Archivo

Archivo para la categoría ‘Cuento’

Regresa Blanca Isaza

lunes, 22 de octubre de 2018 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar 

Medio siglo después de su muerte, ocurrida en Manizales en septiembre de 1967, regresa la poetisa Blanca Isaza (mejor, Blanca Isaza de Jaramillo Meza, como le gustaba figurar). Regresa en el precioso libro que lleva por título Blanca, como única palabra que la define en el ámbito regional y que representa el color de la nieve. Eso fue ella: nieve, luz, claridad, diafanidad.

El libro, impreso con arte exquisito por Matiz Taller Editorial de Manizales, se convierte en tributo que rinden a la poetisa el municipio de Abejorral, donde nació en enero de 1898, y la Universidad de Caldas, en nombre de la comarca a la que se vinculó desde los tres años de edad. Es una antología de su obra, en 272 páginas, compilada por Alba Mery Botero, Fernando León González y Juan Camilo Jaramillo. En el prólogo, el profesor de la Universidad de Caldas Nicolás Duque Buitrago hace detenido análisis sobre las facetas de esta producción literaria.

Blanca comenzó a escribir poesía a los 14 años, y tiempo después se le citaba al lado de las grandes poetisas latinoamericanas. Con Gabriela Mistral y Juana de Ibarbourou tuvo estrecha amistad y muchas de sus cartas fueron conservadas por su hija Aída. Alternaba la poesía con la crónica, el cuento y el cuadro de costumbres. Su obra está conformada por 17 libros.

Su palabra es fluida, espontánea, limpia, sin afectaciones ni adornos superfluos. Le brotaba el adjetivo preciso y rechazaba el término impropio. Este rescate literario muestra un legado del bien decir, fortalecido por el uso exigente del idioma y la sensible expresión de las ideas. “Se canta porque sí, porque es preciso fraguar la vida en moldes de belleza”, dijo la poetisa.

Además, dictaba conferencias, asistía a eventos cívicos y culturales, realizaba intensas obras sociales, dirigía su propia revista, y como si fuera poco, era madre de 13 hijos, a la usanza de la época. “Mujer múltiple”, la llama el prologuista. Desde la publicación de su primer libro, Selva florida (1917), hasta el día de su muerte, fueron 50 años dedicados al arte y el hogar. Esas fueron sus dos pasiones entrañables, que se volvieron la justificación de su vida.

Era maestra de la crónica. En la antología se recogen textos magistrales inspirados por su atenta  percepción del mundo cotidiano, al que penetraba con ojo avizor y mente lúcida. La lluvia de los pájaros muertos sobre la ciudad, días antes de la aparición del cometa Halley, adquiere el carácter de cuento fantástico que gira entre la realidad y la ficción. El turpial inválido, comprado  en Armenia, es un canto al amor y al dolor, aspectos que se mezclan en la frágil criatura que enternece el alma.

En la crónica titulada La ilusión del oro estalla la angustia de la madre ante la aventura del hijo que se va a la montaña en busca del tesoro de las minas, y nunca lo encuentra. Con motivo de la muerte de Barba-Jacob, Blanca escribe una perturbadora página en la que narra los infortunios del poeta frente a la indolencia de sus amigos y el desamparo de la patria. En el campo de la poesía es autora de estremecidas creaciones, como Preludio de invierno, Camino de llanto, La vejez del árbol, Y llegará por fin una mañana, Canto a Abejorral, Cuentos a Aída. Y en el cuento, recoge cuadros de tierna sutileza en los que unas veces es el niño el protagonista y otras, el adulto que recorre los caminos de la fantasía.   

Su hija Aída fue la última directora de la revista Manizales, fundada por la poetisa en 1940 y que en unión de su esposo, Juan Bautista Jaramillo Meza, dirigió hasta 1967, cuando ella falleció. Luego, el marido quedó al frente de la nave hasta 1978, cuando el desaparecido fue él. A partir de entonces, Aída, en forma sorprendente –ya que no se le conocían tales habilidades–, tomó el timón y condujo el barco durante 26 años, hasta diciembre de 2004, cuando fue clausurada por estrechez económica, tras 64 años de labor continua. La revista Manizales era alta insignia cultural de Caldas, y es de lamentar que no hubiera recibido el apoyo que requería en el momento más duro de su existencia.

Los esposos Jaramillo Isaza fueron coronados poetas en diciembre de 1951. Sus nombres brillaron durante largo tiempo en la cultura regional e incluso nacional. Este libro de Blanca hace resurgir el pasado glorioso. Hoy, Esperanza Jaramillo García, nieta de la pareja ilustre, ocupa puesto destacado en el campo de la poesía. La semilla quedó bien sembrada.

La célebre casa de los esposos, situada en la Avenida Santander número 45-05, fue comprada por un anticuario hace 3 años. Todo el archivo de la revista y los documentos protegidos por Aída pasaron a una sala abierta en la Universidad de Caldas, en la que fue creada, bajo el auspicio de Francisco González, de la misma universidad, la cátedra denominada Blanca Isaza, que busca recuperar la memoria de quienes forjaron la grandeza intelectual y material de la región.

De los 13 hermanos, la única sobreviviente es Aída Jaramillo, en cuyos oídos repercuten, sin duda, estas palabras desoladas que Blanca sembró en su poema Camino de llanto: “Hermano, el soplo helado del infortunio pasa; / hermano, qué tristeza, se ha acabado la casa, / la casa solariega donde la vida era / un discurrir amable de anhelos y cariños”… 

El Espectador, Bogotá, 12-X-2018.
Eje 21, Manizales, 12-X-2018.
La Crónica del Quindío, 14-X-2018.

Comentarios

No había oído hablar de ella y como me ha sucedido varias veces, una nota tuya me ha dado a conocer personajes de la zona cafetera ignorados por mí. Admirable esta multifacética mujer, pues con una prole tan numerosa, pudo destacarse en otros campos como el cultural y el social. Eduardo Lozano Torres, Bogotá.

Le reenvío una parte del boletín de la Corporación Otraparte (Casa Museo Fernando González, Envigado) en donde se invita a un homenaje a Blanca Isaza Londoño. Su oportuno y buen artículo sobre esta poeta fue incluido en el mismo. Jesús Antonio Camacho Pérez, antropólogo, Abejorral.

Categories: Cuento, Poesía Tags: ,

A duras penas la vida

martes, 3 de octubre de 2017 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Con el título de esta columna fue bautizado el libro de cuentos del escritor quindiano Eduardo Arias Suárez que ha puesto en circulación Sello Editorial Red Alma Mater, con sede en Pereira, empresa que tiene como objetivo fortalecer e integrar las universidades públicas del Eje Cafetero, dentro del propósito de preservar y difundir el patrimonio cultural de las regiones.

En la colección Clásicos Regionales se han reeditado valiosas obras que deben llegar a las nuevas generaciones como tributo a los autores y motivo para recuperar la memoria histórica, social y cultural que ha quedado olvidada bajo el correr de los años. Ojalá este organismo contemple la reedición de la obra Jornadas, de Luis Yagarí, publicada en Manizales en 1974, y que contiene las famosas crónicas de este columnista estrella de La Patria, periódico al que estuvo vinculado por más de 50 años.

Los 38 cuentos de Arias Suárez que conforman el libro que aquí se comenta fueron escogidos por Carlos Alberto Castrillón, profesor de la Universidad del Quindío, quien elabora un detenido estudio sobre la producción del autor durante cerca de 30 años, a partir de 1921. Su muerte ocurrió en Cali en 1958.

Se calcula que Arias Suárez escribió alrededor de 150 cuentos. Entre estos se hallan dos de antología, publicados en 1927: Guardián y yo y La vaca sarda. En el libro actual, A duras penas la vida (nombre sacado de uno de sus cuentos, y muy representativo de la dura existencia del escritor), se recogen textos de toda su labor cuentística: Cuentos espirituales (1928), Envejecer y cuentos de selección (1944) y Cuentos heteróclitos (1957), lo mismo que muchos otros que vieron la luz en diversos periódicos y revistas.

Este último libro fue publicado por la Biblioteca de Autores Quindianos en 2016, lo que indica que permaneció 59 años esperando edición. Esta es la cara amarga del oficio de escribir. El Quindío está de plácemes por volver sobre las huellas de su hijo epónimo, que marcó toda una época como excelente cuentista nacional y el narrador más destacado del antiguo Caldas.

A través de sus relatos pintaba su propia realidad humana y recreaba la vida de los seres humildes que circulaban a su lado. Era un agudo buceador de almas. Con las dotes literarias del humor, la ironía, la amenidad, el realismo y la fantasía, y otras veces del absurdo, el delirio y la locura, creaba personajes del común y escenas alucinantes.

La cotidianidad era el escenario de sus enfoques, y en medio de su ámbito de desvarío, de soledad, de evocación y ensueño surgían criaturas agobiadas por las cargas de la existencia y desubicadas en su propio entorno. Ese era su clima espiritual. Hay escenas circuidas de miedos, de horror, de fantasmas, de ecos de ultratumba, que denotan el mundo atormentado que caminaba con él. En varias de sus narraciones abusa del “yo”, como una expresión de sus propias desventuras y su angustiada existencia. Este es un signo sicológico, de alto significado en su narrativa.

Otros factores destacables de su ejercicio literario son la emotividad, la ternura, la introspección. Era un ser introvertido y pensante. Así, imprimió a sus personajes la fuerza interior que poseen. Sin tales atributos no hubiera podido llegar a nuestros días.

El Espectador, Bogotá, 29-IX-2017.
Eje 21, Manizales, 29-IX-2017.
La Crónica del Quindío, Armenia, 1-X-2017.

Comentarios

Leí con gusto tu columna y agradezco de nuevo tu deferencia con Eduardo y de contera con el Quindío y nuestro grupo familiar. Carlos Alberto Castrillón me obsequió un ejemplar de la edición A duras penas la vida y lo leí con gran deleite. Creo que a ustedes dos se les debe el rescate de Eduardo del olvido. Luis Fernando Jaramillo Arias, Bogotá.

El escritor Eduardo Arias Suárez, familia de Alejandro y Jesús María Suárez, fundadores de Armenia, fue gran cuentista, relegado al ostracismo como casi todos los hombres de letras en Colombia. Es un motivo de orgullo quindiano que se exalte su nombre aunque sea después de fallecido. Juan Machuca Rico, Armenia.

Gracias al escritor Gustavo Páez Escobar estamos conociendo la grandiosa obra literaria póstuma de Eduardo Arias Suárez, hijo de esta tierra. Señores gobernantes del Quindío y Armenia: hagan algo por la cultura nuestra rindiéndole tributo y reconocimiento a este ilustrísimo escritor. Orlando Cárdenas Valencia, Armenia.

Guardián y yo es un cuento maravilloso, conmovedor, que nos habla de la dignidad y la honradez de un hombre, compartidas con el «alma» de su perro. Yo he experimentado a lo largo de mis años el afecto por los animales, en especial los perros, compañeros desde la infancia. Todo cuanto narra Eduardo Arias Suárez en su historia lo he visto y vivido con ellos: lealtad, afecto, comprensión, diálogo, sentimiento, risas y llantos. Inés Blanco, Bogotá.  

Categories: Cuento Tags:

Cuentos heteróclitos

martes, 23 de agosto de 2016 Comments off

(prólogo)

 Por: Gustavo Páez Escobar

Hay en los cuentos de Eduardo Arias Suárez una característica predominante: los personajes son seres de la vida corriente y se mueven con desenvoltura en los escenarios comunes del mundo. Esto no solo ocurre en los cuentos reunidos en este libro, sino en toda su obra narrativa: Cuentos espirituales (1928), Ortigas de pasión (1939), Envejecer y cuentos de selección (1944) y Bajo la luna negra (1980).

Cuando el protagonista de uno de estos relatos habla en primera persona, parece como si fuera el mismo escritor quien contara su propia historia. Este dibuja  de tal modo las intimidades de sus criaturas hasta hacerlas auténticas, que a través de ellas logra transmitir las emociones y desasosiegos que él mismo siente.

Tiene semejanza con Chéjov, maestro de la cotidianidad en sus cuentos sobre la Rusia zarista de su época, caracterizada por el despotismo con que los poderosos trataban a la gente desvalida. El cuentista ruso, lo mismo que Arias Suárez en el ámbito colombiano, llevaba una llama de emotividad en su fuero interno y con ella vagaba por los campos en contacto penetrante con los humildes.

Esta experiencia aportó, tanto a Chéjov como a Arias Suárez, el material para enfocar la tragedia humana. Dotados de altas dosis de sicología, creatividad picaresca, humor e ironía, supieron ver la vida a través de los seres modestos y de los sucesos triviales que surgían a cada paso y les permitían dimensionar la realidad social.

Arias Suárez era un tránsfuga del destino que no encontraba acomodo en la sociedad. Su carácter inquieto y desapacible, unido a cierta actitud acre y engreída en el trato con sus vecinos, da cuenta de un individuo irritable que chocaba con la gente y armaba rencillas inauditas.

Pero ese no era el escritor en el fondo de sí mismo. Por el contrario, poseía alma generosa y afectiva, que no se le descubría a simple vista. Los que lo trataban de cerca hablaban de su excedida franqueza verbal y su ruda sinceridad, que por supuesto le acarreaban conflictos y lo distanciaban de sus amigos, creándole una figura hosca, lejana y enigmática.

Ahora bien, lo que llevaba consigo era un espíritu atormentado y un corazón grande en medio del ambiente desabrido de su tierra, que no podía asimilar. Por eso, terminaría desarraigándose de su entorno. No obstante, bajo la presión de tales durezas y disonancias elaboró sus mejores cuentos.

A veces se valía de los animales, más nobles que el hombre, para transmitir las sensaciones que recibía sobre la condición humana. Prueba de ello son sus cuentos magistrales Guardián y yo y La vaca sarda.

Frente a este panorama incompatible con su carácter crecían su descontento y su enojo, que en ocasiones se volvían corrosivos. Entonces se refugiaba en la literatura como puerto de salvación contra la mediocridad. Quienes lo tachaban de huraño y desdeñoso carecían de aptitud para captar las congojas de su espíritu. Ignoraban que lo que había detrás de esa apariencia adusta era un ser sensitivo y atormentado, capaz, por otra parte, de pintar los eternos conflictos del hombre.

Adel López Gómez, el escritor que tuvo mayor afinidad con él y que más supo interpretarlo, define así este atributo de su alma: “Una ternura que le afloraba en la literatura y en la vida, en las obras de su ingenio, en el amor de la mujer y de los hijos. Una ternura de hombre “duro”, siempre en batalla consigo mismo, que a veces se le agazapaba en el más secreto fondo. Una ternura, una bondad que, en contraposición eterna con la violencia, no le dejó nunca ser feliz”.

La soledad fue el gran sello de su vida. Se casó con la soledad. En sentido general, ella es la marca del escritor. Se puede ser solitario entre la muchedumbre. Para muchos, la soledad no es un estigma, o una maldición, sino una elección, un estilo, una manera de ser, un privilegio. Sin embargo, del estado de sosiego puede pasarse a la amargura, la neurosis o la angustia.

En El concepto de la angustia afirma Kierkegaard que “si el hombre fuese un animal o un ángel, no sería nunca presa de la angustia”. Según el filósofo danés, la angustia nos llega desde Adán como un concepto del pecado. Nadie está libre de  la angustia, pero muchos aprenden a manejarla. Las mayores víctimas son los espíritus sensibles y soñadores. Cuanto más espíritu exista, tanta mayor angustia. En sentido contrario, la falta de espíritu produce felicidad.

Conocido el hecho de que Eduardo Arias Suárez vivió en constante angustia, debe saberse que fue de esa manera como ideó los textos que tanta ponderación le hicieron ganar, lo mismo que sucedió con el cuentista ruso. Y entre nosotros, con Germán Pardo García, el poeta de la angustia –también llamado el poeta del cosmos–, que bajo el pavor del páramo y la inclemencia del desamparo escribió su obra grandiosa.

En Venezuela, a donde el escritor quindiano fue a parar llevado por su espíritu andariego e inconforme, armó en 1957 el libro titulado Cuentos heteróclitos, que ha permanecido inédito durante seis décadas. Moriría en Cali al año siguiente, el 19 de octubre de 1958, a la edad de 61 años, víctima de un cáncer terminal que él había detectado años atrás y que mantuvo en secreto. Nació en Armenia el 5 de febrero de 1897.

También en este aspecto existe semejanza con Chéjov, quien muere lejos de su patria a causa de la tuberculosis crónica. El paralelo literario que se da entre ambos cuentistas se extiende a sus propias vidas. Ambos vivieron agobiados por la angustia.

Se me ocurre pensar que Arias Suárez fue gran lector de Chéjov (lo mismo que de Gorki, Balzac, Maupassant, Poe y Kafka), ya que la técnica de sus narraciones ofrece similitudes. La penetración sicológica sobre los personajes, el uso del relato breve, el final sorpresivo, la crítica social manejada con caricaturas de la realidad, la almendra que queda para meditar luego de terminada la lectura, los hermanan en los caminos del cuento clásico.

Pertenecen a la misma corriente estética del naturalismo y el realismo. Arias Suárez se aparta del romanticismo, y si bien algunos episodios contienen ligeros toques románticos, esa no es la esencia de su literatura.

Un grupo de trabajo de la Universidad del Quindío, liderado por Carlos Alberto Castrillón y del que hacen parte Mariana Valencia y Daniel Mauricio Rodríguez, se dio a la tarea, con ejemplar empeño, de analizar y valorar este legado del que se habla durante más de medio siglo en la región quindiana. Los sesudos estudios que ellos ofrecen en estas páginas representan aportes valiosos para la literatura quindiana, y permiten sopesar la figura de Eduardo Arias Suárez en su época y lo que significa en los días actuales.

No se trata, en realidad, de cuentos inéditos, sino del proyecto editorial que buscaba el cuentista para conformar un nuevo libro, cuando lo sorprendió la muerte. En efecto, dieciséis de los veintitrés cuentos ya habían sido publicados en páginas literarias, sobre todo en Lecturas Dominicales de El Tiempo, y es posible que los siete restantes también hubieran obtenido su edición, pero el grupo universitario no logró encontrar los registros de prensa. De todos modos, debe considerarse que se trata de un libro inédito.    

El primero de estos cuentos salió a la luz el 10 de abril de 1943, y el último, el 9 de julio de 1951. Época tan remota, que al leer estos textos se experimenta la sensación de regresar a un país olvidado, para no decir que desconocido. En otras palabras, Eduardo Arias Suárez resurge de las cenizas del olvido. Ese es el milagro que depara el arte literario.

El implacable paso del tiempo resulta abrumador. El autor de estas líneas trae a la memoria que han pasado treinta y seis años desde que él dirigió en Armenia, con el auspicio del Comité de Cafeteros, la publicación de la novela inédita Bajo la luna negra, que llevaba medio siglo de haber sido escrita por Arias Suárez en la Guayana venezolana (1929).

Nos hallamos ante otro suceso literario. El trabajo editorial se hace posible gracias a la amorosa conservación de los originales en manos de Rosario y Zafiro, quienes a lo largo del tiempo han luchado con ahínco y esperanza por la edición que al fin se lleva a cabo. De esta manera, conservan fresco el recuerdo de su padre.

Publicación abreviada en:
El Espectador, Bogotá, 12-VIII-2016.
Eje 21, Manizales, 12-VIII-2016.

Comentario

Valioso y estimulante artículo. Seguramente nuevas generaciones, como la de los estudiosos de la Universidad del Quindío, lograrán el rescate de otras magníficas obras que enriquecerán la Biblioteca de Autores Quindianos, entre los cuales orgullosamente te incluimos pues te reconocemos como uno de los nuestros. César Hoyos Salazar, Armenia.

Categories: Cuento Tags:

Amores de cocodrilo

sábado, 11 de febrero de 2012 Comments off

Cuento de

Gustavo Páez Escobar

Cayó hacia atrás, y mostró una mueca de dolor. El populacho, frenético, hacía resonar en sus oídos una algarabía infernal. Varias bombas estallaron a lo lejos. Los soldados corrían como ratas, atajando las multitudes que querían irse contra el Cadillac color gris, que avanzaba por la Avenida Girasol, frente al Palacio Tiburón, lentamente, reptando como una culebra.

Delante de él los esbirros del Gobierno, carabina en mano, con olfato de sabuesos, se abrían paso y llenaban de improperios a los que pretendían llegar hasta el automóvil ventrudo donde el presidente yacía sofocado, con la mirada vidriosa. La gorra le cayó de medio lado sobre la cara. Ahora no había tiempo para arreglar al presidente, a quien el pueblo llamaba Cocodrilo, o Coco, apodo perfecto.

Parecía un cocodrilo por su trompa alargada, sus garras impresionantes, su mirada feroz. El cuello potente sostenía la cabeza descomunal, de rostro inexpresivo y mirada fulminante. Sus ojillos sanguinolentos no siempre se veían en el semblante adusto. Se escondían detrás de las cejas pobladas, como fieras en acecho, reposadas pero instantáneas para el asalto. También lo llamaban Papá Cocodrilo por su dominio absoluto durante catorce años de dictadura. Era un monstruo, un asesino, un acaparador de riquezas. Sin embargo, el pueblo no lograba quitárselo de encima.

Por toda la zona tropical, plagada de dictadores, de reyezuelos tiránicos, de bestias y de cocodrilos, sobresalía la leyenda de este amo de superiores capacidades, que se sostenía a pesar de las reyertas, los atentados y las conspiraciones del exterior. Su gobierno, que provocaba polémicas en las políticas continentales, era un estorbo, pero se le toleraba porque permitía el establecimiento en su territorio de bases estratégicas e ideologías audaces que avanzaban poco a poco, a paso de cocodrilo, por la región tropical.

Papá Cocodrilo alcanzó a abrir un ojo, en forma maquinal, y continuó roncando con estertores lentos y vigorosos. Movió su manota velluda, en nuevo acto inconsciente. En el pecho robusto se veía la perforación de dos balas, por donde salía un torrente de glóbulos rojos que formaban cauce por la superficie peluda.

El animal de su sexo, puesto al descubierto en esta rápida exploración de zonas afectadas, era un miembro desgonzado e insignificante dentro de las miedosas proporciones del toro impetuoso. Ese apéndice, elemento de placer y atropello, hubiera podido arrancarse de un tajo y exhibirse al populacho como un despojo de la guerra, si los guardias, cada vez más enfurecidos, no impidieran el acceso al automóvil y no se hubieran convertido en protectores de aquella marcha entre fúnebre y victoriosa.

El amo había sido alcanzado por las balas, pero todavía respiraba. Era una respiración que aún mantenía el imperio del brujo: una especie de dios y de diablo. Su caja torácica parecía un depósito de vientos huracanados que ni siquiera disminuían su fuerza después de los cinco agujeros abiertos en todo el cuerpo.

Un negro, tan negro y corpulento como él, y envenenado contra él por haber abusado de su mujer y sus dos hijas, se vino con ímpetu y arremetió contra la guardia. Alcanzó a desarmar a uno de los esbirros y encañonó con el fusil a los otros, pero una descarga de metralleta lo fulminó contra el capó. Después las llantas pasaron encima del cuerpo, en movimientos repetidos, como constancia contundente para la multitud de que el jefe supremo, contra el que era imposible atentar, podía repeler cualquier asonada. Coco estaba protegido por fuerzas misteriosas. Su imagen se agigantaba con las leyendas sobre sus hechicerías y su alianza con espíritus y poderes sobrenaturales.

Había surgido del propio pueblo como líder de barriada para imponer su larga dictadura. Primero con discreción y luego con influjo cada vez más reconocido, encarnaba una figura que no por grotesca dejaba de ser magnética. Al principio se le empujó a ganar posiciones, creyéndolo una esperanza para el país. Surgía un líder extraído de la entraña del pueblo para acabar con el despotismo reinante, que se mostraba interminable. Así Coco se hizo gran jefe, hasta terminar como tirano. El pueblo no tenía por qué saber que caía una dictadura intolerable para iniciarse otra todavía más sanguinaria.

Se embriagó con el poder y la gloria. De allí al abuso solo había un paso. Comenzó expropiando tierras. Luego se apoderó de cosechas y ganados, de industrias y bancos. Explotaba a los negros y violaba a sus mujeres. La nación era su gran hacienda, y ni siquiera sus conmilitones podían retener ninguna propiedad, porque pronto la perdían en garras del brujo todopoderoso que no se dejaba dar golpes de Estado, ni permitía la menor indisciplina, ni toleraba la competencia. Sus armas vengaban cualquier brote, cualquier apetito indebido.

Era hombre frío, como fabricado de mármol. Nunca reía y nunca perdonaba. Sentado en su despacho, hasta donde se llegaba por hileras de súbditos armados hasta los dientes, parecía un dios, acaso la misma personificación del fuego o del infierno. Figuras repugnantes de búhos, lagartijas, calaveras, reptiles… presidían su recinto, su sancta sanctórum, trono majestuoso del poder y la gloria, desde donde manejaba a punta de bayoneta y con ímpetu luciferino el país de pobres brutos que no había acertado a crear otro líder.

Lo haría él, se dijo con furor. No era posible tanta atrocidad. Negro como Papá Cocodrilo, un día su amigo y ministro de confianza, y luego caído en desgracia, se vengaría. ¡Se vengaría, se vengaría…! El eco del odio acumulado taladraba sus entrañas y lo incitaba a volverse asesino. Había que salvar al pueblo, vengar a los esclavos, volver por las mujeres deshonradas, esas indefensas mujeres –sus esposas y sus hijas– a quienes Coco sometía a terribles orgías en su harén de negrerías inconfesables.

Lo haría él, negro como el amo, pero con el alma limpia. Caviló durante noches enteras. Le ardía el corazón y se le rebelaba la sangre. Tenía que ser él, con sus propias manos. No era para menos, si el brujo le había arrebatado a su mujer y la había hecho su amante. Mejor: su esclava.

Coco la tomó con sus manazas lujuriosas y se la pasó al marido por los ojos, incapaz éste de hacer nada, dominado como se encontraba por dos centinelas. La hizo desfilar varias veces, mientras la desnudaba. El acto lo realizaba con saña y sadismo, prenda a prenda, para cumplir mejor su propósito de venganza y pasión. Al final la contempló desnuda y se relamió de placer. Ella lloró con sofocos entrecortados y al marido se le desenfrenó la furia. Uno de los matones le descargó un culatazo cuando éste pretendió levantarse de la silla. Luego Coco se vino encima de su rival, como poseído por sus serpientes y sus diablos, y le escupió la cara. Le dijo que de él nadie se burlaba.

El marido presenció la escena horrorosa. Escuchó, petrificado, el grito de terror de su mujer, y luego la risa convulsiva de la bestia. Era la primera risa que le escuchaba, y para siempre se quedó taladrándole los oídos. Era como el rescoldo de su propia ira. ¡Se vengaría, se vengaría…! El pueblo entero buscaba hacerlo a través de él.

Cuando lo vio aparecer en la Avenida Girasol, frente al Palacio Tiburón, sintió gusto. Coco, rodeado de lacayos, recibía los vivas forzados del pueblo. El vengador tomó una posición estratégica. Desde allí lo dominaba a la perfección con la mira telescópica. Su destino de asesino era ya irremediable. Repercutía en sus entrañas aquella risa convulsiva del bruto, que se ampliaba en sus entrañas como risotada de los infiernos. Veía a su esposa forcejeando contra los desmanes lascivos de la bestia. Todo esto lo degradaba, lo escarnecía, le desgarraba el sentimiento.

Ni un temblor, ni la más mínima indecisión. Lo puso en la mira. Lo repasó con rigurosa atención, palmo a palmo, para mejor devorarlo, en la misma forma como el monstruo se había complacido con el cuerpo de la mujer, prenda a prenda. Luego lo llevó al centro de la cruz, como marcándolo con sevicia para el sacrificio, y disparó tranquilo, con gozo infinito, tiro a tiro, hasta que se borró el fantasma.

Coco se dobló con gesto de dolor. Dos veces se estremeció e intentó levantarse. Pensaba que todo lo podía, hasta darle órdenes a la muerte. Pero sus fuerzas estaban doblegadas. El pueblo se arremolinaba alrededor del vehículo, con ímpetus vengadores, mientras los esbirros luchaban por proteger la vida del amo.

Cuando el negro despertó en el hospital, supo que el déspota había muerto. Se lo imaginó con la gorra de medio lado, incapaz de hacer nada, como había caído en el Cadillac. De nuevo sintió regocijo. Hasta escuchó sus estertores desesperados y su último aliento de fiera destruida.

Había desaparecido Papá Cocodrilo para siempre. Estaba vencida la ignominia. La venganza del negro quedaba cumplida hasta la saciedad. Se sintió tranquilo y deseoso de presenciar la alegría de los suyos –de las personas de su sangre y del pueblo entero– por el final de la época tenebrosa. El país, el pequeño país tropical que hacía germinar las dictaduras con misteriosos fermentos, podía respirar de nuevo.

De pronto irrumpió en la pieza del hospital un séquito afanoso y solemne. Ante sus ojos volvió a aparecer el pelotón de esbirros. Entraron en confusión y rodearon la cama. Supuso que lo iban a proclamar héroe de una epopeya, para tributarle allí mismo el tributo de las masas. El negro se incorporó en su lecho, aún somnoliento y sin la completa noción del mundo externo que con ecos confusos llegaba a sus oídos desde las calles tumultuosas. Escuchaba tambores lejanos que movían el ritmo de melodías negras, adormecidas en su sangre africana, y acaso llegó a pensar que lo cargarían hasta la plaza para mostrarlo al pueblo como un trofeo de la guerra por la libertad.

Cambió de opinión cuando vio aproximarse, paso a paso, al propio Papá Cocodrilo, con su trompa alargada, sus garras monstruosas, su mirada feroz, su figura de bestia apocalíptica. Sus ojos despedían chorros incendiarios. Y se le antojó que los colmillos se le habían alargado y la ira se le retorcía en las vísceras. Volvía a encontrarse con la misma calaña que él había abatido entre descargas mortales, y que sin embargo seguía viva. ¿Qué había sucedido? Que los monstruos nunca mueren. Se les pueden disparar todas las ráfagas de las guerras, y apenas les producen rasguños. Siempre sobreviven. Quizá el negro estaba soñando, o se tropezaba de nuevo con el fantasma, más allá de la muerte. Pero estaba vivo. Ambos estaban vivos.

La sangre se le congeló cuando el monstruo, levantando la metralleta, se dispuso a la ejecución. El arma se mantuvo en el aire, hablando el lenguaje de la atrocidad. Así se sostenía un imperio, entre el escalofrío del miedo. Antes de disparar y matar, era preciso que la víctima conociera el pánico. La retina de Papá Cocodrilo llevó a su víctima al punto más recóndito del furor y la represalia. El negro sintió que esa mirada de escorpión era su mayor suplicio. Luego centellearon los ojos iracundos del matón. Y alcanzó a percibir el gesto fulminante que disponía su muerte. Ni siquiera tuvo tiempo de moverse. Quedó quieto en la cama, destrozado por un arma que no se había hecho para perdonar.

Nené Cocodrilo, que comenzó llamándose Coquito, tomaba en esa forma el poder. El negro, que en medio de su desconcierto había confundido a su asesino, no alcanzó a distinguir el nacimiento de la nueva era, que cumple ya catorce años de dominio absoluto. El mismo período alcanzado por Papá Cocodrilo, que su heredero se propone superar como una constancia de fortaleza histórica.

(Del libro Humo, 2000).

 

Categories: Cuento Tags:

Glóbulos rojos

sábado, 11 de febrero de 2012 Comments off

Cuento de

Gustavo Páez Escobar

El niño miraba con ojos dilatados el movimiento de personas en la sala del hospital. Muy cerca, su madre lo animaba a ser valiente.

–Ya pronto nos llegará el turno –lo consoló.

El niño se tocó el estómago y se quejó. Se veía demacrado. Otro niño, a su lado, con signos de vitalidad, parecía burlarse de él mientras movía figuras en su tablero de entretención. Jairo se sentía morir. El estómago le crujía como si llevara en sus cavernas extraños cocimientos. Desde días atrás la diarrea era inclemente. La sensación de vacío y desacomodo no le permitía un minuto de sosiego. Ahora, en el salón lleno de personas ansiosas, donde debía revestirse de paciencia mientras su madre conseguía hablar con el médico, se creía miserable. Su vecino no se mostraba dispuesto a compartir con él su tablero de juegos.

Las enfermeras cruzaban de afán por todas partes, sin tiempo para detenerse ante la infinidad de requerimientos que salían del público. Los pacientes las reclamaban con insistencia desde todos los lugares, y ellas, acostumbradas a la vida de los hospitales, desoían el clamor general. Diestras para la circulación por entre ese hervidero humano, no se dejaban abordar y seguían de largo. Los médicos estaban encerrados en sus despachos, y si alguno se hacía visible, nadie se atrevía a interceptarlo.

–¿Qué tiene su hijo? –le preguntó el galeno mientras examinaba el rostro descompuesto del niño.

–Diarrea, doctor.

–Está muy pálido –comentó el médico.

La madre había logrado, al fin, traspasar la barrera de la paciencia. Era como si hubiera descargado un enorme peso que la agobiaba. Con solo estar en el despacho del facultativo, ya creía salvado a su hijo. Todos los remedios habían fracasado, y como el paciente mostraba languidez, surgió la alarma. Alarma justificada, teniendo en cuenta la muerte de otro de sus hijos, cuatro meses atrás, con síntomas similares. Recordando los casos de mortalidad infantil ocurridos en su barrio, se decía que el peligro estaba conjurado.

–Lo noto barrigón –dijo el pediatra.

Algo quiso explicar la madre, que no pudo precisar, y convencido el doctor de que el síntoma era de anemia agravado por una parasitosis aguda, ordenó la hospitalización.

–¿Está grave, doctor?

–Su caso es delicado. Le haremos exámenes de laboratorio y le controlaremos la diarrea. Su hijo está desnutrido y hay que fortalecerlo. La palidez de la piel y de las mucosas indica que hay pérdida de glóbulos rojos. El picor estomacal demuestra que está invadido de oxiuros.

–¿Oxiuros? ¿Qué enfermedad es ésa? –preguntó la madre con inquietud, como si hubiera escuchado la palabra muerte.

–Sí –repuso el médico–: o-x-i-u-r-o-s… Unos animalitos que se enquistan en los intestinos y pueden provocar desastres si no se exterminan a tiempo. De ahí nacen las molestias digestivas de su hijo. Por eso siente el hormigueo y tiene el pulso acelerado, ¿me entiende usted?

Iba a decirle que no entendía. Ya el doctor salía del despacho. La enfermera tomó al paciente de la mano y lo hizo desaparecer en instantes por el pabellón de los enfermos delicados, venciendo la resistencia de su protectora. La mujer, enredada en el tránsito de enfermeras, médicos y pacientes, alcanzó a su hijo en el momento en que éste traspasaba la puerta donde no se permitía el acceso de particulares.

Como en el recorrido se tropezó con expresiones duras y con una temperatura agitada, terminó dominada por la inseguridad. Cuando un médico y una enfermera celebraban algo en común, entre risas insólitas, se preguntó la madre cómo se podía estar contento en la apabullante atmósfera de los hospitales.

El médico entró al consultorio de maternidad, donde su colega amonestaba a una madre potencial por su deseo de abortar.

–Es un crimen –le decía–. Abortar es lo mismo que matar.

Ella, apenas una niña, se fue con su problema a cuestas, un poco cortada con la aparición del intruso. Pasó cohibida frente a él y no se atrevió a enfrentarse con su mirada escrutadora. El pediatra pensaba que mientras el ginecólogo quería retener en el vientre de la madre un elemento natural, él iba a desalojar las larvas invasoras.

–¿Cómo te sientes, Jairo? –le preguntaba el médico ocho días después.

–Cansado.

–Te aliviarás.

Por el camino se decía el pediatra que si se hubiera demorado el tratamiento, la deshidratación habría sido fatal. El proceso se mostraba lento, pero la cura era manifiesta. Jairo sonreía en su cama de recuperación. Anhelaba el tablero de juegos que no tenía, pero estaba a gusto en aquel ambiente de enfermeras y vecinos complacientes.

Cuando días después vio llegar a su madre con la pequeña maleta, supo que era la hora de partir. Ella había cruzado los mismos pasillos que días antes halló fúnebres. Ahora, llena de entusiasmo, aparecían con vida. Ya no veía carreras de angustia ni rostros endurecidos, aunque la rutina del hospital era la misma. En el pecho llevaba una sensación diferente.

A cambio del niño barrigón, con diarrea y anémico, iba a recibir un niño sano. O-x-i-u-r-o-s, repetía, como destrozando con los dientes una plaga criminal. Sin embargo, su estado de ánimo se modificó al verlo avanzar hacia ella, delgado y paliducho. No acertó a entender que su hijo estuviera sano, si ya no poseía su aspecto rollizo.

En vano la enfermera le explicó que eso se debía al desalojo de los gusanos, pero como la madre no podía aceptar un niño disminuido, corrió furiosa al consultorio del médico. Su ímpetu no fue suficiente para que le permitieran la entrada, y como de todas maneras deseaba protestar, así se expresó ante los asistentes:

–Pueden ver en qué condiciones recibo a mi hijo. Lo traje gordo y me lo devuelven sin carnes. Le han sacado la sangre para vendérsela a los ricos. En los hospitales nos engañan a los humildes… ¿Dónde están los glóbulos rojos?

Uno de los presentes intentó calmarla. Pero la mujer no oía razones. Horas después, ya agotada por el esfuerzo, se dispuso a abandonar el hospital. Sosegado el ambiente, el pediatra salió de su consultorio en compañía del ginecólogo y se enfrentaron a miradas curiosas, que prefirieron ignorar.

–¿Qué hubo de la paciente del aborto? –preguntó el pediatra.

–Abortó.

De lejos los dos galenos veían avanzar por el patio a la madre con su hijo, hasta que la figura desapareció por la puerta principal. Luego el pediatra se encaminó al salón de enfermos. Y antes de atender otro caso de anemia y parasitosis, ahuyentó de la mente algún pensamiento incómodo. Acababa de morir otro niño por la misma causa, y se dijo que no todos tenían la suerte de Jairo.

–¡Médicos explotadores! –protestaba ella.

En ese momento sacaban el féretro del niño fallecido. Un séquito afanoso lloraba el suceso.

–¿De qué murió? –preguntó la madre.

–De anemia.

–Al mío, en cambio, que estaba lleno de glóbulos rojos, le sacaron la sangre para vendérsela a los ricos…

–Pero está vivo –replicó la interlocutora.

Jairo no entendía las protestas de su madre, por sentirse con una sensación de alivio después de los días terribles de su enfermedad. El pequeño caminaba con expresión risueña en medio de la caravana fúnebre.

–¡Médicos explotadores! –gritaba la madre iracunda.

–¡Pero está vivo! –replicó la otra madre.

–¡Médicos explotadores…!

(Del libro Humo, 2000).

Categories: Cuento Tags: