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Se fue Mario H.

sábado, 11 de febrero de 2012 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

A principios de enero pasado, como salutación de año nuevo, visité a Mario H. Perico Ramírez en su casa de Villa de Leiva, donde también yo pasaba con mi familia una temporada de descanso. A corto tiempo del encuentro anterior, en el cual Mario H. mostraba signos de admirable vitalidad, noté esta vez que su estado de salud no era bueno.

Pero me abstuve de formular pregunta alguna a su esposa Yolanda y a Ricardo, su hijo médico, presentes en la reunión. En el sofá situado a la entrada de la casa, vi extendido el libro Operación Jaque, crónica donde Juan Carlos Torres describe el rescate legendario por la Fuerza Pública de quince prisioneros en poder de las Farc. La obra, editada días antes, le servía a Mario H. de interesante material de lectura en aquellos días de evasión del ajetreo bogotano.

Nos trasladamos al quiosco casero y allí estuve un buen rato hablando con él sobre diversos aspectos, entre ellos, el relacionado con la publicación de un nuevo libro suyo con el sello de la Academia Boyacense de Historia. Estaba feliz con este programa, por tratarse de difundir su palabra en la comarca nativa, a la que tanto fervor le consagró.

Menos de tres meses después, en los funerales del dilecto amigo en la capital del país, supe por Javier Ocampo López que con la aparición de dicha obra, prevista para fecha próxima, la Academia Boyacense de Historia le rendirá homenaje póstumo. «Lástima que ese homenaje no se le hubiera tributado en vida», anotó alguien.

Se rescatarán en este libro viejas piezas literarias escritas por Mario H. dentro del entorno boyacense, hoy olvidadas y dignas de nueva impresión. Se me ocurre pensar que algunos de estos textos saldrán de sus obras Andanzas y retablos, La palabra y la tierra, De la entraña a la piel, Prólogos de impaciencia, Diálogos irreverentes, Diario de un recluta, Al borde de tus sueños» (poemas), entre otras. Tales títulos, ya distantes en el tiempo, nacieron bajo el impulso de la vocación lírica del autor, imbuida de sueños, devoción por la tierra, afirmación de los valores boyacenses y divagaciones diversas, con que hizo vibrar su pluma en aras de lo terrígeno, la autenticidad regional y el amor por Colombia.

Faceta sobresaliente de su labor creativa es su incursión en la historia colombiana mediante el escrutinio sicológico de grandes actores de la vida nacional, como Bolívar, Santander, Núñez, Reyes, Mosquera, Manuelita Sáenz, de cuyas personalidades se apropia para ponerlos a desempeñar los actos ejercidos o presentidos, dentro del torrente de sucesos de las épocas que vivieron.

Los libros de historia de Mario Perico Ramírez, elaborados con portentosa imaginación y lenguaje vigoroso, punzante, desenfadado, y en ocasiones crudo e irreverente, y que discurren con los recursos de la novela histórica, son necesarios para interpretar el alma de los personajes, a la vez que el nervio de los sucesos. Su estilo no tiene par en la historia colombiana. Lo que otros escritores tapan, disimulan o ignoran, él lo descubre, lo denuncia y lo clarifica.

En estas obras no hace cosa distinta que diseccionar el cuerpo de la patria para ofrecer la realidad como él la percibe (discutible para muchos, como son las tesis controversiales) y dibujar a los héroes como seres de carne y hueso, propensos a las bajas pasiones de la condición humana, lo mismo que a las cumbres de las causas superiores. Y no se detiene en Colombia, sino que se va por otras latitudes en busca de la verdad que se esconde detrás de los caudillos.

En El gran Capagatos plasma la biografía del dictador Juan Vicente Gómez; en Francisco Franco Bahamonde, ¿de Luzbel a Lucifer? traza el carácter del dictador español; en Evita y yo, Perón se adentra en las entrañas del dictador argentino. El caudillismo es para él idea subyugante, que en ocasiones lo vigoriza y otras veces lo enardece.

Vida útil y laboriosa la suya. Deja vasta obra signada por el ímpetu del estilo regido por el precepto gramatical, donde campean el lenguaje castizo, la bella expresión, la idea fulgurante, la inventiva lexicográfica. Es implacable en el juicio mordaz, certero en el análisis sicológico, justo en el reconocimiento. Caminando por la historia novelada, penetra en el espíritu de los protagonistas y los pone a hablar en primera persona, con la fuerza del monólogo interior.

Quizá los hechos del pasado son ya incontrovertibles, pero en ellos busca filones ocultos para rehabilitar una conducta o desentrañar una acción engañosa, cuando no toda una vida falseada a lo largo del tiempo. Pienso que este escritor de agudos combates ideológicos fue iconoclasta irrefrenable. A la vez, faro de la historia.

Volviendo a nuestro encuentro en Villa de Leiva, vislumbré en el color verde que refulgía en su mirada como signo de gallardía, un rasgo opaco que comenzaba a presagiar la marcha final. Mario H. se fue desvaneciendo en silencioso tormento, tal vez con la ilusión de ver publicado su último libro. Yolanda, su afligida esposa, con 56 años de unión inmejorable, queda, en unión de sus hijos, con la misión de salvaguardar esta obra de largo alcance.

El Espectador, Bogotá, 4-IV-2009.

* * *

Comentarios:

Me duele esta noticia, lo recuerdo con simpatía en un encuentro de Academias de Historia en Tunja hace unos tres años. Jaime Lopera. Armenia.

Al leer su columna, no pude menos que impresionarme frente al relato de su visita a su buen amigo, en su casa de Villa de Leiva, cuando cuenta que «en un sofá situado a la entrada de la casa, vi extendido el libro Operación Jaque, crónica donde Juan Carlos Torres describe el rescate legendario por  la Fuerza Pública de quince prisioneros en poder de las Farc», y añade que «la obra, editada días antes, le servía a Mario H. de interesante material de lectura en aquellos días de evasión del ajetreo bogotano «.

Para mí es un honor que un hombre de sus quilates intelectuales y trayectoria académica estuviera leyendo mi libro, pero la coincidencia va más allá. Si usted revisa mi pequeña biografía en la contrasolapa, verá que está anotado que soy ganador del Primer Concurso Nacional de Cuento «Fernando Soto Aparicio». Pues bien, asaltado por una repentina inquietud, casi certeza, acudí a mis archivos y revisé el acta de adjudicación del concurso, en la que pude ver el nombre y la firma del doctor Mario H. Perico Ramírez, al lado de la de Juan Castillo Muñoz, como jurado de dicho premio, en un acta de fecha 10 de octubre de 1989, hace ya más de 19 años (…) Juan Carlos Torres Cuéllar, Bogotá.

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Tejedora de sueños

sábado, 11 de febrero de 2012 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

(Prólogo del libro Los poemas del amor de Laura Victoria,

publicado por la Gobernación de Boyacá)

En los años veinte del siglo pasado, la aparición de una bella muchacha boyacense que agitaba el sentimiento de los bogotanos con su fina y audaz poesía sentimental, escandalizó a las almas mojigatas y despertó el marasmo de la recoleta ciudad traspasada de niebla y recogimiento. Laura Victoria hizo su primer verso a los catorce años, en un colegio de monjas, y ahora irrumpía en la capital del país como una revelación literaria.

Bien pronto su nombre alzó vuelo por los cielos de la poesía y conquistó clamorosos aplausos, tanto en Colombia como en el exterior. El Tiempo y Cromos publicaron sus primeros versos y llevaron al país la voz romántica de quien había nacido con música en el alma para enternecer los corazones con delicadeza erótica. Poesía de carne y hueso, que jamás había escrito mujer alguna en Colombia, recorrió todos los ámbitos y creó embeleso y conmoción interior.

Su poema En secreto, con todo lo que tiene de carnal y sugestivo, se volvió el himno que arrullaba el alma de los enamorados. De esa manera se proclamaba a los cuatro vientos la realidad del ser humano como sujeto de pasiones y dotado de alma sensitiva. Llamas azules, su primer libro (publicado en 1933), penetró con honores en las letras nacionales y recibió franco reconocimiento, entre otros, de Guillermo Valencia y Rafael Maya.

Laura Victoria no hizo nada distinto en su poesía que ennoblecer la condición humana. Como pionera en el país de la poesía erótica, redimió a la mujer de oscuros atavismos, consentidos por ella misma a causa de su mansedumbre inclemente (que hace tiempos dejó de existir) y de la ignorancia de su naturaleza pasional, creada para el hechizo, la conquista y la entrega. Y le abrió horizontes claros. Le enseñó a dignificar la carne con el goce legítimo de la sensualidad. No hizo del placer un pecado, ni una vileza, sino un derecho y un atributo.

Su poesía es la refrendación del alma como cofre de emociones y desencantos, de penas y alegrías, de amores y desamores. Su propia vida, manejada por el triunfo y el fracaso, el aplauso y el olvido, la bonanza y la tempestad, recorrió todos los caminos del corazón. Lo mismo que amaba, sufría. Ambas cosas, el gozo y el dolor, movieron su vida y su obra. Tal la temperatura de los versos que aquí se recogen.

Al buscar una muestra de sus poemas de amor para formar la ofrenda que por medio de este libro tributa el departamento de Boyacá a su memoria, por todas partes brotaron ríos de sensibilidad y fulgores de belleza. La escritora trabajó su producción con ritmo, melodía y donosura.

Es maestra del soneto clásico, género en el que deja, por su perfección, reales obras de arte. En sus versos de exquisito romanticismo, y no todos de alborozo, pues también los hay sembrados de espinas, se compendia el itinerario de una vida ilustre que nació entre aromas de dátil, en Soatá, y concluyó en Méjico, nimbada de gloria, el 15 de mayo de 2004, cuando le faltaban seis meses para cumplir el centenario de vida.

El entrañable toque sentimental, a veces lleno de desolación, nostalgia y soledad, y siempre de noble estirpe, es vaso comunicante de su lira. Un amor trágico, el de Manuel Just Chirivella –que descubrí revisando añejos papeles para escribir su biografía–, le inspiró poemas de estremecedora belleza. En Cuando florece el llanto (libro editado en España en 1960) hay sitio preferente para este capítulo de su corazón abatido por la fatalidad. Dichos poemas los titula Al pie de tu silencio. Caso parecido le ocurrió a Gabriela Mistral con Rogelio Ureta, su novio suicida, que le destrozó la existencia. También la chilena glorificaría el dolor en Los sonetos de la muerte y en el libro Desolación.

Los 65 años de residencia de Laura Victoria en Méjico significaron el olvido de su nombre en Colombia. Hoy pocos saben de su brillante carrera e ignoran, asimismo, que fue la poetisa más famosa del país en los años veinte y treinta del siglo pasado.

El vigoroso acento sensual y romántico de su poesía le hizo ganar grandes elogios de los escritores latinoamericanos, quienes la catalogaron como la poetisa más destacada de su época. Con ese título y con esos poemas regresa hoy, en las páginas de este libro, a su comarca boyacense, y a Colombia, como lo que siempre ha sido: la cantora por excelencia del amor.

Bogotá, noviembre de 2006.

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Klim y López

sábado, 11 de febrero de 2012 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Lucas Caballero Calderón –que hizo famoso el seudónimo de Klim más allá del gracejo– envió el 30 de marzo de 1977 una carta a Roberto García-Peña, Hernando Santos Castillo y Enrique Santos Castillo, directivos de El Tiempo, en la que renunciaba a la columna que escribía desde muchos años atrás.

Tomaba esa decisión a raíz de la visita que el día anterior le había hecho Hernando Santos, donde le manifestó que, ante la inminencia de un golpe militar, El Tiempo, en asocio de sus empleados y colaboradores, había adoptado la consigna de apoyar en forma irrestricta el gobierno de López Michelsen.

Klim anotaba en su carta: «La columna que serví durante treinta y cinco años es de ustedes. Y al retirarme de ella me queda la satisfacción de que empleé siempre limpia y honestamente mi pluma, de acuerdo, por lo menos, con la leyenda impresionante que el doctor Santos me dijo alguna vez que llevaban impresa en los gavilanes las viejas armas toledanas: ‘No la saques sin razón ni la guardes sin honor”.

Se interrumpía así, aparte de una extensa y brillante carrera en el periódico, la intensa labor crítica contra el gobierno de su pariente, a quien llamaba el Compañero Primo, el Pre o Fonsi. Cuando así lo mencionaba en sus escritos, que era con acentuada frecuencia, los lectores ya sabían de quién se trataba. De igual manera, a otros personajes de actualidad les había asignado nombres que se pusieron en boga y que identificaban determinados episodios del acontecer nacional.

Su penetrante humor, sumado a su mordaz y chispeante irreverencia, hizo de su columna una de las más leídas de la prensa. Muchos comenzaban a leer El Tiempo por el espacio de Klim. Él era, ante todo, censor de los vicios y la corrupción de la vida pública y mantenía su lanza en ristre contra los desvíos y atropellos del poder. Las conductas inmorales de los altos funcionarios, de sus familiares y amigos eran enjuiciadas con severidad y sin tregua.

En el mandato de López Michelsen (1974-1978) las emprendió, entre otros capítulos reñidos con la pulcritud, contra el negocio que se escondía en la compra de la hacienda La Libertad por Juan Manuel, hijo del Presidente. Situado en la vía a Villavicencio, con extensión aproximada de cuarenta mil hectáreas, el predio fue comprado en noviembre de 1974 por cinco millones de pesos, y dos años después pasó a valer cuatrocientos millones. De la sociedad Hato Lulú Limitada, la compradora del terreno, hacían parte nueve socios, entre los que, además de Juan Manuel, figuraba otro de sus sobrinos: Felipe, secretario privado del Presidente.

En columna del 18 de febrero de 1977, decía Klim con aguda ironía: «El chino (llamado en otra nota suya ‘mi admirado sobrino Juan Manuel) tuvo la corazonada de que La Libertad iba a centuplicar su precio cuando se construyera una carretera alterna al Llano. Y la carretera se construyó». Las denuncias de Klim contra el Mandato Claro produjeron fuerte impacto en López, hasta el punto de que su gobierno comenzó a tambalear. Cuando Hernando Santos fue a la casa de Klim, era persistente el rumor de que López estaba en trance de renunciar a la Presidencia.

Al llegar la atmósfera al máximo grado de tensión, y ante persistentes rumores que circulaban sobre la renuncia de López, Hernando Santos fue comisionado para que visitara a Klim y le comentara la consigna que había adoptado El Tiempo: respaldar al Presidente. De este modo, al columnista se le cerraban las puertas de la libre expresión, y él con mordaza no podía trabajar. Al no aceptar el silencio frente a hechos repudiables, prefirió marcharse del periódico. Él era el mayor obstáculo que ponía en peligro la estabilidad del Gobierno.

Con Klim se solidarizaron su hermano Eduardo Caballero Calderón y su primo Enrique Caballero Escovar, que también entregaron sus columnas en El Tiempo. De esta manera, los tres Caballero, periodistas de clara estirpe y con carreras paralelas, ingresaron a El Espectador, el primer diario que mencionó el caso de La Libertad y que ahora los acogía con beneplácito por encajar dentro de las políticas tradicionales del diario.

El Espectador, a lo largo de su existencia, ha sobresalido como defensor rotundo de la libertad de pensamiento y batallador implacable contra la corrupción. Con este motivo, los tres periodistas recibieron grandioso homenaje en el Hotel Tequendama, con asistencia cercana a las mil personas. Todo el país los aplaudió.

Pasadas tres décadas desde aquellos sucesos, el expresidente López escribe en El Tiempo del pasado 30 de julio un artículo en el que, refiriéndose a las diferencias que tuvo con Klim, dice que no es cierta la afirmación editorial que hace el mismo periódico en el sentido de que el mandatario hubiera buscado en aquellos días, a través de Alberto Lleras, Roberto García-Peña y Abdón Espinosa, que Klim moderara las críticas contra su gobierno.

En el citado artículo, López se refiere además, en forma displicente, al estilo humorístico del periodista y trae a cuento una vieja columna que López escribió sobre su adversario, en la que manifestaba: «Los artículos de aquellos días, como lo son casi todos los suyos, estaban plagados de lugareñismos y direcciones telegráficas imaginarias que a nadie hacen gracia más allá de Fontibón…»

Lo cierto es que el humor de Klim era nacional, y el empleo de ciertas expresiones y sobrenombres ingeniosos, sin faltar a las reglas del respeto, les daban mayor sabor a sus columnas. Humor clásico, de difícil imitación. La gente gozaba, y goza hoy, leyendo sus escritos. Arremetió sin desmayo contra los abusos del poder y conquistó el título de periodista íntegro, demoledor y genial, otorgado por sus innumerables lectores.

Se había convertido en el mayor vocero de la inconformidad popular. Por poco tumba al Gobierno con su máquina de escribir y su verbo punzante. En el país comenzó a sentirse ruido de sables. Pero a Klim no le interesaba tumbar gobiernos, sino depurar el ambiente.

Una selección de las columnas de Klim contra López, escritas durante el lapso 1973-1981, fue editada por El Áncora Editores en febrero de 1982, cuando López buscaba la reelección presidencial como candidato de su partido. Ya Klim, dos años atrás, había previsto que esto sucedería por causa de la inevitable amnesia del tiempo, y había vislumbrado la encarnación de La Segunda Esperanza.

Con este título fue bautizado su libro póstumo, que vendió 15.000 ejemplares en dos meses. Este hecho demuestra el aprecio que la gente tenía por el autor. El segundo período del Mandato Claro fracasó frente a Belisario Betancur, que resultó elegido Presidente para el cuatrienio 1982-1986.

Klim ganó una batalla después de muerto. Daniel Samper Pizano, discípulo suyo de la mejor ley en las artes del humor, relata este proceso en la nota que escribe para finalizar La Segunda Esperanza. Al cumplir Klim 25 años de muerto, se recuerdan hoy sus columnas como medio ágil y contundente con que fue combatida una administración y dibujada una época. Esto es historia.

El Espectador, Bogotá, 18-V-2006.

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Comentarios:

Le faltó al columnista, cuyo artículo resulta fluido y veraz, anotar algo sobre los sórdidos asuntos de la Handel y Mamatoco. Le faltó anotar que el personajillo en cuestión es el padre de la debacle más horrenda en que se hundió Colombia en medio del olor más putrefacto de corrupción. Pero es tan cínico, que sigue pretendiendo ser el patriarca del país, con autoridad para decir desde El Tiempo lo que debe hacer o no hacer el país. ¡Un aplauso de corazón para Klim! Ernesto Mora (correo a El Espectador).

El escritor Páez Escobar escribe tan agradable acerca de los articulistas de antaño y de ahora, y con tan buena memoria, que bien podría regalarnos un libro con la semblanza de los que vienen a mi memoria. Entre ellos, Enrique Santos, el famoso Calibán, Daniel Samper Pizano, Roberto García Peña. Sería un recuento de semblanzas personales, pues la mayoría de los lectores ignoramos las facetas íntimas de muchos escritores y columnistas. Luis Quijano.

Magnífico artículo. Basta decir que Klim era mejor que la leche… Gavroche (correo a El Espectador). 

Revista Mefisto

sábado, 11 de febrero de 2012 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Hace 20 años, el joven abogado Germán López Velásquez, que dirigía en Pereira el diario La Tarde, fundó en dicha ciudad una revista de largo alcance: Mefisto. Estos empeños, por vigorosos que sean, suelen ser fugaces y a veces mueren en los propios inicios, lo que no sucedió en este caso: hasta el momento han salido 56 números continuos, equivalentes a casi 4.000 páginas.

Cada número representa un esfuerzo económico, pero el entusiasta director libra su batalla con denuedo quijotesco (eso es la cultura) y se siente gratificado cuando recibe la alegría de la nueva edición. La revista es su álter ego, su razón de ser. Ha pasado por momentos críticos, como los tiene todo medio de comunicación, pero él nunca ha titubeado ni se ha detenido. Hoy, al coronar la cumbre de los 20 años de su publicación victoriosa, ya tiene puesta la mira en metas superiores.

Mefisto, que en sus comienzos era una sencilla gaceta de provincia, poco a poco creció y extendió su cobertura hacia otros sitios, hasta volverse un rótulo nacional en el campo de las revistas literarias. Luego penetró en el mundo de las letras latinoamericanas. En lo doméstico, muchos incipientes escritores se hicieron conocer en estas páginas y hoy viven agradecidos con esa oportunidad bienhechora.

Ha sido un medio abierto al ejercicio de la crítica y a todas las expresiones del arte y del pensamiento. Esa es la esencia del humanismo. En lo foráneo, grandes personajes del hemisferio americano, y también del mundo, han dejado su impronta en Mefisto mediante declaraciones, ensayos o entrevistas.

Una de las actividades que más ha fomentado la revista es la de los concursos literarios, a nivel regional, nacional e internacional. En dicho campo se destaca el concurso latinoamericano de cuento, en el que participaron 283 escritores de diferentes lugares del mundo. Además, contribuye a la realización de ferias del libro, conferencias, talleres de literatura y diversos eventos.

Su director ha recibido, gracias a su tesonera labor, amplias muestras de solidaridad tanto de entidades colombianas como extranjeras. En la región cafetera existe un sentido beneplácito por lo que representa la revista como motor de la cultura. En los tres departamentos del antiguo Caldas se mira a Mefisto como algo propio. Algo que va más allá de las simples páginas de la publicación, para ser faro de las inquietudes intelectuales. En el país se siente su presencia entre los principales órganos difusores de la palabra.

Germán López Velásquez, el dinámico director, nacido en Pereira hace 46 años, exhibe la pujanza y altivez de su tierra. Su inquieta vitalidad lo mantiene en sintonía con universidades, centros educativos, organismos oficiales, talleres literarios y en general con el mundo de los escritores, siempre en plan de diálogo, debate y creatividad. Es un agitador de ideas. Le gusta crear polémicas, a veces con estilo fogoso, y no se resigna al silencio ni la sumisión Menos a la reverencia servil con las vacas sagradas de la literatura.

Desempeña con diligencia su profesión de abogado. Pertenece a varias juntas, ejerce la enseñanza, sirve de jurado de concursos literarios, dicta conferencias, escribe artículos y ensayos. Además, preside la Sociedad de Escritores de Risaralda y es miembro de academias y tertulias. En fin, se multiplica en variadas funciones cívicas, profesionales e intelectuales, todo lo cual constituye su ideario vital y le ha permitido conquistar marcado liderazgo en su comunidad y alto nombre en la cultura colombiana.

Ahora prepara un número especial con motivo de los 20 años de Mefisto, edición que con hermosa carátula del maestro David Manzur y un selecto material literario será presentada el 12 de octubre en el auditorio César Gavina de la Universidad Libre de Pereira. En tan señalado aniversario, esta columna expresa su voz de adhesión y aplauso hacia el amigo batallador.

El Espectador, Bogotá, 4-X-2005.
Revista Diez Dedos, No. 11, Tuluá, marzo-abril/2006.

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Misiva:

No tengo palabras para agradecer su generosidad. El escrito de El Espectador es un estímulo invaluable. Me obliga usted a seguir adelante. La revista especial de 20 años es absolutamente hermosa. Ahí salió su artículo sobre la lectura. La publicación será presentada en los próximos días en la Fundación Santillana de Bogotá. Le informaré la fecha y la hora para gozar de su compañía. Espero tener un acto en Bogotá de la mayor importancia. Germán López Velásquez, Pereira.

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Ante todo, la patria

sábado, 11 de febrero de 2012 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

El ex presidente Andrés Pastrana, uno de los opositores más pugnaces del Gobierno, línea que se proponía fortalecer en estos días, ha dado un viraje sorpresivo al aceptar la Embajada de Washington. Cae de perlas la frase de Talleyrand: «La oposición es el arte de estar en contra tan hábilmente que, luego, se pueda estar a favor».

Este acontecer político ha provocado un terremoto en la opinión pública Los que están a favor y los que están en contra podrían medirse por partes iguales. La noticia, por tanto, ha polarizado a Colombia. Los críticos de Pastrana (entre quienes hoy se cuentan antiguos amigos suyos) no entienden cómo el líder conservador pasa de repente a las filas gubernamentales, cuando el día anterior se oponía a la reelección inmediata y a la política hacia los paramilitares

En cuanto al primer punto, Pastrana aduce que su manera de pensar no va a cambiar por el hecho de hacer parte del Gobierno. Así se lo expresó a Uribe como condición para asumir el cargo, y él aceptó esa actitud. En cambio, como embajador le corresponde buscar respaldo para la Ley de Justicia y Paz, con la que se pretende desmovilizar a los paras y reinsertarlos a la vida civil.

Ahora debe apoyar lo que antes reprobaba. Debe convencer a las autoridades de Estados Unidos, a bancadas adversas del Congreso, a la prensa y las Ong de que el mecanismo es bueno. Hay muchos ojos puestos en este estatuto que despierta dudas y suspicacias en diversos sectores de Colombia y del mundo. Hoy el terrorismo es un fenómeno universal, y así se le trata para defensa de toda la humanidad.

En política todo es cambiante. Nada es fijo. Esto lo saben muy bien los políticos, expertos en toda clase de maniobras. Por eso, no debería existir tanta sorpresa cuando se salta de un extremo al otro, como ha ocurrido en este caso. Ahora las reglas de juego son diferentes: se han movido en otra dirección las fichas del ajedrez. Es preciso concebir jugadas audaces para seguir en el tablero y no perder el partido.

Pastrana, que no ignora los tejemanejes del poder y los intríngulis de la condición humana, ha sabido enfrentarse al toro bravo de la oposición, que ahora lo embiste a él. Y ha procurado dar explicaciones sensatas para que se entienda su actitud patriótica. Ciertos periodistas y políticos obsesivos, con buena memoria para no olvidarse de algunos episodios nublosos, le reprochan su tolerancia con la guerrilla y el avance de la subversión.

De las declaraciones que el ex presidente ha formulado, la que debería ser la más valedera es quizá la que menos se ha tenido en cuenta: que su intención es prestarle un servicio útil a Colombia en el campo de la diplomacia, que es el que más domina, y en el que ha dado pruebas fehacientes de hábil estratega. Manifiesta que con esa mira piensa ante todo en la patria. ¿Por qué no creer en sus palabras?

La patria está por encima de los partidos. En eso deberíamos pensar los colombianos en momentos como los actuales que requieren la presencia de alguien calificado para remplazar a Luis Alberto Moreno, funcionario que cumplió imponderable tarea como embajador ante la Casa Blanca, gracias a cuyo desempeño ha conquistado la presidencia del BID.

No es sino retroceder unos años y nos encontramos con el sensible deterioro de nuestra credibilidad ante Estados Unidos, debido a la infiltración de dineros corruptos en la campaña del ex presidente Samper. Resquebrajadas por ese hecho las relaciones con nuestro aliado más importante, los perjuicios que recibió Colombia fueron considerables. El país perdió mucho terreno con esa coyuntura desastrosa, y recuperarlo no fue asunto de poca monta.

Fue Andrés Pastrana quien logró el rescate de la imagen nacional, primero con el nombramiento de Moreno en la Embajada y luego con la adopción de una serie de medidas y acciones de alta diplomacia, que hicieron reconquistar con creces el camino perdido. ¿Por qué, entonces, poner en duda que el mismo artífice de esa destreza puede cumplir brillante papel, a la altura de su antecesor, en tan delicado encargo?

En lugar de darle garrote al ex presidente Pastrana con críticas acerbas, lo que se necesita es darle la mano. Una cosa es el Caguán y otra la diplomacia internacional. Limar odios y pasiones sectarias, cuando de lo que se trata es de mantener en alto el nombre de Colombia ante la mayor potencia del mundo, debería ser la consigna de la hora.

El Espectador, Bogotá, 9-VIII-2005.