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Cartas de Germán Pardo a Carlos Pellicer

martes, 16 de abril de 2019 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar 

El 2 de febrero de 1931, a los 28 años de edad, Germán Pardo García se embarcó hacia Méjico, y llegó a su destino el 14 del mismo mes. Se fue tras la huella de Carlos Pellicer, a quien había conocido en Bogotá a finales de 1918 como agregado estudiantil de la embajada de su país ante el Gobierno colombiano.

Cuando el mejicano fue trasladado a Venezuela a principios de 1920, Pardo García sintió que se oscurecía el sol en su vida. E intentó seguirlo al país vecino. Pero sus recursos económicos no se lo permitieron. Por su simpatía y sus dotes intelectuales, Pellicer despertó en Bogotá alta fascinación entre grandes escritores que por aquellos días iniciaban su carrera literaria.

El más deslumbrado fue el futuro poeta de la angustia, huérfano de madre desde los 3 años de edad, víctima de mielopatía desde su nacimiento y que había sido puesto bajo el cuidado de una nodriza neurótica. Los días de su niñez y adolescencia transcurrieron en medio de la tristeza y el pavor del páramo. La llegada de Pellicer le dio el calor, el afecto y la ilusión de que carecía.

Tuvieron que pasar 12 años para volver a encontrarse en Méjico, en febrero de 1931, cuando Pardo García logró al fin viajar al país azteca. Allí residiría por el resto de su vida. Durante la ausencia se cruzaron cartas ardientes dictadas por el arraigado sentimiento mutuo. En ellas se contaban sus circunstancias cotidianas y se prometían permanecer leales en sus propósitos comunes.

El colombiano narraba sus faenas agrícolas, sus aventuras sensuales con muchachas de la tierra y su discurrir monótono en la incipiente aldea de Choachí. También, por supuesto, su embeleso ante los paisajes del entorno. Se mostraba obsesionado con Silva y con el tema de la muerte y no ocultaba sus fluctuantes estados de ánimo que unas veces le inyectaban desbordados momentos de regocijo y otras lo arrastraban al abatimiento. Conforme germinaban sus vocaciones literarias, se participaban sus hallazgos poéticos. Sus nombres alzaban vuelo hacia las cumbres de la fama. Ambos llegarían a ser figuras cimeras de la literatura.

La Universidad Autónoma de Nuevo León (Méjico) publicó hace poco, en 428 páginas, el libro titulado Un encanto extraño – Cartas de Germán Pardo García a Carlos Pellicer (1920-1970). En esta obra el doctor en letras hispánicas Serge I. Zaïtzeff recoge y analiza las cartas enviadas por el colombiano a Carlos Pellicer durante los años de la ausencia, junto con unas pocas posteriores a 1931.

En cambio, las de Pellicer a Pardo García desaparecieron en su totalidad, ya que su costumbre  fue siempre la de destruir la correspondencia y no conservar papeles. Cuando yo lo visité en 1988, me causó extrañeza no hallar en su apartamento de Coyoacán ni biblioteca ni archivos. Los dos únicos libros que guardaba eran Apolo Pankrátor (acopio de su poesía entre 1915 y 1975) y un diccionario griego. La austeridad del recinto era pasmosa, y por allí se sentía el soplo de un alma en pena que se movía entre el silencio y la soledad. Este ambiente de sombra y misterio lo describo en mi libro Biografía de una angustia (Instituto Caro y Cuervo, 1994). 

En estas cartas salen a flote la atracción y admiración que ellos se profesaban, sentimiento que puede situarse en el campo del amor platónico. Esto no obstaba para que gozaran de las mujeres, e incluso les dieran el título de novias (las más nombradas: Esperanza Nieto en el caso de Pellicer, y Dolly Garson en el de Pardo García).

En carta de 1995, una poetisa mejicana me decía: “El grande y único amor de Germán Pardo García fue Carlos Pellicer”. Ahora bien, Aristomeno Porras, su amigo más cercano durante largo tiempo, me reveló: “Desde que lo conocí vi su inclinación hacia las mujeres. Hablaba mucho de ciertas aventuras con mujeres de la vida galante, una de ellas en Bogotá y varias en México”.

Carlos Pellicer, cuya condición homosexual era bien conocida, elaboró entre agosto de 1930 y enero de 1931 parte del poema que publicaría en 1941 con el rótulo Recinto y otras imágenes, el primer poema homoerótico escrito en Méjico. Según conjeturas, dicha obra estaba dedicada al poeta colombiano.

Termino la lectura de estas cartas con la sensación de que la amistad entre los dos poetas representa un verdadero enigma, al estilo de Pardo García, un espíritu al mismo tiempo  atormentado y luminoso. De ahí nace el título del libro que comento: Un encanto extraño. ¿Hasta cuándo llegó esta relación? Hasta el 23 de diciembre de 1956, cuando Pardo García escribió esta carta tajante a quien había sido su amigo del alma (a raíz de la colaboración prestada por Pellicer a una persona considerada indigna para Colombia):

“La aceptación tuya a tal invitación, contra todos los deseos de mi espíritu pone término para siempre a la amistad que durante más de cuarenta años nos unió (…) El nuevo año me encontrará sin tu amistad, perdida para siempre, pero leal a la dignidad de Colombia”. 

El Espectador, Bogotá, 13-IV-2019.
Eje 21, Manizales, 12-IV-2019.
La Crónica del Quindío, Armenia, 14-IV-2019.

Comentarios 

Revuelo ha causado esta afortunada columna, no en el sentido «curioso» del tema, sino por el sufrimiento y desolación de almas que en la oscuridad del silencio fueron muy próximas. Gran pérdida no tener las cartas del poeta Pellicer. Inés Blanco, Bogotá. 

Pardo García sigue siendo una incógnita (aun imaginando que fuese bisexual) a quien todavía, a pesar de tus esfuerzos, debe ser remirado en su obra más que en sus pedazos biográficos. Jaime Lopera, Armenia.

Personaje exótico de mente atormentada, seguramente por los ingratos recuerdos de una niñez sometida a las rigideces de su nodriza y de las tétricas historias que en los retiros espirituales los curas solían contar sobre el infierno y demás castigos divinos. Además, la tortura de su mielopatía tuvo que ser permanente motivo de tristeza. Al final del artículo queda un fino toque de intriga al referir la drástica terminación de una prolongada amistad con Pellicer, por haberle aceptado este una invitación a una persona indigna para Colombia. ¿Quién fue esta persona? Eduardo Lozano Torres, Bogotá.

Respuesta. El colombiano Hugo Latorre Cabal, que trabajaba como redactor del diario Excélsior de Méjico, invitó a Pellicer a vincularse a su espacio periodístico. Corría el mes de diciembre de 1956, época en que imperaba en Colombia la dictadura de Rojas Pinilla. Y Pellicer aceptó dicha invitación. Con estas palabras enjuició Pardo García el acto de su amigo en la carta que cito en mi artículo:

Pero hay algo grave en lo que acabas de hacer: mientras mis grandes amigos colombianos, doctor Eduardo Santos y Roberto García y mi casa colombiana de El Tiempo se ven amenazados en sus vidas, en su independencia, en su dignidad, por la dictadura, tú aceptas colaborar con el funesto individuo a quien se considera en Colombia como uno de los mayores traidores a la libertad de una patria que es también la tuya.

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Otro plagio de Evangelista Quintana

martes, 19 de marzo de 2019 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar 

En artículo de días pasados comenté el hurto literario de la Alegría de leer, famoso método de lectura creado por el educador nariñense Manuel Agustín Ordóñez Bolaños, de cuya autoría se apropió Evangelista Quintana Rentería, inspector escolar del departamento del Valle, valiéndose de la influencia que ejercía en el campo educativo. Y quedó impune. Entre 1930 y 1932 fueron publicados por él los cuatro volúmenes que conforman esta obra maestra. Se calcula que en sucesivas ediciones se vendieron alrededor de un millón de ejemplares.

Hay quienes todavía creen que el autor de la Alegría de leer es Quintana. Durante varias generaciones, este hecho se ha repetido de boca en boca y está registrado en numerosos textos bibliográficos. En cambio, el nombre del verdadero autor, el sencillo profesor Bolaños, quedó silenciado en las sombras del oprobio.

Tras rigurosas indagaciones, el connotado escritor Vicente Pérez Silva y el doctor en Historia  José Oliden Muñoz Bravo pusieron al descubierto la realidad de este melancólico suceso que ha permanecido en el olvido durante 89 años, y que sufrió con resignación, hasta su muerte, el maestro nariñense. De este modo, aunque en forma tardía, se le hace justicia al verdadero autor de la Alegría de leer. Se aplica aquí el conocido refrán: “La justicia cojea, pero llega”.

El segundo plagio de Evangelista Quintana fue el perpetrado con el libro Apuntes sobre los emblemas de la Patria, cuyo autor es Luis Antonio Bohórquez Casallas (1914-1984), oriundo de Santa Sofía (Boyacá) y doctorado en Pedagogía y Letras en la Universidad Javeriana. Fue miembro destacado del magisterio y de varias academias de historia del país y escribió alrededor de doce libros, entre ellos Breve biografía de Bolívar (1980), la que fue patrocinada por el Congreso Nacional con motivo del sesquicentenario de la muerte del Libertador.

Es otra vez Vicente Pérez Silva quien devela este hurto literario en su reciente título Anécdotas y curiosidades alrededor del libro en Colombia (Grupo Editorial Ibáñez). Guillermo Bohórquez, hijo de Luis Antonio Bohórquez, mostró a Pérez Silva fehacientes testimonios que dan cuenta del nuevo fraude de Quintana. La Academia Colombiana de Historia, conocido este trabajo sobre los emblemas patrios, expresó a Bohórquez su voz de apoyo. Este hecho consta en el Boletín de Historia y Antigüedades de la entidad (septiembre y octubre de 1946).

Viene luego un enlace entre los dos educadores. En razón de él, Quintana dirigió al autor de la obra esta comunicación: “Bogotá, abril 20 de 1950. Mi dilecto amigo: Recibí en Cali el ejemplar de su trabajo y empecé su lectura. Le agradezco la confianza. Luego le escribiré”.

En junio de 1954 salía de los talleres gráficos de la acreditada editorial Peuser de Buenos Aires el libro Símbolos de la nacionalidad colombiana bajo la autoría de Quintana. Es decir, le había cambiado el título a los Apuntes de Luis Antonio Bohórquez y con el nuevo rótulo aparecía esta edición como suya. Es bueno señalar que la editorial argentina era la misma en la que Quintana había publicado, en 1932, el segundo tomo de la Alegría de leer.  

Evangelista Quintana –qué duda hay– perdió el decoro y los resortes morales para convertirse en redomado usurpador de los derechos de autor. Falta saber si las otras obras que anota el Diccionario de escritores colombianos son en realidad suyas: Historia de mi patria, Nuevo programa analítico de religión, Nueva cartilla de urbanidad y Nuevo programa de matemáticas.  

El Espectador, Bogotá, 16-III-2019.
Eje 21, Manizales, 15-III-2019.
La Crónica del Quindío, Armenia, 17-III-2019.

Comentarios 

Desde el año 2010 el blog PlagioSOS, un portal original, hemos develado en calidad de denuncia pública casos de violación al derecho de autor, en artículos en revistas indexadas, libros, trabajos de grado y tesis de posgrado. En ocho años hemos presentado 33 estudios de casos, 18 de ellos sucedidos en universidades de Colombia, públicas y privadas. A pesar de aportar todas las pruebas y evidencias documentales de plagio a las directivas institucionales, la inmensa mayoría de los plagiarios disfrutan de silencio e impunidad institucional. Tal vez en los medios de comunicación oficiales reporten esos casos. www.plagios.org/casos/ 

Envié copia de su denuncia anterior sobre el plagio de Alegría de leer, a la cual agrego mi comentario: aún contamos con el valor civil de algunos escritores/periodistas. Aleluya, nos quedan la fe y la esperanza. Ahora enviaré esta otra denuncia. Fui compañero del profesor Luis Antonio Bohórquez Casallas en la Asociación de Autores Colombianos de Obras Didácticas –Aucoldi–. Javier González Q.

Quisiera manifestar que como vallecaucano da pena saber que hemos tenido aquí a semejante pícaro, aunque en honor a la verdad, de ellos en Colombia estamos llenos. Octavio Cruz (correo a El Espectador).

Ahora sí quedé atembado (palabra hoy desconocida para muchos) al leer este artículo y enterarme de que el usurpador Quintana lo fue no solo de la Alegría de leer, sino también de otra obra y otro autor. Qué desfachatez la de ese Quintana, quien más bien era un pícaro que otra cosa. Experto cazador de oportunidades para usurpar autorías y sus derechos. Gracias al investigador Pérez Silva se ha desenmascarado, aunque tardíamente, a este individuo tramposo y deshonesto. Eduardo Lozano Torres, Bogotá.

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Otro plagio de Evangelista Quintana

martes, 19 de marzo de 2019 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

En artículo de días pasados comenté el hurto literario de la Alegría de leer, famoso método de lectura creado por el educador nariñense Manuel Agustín Ordóñez Bolaños, de cuya autoría se apropió Evangelista Quintana Rentería, inspector escolar del departamento del Valle, valiéndose de la influencia que ejercía en el campo educativo. Y quedó impune. Entre 1930 y 1932 fueron publicados por él los cuatro volúmenes que conforman esta obra maestra. Se calcula que en sucesivas ediciones se vendieron alrededor de un millón de ejemplares.

Hay quienes todavía creen que el autor de la Alegría de leer es Quintana. Durante varias generaciones, este hecho se ha repetido de boca en boca y está registrado en numerosos textos bibliográficos. En cambio, el nombre del verdadero autor, el sencillo profesor Bolaños, quedó silenciado en las sombras del oprobio.

Tras rigurosas indagaciones, el connotado escritor Vicente Pérez Silva y el doctor en Historia  José Oliden Muñoz Bravo pusieron al descubierto la realidad de este melancólico suceso que ha permanecido en el olvido durante 89 años, y que sufrió con resignación, hasta su muerte, el maestro nariñense. De este modo, aunque en forma tardía, se le hace justicia al verdadero autor de la Alegría de leer. Se aplica aquí el conocido refrán: “La justicia cojea, pero llega”.

El segundo plagio de Evangelista Quintana fue el perpetrado con el libro Apuntes sobre los emblemas de la Patria, cuyo autor es Luis Antonio Bohórquez Casallas (1914-1984), oriundo de Santa Sofía (Boyacá) y doctorado en Pedagogía y Letras en la Universidad Javeriana. Fue miembro destacado del magisterio y de varias academias de historia del país y escribió alrededor de doce libros, entre ellos Breve biografía de Bolívar (1980), la que fue patrocinada por el Congreso Nacional con motivo del sesquicentenario de la muerte del Libertador.

Es otra vez Vicente Pérez Silva quien devela este hurto literario en su reciente título Anécdotas y curiosidades alrededor del libro en Colombia (Grupo Editorial Ibáñez). Guillermo Bohórquez, hijo de Luis Antonio Bohórquez, mostró a Pérez Silva fehacientes testimonios que dan cuenta del nuevo fraude de Quintana. La Academia Colombiana de Historia, conocido este trabajo sobre los emblemas patrios, expresó a Bohórquez su voz de apoyo. Este hecho consta en el Boletín de Historia y Antigüedades de la entidad (septiembre y octubre de 1946).

Viene luego un enlace entre los dos educadores. En razón de él, Quintana dirigió al autor de la obra esta comunicación: “Bogotá, abril 20 de 1950. Mi dilecto amigo: Recibí en Cali el ejemplar de su trabajo y empecé su lectura. Le agradezco la confianza. Luego le escribiré”.

En junio de 1954 salía de los talleres gráficos de la acreditada editorial Peuser de Buenos Aires el libro Símbolos de la nacionalidad colombiana bajo la autoría de Quintana. Es decir, le había cambiado el título a los Apuntes de Luis Antonio Bohórquez y con el nuevo rótulo aparecía esta edición como suya. Es bueno señalar que la editorial argentina era la misma en la que Quintana había publicado, en 1932, el segundo tomo de la Alegría de leer.

Evangelista Quintana –qué duda hay– perdió el decoro y los resortes morales para convertirse en redomado usurpador de los derechos de autor. Falta saber si las otras obras que anota el Diccionario de escritores colombianos son en realidad suyas: Historia de mi patria, Nuevo programa analítico de religión, Nueva cartilla de urbanidad y Nuevo programa de matemáticas.  

El Espectador, Bogotá, 16-III-2019.
Eje 21, Manizales, 15-III-2019.
La Crónica del Quindío, Armenia, 17-III-2019.

Comentarios 

Desde el año 2010 el blog PlagioSOS, un portal original, hemos develado en calidad de denuncia pública casos de violación al derecho de autor, en artículos en revistas indexadas, libros, trabajos de grado y tesis de posgrado. En ocho años hemos presentado 33 estudios de casos, 18 de ellos sucedidos en universidades de Colombia, públicas y privadas. A pesar de aportar todas las pruebas y evidencias documentales de plagio a las directivas institucionales, la inmensa mayoría de los plagiarios disfrutan de silencio e impunidad institucional. Tal vez en los medios de comunicación oficiales reporten esos casos. www.plagios.org/casos/ 

Envié copia de su denuncia anterior sobre el plagio de Alegría de leer, a la cual agrego mi comentario: aún contamos con el valor civil de algunos escritores/periodistas. Aleluya, nos quedan la fe y la esperanza. Ahora enviaré esta otra denuncia. Fui compañero del profesor Luis Antonio Bohórquez Casallas en la Asociación de Autores Colombianos de Obras Didácticas –Aucoldi–. Javier González Q.

Quisiera manifestar que como vallecaucano da pena saber que hemos tenido aquí a semejante pícaro, aunque en honor a la verdad, de ellos en Colombia estamos llenos. Octavio Cruz (correo a El Espectador).

Ahora sí quedé atembado (palabra hoy desconocida para muchos) al leer este artículo y enterarme de que el usurpador Quintana lo fue no solo de la Alegría de leer, sino también de otra obra y otro autor. Qué desfachatez la de ese Quintana, quien más bien era un pícaro que otra cosa. Experto cazador de oportunidades para usurpar autorías y sus derechos. Gracias al investigador Pérez Silva se ha desenmascarado, aunque tardíamente, a este individuo tramposo y deshonesto. Eduardo Lozano Torres, Bogotá.

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El verdadero autor de la “Alegría de leer”

lunes, 25 de febrero de 2019 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar 

La obra más difundida en Colombia a partir de su aparición en 1930 fue la Alegría de leer, que estaba compuesta por cuatro cartillas. Se convirtió en un best seller que vendió alrededor de un millón de ejemplares. Caso insólito. Las cartillas, que en realidad eran libros separados y fueron editadas en diferentes fechas, las conserva en Manizales, como verdadera reliquia, Jairo Arcila Arbeláez. En esa obra aprendimos a leer miles de colombianos. Después vendrían los libros de García Márquez, que registrarían ventas fabulosas.

Evangelista Quintana Rentería figura como el autor de la Alegría de leer. Él fue inspector escolar en su departamento del Valle (nació en Cartago en 1896) y poseía influencia en el campo pedagógico. Su nombre, por supuesto, adquirió alta ponderación como escritor de la obra, y así pasó a la historia bibliográfica.

En internet se encuentran numerosos registros que acreditan a Quintana como el afortunado autor de uno de los textos más emblemáticos del siglo XX. Incluso mucho tiempo después, en febrero de 1999, Jorge Orlando Melo, prestigiosa figura de la cultura nacional, destaca su nombre en artículo de la revista Credencial. De la misma manera, esta información la reproducen muchos tratados de literatura y educación.

Pero la realidad dice otra cosa. Hoy puede asegurarse que se trató de un hurto literario cometido por Quintana en la Colombia sosegada de su época, y que por extraña circunstancia quedó impune. Hay nudos tan bien hechos, que nadie logra deshacerlos. Hay mentiras tan bien urdidas, que terminan convirtiéndose en verdades. Verdades falsas, como los “falsos positivos” en el área militar de Colombia en los últimos años. Esto sucede lo mismo en los sucesos  históricos que en la literatura y en la propia vida.

Dos fuentes respetables demuestran que el verdadero autor de la Alegría de leer es el educador nariñense Manuel Agustín Ordóñez Bolaños, nacido en La Cruz en 1875. Esas fuentes son:

  1. la de Vicente Pérez Silva, cuya labor en los campos histórico y literario es bien conocida, y quien pronunció en 1999, durante la Feria Internacional del Libro, una conferencia en la que aportó suficientes pruebas que no dejan duda sobre el plagio. Dicha conferencia fue recogida en el folleto que tituló Ventura y desventura de un educador (2001);
  2. la de José Oliden Muñoz Bravo, doctor en Historia, que escribió en la revista Historia de la Educación Colombiana (número 13 de 2013) un exhaustivo estudio sobre los pormenores del plagio.

Según testimonio de Manuel Agustín Ordóñez, se sabe que en diciembre de 1926 su paisano nariñense Abraham Zúñiga, también pedagogo y que poseía hermosa caligrafía, le sacó en limpio, para su posible publicación, dos cuadernos que contenían el material de la Alegría de leer. Ejecutado el trabajo, Ordóñez viajaba un día en ferrocarril de Popayán a Cali, cuando de pronto sintió que alguien le ponía la mano en el hombro y le preguntaba por los cuadernos que portaba. Era Quintana, quien se interesó por ellos, y de ahí en adelante se dedicó durante horas a leerlos durante el viaje.

Cuando se los devolvió, muy cerca de Cali, Quintana le dijo: “Yo le voy a ayudar a usted, aprovechando mi amistad con el director de Educación y con mis demás amigos, para que usted pueda cumplir mejor con el deseo de publicar sus obras que considero muy importantes”. Ante esta perspectiva halagüeña, Ordóñez depositó su obra en la Dirección de Educación Pública de Cali, con la solicitud de que se hiciera el registro de la propiedad literaria. Y no obtuvo ninguna respuesta.

En junio de 1931, volvió a verse con su colega Abraham Zúñiga, quien le hizo esta tremenda revelación: “Evangelista Quintana ha publicado unos libros de lectura, que son la misma cosa que los suyos”. El plagio estaba cometido. De ahí en adelante, la vida del verdadero autor de la Alegría de leer estuvo marcada por el dolor y la tristeza.

Su obra no es un simple texto escolar, sino una técnica de enseñanza –original, asombrosa y docta– que mereció los mejores reconocimientos de eruditas personalidades, entre ellas el eminente pedagogo, médico y sabio belga Decroly, quien en 1925 expresó estas palabras: “Yo admiro el método inteligente empleado por el señor Manuel Agustín para enseñar la lectura. El procedimiento puede perfectamente asociarse al sistema ideovisual o global que yo preconizo”.

Así mismo, otros personajes de las letras y la cultura colombianas, como Luis Eduardo Nieto Caballero, Juan Lozano y Lozano y Agustín Nieto Caballero, honraron la sabiduría del sencillo y virtuoso maestro nariñense a quien Evangelista Quintana despojó de su creación magistral. ¿Por qué lo hizo? ¿Por qué la justicia no castigó al usurpador? ¿Por qué los registros bibliográficos no han corregido el error? Las preguntas siguen sin respuesta nueve décadas después de cometido el fraude.

Episodio estremecedor. El verdadero autor de la Alegría de leer hizo el 10 de septiembre de 1947 la siguiente imprecación, abatido por el infortunio: “Qué terrible será cuando la conciencia le grite a Quintana, si no le está gritando ya: ´Día llegará en que haya de venir el Impartidor de los dones perfectos, el Justo, para impartirme su justicia´”. 

El Espectador, Bogotá, 23-II-2019.
Eje 21, Manizales, 15-II-2019.
La Crónica del Quindío, Armenia, 17-II-2019.
El Velero, revista de Coempopular, n.° 35, Bogotá, junio de 2019.
Mirador del Suroeste, n.° 68, Medellín, junio de 2019.   

Comentarios 

Acabo de leer la historia de aquella cartilla en la que yo, por supuesto, aprendí a leer. Hasta me acuerdo de que había un cuentecito que se refería a «Clotilde era una bruja que… era la bruja de los claveles…» Por eso mismo me ha parecido tan interesante, tan desconocido y tan bueno de saber el contenido de esta crónica. Los robos y los plagios abundan, sin duda alguna, y deben molestar, tallar en la conciencia de los que los cometen. Diana López de Zumaya (colombiana residente en Méjico).

Este artículo es un aporte más a las injusticias que se cometieron. José Oliden Muñoz Bravo, Pasto.   

Gracias por el mensaje que todos los colombianos debemos conocer. En lo personal, fui uno de los beneficiados de la obra,  pues ella me enseño a conocer la Alegría de leer que hoy me  llena de vida. Mariano Sierra.  

Muy interesante artículo, justo cuando estaba escribiendo sobre el tema de las primeras lecturas escolares. Luis Eduardo Páez García, Academia de Historia de Ocaña. 

Qué bueno dar a la luz pública este triste episodio, que los colombianos que aprendimos a leer con ayuda de esas cartillas ignorábamos. Que quede, así sea tardíamente, la constancia del delito cometido por el usurpador Quintana y el reconocimiento al mérito del modesto profesor nariñense. Eduardo Lozano Torres, Bogotá.

Nota del columnista. Dos revistas me han solicitado autorización para publicar este artículo en próximas ediciones: Mirador del Suroeste (Medellín) y El Velero, de Coempopular (Cooperativa de Empleados del Banco Popular y sus filiales). Además, la nota ha tenido amplia difusión en las redes sociales, y numerosas personas me han hecho llegar sus expresiones de rechazo al plagio y admiración por el profesor Ordóñez.

Entre la música y el sueño

miércoles, 12 de diciembre de 2018 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar 

Leí en estos días dos obras que me impactaron: Otto, el vendedor de música, y La alegoría del sueño, de Mauricio Botero Montoya, editadas por La Serpiente Emplumada, que dirige Carmen Cecilia Suárez, cuyo nombre adquirió notoriedad hace varios años con el libro de cuentos Un vestido rojo para bailar boleros (1988). El primero de los títulos de Botero Montoya va por la cuarta edición y además fue traducido al alemán.

El autor nació en Bogotá y estuvo vinculado al servicio diplomático. En Buenos Aires fue amigo cercano de Jorge Luis Borges, cuyo pensamiento ha influido en su obra. Ha sido profesor,  periodista y conferencista en diversos países. Y ha escrito otros libros, entre ellos Cóncavo y convexo, El baile de los árboles y No vi otro refugio.

Al libro de Otto le agregó más tarde el texto Un hombre que se va, que es la despedida del vendedor de música al cerrar su negocio, o mejor, al irse del mundo. Despedida anticipada y simbólica, ya que este simpático personaje, erudito en música clásica y gran intérprete de la sociedad que pasa por su tienda musical (con interlocutores como León de Greiff), no desaparece en las páginas del libro, aunque sí anuncia su familiaridad con la muerte y deja su testamento en las 144 páginas de la obra. Y hasta se idea este posible epitafio para su tumba: “Perdonen si no me levanto”.

Otto –que es el alter ego del autor– no hace otra cosa que filosofar con los compradores de los discos y trasmitir a los lectores las graciosas conversaciones que tiene con su clientela en el negocio que lleva por nombre Caja de Música, al frente de la iglesia de Lourdes en Chapinero. Otto, por supuesto, es el mismo Mauricio Botero Montoya. Está hecho a su medida exacta. El alma del escritor queda plasmada en esta obra escrita con fino sentido del humor, la risa y la ironía, y que contiene incisiva penetración en los menudos y grandes sucesos de la cotidianidad.

Es un libro curioso, cuyo género no es fácil definir. Está ubicado entre el cuento y la crónica, quizás la autobiografía, y cabe pensar que el escritor no se detuvo en cánones literarios para decir su palabra libre y expresiva, la que llega al público diverso que entra a una venta de música. Por allí desfilan adultos y jóvenes, mujeres atractivas, viejos enamorados, viudas sin rumbo, intelectuales ociosos, filósofos andariegos… El gancho es la música. En el capítulo de Vivaldi, la pelipintada pregunta por discos de Julio Iglesias, y Otto, el vendedor de mente perspicaz, le responde que no los tiene porque el médico le prohibió el dulce.

La alegoría del sueño tiene el carácter de diario. Enfoca la condición humana. El hombre es el gran protagonista. Como tal, los problemas que caben en el ser humano se ventilan en esta obra genial, breve en páginas y densa en raciocinio, divagaciones, perplejidades y asombros, en la que hay lugar para todo: la política, la música, la religión, la literatura, la ciencia, la guerra, la pintura, e incluso la logia (ya que una legión de masones no cesa de viajar por todos los escenarios con su verbo reflexivo, el mismo verbo del escritor del diario).

El fondo de este prontuario de citas célebres es el derecho a soñar. “Estás hecho de la misma materia que los sueños”, dijo Shakespeare. Son deslumbrantes los destellos de este libro. A veces me parece escuchar a Fernando González, el brujo de Otraparte.

Copio al vuelo estos pensamientos de la obra: “La juventud es un gran defecto cuando no se es joven”. “Al final no me preguntarán si fui creyente, sino si fui creíble”. “En los negocios, los hambrientos no quieren a los sedientos”. “El primer requisito de la brevedad es no quedar corta; el segundo, no alargarse”. “Demasiados autores redactan como si escribieran en un idioma extranjero, trasmiten sin expresarse”. “La risa, el buen humor del cuerpo, es un canto de alondra sobre la llanura prosaica”. “Trabajar no es trajinar, para eso están los robots. Ninguna velocidad suple la calmada rapidez del pensamiento”.

El Espectador, Bogotá, 8-XII-2018.
Eje 21, Manizales, 7-XII-2018.
La Crónica del Quindío, Armenia, 9-XII-2018.

Comentarios 

Se me antojan esos dos libros como un dulce y delicado bocado, ya con respecto al vendedor de música Otto, quien hace las delicias en su despacho como expendedor del arte sonoro, o ya en los sueños del alquimista donde entrega frases magistrales que parecen un merengue filosófico que se deshace en la boca, con una lectura que llena los sentidos de verdadero placer estético, risueño y afortunado. Inés Blanco, Bogotá.

Artículo ameno, interesante e ilustrativo. Me encantaron los pensamientos del autor Botero Montoya. Ellos solo pueden salir de una mente brillante y aguzado sentido del humor. El que más me gustó: «Trabajar no es trajinar, para eso están los robots. Ninguna velocidad suple la calmada rapidez del pensamiento». Eduardo Lozano Torres, Bogotá.

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