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Tarjeta de crédito

domingo, 16 de octubre de 2011 Comments off

Humor a la quindiana

Por: Gustavo Páez Escobar

Señor gerente: no resisto la ten­tación de contar a usted la experien­cia que tuve en días pasados al pre­tender hacer una compra en su fábrica y tener que desistir de ella al no haber hallado ni la fórmula ni la persona indicadas para resolver un caso de simple comercio.

El terciopelo que había seleccionado por valor de $16 mil se me quedó en proyecto porque unidas dos tarjetas de Credibanco, la de mi señora y la mía, sólo nos permitían, según expli­cación de la empleada, un máximo de $10 mil. Las otras tarjetas, la Cre­dencial y la Diners, tuvimos que guardarlas casi que con pena porque la empleada las rechazó de plano.

Le sugerí dos fórmulas: que me permitiera ampliar la tarjeta por los $6 mil restantes, explicándole que los cupos de ambas estaban libres hasta $60 mil, o que me aceptaran un cheque sobre Armenia, para lo cual exhibí una serie de documentos que hubieran convencido de mi honorabilidad a otra persona, menos a su empleada, señor gerente, que cumplía «órdenes estrictas» y que no podía excederse en un milímetro.

Pedí, entonces, que un empleado de más categoría me sacara del embro­llo, pero no fue posible. Alguien me insinuó al oído que era preciso hablar con la jefe de ventas, título que me pareció apropiado para salvarme de las «órdenes estrictas». Pero esa se­ñorita se escondió. Quería contarle a ella que, además de poseer las cons­tancias de honorabilidad que no pude hacer valer, era columnista de El Espectador y otros periódicos, y que por otra parte nunca había ingresado a la cárcel por estafador.

Me tocó presenciar con tristeza, como si yo fuera el dueño de la fábrica, que otro señor que ofrecía soluciones parecidas a la de este honorable ciu­dadano que a usted acude, se retiraba del establecimiento porque de nada valían ni sus tarjetas de crédito ni sus súplicas. En Colombia, por desgracia, a todos nos ven cara de estafadores cuando empleados menudos están cumpliendo «órdenes estrictas».

Pasé al negocio siguiente y allí me encontré con la noticia de que no había tarjetas de crédito. Es decir, tendría que regresar a Armenia sin el tercio­pelo. Pero mi sorpresa fue grande cuando el empleado, un señor diná­mico y según se ve sicólogo, me dijo que me aceptaba el cheque.

Casi no encuentro, de puro susto, la chequera. Ante tanta amplitud terminé com­prando el doble de la mercancía pro­yectada. Volé, claro está, al teléfono, para rogarle al gerente del banco, gerente como usted, que me pasara en sobregiro unos pesos que había girado de más, muerto de la emoción. Y le aseguro, señor del alma mía, bajo mi palabra de banquero (también soy en alguna forma colega de usted), que el cheque no resultó chimbo.

*

Regresé, de todas maneras, a su fábrica, una casa de prestigio que me resultaba pintoresca, quizá por la propia torpeza de sus empleadas, las cumplidoras de «órdenes estrictas». Esta vez no habría problema porque la compra, unos metros de peluche, ca­bían en cualquiera de nuestras humildes tarjetas de Credi­banco. Pero la empleada resbaló otra vez. Dijo que si la tarjeta era expedida en Armenia, no valía, porque se nece­sitaba una de Bogotá.

Le expliqué, con mucha paciencia y hasta con humor, que estas tarjetas eran nacionales. Al fin se convenció, señor gerente, des­pués de haber pasado la operación a la jefe de ventas, que seguía escon­dida.

No he resistido las ganas de contarle esta aventura, señor gerente. Creo que me lo va a agradecer. Y es que la imagen de un negocio, por más transacciones millonarias que realice, está en el mostrador. Le pongo algo de humor a estas trastadas para que usted, que debe ser gran empresario (alguien me contó que en ese momento jugaba golf), reciba la noticia con serenidad y no le dé por despedir a las menudas empleadas sin facultades para nada.

*

Posdata: Algo ha sucedido con mi vale de Credibanco, porque no me ha sido cobrado. Ha pasado mucho tiempo… ¿Sería que la señorita ven­dedora lo confundió con un papel de envolver?

El Espectador, Bogotá, 31-I-1982.

* * *

Misiva:

He leído con el mayor detenimiento el artículo publicado por el periódico El Espectador, el pasado 31 de enero y quiero agradecerle su colaboración y al mismo tiempo lamentar los inconvenientes que tuvo para la utilización de su tarjeta Credibanco. Para nosotros sería muy importante que nos diera el nombre del establecimiento donde tuvo problemas con el objeto de poder visitar dicho establecimiento y evitar contratiempos a otros usuarios… Vicente Dávila Suárez, presidente de Ascredibanco, Bogotá, 1-II-1982.

 

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Consultorio sentimental

domingo, 16 de octubre de 2011 Comments off

Humor a la quindiana

Por: Gustavo Páez Escobar

Marzo 5.

Querida DIM: He leído muchas his­torias en su columna y ninguna se parece a la mía. Estoy en una verda­dera encrucijada. Ayúdeme, respe­tada señora, porque creo morirme.

Comenzaré contándole que el em­barazo todavía no se me nota. Ya son tres meses de sufrimiento, durante los cuales he logrado ocultar los vestigios de mi falta… Ni mi propio jefe, el padre de mi pecado, se ha dado cuenta. Cuando se lo diga, el pobre va a quedar horrorizado porque él mismo no lo recuerda.

Aquella noche estaba medio enloquecido con eso que llaman lagu­na, y cuando despertó… ya había sucedido. Dentro de quince días será su matrimonio. Él no tiene ni sospecha de que la embarró conmigo, y yo siento hoy un mortal remordi­miento. ¿Se lo digo o no se lo digo? Lo peor es que lo quiero. ¡Lo quiero, señora, y no quisiera perderlo! Con­tésteme, por favor, para tomar una resolución firme. De su respuesta de­pende mi vida. Quien mucho la admira. Flor Marchita.

*

Marzo 14.

Su caso sirve para muchas ingenuas secretarias que se dejan sugestionar por el jefe. Usted ya dio un paso que es irremediable. Omite decirme en su carta si su jefe le ha demostrado cariño serio. Me atrevo a pensar que lo suyo es una aventura. Háblele de todas maneras. Cuéntele que espera un hijo suyo, y por su reacción se dará cuenta si es responsable y rompe su compromiso. Caso  bastante remoto, porque la experiencia demuestra que la secretaria es un entretenimiento para los jefes ligeros; una golosina que se saborea y después se desprecia. Si él fuera verdadero hombre, se casaría con usted. Pero no se haga ilusiones.

A propósito: ¿qué prueba le presen­tara para que él acepte su desliz? Usted misma dice que él se hallaba en estado de “laguna». De todas maneras, piénselo bien antes de provocar un escándalo. Le deseo mucha suerte. DIM.

*

Julio 19.

Querida DIM: Fue como usted lo supuso. El muy cínico me midió de pies a cabeza y me dijo con voz arrogante que mentía. Sus ojos recorrieron más de una vez mi estómago, pero como todavía no se me notaba nada… Lloré ante su desconsideración y ni aun así se enterneció. Dijo que estaba formándole una comedia para atraparlo. Lo mejor fue haberlo olvidado.

Un compañero, enterado de mi drama, me propuso hacerse cargo de la criatura si me iba a vivir con él. Y lo hice. Ahora soy feliz. Pero no hay felicidad completa. Su esposa nos está haciendo la vida imposible. Dentro de dos meses nacerá mi hijo y tendrá padre, según supongo, pero a veces me parece que mi compañero va a dejarme, pues se ha conseguido otro lío extraconyugal y ya no querrá admitir como hijo suyo a quien no lo es.

Mi desgracia actual es que me estoy enamorando de un vecino. Y como también me promete hacerse cargo de la cria­tura si me voy a vivir con él, estoy otra vez en una encrucijada. Sólo faltan dos meses para el na­cimiento y parece que lo mejor sería irme con el segundo, o más exacta­mente con el tercer hombre de mi vida, para asegurarle a la criatura un apellido. ¿Qué opina usted? Su devota, Flor Marchita.

*

Agosto 8.

Le aconsejo que se atempere, por Dios. Todavía no ha nacido el hijo y ya tiene tres padres. De este modo, queridas lectoras, es como la mujer se prostituye poco a poco casi sin darse cuenta. Usted, Flor Marchita (¡cómo es de acertado el seudóni­mo!) está a borde del abismo. Si se va con el tercer hombre, lo más seguro es que mañana lo hará con otro, y con otro, y con otro más… ¡Y todos casa­dos! ¡Siente la cabeza!, es mi consejo. DIM.

*

Octubre 28.

Respetada DIM: Dicen que los hombres no acudimos a su columna, pero no hay tal. La leemos tal vez más que las mujeres. Resulta que me casé hace siete meses y ya el matrimonio está destruido. Soy jefe de oficina y tuve una bonita secretaria con quien, según ella, cometí un desliz en una noche de copas. De ese desliz nació una criatura y hoy me duele no haberla reconocido, y más aún, no haberme casado con la madre cuando podía hacerlo. Ella me lo pidió a tiempo.

En fin, son historias pasadas… Mi mujer resultó coqueta, gastadora y veleido­sa, además de fría e insípida. Hoy la tengo repudiada. Mi antigua secreta­ria, más bella que nunca, ha corrido con mala suerte. Ha pasado de mano en mano, pero al fin y al cabo me siento responsable de sus desventuras. Quiero proponerle que venga nuevamente de secretaria e incluso darle mi apellido a la criatura. ¡Asunto de conciencia, señora! Para eso tendría que proponerle unión libre, y hasta matrimonio civil si me cercioro de su lealtad. ¿Qué opina usted, buena señora? Idiota arrepentido.

*

Febrero 14.

Querida DIM: Estoy nuevamente de secretaria de mi antiguo jefe y ahora soy su concubina. Todavía no ha reconocido a mi hijo en la notaría, pero dice que lo hará si le soy fiel. Y hasta me ofrece matrimonio en Panamá, Ecuador o Venezuela. ¡La locura…! Sin embargo, estoy confusa porque me estoy enamorando del jefe de contabilidad, un gallinazo lo más de chévere que tiene conmigo galanteos como ningún hombre los ha tenido…

El Espectador, Bogotá, 18-V-1981.

 

 

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La tienda

domingo, 16 de octubre de 2011 Comments off

Humor a la quindiana

Por: Gustavo Páez Escobar

Tomasito tiene apenas diez años y ya sueña cosas importantes: quiere ser tendero como su padre. Al niño se le suben los humos a la cabeza cuando don Facundo le confía, con cierta jactancia, el manejo de la caja. Aunque sólo lo hace en operaciones menudas, porque su edad no es para enredarlo con cifras mayores.

A pesar de su corta edad ya se defiende como un adulto cuando hace la cuenta del par de espermas, de la libra de sal y del «atao» de panela. Atao o atado, para los que ignoran el provincianismo, son dos panelas unidas en un mismo envoltorio, por lo general en hoja seca de plátano. (Y no es que la hoja se cobre; o cerciórese usted).

—Ahora le das al vecino una pucha  de papa y le contás bien la vuelta. (Aquí habrá que explicar también que la pucha es una medida de volumen y que cambia de tienda a tienda).

—¿Con el precio viejo o con el de inflación, papito?

—Esas cosas no se hablan en públi­co, Tomasito.

—Entonces mejor le cobro el de inflación…

Y saca de la caja $8.50. Pero, pen­sándolo mejor, aparta las monedas porque a su papá le ha oído decir que, para no enredarse, las cifras redondas son mejores. El vecino examina la vuelta y prefiere no expresar ningún comentario.

Así progresa poco a poco el pequeño tendero. Don Facundo sueña también cosas importantes: quiere hacer de su hijo un comerciante de categoría.

—Para eso necesitás la garra de tu taita.

—¿Y cómo se es buen comerciante?

—Ponéle cuidado, pequeño avispa­do: en la galería comprás la panela a tanto el bulto, y aquí, al menudeo, obtenés una ganancia de cuatro veces más. La naranja, traída del campo, sale muy barata, y vendida por uni­dades da para comprarte tu bicicleta. Lo mismo ocurre con la guayaba, con los limones, con el plátano, con la yuquita… En fin, tenés que seguirle los pasos a tu taita.

Desde mucho tiempo atrás Tomasito estaba ya metido en las finanzas. Aprendía cada vez con mayor firmeza que el éxito consistía en un simple traslado de precios. Esto de poder costearse su bicicleta con sólo expri­mir naranjas era tentador.

* * *

Don Facundo, el grueso surtidor del barrio, se ufanaba de estar haciendo un hombre útil para la familia. Para que sus lecciones fueran elementales, le hablaba en lenguaje claro: el huevo al por mayor sale a $3.50, pero en el negocio a $6; la docena de tomates a $90, y en el negocio a $15 cada uno…

Tomasito, un lince para los números, ya sabía de memoria que doce por quince da 180. Y su papito, queriendo mantenerle despierta la imaginación le había enseñado que eso equivalía a ganarse el ciento por ciento.

—¿Y qué es el ciento por ciento? –no tuvo necesidad de preguntar sino una vez en su vida.

— ¡El doble, hijo, el doble!

Con esa idea del «doble, hijo, el doble», trabajaba Tomasito con ver­dadero entusiasmo. La gaseosa había que venderla a $8 para que fuera el doble; el papel higiénico a $20 para que fuera el doble; los limones a $30 la docena para no quedarse atrás… Y como se trataba de una miscelánea, había que mezclar el cuaderno, y el lápiz, y la hojita para la carta amoro­sa, y el agua de colonia para la dentrodera…

Además, había que sintonizar la radio con frecuencia.

—Cuando oigás que el dólar ha subido… ¡zas! le subís ahí mismo a toda la mercancía… Cuando escuchés que la gasolina amenaza escasez, de inmediato cambiás los precios… Cuando oigás al ministro hablando de inflaciones, ¡pum! Cuando se apro­xime la Semana Santa, y el Día de los Novios, y la entrada a los colegios, y las navidades… ¿qué debe hacerse, Tomasito?

–¡Zas…!

Maestro y discípulo estaban com­penetrados en su misión de co­merciantes. Cuando los llamaban explotadores, y usureros, y acaparadores (habrá que decir que ahora Tomasito es don Tomás, con veintitantos años de ejercicio profesional), ellos se burlaban de sus detractores.

El barrio no sintió la muerte de don Facundo. Ni una corona, ni un su­fragio. Desagradecida que es la hu­manidad, pues al fin y al cabo de su despensa se surtían todas las familias, algunas de ellas hasta con vales. Hoy el negocio es más próspero en manos de don Tomás. Tiene él incluso mejor posición social, con hijos en los clubes y en los mejores colegios.

«De tal palo, tal astilla», comenta su hijo Andresito, un muchacho despierto y con ojo de lince para el negocio. Andresito tiene apenas diez años y ya sueña cosas importantes: será tendero como su padre y su abuelo. Por la época de esta crónica ya aprendió la primera lección: ¡zas y pum!

El Espectador, Bogotá, 28-IV-1981, 4-II-2017.
Eje 21, Manizales, 3-II-2017.
La Crónica del Quindío, Armenia, 5-II-2017.

Comentarios

Genial página, muy apropiada para este tiempo. Esperanza Jaramillo, Armenia, febrero de 2017.

La nota me hizo reír mucho y hasta aprendí un nuevo término: dentrodera. El lado serio del artículo descubre esa triste realidad ejercida por los comerciantes (yo diría, de todos los pelambres) que aprovechan cualquier detalle que ocurra, así no tenga nada que ver con la economía para «tumbar» a sus clientes. Alberto Lozano Torres, Bogotá, febrero de 2017.

El término dentrodera (o sea, la empleada de servicio doméstico en Bogotá) es común en la zona cafetera. Euclides Jaramillo Arango, famoso y ameno escritor quindiano, ya fallecido, escribió una obra preciosa que recoge la terminología de las tierras paisas: Un extraño diccionario (Editorial Bedout, 1980). Se la dedicó a su nieta Alejandra con esta leyenda: “Cuando Alejandra aprenda a leer, ¿todavía aparecerán libros?… Y si aún se publican, ¿para qué?”. Gustavo Páez Escobar.

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¡Cuidado con su peso, señora!

domingo, 16 de octubre de 2011 Comments off

Humor a la quindiana

Por: Gustavo Páez Escobar

—Mirá, Margarita, lo pispa que se está poniendo la vecina con su trata­miento para adelgazar. Sigo los mis­mos ejercicios y no logro bajar ni una línea.

Margarita la repasa de arriba abajo y piensa: «Esta Amparito definiti­vamente es un tonel».

—Aunque así sea —le interpreta el pensamiento—, has de saber que Toño no me cambia por nadie, con todo y mis carnes. ¡Si vieras lo que gozamos en la intimidad…!

—En la intimidad, como en la co­mida de marrano, no se repara en gordos. Tu Toño te tolera, que es diferente. ¿Qué ha de hacer el pobre si no tiene mejor comida? Seamos sin­ceras, Amparito. Más nos querrían nuestros maridos si tuviéramos otra silueta, como la de la vecina, a quien ya le compraron su Honda…

—¿Y tú qué te crees? No seré una belleza, pero tampoco estoy desfigurada.

—Ponéte de pie, Marga, y te hago unas precisiones. ¿Qué significa esta llanta…? Las llantas, mija, son el primer indicio de gordura. ¿Y esta redondez que pretendes disimular con un brasier que no es de tu talla…? Echáte ahora a caminar y te digo más cosas…

—Caminarás tú, porque lo que es yo no me levanto de esta silla. ¿Insinúas estonces que necesito régimen? ¿Será por eso que el mugroso de Daniel ya no me cuchichea como antes? No seas cruel, Amparito! ¿Será que me he desmedido en los últimos días?

—¿En los últimos días…? —Am­parito ríe con franqueza.

Desde aquella conversación, las dos amigas iniciaron un régimen severo a base de verduras, tostadas, carnes magras… Nada de harinas, ni de chocolates, ni de ajiacos, ni de tocinos… Además, pocos jugos y poca azúcar. Hacían bicicleta a mañana y jugaban tenis tres veces por semana.

* * *

Seis meses después:

–¿Cómo te sientes, Marga? —la telefonea Amparito desde su bicicleta estática, con la respiración entrecor­tada y hecha un mar de sudor.

–¡Ay, mija, esto es horrible! Tengo una debilidad espantosa y el estómago me cruje. ¿Podrás creerme que hoy me he sostenido con un café, una hilacha de carne y un huevo cocido?

–¡Por Dios, Marga! Tampoco es para que hagás disparates. ¿Y cuánto has rebajado?

–Los mismos dos kilos que ya sabes.

–Te sigo ganando en uno. Pero me sobran siete. Estoy a punto de suspender, porque al fin y al cabo Toño sigue diciéndome «gordita», con ca­riño, y esto me encanta.

Quince días después, las cuentas de los kilos habían variado. En este trayecto se presentaron tres cocteles, ¡negocios de los maridos!, para la casada con el gerente de los seguros, y dos comilonas de marrano y gallina para la esposa del finquero. ¡El desastre! Había que comenzar de nuevo.

* * *

Un año después:

—Me preocupa mi mujer. Se me está volviendo flaca e histérica. Ha perdido seis kilos y se empeña en seguir aguantando hambre. A los muchachos los atiende mal, porque no quiere bajarse de la bicicleta…

—La mía es otra calamidad, Toño. Se mantiene donde el médico…

—Y además, la mía vive llena de pastas para los nervios. Parece que el régimen le ha quitado calorías de las otras. Tú me entiendes, Daniel. Guár­dame el secreto: la «gorda» ya no me apasiona…

—Tampoco Marga. Me guardás el secreto…

* * *

Página social: «Ayer falleció doña Amparo de Botero, como consecuencia de una súbita enfermedad que no pudo resistir…»

Rumor de costurero:

—¿Sabías que Toño, el viudo, quiere quitarle la mujer a Nicolás?

—¿La gorda…?

–¿Y también sabías que Daniel anda en coqueteos con la vecina del Honda? Así son los hombres… Pero hay que compadecerlo, si su propia mujer, antes tan atractiva, es ahora un escombro…

El Espectador, Bogotá, 20-III-1981.

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“Necesito empleada. Pago el doble”

sábado, 15 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

En cualquier hogar que todavía se dé el lujo de contar con servicio doméstico se podrían desarrollar las siguien­tes escenas:

–Están timbrando, Dioselina, y de­ben de ser las niñas que regresan del colegio –dice doña Yolanda, asegurándose el último tubo eléctrico en su la­cia cabellera.

–No puedo abrirle, mi doña, porque se me queman las arepas. Mejor díga­le a la dentrodera, que ella está escu­chando la telenovela del tipo ese tum­bador de quinceañeras.

–Entonces, haga el favor de abrir usted, Petronila.

–Espérese, mi doña, que el enamora­miento va en lo mejor. Si viera lo chévere que se ve el gallinazo con su melena revuelta y sus amuletos col­gándole del pecho. ¡Huy….huy…! La toma por la cintura….y ¡pum…! le acomoda un besote como para dejar quemar todas las ollas…

–¡Abran, que somos nosotros y trae­mos sed! –claman las niñas en la puerta.

–¡Dioselina… Petronila!… –grita la señora–. ¿Ninguna se da por enterada? Para eso tienen buenos sueldos. De­jen la arepa y la televisión y sean serviciales, por Dios.

–¿La oíste? Nos amenaza. En fin de cuentas, yo estoy como aburriéndome. Cueste lo que cueste no abro la puer­ta y mejor me presento a la señora de la esquina que hartas ganas me tiene. Su marido es más seductor que el de aquí. Ella me ofrece quinientos pesos más y me permite quedarme tres noches por la calle. Una tiene que hacerse va­ler. Me marcho, Diose. Chao, chao…

–¿Qué dice, Petronila?

–Me voy, mi doña, porque usted me tiene explotada. Ya tengo empacadas mis pertenencias. Págueme la quincena, el preaviso, la cesan­tía, las vacaciones, las horas extras y toda esa hilera de cosas que me debe.

–Ahora no hay dinero, y es us­ted la que debe pagarme preaviso por abandono del puesto. Además, tengo que descontarle la vajilla rota, el espejo destrozado, el mantel quemado y los cubiertos perdidos…

–¡Oíla, oíla! Fuera de que me debe quiere asustarme. En definitiva, ¿me paga o prefiere ir a la inspección?

Doña Yolanda tuvo que comparecer al despacho del inspector de trabajo, un señorote que casi no la miraba y pa­recía tener algún trato con la emplea­da. El funcionario, con formatos y calculadora en mano, determinó una alta cifra, luego de leerle unos trozos del código que ella no entendió, pero tampoco iba a discutir. La señora se asustó, pero el inspector la consoló:

–Son ocho mil pesitos que a usted no le hacen falta… Su marido gana buena plata con la bonanza cafetera. Ahora firme aquí, distinguida señora, y todo queda en paz….

De regreso en  casa, Dioselina le notifica:

–¿Me sube mil pesitos….o qué? El trabajo está muy duro y usted se ha vuelto muy avara. La niña mayor ya no me deja ver entero el programa de televisión, el señor le baja el volumen al radio y usted me obliga a barrer dos veces por semana. ¿Listos los mil pesitos, mi doña?

–Recapacite, Dioselina. Le subo quinientos y le doy salida desde el vier­nes.

–Mi última palabra, doña: ochocien­tos pesos, huevito diario y tele en la pieza con películas porno, como la tiene usted con el señor. Además, salida desde el jueves… Ustedes los ricos nos tienen explotadas. ¿Le sirve así o no le sirve?

–Lo pensaré, Dioselina. Por ahora ábrele al señor, que quiere entrar el carro.

–¡Qué pensar ni qué chorizo! Me largo… ¿Tiene completa mi liquidación o quiere también que la arregle el ‘dotor’ inspector?

En menos de cinco días se había vuelto a quedar sin empleada. La nueva, Flori, que logró conseguir tres meses después, traía dos chinitos y estaba embarazada, pero no se le notaba. La recibió por absoluta necesidad, ya que las empleadas se habían acabado. Preferían ir a las fincas a coger café.

En el hogar escaseaba todos los días la leche, y el par de chinitos no dejaban porcelana buena. A Flori le gustaba la marihuana, y esto tampoco se le notaba. De entrada, le fundió el motor a la lavadora. Le gustaban sus confiancitas con el celador de la cuadra y hasta le coqueteaba al chino mayor del matrimonio. Cuando se le hizo algún reclamo, cogió sus corotos y su prole y demandó a la señora por haberla despedido estando embarazada

Doña Yolanda lleva tres años sin servicio. Ha descansado, en alguna forma, pero el marido ha tenido que remplazar la mayoría de artefactos caseros: unos los dañó Flori, y otros se los llevó escondidos entre sus pertenencias, que había que mezclar con las pertenencias de la casa.

El hogar marcha a medias. Todos colaboran, pero algo hace falta. Falta la muchacha de antaño, la que era casi un miembro de familia y nos hacía amañar en los hogares.

Si alguien, por favor, sabe de una buena empleada, mándemela, que mi señora le paga el doble y le exige la mitad.

La Patria, Manizales, 4-XII-1980.

 

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