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¿México o Méjico?

viernes, 11 de noviembre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

A propósito de la Lección sobre Méjico, publicada hace poco en esta columna, he recibido procedente de la ciudad de Bucaramanga la siguiente carta del señor Bernardo Mayorga, de la Universidad Industrial de San­tander:

«Interesantísima su Lección sobre Méjico. Apenas terminé su lectura (y luego de la sorpresa de ver in­mediatamente debajo de su última frase, y con letras grandes, el México en el título del artículo del columnista Jiménez) tomé para consultar la última (vigésima) edición (1984) del Diccionario de la Real Academia, y observé, como puede usted comprobarlo, que en la página 905 aparecen mexicanismo, mexicano y México,  con la advertencia de que la x se pronuncia como j, pero sin condenar esa grafía. Aparecen también, en la página 965, oaxaqueño y Oaxaca, con la misma advertencia y otra vez sin condenación (y no aparecen ni oajaqueño ni Oajaca). Más aún: en la página 1402, en el artículo x, podemos leer: ‘Este sonido simple (sh) se transformó después en velar fricativo sordo, como el de la j ac­tual, con la cual se transcribe hoy, salvo excepciones, como en el uso mejicano de México, Oaxaca’.

«A mi modo de ver, todo lo anterior quiere decir que –a pesar de la opinión del doctor Horacio Bejarano, vocero de la Academia Colombiana de la Lengua–, en lo que se refiere a los términos en cuestión la Real Aca­demia Española acepta como uso correcto el de cualquiera de las dos formas de escritura. ¿Qué piensa usted?».

*

Pienso, en primer lugar, que el planteamiento del ami­go de Bucaramanga es muy interesante, tanto por la inquietud que ofrece la duda como por ocuparse de cues­tiones del idioma, al que hoy se le presta tan poca atención.

Se amplía el artículo anterior –y para esto cuento con el autorizado concepto del doctor Horacio Bejarano Díaz– en el sentido de que ambas grafías (México. Méjico y similares) se hallan incorporadas hoy al Diccionario Mayor. O sea,  el uso de la x no se en­cuentra condenado.

Empero, de lo que se trata es de defender el uso colom­biano de la j en dichas palabras para ser consecuentes con su pronunciación, obedeciendo así esta regla: «No hay en español palabras que se escriban de un modo y se pronuncien de otro». En Méjico infringen la norma, y la violación ejerce efectos contagiosos en otros paí­ses de habla española, incluido el nuestro, donde la x de México se pronuncia como j. El país azteca le rinde tributo a dicha grafía, y esto es cuestión de naciona­lismo. Allí rige una disposición oficial que ordena escribir la palabra con x, a pesar de que con ello se traiciona la fonética. El destacado escritor Alfonso Junco censuró, a pesar de ser mejicano, la escritura equivocada de esa letra.

Sucede, entonces, que tanto México como Oaxaca se escriben de una manera y se pronuncian de otra, pero lo que existe aquí es el uso mejicano (sólo para dicho país). Como vivo en Colombia y hablo español, escribo y pronuncio en español. Comprendo que camino en contravía. Casi todos los escritores, e incluso los titu­lares grandes de la prensa, anotan México. Dos escla­recidas excepciones la representan el doctor Antonio Panesso y el crucigramista MAC, de este mismo diario, que siempre escriben Méjico (con jota de jalisco). Los jotistas  en este caso somos la minoría. Ojalá el amigo Mayorga se nos una en adelante. A todas estas, ¿qué pensará el erudito doctor Panesso?

El Espectador, Bogotá, 7-III-1991.

* * *

Apostilla. –  La edición de El Espectador del 13 de diciembre de 1991 publicó en su espacio Carta del Día la siguiente comunicación:

En el editorial de hoy (7-XII-91) se escribe con jota la palabra Méjico. Esa es la grafía correcta, aunque la Real Academia acepta también el México, con equis, en consideración al sentido nacionalista con que en dicho país se emplea la palabra. Sin embargo, una regla gramatical indica que no existen en español palabras que se escriban de una manera y se pronuncien de otra. Somos muy pocos lo que así lo hacemos. En este diario hay otras dos personas que siempre escriben la palabra con jota: Antonio Panesso Robledo y el crucigramista MAC. Ahora, con el editorialista de hoy, somos menos minoría. Gustavo Páez Escobar.

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El fenómeno de Argos

domingo, 16 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Argos, el genial columnista de El Espectador, hace un periodismo di­ferente con su pluma al mismo tiempo castigadora, recursiva y galana. Su tribuna, una de las más leídas de la prensa colombiana, si en realidad no es la de mayor difusión, mantiene prevenida la mente de los escritores para no incurrir en los gazapos que él no tendrá inconveniente en reprobar con férula implacable, aunque con amenidad y cordial erudición.

Sorprende esta mole de cono­cimientos en un país que se distingue por lo contrario: por ser superficial y poco estudioso. ¿De dónde saca Argos su sabiduría?, se pregunta el lector de periódicos y tiene que inclinarse ante el extraño fenómeno de un filósofo de lo cotidiano y que mantiene los cien ojos abiertos para pescar los deslices gramaticales y de toda índole a que somos tan propensos en esta actividad de la escritura rápida.

No se conforma con el solo oficio de buscar y enderezar las incorrecciones idiomáticas, sino que se mete en la historia, en la mitología, en la urbanidad, en la estética, en la literatura, en la farán­dula social, faenas todas que lo dejan bien librado. Es un cerebro escudri­ñador de libros y apto para los más variados análisis.

Su rutina de maestro, una de las más exigentes y también de las menos apetecidas, no puede improvisarse y ni siquiera ejercitarse con menos domi­nio del que él exhibe, si no existe buena carnadura para ser corrector del estilo y las costumbres. Para ser catedrático de tan vasta audiencia es preciso poseer  sólida estructura inte­lectual y además gran humanismo. En su caso se refunden ambas cali­dades y le imprimen un perfilado carácter de reformador sapiente.

Un ingeniero como él, hecho a la frialdad de los números, parece ha­berse rebelado contra el rigor de su carrera para practicar esta cátedra de envidiable virtuosismo. Habrá nece­sidad de insistir en que el país, descuadernado como se halla, no sale de muchos atolladeros por carecer de férulas ejemplarizantes y de guías salvadoras. Y el periodismo, que an­taño fue la mejor escuela del idioma y de las virtudes morales, se ha venido relajando porque ya no se respira aquel ambiente de severas disciplinas. Hoy hasta la ortografía y la sintaxis duermen en el cuarto de San Alejo.

Con media docena de Argos estaríamos bajo buen cobijo. Necesitamos quiénes indiquen pautas seguras en el manejo del castellano y en el ejercicio de la moral. Hay necesidad de alertar a las generacio­nes sobre los desvíos sociales, lo mismo que a los escritores sobre el uso del idioma, y debe hacerse además con suficiente talante para que las leccio­nes penetren en debida forma.

El mensaje diario de Argos es un ejemplo que debe imitarse. Este ratón de biblioteca trabaja más que muchos políticos y profesores universitarios. Sus cien ojos no sólo permanecen expectantes sino que son espectadores del buen comportamiento.

El Espectador, Bogotá, 22-VI-1981.

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Misiva:

No te imaginas lo agra­decido que estoy contigo. Celebro infinito que estés escribiendo con frecuencia en la prensa, para darles ejemplo a nuestros jóvenes comunicadores, de buena prosa castellana. Amigo, Argos, Medellín.

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Réquiem por la ortografía

miércoles, 5 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

¡Pobre ortografía, tan aban­donada y tan valiente! Antaño era materia indispensable para el escolar y el doctor. Y hasta la fámula escribía sus querellas sentimentales con asombrosas modulaciones idiomáticas. El adolescente no se atrevía a galantear a la niña de sus amores primaverales sino des­pués de enmarcar su sentimien­to entre signos de admiración. Hoy las máquinas modernas, fabricadas con prisas inex­plicables y atropellando los códigos, suprimen la apertura de los signos de interrogación y admiración. ¡Como si en la vida todo no fuera principio y fin! Estamos en una sociedad de economistas, porque se eco­nomizan las tildes y se abrevian las disciplinas.

¡Pobre ortografía! Ya no es convidada de honor en las aulas del bachillerato ni en los foros de la universidad. Los «doc­tores» cometen burradas pero visten a la moda, con patillas y el cerebro romo. En las oficinas se cuece un impotable amasijo de escarabajos y letras vene­nosas.

Cesaron los estribillos que adiestraban la mente para escribir con sindéresis y distin­ción. El señor Marroquín, bien muerto, por fortuna, no le per­donaría a estas hordas del cas­tellano el olvido de sus reglas versificadas que levantaron hombres de oro y punto. La or­tografía se aprendía entonces con entonación, con garbo, con infusiones poéticas. Se emulaba por la elegancia del lenguaje, como pudiera competirse por la posesión de la mujer amada.

La palabra era soberana. Hoy las soberanas escriben ho­rrores. Respeten, por favor, la «h» indestructible, y no aumen­tan los errores de la humani­dad. El vocablo desgarbado y famélico no cabía en ninguna parte. Ultrajaba la altivez de la belleza. La correspondencia, hoy maltrecha y sofocada, se pulía con reflexión y refina­miento.

Pero los tiempos cambian, señor Marroquín. Discúlpeme si perturbo su sosiego con mis clamores, pero nadie mejor que usted, gramático y educador de tan original imaginación, para soltarles a ciertos jovenzuelos y vejestorios con trazas de doc­tores los dardos satíricos con que los  hubiera reprendido por no graduarse en ortografía.

Duerma usted en paz y no se le ocurra fisgonear ciertos periódicos, revistas y folletones que son verdugos de la princesa que usted engalanó. Hoy la ortografía, mi buen señor, es un ser desprotegido, avergonzado y víctima de la intemperie. Las reglas fueron desalojadas por anticuadas… Nos invadieron unos melenudos con boina, es­pejuelos y barbas de profeta que se dicen revolucionarios e iconoclastas –¿qué será eso?–, para quienes no valen ni jota los dictados del buen decir. ¡Y cuidado con meter las narices en los cursos del bachillerato, ni sus ilustres barbas en los predios de los seudointelectuales! Lo expulsarán a man­doble limpio como a un intruso. ¡Perdónalos, señor! Están acabando con la modulación, con la gracia, con la hermosura de la vida.

Las empresas no exigen or­tografía, porque tampoco la saben. La lengua se nos está complicando y un día de estos, de tanto herirla, va a terminar mordiéndonos. ¡Y si por lo menos enmudeciera! Si usted escuchara palabrotas y nece­dades que por ahí se escriben y se oyen, se hundiría de inme­diato en su reposo eterno…

¡Pobre ortografía! Ya hasta se fabrican novelas enteras sin un solo signo de puntación y con vulgaridades del peor cuño. ¡Nos estamos ahogando por fal­ta de oxígeno! La humanidad, cansada de la decencia y la es­tética, dizque quiere ser audaz explorando las alcantarillas de lo pornográfico, lo nauseabun­do, lo insólito…

Bien está un réquiem por la ortografía. Por ventura muchas cátedras del buen decir se man­tienen invulnerables. Muchos acompañan mi clamor. Le pondremos a la pobre vergonzante trenzas y zapaticos de charol, como en otras épocas. Desli­zaremos en su oído un verso. Con un guiño la enamoraremos. Y es posible que todavía no sea tarde para salvarla y derrotar con ella la ignorancia.

El Espectador, Bogotá, 8-XI-1978.
Mensajero, Banco Popular, Bogotá, marzo de 1980.
La Esfera, Tuluá, 20-VI-1980.
Noticias Culturales, Instituto Caro y Cuervo, abril de 1988.

 

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Lección sobre Méjico

martes, 29 de marzo de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

¿Se escribe México o Méjico? Unos escritores utilizan la equis, otros la jota. Para mí la duda desaparece en adelante, después de la respuesta que he recibido de la Academia Colombiana en torno a este asunto. Aduce la entidad que “no hay en español palabras que se escriban de un modo y se pronuncien de otro”. Lo correcto, por consiguiente, es Méjico, con jota.

Esta es la consulta que formulé al doctor Horacio Bejarano Díaz, secretario de la Academia:

En la lengua azteca se escriben las palabras México, mexicano, con jota. En España estas palabras y sus derivados se escriben con jota, como suenan. En México utilizan la equis, pero la pronuncian con el sonido de jota. Me gustaría saber si la Academia tiene alguna norma al respecto. Veo que los escritores –y hablo de personas sobresalientes– utilizan en forma indistinta ambas grafías.

“Una vez el agregado cultural de la embajada de aquel país me anotó lo siguiente: ‘Le rogamos que en sus próximas comunicaciones escriba el nombre de México con x’. Esto, desde luego, hay que interpretarlo como una manifestación del sentido nacionalista del pueblo mejicano (y aquí se me ocurre que, por estar en Colombia, la jota es la auténtica).

“Ojalá la Academia me ilustre sobre la materia. Adelanto en el momento una biografía de Germán Pardo García, nuestro gran poeta que reside hace 59 años en el país azteca, y en ella, como es natural, abundan las dos palabras de la consulta”.

*

El doctor Horacio Bejarano Díaz me contesta lo siguiente:

“Me refiero a su consulta sobre la x que usan más que todo los mejicanos para escribir términos como México, mexicano y Texas. Primeramente es de anotar que ninguno de nuestros grandes escritores, como Miguel Antonio Caro, Rufino José Cuervo, Marco Fidel Suárez y el padre Félix Restrepo usaron la citada grafía sino que siempre escribieron Méjico, Tejas. En segundo término no hay en español palabras que se escriban de un modo y se pronuncien de otro; en realidad si se escribe México, hay que pronunciarlo Mégsico y esto sería ridículo.

“Don Alfonso Junco opina a este respecto: ‘No es devoción a lo indígena el escribir México con equis. Los indígenas no escribían México con equis de ninguna manera, porque carecían de alfabeto. Fueron los españoles quienes escribieron por primera vez la palabra, interpretando con letras el sonido que escuchaban. Los indios pronunciaban aproximadamente Méshico, y los españoles escribieron correctamente México, porque a principios del siglo XVI la x tenía valor fonético, la equis conservó el propio suyo que aún guarda (cs, gs)) y además el de jota. Con sonido de jota se pronunció Méjico desde tiempo inmemorial, a la vez que se escribía México –así invariablemente durante las tres centurias virreinales– puesto que la equis representaba entonces el papel fonético de jota. Convenía quitarle ese doble papel. En 1815, con muy juicioso acuerdo, la Academia Española determinó que se usara la letra jota para expresar el sonido cs y gs, que actualmente tiene…’

“Por la anterior disposición de la Real Academia, en las ediciones del Diccionario Mayor publicadas a partir de 1815, aparecen registradas con jota mejicanismo, mejicano y Méjico, Tejas y tejano”.

*

¿Quién va a utilizar –después de esta cátedra erudita que ojalá trascienda a los periódicos y a los medios cultos– la x de México? La lección es clara: Méjico.

El Espectador, 26 de diciembre de 1990.
Academia Colombiana de la Lengua, N°170, diciembre/1990.

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