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Nace un árbol

sábado, 12 de noviembre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

La noticia sobre la muerte de un hermoso pino que se hallaba plantado en  congestionada avenida de la capital despertó sentimientos de solidari­dad en varios lectores de esta columna. El vecindario lamentó la caída del árbol exuberante que le daba vida y donaire a la endiablada avenida que ya no tiene respirade­ros –ni pies ni cabeza–, víctima, como toda la urbe frenética, del sofoco automotor y la contamina­ción ambiental.

Al paso que llevamos, Bogotá será otra Ciudad de Méjico si no frena la invasión de gases letales que en forma inadvertida envene­nan la atmósfera y causan graves afecciones en la salud de los habi­tantes. Más de medio millón de vehículos transitan por nuestras abigarradas calles sin ningún con­trol sobre los exhostos deteriorados –que parecen lanzallamas de impu­rezas–, ni sobre las numerosas empresas contaminantes que emi­ten a sus anchas, con el impulso industrial, chorros de muerte.

Es preciso tomar conciencia eco­lógica para prevenir el desastre que se vive en la capital azteca, ahoga­da hoy por alarmantes índices de ozono que la colocan –como podría ocurrir con Bogotá– entre las ciuda­des más contaminadas del planeta. Allí y aquí la gente padece enferme­dades respiratorias crónicas, que comienzan con ardor en los ojos, fluido nasal, tos y agotamiento.

La protección del medio ambiente de­be ser política fundamental de todo gobernante, y por desgracia ésta se subordina entre afanes de inferior categoría. De ahí la importancia de preservar la vida de los parques y los árboles. Unos y otros languidecen en nuestra ciudad por falta de cuidados intensivos.

Entre los actos de solidaridad que se produjeron alrededor de la muerte del frondoso pino se encuentra la manifestación del director de la CAR. Es una comunicación enaltecedora para su gestión ecológica, y ejemplar para otras dependencias capitalinas que se olvidan del pro­greso civilizado de Bogotá. Ha muer­to un árbol y nace otro. El duelo, así, se transforma en esperanza. Que sean bienvenidos todos los esfuerzos para salvar el alma de la ciudad, como en términos expresi­vos lo anuncia la misiva antes citada:

«Comparto plenamente sus sen­timientos y opiniones sobre los árboles y la importancia que para una ciudad como Bogotá tienen, pues contribuyen a hacer más lle­vadera la vida de tan contaminada urbe. Conjuntamente con la admi­nistración distrital, la CAR ha veni­do adelantando un programa que hemos denominado Bogotá reverde­cerá, cuya meta es plantar cien mil árboles, el cual está en pleno desa­rrollo. Igualmente, por iniciativa del alcalde mayor, está en proceso la constitución de una corporación privada para la protección de los cerros que tendrá como una de las finalidades principales la protec­ción de los bosques y la revegetalización de las áreas depredadas.

“Vale la pena mencionar que el déficit hídrico de la región, el cual está en proceso de agravarse, tiene como una de sus principales cau­sas la deforestación de los cerros y páramos que circundan la Sabana de Bogotá.

«Al manifestarle nuestro pesar por la muerte de su querido árbol, le ofrecemos remplazarlo, para lo cual le rogamos informamos el sitio donde desea plantarlo». Eduardo Villate Bonilla, director ejecutivo de la CAR.

El Espectador, Bogotá, 5-III-1993.

* * *

COLUMNISTA INVITADO

EL ESPECTADOR, 26-IV-1993 

Tras el árbol sustituto

Transcribimos a continuación la carta que envió nuestro columnista editorial Gustavo Páez Escobar al director de la CAR, luego de recibir una respuesta del fun­cionario por su denuncia sobre la caída de un árbol:

«Doctor Eduardo Villate Bonilla, director de la CAR:

“He quedado muy agradecido por los amables términos de su carta N° 00544, que usted me dirige a propósito de mi nota en El Espec­tador sobre la muerte de un árbol en una importante avenida de la ciudad.

“Después de los  interesantes comentarios que formula sobre los programas de reforestación que adelanta la CAR para preservar la naturaleza y oxigenar la vida capi­talina –hecho destacable que me permití divulgar en columna posterior–, usted me ofrece reemplazar el árbol caído en el sitio que le indique. Complacido acepto este obse­quio formidable; el cual es sim­bólico por el mensaje que entraña como tributo al medio ambiente, y también físico por tratarse de un ser vivo: los árboles tienen alma y, por lo tanto, gozan y sufren según el trato que les da el hombre.

“Había demorado la respuesta a su gentil comunicación esperando trasladarme a mi nueva residencia en el barrio Chicó Norte, al lado de la cual, en la zona verde que queda frente a mi alcoba, deseo ver crecer, y además cuidar y contemplar, el árbol sustituto, llamado a ser un gran aliado del escritor».

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El enredo del Seguro Social

sábado, 12 de noviembre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

Un amigo mío, que fue ope­rado con todo éxito en el Seguro Social, se volvió acérrimo defensor de la institución. Se trataba de una cirugía de alto riesgo que él venía aplazando tanto por el temor ante las con­tingencias de la operación, como por su elevado costo, que no hubiera sido inferior a $10 millones en clínica particular. En Colombia, donde la medicina dejó de ser humanitaria para volverse mercantilista, está prohibido enfermarse.

Mi amigo, que no creía en el Seguro Social, al que cotiza hace cerca de 40 años, fue convencido de las ventajas que se le ofrecían. Descartando las colas fatigantes, la incomodidad de las habitaciones, la restricción de las visitas al paciente y otros tropiezos menores, encontró esmerada atención al contar con un cirujano idóneo y eficientes equipos médicos. Este optimismo terminó moviendo mi curiosidad. Como viejo sufragante que también soy de la entidad,  cuyos servi­cios sólo los había utilizado en provincia, en forma esporádica, me di a indagar las bellezas pregonadas por mi amigo.

El exceso de demanda de servicios provoca, sin duda, la conocida congestión del instituto. Llegar al consultorio del médico, entre multi­tudes abigarradas en espacios es­trechos y con el mínimo de comodi­dades, resulta desesperante. Dentro de estas prisas es natural que la medicina se preste a medias. Este gigantismo arrasador le crea la peor imagen a la entidad. La fórmula de pagar algún valor por la consulta no estaría mal si después no se abusara de ella. Se evitarían así infinidad de consultas inútiles. Es­te sistema, a costo mínimo, lo tiene implantado Colsánitas, la mejor organización que existe de medicina prepagada.

Satisfactorio el servicio de urgen­cias, lo mismo que el del laboratorio y el banco de sangre. Y pésimo el suministro de drogas. Hasta medi­camentos corrientes permanecen agotados. Si se trata de una droga de control, es preciso recorrer un camino engorroso para obtenerla. Y además doloroso, si el medicamen­to lo paga (como ocurre con fre­cuencia) el propio paciente. Cuan­do éste es remitido a un especialista, debe concurrir dos veces, en día distinto, ante ventanillas atestadas de público: una para dejar la orden del médico y otra para reclamarla con una firma adicional.

Luego viene lo peor: hay que esperar uno o dos meses para que el especialista lo atienda. Si el enfermo no se muere antes, debe soportar con estoicismo el peso de la dolencia, o buscar un médico particular. Triste situación. Así se desnaturaliza el sentido del Estado como dispensa­dor de la seguridad social.

La filosofía del Seguro Social es excelente. Pero su prácti­ca, deplorable. No hay capacidad, ni económica ni humana, para tanta desmesura. La dilapidación de bienes tiene a la empresa en quiebra permanente. No es raro hallar entre los funcionarios perso­nas hurañas y descorteses, y algu­nas tan prepotentes, que tratan a los pacientes como esclavos. Vi a un enfermo aquejado por fuertes dolores que iba de oficina en oficina en busca de auxilio y nadie le dispensaba mínima atención. Se le miraba con indiferencia y fastidio.

He sacado una conclusión después de la experiencia de mi amigo resucitado: una cosa es la alta cirugía y otra la atención ordinaria. Por eso, al Seguro Social hay que reformarlo. Hay que inyectarle ciencia social. Es deber del Estado. Debe crearse sensibilidad en estos ámbitos del dolor (y no me refiere sólo al Seguro, sino a la generalidad de las clínicas y hospitales), tan carentes de solidaridad y calor humanos.

El Espectador, Bogotá, 20-III-1993.

El cronista de Tipacoque

viernes, 11 de noviembre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

A Eduardo Caballero Calderón le pregunto por Tipacoque. Y él me dice que hace dos años no lo visita. Dos años, pienso yo, son demasiado tiempo para quien tiene su alma en aquel escondido rincón del Chicamocha «donde los hombres, según palabras suyas, son buenos, transparentes y silenciosos como el agua». Sus limitaciones de salud no le permiten desplazarse con frecuen­cia, como en otras épocas, por la polvorienta carretera que los gobiernos han mantenido olvidada, y por la que él tanto luchó en sus notas periodísti­cas.

La vía pavimentada se encuentra hoy a 17 kilómetros de Soatá y a 30 de Tipacoque. Sin embargo, para ade­lantar este tramo y coronar luego la meta de Capitanejo ofrecida por el gobierno de Barco, falta una eterni­dad en este país de las esperanzas rotas y las obras interminables. El cronista de Tipacoque se cansó de protestar. Carlos Eduardo Vargas Rubiano, presente en la tertulia, me dice que es preciso insistir en esta necesi­dad boyacense que abriría caminos de turismo hacia una de las regiones más bellas de Colombia.

El sueño de Caballero Calderón de ver pasar el pavimento por la hacien­da histórica depende sólo de 30 kilómetros. Son los kilómetros más sufridos de la geografía colombiana, como que la obra lleva un siglo de ejecución. Mejor, un siglo sin ejecu­ción (salvo los importantes logros alcanzados por los presidentes Reyes, Olaya y Rojas Pinilla). En otros go­biernos ha caminado a paso de mula. Estos 100 años de soledad boyacense revelan la ineptitud oficial cuando se trata de realizar proyectos grandes para el desarrollo nacional.

También Caballero Cal­derón se cansó de escribir. Abandonó la pluma el día que asesinaron a Guillermo Cano. Su silencio de perio­dista combativo es en protesta con­tra el país violento que él creía superado y que hoy se desangra como vena rota en medio de la perplejidad pública y la impotencia oficial. Desde su apartamento de la capital, convertido en inmensa biblio­teca como un oasis para sobrevivir, trata de sosegar su frustración con la lectura permanente. Desde allí mira con estupor a la Colombia actual dominada por la narcoguerrilla y destrozada por los malos gobiernos y los políticos inútiles.

Al acordarse de sus incursiones por la otra Colombia, la de los conflictos político-religiosos plasmada en sus libros, el escritor pensará que esta tierra está condenada a vivir eterna­mente con el Cristo de espaldas.

Tipacoque, convertido en leyenda lite­raria al igual que Macondo o Comala, es un símbolo del hombre. Del senci­llo hombre de campo que sufre y sueña. La literatura de Caballero Calderón encarna el país pastoril –hoy arrasado por la barbarie– que suda el pan de cada día entre sudores y esperanzas.

Ensañadala violencia en cam­pos y ciudades, el personaje de Tipacoque, preocupado como siempre por los problemas sociales y políticos de la nación, sufre en silencio dolor de patria. Siente que su lucha ha sido estéril. Cosa grave le sucede al pueblo cuando a los escritores públi­cos, dueños de la altura intelectual y moral de Caballero Calderón, les da por callar. Este país de cafres, así llamado por otro insigne colombiano, es irredimible. Por eso vive entre tinieblas. ¿Por qué extrañar que esta carretera fundamental dure 100 años en construcción, y falten otros 100 años para concluirla?

En esta tarde de amistad, en pleno corazón de la urbe fría y deshu­manizada, surge el recuerdo de la provincia remota. Es la Colombia buena, laboriosa  y bucólica que estamos perdiendo a manos de los caínes contemporáneos. La exaltada en las novelas del creador de Tipaco­que. La otra, la desvertebrada por los monstruos de la civilización, es la que mantiene en vela al escritor silencia­do. La que nos carcome el alma como una esperanza perdida.

(Nota: Caballero Calderón murió 21 días después de publicada esta nota –el 3 de abril de 1993–).

El Espectador, Bogotá, 14-III-1993

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Una gran esperanza

viernes, 11 de noviembre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

Nadie duda de las calidades del doctor Jaime García Pa­rra como persona empren­dedora que ha dejado huella de progreso en cuanta posición ha desempeñado. Su vocación de servicio al país lo ha llevado a puestos claves de la economía, las finanzas y la diplomacia, donde ha sobresalido por su criterio gerencial. Se ha mantenido alejado de las vanidades publicitarias y los apetitos burocráticos, sin dejar de poseer una imagen sólida como hombre de Estado, que lo es por excelencia, y una clara identidad como miembro de partido.

Su figura, que se pone de actuali­dad con la exaltación que hizo de sus méritos el doctor López Michelsen, sale prístina a la opinión nacional. Es de esos colombianos recatados y al mismo tiempo brillantes que inspi­ran, por sus actos y su credibilidad, espontáneas simpatías. Como desco­noce la demagogia y no se ha dejado desviar por la pasión sectaria, y además ha dado muestras de inde­pendencia y de firmes principios éti­cos, su nombre penetra sin dificultad en grandes sectores ciudadanos que reclaman, en la campaña presiden­cial que se inicia, una tabla de salvación.

García Parra, como lo define al­guien, es un técnico con amplia trayectoria política. Por política se entiende todo lo concerniente al hom­bre como ser social, cuya vida está regida por derechos y deberes y orientada por normas morales. Bien distinta es la politiquería (cáncer que corroe al país), que es la degeneración de la política mediante el empleo de sistemas viles y corruptores. Oportuna esta diferencia a propósito de García Parra, cuyo nombre, que se halla por encima de afanes mezquinos, despierta interés para la búsqueda de soluciones na­cionales.

El ciudadano mira con angustia el porvenir. Le duele la suerte de la patria y su propio males­tar. Vive frustrado de los partidos y de los políticos –en su mayoría politique­ros irredimibles– y trata de encontrar, entre tanta tiniebla, una luz de espe­ranza. Elección tras elección escucha las mismas palabras y las mismas promesas falaces, y más tarde descu­bre el eterno engaño con que lo explota la clase dirigente. Conforme pasa el tiempo, es más evidente la distancia entre quienes todo lo po­seen y los que sufren desamparo social. Por eso, la mayoría de los colombianos no tienen (no tenemos) candidato presidencial.

Cuando aflora en el juego de las posibilidades una opción seria como la de Jaime García Parra, hay lugar al entusiasmo. Es una carta con futuro político, y en ella habrá que meditar. Como impulsor de la legislación petrolera en el gobierno de López Michelsen afianzó la riqueza nacio­nal. A Acerías Paz de Río, empre­sa quebrada durante años, la colocó entre las más rentables del país. Como ministro de Hacienda en el gobierno de Turbay Ayala cumplió excelente manejo de la política cafete­ra, lo que le hizo ganar la Cruz de Boyacá. Con estas realizaciones se sitúa en el más alto nivel como líder indiscutible de la economía colombia­na.

En el campo diplomático e inter­nacional, donde se ha desempeñado como ministro plenipotenciario ante la Organización Mundial del Café, director ejecutivo del Banco Mundial, embajador ante la Gran Bretaña y embajador actual en Washington, le ha dado prestigio a Colombia. Existe en él esta característica poco común: sobresale en cualquier puesto.

Si se lanza al ruedo político, como es lo deseable, romperá el hielo que invade a los colombianos. La gente, cada vez más apática, no vislumbra un horizonte promisorio. No tiene ganas de votar. Hay demasiada con­taminación de vicios políticos, mu­chas ambiciones, muchas pugnas entre personas y entre partidos, y poco talante (palabra tan del gusto del doctor Gómez Hurtado). Se echa de menos un verdadero candi­dato nacional que aglutine la opinión pública y canalice los votos inconformes. Ojalá ese candidato fuera García Parra. Hay que oírlo.

El Espectador, Bogotá, 28-I-1993.

La muerte de un árbol

viernes, 11 de noviembre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

El pino frondoso situado en la zona verde de una transitada avenida de la capital, al frente de mi cuarto de estudio, se desplomó de súbito, en la soledad del comienzo del año, como gigante herido en mitad del corazón. Allí estuvo sembrado no sé cuánto tiempo. Los árboles, como las mujeres indescifrables, no se de­jan conocer los años. Por lo gene­ral alcanzan longevidades imposi­bles para el hombre, que envidian las mujeres por tratarse de años ocultos y, por lo tanto, fascinantes.

Los árboles se vuelven inmate­riales por poseer alma etérea. Miran hacia el cielo. Se nutren de aire y tierra y se solazan en las alturas. Siendo más fuertes que el ser humano, entierran a varias generaciones nuestras. Son espíri­tus alados de la naturaleza que nos acompañan con nobleza, nos vivifican y de pronto desaparecen. En ellos sólo solemos reparar cuando caen a tierra, con estrépi­to y dolor, como este pino vigoro­so que acaba de morir en plena lozanía por falta de cuidados opor­tunos.

Cuando comenzó a doblarse, dominado por su peso colosal, se iniciaba el lento proceso de su extinción, en medio de la urbe alborotada y frenética que carece de vocación ecológica. ¿Habrá alguna entidad distrital que entre tanto aparato burocrático se encargue, en forma efectiva, de cuidar los árboles?

Los parques y las zonas verdes sufren en Bogotá vergonzoso dete­rioro. Muchos de estos sitios es­tán convertidos en basureros pú­blicos y en antros del pillaje y la droga. Allí los árboles languide­cen entre desamparos y malos tratos, no se presta mantenimien­to a las vías peatonales, se des­cuida el alumbrado, se deja cre­cer la maleza y avanzar el desaseo. La ecología, por la que tanto se preocupan las naciones avanzadas del mundo, y que en nuestro medio ha tenido com gran abanderado al doctor Misael Pastrana Borrero, debe mirarse como una de las fuentes de la vida.

Nuestra capital, acosada por innúmeros problemas sociales, económicos y urbanísticos, suma a sus adversidades el veneno de la atmósfera contaminada por los gases letales. Los árboles son los pulmones con que respiran las ciudades. Fuera de ornamentales (y esta es razón de peso para cultivarlos, protegerlos y querer­los), nos transmiten vida y encan­to.

Nos dan cobijo y nos enseñan a ser rectos. Rectos como el roble. Pero nosotros los joroba­mos al no cortarles a tiempo la rama que a la postre, de tanto crecer, terminará abatiéndolos.

La ciudad, vacía de los afanes cotidianos en el comienzo del año, no frenó su tránsito endiablado cuando el pino gigante, que en días corrientes hubiera produci­do desastres, se inclinó con pesa­dez, con miedo a la caída –como rezando una oración– y luego invadió con todo su vigor y toda su corpulencia la arteria desierta. Crujió al quebrarse el alma con­tra el pavimento y allí quedó quieto durante varias horas, mu­do en su agonía. Después llega­ron unos empleados armados de hachas, cadenas y sierras eléctri­cas e iniciaron la operación tritura­dora.

Un árbol menos no se notará, pensarán los funcionarios arboricidas. Así se sacrifican en silencio, ante los ojos del escritor –desde hoy huérfano de su hercúleo compañero de la esquina– las defensas ecológicas de la ciudad monstruo. Toda la semana la calle estuvo oliendo a delicioso pino silvestre.

Por unos días cam­bió en mi pequeño territorio el olor de la gasolina por la fragan­cia del monte. Con las entrañas de los árboles también es posible fabricar, con este réquiem por la naturaleza muerta, fugaces ilu­siones.

El Espectador, Bogotá, 15-I-1993.

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Misiva:

He leído su artículo de hoy sobre la muerte de un árbol. Comparto plenamente sentimientos y opiniones sobre los árboles y la importancia que para una ciudad  como Bogotá tienen, pues contribuyen a hacer más llevadera la vida de tan  contaminada urbe.

Conjuntamente con la Administración Distrital, la CAR ha venido adelantando un programa que hemos denominado BOGOTÁ REVERDECERÁ, cuya meta es plantar cien mil árboles, el cual está en pleno desarrollo. Igualmente, por iniciativa del Alcalde Mayor, está en proceso la constitución de una corporación privada para la protección de los cerros que tendrá, como una de las finalidades principales, la protección de los bosques y la revegetalización de las áreas depredadas. Vale la pena mencionar que el déficit hídrico de la región, el cual está en proceso de agravarse, tiene como una de sus principales causas la deforestación de los cerros y páramos que circundan la Sabana de Bogotá.

Al manifestarle nuestro pesar por la muerte de su querido árbol, le ofrecemos reemplazarlo, para lo cual le rogamos informarnos el sitio donde usted desea plantarlo. CAR – Eduardo Villate Bonilla, Director Ejecutivo, Bogotá, 15-I-1993.