sin enemigos a la derecha ni a la izquierda.

Al país le hacen falta conductores como Otto Morales Benitez que ejerzan la política con nobleza y categoría. Sociólogos como él, que interpreten la tendencia pluralista del mundo contemporáneo y trasladen ese ejemplo al país para no ahogarnos entre los agudos conflictos de estos tiempos catastróficos.

Si los partidos deben vigorizarse como comunidades ideológicas, necesarias en toda democracia, es para que enfrenten tesis y construyan el pa­trimonio de una nación que no puede subsistir sino con el concurso general.

Así lo proclama el Otto candidato que busca Hernando Giraldo y que hoy sale a la palestra de la opinión ciudadana, como se deduce de la lectura de su diáfano mensaje a La Patria, y no sólo la de Manizales, sino la de todos los colombianos.

El Espectador, Manizales, 2-III-1984.

 

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Vistazo al Quindío

lunes, 17 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Visto hoy el Quindío a distancia, cinco meses después de mi viaje a la capital del país, se pueden entender mejor sus problemas, porque la experiencia acumulada durante mis años de estadía en sus límites deja ahora un concepto más claro de la realidad. Siendo el café el principal soporte de la eco­nomía regional, los reveses del grano, que han trastornado las propias cifras de la nación, representan un verda­dero lastre para la estabilidad de una comarca demasiado atada —o sea, esclavizada— a un solo producto.

El quindiano, sin embargo, que lleva el calé en la sangre y la fe en el corazón, prefiere la vida dura de los precios, de los insumos y jornales en constante aceleración y los inciertos mercados internacionales, al cambio y ni siquiera a la diversificación de su agricultura atávica. Es asunto de creencia, de tradición, de respeto a los antepasados. El café es una re­ligión. Como tal, fortifica, endurece la fe, hace resistir las penurias y sacia las esperanzas…

Pregúntele usted a un quindiano por qué no es industrial, o empre­sario, o científico y la respuesta brotará a flor de labio: «Porque no soy aventurero. Con ser agricultor me basta». Esa es su esencia, su estilo, su alma, y de ahí no lo sacará nadie. Creo que el quindiano seguirá siendo cafetero por los siglos de los siglos.

Para hacerlo cambiar de mentali­dad no ha sido suficiente la amenaza de la roya, que merodea por los cafetales y que algún día se conver­tirá en huéspeda de ellos, incómoda pero tolerable. La región, que debiera ocupar mejor puesto en el país por su envidiable posición geográfica, sus excelentes vías de comunicación, su empuje urbanístico, la fertilidad de sus suelos y el espíritu de trabajo de sus mora­dores, está deprimida, descompuesta, descorazonada, frenada en mitad de camino…

*

Cuando por estos días he conocido la noticia de que se proyecta establecer en el Antiguo Caldas —el Gran Caldas— la entidad Cítricos de Colombia, S.A., he pensado desde esta altiplanicie bogotana que permite una me­jor visión sobre las regiones y los hombres, que le ha llegado la hora al Quindío. Si el café es irrenunciable —como la religión— y no se permu­tará por nada, sin importar los dolo­res y las vicisitudes de su duro laboreo, y por más criticas, sugeren­cias y lisonjas que llueven por todas partes, la fórmula ideal consiste en establecer, al lado de los cafetales y como complemento para los suelos feraces, la empresa procesadora de cítricos que ha comenzado a tomar cuerpo.

La idea de transformar en bienes comerciables el jugo de los cítricos, que en el Quindío se están perdiendo en abrumadora abundancia, y que cuentan con posibles mercados internacionales y representan un promisorio aprovechamiento para el uso doméstico e industrial, esa idea es plausible. Nace, por otra parte, en la Fede­ración de Cafeteros, o sea que es consecuencia de estudios serios y planes ambiciosos de redención nacional. El capital será suscrito por gentes y entidades de los departa­mentos de Caldas, Quindío, Risaralda y Valle, territorios afines por las características de sus suelos, su agricultura y su idiosincrasia.

El Gran Caldas mirará con buenos ojos que la sede quede en el Quindío. La apoyará. Es el sitio ideal. Esto significará un avance para esta co­marca que, demasiado embelesada con su pasado y su grano nutricio, y una de las zonas más decisivas para la economía del país, espera una retribución. Si el Quindío progresa, progresa toda la región. Si se detiene, habrá postración gene­ral. Así es la vida de las vértebras.

Entiendo que este es el programa bandera del gobernador Jaime Lopera Gutiérrez, hombre de em­presa, de cultura y talento, y no faltaba más que no sacara adelante esta meta para el progreso de sus coterráneos.

El Espectador, Bogotá, 17-II-1984.

 

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Tribulaciones de un burócrata

lunes, 17 de octubre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

8 a.m.

¡Otro lunes! Es un día que debiera desaparecer por lo lento y perezoso. Ahora comenzará Rosaura a tirarme las cobijas, sin entender que los burócratas no te­nemos horario. Desde que exista padrino, el puesto está seguro…

—¡Apúrate, Reinaldo, que son las ocho!

En esta casa no reparan en mis esfuerzos. Los chinos me van a volver loco con sus demandas de dinero, y la mujer con sus cantaletas…

—¡Las nueve, Reinaldo!

Mejor no contesto. Un sueñito más, ¡y al agua! El público da espera. ¡Es tan resignado! Al fin y al cabo todos se acomodan a los sistemas de la administración…

—Pero las colas son largas —le recuerda la conciencia.

Largas o no, los horarios públicos son flexibles. ¿Flexibles, he dicho? Rectifico: inflexibles. Quien no al­cance por la mañana, que vuelva por la tarde. O al día siguiente. Que madruguen, que no sean perezosos…

—¿Por qué se sentirá tanta pereza los lunes, Rosaura?

—Hoy es martes.

—¿Martes? Desde que trasladaron las fiestas a los lunes, ya no se sabe ni en qué día vivimos…

10:40 a.m.

Un contribuyente: –¡La cara que trae el muy cínico! Dos horas demo­rado, y con qué pachorra camina…

–¿Me decía usted algo? –se en­crespa el burócrata.

—Nada, señor, no se preocupe. O mejor: ¡que madrugue, que se mue­va!

—¡Insolente, grosero! Ahora, por irrespetos a un alto funcionario de la administración, ¡pase al final de la cola!

3  a.m.

—¿Oyeron, hijitos? Es el muy li­bertino de su padre que llega otra vez borracho y tumbando puertas.

—¡Que viva el doctor Julito! —se escucha una voz balbuciente—. Si llego tarde es porque debo trabajar duro con los políticos, ¿oyeron? ¡Y no me calumnien, carajo! Ya tengo asegurada la chanfa para el próximo período, para el próximo período, para el próximo pe…

—¿Y por qué traes la camisa pin­tada de colorete?

(Palabras que el burócrata no es­cucha porque ha quedado profundo como una marmota).

Jueves

—¿Qué le pasará a don Reinaldo que lleva dos días sin venir al traba­jo?

—La asiática, ¿no sabías?

—¿No será más bien guayabo ne­gro, gordita?

—¡Chist! No hables tan duro para que no te escuche el doctor Duque, que tan elevado concepto tiene de su colaborador.

—¿El doctor Duque? ¡Pero si hace días no le veo la cara! (Bronquitis aguda, mija, o sea que anda en contactos con los jefes, de mucho almuerzo y mucha francachela…).

—¿El doctor Duque y don Reinaldo ya lograron zafarse del expediente del negociado aquél…?

—¡Mejor cállate, gordita!

Viernes – 9:10 a.m.

—¡Apúrate, Reinaldo!

¿Lo ves, santo Dios? Ya ni siquiera tiene uno derecho a enfermarse; uno, que es un sacrificado por el servicio a la comunidad; uno, tan leal a la patria y al partido; uno, un padre y esposo ejemplar…

10:35 a.m.

Un contribuyente: —¡Al fin apare­ce! Se mueve a paso de tortuga, como todo en la administración pública.

(El señor burócrata entra con aire cansado, con ojos turbios, con tufo apestoso, no saluda a nadie, nadie lo saluda, todos protestan, los mira a todos con desprecio y arrogancia, abre el escritorio, se limpia las uñas enlutadas, ojea el periódico, toma el teléfono…)

—¡Doctor Julito, qué alegría! Re­cuerde que en esta oficina todos lo queremos. En el barrio le llevo le­vantados 120 voticos, y aquí todos votarán por sus listas, so pena de destitución. La campaña es dura, pero seguiré sacrificándome por la causa. ¡Todo sea por el gran partido! Y ahora corto, doctor Julito, para continuar con este trabajo tan ago­tador…

4:18 p.m.

¿Por qué diablos corre tan despacio el reloj? El viernes es el día más largo de la semana, que debiera desaparecer por lo lento y perezoso.

Sábado, domingo, lunes

(En blanco)

El Espectador, Bogotá, 13-II-1984.

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Soatá, Labranza del Sol

lunes, 17 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Con motivo de los 438 años de vida que cumplió en diciembre mi patria chica, sus habitantes han querido mostrarle al país, por diversos medios de comunicación, más que la realización de unos festejos populares, con los que de todas maneras se enciende el afecto por la tierra, la importancia de los pueblos como vértebras que son de la patria. En la aldea se refleja el alma nacional. La nación no existiría sin la provincia.

Soatá, llamada Labranza del Sol, titulo grabado en su escudo de armas como emblema de la abundancia, la riqueza, el poderío y la libertad, y también Ciudad del Dátil, en ho­menaje al apetitoso manjar que le regaló la tierra y que no ha prendido en otro sitio del país, es hoy la villa reposada que en el norte de Boyacá custodia el pasado de actos heroicos que le dieron impulso a una raza.

*

En los tiempos de la Independencia, Soatá jugó papel importante por su posición estratégica y el coraje de sus moradores, personas templadas entre las durezas del campo y valerosas en sus luchas por la libertad. El carácter lo recibieron del cacique Soatá, a quien respetaban por su espíritu guerrero. Fue  enemigo peligroso para los españoles. La guarnición del cacicazgo, cuyos do­minios se extendían hasta el Chicamocha y Boavita, aumentaba su poder con las caballerías, vestuarios y víveres tomados al enemigo por las tropas patriotas al mando del fiero cacique.

En el Diario de Bucaramanga registra Luis Perú de Lacroix el paso por Soatá de los ejércitos bolivarianos, y el mismo Libertador, disuelta la Convención de Ocaña y de regreso a Bogotá, pernoctó en el pequeño poblado y escribió con su presencia un hito de grandeza en la crónica lugareña. En la correspondencia con sus generales, sobre todo con San­tander y Páez, menciona de continuo el nombre de Soatá.

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El párroco actual, José Agustín Amaya, describe en su libro Soatá, Labranza del Sol un rasgo del pueblo primitivo con las siguientes palabras: «En cada bohío aglomeraban gran­des provisiones de papa, yuca, arra­cacha, ñame, maíz, y en inmensos moyones, con sus respectivos cala­bazos y totumas, la famosa y ‘empujadora’ chicha, amén de la droga milagrosa, el famoso ‘ayo’ (la mari­huana de esas épocas) traído de las orillas del Chicamocha y el cual entremezclado con caliza daba la fuerza necesaria para afrontar las situaciones más difíciles por varias semanas y meses».

Queda visto que los antecedentes de la marihuana se remontan a lejanas épocas. Lo único que ha cambiado es el nombre. De la chicha quedan pocas huellas en nuestros días, pero que se toma, se toma…

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El general O’Leary dice en su viaje de 1827: «Soatá es una villa aseada y bonita, compuesta de varias casas de teja, que encierran una plaza amplia y buenas calles». Es un retrato de la época que se conserva en la actuali­dad, agregándole las arandelas del modernismo, aunque con robo de la estampa primitiva, y por eso mismo seductora, que se desdibuja bajo las ruedas del «pro­greso».

El canónigo Cayo Leónidas Peñuela, autor de los libros Soatá y Álbum de Boyacá, entre otros, rescata los sucesos que le dan dimensión a aquel rincón de la patria. Eduardo Caba­llero Calderón, el noble vecino de Tipacoque, se detiene muchas veces en sus obras –y en la vida real– ante la vida plácida del terruño. Laura Victoria, con su pluma lírica, inspira el paisaje. Juan José Rendón, el patriota legendario, escribe lecciones de heroísmo… Soatá ha dado muchos hombres ilustres, y en las nuevas generaciones sobresalen figuras destacadas en el ámbito nacional.

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El pueblo está de fiesta. Ha cum­plido 438 años. Es una de las po­blaciones más antiguas del país y se mantiene tan fresca como sus dátiles, sus palmeras, sus toronjas, sus li­mones azucarados, sus golosinas au­tóctonas, sus mujeres y sus paisa­jes… que hacen las delicias de los eternos viajeros hacia Cúcuta y otros horizontes remotos. Es la aldea si­lenciosa y hospitalaria, cálida para el afecto y esquiva para la afectación, que se yergue en el camino envuelta en su manto de añoranzas y con el corazón abierto al cariño de sus hijos presentes y distantes.

Apenas la superan en edad: Tunja, con 444 años; Bogotá, con 445; Carta­gena, con 450; Santa Marta, con 458…. Soatá, mi pueblo, que se codea con los notables, es palabra mayor.

El Espectador, Bogotá, 20-II-1984.

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Comentario:

El ayo es la coca sin procesar, como quien dice en bruto, y se cultiva no sólo en Colom­bia y concretamente en las vegas del Chicamocha, sino en varios territorios de América, desde el Alto Perú (Bolivia), hasta la Sierra Nevada de Santa Marta (…) En la provincia del norte de Boyacá, los trabajadores, ya no indígenas como en tiempos de la Independencia, sino blancos y mestizos, solían llevar colgados al cuello dos calabacitos, el uno cargado de coca cortada en pequeños trozos, y el otro relleno de cal; era frecuente verlos con un carrillo hinchado con la mascada de hierba, los ojos vagos, y al parecer perdidos en sueños e imaginaciones. Así los vi yo muchas veces, guiando a los bueyes del trapiche, como so­námbulos (…) Eduardo Caballero Calderón, El Espectador, 23-II-1984.    

 

 

 

 

 

 

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