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Inmigrantes en el Quindío

viernes, 16 de diciembre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

He de decir, ante todo, que este libro de César Hincapié Silva, que se titula  Inmigrantes extranjeros en el desarrollo del Quindío (Editorial Quingráficas), me produjo grata sorpresa. Por varios motivos: por ignorar que el autor tuviera la capacidad de rescatar, con la hondura y la seriedad que lo hace, el pasado quindiano alrededor de las corrientes de extranjeros que se vincularon a su historia; por descubrir una serie de hechos y de personas sobre los que no tenía ningún conocimiento a pesar de mi larga estadía en el Quindío; por el enfoque que hace el autor acerca de esta mezcla de nacionalidades que marcaron un hecho social y forjaron el desarrollo de la región.

Este recuento histórico, avalado por documentos y minucioso análi­sis, le imprime a la obra gran proyección. Es valioso aporte para el estudio de la idiosincrasia quindiana por los sociólogos, y motivo de inquietud para la gente estudiosa. No pueden interpretarse las raíces históricas de los pueblos sin considerar a quienes alguna vez estuvieron presentes en su desarrollo. Estos actores del pasado son los que investiga Hincapié Silva y los ubica en su exacto sitio histórico.

Al Quindío llegaron, desde los más lejanos confines del planeta, seres errantes en busca de fortuna y buena suerte.

Algunos siguieron rodando hacia otras latitudes, como aven­tureros de la vida trashumante. Otros compraron una parcela, pusieron un negocio y formaron una familia. Más tarde, miembros activos de una nue­va sociedad, fueron empresarios o co­merciantes en sus localidades, médi­cos o abogados, y también gente del común. Muchos, líderes en diversas actividades.

No siempre se advierte que la trans­formación de los pueblos ocurre por este proceso renovador de personas y de costumbres. A la larga, quienes un día fueron extranjeros son los expo­nentes genuinos de la comuni­dad, a través de ellos mismos o algún descendiente. Las familias se cruzan, y de este intercambio de razas y afectos nacen otros estilos de vida y acaso superiores sistemas culturizantes.

Este libro tiene la virtud analítica de volver al pasado para engrandecer el futuro. Por sus páginas desfilan los inmigrantes que un día se asenta­ron en la tierra quindiana y hoy, en su gran mayoría, son protagonistas del progreso. El autor, que conoce tan bien la esencia de su pueblo, da el punto preciso cuando se trata de va­lorar y reivindicar.

En excelente prólogo, Luis Eduar­do Álvarez Henao anota que «la obra no magnifica ni degrada a familia al­guna. No hay zalemas ni adjetivos, no hay bienvenidas ni rechazos, no hay alharacas ni condenas, no hay vocablos de admiración o agravio, no hay voces de lisonja o de censura, existe un recorrido por la encrucijada familiar que nos antecedió, con la plu­ma del historiador ecléctico que no condiciona el juicio de sus lectores».

Este historiador sorpresivo y sor­prendente que es César Hincapié Silva surge en su tierra como un he­cho nuevo de la cultura quindiana.

La Crónica del Quindío, Armenia, 25-VIII-1996.

 

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La calificación del alcalde

viernes, 16 de diciembre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Ya había escuchado yo, en la capital del país, buenos conceptos sobre la gestión del alcalde de Armenia, Efrén Tovar Martínez. Dicha apreciación queda ra­tificada por la encuesta del Centro Na­cional de Consultoría contratada por El Espectador y el noticiero CM&, la que midió la opinión de la ciudadanía y le asigna al funcionario una imagen posi­tiva del 87%.

Muy bien le va al alcalde Tovar cuan­do este alto porcentaje coincide en señalarlo como eficiente administrador de la ciudad. Cuando a la gente se le pregunta si el alcalde ha cumplido con lo que prometió en la campaña, la respuesta favorable es del 71%. Cuando se quiere saber cuál es el estado de Arme­nia frente a la situación de hace año y medio, el 65% de los consultados dice que mejor, el 22% que igual, y sólo el 13% que peor.

Los únicos renglones adversos de su gestión son los de la seguridad, con el 57% de votos en contra, y el desem­pleo, que llega al 74%, aspectos ambos que, por otra parte, corresponden a la situación general del país. Esto no se opone a que Tovar Martínez busque en su tierra, en lo que le resta de su manda­to, mayores sistemas para atacar ambos problemas sociales.

Los resultados de la misma encuesta en las tres capitales del antiguo Caldas son bastante parecidos. Esto significa que los tres funcionarios compiten en los mismos empeños de progreso regio­nal, y los tres se rajan al mismo tiempo en los campos de la seguridad y el em­pleo. Veremos, en futura medición, cómo mejora o empeora la acción oficial en las tres ciudades.

Bien librada sale, por consiguiente, la zona cafetera en la elección de sus alcaldes mayores. Esto mismo no ha ocurrido en otros lugares del país. Por ejemplo, los alcaldes sacerdotes han fracasado en sus administraciones. Al de Cúcuta se le acusa de bohemio e incapaz y se le abu­chea en pleno escenario público.

Estos confiables termómetros de opinión son convenientes para indicar aciertos y señalar equi­vocaciones. Permiten, por una parte, premiar el esfuerzo, y por otra, dar oportunidad de rectifi­car el camino equivocado. Como los alcaldes se deben a su comunidad y no son soberanos, la propia ciudadanía se encarga de aplaudirlos o, en sentido contrario, condenar sus alcaldadas.

Felicitaciones a Efrén Tovar Martínez por responder a las expectativas y confianza de su gente y demostrar hechos ciertos en bien del progreso de Armenia. Como su periodo va ape­nas por la mitad, los nuevos bríos que han de seguir a esta calificación se traducirán, sin duda, en logros aún más positivos.

La Crónica del Quindío, Bogotá, 30-VII-1996.

 

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El derrumbe

jueves, 15 de diciembre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Pregunta El Espectador en nota edito­rial: «¿Dónde está nuestro Gobierno? ¿Qué hace, fuera de su siesta del poder?». Eso mismo es lo que se pregunta la sana opinión de los colombianos. Mientras en todos los ámbitos crece la insatisfacción, el presidente Samper se obstina en lle­varle la contraria al país. Se nie­ga a admitir su culpa en este borrascoso capítulo de la narcocorrupción, que él venía atizando desde hace mucho tiem­po, y dice que como es el Presidente cons­titucional, no dejará el poder sino el 7 de agosto de 1998.

La patria se derrumba como castillo de naipes. La brecha se agranda, y el único que no quiere darse por enterado del hundimiento progresivo de la nave del Estado es quien tiene la clave y el deber de rescatarla. Por salvar­se él, y de paso proteger a su camarilla palaciega, pretende que todos los demás nos ahoguemos. Los signos evidentes del deterioro ya no permiten más tregua. La propuesta caritativa de López, de permi­tirle a Samper que pase a la historia como reformador de la Constitución, no es sino una fórmula dilatoria.

La economía, todos los días más re­sentida, amenaza con destruir las pocas defensas que nos quedan. Hoy se anun­cia un recorte de $2 billones al gasto del año entrante. Para lograr esa reducción rimbombante, el Ministerio de Hacienda echa mano a varias partidas sociales, en­tre ellas –la más social de todas– el sufri­do salario de los empleados del Estado, a quienes se piensa sacrificar con un reajus­te del 13%, o sea, seis puntos por debajo de la inflación esperada para 1996. Este anuncio inoportuno e impo­pular, cuando apenas comienza el segun­do semestre, va a levantar ampo­llas en las asociaciones sindicales.

El nivel de desempleo ha saltado a un límite angustioso: 11.9%, cuando hace un año era del 9.3%. Esto significa una población de 716.000 desocupados. El mercado de capitales, que en una econo­mía estable representa uno de los mayo­res factores de seguridad, anda postra­do. La negociación de acciones en las bolsas de valores, como natural reflejo de la confusa situación que vive el  país, ha perdido dinamismo.  Mientras crece la inflación y se acentúa la incertidumbre en los campos de la producción, se disparan las tasas de interés y se deteriora la moneda.

Los inversionistas extranjeros, que observan con cautela nuestros problemas económicos y políticos, prefieren no ex­poner sus capitales. El ahorro nacional, termómetro del desarrollo de los pue­blos, también está desnutrido. La finca raíz, la agricultura, la industria, el co­mercio, para no hablar de los menudos negocios que a duras penas permiten la subsistencia de infinidad de hogares des­esperados, reciben el efecto desastroso del país mal dirigido. Cuando se pierde la credibilidad, zozobra la esperanza. Al Presidente no se le cree, y sobre esa base no existe fórmula de salvación. El clamor general del país insiste en su renuncia, pero él prefiere aferrarse al poder inútil. Sin embargo, todavía es posible un acto de grandeza.

La Crónica del Quindío, Bogotá, 6-VIII-1996.

La Crónica en Bogotá

jueves, 15 de diciembre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Serias dificultades tuvo que sor­tear La Crónica hasta lograr, como ocurre hoy, su circulación oportuna en la capital del país. No pocas veces comenté con los directivos del periódico las fallas que en tal sentido se presentaban, y que ellos hacían todo lo posible por remediar. Muy rara vez, en los inicios del periódico,  publicación, el diario llegaba el mismo día al lector de la capital. Por lo general se entregaban números atrasados, que ni siquiera venían completos.

Hoy el sistema de reparto hace po­sible que La Crónica se lea el mismo día de su edición. Un diario atrasado, como sucede con el pan viejo, no sabe bueno.  Por eso se habla, como una fortuna, del pan nuestro de cada día. La noticia tiene que ser inmediata; al día siguiente ya está desplazada por otra noticia. La colonia quindiana en Bogotá ha apreciado este avance significativo y celebra, como he tenido oportunidad de escucharlo en boca de varios amigos, que los aires de la tie­rra cafetera lleguen frescos en las pri­meras horas de cada día.

La presencia constante del Quindío en la capital del país, lograda a través de su periódico insignia, crea lazos de afecto y solidaridad en quie­nes queremos la tierra quindiana, y en mi caso la sentimos como propia. Es como si viviéramos en el propio escenario de los sucesos. El diario nos cuenta al instante lo que allí ocurre. Nos muestra las imáge­nes de la vida comarcana, con sus triunfos, fracasos y luchas cotidianas. Nos presenta, en sus editoriales, columnas de opinión y espacios noticio­sos, la realidad de los sucesos. Enhorabuena a quienes cum­plen la noble labor de informar y orien­tar a la opinión pública.

Es un lujo que el departamento cuente con un diario serio, bien es­crito y en continuo plan de supera­ción. El progreso se manifiesta, como atrás se dijo, en la eficiencia con que circula hoy el periódico en esta capi­tal, como sin duda sucederá en otras ciudades del país. Del escaso paginaje con que arrancó el diario se ha salta­do a un tamaño notable, y por otra parte las ediciones son cada vez más pulcras y de mayor enjundia.

Antes no circulaba los domingos, y ahora se lanzan en esos días las ediciones más esmeradas de la sema­na, con énfasis en la vida cultural. Esto me ha permitido descubrir el nacimiento de un nuevo cuentista, César Hincapié Silva, que viene dan­do muestras de idoneidad en el difícil género legado a la región por el maes­tro por excelencia: Eduardo Arias Suárez.

La Crónica exhibe su identidad y compromisos con la región quindiana. Hay esmero editorial. La crítica so­cial la formula con altura e indepen­dencia. Han desaparecido ciertos lu­nares de los primeros tiempos, y se nota un periodismo más maduro. No puede ser de otra manera: el diario camina hacia sus cinco años de exis­tencia, y esto no sólo da categoría sino que exige responsabilidad e imprime carácter.

La Crónica del Quindío, Bogotá, 28-VII-1996

 

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Treinta años del Quindío

jueves, 15 de diciembre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

El primero de julio de 1966, ante más de 100.000 quindianos que colmaban el Parque de los Fundadores de la ciudad de Armenia, el presidente Guillermo León Valencia, acompañado de nueve de sus ministros, inauguró el nuevo departamento del Quindío. Culminaba así un sueño de 42 años, acariciado sin tregua por estos recios moradores que desde 1924 buscaban su segregación del departamento de Caldas. En la etapa final, tras varios intentos fallidos, la campaña separatista reforzó sus baterías en 1951.

Y fueron necesarios 15 años más para llegar al momento culminante en que se lograba la independencia territorial en virtud de la ley 2ª  de 1966. Esta rebelión en familia no había nacido por un acto de vanidad ni por afanes económicos o políticos sino por el sano deseo de buscar la libertad para forjar el propio destino. La región perteneció en sus orígenes al estado del Cauca, con el que no existían nexos afectivos. Por tal razón, en 1908 pasó a formar parte del departamento de Caldas, donde también se sintió extraña a pesar de los lazos de la sangre antioqueña y de la idiosincrasia cafetera.

El excesivo centralismo caldense, manejado por una estirada clase dirigente que poco miraba a los alrededores, creó a lo largo del tiempo serios motivos de desazón. Con la construcción del Teatro Fundadores en Manizales, a un costo exagerado y como una ofensa grave para los pueblos olvidados, la paciencia provinciana –Quindío y Risaralda– llegó a sus lí­mites.

Al cumplirse 30 años de aquel acto de soberanía, es preciso registrar – en modo alguno como un recuerdo ingrato para los hermanos caldenses– el sentido de coraje y de patria chica que con tesón e inteligencia ejercieron los quindianos durante tanto tiempo, para apegarse más a la propia tierra.

Lo que ellos perseguían, y lo consiguieron gracias a su ejemplar tenacidad, era la demarcación soberana de su pequeña comarca de sueños y luchas, sin depender de voluntades ajenas ni incomodar al vecino. Desde entonces, es admirable la conducta de buena vecindad que el Quindío ha tenido con Caldas y Risaralda (departamento éste que también se independizó en el mismo año).

Para refrendar lo anterior, debe decirse que el quindiano es un ser orgulloso de su estirpe y dedicado con alma y vitalidad al cultivo amoroso de la tierra, por más sinsabores que ésta le causa. El café, que es un mito, ha gobernado siempre su destino, para bien o para mal. Los moradores saben lo mismo de bonanzas que de miserias, y hoy, como ironía en esta efeméride gloriosa, la región pasa por una de sus peores encrucijadas sociales y económicas.

Sin embargo, la gente no renuncia al café ni se resigna a la derrota. Espera que lleguen tiempos mejores. No olvida que la gesta de los quimbayas marca su historia de pueblo batallador y laborioso. Como símbolo de ese carácter erguido, la palma de cera del Quindío, la más alta del mundo, se levanta invencible en el territorio privilegiado, que por algo lleva el nombre de Edén, con su mirada al cielo.

La Crónica del Quindío, Armenia, 2-VII-1996.
El Espectador, Bogotá, 3-VII-1996.
Revista Vía, Nueva York, septiembre de 1996.

 

 

 

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