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Monólogo de la corbata

sábado, 11 de febrero de 2012 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Nací de un simple trozo de tela, por pura casualidad (así ocurre con los grandes descubrimientos), y a la vuelta de los años me convertí en árbitra de la moda masculina y, lo más increíble, en dictadora del hombre.

A veces éste trata de liberarse de mi dominio, pero no lo consigue. Esto, por ejemplo, sucede en Japón, donde el primer ministro, señor Koizumi, pretende prohibir durante el verano el uso de la corbata en las oficinas públicas, y hay que ver la lluvia de protestas que cayeron sobre el funcionario.

Son varias las versiones que existen sobre mi aparición en el mundo. Yo no niego ninguna y me solazo con todas, porque así me rodean de mayor misterio. Algunos afirman que mi origen data del siglo I, cuando en los días calurosos los soldados romanos se enrollaban al cuello una especie de bufanda empapada en agua, para refrescar el cuerpo. De ahí, dicen, surgió la idea de la corbata. Otros me ubican en el siglo III, en tiempos del emperador chino Qin Shi, cuando los soldados portaban unas prendas muy parecidas a la corbata actual.

La noticia más extendida sitúa mi origen en el siglo XVII, en las guerras del ejército croata, en las que los soldados engalanaban sus uniformes con pintorescas pañoletas anudadas al cuello. «Corbata» proviene del vocablo italiano «cravatta», término muy afín a «croata». No quede duda: como poseo sangre guerrera y estirpe imperial, he sorbido vientos y aplacado tempestades en alas de los jinetes croatas. Por eso, mi carta de nacionalidad procede de Italia.

De allí viajé a Francia e Inglaterra, países campeones de la moda. Después me desplacé por todas las latitudes del planeta: aprendí todos los idiomas; ingresé a todos los salones, partidos y religiones; me pegué a soberanos y plebeyos y me convertí en aliada inseparable del hombre. En su amiga secreta.

Pero no faltan los detractores. La pregunta más común que me hacen es ésta: ¿para qué sirve la corbata si no es una prenda de vestir, ni abriga, ni es cómoda, ni tiene bolsillos, ni posee ninguna utilidad? Ellos, por supuesto, no aceptan que constituyo un complemento decorativo, que imprime distinción y prestigio. Soy inevitable para el hombre moderno, facilito la vida de los negocios y actúo como nexo seductor para la conquista amorosa. Para mayor garbo, exhibo pasadores, alfileres y dijes de oro. Y llevo micrófonos ocultos para descubrir a mis enemigos.

El mundo se encuentra dividido en dos bandos: los que llevan corbata y los descorbatados. Ganan los primeros. Con los necios es mejor no discutir, y por eso me veo precisada a lanzarles esta diatriba: «Un imbécil con corbata es un imbécil elegante». Las mujeres definen a un hombre por la corbata que usa.

Mi pasado es limpio, transparente, indiscutible, pero a alguien se le ocurrió decir que mi cuna es bastarda. ¿Qué dijo el atrevido? Nada menos que esta monstruosidad: «Quiero contarte en secreto que tu verdadero padre no fue el ejército croata, ni ejército alguno, sino un inglés anónimo que hace dos siglos se puso un lazo ensangrentado en el cuello para protestar por la condena injusta de su padre a morir en la horca. Con la soga al cuello, llamó la atención de la sociedad. De aquel acto inicuo (mejor, de aquel lazo sangriento) naciste tú, querida corbata».

Con toda firmeza rechacé el oprobio, pero quedé recelosa. Hija bastarda… ¡Imposible, si por las venas me corre sangre azul! «Ciento por ciento pura seda», rezan las etiquetas con que halago la vanidad de los hombres. Sin embargo, todo es posible, me respondió mi interlocutor. ¿Por qué no? Mientras para unos somos príncipes, para otros somos demonios. No hay abolengo que no tenga manchas ocultas. Palacios relucientes se convierten en tinieblas. Dinastías enteras se caen por culpa de alguna impureza irredimible. La seda más fina se deshilacha y puede volverse tela burda…

De todas maneras, juré no revelar la confidencia a nadie. Así, mi alto linaje se mantiene fulgurante ante los ojos del universo. Los hombres hablan bellezas mías, me asedian, me apetecen y se han inventado las formas más variadas para lucirme –y lucirse ellos mismos, jactanciosos que son– en soberbias pintas. Y las mujeres se derriten ante la figura apuesta resaltada por una corbata varonil. Soy un símbolo sexual, y con esto lo digo todo. La infinidad de colores, diseños, figuras, nudos, trucos y toda suerte de señuelos escondidos en mi epidermis seductora producen perturbación en el género femenino.

En definitiva, gobierno el mundo. Manejo al hombre a mi capricho. Él no puede prescindir de mí. Auténtica o adulterada, me convertí en un amuleto del hombre refinado. A la gente burda la desprecio. Y le di al hombre un hijo encantador, el corbatín. Atavío de príncipes, que me hace añorar galantes épocas cortesanas por los países de Europa. Es una criatura preciosa, que merece otro panegírico vibrante, pero por hoy se me agotó el discurso.

El Espectador, Bogotá, 7-VII-2005.
Revista La Píldora, Cali, octubre-noviembre/2005.

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Verano de emociones

sábado, 11 de febrero de 2012 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Diversas facetas conforman el itinerario intelectual de Héctor Ocampo Marín: ensayista, académico, historiador, periodista, profesor, cuentista, novelista, poeta. Esta última vocación, cultivada desde sus inicios como escritor, viene a conocerse en época reciente: primero, con el libro Sinfonía de los árboles viejos, ganador de un certamen de poesía realizado en Villa de Bornos (España), en octubre de 2001, y luego con Memorias del verano, silenciosa labor realizada durante largos años y que sólo ahora ve la luz pública.

El Ayuntamiento de Bornos, por motivos inexplicables, dejó de publicar el libro triunfador y tampoco entregó los otros premios ofrecidos, ni dio explicación sobre tan insólita conducta. Sin embargo, este hecho curioso, muy propio de la picaresca literaria, le ha hecho conquistar al escritor una credencial legítima: la del éxito obtenido en franca lid.

A Héctor Ocampo Marín lo descubrí como poeta al tener la suerte, por amable deferencia suya, de leer (mejor: de sentir) su Sinfonía de los árboles viejos. Con dicho motivo expresé lo siguiente en columna de El Espectador:

«Es un delicado opúsculo movido por el lirismo, la filosofía, el sensualismo, el amor a la naturaleza y a la vida. El autor les pone alma y sentimiento a sus árboles y los transforma en seres animados que, al igual que los hombres, aman y sufren, gozan y lloran. Conversan con Dios, con el viento y la floresta. Sufren la intemperie y se refrescan con la lluvia. Tienen horas de hastío y también de alborozo. Los hay sensuales, y hedonistas, y tiernos. Otros cargan con la soledad de los años y se les enfría el corazón. En medio del universo telúrico, disfrutan la cantata del agua y perforan el alma de la piedra».

El mismo tono, con diferentes matices según los temas que aborda el poeta, lo encuentro en Memorias del verano. Título sugerente que hace pensar en la entrega del escritor al diálogo memorioso con su alma lírica. El verano, en las estaciones de la vida (que algún parecido guarda con la temporada climática), implica un estado de entusiasmo y energía, de fuego y pasión, donde el hombre reflexivo explaya sus vivencias bajo la sombra de la serenidad y el impulso de sus emociones. Así, llegamos a un verano de éxtasis frente a la belleza, dentro del canto armonioso a las riquezas del universo y del espíritu. Un verano poético.

En estas memorias se escucha el latido constante de la naturaleza, del amor y del recuerdo. Tres conceptos que, manejados con donaire y sutileza, enlazan toda la obra del poeta. En el primer capítulo, Bucólica sin edad (eso, en efecto, es la naturaleza inmutable), las palabras susurran bajo la hierba su canción mística, y en fulgurante explosión estallan con júbilo entre las brasas del solsticio. En el hallazgo del árbol sensual, o de la fuente perdida entre la maleza y el olvido, o del viento impetuoso y rebelde, o del apacible fulgor del amanecer y el sensitivo camino de la noche, hay embrujo y emoción. «¡Soy el árbol de las orgías y los silencios!”, grita en la espesura del monte la voz milenaria del deseo.

Ocampo Marín sabe interpretar el espíritu de la montaña. No en vano su espíritu creció entre las brisas agrestes de su Risaralda natal y se tonificó en la radiante campiña quindiana. Eso es lo que recoge en su obra: el eco de las tierras generosas por donde transitó en gratas jornadas de contemplación y ensueño. Desde sus primeros años lo deslumbró el colorido de los paisajes bucólicos. Su fusión con Dios y la naturaleza lo llevó a compenetrarse con los dones elementales de la vida.

Hoy su evocación se remonta a los alegres campos de la infancia y a la aldea lejana, con la casona solariega, que recreó su juventud. En este recorrido por el tiempo y la distancia, que incita la añoranza y acrecienta el goce de la intimidad, salen a su vera las palabras de Antonio Machado: «Yo voy soñando caminos de la tarde».

En Cantata de amor, segunda etapa de este itinerario, el pasado se vuelve melodía y nostalgia. El recuerdo romántico desata vientos de fragancias y despierta remotos idilios. El rostro del amor juvenil emerge entre la floración de las praderas que enmarcaron la conquista temprana, cuando el corazón comenzaba apenas a murmurar sus primeros anhelos. En medio de ese pasado de brumas perdura todavía la silueta de la fresca muchacha de provincia, cándida y tenue como la aurora fugaz. En esa imprecisión de los sentidos que brota del amor primigenio, la placidez se diluye en lontananza y hace resurgir la idea luminosa del corazón asombrado.

En Esclusas del tiempo, capítulo final, se percibe, con acento épico en algunos de sus poemas, el  énfasis hacia los valores legendarios o autóctonos que debe proteger el individuo tanto en su comarca como en las zonas del espíritu. El poeta clama por la pertenencia a la provincia y a cuanto ella representa, es decir, al medio ambiente, al río tutelar, a los huertos pródigos, a las tradiciones domésticas, al patrimonio ancestral, al pasado histórico. Los versos aquí reunidos, forjados con ricas gotas de lirismo, son afirmación de la vida y canto a la ternura.

Esta conjunción de afecto, nostalgia, deleite del paisaje y recuerdos íntimos hará placentero para el lector este verano emocional que todos hemos vivido alguna vez, y que los poetas se encargan de ensanchar y embellecer con su alma enamorada. Los ecos del corazón no conocen tiempos, razas ni fronteras, y por eso Ocampo Marín ha escrito su poesía con el sello de lo intemporal, que en este caso traduce el universo de las emociones. Y nos entrega un poemario elaborado con delectación y precioso estilo, en versos diáfanos y bien cincelados, con esa enjundia y esa concreción de que son maestros los orfebres de la palabra.

Bogotá, abril de 2005

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Dolor por el Quindío

sábado, 11 de febrero de 2012 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Hace treinta años llegué a Armenia como gerente de un banco. Era el Quindío región privilegiada por sus virtudes ancestrales, el encanto de sus paisajes, la prosperidad de sus cosechas y la amabilidad de su gente. Tierra hospitalaria por excelencia, el forastero nunca se sintió extraño en el medio. Era como si estuviera en su propia tierra. Durante quince años presencié la transformación dinámica del  territorio emprendedor que nunca desfalleció en su esperanza agrícola y siempre buscó nuevos bríos para el progreso.

Armenia, la niña bonita, crecía como la adolescente precoz a quien todo le quedaba estrecho. Había roto los moldes de la aldea y retaba el futuro con la pujanza de su juventud arrolladora. El pequeño caserío de antaño, víctima de la violencia y el abandono, emergía como un prodigio de los nuevos tiempos. Por algo el maestro Valencia había bautizado a Armenia la Ciudad Milagro.

Hace menos de diez años, el 14 de octubre de 1989, Armenia cumplió el primer centenario de su fundación y se mostró ante la faz del país como urbe esplendorosa y desconcertante. El Quindío, a pesar de los reveses cafeteros, seguía luchando con la fe del montañero y buscaba alternativas para no dejarse consumir por el infortunio. Sus pobladores, que no han retrocedido ante nada, barajaban fórmulas diversas –como el turismo, la industria y la diversificación de las cosechas– para sostenerse en pie frente al derrumbe de la actividad cafetera.

Duro e irónico castigo –el más duro que haya sufrido la comarca en toda su historia– el de este terremoto devastador que no parece haber dejado piedra sobre piedra. Cuando Armenia, y con ella todas las poblaciones del Quindío, soportaban con estoicismo la implacable postración de la economía regional, irrumpen las fuerzas desatadas de la naturaleza y acaban con la región. Los quindianos, que siempre han vivido atados a la tierra, la trabajan con ahínco y la defienden con orgullo como parte de su propio ser, son víctimas de la misma tierra.

Cuando el furor de la naturaleza se ensaña en gente buena y laboriosa, sufrida y resistente, creadora de prosperidad nacional en otros tiempos, es preciso desahogar el sentimiento con una conocida expresión que brota del alma: ¡No hay razón! El país, que no sale del asombro y la pesadumbre, contempla anonadado este cataclismo que estremece a tres departamentos hermanados por la misma identidad agrícola y los mismos lazos del destino cafetero: Quindío, Risaralda y parte del Valle. Además, es toda la nación la que está herida por la adversidad, la cual ha pasado a ser un desastre público que mueve la solidaridad del mundo entero.

El Quindío, mi tierra afectiva, me duele en lo más profundo del corazón. Bien saben mis amigos quindianos con cuánta solidaridad y cuánto afecto he seguido su suerte, en las buenas y en las malas. Ahora no me queda nada distinto que pedir al Dios de Colombia –al Dios de los agricultores y de los infortunios, que levante las ciudades destruidas y mitigue nuestras penas.

La Crónica del Quindío, Armenia, 9-II-1999.
Avancemos, Asociación de Pensionados del Banco Popular, febrero/99.
Revista Manizales, No. 698, julio/99.

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Rosario Sansores

sábado, 11 de febrero de 2012 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Méjico se ha olvidado de esta poetisa romántica que tuvo gran figuración por la época en que también Laura Victoria, la precursora en Colombia de la poesía erótica, y sobre quien acabo de concluir un libro biográfico, obtenía sonados aplausos. Como no eran muchos los datos recogidos sobre Rosario Sansores, acudí a mi dilecta y culta amiga Diana López de Zumaya, hija de Adel López Gómez y residente en Méjico hace largos años, para que me ayudara a salir de las sombras de esta figura digna de recordación.

Pero mi amiga, en el propio país de los sucesos, no consiguió ampliar mi visión sobre la autora de Rutas de emoción, precioso libro de prosa romántica que Rosario publicó en 1942, que revela un alma sensible que divaga en las honduras del amor y sabe interpretar los secretos del hombre (y de los hombres). «Lo extraño –me comenta Diana– está en que aquí nadie me pudo decir ni una sola palabra, ni menos una palabra elogiosa sobre Rosario Sansores».

Fracasada esta pesquisa, voy a tratar de reconstruir en líneas generales la imagen de la brillante poetisa y periodista de otros tiempos, que hoy nadie recuerda en su propio país, basado en datos fragmentarios que he logrado sacar de otras fuentes. Lo que sucede en este caso es lo mismo que suele ocurrir con mucha gente famosa: que el manto del olvido –triste e inexorable realidad humana– cae sobre el tiempo y desvanece o destruye el recuerdo.

Escribí al principio de esta nota la palabra sombras y esto me viene de perlas para decir que entre las numerosas canciones populares que Rosario difundió por los aires de Méjico y del continente, Sombras es la más representativa y sigue arrullando el corazón de los enamorados:

Cuando tú te hayas ido, me envolverán las sombras,

cuando tú te hayas ido, con mi dolor a solas,

evocaré este idilio de mis azules horas.

Cuando tú te hayas ido, me envolverán las sombras.

En la penumbra vaga de mi pequeña alcoba,

donde una tibia tarde me acariciaste toda,

te evocarán mis brazos, te buscará mi boca,

y aspiraré en el aire como un olor a rosas.

Cuando tú te hayas ido, me envolverán las sombras.

Rosario nació en una familia rica y creció rodeada de mimos y comodidades. A los doce años, cuando termina el último grado de estudios, ya hacía versos. Dos meses después muere su padre y se frustra el viaje que iba realizar a Europa. Se casa a la edad de 14 años –o mejor, la casa su familia– con el hombre que le han elegido y por el cual no siente nada.

Luego se va a vivir con su marido a La Habana, donde resulta vecina de Ernesto Lecuona, quien le pone música a algunos de sus poemas.

El ecuatoriano Carlos Brito musicaliza en aire de pasillo el poema Sombras, que se vuelve famoso. Rosario es además autora de numerosos temas que entran al folclor mejicano con la música de diversos compositores. El alma romántica de la poetisa se esparce por los países de América en letras llenas de sensibilidad.

Rosario fue uno de los mayores soportes de Laura Victoria a su llegada a Méjico. Además, mantuvo mucha cercanía espiritual con nuestro país. En 1925, Barba Jacob la conoce en La Habana. Ella se enamora del poeta y años después lo atenderá en Méjico durante su enfermedad en el Hospital General. En 1932, Luis Eduardo Nieto Caballero le escribe agradeciéndole «el solícito interés que ha tomado por Barba Jacob, querido amigo mío y gloria nues­tra». En 1938, Rosario le escribe a Ismael Enrique Arciniegas: «Sus agonías son frecuentes. Vengo del hospi­tal donde se muere Barba Jacob. No amanecerá». (Sin embargo, el poeta sobrevive a la nueva emergencia, y muere en 1942).

Rosario permanece ante su lecho de enfermo y mueve la solidaridad de sus amigos para reunir fondos que ali­vien la penuria económica del colombiano. Por esta épo­ca Rosario está divorciada y le ha quedado una hija. No fue feliz en el matrimonio. Más aún: no fue feliz en toda su vida amorosa y sufrió constantes desilusiones.

Su admi­ración por Barba Jacob, nacida en 1925 y que se prolonga durante 17 años, se ignora hasta dónde llegó en el pla­no sentimental. Es posible que se hubiera tratado de un amor platónico o de una relación fallida. «La gloria del amor –confiesa– no ha sido nunca mía. Siendo aún niña, una sibila me predijo que viviría siempre sola».

Entresaco de Rutas de emoción estas frases patéti­cas que revelan el infortunio de Rosario Sansores en su vida amorosa:

En torno mío no hay más que soledad. El amor que otras mujeres tontas y vacías tienen a raudales, no me ha pertenecido nunca (…) No soy sino una mujer que ha vivido intensamente. Soy una mujer que se ha pasado la vida siempre esperando un amor, que no ha llegado (…) Mi amor es un amor hecho de sueño y de ilusión, un amor casi  inmaterial, a fuerza de ser puro (…) Pienso que en la tumba se debe uno sentir muy a gusto. No oír tonterías, no contemplar rostros aborrecidos (…) dormir en un sueño ininterrumpido, quedarnos así, inmóviles, fríos, inertes”.

Le pregunto a Laura Victoria por Rosario Sansores y ella me contesta, como alejando una telaraña de sus ojos:

–Murió probablemente en Ciudad de Méjico. Escribía en Novedades una columna muy leída que se titulaba Rutas de emoción. Un poema suyo muy famoso, que se volvió canción, es Sombras.

Repasando papeles que la misma Laura Victoria puso en mis manos para la confección de su biografía, me encuentro con una declaración suya de 1942 al periódico El Liberal, de Bogotá, donde narra el notorio declive de su amiga: «Sus últimas crónicas no corresponden al prestigio que tuvo como poetisa, mostrando, tanto en sus escritos como en su manera de vestir y conducirse por la calle, una marcada desviación mental».

¡Ah, el olvido de los tiempos! ¡El olvido de los hombres! ¡Las ruinas de la vida! A la postre, el tránsito de la persona sobre el planeta puede quedar reducido a lo que dice Rosario Sansores en su canción, ésta sí imperecedera: a sombras. El olvido es el mayor ácido de la existencia humana. Hay indicios que conducen a pensar que aquella lejana poetisa del amor, por quien nadie da razón hoy en su  propia tierra, estuvo alguna vez medio deschavetada, y es posible que esto hubiera contribuido a opacar su gloria.

Revista Manizales, No. 712, mayo-junio/2001.

* * *

Comentario desde Cuba:

En conversación sobre escritores con una amiga mía, se hizo mención de Rosario Sansores. Le di a leer entonces la Revista Manizales No. 712 de mayo-junio 2001, en la cual aparece el valioso artículo de Gustavo Páez Escobar sobre ella. Me trajo entonces mi amiga este artículo aparecido en una revista de la cual fue arrancada la página, no pudiendo por tanto dar datos de dicha publicación ni de su fecha. Pero creo que nada importa esto para recordar a esa gran escritora que fue Rosario Sansores». Miguel Suárez García, desde Rodas, Cuba (Revista Manizales, No. 721. noviembre-diciembre/2002).

Por su parte, la directora de Revista Manizales anota lo siguiente: «Coincidiendo con este envío –que agradecemos inmensamente al amigo Miguel –, hemos encontrado en estos días algunas poesías de Rosario, casi desconocidas, y que vienen a complementar lo que ella nos cuenta en su dolorida página de recuerdos. Se publica la citada página desconocida, junto con los siguientes poemas: Mujer, Cansancio, El milagro, Soledad».

 

 

Estos diamantes, Carolina

sábado, 11 de febrero de 2012 Comments off

Cuento de

Gustavo Páez Escobar

Tal vez por ser la mujer del joyero, Carolina se acostumbró al lujo. A toda suerte de lujos, desde lucir las joyas más ambicionadas por la vanidad femenina hasta cambiar de carro y de residencia con el único motivo de estrenar, o inventarse frecuentes viajes al exterior para contemporizar con el mundo de derroches y alardes del que no podía prescindir.
–Vengo con el último grito de la moda –le anunció a su marido, y con rápidos movimientos extrajo de los paquetes todo un almacén de vestidos, zapatillas, perfumes y ropas íntimas.
–Pero si la semana pasada te compraste tres vestidos –exclamó Hugo Mario, entre atónito e idiotizado, y en realidad ignoraba si habían sido tres o media docena.
–Y este es el perfume más arrebatador de París (¿te imaginas cuánto me costó?), como para mantenerte siempre a mi lado –prosiguió ella, sin darle lugar a nuevas protestas, mientras la fragancia inundaba la alcoba con poderosas incitaciones.

-Fantástico! –fue la exclamación del marido derrotado, y fascinado al mismo tiempo, y en esos momentos era cuando él saboreaba mejor la vida y más se solazaba con el lujo de mujer que le había dado la suerte.
–Y ahora un aire romántico (¿prefieres los Panchos, los Diamantes o María Luisa Landín?) y whisky para que el amor sea más embriagante. ¡Cuánto te quiero! No dejes nunca de ser apasionado, te lo ruego –continuaba su esposa, matizando el instante amoroso, y el hombre, derretido entre sensaciones lascivas, quedaba sin respiración.

–Eres un encanto –eran las palabras rituales con que el marido finalizaba siempre aquellos encuentros, y el acto concluía.
Camino del negocio, con esa languidez de espíritu de los maridos magnánimos, se preguntaba Hugo Mario si su chequera respondería a tantos excesos. «Me estoy arruinando», meditaba. Luego recordaba el beso categórico y el estremecimiento producido por las caricias seductoras con que la mujer dice siempre la última palabra. El embrujo todo de París cabía en esas gotas de perfume que, cual señuelos para la provocación, le despertaban alborotos súbitos, que por fortuna su mujer sabía calmar en la justa medida.
Era entonces cuando musitaba el «eres un encanto» y cuando Carolina se proclamaba victoriosa, como mujer satisfecha, en lo más recóndito de su amor posesivo. Sabía que el hombre, disminuido, respondería mejor a sus asedios. ¿Sería él tan indolente que le negara el aderezo de diamantes con que tanto había soñado, o no accediera al viaje que con sus amigas íntimas preparaba para las playas de Miami?
«Me estoy arruinando», volvía a pensar. Y otra vez la cabeza le daba vueltas con el cúmulo de compromisos económicos que ya no alcanzaba a atender. Pero de nuevo surgía su vida sentimental con una eva tan apetitosa como complaciente, y ahí se evaporaban sus temores. Y hasta se enternecía al acariciar los fugaces momentos de placer donde la voluntad se desvanece entre las sutilezas femeninas.
–Acuérdese,  don Hugo Mario –le recordaba el usurero– que llevo seis meses esperándolo y ya no puedo darle más plazo.
–Le pagaré más intereses.
–No es suficiente. Necesito el capital o una garantía mayor. Hipotéqueme la casa.
–No es posible: está hipotecada.
–Entonces, la finca.
–Tampoco es posible: tiene dos hipotecas.
–Entonces…
De aquella conversación con el usurero arrancó la quiebra presentida. No fue sino que él lo embargara para que el resto de acreedores, que se mantenían listos para el ataque, cayeran como langostas. Menos mal que Carolina gozaba las delicias del sol, la brisa y las tibias aguas del Caribe y no se halló presente el día en que el juez decretó el secuestro de todas las propiedades. Ella no merecía aquella vergüenza, aquel sonrojo inconcebible para una princesa.
La suntuosa mansión se desmoronó de repente como castillo de naipes. Era su última fortaleza y también le fue arrebatada, como había sucedido con la joyería, la finca, los carros, el dinero en bancos, los papeles bursátiles…
Pero fue diestro en salvar las alhajas de su esposa. A ese tesoro nadie tendría acceso. Brazaletes, gargantillas, pectorales, aretes, anillos y diversidad de adornos montados en pedrerías fantásticas refulgían con los destellos que la fortuna conservaba para no abandonarlo por completo. Se abrazó a las joyas, las besó, se rodeó el cuello de lazos y cadenas, se dejó obnubilar por el fulgor y la magnificencia… Y lloró.
Acaso ese tesoro significaba su perdición, pero el marido dadivoso se negaba a reconocerlo. Primero estaba su esposa, que valía más que aquella colección de espejismos. Ella significaba la razón de su vida y lo demás era secundario. Frente a ese mar encantado que le arrancaba lágrimas se decía que su mujer, por leve y fascinante, por sensual y generosa, tenía derecho a los caprichos de la moda y a su dulce coquetería.
Allí estaba el aderezo de diamantes, adquirido hacía tres meses, tentándolo con misteriosas insinuaciones. Pero el imperio se había derrumbado. Una princesa no se acomoda entre la pobreza. Hugo Mario se erizó. Ya en pocos días estaría ella de regreso y no era sensato condenarla al oprobio de la penuria. El hombre enamorado es batallador. Recuperar la riqueza perdida consistiría en ejercer su destreza de comerciante. El proceso sería lento, pero algún día llegaría a la meta.
Si no se hubiera enredado en negocios oscuros es posible que Hugo Mario se hubiera salvado. Meterse con la mafia y descender a los bajos fondos fueron recursos desesperados que apresuraron su desgracia. Cuando Carolina regresó, él estaba en la cárcel. Sin casa, sin carro, sin dinero… ¿y también sin marido?
Carolina duró una semana llorando. Después se encontró con sus joyas y sonrió. Las alhajas alegran el corazón de las mujeres. Así se reconciliaba con las durezas de la suerte. Conseguir abogado… ¡vaya oficio más rudo para una princesa! ¿De dónde sacaría el dinero si todo se había evaporado? Era una frágil crisálida que carecía de fortaleza para volar. Vestía ahora con más discreción y menos fantasías, aunque con igual garbo.
El abogado la observó con atención. Con interés escuchó la historia y la ayudó a localizar datos importantes para la defensa. Carolina, inexperta y tímida, no acertaba a hilar sus pensamientos. El abogado la auxiliaba en los momentos de confusión. Y viendo su juventud y belleza, justificó su impericia.
–Defenderé el caso –concluyó el penalista.
–No tengo dinero –exclamó ella con nerviosismo.
–Serénese, señora. No todo ha de ser dinero. Llegaremos a un acuerdo. Lo importante es que recupere a su marido.
–¿Me ayudará usted?
–Sí. Es usted joven y atractiva y yo contribuiré a su felicidad.
Se sintió halagada. Respiró con la satisfacción de las mujeres galanteadas y comenzó a pensar que la suerte no le era tan esquiva. Días más tarde se presentó con un plan definido:
–He encontrado la fórmula para arreglarle sus honorarios. Este aderezo vale una fortuna. Tal vez usted quisiera regalárselo a su esposa…
–Preciosa joya –exclamó el abogado, ponderando las tres piezas que le extendía Carolina–. Déjeme que lo aprecie más si usted lo lleva puesto. ¿Me permite admirarlo en su cuello? Las joyas son más esplendorosas cuando van unidas a un rostro hermoso y a un talle esbelto. Usted tiene ambas cualidades –prosiguió con una reverencia–. ¿Quiere mucho su aderezo, señora?
–Es parte de mí misma –contestó ella–. No importa: renuncio a él.
–Y yo no acepto su sacrificio. No debe privarse del gusto de la vanidad. Las mujeres, señora, nacieron para ser vanidosas. Guárdelo, por favor.
Carolina se emocionó. Ser mujer es ser sensible a la lisonja. Era esa la protección que necesitaba en su desamparo. Su espíritu se veía de pronto vigorizado para la lucha.
«Perdóname si no he vuelto a visitarte –le escribía días después a su marido–, pero la cárcel me deprime y enferma. ¿Me entenderás, amor mío? Siempre estoy contigo.» Él le contestó que ante todo cuidara la salud y le suplicaba que dejara de frecuentar la cárcel. «Eres un encanto, y no debes pisar estos sitios indignos de tu belleza. Saldré pronto y entonces volveremos a estar juntos».
Carolina no volvió más a visitar a su marido a la cárcel. Terminó de concubina del abogado. Pasados los primeros temores y superadas las primeras crisis, ella misma se absolvió de su pecado. Le pareció que era muy frágil para permanecer desamparada. No: imposible resistir los cinco años de soledad a que quedaba expuesta por la condena de su marido. El abogado había perdido la causa.
Carolina se decía que aquel había sido un sacrificio impuesto por su necesidad de salvar a Hugo Mario. Pero no estaba tranquila. Percibía el reproche de la conciencia. Incomodidad que pareció desvanecerse cuando el abogado, que aquella noche la llevaría a comer a su restaurante preferido, le dijo:
–Quiero verte con el aderezo de diamantes. Es el símbolo de nuestra unión.
–Y el símbolo de la traición, bien lo sabes –agregó Carolina–. ¿Has meditado en el precio de nuestras relaciones? Ensuciaste hasta tu prestigio profesional al desviar,  en provecho tuyo, la suerte de la defensa. Dejaste perder el pleito para quedarte conmigo, y yo favorecí tus oscuros propósitos. Me vendí y tú me compraste. Los dos somos miserables.
–Ponte los diamantes –repuso el penalista–. Ya es tarde para rectificar el pasado. Lo hecho, hecho está.
–Está bien. Ayúdame.
Carolina se contempló en el espejo. Estaba radiante. De pronto le pareció ver en el destello de las piedras los ojos pesarosos de su marido. No sabía si la enjuiciaban o le expresaban amor. Estuvo a punto de prorrumpir en llanto, de destruir el aderezo. Pero se contuvo.
–No enturbiemos el corazón, Carolina –escuchó la voz de su amante–. Vamos, ángel mío.
–Vamos.
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Revista Manizales, No. 692, enero de 1999.
Revista Aristos, n.° 32, Alicante (España), junio de 2020.

Comentario

Carolina es una mujer interesada en ser diva, en explotar a un hombre débil, inseguro, a quien después abandona por otro farsante de la justicia. Todo ajustado a la realidad y al abandono de algún valor moral de parte y parte. Esta narración tiene tanto de realidad como de asombro por la pérdida de valores y la manipulación que, fácilmente, deja al hombre como títere de una mujer.
Inés Blanco, Bogotá, junio/2020.

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