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Fortaleza quindiana

viernes, 20 de enero de 2012 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

A través de la historia el pueblo quindiano se ha caracterizado por su espíritu de resistencia para derrotar las adversidades. Este talante le viene de los bravos aborígenes que aprendieron el arte de la guerra como la manera de sobrevivir en medio de escaramuzas y de terrenos hostiles, para asegurar sistemas de convivencia y prosperidad.

Los valientes guerreros, entre quienes sobresalen los quimbayas como pueblo laborioso y creativo, fueron los que prolongaron en el tiempo dos conceptos fundamentales que distinguen la raza quindiana: el de la lucha y el progreso.

Después de pasar por complicadas circunstancias, como el despoblamiento de la región debido a la disminución de los primitivos indígenas –hecho que impuso el rigor de la selva inexorable–, irrumpiría a mediados del siglo XIX el ímpetu de la colonización antioqueña que volvería a habitar el territorio y descuajaría los bosques para transformar el paisaje y hacer germinar la tierra con la bendición de los cultivos. Así nacía el café, un grano vuelto mito y realidad, que gobierna desde entonces la vida de los quindianos como dios soberano que premia y castiga, y del que es imposible prescindir.

En los tiempos de la colonia y de la naciente república, este territorio formó parte de la provincia de Popayán, y luego del departamento del Cauca. Años después pasó a integrar otras fórmulas administrativas, siempre cambiantes, como lo era el país, y en 1905, al crearse el departamento de Caldas, fue anexado a su jurisdicción.

Este rumbo itinerante, que algo se parece a la suerte nómada de los cosechadores de café, no hizo felices a los quindianos, quienes abrigaban a esperanza de redimirse de toda suerte de yugos para poder vivir su propio destino. Tras duros combates, lo consiguieron en 1966, y desde entonces respiran los aires de la independencia soñada, y fieramente perseguida, como una enseña del carácter libre que le legaron sus antepasados.

Deseo resaltar con estos antecedentes históricos el carácter recio con que el pueblo quindiano ha vencido los escollos del camino. Nunca se ha frenado ante pequeñeces, y de las dificultades y catástrofes ha aprendido que es preciso afrontarlas sin desfallecimientos para luego triunfar. Si no se poseyera ese coraje, hoy sería una región abatida bajo el cataclismo. El valor espartano de que el Quindío ha dado ejemplo ante el país, y que ha movido la solidaridad del mundo, dice hasta qué grado de paciencia y reciedumbre llega su temple invencible.

Los reveses que hoy sufre la gente en medio de privaciones y toda suerte de sacrificios hace a los quindianos más duros, resistentes y laboriosos. ¿No eran esos acaso los principales atributos de los quimbayas? Y si se agrega el poder de artistas y creadores, como fue aquel pueblo de orfebres, tendremos en pocos años el ejemplo vivo de una región mutilada que logró salir de las cenizas para levantar sus pueblos y ciudades, los que se niegan a desaparecer por estar edificados, más que con objetos materiales, con el vigor de la raza.

¡Cuánta visión tuvo Rodrigo Arenas Betancourt al erigir en la plaza de Armenia su Monumento al Esfuerzo! El artista, que comprendía muy bien la idiosincrasia quindiana, perpetuó en ese emblema la mayor virtud regional: el ánimo de lucha. Lo mismo que el quindiano no conoce de cobardías ni languideces, tampoco ignora que el esfuerzo con que ha escrito su historia será el único capaz, en esta hora adversa, de conquistar el futuro.

Un día los quindianos se empeñaron en librar la campaña de independencia que les permitiría tomar sus propias decisiones, y lo lograron. Con la pala del progreso al hombro abonaron los campos e hicieron florecer las cosechas, hasta que el infortunio de los bajos precios del café desarmó su economía básica. Sin embargo, no se intimidaron y buscaron otras alternativas.

Ahora, las fuerzas desatadas de la naturaleza han destrozado la región. Pero ahí vemos a los habitantes, cavilosos acaso, pero nunca vencidos, reconstruyendo las ruinas y mirando con optimismo al futuro. Confían en sus fuerzas y saben que saldrán adelante.

Al paso de los años, Armenia y las poblaciones quindianas serán de nuevo otro milagro de superación. Detrás de ellas, como en la vida de los grandes hombres, habrá la explicación de un pueblo valeroso que no se dejó ganar la partida de las calamidades y que, por el contrario, supo ser grande en medio del mayor desastre colombiano de este siglo.

La Crónica del Quindío, Armenia, 28-IX-1999.

 

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Visión de Tuluá

viernes, 20 de enero de 2012 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

El abogado y escritor Óscar Londoño Pineda ocupó la alcaldía de Tuluá en el año de 1959. Además, fue concejal y juez penal de la misma ciudad, lo mismo que representante a la Cámara y magistrado de los Tribunales Administrativos del Valle del Cauca y de Cundinamarca. Hoy, retirado de la actividad pública, está dedicado al oficio de escribir y es autor de nueve libros en los géneros del cuento, la novela, el ensayo y la poesía. El último, de reciente circulación, lo titula Tuluá, visión personal y en él le rinde homenaje a su patria chica, cuarenta años después de haber ejercido la alcaldía.

Las memorias sobre el solar nativo tienen mayor alcance cuando el autor ha regido sus destinos y es escritor. Es lo que sucede con Eduardo Caballero Calderón en relación con Tipacoque, pueblo inmortalizado en sus libros y del que fue su primer alcalde. En ambos casos, los escritores han rescatado estampas regionales que de otra forma hubieran quedado sepultadas en el olvido, y que el poder de la palabra permite salvar para recuerdo de las nuevas generaciones.

Londoño Pineda, fuera de la circunstancia de haber manejado los destinos municipales, ha sido un enamorado de su tierra y nunca se ha desentendido de ella a pesar de que otros compromisos lo llevaron a radicarse primero en Cali y ahora en Bogotá.

De procedencia antioqueña, su padre llegó al entonces pequeño pueblo del Valle del Cauca, donde sentó sus reales y vio crecer su linaje. Su hijo el escritor es hoy –al lado de otros profesionales de la palabra, como Gustavo Álvarez Gardeazábal, también exalcalde de Tuluá– ejecutor de páginas memorables sobre el proceso histórico de la población.

Las vivencias que Londoño Pineda recoge en su obra, aparte de entrar a enriquecer la historia local, tienen la virtud de haber sido elaboradas con cariño e inspiración poética. Páginas como la que titula «En aquella carrera veinticinco» (en mi concepto la mejor del libro) se convierten en testimonios fidedignos de la historia tulueña, captados con la lente del poeta y el historiador.

Allí cuenta la vida de Maturro, simpático y legendario personaje que vivió 150 años –la mayor edad longeva que se conoce en el país y acaso en el mundo– y que murió frente a la casa del escritor, para fortuna de ambos. Maturro, según palabras de Óscar, «era un hombre de paso lento, como que nunca tenía afán de llegar, entre otros motivos porque no tenía a qué, ni a dónde». Rodaba por el pueblo como una sombra fugitiva y silenciosa, sin hacerle mal a nadie, y con cierto aire de misterio y ultratumba que mantenía atemorizados a los niños. Era el ser más bueno del mundo, y esto vino a descubrirlo Óscar cuando ya el personaje había desaparecido de la carrera veinticinco.

Otro episodio destacable es la visita de Jorge Eliécer Gaitán a Tuluá, en su carácter de ministro de Educación. El futuro escritor era entonces un menudo estudiante de primaria, pero ya tenía la mente abierta para percibir el gesto humano del tribuno de multitudes que se deslizó en secreto hacia uno de los colegios de la ciudad para enterarse de la indolencia oficial con que se tramitaba la pensión de retiro de su rector, educador benemérito. Gaitán, de vuelta en Bogotá, hizo reconocer aquel justo derecho.

Sucesos íntimos como el narrado, que mide la dimensión de un hombre sensible que se preocupaba por el bien de la gente, se escapan por lo general de las grandes biografías y quedan perdidos en la amnesia de los pueblos. De ahí la importancia del libro de Óscar Londoño Pineda, que no sólo recrea sus emociones bajo el aliento de los recuerdos sino que contribuye a formar la historia.

Los aportes significativos a su tierra natal serán, sin duda, valorados allí en su justa medida. El sentido de permanencia a un sitio debe distinguirse y apreciarse no sólo por la presencia física del individuo, a veces tan lejana e insustancial que nadie la advierte, sino por la efectiva demostración de solidaridad y afecto, como lo hace Óscar con Tuluá. Las ciudades, como seres vivientes, viven del amor de sus hijos. «A la ciudad hay que amarla toda, dice Óscar, como deben ser todos los amores auténticos».

La Crónica del Quindío, Armenia, 7-IX-1999

 

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Revista Manizales: 700 ediciones

viernes, 20 de enero de 2012 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Corría el mes de octubre de 1940 cuando apareció, fundada por la poetisa Blanca Isaza, la revista Manizales. Cerca de 60 años han corrido desde entonces, y hoy la revista llega a las 700 ediciones. En todo este tiempo sólo ha tenido una ligera interrupción en el gobierno del general Rojas Pinilla, cuando se ordenó a la Imprenta de Caldas, donde se editaba, que suspendiera su publicación.

Pocas revistas en Colombia tienen este récord de perseverancia. Quizás es la que registra el mayor tiempo de labor continua. No es fácil sostener un órgano cultural a lo largo de tantos años sin el menor desfallecimiento de su fundadora y sus continuadores, quienes, por el contrario, pusieron todo su empeño, capacidad de lucha y espíritu de abnegación para hacer posible semejante empresa.

Doña Blanca, nacida en Abejorral a finales del siglo XIX, había llegado a Manizales de tres años de edad. En esta ciudad viviría el resto de su existencia. En 1916 contrajo matrimonio con el también poeta antioqueño Juan Bautista Jaramillo Meza, nacido en Jericó, y quien, al casarse, decidió seguir viviendo en Manizales.

Lo que sigue es de todos conocido: el matrimonio alcanzó alta figuración en Manizales y en el país; cada cual escribió una obra de vasto alcance; fueron coronados poetas en 1951, y le dejaron a su ciudad adoptiva, como la mejor demostración de cariño filial, su tribuna espiritual, que puede considerarse un patrimonio de Manizales.

A la muerte de doña Blanca, en 1967, pasó a dirigirla don Juan Bautista, hasta su fallecimiento en 1978. Aquí hubiera terminado la vida de la publicación, como era lo más previsible, pero un hecho sorpresivo permitió que ésta no tuviera el menor receso. Fue así como se puso al mando de este barco de papel la hija dilecta del matrimonio, muy compenetrada con las ideas de sus padres y que poseía –en secreto– talento de escritora.

Aída Jaramillo Isaza, la portentosa revelación, lleva desde entonces 21 años dirigiendo la revista Manizales, lo cual quiere decir que ha sido la autora de más de 250 ediciones. Éste, por sí solo, es otro milagro de supervivencia.

La revista, dirigida por Aída con inteligencia y tino, ha seguido batallando contra los conocidos escollos que son comunes a todas las publicaciones periódicas. El obstáculo mayor es el económico, de tan difícil manejo. En cualquier época, la publicidad que patrocinan las empresas en los medios de comunicación se condiciona a los índices de circulación entre el grueso público, factor que no favorece a una gaceta cultural que está dirigida hacia un grupo reducido y selecto, ajeno a los afanes masivos de mercadeo, y que por lo tanto no lanza grandes tirajes.

Hoy, agobiado el país por aguda crisis económica, uno de los renglones empresariales que más se han visto afectados es el de la publicidad. Sin embargo, son muchas las empresas que mantienen en sus presupuestos renglones permanentes para estimular la cultura, conscientes de que en esa forma se contribuye al bienestar nacional.

En cuanto tiene que ver con la revista Manizales, a mí, como viejo lector de sus páginas y admirador de su calidad y del sacrificio que ha significado su subsistencia, me alegra ver la fidelidad con que varias entidades caldenses apoyan el esfuerzo colosal, ignorado por la mayoría de la gente, con que Aída hace circular cada nueva edición.

Esta abejita laboriosa del matrimonio Jaramillo Isaza no se detiene ante los obstáculos y, levantando recursos como por obra de magia, no ha permitido que la tribuna espiritual de sus padres haya interrumpido una sola entrega desde el año de 1978. Las más de 250 ediciones por ella ejecutadas no son, por cierto, el resultado de un simple milagro, sino la palmaria demostración de lo que valen la constancia, la convicción y la intrepidez de esta mujer batalladora.

Sola, con las manos vacías, pero con la mente abierta y el alma generosa, Aída le ha regalado a Manizales, y a la Colombia culta, la obra admirable de mantener una revista de alto contenido literario, la que de otro modo hubiera muerto por falta de combustible espiritual.

Si la ciudad de Manizales dejara extinguir esta atalaya, sería lo mismo que arriar una bandera, olvidándose del pasado glorioso. Puedo suponer que los manizaleños –y sobre todo las empresas representativas– incrementarán su colaboración para permitir que la veterana revista perdure por muchos años más.

La llegada al número 700 representa una proeza. Con una heroína: Aída Jaramillo Isaza. Espíritu vigilante de preservar la memoria de sus ilustres progenitores, y de paso enaltecer el nombre de Manizales como cuna de nobles tradiciones.

Revista Manizales, N° 700, septiembre de 1999.

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El tiempo y la clepsidra

viernes, 20 de enero de 2012 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

(Presentación del libro El tiempo y la clepsidra,

de Inés Blanco)

En la portada del primer libro de Inés Blanco, titulado Paso a paso, aparece el rostro radiante de una hermosa mujer. La mirada ensoñadora, los labios sensuales, el cutis nacarado, el rizo seductor, que se entrelazan con cierto hálito de sortilegio, dibujan los encantos de una mujer enamorada. Ese rostro, más allá de reflejar dulce feminidad, es el rostro del amor y fulgura en las páginas del libro bajo sugestivas imágenes itinerantes.

Tal parece que Inés, desde que publicó su primer poemario, ya sabía que el amor iba a ser la constante de toda su obra. De ese tono no se ha separado, ni se separará nunca. Para ella el amor es inevitable, como el agua para la rosa. “Ama y haz lo que quieras», declaró San Agustín, el gran sabio de la Iglesia, primero pecador y después santo, que tenía por qué saber lo que expresaba.

Inés Blanco nació poetisa, y desde los jardines de su niñez ya jugaba con las mariposas de la ilusión. Con esa llama en el alma, no le sería difícil ennoblecer la existencia y convertir las personas y los elementos de la naturaleza en criaturas vitales. Primero se enamoró de la poesía y después del alma humana. La poesía, como atributo de los seres sensibles, es camino seguro hacia el hombre. No puede haber poeta verdadero si sus cantos no son afirmación de la vida y sublimación del espíritu.

La obra de Inés Blanco, en continuo ascenso, la conforman tres títulos, todos de la década del noventa: Paso a paso (1993), Piel de luna (1996) y El tiempo y la clepsidra (1999). Cada tres años la amiga generosa nos ha regalado una grata sorpresa.

Obra valiosa la suya, de postrimerías del siglo XX, tan caracterizado hoy por el desamor y la desnaturalización del hombre, que lleva impulso para recorrer el nuevo milenio con el mensaje del amor y la esperanza, que será siempre la justificación de la vida. La poetisa, sin salirse de su tiempo y, por el contrario, recogiendo los destrozos de esta época deshumanizada, ha escrito para los días futuros. Y también para países remotos, ya que varios de sus poemas han sido traducidos al inglés y al italiano.

Esto de que el amor sea el cemento con que están armados sus libros, lo dicen los testimonios escritos recogidos en las tres ediciones. Criterios convergentes que no sólo enaltecen la vena lírica de Inés Blanco, sino que proclaman la necesidad de amar como el único camino para la salvación del hombre.

Su poesía brota de sus corrientes interiores y se derrama en alborozos y tristezas, soledad y silencio, evocación y distancia. El efluvio de los sentimientos no sería posible fuera de la emoción que dispensa el amor, tanto en el gozo como en el sufrimiento.

Como corolario hay que decir que nuestra distinguida escritora ha hecho de su obra un canto a la vida, lo que supone la fusión del hombre y la naturaleza, aliados para proclamar el sentido de la existencia humana. Regresa ella a sus primeros años para encontrarse con los recuerdos que quedaron dormidos en la casa paterna y en los caminos transitados. Surgen las iniciales sorpresas y las jubilosas y a veces turbadas sensaciones de la niña y de la adolescente que despertaba al mundo y se enternecía con el concierto maravilloso del universo.

Paso a paso recorre sendas secretas y confiesa asombros y plenitudes ante el amor naciente. Amor que es al mismo tiempo confusión y certidumbre, alborozo y pena, misterio y esperanza. En sus otros dos libros no hace cosa distinta que reafirmar el destino irrevocable del corazón.

Los poemas de Inés Blanco poseen, en mi sentir, dos altas calidades que deseo destacar. Son, en primer lugar, poemas intimistas que ahondan en las fibras del alma y permiten descubrir los sentimientos con fulgurante realismo. Es como si los versos perforaran con cinceles mágicos las pasiones recónditas que se anidan en el alma humana, y que sólo los poetas consiguen captar con autenticidad y belleza.

La otra calidad, muy ligada a la anterior, es la sensibilidad para percibir, más allá de lo que acontece con el común de la gente –y también de algunos poetas– los latidos del corazón y los ecos de la naturaleza. Bajo el poder de las emociones y el conjuro de la palabra surgen poemas embrujados por delicado sensualismo que se hace más deleitoso y de superior estirpe con el fulgor de las metáforas.

Inés, por encima de otras excelencias, es cantora del alma y de la naturaleza. En sus libros palpita el mundo elemental y se engrandece la vida bajo el hechizo de la metamorfosis encantada. Es maestra del verso libre, tendencia que a simple vista no obedece ninguna regla métrica, pero que desentona y mortifica cuando carece de emoción y ritmo.

No puede haber ritmo en la poesía si el ritmo no se lleva en el alma. Además, la brevedad fascinante con que la artista cincela sus versos se hermana con la brevedad del colibrí, el milagro alado de los vientos.

Con esa brevedad ha fabricado sus tres libros. La poesía tiene poder de síntesis, pero la síntesis no puede ser válida si carece de profundidad y belleza. Las publicaciones de Inés Blanco se destacan por su elegancia y cuidadosa confección editorial.

No sólo es ella artesana de la palabra sino la directora artística de sus propias ediciones, y como tal le señala pautas a la casa impresora, ejerce vigilancia implacable de los textos y las carátulas, y sufre cuando algo sale imperfecto. Dicho en otras palabras, se entrega a sus libros como lo que en realidad son: sus hijos espirituales.

Oportuno señalar este don estético para entender por qué los títulos de sus obras y de muchos de sus poemas han sido, por lo certeros y expresivos, el resultado de severas pesquisas. Tal, por ejemplo, el rótulo de su segundo libro: Piel de luna. Tal vez no ha habido poeta en el mundo que no le haya cantado a la luna como fuente de inspiración, ni enamorado que no haya buscado en ella la fuerza magnética para sus cuitas y ansiedades.

Piel de luna es metáfora afortunada, metáfora que se vuelve mujer y pasión. La autora se oculta a veces bajo el seudónimo insinuante de Luna de Abril, nombre poético con el que ha querido proclamar el mes de su nacimiento –que tiene a Aries como signo zodiacal generador de fuego, energía y creatividad– y de paso compenetrarse con la luna como astro del amor.

Su tercer libro, alrededor del cual estamos esta noche reunidos, recibe otro nombre elocuente: El tiempo y la clepsidra. En él la poetisa insiste en el hallazgo de sus caminos, sólo que esta vez pone mayor acento en la melancolía, la soledad, la ausencia, el olvido y la muerte, como lo expresa en el poema Búsqueda incesante: «Así, oculto entre latidos breves, compartías mi lecho primigenio y esta búsqueda incesante de encontrarnos, cara a cara con la vida, trecho a trecho con la muerte».

Inés Blanco es la sensible tejedora de los sentimientos del hombre en todas las temperaturas de la emoción. Sabe medir la vida, gota a gota, como si el tiempo se deslizara por la clepsidra de su propia existencia. Resalta las conquistas y placeres del amor con la misma densidad con que pinta el dolor y la nostalgia, el desencanto y el vacío, la amargura y la desilusión, ya que los sentimientos son tornadizos, como es cambiante la naturaleza humana.

La música que lleva en el espíritu le permite percibir las resonancias del mundo y las pasiones del hombre, que luego interpreta con palabras enamoradas, como un himno a la vida. En todos sus libros surge palpitante el tema eterno del amor, movido a veces por delicado erotismo, siempre luminoso, porque ella sabe que sólo con amor es posible vivir.

Bogotá –Casa de España–, 19 de agosto de 1999.

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Un veterano encuentra su destino

miércoles, 11 de enero de 2012 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

(Prólogo de la novela de César Hincapié Silva)

Cuando hace treinta años llegué a Armenia conocí a César Hincapié Silva como inquieto personaje de la vida municipal. Acababa de crearse el departamento del Quindío y él había sido el primer jefe de la Oficina de Planeación, y por lo tanto, protagonista de los planes iniciales del desarrollo regional, que por aquellos días hacían destacar al Quindío en el concierto nacional, por su estructura administrativa y su impulso creador, como el «departamento piloto de Colombia». El joven abogado de la Universidad La Gran Colombia, especializado en España en Derecho Económico y Seguridad Social, también había adelantado en Brasil una maestría en Administración y Planeamiento, títulos con que comenzó a trabajar por la prosperidad de su tierra.

Después ocupó algunos cargos en la capital del país y allí mismo regentó la cátedra en distintas universidades. Radicado de nuevo en el Quindío, se consagró al ejercicio de su profesión, con presencia activa en la vida pública de la comarca, como conferencista y autor de interesantes artículos en los medios de comunicación. Sus intervenciones suscitaban polémicas y despertaban interés en la comunidad. Este contacto con los problemas de su tierra lo vinculó a la actividad política, y a la vuelta de los años lo llevó a ser concejal de Armenia y diputado a la Asamblea del Quindío.

Cuando en 1993 publicó el libro El camello de la Planeación, importante estudio que se convertiría en manual de consulta, el autor revalidaba los viejos conceptos aprendidos en Sao Paulo y practicados en el naciente departamento del Quindío. Y había algo más: fuera de tratarse de una obra escrita para eruditos en el tema, nacía con este libro una serie de publicaciones que el autor trabajaba en silencio, y que iban a descubrir al humanista que se escondía bajo la piel del político, del abogado y del economista que todos identificaban en las calles apacibles de la ciudad.

Dos años después aparecía un libro revelador de la capacidad de estudio del autor, obra valorada como aporte sustantivo para interpretar la historia quindiana bajo los enfoques de la sociología y la economía. Se trata de Inmigrantes extranjeros en el desarrollo del Quindío, investigación seria y documentada que nadie había acometido, sobre el poblamiento de la región con diferentes razas y culturas que fueron determinando un estilo social. Desde tiempos remotos, esas corrientes migratorias se vincularon en tal forma al desarrollo de la región, que son hoy parte fundamental de la idiosincrasia quindiana. Esto, de paso, explica por qué el Quindío es tierra abierta y cosmopolita, donde nadie es extraño y todos son bienvenidos como motores del progreso.

Algún día me encontré con un cuento de Hincapié Silva en el periódico La Crónica del Quindío. Se trataba de una narración amena y picante que se movía en el ambiente pueblerino, y no me costó trabajo descubrir que ese pueblo sosegado, y más tarde centro floreciente, era Armenia, escenario ideal para poner a trabajar la imaginación de los escritores. Era la primera noticia que yo tenía sobre la vena cuentística del autor.

A poco andar de aquel hallazgo inesperado, varios cuentos más de su autoría salieron al aire en las páginas del diario quindiano. Sin duda, la cosecha estaba en maduración y había llegado la época de la recolección, como acontece con los granos de café. Esos relatos, extraídos del diario acontecer de la comarca, rescatan con humor e ironía sucesos curiosos y memorables bajo el ropaje de personajes comunes. Y como el nuevo cuentista quindiano es hombre de empresa y acción, en 1997 recogió esos episodios en el libro Cuentos sobre el tapete.

* * *

Ahora lo tenemos de novelista. Para el narrador que hay en Hincapié Silva, pasar del cuento a la novela es un tránsito natural, o por lo menos atractivo. Son dos géneros que en alguna forma se hermanan –»contar cosas»–, pero que tienen sus propias reglas y sus propias complejidades. Visto de otra manera, el buen cuentista puede ser pésimo novelista, y viceversa. Aunque se presentan las dos condiciones a la vez, también en ambos sentidos. En fin, al amigo le ha dado por ser novelista, y debemos celebrar su arrojo.

Líbreme Dios de pretender ser crítico literario, y escuche César, que ha tenido la generosidad de pedirme unas palabras de presentación de su novela, este criterio: en literatura todo es válido, y la única falla es dejar de escribir. Hay que escribir pensando siempre en el lector y menos en los críticos, porque aquél es el único juez verdadero.

Máximo Gorki expresa lo siguiente: «Soy un amante de los libros; cada uno de ellos me parece un milagro y el autor un mago. Un libro es un fenómeno de la vida, del mismo modo que lo es el hombre». Gorki, que aprendió a escribir sin más maestros que la lectura insaciable de los clásicos –sobre todo los franceses– y que enriqueció la imaginación con las impresiones que recibía de su trato con la gente y de su observación de los problemas sociales, pinta en sus obras, con crudeza, la miseria de las clases bajas de la Rusia zarista, y dejó preciosos consejos sobre el arte de escribir.

Objetivo primordial de la novela es dibujar la vida. Toda novela, en esencia, debe ser una obra de historia. Y la historia abarca todas las circunstancias que rodean la existencia del hombre, desde la cuna hasta la muerte, y desde las guerras y los conflictos sociales, o la pintura de pueblos y entornos familiares, o la descripción de personajes y en general de los seres humanos, hasta la hondura de los sentimientos y la intimidad de los paisajes interiores. Por eso, el novelista debe ser el mayor historiador del hombre y del tiempo.

Regla fundamental para el novelista es no escribir sino sobre lo que ha vivido o presenciado. De lo contrario se saldrá de la realidad, y ya se sabe que la realidad, así sea presentada con hechos ficticios o en ambientes surrealistas, debe ser probable para que sea valedera. La novela de César Hincapié Silva, Un veterano encuentra su destino, describe con autenticidad los hechos de su historia. Encara un conflicto de la actualidad colombiana, el del narcotráfico, y esto la hace sugestiva.

El relato despierta interés desde las primeras páginas por la acción ágil como se mueven sucesos y personajes, lejos de retruécanos literarios y con el uso de lenguaje sencillo y directo. Al lector de novela le interesa ante todo que el relato fluya, despierte expectativa y sea de fácil comprensión, y por eso mismo huye de los tonos doctorales y los pasajes pesados u oscuros.

Peñas-Frías, escenario principal de los acontecimientos, que el novelista localiza cerca de Armero, es un pueblo perdido en escarpado lugar de la cordillera, que languidece en medio de la soledad y el abandono. Una carretera intransitable mantiene detenido el progreso local, y los dirigentes de la población, apabullados por el desamparo y el tedio enfermizo, no encuentran la manera de solucionar las miserias crónicas. Los movimientos sísmicos producidos por el Nevado del Ruiz estremecen la vida pueblerina y la penetran de inseguridad y miedo. Es un pueblo muerto, donde asusta el silencio.

Entre tanto, los notables de la comunidad, personajes lerdos y fosilizados, recorren las calles como sombras huidizas. Lucas Huertas y Manrique, el alcalde, se ha adaptado a todo y no mueve un dedo para quebrar la monotonía. Santiago Sallas, el notario, sólo piensa en sus tarifas en declive. Joaquín Lagos, el barbero, propala los chismes de la clientela y aviva la insatisfacción resignada del vecindario. Tarcizo Chávez, el concejal, trata de romper el marasmo colectivo, pero sus protestas no encuentran eco. Bernardino Pedroza, el cura, tacaño y esclavo del dinero, y por añadidura fanático y vociferante, se queja de las limosnas escasas.

¿Qué pueden esperar estas poblaciones sin esperanza que se derrumban entre la resignación y el hastío insalvables, manejadas por dirigentes ineptos y habitadas por almas apocadas? ¿Qué sociedad puede sobrevivir a merced de la pobreza, la explotación y el cretinismo?

Peñas-Frías es cualquier pueblo de Colombia. El novelista ha creado su pueblo imaginario –pero cierto–, que lo mismo puede ser su propia tierra nativa o el más escondido rincón de provincia. Ha erigido este prototipo como símbolo de la mediocridad social, y en medio ha situado a personajes de carne y hueso que pueden identificarse con los que existen en cualquier localidad.

Cuando en Peñas-Frías se radica Esteban Altagracia, traficante de narcóticos, la vida se transforma. Todo está dado para sembrar la revolución en aquella comunidad somnolienta. El propio cura le ha vendido, a precio de ambición, la tierra para los cultivos ilícitos. Altagracia hace reconstruir la carretera, por la que en poco tiempo circulan caravanas de turistas entre las que se camuflan los personajes más extraños: aventureros, especuladores, tahúres, prostitutas… Comienza el lavado de dinero en grande, a ojos vistas de la población. El alcalde se une con el mafioso, el barbero aumenta sus tarifas, el notario remodela su oficina, el cura pondera el adelanto conseguido en tan poco tiempo, el concejal Chávez adelanta un juicio público contra el narcotraficante, y se queda solo…

La bonanza marimbera invade al poblado y anestesia las conciencias. Coca, heroína, toneladas de billetes… El progreso llega en volandas. Altagracia es ahora el amo y señor del pueblo. Se le condecora, por supuesto, como el gran benefactor público. Esta prosperidad relámpago hace brotar toda clase de negocios populares: almacenes, restaurantes, cantinas. Los bienes se multiplican y el dinero se enseñorea de la vida municipal. Alguien proclama: «Un milagro de Dios».

En otro ángulo de la novela se mueven el fiscal, la abogada de la Procuraduría y el agente de la DEA. Son fuerzas silenciosas que luchan contra el avance del narcotráfico y por lo tanto se enfrentan a un problema descomunal. Yesid Cifuentes, el fiscal, es el intelectual preocupado por la evolución social y cultural de los países del mundo. Patricia Brunel, la abogada, es la lectora apasionada que matiza el ejercicio de su cargo con obras clásicas de la literatura universal.

Y Leonard Sicard, el agente de la DEA, veterano de la guerra del Vietnam, libra en varios países una guerra implacable contra el narcotráfico. Estos mundos yuxtapuestos, el de los negociantes de narcóticos y el de los funcionarios judiciales, han incitado a César Hincapié Silva a tramar un argumento novelístico de palpitante interés.

El propio novelista, como abogado e intelectual, parece que se reflejara en algunas facetas de sus personajes y sus ambientes. El escritor de narrativa, muchas veces sin advertirlo, suele refundirse en el alma de sus criaturas literarias. No hay duda de que Hincapié Silva conoce a fondo el tema que trata. Es un tema nacional y universal que todos conocemos, pero sólo el escritor logra trasladarlo como memoria para las futuras generaciones. Es aquí donde se cumple la función del novelista como testigo del tiempo.

Un veterano encuentra su destino es, por otra parte, novela con fondo romántico en medio del bazar de las drogas y la corrupción del medio ambiente. El amor, que todo lo puede y todo lo ennoblece, parece que iluminara estas páginas infestadas por las yerbas malditas y sacudidas por el volcán desafiante. En medio del turbión de los vicios públicos, de la concupiscencia del dinero y del envilecimiento de la comunidad,  brilla el amor como el sol maravilloso que dulcifica la vida. Novela de amor donde no falta la frustración amorosa, que relampaguea al final de la obra como si se tratara de uno de esos idilios inmortalizados por Beatriz y Laura, heroínas sublimes de Dante y Petrarca.

El real personaje de esta novela es, para mi gusto personal, Peñas-Frías, pueblito fantasma que se convierte en eco de la conciencia nacional y de la conciencia individual de los colombianos. En él está representada la comedia humana, con sus miserias y grandezas.

Cuando por las calles de la población discurren los miembros de la pequeña sociedad, plantean sus problemas y desencantos y aceptan las soluciones fáciles sin importarles la perversión de la moral pública, es como si las mismas personas, transmutadas a otro ambiente, vivieran en el centro más populoso y allí se ocuparan de sus cotidianos quehaceres. La conducta permisiva que se vivió en el rústico poblado es la misma, guardadas proporciones, que impera en las grandes ciudades. Nada cambia, porque el hombre es igual en todas partes.

La naturaleza circundante, formada por montañas abruptas y amenazada por el volcán que estallará a cualquier momento, como en efecto sucedió, es otro personaje vital de la novela. Cuando la furia del volcán arrasa con la región, puede decirse que es la misma ira de Dios la que castiga al hombre para señalarle el camino acertado. ¿Peñas-Fría fue borrada del mapa por la fuerza sísmica? Los pueblos míticos –como Comala de Juan Rulfo, Tipacoque de Caballero Calderón o Macondo de García Márquez– nunca desaparecen. César Hincapié Silva ha creado otro pueblo mítico en el alma de la cordillera, sujeto ahora a una metamorfosis transitoria, que el novelista describe en estas palabras:

«En Peñas-Frías, la huida de los murciélagos fue evidente y numerosos  habitantes observaron este hecho con curiosidad… Los murciélagos, después de la calma, regresaron con oportunismo; merodearon entonces por esos lugares extraños, en donde ya nada quedaba y todo tendría que volver a nacer. Era el paisaje gris oscuro suspendido, en el cual se sentía la presencia de la muerte, como si en ese sitio terminara ese microcosmos”.

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