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Héctor Ocampo Marín

lunes, 21 de noviembre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Lo conocí en el Quindío hace cerca de 30 años. Por aquellas calendas ocupaba yo la gerencia de un banco en Armenia, y Héctor Ocampo Marín era el síndico del hospital de Calarcá. Ninguno de los dos habíamos nacido en el Quindío, y ambos llegaríamos a echar hondas raíces en la región.

Cuando en 1971 publiqué mi primera obra, Destinos cruzados, este hecho nos unió como escritores. Ocampo Marín editaría al año siguiente, en la misma editorial que yo había descubierto –la formidable Quingráficas–, su libro de ensayos Pasión creadora. Esas son las obras iniciales de nuestras producciones. Por aquellos días él había mojado tinta en el Magazín Dominical de El Especta­dor como crítico literario, y yo comenzaba mi carrera de cuentista en el mismo suplemento.

Desde entonces mucha agua ha corri­do bajo los puentes. Ambos nos vinimos del Quindío y nos radicamos en Bogotá. Culminadas las metas labora­les, nuestro compromiso vital es el mun­do de las letras. Yo he visto ascender al amigo en el ámbito de las academias –de la Lengua, de Historia, de la Sociedad Bolivariana– y soy testigo y admirador de su fecunda tarea en periódicos y revistas, y de su escritura de libros.

Ha incursionado en casi todos los gé­neros literarios y esto lo convierte en es­critor universal, tanto por la vastedad de los temas que domina como por la pro­fundidad de su obra. Aparte de crítico li­terario (su destacada actitud inicial), maneja con buen éxito el ensayo, la novela, el cuento, la biografía, la historia y el periodismo. Y ha hecho sus primeras revelaciones poéticas, que está a punto de ampliar en su libro Las esclusas del tiempo. No sería extraño que mañana nos sorprendiera con una obra de teatro.

Tiene ocho libros inéditos. Este bagaje, que se suma a su obra editada, es demostrativo de su resuelta vocación literaria. Ratón de biblioteca, que pasa horas in­tensas entre montañas de libros y la confección de escritos suyos de toda índole, parece que fuera un alma insomne.

Estos comentarios se me ocu­rren después de leer su último li­bro, Cicerón y el jabalí. Son 24 cuentos de admirable brevedad, que dibujan escenas comunes, tomadas sin duda de la comar­ca quindiana donde fue por varios años atento observador del me­nudo acontecer parroquial. La sen­cilla y en ocasiones perturbadora cotidianidad está calcada aquí con gracia y geniales toques de fi­losofía. Esos cuadros dibujan las costumbres y la pintoresca historia de los pueblos.

En prosa amena y descriptiva –con la invención de curiosos nom­bre de personajes, tan caracterís­ticos del Quindío–, el narrador re­sulta ágil creador de ambien­tes. Y hace de lo fugaz, como debe ser el fin del cuento, materia per­durable para el goce de los lectores.

La Crónica del Quindío, Armenia, 28-II-1998.

 

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Confesión de madrugada

lunes, 21 de noviembre de 2011 Comments off

Cuento de

Gustavo Páez Escobar

Rodando, siempre rodando… Es mi destino. Mi vida, vagabunda entre burdeles, vicios y desenfrenos, ha hecho de mí, tu pobrecita Mónica, un guiñapo humano. Con ella jugaste un día a los primeros hallazgos del amor, en aquella lejana juventud que no dejaba presentir los reveses de mi mala estrella, y con ella compartiste los iniciales impulsos de una sensualidad sorpresiva y jubilosa, ¿te acuerdas, Diego Armando?

Tu primer beso fue perturbador y me dejó marcada para siempre. En tu mirada había fuego. Me miraste con fijeza, tal vez con súplica, y hoy no sabría explicar si tus ojos felinos estaban hechos para devorar o para adormecer. Tal vez para ambas cosas. Parecías una fiera en acecho, pero sonreías. Un rubor repentino te encendió el rostro. Luego buscaste mis labios. Me besaste con pasión y yo te correspondí con timidez y me entregué a tus deseos.

Permanecía frágil entre tu fuerte musculatura. Temblabas, y yo también temblaba. Sentía tu aliento en mi aliento, como si fuera mi propia respiración, y me presté a tus caricias, hasta las más íntimas caricias, que bullían en las profundidades de mi naciente erotismo como cascadas borrascosas.

Algo misterioso sucedió aquel día. ¿Habrás olvidado que era sábado por la tarde y que la lluvia nos hizo correr hasta la casa abandonada que surgió a poca distancia, donde nos guarecimos de la tempestad? Volviste a estrecharme en tus brazos, primero con suavidad y en seguida con ímpetu: saltaste de la ternura al arrebato. Mis senos, poros eróticos, se erizaron con tu primer contacto, y luego seguiste explorando otros territorios y haciendo brotar infinitas emociones.

Libre de ataduras permití que te recrearas en mi cuerpo, a tus anchas y bajo la complicidad de la lluvia; que me excitaras y me hicieras enloquecer con tus ardores. Así perdí la virginidad y comencé a ser mujer.

Nos seguimos viendo y nos seguimos deseando. Tú me asediabas y yo te correspondía. Y en cada nuevo encuentro algo diferente tenías de mí. Todo mi ser te pertenecía y yo no te negaba ninguna complacencia. Apenas tenías 20 años, ¿te acuerdas?, y yo no había cumplido los 17. Después te fuiste de mí, en silencio, y pasados los días me confesaste que no estabas preparado para asumir tu responsabilidad. Lo que te sobraba de fogoso te faltaba de hombre. Me pediste un plazo mientras organizabas tus finanzas en otra población, y yo te perdoné que fueras débil.

Al principio me escribías. Después te callaste. Sin embargo, te fui fiel durante los tres años de ausencia. Supe de tus enredos amorosos. Sufría con tu ingratitud y me dolían tus besos y caricias, que ahora dispensabas a otras mujeres. Cuando volviste, te hallé diferente. Te veías más apuesto, pero ya no eras lo mismo de apasionado. Algo te frenaba. Mi naturaleza ardiente se resintió con tu actitud pasiva. Había cambiado tu cara de niño perverso y ya no existía la misma mirada con la que me cautivaste el día de la entrega. En lugar de fuego encontré frialdad. Solo tres años te habían transformado.

Buscaste de nuevo relaciones íntimas y yo no te lo permití. No iba a convertirme en tu amante, en tu ocasional pasatiempo, cuando podía ser tu mujer legítima, la de todas las horas y todos los apremios. Quisiste poseerme por la fuerza, pero no lo lograste. Rechazarte fue un sacrificio, te lo confieso, pero debía saber emplear mis armas de mujer.

Entonces te pusiste furioso y me gritaste ¡puta! Lo repetiste muchas veces, con rabia, con bajeza, con venganza. Yo era la zorra, la perra, la perdida… ¿y tú? ¡Qué duras sonaban tus palabras y cuánto me hiciste sufrir! Dudaste de mi fidelidad y me inventaste amores secretos. Y de nuevo te fuiste, porque te esperaba la otra mujer. Eras veleidoso, Diego Armando.

Por despecho me entregué a tu primo Efraín, a quien le habías contado nuestras intimidades. Lo hice a la vista de todos, con jactancia, para que te lo dijeran, y desde entonces le perdí el miedo a la sociedad. Y comencé a rodar. Al año me cansó tu primo y lo cambié por otro hombre, mucho más hombre que tú y que él. Sin embargo, seguías vivo en mi pensamiento.

En mis noches de frustración cambiaba mentalmente las caricias que recibía, por tus propias caricias. Y muchas veces eras tú mismo el que me hacías el amor. Es aberrante admitirlo, pero era esta una manera de sentirte, de continuar atada a tu carne.

Un día regresaste de nuevo y yo ya me había marchado del pueblo. Preguntaste por mí con insistencia. No te importó saber mis malos pasos, porque todavía me querías. Te sentías culpable y venías dispuesto a reparar tu falta. ¿Por qué apareciste a estas alturas de la vida, cuando ya me había prostituido? ¡Pero fuiste tú, querido, el autor de mi deshonra!

Terminé en Bogotá en una casa de citas. Entre licor, droga, lesbianas atrevidas, hombres lujuriosos, orgías insaciables… –todo lo que quieras imaginar– me convertí en la mujer más audaz. Y en la más apetecida. Los hombres no querían sino acostarse conmigo. Y a mí sólo me importaba hacer de mi sexo una mina de oro.

Con el tiempo me descubriste. Entonces ya era la empresaria de mi propio negocio. Había ascendido en la escala de la prostitución. Los cuerpos más hermosos –conseguidos en Armenia, en Pereira, en Cali… – se hallaban en mi negocio. Sitio discreto y refinado, como te consta, que solo frecuentaban señorones de la alta sociedad. Por eso la tarifa marcaba duro. Al principio me causaste desconcierto. Pero pronto entré en confianza y acepté el trago que me ofrecías.

–Vengo por ti –me dijiste.

–¡Salud! –hice sonar los vasos.

–¿Me has oído, Mónica?

–Ahora soy Lety. Mónica murió.

Te paraste con ademán arrogante y yo te bajé los humos:

–¡Vete! –te dije con enfado–. Ya no te necesito. Me sobran hombres. Y fíjate bien: ahora soy la zorra, la perra, la perdida… que me gritaste un día.

–Perdóname, Mónica.

Me rogaste que te dejara pasar a la alcoba. Deseabas dialogar conmigo en tono confidencial, como viejos amigos. Te llevé a mi pieza. Y puse en la mesa una botella de champaña. Te vi emocionado. Yo también estaba emocionada. Y convinimos en que no hubiera reproches ni escenas. Al calor de la champaña quisiste besarme y yo te ofrecí la mejilla.

–¡Salud! –volví a alzar la copa.

–¿Me dejas besarte?

–No.

Oí los juramentos que jamás hombre alguno me había hecho. Estabas arrepentido, sin duda. Me necesitabas. Y me implorabas perdón. ¡Pero qué tarde lo hacías, querido! Me pedías que nos fuéramos a vivir al pueblo del sur donde residías, donde nadie nos perturbaría. Tu declaración fue sincera y me enterneció. Por poco me rindo a tus requiebros. Pero fui valiente.

–¿No me invitas a tu cama?

–¿Con quién te acostarías –repuse con sarcasmo–: con Mónica o con Lety?

–Con ambas.

–Perdóname –rematé con suavidad y dolor–, pero no es posible. El amor está muerto: tú lo asesinaste. Y si quieres sexo te conseguiré la muchacha más hermosa del establecimiento. Tengo una escultural de 17 años, como te gustan…

Te insinué que habíamos terminado. Y como cosa rara, te mostraste sumiso y te dispusiste a marchar.

–Volverás a tener noticias mías, Mónica. No te lo había anunciado, pero vine expresamente a celebrar tu cumpleaños (y esta vez me conmoviste, querido). De ahora en adelante continuarás recibiendo mensaje mío en cada cumpleaños. Solo en caso de que muriera no te llegaría mi felicitación. Ya sabes dónde resido. Allí estaré esperándote.

Tomaste la calle. La lluvia menuda te hizo apurar el paso. Quedé extenuada. Veinte años –¡qué horror!– habían transcurrido desde el día, también lluvioso, en que me entregué a ti.

–Espera –grité, alcanzándote. Y te di un beso veloz en los labios, al tiempo que murmuraba–: las putas también sienten y sufren…

Apenas lograste reaccionar cuando yo ya me había esfumado. Nunca sabrás que lloré el resto de la madrugada. Quizá tú también lo hiciste al quedarte solo en la esquina.

Pero por nada del mundo iba a volver contigo. La vida, Diego Armando, nos había estropeado. Ya éramos dos seres irrecuperables para el amor mutuo. Tempranas ojeras y recónditas penas, estimuladas por el licor, la droga y las bacanales, comenzaban a ajar mi rostro. Mis emociones, mis auténticas emociones, ya no existían. Ahora era la diosa del sexo, la gran empresaria de la clandestinidad, por quien los hombres quemaban fortunas.

Por eso rumio ahora mis pesares. Por eso estoy borracha. Recuerdo que cuando por primera vez pisé una casa de citas encontré en la puerta una bombilla de luz roja. Aquello me impresionó. Alguien me explicó que ese era el distintivo de la prostitución por ser el color de la pasión. La carne, la sangre, los instintos son rojos. La luz roja quedó desde entonces encendida en mi cerebro. Es el sello de mi profesión. Y siempre que miro con melancolía esa lucecita que mantengo prendida en el recinto de mis concupiscencias, donde tú quisiste acostarte conmigo, siento que algo se alborota en mi interior.

No te permití que me poseyeras en semejante escenario, tal vez por decoro, ¿sabes?, porque también las prostitutas tenemos principios. Tú mismo, como autor de mi primera experiencia sexual, que a la larga sería mi mayor frustración, estás asociado con esa luz roja.

Hoy lloro mis desventuras en esta madrugada de nostalgias. Estoy sucia de hombres y podredumbres y ya nada me falta por conocer en la cadena de eternas orgías donde noche tras noche vendo mi cuerpo entre licores y aberraciones.

Cada hombre es un mundo. O mejor, un infierno. Todos quieren cosas nuevas en el amor, actos extravagantes, y a todos hay que complacerlos, así te repugnen hasta el infinito las propuestas que te hacen. Hay momentos en que ya no te perteneces y no puedes negarte a los mayores excesos, porque para eso te pagan. Desde que le pongas tarifa a tu cuerpo debes obedecer. Tu cliente es el que manda.

Cierras entonces los ojos, o los mantienes bien abiertos, como lo prefieras, y te hundes, sin poder evitarlo y además sin gozarlo, en los abismos de la pasión ajena que tú, tonta muñeca de placer, avivas con tu equívoca colaboración. No todas las mujeres de la vida alegre somos indecentes, ¿me lo creerás? Algunas somos románticas. Románticas, Diego Armando.

Y si por lo menos pasara rápido el acto repugnante. Pero hay hombres rastreros, dominados por los peores instintos, que te tocan por todas partes, te colocan en cuanta posición han aprendido en el cine porno, te lastiman, te rebajan a la condición de animal. Y no se conforman con hacer lo que quieran en tu cuerpo siempre disponible y siempre humillado, sino que te obligan a las más sórdidas concupiscencias. Hay hombres que apestan. Así, tu pobrecita Mónica, a la que convertiste en la Lety del sexo, camina arroyo abajo hacia su destrucción.

–¡Más trago, cantinero!

¿Pero sabes una cosa? He decidido ir a buscarte. Quizás aún no sea tarde para recomponer mi vida. Sí, por Dios que lo haré mañana. Vives solo y me necesitas. Yo te añoro. En el pueblo no nos conocen. Así quedará fácil borrar el pasado. ¿Pero qué barbaridad estás diciendo, Lety? ¿Acaso el pasado se puede borrar? En fin, querido, tomaré la maleta y te llegaré de sorpresa. Mañana es mi cumpleaños. Es posible que todavía resucite Mónica… ¿Por qué no lo intentamos?

Cumplí el plan. Soy mujer decidida. Te llegué sin avisarte, como lo había programado, porque además quería hacer emocionante el encuentro. En mi maleta llevaba una botella de champaña para que festejáramos mi cumpleaños. Tal vez para que selláramos nuestra unión definitiva. Pero no te encontré, querido.

–Perdone, señora, pero el señor murió hace tres años –me dijo una mujercita mientras me repasaba con curiosidad.

Dejó que me repusiera de la sorpresa y prosiguió:

–¿Su nombre es Mónica?

–Sí.

–Lo adiviné. Es usted la misma de la foto que el señor mantuvo siempre sobre la mesa de noche. Siento darle esta noticia.

–¿Era usted su amante? –le pregunté.

-No. Yo le tenía arrendada la pieza.

La dejé hablando sola y me alejé. Recordé que no había vuelto a recibir tus mensajes el día de mi cumpleaños. Tres años exactos hacía que no te comunicabas conmigo. Sentí los ojos humedecidos. Una luz roja –intensa y dolorosa– volvió a encenderse en mi cerebro.

Y aquí me tienes, en esta nueva madrugada, pensando en lo que ya no es posible.

Revista Aleph, N° 105, Manizales, abril-junio/1998.

 

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La noche de Zamira

lunes, 21 de noviembre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

(Palabras en el acto de

presentación de la novela)

Cuando hace 27 años publicaba en Armenia mi primer libro, la novela Destinos cruzados, no alcancé a sospechar hasta qué punto pesaría ese hecho en mi vida futura. Por aquellos días desempeñaba la actividad de banquero, una brillante posición social, aunque incompatible con el oficio de escribir. El extraño encuentro de las letras de cambio con las letras del espíritu producía en mí un conflicto de intereses. Es el mismo choque de trenes que en otro sentido se menciona hoy en la vida nacional.

Hace ocho años el escritor se bajó del tren de las finanzas para recorrer a pie el camino solitario de las letras. Liberado de las seducciones y las esclavitudes del dinero, encontraba en el sosiego de la biblioteca la libertad y el ambiente que no podía tener en la atmósfera febril de la banca. Había previsto ese refugio para los años maduros, por instinto de conservación. Por eso no resultó difícil cambiar la fábrica de dinero –de dinero ajeno– por la fabricación de los propios libros. Mal negocio, si el asunto se mira sólo bajo el aspecto monetario. Por fortuna, esta noche estamos reunidos alrededor de afanes superiores a los del vil metal.

En la banca aprendí a conocer la humanidad. Pocos escenarios tan propicios para explorar el alma y entender los conflictos de la sociedad. Al escritor doblado de banquero esta circunstancia le permitía obtener, en su trato cotidiano con la gente, valiosas experiencias sobre la condición humana.

Mi nueva novela, La noche de Zamira, pretende captar un cuadro dramático del suceso social y económico que se conoció en el país como la bonanza cafetera. Al amparo de la ficción, pero sobre la base de hechos ciertos – función primordial del novelista como testigo del tiempo y escritor de la historia–, estas páginas ofrecen un perfil de los campos pródigos del café convulsionados por la riqueza repentina. Riqueza que le trajo prosperidad al gremio productor y fortaleció las arcas nacionales, pero al mismo tiempo creó intensos dramas en las zonas cafeteras y en la vida de los hogares.

Hace veinte años le nació al novelista la idea de escribir esta historia. Y hace siete años logró realizar su sueño. Pero el editor no aparecía. Una editorial de prestigio se interesó en la obra, calentó la ilusión del autor durante largos meses, y a la postre fracasó la publicación.

Vino después el vía crucis tan conocido por los escritores en general, de puertas que se entreabren y luego se vuelven herméticas; de entidades culturales cuyas rotativas sólo alcanzan para el sanedrín de los privilegiados; o de amigos que se tornan sordos o evasivos cuando se les pide ayuda para un proyecto editorial. Este es el trato común que se da a la literatura en Colombia, patria grande de escritores inéditos. Los mecenas, que florecieron en otros tiempos, son hoy una especie en extinción.

Contra este estado de cosas se rebelaron mis tres hijos, Liliana, Fabiola y Gustavo Enrique. A ellos les dolía, como si fuera en carne propia, que el esfuerzo heroico que hace del escritor una victima de la indolencia colectiva, se frustrara en la desesperanza. Y se convirtieron en mis propios editores. Mayor solidaridad y estímulo no se puede esperar. Ellos, en realidad, son los campeones de esta noche.

Mi libro fue elaborado con amor. Si el escritor no escribe con amor, está perdido. Sin embargo, no busco dejar mensajes sino entretener. Tal es el fin de la narrativa, lo cual significa que la novela no es un documento ni una proclama. Alguien le preguntó a Nabokov si en sus novelas había mensajes, y él respondió: «Señor, no soy telegrafista».

Muy honrado me siento porque la obra, forjada en una región tan cara a mis afectos –el Quindío–, reciba las aguas bautismales en la Academia Hispanoamericana de Letras y Ciencias, presidida por un quindiano ilustre, Horacio Gómez Aristizábal, gran promotor de la cultura y noble amigo de todas las horas.

No menos enaltecedora la presencia del novelista Fernando Soto Aparicio, figura insigne de las letras boyacenses, cuyo nombre trasciende las fronteras patrias. No puedo olvidar, con honda gratitud, que fue él quien llevó a la televisión mi primera novela. Siempre me han acompañado su guía y ancha solidaridad. Aquí están representadas mis dos tierras amadas: Boyacá, mi cuna nativa; y el Quindío, que me acogió como hijo adoptivo.

¡Cuán arduo y desprotegido el camino de las letras! Pero la alegría de esta noche, rodeado el escritor del cariño insuperable de la esposa y los hijos –el mejor regalo de la vida– y de la gratísima compañía de todos ustedes, borra las asperezas y los sinsabores. El oficio de escribir es un estado del alma. Una vocación irrenunciable. Ya lo dijo Robert Frost: «Escribir es muy difícil, pero no escribir es mucho más difícil».

Bogotá, 23-VII-1998

Revista Manizales, N° 688, septiembre de 1998

(Además, la obra fue presentada en el Centro de Estudios Colombianos (Bogotá, 27-VIII-1998), Universidad del Quindío (Armenia, 7-IX-1998) e Instituto Caldense de Cultura (Manizales, 10-IX-1998).

 

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Tierra de leones

lunes, 21 de noviembre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Novela escrita en 1983 por Eduardo García Aguilar, oriundo de Manizales y residente hace varios años en Méjico. La obra fue reeditada a fines de 1997 por el Instituto Caldense de Cultura, cuyo di­rector, Carlos Arboleda, expresa lo siguiente en las palabras del prólogo:

«Para Eduardo García Aguilar Manizales es una ciudad que existe de­bido al desvarío de sus fundadores. Se le antoja alucinada en el vértigo de la montaña y le parece significativo que se haya erigido un panóptico al pie de su cerro tutelar, el Morro de San Cancio, al cual se asomaron los primeros colonos como intuyendo que en ella iba a levan­tarse un cerro mayor, como monumen­to al oscurantismo y a la ‘caverna’, la Catedral de Manizales».

En estas palabras de Arboleda queda definida la intención del novelista y localizado el escenario de la obra. Obra que en lenguaje vehemente e irónico describe la identidad de Manizales, desde su creación en las la­deras del volcán –lugar inhóspito y agresivo que no puede corresponder a un razonable planeamiento– hasta los días de su mayor esplendor social y cultural, donde surge la figura legenda­ria de Leonardo Quijano, intelec­tual fracasado y espíritu burlesco que parece deambular aún por las ca­lles congeladas de su esclarecida urbe.

Leonardo Quijano, de noble cuna, tuvo también su época de resplandor como personaje local en época de fulgentes bohemias y ensalzados abolengos. Hijo auténtico de la ciudad, representa a la clase prestante que en la atmósfera de la política y de los clubes lleva el privile­gio de los altos designios que parece no han de terminar nunca. Pero no: au­sente de la ciudad por varios años, cuan­do regresa a ella, decaído por las fatigas de la vida, y logra que el gobernador Rebolledo lo nombre secretario de Be­llas Artes, descubre que ni Manizales ni él son los mismos.

Todo está cambiado. O acaso todo en el pasado era diferente de como él lo había visto con otros ojos, y ahora des­cubre que la transformación negativa que lo trastorna, define la verdad de su tierra. Al no ser el Quijano de otros días, recorre pesaroso las calles y se tropieza con ruinas y desencantos, has­ta determinar que se encuentra ante el hun­dimiento inevitable. De él y de su solar nativo.

Y empieza, con la memo­ria retrospectiva, el juicio se­vero de su entorno. Ya los fundadores no son los gran­des prototipos de la historia; la clase dirigente ha careci­do de propósitos de civilización; la re­ligiosidad ha creado almas pacatas y voluntades inanes; la monumentalidad (plasma­da en la soberbia catedral y en otras obras suntuarias y de relumbrón) es un  espejismo; la cultura, de que tanto se jactaron en el pasa­do los grecolatinos, es un embeleco; Manizales, en fin, opaca y desfigurada, os­cila en el precipicio.

Quijano, intelectual de­cadente y frustrado, se mueve en la novela como es­píritu delirante que no quisie­ra admitir la realidad impla­cable. Regresa de sus viejas glorias y se estremece ante la urbe ignorada. Entre trago, sexo y desvaríos, sus lares se desfiguran y terminan con­vertidos en un símbolo. Tam­bién él es símbolo del pa­sado irrecuperable. Siente que la ciudad lo olvidó, y vuela como fantas­ma que debe regresar a la os­curidad.

Novela dura y crítica, de realidad y demencia, perturbadora e irreverente, y al mismo tiempo de un verismo inocultable para cualquier sociedad. Es la divagación metafísica de un hijo notable de Manizales que quie­re su ciudad e invita a reflexio­nar sobre su pasado, presente y futuro.

Este libro de García Aguilar recuerda otra obra memorable: Manizales bajo el volcán (1991), de Hernando Salazar Patiño. Ambos autores, oriundos de Manizales y críticos de su en­torno, coinciden en que el paisaje de la ilustre ciudad se ha oscurecido. Y es preciso despejarlo.

La Crónica del Quindío, Armenia, 1-VI-1998

 

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Pro Boyacá

sábado, 12 de noviembre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

El homenaje que la Corporación para el Progreso y Desarrollo de Boyacá rindió a los tres almirantes boyacenses que ejercen las más altas jerarquías de la Armada Nacional, resultó cálida demostración de amor por la tierra. El acto contó con la coordinación de Carlos Eduardo Vargas Rubiano, el boyacense que más trabaja por el progreso de la comarca y más se preocupa por redimirla de los vicios políticos y hacerla sobresalir en el panorama de la nación.

Al margen de partidismos atrofiantes –morbo que no deja avanzar a Boyacá –, en el ambiente se respiraba un claro propósito cívico para recuperar, en lo económico y lo social, el brío que ha perdido el departamento por falta de liderazgo nacional. Su clase política, fracciona­da en antagónicas camari­llas, vive consumida en apetitos buro­cráticos y ajena a las angustias del pueblo, del que los caciques apenas se acuerdan cuando necesitan su voto.

En viejas épocas, los dirigentes locales accedían por méritos propios a las posiciones claves del Gobierno, y desde allí ejercían el liderazgo que hoy tanto se echa de menos. ¿Cuánto hace que Boyacá no tiene un minis­tro? ¿Cuánto hace que la opinión boyacense no pesa en el alto Gobierno del país?

No han vuelto a verse caudillos nacionales de la talla de un Plinio Mendoza Neira o de un Luis Torres Quintero, que tanto brillo le dieron a la región y tanto lucharon por su progreso. La cosecha de presidentes de la República oriundos de Boyacá (recordemos en este siglo a Rafael Reyes, Enrique Olaya Herrera y Gus­tavo Rojas Pinilla) no florece en los días actuales por falta de patriotismo regional. Hoy Boyacá vive de añoran­zas y se nutre de pequeñeces. Triste y dolorosa realidad.

En áreas distintas a la política se distinguen ahora, como siempre ha ocurrido, prestantes hombres de la tierra situados en los campos de la milicia, el clero, la docencia, la em­presa privada, las bellas artes, el periodismo, la ciencia y en múltiples actividades que resulta prolijo enu­merar. Estos logros personales se pierden para la región por carencia de unidad y de estímulo.

Con el ánimo del reconocimiento, y para sentirnos orgullosos los boyacenses, fueron agasajados tres distinguidos almirantes de la región: Hernando García Ra­mírez, comandante de la Armada Nacional; Hugo Sánchez Granados, comandante de la Fuerza Naval del Atlántico, y Sergio García Torres, director de la Escuela Naval Almiran­te Padilla. Como quien dice, Boyacá en tos mares.

Esto, como curioso premio de con­solación para esta comarca sin aguas marítimas, mientras posee en cambio tierras pródigas, grandes riquezas minerales y envidiables recursos tu­rísticos, renglones desaprove­chados o dilapidados (y viene al caso el penoso capítulo del hotel Sochagota, del cual sacan a empellones, con los garfios de la politiquería y de manera soez, a la firma administra­dora que tan eficientes servicios le ha prestado a Boyacá).

Para propiciar el resurgimiento de la región, hace dos años se constituyó la Corporación Pro Boyacá, de la que hacen parte destacadas personalidades,  como las siguientes:

Jorge Moreno Ojeda, geren­te de la Caja Popular Cooperativa; Héctor Castro Murcia, propietario de Unigás; Marco Quijano Rico, propie­tario de Viñedos de Punta Larga; Jorge Enrique Amaya, presidente de Granahorrar; José T. Niño, líder coo­perativista de larga trayectoria; Jorge Ferro Mancera, tra­tadista tributario; Gloria Cuéllar de Espinosa, gran dama cívica; María Victoria Vargas,  representante de Cementos Boyacá; Fernando Reyes Isaza, propietario de la hacienda Suescún; Carlos Otálora Moreno, vicepresidente de Coca-Cola. Y, desde luego, Carlos Eduardo Vargas Rubiano, boyacense y boyacensista nato.

El Espectador, Bogotá, 16-III-1993.

 

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