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Rafael Azula Barrera

miércoles, 11 de enero de 2012 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Sobresalió en el país como uno de los hijos más ilustres del departamento de Boyacá en el presente siglo. Pero su muerte, a la edad de 86 años, ocurrida en plena Navidad, apenas fue notada por pocas personas. Había nacido en octubre de 1912 en la pintoresca población de Guateque, cuna de otros hombres célebres, como el presidente Enrique Olaya Herrera y los escritores Eduardo Mendoza Varela y Darío Samper Bernal. Fue un enamorado de su tierra nativa, cuyo nombre indígena tradujo, en buen romance, como «rey de los vientos».

Rafael Azula Barrera, abogado, político, parlamentario, ministro, diplomático, académico, y ante todo hombre de letras, se había dedicado en los últimos años al ejercicio silencioso de la escritura y a su labor como miembro de la Academia Colombiana de la Lengua.

De la Academia Boyacense de Historia era miembro honorario, y en ambas tuvo alta figuración. Su título en derecho se lo otorgó el Externado de Colombia, cuya Revista Jurídica dirigió durante varios años. Además fue fundador de la revista Bolívar y director del semanario El Vigía en la ciudad de Tunja, órganos  en que dejó profunda huella.

En la vida pública nacional fue miembro del Congreso por el departamento de Boyacá, secretario general de la Presidencia de la República en el gobierno de Mariano Ospina Pérez –habiendo estado presente en los sucesos del 9 de abril, donde actuó con alta dosis de inteligencia y serenidad–, ministro de Educación Nacional y de Industria y Comercio, embajador en Portugal y Uruguay, embajador extraordinario en misión especial en España.

También fue director del Instituto Colombiano de Cultura Hispánica. Esta diversidad de actividades en los campos de la política, la administración pública, la diplomacia y la cultura del país estructuró al hombre de talento y visión, ecuánime y emprendedor, atento al desarrollo de la democracia y comprometido con los valores fundamentales de la patria.

Como escritor deja obra de alto contenido ideológico y rigurosa confección estética. Como purista del idioma poseía el don de la prosa ondulante y poética que no sólo expresa bellas imágenes sino que transmite ideas claras y convicciones firmes. En sus ensayos se aprecia el estilo castizo y elegante que se extraña entre los llamados hombres de letras de los nuevos tiempos, que andan de afán y sin profundidad por el mundo convulso que no les permite, o ellos no lo buscan, el talante suficiente para romper la mediocridad y elaborar una obra valedera.

A Rafael Azula Barrera hay que definirlo como humanista íntegro. Nunca descansó en la búsqueda de la perfección idiomática, animado por su fulgor intelectual. Su pensamiento es preciso, sin esguinces ni falsas pedrerías. Se adentró en los procesos de la historia y en los conflictos de la sociedad, de la misma manera que escrutaba el universo de las letras y los paisajes cromáticos de su Valle de Tenza. Todo esto lo acredita como el boyacense y el colombiano cabal.

Bogotá, 7-I-1999.

 

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César Hoyos, nervio de la provincia

miércoles, 11 de enero de 2012 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

La elección de César Hoyos Salazar como presidente del Consejo de Estado reviste varias connotaciones. Figura notable del Quindío, allí sobresalió como brillante profesional del Derecho, catedrático universita­rio, líder cívico, director de Fenalco, Alcalde de Armenia por elección popular (1989-1992). Cuando hace tres décadas lle­gué al Quindío como gerente de un banco, él era secretario de Gobierno del municipio de Armenia y más tarde me asesoraría como abogado de la en­tidad.

Cumplido un ciclo exitoso de servicio a su tierra, resol­vió venirse a la capital del país en plan de superación y con­quista.

Aquí ocupó la dirección ju­rídica de la Federación Nacio­nal de Cafeteros, donde –como habitante de una región que siempre ha vivido comprometi­da con la suerte del que fuera producto estrella de la econo­mía nacional– supo representar a su provincia con lujo de com­petencia.

La llegada de Hoyos Salazar al Consejo de Estado no fue fá­cil. Y sí muy significativa. Su nombre, entre los aspirantes al cargo, era un nombre más que procuraba abrirse campo en los altos estrados de la magistra­tura. No había seguido la ca­rrera judicial, pero poseía clara vocación jurídica y fir­me disciplina de estudio.

A sus entrevistadores les dijo que sería una garantía para la en­tidad, porque su carácter de hijo de provincia –que está ligado a deseos de progreso en la metró­poli–, su vida moral y ética y su consagración a las leyes le per­mitían aportar buenas dosis de rendimiento. Como se dice en lenguaje apropiado, vendió bien su ima­gen.

Esta legítima vanidad le abrió las puertas de la corpora­ción. A ella se presentó sin pa­drinos y con el respaldo de sus méritos. Y triunfó. Al poco tiempo era el presidente de la Sala de Consulta, y allí mostra­ría sus dotes de riguroso inves­tigador y de acertado intérprete de jurisprudencias. El reto final en el Consejo de Estado: con­quistar la presidencia de la en­tidad, lo ganó a pulso. Su nom­bre, tras las exigentes confron­taciones a que da lugar una elección de esta naturaleza, fue ganando adhesiones entre sus colegas y a la postre fue el triun­fador.

Entusiasma este hecho como resultado del esfuerzo, la ética y la idoneidad.  Por lo general, al servicio público se llega por la fuerza de las pa­lancas y la suerte de las opor­tunidades. Mientras más padrinos, más posibilidades de éxito. La efi­ciencia no es lo que más cuen­ta. Por eso, hay tanto fracaso, a veces bochornoso, en la ad­ministración pública.

El ascenso de Hoyos Salazar honra a su tie­rra nativa. Pero también debe considerarse como un triunfo de la provincia colombiana. Y por encima de todo, como el mérito personal de quien hace pocos años se propuso conquistar la capital del país. En los últimos tiempos no ha sido afortunado el Quindío en la designación de su gente para ministerios y al­tas posiciones del Estado. En cambio, lo ha sido para el cam­po de las leyes. Los abogados, en este caso concreto, sacan la cara por el Quindío y compiten con otras regiones con la pre­sencia de sus hijos destacados. Enhorabuena.

La Crónica del Quindío, Armenia, 26-II-1999.

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Una misa por Medina

miércoles, 11 de enero de 2012 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Mi vecindad con la funeraria Gaviria y el templo de Cristo Rey me permitió estar presente en las exequias de Santiago Medina. Nunca lo conocí en persona, pero su sonada y turbulenta actuación de los últimos años, como uno de los protago­nistas más importantes del proceso 8.000, se convirtió en motivo de interés para escudriñar su vida y su enigmática perso­nalidad.

Yo había leído el reportaje que conce­dió a Semana, reportaje con buenas dosis de aplomo y reflexión ante la muerte que él veía llegar, y de esa lectura deduje que aquél era su último acto público. Todo cuanto tenía que decir, y ya lo había di­cho en otras oportunidades, estaba con­tenido en la entrevista de Semana.

Aun­que otros actores del mismo proceso controvirtieran y continúen controvirtien­do sus confesiones ante la justicia, mer­ced a las cuales se abrió este juicio histó­rico, lo cierto es que Medina dijo la ver­dad. La gran verdad sobre la infiltración de dineros en la campaña de Samper.

Si las cosas han de mirarse con buena óptica y sentido recto, Medina murió por la verdad. Se le imputa el que como tesorero de la campaña presidencial hu­biera sido el enlace para la consecución de dineros corruptos ante los Rodríguez Orejuela, pero esto no le resta mérito a su actitud valiente de denunciar a sus anti­guos socios y sacar a la luz pública secre­tos que de otra forma hubieran seguido ocultos.

Por su confesado delito tuvo que irse a la cárcel, primero a la Modelo por cuatro meses y luego a la reclusión en su propio palacio debido a su delicado estado de sa­lud. Por ese palacio desfiló la flor y nata de la clase privilegiada del país en la vida de los negocios, la política y la jet set. Cuando era hombre de actualidad y poder, todos lo buscaban, lo lisonjeaban y lo disfrutaban. Hasta el propio Galán lo llevó a sus filas como directivo de su mo­vimiento; luego sería el tesorero del Parti­do Liberal, aplaudido y ratificado, y más tarde ocuparía el mismo cargo en la cam­paña de Samper, donde cayó abatido por la desgracia.

Prisionero de la opulencia, terminó sus días amargado y enfermo, y además soli­tario, en el palacio dorado que todos fre­cuentaban. Sus antiguos amigos políti­cos no iban a visitarlo porque lo conside­raban traidor. Tampoco era fácil hacerlo (aunque esta circunstancia era allanable): vivía custodiado por guardias, y ya no daba cocteles ni prodigaba favores. Por otra parte, no quedaba bien que se les viera en compañía de un delincuente. Había que alejarse de él como si padeciera una en­fermedad contagiosa.

La audaz cámara de televisión que, burlando cercos y prohibicio­nes, logró entrar Jaime Bayly a fi­nales de 1997 en la residencia del magna­te prisionero, desentrañó no pocas ver­dades sobre los caóticos sucesos que lo tenían privado de la libertad y víctima de una enfermedad grave y progresiva. Por esos días se había puesto en circulación el libro de Medina La verdad sobre las men­tiras, el cual, aunque pueda tener exageraciones, es el yo acuso de este sórdido capítulo de la política colombiana.

Algo me dice que Santiago Medina murió en paz con su conciencia. Pero frustrado de sus amigos y desolado ante la vida. No hay mayor infortunio que el de quedar reducido a nada en medio de una suntuosa mansión dominada por la sole­dad y azotada por la ingratitud humana.

En los funerales se vio la ausencia total de los políticos. Reflejo dramático de la gran farsa que se llama la política. Creo que el testimonio de este pobre rico, me­recedor de lástima y también de perdón, le va a servir a Colombia. Yo recé en sus exequias una oración por su alma y por­que se esclarezca la verdad.

La Crónica del Quindío, Armenia, 7-VI-1999.

 

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Cuestiones idiomáticas (2)

miércoles, 11 de enero de 2012 Comments off

Hobby

(El Espectador, 27-VI-1996)

Gonzalo Mallarino, en su artículo Los caballitos de batalla y la vejez, se recrea con la palabra hobby, que no ha ingresado aún al Diccionario Mayor. Por ser un extranjerismo de la lengua inglesa, Mallarino escribe el plural: hobbies. Sin embargo, tratándose de palabra de uso corriente en nuestro idioma desde hace mucho tiempo, cabe pensar que la Real Academia se encuentra en mora de ingresarla al Diccionario. Siendo el habla común la que sanciona los nuevos vocablos, en este caso evidente podemos castellanizar el hobby, sin temor, y asignarle el plural de nuestra propia lengua: hobbys (lo mismo que el de brandy es brandys, y el de whisky, whiskys).

Manuel Seco, en la última edición de su Diccionario de Dudas, manifiesta lo siguiente sobre el término hobby: «Es palabra inglesa que en español se usa como nombre masculino, se pronuncia corrientemente /jóbi/, y se le da el plural hobbys (el plural inglés es hobbies). Como es voz útil y frecuente en nuestro idioma, el lingüista colombiano Luis Flórez propuso, con acierto, que se españolizase en la forma jobi”. Gustavo Páez Escobar. 

Fe de erratas

(El Espectador, 25-IX-1996)

El lunes amanecieron alborotados los duendes del computa­dor, y por eso en la edición de ayer se fueron los siguientes erro­res, por los cuales ofrecemos disculpas:

A Rocío Vélez de Piedrahíta se le rebeló una poetiza, que cambió la ese por la zeta.

En la columna de Cristo García Tapia hubo varios resbalo­nes: a don Alonso Quijano le cambiaron el apellido por Quijana; la congrúa subsistencia, con tilde, hiere el oído; a Faulkner le encimaron una i: Faulkiner; la tilde que sobra en fé le hace falta a qué: «Que un escritor no tenga nada qué decir»… «no habiendo nada más qué decir» (hay que diferenciar el que relativo del qué interrogativo).

La página del Jet Set registra el matrimonio de John Kennedy como una boda al escondido. Lo correcto es a escondidas, locu­ción adverbial que significa sin ser visto.

Además, en el Jet Set se publicó una foto sobre las damas ho­menajeadas por la Liga Contra el Cáncer y en ella se reseñó a do­ña Ana María de Busquets Cano, cuando en realidad es doña Ana María Busquets de Cano.

A don Gustavo Páez Escobar le agradecemos que nos hubiera hecho caer en la cuenta de la mayoría de estos errores.

Visconversa

(El Espectador, 27-X-1996)

En la edición del 16 de octubre, en Día a día, se habla de la visconversa. Fea palabra. Aparte de fea, no figura en los diccionarios. Sin darnos cuenta, en el habla culta se en­trometen vocablos que no son de grato sabor.

En la sección Así va el mundo, que a veces se inserta en la página editorial, desplazando a columnistas de opinión, el titular del despacho internacional habla de la hor­miga que agrede a otros animales. Agredir es verbo defectivo que sólo se usa en las formas que tienen en su desinencia la vocal i: agredí, agredía, agrediré. Gustavo Páez Escobar.

N. de R. Nuestro cordial amigo, si que también atildado columnista, califica de fea la expresión visconversa, que aun cuando no tiene estirpe académica ni figura en el Diccionario de la Lengua, mucho se usa. No olvidemos que el señor Miguel de Unamuno decía que al idioma hay que dejarlo correr, como el agua, sin obstáculos. Las palabras, las expresiones, no son como las reinas de la belleza. Hay que ir a su íntima significancia. Gracias por su colaboración.

(Han pasado 14 años desde la anotación anterior –estamos en julio de 2011– y el término visconversa no ha ingresado al Diccionario de la lengua española, ni al Diccionario panhispánico de dudas. GPE)

El hacha

(El Espectador, 2-XI-1996)

Perdonen mi intromisión, pero voy a señalar un error en edición de la semana pasada: en uno de los Microlingotes se lee: La hacha también es muda. Lo correcto es el hacha. Aunque el sustantivo es femenino, la regla gramatical establece, por razón de eufonía, el uso del artículo en masculino (el, un) cuando la primera sílaba del sustantivo femenino empieza por a o por ha acen­tuadas: el agua, el águila, el hacha. Una de las pocas excepciones es la del nom­bre de las letras: la a, la hache. Caprichos del idioma: es correcto la hache e in­correcto la hacha. Gustavo Páez Escobar.

Fe de erratas

(El Espectador, 9-XI-1996)

Recibimos la siguiente misiva de nuestro colaborador Gustavo Páez Escobar, sobre dos errores ortográficos en nuestra sección editorial, por lo que ofrecemos disculpas a nuestros lectores con el compromiso de que en lo posible no volverá a suceder:

«La letra h amaneció hoy (ayer) domingo haciendo travesuras por los predios de los directores, con el ojo permisivo del corrector. Vea­mos: (renglón 13)… ‘porque ha ambos parece’… Aquí hay que fusilar la h.

“Nunca en domingo: (renglón 44)… ‘los colombianos, ¿ha?’… Aquí hay que invertir la h: ¿ah? Sobre el vocablo ha, dice Manuel Seco: ‘En el Dic­cionario de la Academia se registra también la grafía ha, pero no se ad­vierte que tal grafía es anticuada y hoy no se admite. Y Femando Co­rripio: ´Forma del verbo haber (llegó ha tiempo); no debe confundirse con la interjección ¡ah!».  Gustavo Páez Escobar.

¿Los Cano o los Canos?

(El Espectador, 23-III-1997)

En mi concepto, ambas expresiones son correctas, según como se usen. Pero Sófocles es de otra opinión, y así lo manifiesta: «Eso de usar los apellidos en singular con artículo plural es una ventolera nueva que, en mi modesta opinión, aparece después de la invasión de películas gringas en nuestra televisión: los Clinton, los Turner, etc.«.

Por lo tanto, Sófocles no está de acuerdo con la siguiente norma del Manual de Redacción de El Tiempo: «Los apellidos hacen el plural con la s final cuando se hace referencia a una dinastía (los Capetos, los Estuardos) o cuando se quiere referir a los que tengan o hayan tenido ese apellido (los Garcías de Colombia son millones). Pero si la referencia se limita a los miembros de una familia, el apellido irá en singular (los Pastrana están metidos en política desde 1950)».

Con perdón de Sófocles, creo que la costumbre –la gran maestra del idioma– tiene establecida desde mucho tiempo atrás la regla fijada por El Tiempo. En la obra La fuerza de las palabras, del Reader’s Digest (1977), se dice que «los apellidos se usan siempre en la forma singular en el trato diario, y los plurales han quedado relegados, si acaso, al lenguaje literario, o mejor dicho, sólo los vemos ya empleados en los autores clásicos. En la conversación se dice habitualmente: los García, los Varela, los Galindo». Gustavo Páez Escobar.

* * *

(El Espectador, 26-III-1997)

«Cómo así que los García que viven al frente de mi casa son en singular cuando los estoy contando a ellos cinco y en plural cuando termino de contar a todos los demás». Sófocles, El Espectador (93-03-18).

Aquí, que se disculpe otro porque de mi computador salió los Garcías. Aparezco cometiendo el pecado que critico. El columnista Gustavo Páez Escobar aportó un argumento a favor de la singularización de los apellidos basada en el libro La Fuerza de las Palabras, no desconocido por mí; sin embargo, el numeral 2.3.5.b) del Esbozo de una Nueva Gramática de la Lengua Española, que no transcribo por falta de espacio, califica esa costumbre como impropiedad.

* * *

(El Espectador, 8-V-1997)

Apoyado en Esbozo de una Nueva Gramática de la Lengua Española, Sófocles insiste en su concepto de que los apellidos deben ir en plural para observar las reglas de la concordancia. La citada obra, que lleva más de veinte años de depuración, es todavía un proyecto de la Real Academia para una nueva edición de su gramática de la lengua española, y por consiguiente carece de validez normativa. El uso ha consagrado el singular de los apellidos, y así lo practican escritores de alta valía. En el lenguaje, todo es cuestión de costumbre y uso.

Afirma Azorín: «Todo es provisional en el idioma; todo es provisional en la gramática». Dice Manuel Seco: «El uso vacila entre la forma común del plural, que es la más castiza, y la forma invariable, censurada por los puristas, pero muy extendida hoy: los Madrazo, los Quintero, los Argensola». Fernando Corripio anota: «Está muy difundido el empleo de la forma invariable: los Trastamara, los Portocarrero». El filósofo español Salvador Fernández Ramírez tiene esta tesis desde 1951: “En el habla familiar suele ser más frecuente el uso de los plurales. Pero la lengua literaria tiende desde época reciente a suprimirlos». Gustavo Páez Escobar.

Payasesco

(El Espectador, 17-VI-1997)

Felicito al autor del artículo Teatro del Absurdo, acto sin palabras, por la siguiente frase: “Expresaron lo fundamental en tono payasesco y estridente”. La palabra payasesco no figura en los diccionarios (menos en el de la Real Academia) y es la primera vez que la leo. Bienvenida esta innovación de la lengua. Las terminaciones esco, esca se utilizan para formar adjetivos del sustantivo de donde provienen. De ahí burlesco, libresco, bufonesco, donjuanesco. Lo mismo que de payaso sale payasada, ¿por qué no admitir payasesco? Eduardo Caballero Calderón, genio del idioma, se hizo esta consideración: si de hablar sale habladuría, no hay razón para que no suceda lo mismo con pensar; y si de esta última palabra se desprende pensamiento, también es lógico que exista el hablamiento, gústeles o no a los académicos. Y escribió un gran libro: Hablamientos y pensadurías. Gustavo Páez Escobar.

(Pues no: a los académicos no les gusta (hasta hoy, julio de 2011) ni hablamiento, ni pensaduría, ni payasesco. No siempre la innovación lingüística, que es uno de los mayores avances del idioma, llega a esos ámbitos. GPE)

Espuria

 (Semana, Bogotá, 18 de junio de 2017)

En la edición n.º 1832, se dice en el artículo ‘Los bienes de las Farc en la mira’ (página 26): “…los bienes de esa guerrilla, que fueron adquiridos de manera espúrea…”. Lo correcto es espuria (que significa “falsa”, “bastarda”). Esta es una palabra traicionera del castellano, y en este error suelen incurrir incluso escritores de prestigio. Parece que quien así la escribe y la pronuncia pretende mostrarse culto, tal vez bajo el entendido de que es incorrecto decir ‘pior’, en lugar de ‘peor’. Es decir, la ‘i’ juega en este caso una mala pasada.

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Las fugas de Dios

miércoles, 11 de enero de 2012 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Germán Pardo García ha ido siempre detrás de la huella de Dios. Una vez exclama, ya en las postrimerías de su vida: «Soy un fantasma que busca a Dios para asirse a su hermosura. ¿Será posible que lo halle como lo miraba en mi niñez?». En estas palabras se advierte su angustia por haberlo perdido, y al mismo tiempo el ansia de encontrarlo de nuevo en su senda de soledad.

La época que se halla más marcada por su lirismo místico es la que va del año 30 al 35, a la que pertene­cen los libros Voluntad, Los júbilos ilesos, Los cánticos y Los sonetos del convite. Éste es el comienzo de su ca­rrera. En 1931 sale para Méjico y allí se queda para siempre. A dicho país ha llegado el místico enamorado de las cosas bellas de la vida en sus más sencillas ex­presiones.

Éste es el tiempo de la contemplación de la natura­leza y del amor por los seres simples. El poeta vive su mejor momento de elevación hacia la divinidad y así se expresa:

Aún no sé cómo ascendí

a los júbilos divinos.

Tan sólo sé que traía

en las manos un don vivo,

de claridades eternas,

hecho de Amor y de Espíritu.

Su visión religiosa le hace conquistar, acaso con superiores acentos a los que pondrá en los demás aspec­tos de su poesía, las mayores creaciones de su alma lírica. Los poemas le brotan envueltos en la belleza espiritua­lizada del ser que todavía no ha chocado con los elec­trones desapacibles de la ciencia. Aquí es donde Pardo García penetra con mayor espontaneidad en las interio­ridades de su alma receptora de emociones estéticas. Las fuerzas de la naturaleza están incontaminadas. Y el es­píritu del poeta, aunque fiel a la desolación de sus pri­meros días, está invadido por la presencia de Dios, el que mueve los árboles y riega de silencio los páramos y de asombro el corazón humano.

Ésta es una confesión de su alma arrobada:

Del corazón y el espíritu

sólo me queda lo eterno.

Morir, para mí, sería

ir hacia lo verdadero.

Detener la voluntad

ante los divinos términos;

ver mi sangre transformada

en luz del costado abierto,

y entre infinitos espacios

y soledades sin tiempo,

quedar de pronto desnudo

como una espada en el viento.

El maestro, enamorado de los mejores dones del mundo, exalta la vida y los placeres como un principio de Dios. La tierra es elemental y no hay que arrebatarle su sencillez. El alma del poeta vibra con el viento, con el paisaje y los animales. ¿Para qué desfigurar el mundo si todo es simple y natural?

Este misticismo sereno transfigura en elemento su­blime el clima amoroso del alma. A Dios, sin mencio­narlo por su propio nombre, lo invoca en cada canto y lo personifica en todo ser viviente y en toda manifesta­ción terrena. En esta etapa se nota su afán permanente de animizar los objetos de la naturaleza. «Lo que da la medida de un artista —dijo Azorín— es su sen­timiento de la naturaleza, del paisaje. Un escritor será tanto más artista cuanto mejor sepa interpretar la emo­ción del paisaje».

Desde esta época del asombro inicial, la esencia de Pardo García se queda pegada a la tierra, y de ésta ad­quiere la savia para toda su producción. El bosque, el musgo, el agua, el pájaro, el can miserable —uno de los mayores símbolos del poeta—, la brisa, el páramo… todo existe como un obsequio de Dios.

En el despertar de su alma mística brotan los versos escritos entre 1915 y 1927, que reunió en dos cuaderni­llos titulados La tarde y El árbol del alba, ya desapare­cidos. En el comentario que hace Germán Arciniegas a Los júbilos ilesos, dice, refiriéndose al librillo El árbol del alba, que éste no circuló por haber sido quemado por el propio autor, quien sin embargo ignora que un ejemplar quedó en poder de Arciniegas como sobrevi­viente milagroso de aquel incendio. Hoy es una rareza bibliográfica. La mayoría de estos poemas se trasladaron al libro Voluntad (Editorial El Gráfico, 1930), con pró­logo de Germán Arciniegas.

En estos poemas primerizos aflora el dolor íntimo de Germán Pardo García, marcado por la soledad, el desengaño, la pasión amorosa, la alegría fugaz. Esta breve producción, de lamento y esperanza, encierra el núcleo de todos sus temas posteriores. La soledad es una constante en toda su obra, pero esta soledad de su pri­mera juventud vive cerca de Dios y se purifica en las aguas de una sombra protectora, que más tarde deja perder.

No tengo fe, y me hace falta creer en Dios, en algo más allá (…) Si yo tuviera Dios, no hubiera llegado a las negras orillas de la tánatos griega, desprovisto de todo auxilio humano. Si supiera, si pudiera rezar, rezaría. ¿Pero a quién, si no creo sino en la materia? Duras palabras de desconcierto con que el poeta, en sus años del desasosiego otoñal, pone un grano de esperanza en la fe perdida.

El maestro, que sin embargo nunca llega a ser ateo, en sus confusiones espirituales deja ir a Dios y más tarde lo reconquista. Luego permite que se escape otra vez para más adelante perseguirlo. Estoy buscando el ampa­ro de Dios y tengo necesidad de saber que existe…

Hay una serie de expresiones desesperadas donde pretende presentarse sin Dios, y que en el fondo sólo son deseos de Él: Yo estoy buscando afanosamente a Dios, otra vez, como me lo enseñaron cuando niño. No me resigno a la desaparición total. Pero sé que no tengo alma (…) No tengo Dios, no tengo eternidad. Sólo la oscuridad y el terror (…) No tengo Dios, no tengo esperanza, y la presencia de la muerte me atribula y enfurece, porque no la considero, como los filósofos ro­mánticos, un tránsito, pero sí una evolución de la ma­teria…

¡Cómo se contradicen estas expresiones, que son casi de enojo, con las proferidas en otras épocas! En ellas parece que hubiera un niño jugando con el Ser Supre­mo. Al explicar en 1943 su libro Sacrificio, anota lo si­guiente: Para lograr todo esto, hago una vida de soledad completa, sin contacto ninguno con el trabajo material. Paso los días suelto por los campos cercanos, creyendo en Dios y en la naturaleza.

Estos altibajos por los ca­minos de Dios han producido hondos vacíos en esta alma afligida que, al extraviarse de su centro de atracción es­piritual, siente que se disloca el universo entero. Las fu­gas de Dios son en Pardo García catastróficas. Cuando advierte su ausencia, el mundo se le borra, el alma se le acobarda.

Y es que el poeta ha sido siempre místico profundo, extraviado a veces en los Principia de Newton, o sedu­cido por Einstein, científicos que le trastornaron la men­te y le enfriaron la fe. Reacciona a veces ante tanta ciencia. En 1988 manifiesta: El verdadero Dios comien­za a dejarse ver en los abismos de mi vida de locura, dolor, angustia y derrota.

El maestro, siempre que pretende olvidarse de Dios, se arrepiente y lo busca en todas partes. El misticismo suyo no es «santurrón ni rezandero», como lo define Javier Arango Ferrer. Es una actitud vigilante del alma abismada ante lo sobrenatural. Y cuando Dios se le re­funde, aparece Cristo, el Cristo humano, el de las penas y las soledades.

En 1986 halla un Cristo negro, «negro como las no­ches de África y del ardiente Senegal». Sabe que el negro de las Américas también está encarnado en su Cristo negro, que dedica al poeta negro norteamericano Langston Hugues.

Y así le canta al Cristo de negros y blancos:

Yo amo a los negros porque sufren

más que los blancos, mucho más,

porque los negros son más hondos

bajo el betún de su antifaz.

Yo amo a los negros porque sienten

más que los blancos soledad,

y entre los ojos tan silentes

llevan la furia de la sal.

………………………………………

Donde hay un negro ya no existe

la esclavitud ni va detrás

de su mirada un pobre perro

que ya no teme al capataz,

porque ese Cristo de los negros

le dio esperanza, inmensidad,

y Langston Hugues en el sepulcro

y Senghor en el Senegal,

saben que el Cristo blanco, el negro,

con su distinta identidad,

con sus dos razas diferentes,

con sus heridas y su faz

dilacerada y supurante,

son una misma humanidad.

Aquí es donde es preciso aproximar al Cristo negro de Pardo García con los Cristos agonizantes de Arenas Betancourt. Uno y otro artista saben que la angustia emana de ese símbolo estremecedor, y por eso en sus obras claman por el hallazgo de una fórmula divina que mitigue el desamparo humano.

Revista Manizales, N° 663, agosto de 1996

 

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