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La noche del Hilton

lunes, 17 de octubre de 2011 Comments off

Humor a la quindiana

Por: Gustavo Páez Escobar

El gran jefe colorado contempla, desde el piso 40, la majestad de una noche tranquila. También su espíritu está sereno, porque el triunfo es se­guro. Sus huestes se pasean jubilosas, listas para el batir de palmas. Sólo sus más íntimos consiguen llegar hasta la suite presidencial, desde donde el gran jefe colorado, con su solemne porte inglés y el burbujeante vaso de whisky en su diestra poderosa, mira pequeña la ciudad que se riega a sus pies entre lejanas luces titilantes. El recinto está contagiado de grandeza y monarquía.

En los congeladores del hotel hay 300 botellas de champaña haciendo cola para el brindis de la victoria. Está próximo el parte de la alegría. Será un suceso arrollador, digno de los césa­res. Julio César, en Palacio, encabezará la marcha consagratoria.

Eastman, su ministro consentido, futuro presidente, acaricia entre li­baciones aceleradas su destino privilegiado. El pueblo, ese populacho fre­nético que en las plazas públicas salió al encuentro del Patriarca, y que lo vitoreó y lo halagó y lo ensalzo, será una sola garganta en el momento de la apoteosis.

*

El Patriarca se imagina desgarrada la garganta del pobre gallo plebeyo bajo la espuela inclemente de su bizarro ejemplar, el gallo colorado, que empleó como símbolo de su cam­paña para doblegar al enemigo. Ríe con satisfacción y lanza una bocanada de finísima picadura. En ese momento el gallito plebeyo, el de las “minorías violentas», desplumado y con lánguida mirada azulosa, se sa­cude y canta por primera vez.

Acaba de entrar al recinto el súbdito mayor, Alberto el tolimense, con cajas destempladas. ­Trae malas pulgas. El contrincante lleva 100 mil votos de ventaja. En la sala de comunicaciones, 30 telefonistas reciben datos adversos de todo el país. El gran jefe colorado se encierra a solas con Alberto y entre los dos repasan el estado de sus regimientos. La provincia está fa­llando.

«¿Qué pasó con la Costa?», pregunta intranquilo el Patriarca. Hay un rictus de contrariedad en el semblante antes impasible. En rápida sucesión desfilan los rostros del estado mayor y en ellos flota cierto aire indiferente, como si la derrota, que comienza a presentirse, no fuera de ellos. Se ven ahora muy posesionados de sus corrales. La plata para la compra de votos sólo alcanzó para las curules que ya aseguraron.

*

Augusto se muerde nervioso la manga de su elegante gabardina. “Otra vez me apunto mal», piensa en sus intimidades. Se acuerda de la columna que perdió en el periódico de la resistencia y sobre todo del piso de credibilidad que había conquistado ante el país. «¡Ay juelita!», exclaman en Santander. Lo acompaña Abdón.

Prieto ve derrumbarse su segunda alcaldía bogotana y se duele de la Tribuna de Opinión de El Espectador, que se le desmoronó. La Cacica, que proclamó muchas veces, hasta la terquedad, el imperio de su ídolo, no sabe cómo encabezar su próxima columna.

D’Artagnan, tan punzante y des­preciativo, promete ser más cuerdo. El profesor Panesso, que defendió la «legitimidad» y no escuchó el clamor popular, piensa que también los sabios se equivocan. El Doctor Rayo queda estupefacto, eléctrico. Darío, que suponía que la pedantería era de los demás, siente una mosca zumbona, la de millones de sufridos televidentes, que se llevan su bolígrafo arrogante. Hasta Soto lo compadece, pero luego se acuerda de que él también es de la misma procesión.

«A muchos personajes los mata la soberbia», piensa el gallo azul, y le asesta un fuerte picotazo a su empe­nachado contendor. El gallo canta por se­gunda vez. Klim se frota las manos. El Coctelero, a quien esto no le hace gracia, se toma su ecuanil con miel de abejas. El Patriarca sigue intranqui­lo. Ya la diferencia ha subido a 300 mil.

Se acuerda del fuerte elector, el de los puentes y las maquinarias, y del poderoso vallenato, el de los buses y los bonos de la paz, y se desencanta. La caída en Bogotá es estruendosa, y en la Costa se escondieron los clientes.

*

Ernestico está hecho un guiñapo. Parece una coladera. Perdió la curul y ya no sirve para coordinador. Don Roberto el emérito, que pulió bellas frases que apoyaban una causa perdida, ve esfumarse su último sueño. Lo consuela Hersán, su fiel discípulo, más hábil que él para los timonazos sorpresivos. A los dos, Klim les sonríe con infinita bondad.

El Patriarca se siente traicionado y por primera vez mide la real dimensión del drama. Sus aduladores han huido. Mañana lo negarán. Los periodistas corren al cuartel vecino, en el que está la noticia. ¡La gran des­bandada, la hora de tinieblas! El olor de la guayaba penetra con presagios de desastre. Todo el mundo lo aban­dona. El famoso escritor que la vís­pera le ofreció un inesperado voto de sensación, a la hora de la verdad se quedó del tren. Abelardo, antes tan categórico, está mustio y en­simismado. Da un bastonazo contra la historia ingrata.

Es en estos instantes de soledad cuando el Patriarca se encuentra con un país enjuiciador, deseoso de cambio. Es un país sin los súbditos que él pensaba, cansado del ruido de maquinarias y el alboroto de la corrupción. La conciencia colectiva se ha rebelado. Rechaza el continuismo, con­dena los negociados, pide justicia so­cial. ¡Paz, paz, paz nacional, no sec­taria! Y es entonces cuando el gallo canta por tercera vez, con eco sonoro y victorioso.

A sus pies cae fulminado el gallo burgués, bañado en glóbu­los rojos. Alfonso el Cofrade, que no tragaba entero, el más noble y el más sentimental, prorrumpe en llanto. El grupo se contagia de ambiente fú­nebre. Hay sollozos en el país entero. La noche se pone más negra, y el Patriarca, descendiendo de su torre de marfil, se pierde entre las luces titilantes de la ciudad adormecida.

El Espectador, Bogotá, 16-VI-1982.
Periódico El Editorial de Caldas, Manizales, 24-VI-1982.

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Manifestaciones privadas

lunes, 17 de octubre de 2011 Comments off

Humor a la quindiana

Por: Gustavo Páez Escobar

Este tiempo cuaresmal resultó propicio para hablar con la conciencia. Son días de reflexión que se convierten en excelente ocasión para pensar en el futuro de la patria. Mientras los prelados de la Iglesia invitaban a medir los riesgos de una incierta democracia y a buscar soluciones adecuadas para nuestros males, la fami­lia colombiana debatía en privado la suerte del país.

El tema obligado fue el de las candidaturas presidenciales, tema tan espinoso como dubitativo. Entre vinillos, pescados y tal cual potaje criollo sazonamos a los tres campeones de la democracia, es decir, devoramos muslos, pechugas, rabadillas… presidenciales. Hubo algunas indigestiones, porque no toda presa logró ser bien digerida, y en ciertos casos los vinos y las aguas aromáticas consiguieron balancear los platos fuertes.

*

Alguien recordó que el pollo era el símbolo de uno de los candidatos, y ahí fue Troya. El festín, al que asistíamos treinta personas, se trenzó de pronto en acalorado debate con solo mencionar al pollo, la víctima ino­cente que ahora degustábamos entre salsas y legumbres.

La asamblea se dividió en tres bandos, o sea que la vida nacional se volcó, en forma inesperada, sobre aquella mesa de amigos. Esperanza, entusiasta y  vehemente, proclamó rápido sus preferencias. Ella se iba por la renovación, por la frescura de las ideas, por la moralidad pública, y no tuvo necesidad de anunciar el nombre de su candidato, cuando sonó un aplauso cerrado.

*

Los asistentes siguieron manifes­tando sus rótulos y sus intenciones. También sus temores. Hubo mayorías y minorías, como en toda democracia. Ningún candidato permaneció sin respaldo, y la suerte del país quedó definida en aquel almuerzo santo. Fernando, conservado en viejas tra­diciones familiares y muy calculador en política, permitía que su mujer fuera del otro equipo si de todas maneras él creía asegurado el triunfo.

–Conforme se desgaste el candi­dato minoritario de esta mesa y avance la juventud —explicaba—, obtendremos la madurez que busca Colombia.

Darío recordó lo que se escucha en cafés y ventorrillos: que el impulso lo llevan las ideas jóvenes, la estrategia, los programas más fogueados, y la sorpresa la dan las urnas.

–¡La maquinaria! —fue más enfá­tico Daniel, godísimo y como tal antílope, aunque dispuesto a ser ga­lante con su esposa.

Todos los matrimonios de aquel deliberante encuentro estaban divor­ciados, en ideas, es bueno aclararlo. Y todos combatían la corrupción, la compra de votos, la inmoralidad de los funcionarios, y propugnaban una Colombia más civilizada, más traba­jadora, más proteccionista.

Ya a esta altura comenzaban a hacer efecto los vinos. En todos los platos se veían partes del pollo sin digerir. Hubo acuerdos curiosos pero entendibles, como el de «yo paso mi voto a tu candidato si así se impide la repetición de sistemas peligrosos».

—¿Entonces me dejan solo? —preguntó Orlando.

—Te acompaño, mijo. También los hijos, lo mismo que Diego y Alba, tus empleados de la Contraloría. ¡Hay que votar por la legitimidad!

—¿Por cuál legtimidad? —tronó Esperanza—. ¡Piensen con la cabeza, no con el estómago! Y no olviden que mi nombre recuerda la Segunda Esperanza que nos legó el zorrísimo de Klim.

*

Este grupo de amigos rezó, se arre­pintió, elaboró votos por la suerte de Colombia. Sus manifestaciones pri­vadas son sanas y representan la opinión libre de un país enre­dado en las lides de la plaza pública. Como los ánimos se estaban exaltando y todos se creían ganadores (los unos por influencias, los otros por lucha­dores y los demás por sus ideas avanzadas, como Esperanza), se propuso una votación secreta, sin necesidad de la Registraduría, en forma veloz y auténtica.

La urna improvisada arrojó estos datos: por el candidato A, 12 votos; por el candidato B, 11 votos; por el candidato C, 7­ votos. Hubo aplausos y caras largas. Uno de los oradores invitó a que se examinara si estos porcentajes de votación (40%, 37% y 23%) no serían los mismos del país dentro de mes y medio.

No se me permitió que divulgara la posición de nuestros candidatos en estas elecciones privadas, pero se me ha facul­tado para que adelante a ustedes la noticia de que triunfó la democracia y se le dio un duro golpe a la inmoralidad. En este momento vi que uno de los tertulios de esta deliberante Semana Santa cerraba los ojos dominado por los humos del vinillo que había consumido en demasía. El país estaba salvado.

El Espectador, Bogotá, 21-IV-1982.

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En Semana Santa, arrepentíos

lunes, 17 de octubre de 2011 Comments off

Humor a la quindiana

Por: Gustavo Páez Escobar

Llega, por fin, la Semana Mayor, muy oportuna para el arreglo de cuentas. Cesarán los parlantes polí­ticos y el gran electorado entrará en oración. Los que depositaron mal la papeleta y votaron para que Colombia siguiera en las mismas, tendrán la ocasión de arrepentirse y prometer que rectificarán el error. Habrá un lavado colectivo de las conciencias y todos podremos encontrarnos con no­sotros mismos y preguntarnos, sin que nadie nos oiga, por qué tanta esclavi­tud, por qué tanta sumisión. La ven­taja es que el cacique no escuchará esta protesta. Algunas conciencias se rebelarán y prometerán ser libres en adelante, sin ataduras de lotes y de puestos públicos.

*

Los caciques, los pregoneros mayo­res, repicarán duro en esta semana de las lamentaciones. Tendrán también la oportunidad de verse solos, y es posible que se asusten. El silencio de las masas les señalará sus pecados y les aumentará sus frustraciones. No habrá discrimi­nación en la televisión, y lo mismo será Pedro, que Juan, que Judas.

Muchos implorarán al cielo que vuelva a equivocarse la Registraduría, una vez más, y que los oxidados aparatos terminen trasladándoles las papeletas del enemigo. Doctores Cucaitas y Samperes esperan amanecer resucitados al final de la jornada. La Semana Santa es para todos. Para el Procurador, para el Contralor, para el Cardenal. Todos pueden examinar sus cuentas y darse golpes de pecho o de satis­facción.

*

Es posible que la Registraduría sea la única entidad que no interrumpa sus operaciones normales, las de suma y resta, la de borre aquí y ponga allá, y nos dé la sorpresa de revelarnos cuántos votos sacó el can­didato comunista y cuántos la pito­nisa. La pitonisa, que algún enlace tiene con los espíritus, les preguntará por qué sus electores no volvieron a creer en sus fórmulas mágicas, las que llenaban plazas, o por lo menos medias páginas de periódico, con lo caras que están, y ahora no dan siquiera para un salmo solitario. Vol­verá ella a su consulta privada, al dejar de ser atracción de masas. Lo mismo ocurrirá con muchos padres de la patria que no consiguieron los sufragios necesarios para entonar cánticos en esa Semana Santa.

*

 «Mea culpa, mea culpa”, será el clamor general de estos días, y sobre todo de los descabezados, que en la pausa de sus hogares podrán mirarse bien en el espejo, desfigurados como han quedado, y hacer el propósito de la enmienda. Esos des­cabezados de la política, los grandes huérfanos, los desheredados de las urnas y la buena suerte, para quienes se inicia un calvario de cuatro años, moverán ahora en secreto sus ba­terías tratando de dirigirlas al blanco que fallaron.

María Elena se pregun­tará qué falta cometió para no apa­recer en la lista bandera. Pero luego, al acordarse de que la lista bandera quedó destrozada, se conformará con su rebeldía, pero en secreto pedirá una embajada. Se resigna con la de El Salvador o la de Guatemala.

*

Alegría, que tiene buen sentido del humor y que es realista como buena boyacense, seguirá practicando la ecología. Piensa que de allí saldrá un partido político, y no invitará a los que la dejaron sola en la hora de tinieblas. Hilda, más que descabezada, quedó ahogada. Reniega del establecimiento pero se conforma viendo la aparición de un retoño, vigoroso y valiente, que se soltó de las ligaduras que lo oprimían para desafiar los vientos traviesos del Tolima. La Semana Santa también tonifica el ánimo para admitir la derrota y buscar otros horizontes.

*

Todos, en este paréntesis de la vida agitada, nos recogeremos para meditar y arrepentirnos. Todos te­nemos que arrepentirnos de algo. Unos, de no obedecer a la conciencia; otros, de haberse retirado tontamen­te, desaprovechando oportunidades que no se repetirán; otros, de vender el voto; y los más, de ser cómplices de un país descompuesto.

El doctor Cucaita ha entrado en retiros espirituales. Se acordó  de hablar con Dios y con Él arreglará la toma del poder. Todos los candida­tos se sienten el doctor Cucaita. Pero sólo hay un doctor Cucaita. Sin él, no hay salvación. En sus oraciones asegurará el electorado in­visible, esa franja abstencionista de dos o tres millones que todos buscan afanosamente.

Para eso es el tiempo de la medita­ción y de la rectificación de errores. De este lavado colectivo de las conciencias se espera, nada menos, que Colombia no sea la gran descabezada. El doctor Cucaita está seguro de que no lo será.

El Espectador, Bogotá-IV-1982.

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La feria de la democracia

domingo, 16 de octubre de 2011 Comments off

Humor a la quindiana

Por: Gustavo Páez Escobar

En Colombia manda la democracia. Y seguirá mandando por mucho tiempo, gracias a nuestro pueblo so­berano. Desde que yo estaba chiquito oía hablar de democracia. Me crié con democracia. Democracia al desayuno, almuerzo y comida. Al colombiano se le inculca esa noción desde los primeros años. En su casa todos son de­mócratas. También la «dentrodera».

Ella se estrena el traje día de elecciones, se saca de las uñas las impurezas de la semana, se cuelga la cintica en el pelo, se iguala con la señora en los zapatos elevados que la ponen a la moda, se aplica abundante pachulí, y a votar se dijo. Acompañémosla.

*

El señor de la casa le había dado clases de democracia durante dos meses seguidos, o sea, durante el tiempo en que los parlantes callejeros por poco nos llevan al manicomio. Su amo, tan atento él, tan querida persona, le había traído la papeleta precisa, la de ganar, y le había enci­mado un billete de $100 y una sonrisa.  En su gesto había además una tácita insinuación de aumento de sueldo si ella votaba por sus listas.

–Las del triunfo. Si ganamos, te compro otros zapatos –le había dicho a escondidas de su esposa.

Florinda salió de la casa, erguida, alegre, taconeando fuerte. Se sentía importante. En la esquina abrió la cartera y acarició la otra papeleta, la de su patrona. «La de ganar, Florin­da”. Ella también había sido genero­sa. Le había regalado el vestido de las rosas que ahora estrenaba y dos prendas íntimas, a escondidas del esposo, que le llevaba la contraria en política.

*

La señorita mayor, que no mane­jaba todavía suficiente dinero, tenía su manerita de halagarla. Le había deslizado el mejor sobre, el de la renovación política. Y el muchacho pechipeludo, tan provocativo él, tan buen mozo, que la perseguía en los descuidos del resto de demócratas de la familia, le había explicado las ventajas de su partido. Florinda palpó por la calle ese voto y se sintió emocionada. No supo si por el partido o por el muchacho, tan buen mozo él, tan excitante.

En la plaza se encontró con Ansel­mo, el novio. Venía como un dandy, estrenando pantalón y guayabera. También olía a bueno. Parecía un doctor. Así, repasándolo con una mi­rada rápida, tuvo cierta tristeza por haber cambiado besos con el buen mozo de la casa. «Te ves arrebatador». No se lo dijo, lo pensó.

–Mostráme tu voto. Florinda.

Ella le pasó la primera papeleta que encontró en el bolso. Cualquiera era lo mismo. Ni siquiera sabía leer, ni entendía de nombres raros. Al novio no le gustó el voto.

—Tenés mal gusto, Florinda.

*

Dieron unas vueltas por la plaza. En el recorrido, él le contó que aquellos pantalones y aquella guaya­bera eran consecuencia de un negocio electoral. Votaría por el cacique, el que más hablaba por los parlantes, el que más prometía, el que tomaba aguardiente en la fonda. Y sobre todo, el que le tenía prometido el billete de quinientos si votaba por él.

A Florinda le gustaba todo eso, pero se acordaba de sus amos. ¿Cómo iba a traicionarlos? Se animaba y se desanimaba. De pronto alguien les dijo que en otra parte daban billetes de mil. La tentación aumentó. El secretario de la alcaldía compraba la boleta por los mismos mil pesos, pero encimaba cinco kilos de carne.

Apenas estaba iniciándose el mer­cado de la democracia. Sus amigos seguían contándoles muchas cosas. Oían hablar de lotes, de drogas, de puestos, de colegios gratis… Todos estaban dichosos. Sólo bastaba de­jarse conducir hasta la urna. Se lle­gaba, se mostraba la cédula, se metía el dedo, se deslizaba un papelito, y ya, ¡el milagro! ¡Mil pesitos!

Florinda no lo pensó más. Votó en conciencia. Es decir, con la conciencia segura de ganarse un dinero extra, sin tener que fregarse tanto. «Negocio es negocio», les dijo con la mente a sus amos.

*

Hoy Florinda, antes tan ingenua, sabe lo que es la democracia. Colom­bia es un país libre, sin dictaduras, con derecho a elegir. ¡Hay que votar en conciencia! El párroco repitió esto muchas veces. Y Florinda votó a conciencia de lograr unas utilidades por tan poca cosa: apenas un papelito.

Ahora tiene más ropa y huele mejor. Todo el mundo sabe que en Colombia se realizan elecciones puras donde cada cual es libre de buscar la mejor opción. Como Florinda y Anselmo. Este último ganó menos por haber entregado la cédula antes de tiempo. No se hizo valorizar.

El elector —estamos cansados de oírlo— es la persona más importante para la suerte del país. La democra­cia —¡bendita democracia!— nos tiene reservados no se sabe cuántos años donde se puede votar libremente. Sólo hay que saber escoger el voto. Ahora se anuncian las elecciones pre­sidenciales. Los dos protagonistas de esta crónica no caben en sí de la dicha.

–Ahora sí te desquitás, Anselmo. Vendé mejor tu voto. O si querés, yo te ayudo

El Espectador, Bogotá, 31-III-1982.

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Si usted fuera Presidente…

domingo, 16 de octubre de 2011 Comments off

Humor a la quindiana

Por: Gustavo Páez Escobar

¿Ha pensado usted alguna vez que puede ser el Presidente de la Repú­blica? Como usted es un ciudadano del común, sin aptitudes presidenciales ni  ambiciones políticas, me contesta que no, que es utópico suponer seme­jante despropósito. Sin embargo, es posible. Le pongo varios ejemplos de otros que gobernaron a Colombia como si se tratara de una finca, y usted se consuela. Se imagina estre­nando banda presidencial y se echa para atrás creyéndose en el solio de Bolívar. Pero espere un momento, señor candidato, que primero debe explicar su programa de gobierno, sin el cual es imposible conseguir votos. Lo entrevistaré, por lo tanto. Yo soy el pueblo.

—¡Encantado! —susurra usted y se frota las manos con legítima emoción patriótica.

—Díganos, doctor Cucaita: ¿Cuál es su primer paso al llegar al Gobierno?

—Cambiar a todo el mundo. A mi­nistros, gobernadores, alcaldes, por­teros… Y nombrar a los míos, a los de mi absoluta confianza. Sin rosca es imposible gobernar.

—¡Magnífico! —respondo, y me siento encasillado en la nueva administración.

—Vendrá luego el desmonte pro­gresivo de todos los programas del anterior gobierno, muy malos, como usted lo sabe. Con mi formidable equipo de colaboradores rectificaré las tremendas equivocaciones de mi antecesor y poco a poco haré la transformación del país.

—Pero antes explíqueles a los co­lombianos cuáles son sus planes concretos, y no se olvide de que todavía no es Presidente.

—¡Pero lo seré! —afirma usted con entusiasmo—. Y ya me imagino via­jando a inaugurar la carretera a la selva del Caquetá, la que le prometo al pueblo como una fórmula ideal para acabar con los insubordinados…

*

El candidato toma en serio su papel. Al día siguiente inicia por pueblos, por veredas, por ríos, su cruzada nacional. Monta en bus, en helicóptero, en avión —en burro, si es necesario—, y logra llegar a todos los sitios. Muestra una resistencia a toda prueba. Abandona el cigarrillo y el licor para rendir más.

En Valledupar preside la más grande manifestación que haya conocido la ciudad. Allí lo aplaude la Cacica y ésta apuesta otra vez su máquina de es­cribir a que el doctor Cucaita será el segundo Bolívar. En una mañana vi­sitará seis municipios del Quindío y por la tarde estará en Tunja, para pernoctar en Cali, donde ofrecerá bajar los intereses, acabar con la usura y aumentar la producción agrícola.

*

Su opositor ha dicho: «Los mejores bachilleres tendrán universidad gra­tuita. Habrá educación para todos, y no como ahora, cuando se quedan cien mil bachilleres sin poder ingresar a la universidad…”

El doctor Cucaita, que se entera de todo y se deja asesorar sobre las estrategias para llegar al pueblo, perora más tarde en la plaza de Pereira: «El empuje de la provincia será una realidad, no un simple enunciado politiquero. Bogotá no puede pensar para todo el país. Por lo tanto, a esta hermosa ciudad le trasladaré un instituto descentrali­zado, otro a Palmira, otro a Neiva… Será un traslado efectivo, y no como el que ocurrió en otro gobierno, sin la necesaria planeación…»

Ese mismo día comienzan los for­cejeos entre Armenia, Pereira y Manizales para conquistar la oficina principal del Banco Cafetero. Ninguna de ellas tiene la suficiente capacidad de vivienda, pero todas inician la construcción de nuevos barrios.

*

—¿Qué más, señor candidato?

—Las clases pobres tendrán vivienda sin cuota inicial…

—Eso ya lo dijo el otro candidato.

—Entonces, presentaré un plan realmente revolucionario: carros po­pulares a $150 mil. En mi gobierno habrá empleo, educación, vivienda, salud… Bajaré los impuestos a los pobres y los subiré a los ricos…Terminaré con las mafias, con los monopolios, con los acaparadores…

—¿No peligraría su gobierno con esta clase de medidas, doctor Cucai­ta?

—Por ahora consigo votos. Después veremos qué se hace. Com­batiré la corrupción, la piratería de los bienes del Estado… Acabaré con el M-19… Levantaré el estado de sitio…El Procurador y el Contralor serán del partido contrario… Habrá pena de muerte para los crímenes execrables… Legalizaré la marihuana… Implantaré el divorcio… Antes de concluir mi mandato recorreré en carro la carretera asfaltada de Tunja a Cúcuta…

*

—¡Despierte, despierte, doctor Cucaita! —tuve que frenarlo.

–¿En qué punto íbamos? —preguntó emocionado el candidato.

Candidato imaginario, natural­mente. Cualquier parecido con la rea­lidad es simple coincidencia. Usted y yo podríamos también ser por unos instantes presidentes de la República. Es posible que entonces todo lo transformáramos y que no fueran suficientes los cuatro años de gobierno para hacer caber tantas ideas lumi­nosas.

De todas partes han surgido en estos días doctores Cucaitas. Sólo uno de los entrevistados, al que la emisora repitió la pregunta de qué haría si fuera elegido Presidente, repuso sin titubeos: «Renunciar de inmediato».

El Espectador, Bogotá, 24-III-1982.

 

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