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Tierra de leones

lunes, 21 de noviembre de 2011

Por: Gustavo Páez Escobar

Novela escrita en 1983 por Eduardo García Aguilar, oriundo de Manizales y residente hace varios años en Méjico. La obra fue reeditada a fines de 1997 por el Instituto Caldense de Cultura, cuyo di­rector, Carlos Arboleda, expresa lo siguiente en las palabras del prólogo:

«Para Eduardo García Aguilar Manizales es una ciudad que existe de­bido al desvarío de sus fundadores. Se le antoja alucinada en el vértigo de la montaña y le parece significativo que se haya erigido un panóptico al pie de su cerro tutelar, el Morro de San Cancio, al cual se asomaron los primeros colonos como intuyendo que en ella iba a levan­tarse un cerro mayor, como monumen­to al oscurantismo y a la ‘caverna’, la Catedral de Manizales».

En estas palabras de Arboleda queda definida la intención del novelista y localizado el escenario de la obra. Obra que en lenguaje vehemente e irónico describe la identidad de Manizales, desde su creación en las la­deras del volcán –lugar inhóspito y agresivo que no puede corresponder a un razonable planeamiento– hasta los días de su mayor esplendor social y cultural, donde surge la figura legenda­ria de Leonardo Quijano, intelec­tual fracasado y espíritu burlesco que parece deambular aún por las ca­lles congeladas de su esclarecida urbe.

Leonardo Quijano, de noble cuna, tuvo también su época de resplandor como personaje local en época de fulgentes bohemias y ensalzados abolengos. Hijo auténtico de la ciudad, representa a la clase prestante que en la atmósfera de la política y de los clubes lleva el privile­gio de los altos designios que parece no han de terminar nunca. Pero no: au­sente de la ciudad por varios años, cuan­do regresa a ella, decaído por las fatigas de la vida, y logra que el gobernador Rebolledo lo nombre secretario de Be­llas Artes, descubre que ni Manizales ni él son los mismos.

Todo está cambiado. O acaso todo en el pasado era diferente de como él lo había visto con otros ojos, y ahora des­cubre que la transformación negativa que lo trastorna, define la verdad de su tierra. Al no ser el Quijano de otros días, recorre pesaroso las calles y se tropieza con ruinas y desencantos, has­ta determinar que se encuentra ante el hun­dimiento inevitable. De él y de su solar nativo.

Y empieza, con la memo­ria retrospectiva, el juicio se­vero de su entorno. Ya los fundadores no son los gran­des prototipos de la historia; la clase dirigente ha careci­do de propósitos de civilización; la re­ligiosidad ha creado almas pacatas y voluntades inanes; la monumentalidad (plasma­da en la soberbia catedral y en otras obras suntuarias y de relumbrón) es un  espejismo; la cultura, de que tanto se jactaron en el pasa­do los grecolatinos, es un embeleco; Manizales, en fin, opaca y desfigurada, os­cila en el precipicio.

Quijano, intelectual de­cadente y frustrado, se mueve en la novela como es­píritu delirante que no quisie­ra admitir la realidad impla­cable. Regresa de sus viejas glorias y se estremece ante la urbe ignorada. Entre trago, sexo y desvaríos, sus lares se desfiguran y terminan con­vertidos en un símbolo. Tam­bién él es símbolo del pa­sado irrecuperable. Siente que la ciudad lo olvidó, y vuela como fantas­ma que debe regresar a la os­curidad.

Novela dura y crítica, de realidad y demencia, perturbadora e irreverente, y al mismo tiempo de un verismo inocultable para cualquier sociedad. Es la divagación metafísica de un hijo notable de Manizales que quie­re su ciudad e invita a reflexio­nar sobre su pasado, presente y futuro.

Este libro de García Aguilar recuerda otra obra memorable: Manizales bajo el volcán (1991), de Hernando Salazar Patiño. Ambos autores, oriundos de Manizales y críticos de su en­torno, coinciden en que el paisaje de la ilustre ciudad se ha oscurecido. Y es preciso despejarlo.

La Crónica del Quindío, Armenia, 1-VI-1998

 

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