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Entre coqueros y caletos

domingo, 16 de octubre de 2011 Comments off

Humor a la quindiana

Por: Gustavo Páez Escobar

Todos saben lo que es un coquero. Es la persona aficio­nada a la coca. ¿Saben ustedes lo que es un caleto? El término es menos claro, por pertenecer a la jerga de la marihuana, pero como Colombia es país de marihuaneros y coqueros, la palabra adquiere cada vez más categoría social. Los «caletos» o «faros» son los que transportan la yerbita por cafetines, extramuros, calles sórdidas, mercados abiertos. Pues bien. Hace varios días tuve una sesión con representantes de estas agencias de drogas. Uno quería que probara la «chicharra” (y para qué explicar de qué se trata, si nadie lo ignora), mientras  el otro me pasaba la jeringa. Trataré aquí de reproducir el diálogo de dicha entrevista.

*

–Necesito la coca para trabajar. Ella me anima. Con un poco todos los días, basta. Usted debe usarla para llenar con lucidez sus cuartillas. ¿Cómo diablos puede sacar ideas brillantes en una noche de fatiga si no es ayudándose con una dosis adecuada?

Me hizo una demostración y luego sonrió. Me pidió permiso para hacer lo mismo conmigo, pero no me dejé. Tampoco él insistió.

–…con la coca las ideas se vuelven más definidas, más luminosas, más rentables. En el periódico lo cotizarán mejor y los lectores devorarán sus libros.

–¿De veras? –pregunté con avidez.

–Además, los negocios le funcionarán. La llaman “la cham­paña de las drogas”,  porque hace ver la vida con burbujas.

*

Aquí saltó el caleto:

–La cocaína estimula, pero no da más inteligencia. Enva­lentona a los tontos. La «mota», en cambio, levanta la moral. Se piensa mejor, señor periodista. Cuando usted tiene pro­blemas, no es sino aspirarla. El mundo se transforma y las dificultades desaparecen.

Me pasó eufórico el cigarrillo. Noté su mano temblorosa, y pensé que era por la emoción de conquistar un nuevo cliente. En el salón había un denso ambiente de humo. Los «jíbaros» re­corrían las mesas, listos a cualquier necesidad. ¿Verdad que desean ustedes verme fumando…? Pues los dejo con la intriga.

–…cuando sienta temor, o inseguridad, o encuentre borro­so el pensamiento, el remedio está a la mano. La «mota» es la compañera del pueblo.

Volvió a lanzar una bocanada y esta vez le vi raros los ojos. Había en ellos un tinte sanguinolento, y él me expli­có que era el de la inspiración.

*

–La marihuana produce efectos desastrosos en la salud y en la mente –refutó el coquero–. El pueblo se degenera. En cambio, mi producto lo usan los ejecutivos, los políticos, los escritores, los artistas… Todos se inspiran, todos renuevan sus energías. Con la marihuana se pierde la voluntad, desaparece el discernimiento.

–¡Miente! –se alteró el otro.

–¡Serénese, amigo! Inhale mejor mi producto. Además, la coca es­timula las relaciones amorosas. Contiene poderes afrodisíacos. Destierra el hastío sexual. Es la «droga del placer».

–Repito que nada de esto es cierto –intervino nuevamen­te el caleto–. Es un  producto que hace envejecer prematura­mente. Por lo tanto, atrofia los órganos a que usted se re­fiere.

–¿Y la marihuana…? ¡Ja…ja… ja…!

–De la «cannabis sativa» se extrae perfume para las da­mas, si no lo sabía. Es  una delicada esencia que despierta entusiasmos eróticos. Le pondré una gota, señor escritor, para que pase una noche fantástica.

*

Me la dejé aplicar. Y comencé a sentir un ardor extraño, no sé dónde. Acaso en la conciencia, por estar dando aquellos pasos tan arriesgados. Toda la noche estuve nave­gando por espacios vaporosos. Soñé que era el octavo marido de Liz Taylor. Me sentí cohibido ante la diva, pero me acordé del perfume afrodisíaco de la marihuana y del efecto desinhibidor de la coca. Con ambas pócimas subiría al tejado. La gata caliente sería al fin mía gracias al poder de las drogas prohibidas. Me impulsé y…

Por recato me callo. Aquello fue desastroso. Nunca me había visto tan frustrado, ni siquiera la noche anterior, en la vida real. Desperté atontado, con la cabeza bailándome y el ánimo postrado. ¿Y los ardores amorosos, y los ascensos en mi carrera, y los negocios prósperos? –me preguntaba más tarde.

–¡Persevere, hombre! –me aconsejaba el coquero–. Con un empujoncito más entrará usted a nuestra cofradía. Será un respetable mafioso. ¿Sabe lo que es la mafia?

–¡Claro que si! La que se está apoderando de Colombia, la que consigue curules y poder, la de los negocios oscuros, la…

–¡Chist! –me cortó el señor coquero–. No exagere. Esas son especulaciones. Si viera lo bien que se pasa en nuestra organización. En la vida hay que ayudarse. Para eso le ofrezco estimulantes…

*

Continúo pensando qué ha fallado en mi caso. Algo no cuadró. No aprendí a fumar el cigarrillo ni aplicarme la inyección. En la cabeza me ha quedado cierto humo que no sé si es el de la inspiración o el de la frustración. Lo cierto y lamentable es que no he encontrado la dosis precisa para volverme inteligente.

Mis contertulios, que terminaron abandonándome, dicen que no me presté. Que para que el ensayo funcione hay que relajar la voluntad, estimular el apetito, entonar la imaginación. Parece que no todos tenemos esas ventajas. ¡Y cuánto diera uno por volverse inteligente!

El Espectador, Bogotá, 18-III-1982.

 

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Crónica de una muerte anticipada

domingo, 16 de octubre de 2011 Comments off

Humor a la quindiana

Por: Gustavo Páez Escobar

La ciencia especula sobre personas que mueren por breve tiempo. Estos misteriosos pasajeros de la eternidad manifiestan que se sintieron volando por la estratosfera, por entre nubes y con una agradable sensación de li­bertad. Dejan así en duda la existen­cia del infierno, pues ninguno de ellos se quejó de dolor durante el rom­pimiento terrenal, ni ha vuelto con las alas chamuscadas, y en cambio todos han protestado por tener que seguir soportando a los vivos.

Nadie, que sepamos, ha descrito el color de las puertas del cielo, ni los trajes de las santas, ni se encontró con el marido engañado, ni recuerda nin­gún coqueteo con cualquier virgen menesterosa.

Sobre esas muertes momentáneas es mejor suponer que se trata de simples especulaciones. O de humos etílicos que producen sabrosas evasiones de este mundo aburrido.

*

Menos mal que esos muertos no son ciertos. De lo contrario habrían tenido que vérselas, en su resurrección, con los murmuradores y los tejedores de cuentos, esa pavorosa institución que es parte fundamental de todos los velorios.

—Imagínate —dice alguien— que el gocetas del Tomás, ahora tan inofen­sivo en su ataúd, era un enamorado de respeto. Su especialidad eran las ca­sadas.

—¿Algo concreto? —se interesa el vecino.

—¡Para qué te cuento, hombre! Es mejor no divulgar los secretos. Pero, en fin, si me lo preguntas…

—¿El de los cuernos será Hernando… o Daniel… o Diego?

—Y además Ernesto, ¿me entien­des?

En ese momento las viudas del picaflor, por allí revueltas en extraña alianza, sin saberlo, entonan un pa­drenuestro por su alma. Alguien co­menta en otro rincón:

—Debía ocho meses de arren­damiento. ¿Cómo hará en adelante Susanita? Y tan buena que está…

—Dale, Señor, el descanso eterno…

*

Esto pasa con todos los muertos. Es entonces cuando la persona adquiere mayor resonancia. No hay muerto malo. Si éste es rico, los herederos lo bañarán en agua de rosas. De todas partes le surgirán hijos naturales. El abogado de sucesiones, aún sin nombrar, enviará la mejor corona. Y si es pobre, todos ponderarán su re­sistencia humana. La mayoría de sus parientes se avergonzarán de él.

Si es una pecadora pública, se le disculpa­rán sus yerros. «Dios la reciba en su seno», clamará alguien, acordándose de los propios senos del pecado. Y si se trata de un miserable agiotista, al­guna mano atornillará con fuerza la caja para que no se devuelva por los intereses.

*

Que se sepa, nadie ha regresado. Sólo que al poeta Jorge Artel lo enterraron antes de tiempo. Se informó de su muerte con afligida certeza. Y se le rindieron los honores que habían de­jado de tributársele en vida. Hubo manifestaciones necrológicas tan sentidas, que a uno le provocaba ser el muerto. Se hicieron revelaciones sobre sus afanes econó­micos, sobre la dureza de Colombia para ayudarlo, sobre la indolencia de sus amigos, sobre su silenciosa po­breza. Un periodista contó de su aislamiento como humilde inspector de policía en un corregimiento perdido del mapa.

Ramiro de la Espriella fundió una cuartilla hermosísima, de noble en­tonación e inmenso sentido humano. Arrancó más de una lágrima de arrepentimiento. Otro comenta­rista lo sitúa como «fuerte, enérgico, nunca triste ni nostálgico». Y da  otra serie de datos increíblemente falsos.

*

Pero el muerto –muy vivo– apareció en Panamá, y vaya uno a saber qué andaba haciendo por allá. ¿Qué buscaba Artel en Panamá, que no po­damos darle en Colombia? Es una pregunta capciosa, para decir que los poetas pasan necesidades en todas partes.

El suceso, sin embargo, ha sido oportuno para recordarnos que se trata de un gran poeta, superior a Guillén, como lo afirma otro de nuestros repentinos cronistas de la muerte. No hay muerto malo, amigo Artel. De todas maneras eres superior a Guillén y a otros de tu mismo estilo. Tus temas negros son más clamoro­sos.

Y que nadie suponga que Artel es ahora un potentado y vaya a resultar cobrándole la cuenta que él mismo no recuerda. Yo creo, sinceramente, que Artel vive de contrabando, o sea, de milagro. Colombia permitió que se expatriara, de necesidad y de senti­miento.

Pero el poeta —y para eso se es poeta— estará riéndose de su muerte anticipada y contento por haber descubierto tantas opiniones, de esas que sólo se expresan en los velorios. Lo malo es cuando al muerto le da por devolverse, como en el caso de Artel, y termina diciendo más de una verdad.

«Dale, Señor, el descanso patrio», es la mejor jaculatoria para saludar su resurrección. Así sea.

El Espectador, Bogotá, 10-III-1982.

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Peripecias del libro

domingo, 16 de octubre de 2011 Comments off

Humor a la quindiana

Por: Gustavo Páez Escobar

Si el novel escritor supiera las vueltas que da un libro, tal vez se arrepentiría de continuar publicando. Alrededor del libro ocurren no pocos episodios que por decoro solemos mantener ocultos en ese mundillo de sobresaltos que se conoce como los partos le la inteligencia. Esos partos, al igual que en la mujer, causan espasmos, sofocos, desgarraduras, dolor y arrepentimiento. Júbilos también, pero después de hacer mucha fuerza.

A usted, joven garrapateador de cuartillas, engreído como todos los que  por primera vez nos lanzamos al respetable público, quizá le convenga saber unas cuantas verdades sobre la aventura de «publicarse».

*

Mi primer sinsabor estuvo relacionado con el título de la obra: Destinos cruzados. Duré doce años pensándolo, y al día siguiente de salir el libro se me presentó alguien con este argumento: «Es su primer error, joven. Con ese título fracasará. Destinos, a secas, hubiera sido un éxito de librería». Ya era tarde para borrar la otra palabra y tuve que cargar con la criatura tal y como la había concebido.

*

El primer envío, muy retocado, fue para mi jefe del trabajo, el presidente del Banco. Me sentía grande. Era posible que lo deslumbrara. Presentía la rápida manifestación congratulatoria. ¡Y nada! Ni una exaltación, ni un halago, ni la más mínima palabra. Estuve a punto de renunciar al trabajo y a la literatura. Sólo 25 días después recibí la ansiada carta. Me decía el jefe que le habla llegado equivocado el libro y que había tenido que esperar el regreso del otro destinatario para destrabar los correos. «Esta vez se cruzaron los sobres», me puntualizaba. Me felicitaba, pero todavía me arden las orejas. Y casi le hallo la razón al censor del título.

*

Apareció, al fin, el primer comentario de prensa. Parece que ningún escritor quería comprometerse. Era preciso que alguien hablara de la obra del momento, que me lanzara al gran público. Para eso ya llevaba repartidos 120 ejemplares. ¡Eureka! Me creí levantado a las cumbres de la fama con el primer párrafo de la nota de prensa. Pero acto seguido el comentarista revelaba el número de adverbios terminados en «mente» y de conjunciones «pues» que había subrayado en la lectura. Esas palabrejas eran para él pecados mortales y me regañó solemnemente. Era su manía. Menos mal que no me dejé despistar y continúo en el uso de mi propio vocabulario. ¿Dónde estaba, mientras tanto, la «revelación» de escritor que yo me había forjado?

*

Vendí los primeros ejemplares a una industria de la región. Era diciembre, y la obra de actualidad llegaría a muchas manos como regalo navideño. Todos sabrían del surgimiento del nuevo genio de la literatura. También yo me sorprendí. Con los colorines de diciembre recibí, coquetón y travieso, mi propio libro con una tarjeta expresiva: «Pase usted una feliz Navidad con esta obra amena». Si la secretaria se equivocó en mi caso al enviarme mi propio libro, tomado de la lista de amigos de la empresa, yo me dejé creer del halago.

*

Y como el prestigio debe volar al exterior, despaché la obra a la editorial que me había indicado un amigo. «A lo mejor te publican en España», me animó. A los pocos días me llegó una amable nota agradeciendo el envío y ofreciendo una lectura cuidadosa. Tres días después recibí devuelto el libro, sin ninguna explicación, y una semana más tarde una carta de disculpas con el ruego de que gastara nuevos portes de correo para remitirles otra vez la obra. Quedé viendo un chispero y juré no acudir nunca más a un desconocido.

*

A mi amigo Otto lo acompañé un día a comprar libros, aquí en Armenia. Él buscaba novedades. De pronto alcancé a divisar en un estante mis Destinos cruzados, rodeados de obras famosas. Me sentí avergonzado al verme tan insignificante en medio de tantos escritores ilustres. Con rapidez y habilidad escondí el librejo donde Otto no iba a hallarlo. Y lo esperé en la caja. Allí llegó con los títulos escogidos y, encima de ellos, el de la prohibición. “¡Tu libro!”, me dijo con sonoridad, en medio de una carcajada que todavía no he logrado descifrar.

*

Si usted supone que por novato no se tiene compradores, se equívoca. El viejo escritor de la zona cafetera me indicó el sistema: debía despachar por Velotax, a Bogotá, la remesa de libros que él había vendido, a nombre del comprador que me indicaba. En ocho días tendría el giro, me aseguró. Por supuesto, una gran venta para cualquiera y sobre todo para un principiante. Ese día volví a sentirme genio.

Pasaron los días y los días… Al fin me resolví a enviar un mensaje urgente al escritor manizaleño, el intermediario de la venta prodigiosa: “Apremiado espero giro”, le decía. Y él me contestó al instante: «Semana entrante ésa. Nunca creí banqueros apremiáranse”. Desde entonces, hace diez años, no veo a mi vendedor estrella.

*

La estafa anterior, que siempre me ha parecido ingeniosa y digna de memoria, me ayudó en adelante a no ser tan ingenuo. Supe después que era la manera de dejar huella aquel escritor en los recién iniciados.

Tuve que regalar la mitad de la edición. Es la fórmula corriente. La otra mitad se pone en consignación en las librerías, o a crédito entre amigos, y nunca se recupera. Recuerdo que meses más tarde me acerqué a liquidar cuentas en una librería por los 10 libros que le he había entregado, y encontré 12. Tengo más  historias, pero me volvería pesado con estas cojeras de la literatura.

Si a pesar de todo esto insiste en ser escritor,  ¡allá usted!

El Espectador, Bogotá, 2-III-1982.

 

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Bonanza cafetera en tres actos

domingo, 16 de octubre de 2011 Comments off

Humor a la quindiana

Por: Gustavo Páez Escobar

Características: Heladas en el Brasil. Copiosa producción de los cafetales en el Quindío. Mucha plata en los bolsillos, mucho carro nuevo, mucho viaje internacional… La cuadra de tierra sube de $ 60 mil a $ 350 mil. Una casa en Armenia aumenta de $ 700 mil a $ 3 millones. Por las calles: locos, bobos, marihuaneros, atracadores.  En los prostíbulos: orgías, billetes desbordados, bailes de la pluma, lucro  alocado de la carne, arrebatos, muerte… Armenia se vuelve la ciudad más cara del país. Para este cronista, que no tiene café, la bonanza es distinta. Veámosla.

1

…Una tarde marcho con mi mujer y mi hija mayor rumbo a la casa. Mientras mi  hija compra el pan, los esposos permanecen en el carro, cavilando bajo el esplendor de una tarde que se muestra apacible pero que va a tener sorpresas. Un muchacho de unos 20 años desciende trotando por la avenida con dirección al carro. Algo le fascina: es el cuello de mi esposa, que relampaguea. En el momento menos esperado, el muchacho se lanza como un canguro. Aprieta y  aprieta. Comienza a faltar la respiración de la garganta asaltada. Los puños del marido no son suficientes: parecen caricias en la cara del atracador. Tampoco hacen nada las uñas de la esposa: apenas le producen cosquillas.

Finalmente, el atracador cede. Echa mano a una gargantjlla y a un reloj. Emprende la fuga, con los ojos extraviados. El marido corre en persecución del pillo. Son actos de valor que de vez en cuando a uno le nacen, por absurdos que sean. La­mentablemente los cementerios están llenos de esta clase de ímpetus. Me deslizo por una calle empinada, como un huracán. El malhechor me reta con la mirada… De pronto el mundo se me viene encima, o mejor, yo me estrello contra el mundo. Para proteger la cabeza, saco el hombro. Todo el organismo cruje. Más tarde hay intervención quirúrgica…

La policía le encuentra al asaltante estos “detalles” en una rápida requisa: indocumentado, marihuanero, un cuchillo hechizo, de pelar marranos (el marrano era yo, por supuesto), reclusión carcelaria en la cárcel de Pereira por lesiones personales… Su nombre: Fernando, hijo de Teófilo y Alicia. Nacido en Salónica (Valle). ¿En dónde queda Salónica? ¿Un corregimiento, una vereda? Sigamos. No hay tiempo que perder. Población trashumante…

2

…Veinte días después un amigo se conduele de mi retiro. El matrimonio sale para Pereira. Hay euforia, solidaridad, buen apetito. El almuerzo, estupendo. La conversación, maravillosa. El hombro, regular. Ya de regreso por la carretera entre Pereira y Armenia, un fuerte impacto  trastorna por completo la alegre marcha. Un loco, cuya diversión era tirar piedra a los carros, hace blanco en la cabeza del escritor. ¡Pobre cabeza, al fin localizada! Los pañuelos no son suficientes para detener la sangría. La ma­teria gris sale a torrentes. Se desintegran las ideas. Hay angustia y confusión.

A grandes velocidades volvemos a Armenia, la tierra prometida, tierra de bonanzas y espejismos. El herido exhala primero un lamento, hace luego una mueca y finalmente se dobla como una billetera. Entra en convulsiones. En medio de ellas, aunque no se crea, se acuerda de Luis Vargas Tejada, el de Las convulsiones literarias. El loco se le desdibuja entre tinieblas. En Armenia, hay alarma médica y ciudadana. El cráneo está perforado. La imaginación vuela entre ca­fetales. Alguien redacta mentalmente el mensaje de condolen­cia.

El loquito –mejor, el locazo: 1.90 de estatura y fuer­zas de gigante– continúa jugando a las pedradas. A nadie más le acierta. Ya es bastante con el escritor, ahora manco, tuerto y mudo… Pero éste va volviendo en sí al cabo de las horas, aunque con los cables cruzados. Los rostros le bailan en la retina. Ve fantasmas y habla cosas absurdas. Le duele el café, perdón, el cerebro. Cuando los cirujanos se aprestan a trepanar, la esposa se rebela. Prefiere el “coco” sellado. El lesionado patalea y no se deja. Se da incluso el lujo de pensar, lo que desconcierta a los médicos Uno de ellos guarda rápido el martillo y el serrucho.

Días después hay vuelta al hogar –¡dulce hogar!– con el cerebro aporreado, el brazo fracturado, la cara amoratada, el cuerpo desnutrido, las ideas delgadas, pero con la mente limpia y el corazón contento…

3

Destorcida: El precio de la cuadra cafetera vuelve a descender  También el de las casas. Pero no hay compradores. Se reducen los viajes al exterior. Y otra vez el endeudamiento, y la especulación, y las peleas con el ministro, y el sobregiro en el banco… El costo de la vida se queda donde había llegado, y sigue trepando.

Como el escritor-periodista no tiene finca cafetera, debe estar quebrado. La lógica no puede fallar. ¿O qué creen ustedes? Vuelve, de todas maneras, a pensar. Años después siente bien conectados los cables. No tiene una mata de ca­fé, pero sí un grato aroma para los drogados y los tirapiedra. ¡Manes del destino!

No se ha logrado que desaparezcan los locos, los bobos, los marihuaneros, los atracadores… Hay permanente intercam­bio de estos especímenes, por las noches, con las ciudades ve­cinas. Pero al día siguiente amanece aumentada  la población de Armenia por obra de las mayores remesas de locos que llegan a la ciudad. Hay un bobo simpático e inofensivo, con vértigo de velocidad, que a todo momento recorre la avenida a toda prisa. A otro le gusta el desnudismo. Un loquito goza manoseando a las damas, y no debe estar tan loco si no hace lo mismo con los hombres.

La bonaza se fue, se evaporó. Sólo quedan recuerdos. Creo que hubo más aporreados que beneficiados. Cada cual la pasó como pudo. Este cronista vivió intensamente el «furor» de aquellos días y ha sobrevivido, gracias a Dios –y por fortuna sin necesidad del serrucho y el martillo del médico– para escribir su propia versión. Queda con cicatrices, pero también con meda­llas invisibles en el alma.

El Espectador, Bogotá, 16-II-1982.

 

 

 

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Alfonso llega a casa

domingo, 16 de octubre de 2011 Comments off

Humor a la quindiana

Por: Gustavo Páez Escobar

¡Tilín…tilín… tilín…!

El ángel, el más chiquitín del coro, juguetón y travie­so, se arregla un ala que se le ha enredado entre los rejos del campanario y despierta con el último tilín al adormila­do vigilante. Pedro ha pasado una mala noche, y no por haber recibido demasiada gente, sino porque muchos quisieron colarse.

–¿No será otro que también se equivoca de puerta? –pre­gunta Pedro sin abrir los ojos, frotándose la panza.

–¿Yo qué voy a saberlo? –responde el querube, que revolo­tea a sus anchas, ya con el ala en acción–. En la cuesta hay niebla y no se distingue bien la figura. Es un viejo como tú, según parece.

–¿Por qué lo dices?

–Camina despacio y también tiene panza.

–¡Cáspita! ¿Trae equipaje?

–Unos libracos y una máquina de escribir. Además, mucho papel. Parece que fuera escritor o algo por el estilo.

–Nos pondremos en guardia porque puede ser un farsante. ¿Para qué diablos (¡perdóname la expresión, Dios mío!) una máquina de escribir donde sólo queremos arpas y música ce­lestial? Examina bien los libros y trata de descubrir los títulos, porque al cielo no puede entrar basura.

–Difícil identificarlos a la distancia. Pero ya va pasando por el puente y ahora camina más rápido. Parece que tuviera frío porque se frota las manos. ¡A ver… a ver…! Co… Coc… ¡Coctelera, Pedrito!

–Es un borracho. Despídelo al momento y evítame tener que tirarle la puerta en las narices. Aquí no queremos ni borrachos, ni marihuaneros, ni mafiosos, ni prostitutas.

–¿Y no dices que el reino de los cielos es para todos? De pronto es un borracho simpático, de pronto un poeta romántico, de pronto un escritor varado, de pronto un perio­dista sin título…

–No riman bien tus cosas, pequeño. Por hoy ya recibimos el cupo. Además, tengo mucho sueño. Dile que se marche con sus cuartillas a otra parte. Con don Gabrielito, y doña Inesita, y el chistosísimo del Klim, que mantiene alborotadas a las once mil vírgenes, basta. ¡Basta…!

*

–…pero él insiste en hablarte, Pedrito. Hace dos horas que trato de convencerlo, y él dice que para el limbo ¡ni por el carajo! Son sus palabras. Lo mandé al infierno y se me volvió disparado. Una llama alcanzó a dañarle la pasta del otro libro, un tal Diccionario Zurdo, y con él me dio en la cabeza.

–¿Diccionario Zurdo? Déjame pensar. Me suena… Me sigue sonando… ¡Ya! ¡Es un comunista! Dile que ¡ni por el carajo! (con sus mismas palabras). Tendríamos revueltas. Para eso está la Tierra, donde pueden hacer paros.

–¿Y acaso esa tal Feliza, la de los fierros, que te con­quistó con una sonrisa…?

–¿Qué insinúas, querube? No confundas los términos, pequeño revoltoso. Entre comunista, marxista y socialista hay diferencias. Además, era una artista y tenía el alma limpia. ¿En­tiendes? Y no vuelvas con el cuentico ese de que me dejo en­redar de las mujeres…

–¡Pero te gustan, Perucho! ¿O te olvidaste ya de la historia aquella de la Magdalena, por la que casi pierdes la cabeza?

–En el cielo cambian las cosas. Tú estás muy pequeño para entender estos lances. Ocúpate mejor del comunista ese que quiere echar la puerta al suelo.

–Ahora se ríe a carcajadas, ¿lo oyes, Pedrito? Parece que viene de un coctel porque lo noto medio achispado. Insiste en entrar.

–Está bien: lo interrogaré. Consígueme un querube armado por si de pronto le da por agredirme. ¿Dices que es colombiano?

*

–¡Déjame abrazarte! –se le va encima el peregrino y lo estrecha con efusión–.  Ya entré y de aquí no me saca nadie

–Primero hay que revisar el expediente –dice Pedro–. ¿Cómo te llamas?

–Alfonso.

–¿Alfonso qué?

–Unos me llamaban Coctelero, otros Zurdo, otros Alkanotas. Para muchos era sencillamente Leovigildo.

–¿Y cuál era tu ocupación?

–Hacía reír a la gente.

–Extraño oficio, por cierto. Ya hemos recibido a varios, pero la mayoría han resultado puros charlatanes.

–Te veo muy serio, hombre Pedro. ¿Es que aquí no circula El Espectador? Te  traigo el último número, que escribí antes de venirme,

–¿El Espectador, dices? Aquí ya funciona un periódico con el mismo nombre. Y es colombiano. Una familia Cano ha venido trayendo poco a poco su gente y ahora se anuncia una ampliación en el tiraje. Ya hay editorialistas, armadores, consejeros sentimentales, y hasta humorista…

El visitante pasó a Pedro, a escondidas del ángel, una botella. Al segundo trago Pedro soltó la carcajada. Se cogía la panza a dos manos y exclamaba con los ojos pegados al periódico:

–¡Lo que nos faltaba! ¡Qué cosas se te ocurren! Klim se va a poner celoso cuando sepa de tu llegada. ¿Conque vecinos de página? Entre todos le cambiaremos el ambiente al cielo, que a veces es jartísimo entre tanta beata y tanto viejo estirado. Te presentaré en sociedad.

–¡Uno más de la rosca! –el huésped no se dejó presentar–. A todos los conozco. ¿No ves que son mis colegas, Pedrito?

–Y buena falta que nos hacías –lo abrazó el ángel Gabriel, acosado por Luis, por Fidel, por Lucas, por Inesita (y muchos más esperaban turno).

*

Ese día el periódico salió con uno que otro error. Se le echó la culpa a la emoción. Hubo tres días de jolgorio.

¡Tilín… tilín… tilín…! (no cesaba de repicar la campana el ángel juguetón).

En adelante se negó el recibo de más humoristas porque éstos habían revolucionado el cielo. Klim continuó escribiendo nuevas notas sobre la Handel y las enviaba en secreto a sus amigos de la  Tierra. Les manifestaba que con ellas impediría el acceso de días funestos.

–¿Y qué tal si nos traemos a otros? –le preguntó un día a Pedro, en un coctel.

–¿Entonces has vuelto a los cocteles, Alfonso? –exclamó Pedro por toda respuesta.

–¿Nos traemos a otro, Pedrito?

–¡Menos ambición, hombre! Colombia necesita un periódico fuerte para combatir los vicios y los atropellos, y no vamos a desmantelárselo con nuevos robos de gente. Sigue con tu humor, que es saludable y alegre.

*

Hubo guayabo terciario. Era algo desconocido en aquellos espacios. En la Tierra seguía el otro guayabo, pero el periódico continuaba circulando.

–¿Cómo curarme –preguntó Pedro– de estas visiones de vírgenes, de magdalenas, de querubines zumbones?

–Haz como yo –repuso Alfonso–, que necesito curarme de este guayabo atroz: miel de abejas con ecuanil…

El Espectador, Bogotá, 8-II-1982.

 

 

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