Archivo

Archivo para la categoría ‘Panorama nacional’

La peste de Orán

martes, 24 de noviembre de 2020 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar 

Si Albert Camus viviera en este momento sabría que el relato que hace en su novela La peste, publicada en 1947, tiene mucha semejanza con el drama que se vive hoy a consecuencia del cóvid-19. Dicha descripción tuvo como enfoque  la epidemia de cólera que diezmó a la ciudad de Orán, Argelia, en 1849.

La naturaleza del mal no ha variado. Si miramos hacia atrás, lo mismo ha ocurrido en todas las épocas de la humanidad con este tipo de contagio. Debe admitirse que el ser humano está condenado a una peste eterna, si bien aparecen curas transitorias para cada momento, que a veces destierran el flagelo durante años, pero no lo erradican: sufrirá una mutación y aparecerá con otro nombre.

En el caso de Orán, la población fue azotada por varias epidemias repetidas entre 1849 y 1947, antes de aparecer la novela de Camus. En la parte final de la obra, el novelista pone en boca del médico Rieux, quien como verdadero apóstol de la medicina estuvo al frente de los enfermos y los moribundos, esta terrible reflexión: “…él sabía que el bacilo de la peste ni muere ni desaparece jamás, que puede permanecer durante decenios dormido en los muebles o en la ropa, que espera pacientemente en las habitaciones, las bodegas, los baúles, los pañuelos y los papeles…”

Sorprende la aguda penetración que Camus muestra sobre la epidemia arrasadora que en pocos días se extendió por el puerto de Orán y causó la desgracia de la comunidad, la que se encontró con la noticia de que una rata muerta traía desolación y muerte. La intensidad narrativa con que está plasmada esta obra maestra conmovió –y continúa conmoviendo– al mundo entero.

El suceso de Orán es similar al de la peste actual. Situados en Colombia, la gente oía sin mayor afán el rumor sobre la aparición del primer contagio en China, remoto lugar del planeta que no permitiría el vuelo del virus. Más tarde, se hablaba sobre la posibilidad de que el mal  se extendiera a otros países. Cuando llegó al nuestro, ya no era epidemia sino pandemia. Aun así, no había consciencia sobre lo que esto significaba. Las primeras medidas severas de las autoridades abrieron los ojos de la ciudadanía frente a la realidad del desastre.

La tragedia de Orán, pintada de manera magistral por Camus –quien convirtió su crónica en una novela–, la sufrimos hoy, 171 años después. Hasta en los actos operativos y los mandatos gubernamentales el cuadro de ambas situaciones es idéntico. En Orán fueron impuestos el aislamiento, el toque de queda y la cuarentena de seguridad. Aquí se hizo lo mismo.

En Orán no se podía esperar la ayuda del vecino y cada cual vivía su propia soledad. Los enfermos morían sin la presencia de sus familiares y estaban prohibidos los rituales velatorios. “A partir de ese momento –dice Camus– se vio que la miseria era más fuerte que el miedo”. ¿No es acaso lo mismo que aquí sucede? Y escribió en su novela esta frase estremecedora: “Ha habido en el mundo tantas pestes como guerras; y pese a ello, las pestes y las guerras siguen pillando a todo el mundo por sorpresa”.

Después de esta serie de calamidades, un día se abrieron las puertas de la ciudad, en una mañana esplendorosa. El virus había sido derrotado. Volvía la esperanza. Es lo que aquí pronto ocurrirá. En 1957, 10 años después de editada La peste, Albert Camus obtuvo el Premio Nóbel de Literatura.

__________ 

El Espectador, Bogotá, 21-XI-2020.
Eje 21, Manizales, 20-XI-2020.
La Crónica del Quindío, 22-XI-2020.
Aristos Internacional, n.° 38, Alicante (España), dic/2020.

Comentarios 

Qué buena rememoración de la estupenda novela de Camus. Y muy precisa la comparación con la actual pandemia. Ojalá esta nota despierte el interés de las personas por leer La peste. Eduardo Lozano Torres, Bogotá.

La peste de Albert Camus nos sitúa en esta nueva realidad. Afortunadamente en estos más de 100 años la ciencia ha avanzado y nos permitirá muy pronto proteger  la vida dejando de lado el distanciamiento físico, que es lo que me parece más duro en este 2020. Liliana Páez Silva, Bogotá.

La Peste de Albert Camus registra una de las más pavorosas infecciones, que ha azotado, en este caso, a Orán. Nos  correspondió ser testigos de una de ellas con la covid-19, doloroso evento que ha enlutado  al  mundo entero. Es alarmante cómo encontramos entre los fallecidos gente cercana, conocida y amigos. La impotencia y el miedo se han apoderado de las familias, sin distingo de raza, credo o posición social. Inés Blanco, Bogotá.

Estremecedora la posibilidad de una prolongada demora para terminar, al menos en un lapso prolongado, la terrible pandemia que nos correspondió presenciar o padecer. Gustavo Valencia García, Armenia.

Energía positiva

viernes, 2 de octubre de 2020 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar 

El confinamiento que impuso la pandemia ha traído, fuera del miedo al contagio, un mal colateral y es el del pesimismo. La primera cuarentena comenzó hace seis meses –el 24 de marzo–, y a partir de entonces quedaron perturbadas por completo la marcha del país y la tranquilidad de los hogares. Eso mismo sucede en el mundo entero. Conforme pasan los días sin que aparezca la vacuna, crece el desaliento.

Hay gente que en esta emergencia se enferma atacada por los nervios. Y muchos llegan a la desesperación. Este estado patológico no solo trastorna la emotividad, sino que desencadena males superiores que a veces se vuelven letales. El virus se convirtió en una cruel realidad, y como tal hay que asumirla y esperar que lleguen mejores días. Llegarán, más temprano que tarde.

La ciencia trabaja a ritmo alentador, cada vez con mayores avances, para descubrir la vacuna y brindarle al mundo el alivio que busca. Los pesimistas, en cambio, dicen que aún faltan años para el hallazgo y hasta dudan de que esto llegue a ocurrir, para lo cual aducen cuanto argumento les viene a la mente. La esperanza es fuente de energía, pero no todos saben hallarla y convertirla en tabla de salvación. Venga al caso esta frase de Churchill: “Un optimista ve una oportunidad en toda calamidad, un pesimista ve una calamidad en toda oportunidad”.

¡Claro que sí! La pandemia es una oportunidad para que la sociedad rectifique el rumbo torcido que lleva en medio de infamias, tiranías, inequidades, abusos contra la naturaleza y toda suerte de atropellos, y una oportunidad para que los individuos mediten en su propia conducta y se cuestionen los actos que atentan contra la moral, la justicia y la convivencia humana. Después de la pandemia habrá un mundo nuevo.

De tiempo atrás el país vive un grado corrosivo de desajuste social provocado por la apatía,  la insatisfacción, la desesperanza. El pesimismo infestó el alma nacional con su carga de miedos, recelos, inestabilidad, desconfianza en gobernantes, políticos y jueces. Esta atmósfera es movida por el torrente de noticias funestas que escuchamos todos los días y a cada momento, desde que prendemos el radio o leemos el periódico o la revista hasta que vemos el último noticiero de la noche. Quien es optimista en medio de esta atmósfera enrarecida es un ser superior, desde luego. Y no es que el optimista deje de ver la adversidad, sino que sabe afrontarla.

Hay que buscar la energía positiva para fortalecer el ánimo y ver la cara buena de la vida. Los pesimistas no ven sino desgracias por todas partes. Como viven entre sombras, todo lo encuentran sombrío y de la misma manera juzgan a la sociedad. Son pregoneros de desastres que transmiten su mal tóxico a quienes se atraviesan en su camino. Los medios de comunicación deben contribuir a bajarle el tono al pesimismo nacional.

Admirable el caso de Michelle Figueroa, nacida en Boston y con raíces colombianas, quien con su portal @goodnews_movement se convirtió en pregonera mundial de las buenas noticias e hizo del optimismo un movimiento viral. “No hago mis post –dice– para ganar seguidores sino para alegrar a la gente y hacerles caer en cuenta todo lo bueno que hay en el mundo”. En su movimiento no hay lugar para lo negativo, consigna que en corto tiempo le hizo conquistar 200.000 seguidores. Hoy llegan a un millón. De allí salen las buenas noticias que se publican en su espacio, las que cada día atraen más simpatizantes.

__________ 

El Espectador, Bogotá, 26-IX-2020.
Eje 21, Manizales, 25-IX-2020.
La Crónica del Quindío, Armenia, 27-IX-2020.

Comentarios 

Este tipo de mensajes positivos son los que la sociedad actual necesita. Esta pandemia decaerá y con paciencia y esfuerzos colectivos volveremos a vivir la «normalidad». Si bien el maldito virus volvió patas arriba al mundo, hay que pensar que esto no será eterno y que la humanidad ha pasado por epidemias peores que fueron superadas y sin los recursos modernos. Eduardo Lozano Torres, Bogotá.

De verdad que hay mucha gente aburrida en sus casas. Hay muchas parejas que estando juntas se han separado. A muchos les cambió todo. Y se sienten desesperados: no pueden hacer una reunión, no pueden ir a un sitio a tomarse unas cervezas, no pueden estar en la universidad o en el colegio con sus amigos. Y lo peor: con la situación económica tan mal, hay mucha gente deprimida. Montón de personas desempleadas. Muchos con sus empresas quebradas, los negocios cerrados, vendiendo los apartamentos. El problema es grandísimo. Por eso hay tantos pesimistas: porque el panorama para volverse a levantar no es alentador. Llenos de deudas, con familia para alimentar. Se trata de ponerle una cara diferente a la vida, pero de todas maneras es complicado. Admiro mucho a quienes les ha pasado de todo en esta pandemia y tienen ánimo para ver cómo se levantan. Fabiola Páez Silva, Bogotá.

Las memorias de Alberto Casas

miércoles, 16 de septiembre de 2020 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar 

Leídas las Memorias de un pesimista, de Alberto Casas Santamaría, me queda el grato sabor de encontrar en ellas un compendio del pensamiento del autor, inspirado por sus firmes convicciones políticas, éticas y morales. Como testigo que ha sido de grandes sucesos de la historia nacional, su visión es nítida en los aspectos que trata, y sus juicios son dignos de la mayor consideración por reflejar la postura de un colombiano controversial y respetable, que además es amigo del diálogo y la concordia.

El hecho de adjudicarse la calificación de pesimista frente al manejo que han tenido los capítulos más protuberantes de la nación indica su capacidad de análisis y su rechazo a los dirigentes que no han sido capaces de encontrar las soluciones que remedien los agudos problemas que agobian al país. Dice que Colombia siempre ha vivido polarizada entre el sí y el no, a partir del enfrentamiento entre Bolívar y Santander.

El ánimo opositor llevado a extremos arrasadores ha sido la brújula constante en los dos siglos que siguieron a la Independencia. Como nadie quiere ceder y todos quieren ganar, la armonía de los colombianos se ha hecho trizas –expresión muy adecuada en el momento actual, cuando unos defienden los acuerdos de paz y otros quieren destruirlos–. La época de la Violencia, el episodio más nefasto del siglo XX, marcado en sucesivas reyertas por el sí y el no, obedeció a la lucha imparable entre liberales y conservadores, que se disputaron el poder entre 1930 y 1948 y dejaron miles de cruces a lo largo y ancho del país.

Alberto Casas posee amplia autoridad para discernir la realidad del país. Ha sido ministro de Comunicaciones y Cultura, embajador en Méjico y Venezuela, diputado a la Asamblea de Cundinamarca, concejal de Bogotá, miembro de la Cámara de Representantes, senador de la república. En el campo del periodismo ha estado vinculado a El Siglo, las revistas Diners y Bocas, el Noticiero de Mediodía, La FM y La W Radio.

Su presencia en la vida pública viene desde sus albores estudiantiles. Cuenta que a los siete años conoció a Laureano Gómez en su casa de La Candelaria, cuando el líder conservador fue a visitar a sus padres con motivo de sus bodas de plata. “Siempre me pareció una figura descomunal”, anota. Esta admiración ideológica se caracterizó más tarde, siendo estudiante del Colegio del Rosario, cuando se dedicó a promover las ideas de Álvaro Gómez Hurtado. La cercanía con la casa Gómez le fijó un puesto en la política, y ahora, en sus memorias, hace un análisis minucioso sobre el 13 de junio y la dictadura de Rojas Pinilla que nació allí.

Para la gente de hoy resultan lejanos aquellos episodios. Pocos saben que Vicente Casas Castañeda, el padre de Alberto Casas, fue el amigo más leal del presidente derrocado, y que con su célebre paraguas salió a despedirlo al aeropuerto de Techo el día lluvioso que fue desterrado a España, donde años más tarde pactaría con Alberto Lleras Camargo, el líder del liberalismo, la fórmula para acabar con el gobierno usurpador e implantar el sistema de conciliación conocido como Frente Nacional.

El sí y el no, según lo expresa el memorialista, ha sido la mecha detonante que ha agudizado los conflictos sociales de Colombia. Situados en la actualidad, dice que “lo más grave es la incapacidad del sistema judicial para castigar a los agentes de la corrupción e impedir la rentabilidad del delito”.

__________

El Espectador, Bogotá, 12-IX-2020.
Eje 21, Manizales, 11-IX-2929.
La Crónica del Quindío, Armenia, 13-IX-2020.
Aristos Internacional, n.° 35, Alicante (España), sept/2020

Comentarios 

Muy triste comprobar que nada ha cambiado, que la polarización bipartidista desde hace años ha causado la desgracia para que el país no avance y por el contrario se mantenga en el limbo de una justicia corrupta y un estado inepto. Inés Blanco, Bogotá.

Qué excelente análisis sobre el libro de Casas Santamaría, testigo presencial de muchos hechos nacionales. Jaime Vásquez Restrepo, Medellín.

Los sordos del volcán

miércoles, 2 de septiembre de 2020 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

El próximo 13 de noviembre se cumplen 35 años de la erupción del Nevado del Ruiz, la peor tragedia natural ocurrida en Colombia, que dejó entre 23.000 y 30.000 muertos, alrededor de 5.000 lesionados y 5.000 hogares destruidos en 13 poblaciones. Meses antes de aquel día pavoroso, el escritor y periodista Gustavo Álvarez Gardeazábal se había dedicado, con voz de profeta, a llamar la atención de las autoridades sobre la catástrofe que se veía llegar y pedir medidas urgentes para proteger a los habitantes.

Pero no le hicieron caso. Esta alarma la expresó varias veces en su columna Notas profanas y además se radicó por algún tiempo en Manizales para estar más cerca de las autoridades y en contacto con el problema. Según lo revelaría más tarde en su novela Los sordos ya no hablan (1991), forjada entre la realidad y la ficción, la clase dirigente de la capital caldense estaba más preocupada por los toros, la Feria de Manizales y sus propios intereses que por los rugidos del león dormido, al que ya se habían acostumbrado.

Esta misma situación se vivía en Armero, uno de los municipios que corrían mayor riesgo. Se había vuelto común la atmósfera cargada de ceniza, con olor a azufre. El aumento de las aguas del río Lagunilla no asustaba a nadie. En la propia boca del volcán no se había instalado el sismógrafo indispensable para avisar a la gente de los movimientos premonitorios de un desastre. Bajo la pasividad derivada de las costumbres perniciosas, todo se veía normal. Algunos geólogos y ciudadanos promovían actos aislados de prevención, pero estos no eran suficientes para conjurar el peligro general.

La novela de Álvarez Gardeazábal acaba de ser reeditada en Medellín por la Universidad Autónoma Latinoamericana, bajo el sello de Ediciones Unaula. Es un signo para volver sobre el suceso fatídico que destruyó a un pueblo y produjo una calamidad apocalíptica. La erupción era previsible, pero no se le prestó la debida atención. No se trataba, por supuesto, de evitar lo que era inevitable, sino de salvar la vida de miles de personas sacrificadas por la indiferencia oficial.

En noticias de estos días que de pronto han pasado inadvertidas, se ha informado sobre la aparición de fumarolas en la cumbre del Nevado del Ruiz, con percepción de ceniza gruesa en Manizales, Villamaría (Caldas) y Tolima. Según el Servicio Geológico Colombiano, el nivel de actividad se situó en amarillo frente a un “incremento importante de la actividad sísmica volcano-tectónica”.

Hace 35 años, la presencia de las fumarolas, la salida de azufre del volcán y la irrupción de columnas de ceniza oscura fueron las manifestaciones anteriores a la erupción, hecho sucedido en horas de la noche del 13 de noviembre de 1985, que hizo desaparecer a Armero y llorar a toda la nación. En la nota final de su novela, escribe Álvarez Gardeazábal:

“De Armero no queda para el mundo sino el recuerdo de una niña que trataron de salvar por horas enteras de los escombros inundados de su casa. Por ello esta novela, quizás, no sea toda la historia de lo que pasó en Armero, pero sí resulta muy cercana a la verdad de lo que a diario ha venido sucediendo en Colombia, donde los sordos hace mucho rato que ya no hablan”. 

El Espectador, Bogotá, 29-VIII-2020.
Eje 21, Manizales, 28-VIII-2020.
La Crónica del Quindío, Armenia, 30-VIII-2020.

Comentarios 

He tenido un día muy ajetreado y apenas a esta hora me entero de este muy generoso comentario. Como diría nuestro común amigo y nunca bien lamentado Otto Morales Benítez, «solo la pluma del juicioso observador pasa a la historia». Gustavo Álvarez Gardeazábal, Tuluá.

El ingeniero y representante a la Cámara de la época, Hernando Arango Monedero, se cansó de advertir y nadie le paró bolas. José Jaramillo Mejía, Manizales.

Estremecedor que en estos momentos se estén presentando los mismos síntomas y nadie ponga atención a las alarmas y las señales de la naturaleza, para prevenir y cuidar a las poblaciones que podrían salir afectadas. Es la crónica de una erupción anunciada, como lo hizo en su momento el escritor Gustavo Álvarez Gardeazábal y nadie hizo nada. Inés Blanco, Bogotá.

El contagio de la esperanza

miércoles, 29 de abril de 2020 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar 

Tal vez la palabra “contagio” ha sido la más pronunciada –y la más temida– durante estos días de emergencia sanitaria provocada por el coronavirus. El mundo se paralizó con la propagación de este brote infeccioso que causa terror a las 7.700 millones de personas que habitan el planeta. Es increíble que un agente microscópico como el virus que hoy camina por todas partes y nadie lo ve sea capaz de frenar el desarrollo de las naciones y llenar de pánico a sus habitantes.

Nadie está exento de sucumbir bajo el poder de este misterioso personaje de todos los tiempos que irrumpe cuando menos se espera y produce miedo, muerte y lágrimas. Se aleja por épocas, para volver al cabo de los años con mayor ímpetu. Otras veces, desaparece para siempre. O quizás no: solo cambia de fisonomía y de nombre. Y llega con otros venenos que desconciertan a los científicos. Mientras se fabrica la nueva vacuna, quedarán por todas partes regueros de muertos y miseria.

Hoy el mayor reto de la ciencia está en descubrir el antídoto contra este mal diabólico que ataca a todos y se ríe de la humanidad. Las pestes son parte de la naturaleza humana y le enseñan al hombre a mantener el equilibrio, practicar el bien, no abusar del poder y la riqueza, no maltratar a los humildes, cuidar el planeta. Y recuerda que todo es quebradizo y nada es eterno, comenzando por el mismo hombre.

Las epidemias son un regulador de la vida, una balanza del bien y del mal. Los filósofos y los escritores de todas las épocas han dejado obras y reflexiones trascendentes, y de ellas nos acordamos cuando surge una nueva tempestad. Hace un siglo –octubre de 1918–, Laureano Gómez narraba los horrores de una epidemia de gripa que tenía paralizada –como hoy– a Bogotá. Y decía:

“…las oficinas están casi todas cerradas; los colegios lo mismo, se han suspendido los exámenes en las facultades; se han ordenado cerrar teatros y cines y por las calles no se encuentra un alma de noche (…) El pánico ha ido creciendo. Los entierros pasan continuamente. El problema se ha agravado porque los sepultureros unos están enfermos, otros se han muerto en el oficio (…) hay momentos en que más de cien cadáveres esperan regados en los corredores de la bóvedas que los pongan bajo la tierra”.

¿No es ese el mismo cuadro apocalíptico, e incluso peor, que se vive hoy? Entonces, una gripa causaba la muerte a gran escala; ahora, una neumonía hace lo mismo –y se le da el nombre de covid-19–. Bajo la perturbación actual, se repiten unas cuantas palabras que pintan lo que está sucediendo: “cuarentena, encierro, expansión del virus, caída de la producción, los más vulnerables, aplanar la curva, crisis, hambre, angustia, infectados, fallecidos…” La historia de siempre.

El papa Francisco recorrió la plaza desierta del Vaticano antes de dar la bendición urbi et orbi. Nunca se había visto esa plaza monumental llena de semejante soledad. Esa es la imagen del mundo. Oró por los enfermos, los pobres, los médicos y enfermeras, las familias que lloran. Pidió que cese la guerra entre las naciones; que no se fabriquen y vendan más armas; que se superen el odio, la indiferencia y el egoísmo. Después del contagio del virus debe venir el contagio de la esperanza. Eso es lo que necesitamos: un mundo nuevo.

__________ 

El Espectador, Bogotá, 25-IV-2020.
Eje 21, Manizales, 24-IV-2020.
La Crónica del Quindío, Armenia, 26-IV-2020.
Aristos Internacional, n.° 35, Alicante (España), sept/2020

Comentarios 

Especialmente me gustó este mensaje en el sentido de que “Después del contagio del virus debe venir el contagio de la esperanza”. Tiene toda la razón. Vemos luz al final del túnel, pero el problema, por ahora, es que no sabemos qué tan largo es ese túnel, y si el oxígeno les alcanzará a todas las empresas y personas para atravesarlo. Esperamos que a la inmensa mayoría sí. Mauricio Borja Ávila, Bogotá.

Así como nuestro organismo sube la temperatura corporal para combatir los virus y bacterias (fiebre), así mismo la madre naturaleza crea las guerras y pandemias cíclicas para purgarse o desintoxicarse de ese parásito depredador que es el ser humano. Porque es justo, o al menos compensatorio, que el hombre dedique algún tiempo en dar la muerte como liberación, después de que se ha obstinado tanto tiempo en dar la vida como condena. julioh78_181351 (correo a El Espectador).

La ciencia se muestra, esta vez, impotente. Sin embargo, es sorprendente apreciar cómo la naturaleza parece recordarle al hombre que su presencia en el mundo ha sido y es nefasta, pues su manifiesta soberbia rompe de manera permanente el equilibrio vital y es la especie depredadora. Gustavo Valencia García, Armenia.

He leído con gran interés y asombro esta columna. En 100 años la humanidad repite una pandemia y son muchas las referencias que hay acerca de estos sucesos en la historia del hombre, solo que los leíamos como eventos tan lejanos que no nos alarmaban. Sin embargo, hoy hemos tenido que vivir y padecer el aterrador virus, que como un rey llegó para gobernar con su corona de muerte. Inés Blanco, Bogotá.

Yo soy un poco escéptico de que esta crisis sea capaz –una vez termine– de cambiar en los seres humanos esas ansias de riqueza, placer y poder, en cuya búsqueda recurre a todos los medios lícitos e ilícitos y dejando de lado el cuidado de su salud, de la del planeta y de sus semejantes. Quisiera adquirir el contagio de la esperanza, pero ya son muchos años conociendo la naturaleza humana y comprobando a diario esa rebeldía del hombre por aprender y reconocer que aparte de «lo mío», hay muchas personas con carencias que afectan su calidad de vida y a quienes podemos ayudar. Eduardo Lozano Torres, Bogotá.

Muy interesante esta página porque a pesar de ser un tema que llena los diarios y ocupa todas las columnas, plantea reflexiones omitidas por otros  escritores. Ve al trasluz de esta  hecatombe, de este dolor  global, «un regulador de la vida», «una balanza del bien y del mal». Muy bella  la metáfora  sobre  la  plaza de San Pedro llena de  soledad. No estamos hechos para la soledad, hay una tristeza infinita en  el corazón frente a una tragedia que, como  ninguna otra, evidencia la injusticia social. Esperanza Jaramillo, Armenia.