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Explosión de egoísmos

domingo, 25 de julio de 2010 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

En Estados Unidos, luego de una elección presidencial, los candidatos perdedores no solo se apresuran a felicitar al ganador, sino que le ofrecen su apoyo para el buen éxito de su administración. Eso sucede en las democracias avanzadas del mundo: el bienestar del país está por encima de eventuales diferencias políticas.

Quedan entonces zanjadas las discordias surgidas en la etapa electoral, y al margen de ideologías, posiciones personales o banderas partidistas, todos piensan en el bienestar de la patria. Esto no significa que se renuncie a los propios principios, ni dejen de ejercerse los canales de la controversia y la oposición.

“Menos política y más administración”, clamó el presidente Reyes, acosado por los agudos obstáculos que frenaban el progreso de su gobierno. Ha pasado un siglo y la frase continúa teniendo la misma vigencia que tuvo en aquellos días.

En los recientes sufragios, fuera de la demora de los perdedores en aceptar el veredicto de las urnas, las palabras de dos de ellos –y de varios dirigentes políticos– carecieron de grandeza. No hubo gallardía para reconocer el triunfo abrumador de Uribe. En cambio, abundaron los dardos envenenados, las suspicacias malignas, las expresiones arrogantes de los malos perdedores.

Al decir Serpa, por ejemplo, que Uribe “venció, pero no convenció”, mostró tremendo desatino, aparte de abrupta soberbia. Esto es no saber perder. Y al ignorar la contundente realidad, le faltó nobleza para admitir la derrota y felicitar al contendor. Del mismo ex candidato es esta frase salida de tono: “Hitler también fue elegido por la mayoría”. Comparar a Uribe con Hitler es, por supuesto, un exabrupto que apenas cabe en la mente confundida.

Carlos Gaviria, cuya ubicación en el segundo puesto electoral lo lanza a un futuro promisorio (a él y a la izquierda), también fue mordaz y presuntuoso en su discurso triunfalista. Ambos discursos tuvieron tono desdeñoso: el de Gaviria (con el 22 por ciento de la votación) y el de Serpa (con el 12 por ciento), mientras la alocución de Uribe (con el 62 por ciento) mostró espíritu sereno, noble y conciliador. Antanas Mockus exhibió sensata compostura, con lo que puso en evidencia sus lecciones ciudadanas.

“Perdedores sin gallardía” es el título que le da Marcela Monroy Torres a su columna de El Espectador, días después de las elecciones. Es la voz más nítida que he leído como respuesta a las exaltaciones de ánimo que presenció el país. Un lector de El Tiempo, Carlos Castillo Cardona, manifiesta en la edición del 4 de junio: “Los que perdimos debemos evitar toda actitud agresiva o vengativa”. Queden estas dos manifestaciones como constancia de las actitudes sensatas.

Vivimos llenos de egoísmo. Con esta venda en los ojos es imposible reconocer, y menos tolerar, el mérito ajeno. El egoísmo, tan común en los predios de la política –y que también campea en ciertos espacios periodísticos–, es una ponzoña que carcome la vida nacional. Está bien ejercer la oposición,  pero la oposición razonable, la crítica de altura.

El presidente Uribe ha ganado en franca lid. Su triunfo es inequívoco. No pueden ignorarse los aciertos que ha tenido en temas relevantes de su gobierno, como la seguridad pública, la economía y la recuperación de la imagen internacional.

Bajo esa captación, la inmensa mayoría de los colombianos respaldó los resultados de este cuatrienio, a pesar de las dolencias que subsisten en varios terrenos cruciales, y le abrió margen de confianza para que en el próximo período se ejecuten mayores realizaciones, sobre todo en el terreno de la seguridad social.

Qué fácil es destruir y qué difícil construir. Cuando todo se ve negativo, o nebuloso, o catastrófico, no hay espacio para la mesura y el buen juicio. Los profetas del desastre encuentran tempestades por todas partes y pretenden que solo sus ideas o sus líderes son los valederos: el resto no cuenta. Este mar de egoísmos y vanidades tiene ahogado al país.

La ceguera de la pasión sectaria no deja ver el camino. Todo lo obstruye y todo lo arrasa. Y Colombia necesita avanzar. Ahora, lo importante es facilitarle al Presidente el desarrollo de la misión a que se ha comprometido. Si frustra la esperanza nacional, el mismo pueblo que lo reeligió será su juez implacable.

El Espectador, Bogotá, 13 de junio de 2006.

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El año de Alberto Lleras

martes, 20 de julio de 2010 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Con motivo del centenario del presidente Alberto Lleras Camargo, que se cumple el 3 de julio, Villegas Editores publicará, con prólogo de Otto Morales Benítez, una antología compuesta por cinco volúmenes, con el siguiente título: Alberto Lleras, 100 años: presencia cultural, política e internacional de la democracia colombiana.

El día del aniversario, la Academia Colombiana de Historia exaltará en sesión solemne la memoria del estadista y presentará el libro Sendero histórico y humanístico de Alberto Lleras, de la autoría de Morales Benítez.  Por su parte, el Club de Abogados editará el libro Sentido democrático de lo jurídico, en el que se analizan diversos asuntos relacionados con el Derecho, ocurridos en el gobierno de Lleras. Estos son tres proyectos en marcha (y aparecerán otros), con que se busca engrandecer el suceso que se aproxima.

Morales Benítez, uno de los colombianos que estuvieron más cerca del personaje, tanto en lo político como en lo intelectual, sugiere que el gobierno decrete este año como el “año de Lleras”, para realzar el significado histórico del gran colombiano en las diversas facetas de que es tan rica su existencia: en la democracia, en el ejercicio del poder, en el manejo de la palabra, en el empleo de la inteligencia.

Pocos compatriotas registran el cúmulo de realizaciones alcanzadas por Lleras en más de 50 años de ejercicio político durante el siglo pasado. Morales Benítez fue dos veces ministro en la segunda administración de Lleras (del Trabajo y de Agricultura), y además secretario suyo cuando el caudillo asumió, casi en la clandestinidad (tras renunciar a la rectoría de la Universidad de los Andes), la jefatura del movimiento que derrocó al general Rojas Pinilla.

La austeridad y la modestia fueron virtudes sobresalientes que enmarcaron la vida de Lleras, tanto en el desempeño público como en su vida privada. Bajo esa norma severa, huía de toda pompa que significara la relevancia de su nombre. En el campo editorial, no fueron muchos los libros que publicó, y siempre fue esquivo a esa vanidad. Pero sus ensayos, columnas de prensa, conferencias y discursos, regidos todos por su estilo magistral, darían lugar a la formación de varios volúmenes que entidades y amigos se encargarían de editar.

En 1987, con el auspicio de la Federación Nacional de Cafeteros y la Flota Mercante Grancolombiana, fueron publicados dentro de la Biblioteca de la Presidencia de la República, en el gobierno de Virgilio Barco, cinco volúmenes de lujo que abarcan buena parte de sus escritos, bajo el título Obras selectas de Alberto Lleras. Y se recogió su propia voz en tres casetes grabados por la emisora HJCK, en los que quedan registrados, en discursos estelares, capítulos memorables de nuestro discurrir histórico.

Dentro de esta serie bibliográfica quedó incluido el primer tomo de sus memorias, titulado Mi gente, que había visto la luz una década atrás. Muy lamentable resulta que el historiador no hubiera continuado con esta obra de vasto alcance, como él se lo propuso en su planeación –y lo cumplió de manera formidable en el libro inicial, dedicado al recuerdo de sus raíces familiares–, y que tuvo que interrumpir por la decadencia de su salud en los años posteriores.

En 1992, con el patrocinio de la Universidad de Antioquia y de la Biblioteca Pública Piloto de Medellín y con prólogo de Otto Morales Benítez, se editaron dos tomos con el título de El periodista Alberto Lleras, en los que se rescata una muestra significativa de su sus notas de prensa. Una vez proclamó el periodista Lleras: “Soy un laborioso trabajador de este oficio, bueno o malo, pero auténtico”.

Otra selección de su refinada prosa –una de las más castizas y galanas que se hayan dado en el país, a la vez que sobria y concisa– la realizó la Biblioteca Básica de Cultura Colombiana, dirigida por Eduardo Caballero Calderón, en el libro Sus mejores páginas, escogidas por Alberto Zalamea. En fin, la obra del escritor es un lujo para muchas bibliotecas particulares. (Yo me enorgullezco de poseer los títulos antes mencionados).

Hoy cobra vigencia la figura del patriota intachable en este año que, por supuesto, debe dedicarse a revivir su memoria. Ya tendré ocasión de volver sobre la personalidad del ilustre colombiano en los campos de la política y las letras.

El centenario de su nacimiento debe llevarnos a reflexionar sobre la democracia y la cultura contemporáneas, que a veces andan de capa caída. Al asumir Lleras la primera presidencia del Frente Nacional, en 1958, la poetisa Laura Victoria le expresaba desde Méjico: “Alberto: ahí tienes la Patria, / te la entregamos toda / con sus enormes cicatrices, / su mansedumbre de relámpagos / y la moneda de sus lágrimas”.   

El Espectador, 18 de marzo de 2006.

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Comentario:

¡100 años! Cómo pasa la vida. Lo conocí muy joven, empezando su carrera política, y lo admiré siempre, hasta el final de su meritoria existencia. Fue un político recto, desinteresado, animado por el solo deseo de servir a su Patria. ¡Y cómo lo hizo de bien! Te felicito, pues, por esta página en su honor y en honor de Otto, ese otro colombiano excepcional por su inteligencia, su erudición y su trabajo en pro de la cultura. Aída Jaramillo Isaza, Manizales.

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Álvarez Gardeazábal: literatura y política

martes, 20 de julio de 2010 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

El crítico norteamericano Jonathan Tittler, experto en literatura hispanoamericana y profundo conocedor de la cultura colombiana, gastó 26 años investigando la obra de Gustavo Álvarez Gardeazábal. Como resultado de ese escrutinio, publicó el ensayo titulado El verbo y el mando (Colección CantaRana, Tuluá), donde realiza un detenido análisis de los libros y la vida del novelista, con la siguiente conclusión: mediante el uso de la palabra, Álvarez Gardeazábal obtuvo, como se proponía, el peso político que llegó a tener.

En el estudio que realiza Tittler de las doce novelas del autor, aparece un cotejo entre los temas descritos en estos libros y los hechos sociales que ocurrían en el Valle del Cauca y sobre todo en Tuluá, patria chica del novelista y escenario detenebrosa época de terror. La  ficción, en este caso, es fiel copia de la realidad: en varios episodios figuran incluso nombres propios de personajes de la comarca, y otros simulados son de fácil identificación.

La novela más representativa de Álvarez Gardeazábal, Cóndores no entierran todos los días (1971), está calificada como uno de los enfoques mejor logrados sobre la violencia que vivió el país en los años 50 del siglo pasado. Acción que en Tuluá estuvo dirigida por León María Lozano, jefe de los ‘pájaros’, apelativo que recibieron los matones políticos de aquellos días y con el que pasaron a la nefasta historia nacional. Este testimonio histórico, plasmado en breve novela de escalofriante dramatismo, consagró al autor como agudo intérprete de la realidad.

Toda su obra es de denuncia y está manejada por la insatisfacción y la rebeldía que nacieron en el escritor por el contacto con la barbarie reinante en su tierra nativa. Desde joven presenció la descomposición social provocada por políticos y hordas criminales que, tanto en Tuluá como en el resto del país, produjeron el flagelo del terrorismo, la tiranía y el menosprecio de la dignidad humana. Como escritor contestatario y dueño de un estilo descarnado y mordaz, que hería a sus enemigos y dejaba hondas cicatrices, sus libros y artículos de prensa se enfocaron a combatir a los gamonales y denunciar los abusos de poder y las corruptelas públicas.

Con el éxito de sus novelas, que tuvieron alta repercusión en los años 70 con seis títulos publicados en esa década, crecía su vocación por la política. Dicho ideal, según lo expone Tittler (a quien hay que creerle), lo llevaba latente desde la juventud. El ejercicio vigoroso de la palabra le permitía trabajar su liderazgo regional. Era un político nato que, apoyado por sus actos y escritos polémicos, robustecía su imagen pública y de paso se convertía en historiador.

En las décadas del 70 y del 80 su fama literaria logró las mejores notas de su carrera. Ayudado por esa condición y por su ejercicio como catedrático universitario, conferencista y periodista pugnaz, labores en que predominaba el ánimo combativo demostrado desde los primeros años, puso en marcha la conquista del poder. Fue concejal de Tuluá y de Cali, diputado a la Asamblea del Valle, primer alcalde por elección popular de su ciudad nativa en 1988 y reelegido en 1992.

Más tarde es elegido gobernador del Valle con 780.000 sufragios, la votación más elevada en toda la historia de Colombia. Le quedó faltando la Presidencia de la República. Al abordar en forma progresiva y fulgurante las citadas posiciones, deberes que asumió con ardentía –y con eficiencia en muchos casos–, reafirmaba su estirpe política. Conquistado el poder, vino un receso forzoso en su producción literaria y más tarde un declive en la calidad de su obra, que ha tratado de enmendar.

Este itinerario de éxitos vino a frustrarse con su vinculación al proceso 8.000, hecho que lo llevó a prisión y le hizo perder la posibilidad de volver a postularse para cargos de elección popular. En otras palabras –¡vaya ironía!–, perdió el poder por el cual había luchado con tanto arrojo e indudable voluntad de servicio a la comunidad. El rigor con que fue condenado por la venta de una estatuilla negociada en siete millones de pesos, que le fue pagada con dineros provenientes del cartel de Cali (hecho ocurrido dos años antes de ponerse en marcha el proceso 8.000), lo sacó de escena y representó el triunfo para sus detractores y sus émulos políticos, quienes de esa manera vieron despejado el camino para la lucha por la Presidencia.

Con este capítulo de la picaresca política se pone en evidencia uno de los dramas más amargos del servicio público. Pocos colombianos, como Álvarez Gardeazábal, han tenido que sufrir un revés tan apabullante e injusto, que significó para él la inhabilitación vitalicia de su nombre para las contiendas electorales. Dice Tittler que en el mundo entero no existe una pena similar. Comentario que entraña dura crítica a muchas de nuestras enrevesadas leyes que, manejadas a veces de afán y con pasión política (vicio muy colombiano), estropean la democracia e inmolan víctimas propicias que se exhiben ante el país entero, aparentando así la aplicación de castigos ejemplares.

El Espectador, Bogotá, 17 de febrero de 2006.
El Nuevo Día, Ibagué, 12 de marzo de 2006.

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Comentarios:

Muchas gracias por tan entrañable artículo sobre el libro del profesor Tittler. Hoy mismo lo he remitido a su correo y al del profesor Bolaños. Gustavo Álvarez Gardeazábal.

Mil gracias por la concienzuda y rigurosa reseña que usted ha hecho de mi libro sobre la vida y obra de Gustavo Álvarez Gardeazábal. Da gusto entregarse al trabajo cultural cuando los lectores ejercen sus oficios con tanta lucidez como usted ha demostrado en su artículo reciente en El Espectador. Jonathan Tittler, Estados Unidos.

Este artículo tiene para nosotros, los que hemos tenido conocimiento de la labor de Gustavo Álvarez Gardeazábal, un sabor a reivindicación que debemos difundir. Le pido muy cordialmente me dé la posibilidad de publicar este artículo. Para su información, estoy ubicado en Londres y tengo comunicación con las revistas y periódicos del medio. Jorge Luis Puerta, Londres.

A Gardeazábal lo cegó la política. La búsqueda y obtención del poder cambió su verdadero rumbo: la literatura. En este país es imposible no salir manchado de la política porque los intereses particulares siempre terminan primando sobre los de la gente. Gardeazábal se equivocó, pues con la literatura estaba transformando la conciencia de la gente y ejercía como vigilante de la situación social colombiana. Erró al creer que con el poder en la mano podía cambiar el mundo. Creo que si hubiese seguido escribiendo, ya lo hubiera logrado. Gobernar no es la mejor herramienta del hombre para combatir las desigualdades sociales. Nadim Marmolejo Sevilla.

Me gustó mucho tu columna. Le haces justicia a la obra de Gustavo, a quien veía con mucha frecuencia en vida de Euclides Jaramillo. Íbamos a visitarlo a su casa en Tuluá. Esperanza Jaramillo García, Armenia.

Semblanza de Eduardo Santos

martes, 20 de julio de 2010 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar*

El historiador boyacense Gustavo Mateus Cortés, gran promotor de la cultura regional, publica un detenido estudio sobre las raíces familiares y el entorno afectivo del presidente Eduardo Santos. El linaje Santos, del que hace parte la heroína y mártir de la Independencia Antonia Santos (y en línea más lejana, el autor de la biografía), tiene sus orígenes en el departamento de Santander y se vincula a Boyacá en el siglo XVII.

Francisco Santos Galvis, padre de Eduardo, ocupó en Santander importante posición política y social a finales del siglo XIX, y en el año 1879 se casa con la dama tunjana Leopoldina Montejo Camero, quien por su simpatía, distinción y acendradas virtudes se hace célebre con el apelativo cariñoso de “Polita”. En 1888 nace en Tunja el futuro presidente de Colombia, y luego la familia se traslada a Bogotá.

La niñez de Eduardo Santos transcurre en el barrio de La Candelaria. Se gradúa de bachiller en el Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario, y en la Universidad Nacional obtiene el título de abogado. Después viaja a París, donde adelanta estudios de literatura y sociología. En Tunja, lugar de su nacimiento, sólo había residido los dos primeros meses de su vida. Esto determina que a lo largo del tiempo no se le conozca como tunjano sino como bogotano.

No figuraba, por supuesto, en la galería de presidentes boyacenses, aunque notables escritores como Germán Arciniegas y Juan Lozano y Lozano sabían que era nativo de aquella región. Así lo habían revelado en algunas ocasiones, pero sin mayor resonancia ante el público. En el año 2000, Mateus Cortés daba en Repertorio Boyacense, órgano oficial de la Academia Boyacense de Historia, un avance sobre este descubrimiento.

Con tal hallazgo, Boyacá pasa a tener 14 presidentes, en lugar de los 13 en que estaba detenida la cuenta desde el mandato del general Rojas Pinilla. Al cabo de los años y de paciente búsqueda, que parece tener artes de magia, la partida de bautizo fue localizada en los libros parroquiales de la catedral de Tunja, con enorme dificultad, ya que en el índice no aparecían los apellidos del bautizado, sino sus dos nombres de pila: “Eduardo Fructuoso”.

En 1913, Santos adquiere El Tiempo de manos de Aquilino Villegas, su futuro cuñado. Cuatro años después contrae matrimonio con Lorencita Villegas, con quien tiene a su única hija, Clarita, muerta en 1926 de manera trágica, pena de la que nunca logran recuperarse sus padres. Con la compra del periódico, se inicia la vida pública de Santos. Este medio se convierte en su gran enlace ante la sociedad y le permite ganar mucha imagen en el país.

Su itinerario político no conoce eclipses. Es concejal, diputado, parlamentario, gobernador de Santander, presidente del Congreso, diplomático, director de su partido, primer designado. Y en 1938, Presidente de la República. En el campo de la diplomacia, se recuerda su brillante actuación en la Sociedad de Naciones en Ginebra en torno al conflicto de Leticia. Y en el campo académico, su larga vinculación a la Academia Colombiana de Historia, de la que fue cuatro veces presidente.

Los despojos de su padre, Francisco Santos Galvis, quien en 1900, a la edad de 51 años, se suicida por causa de una enfermedad incurable, reposaban en el cementerio laico de Curití (Santander). Su hijo, al llegar a la Presidencia 38 años después, los hace trasladar a Bogotá. El biógrafo incluye en su trabajo la dramática carta que don Francisco escribió a una hermana suya el día anterior de la fatal determinación: “Cuando al corazón se le presentan grandes torturas ofrécese hermosa ocasión para viajar hacia lo desconocido, y mañana a las seis de la tarde estaré dormido a la sombra de mi árbol favorito”. En la plaza de Curití fue levantado un busto suyo como tributo de la población.

Los últimos años de Eduardo Santos, alejado de pompas y vanidades, los pasa  en medio de silencio y reflexión, entre la academia y la biblioteca. Ayuda en secreto a personas vergonzantes y sigue patrocinando las obras sociales de su esposa, muerta en 1962. Es un mecenas discreto de escritores y poetas. Hace poco vino a saberse que a Gabriela Mistral, perseguida por un gobernante de su país, le prestó valioso apoyo en medio de las angustias económicas que entonces agobiaban a la poetisa.

El autor de la semblanza enfoca su mirada hacia otros miembros prestantes de la familia. Entre ellos, Enrique Santos Montejo –el famoso Calibán–, hermano de Eduardo. En 1909, Calibán funda La Linterna en la ciudad de Tunja y allí ejerce un brillante periodismo de combate, que le trae varias excomuniones en aquella época inquisitorial de ingrata recordación. Luego, su hermano se lo lleva para El Tiempo, donde será su mano derecha  y  escribirá la columna más leída de la prensa: La daza de las horas.

Del exgobernador de Boyacá Carlos Eduardo Vargas Rubiano es la siguiente frase ingeniosa: “Con la ida de Calibán, se apagó La Linterna, pero se encendió El Tiempo”. Un hijo del segundo matrimonio de Calibán, Enrique Santos Molano (en esta dinastía abundan los Enriques), sigue las huellas de su padre y es hoy destacado periodista e historiador, autor de varios libros de renombre.

Eduardo Santos, el tunjano ilustre –y bogotano por adopción–, murió hace tres décadas, en marzo de 1974. Se trata, sin duda, de una de las figuras políticas más importantes del siglo pasado.

El Espectador, Bogotá, 14 de diciembre de 2005.

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Aclaración:

No sé si los errores son suyos o del citado Mateus Cortés, pero Eduardo Santos recibió su grado de la Universidad Republicana y su cuñado era Alfonso Villegas Restrepo y no Aquilino. Luis Enrique Nieto.

Es mío el error de decir que el cuñado de Eduardo Santos era Aquilino Villegas, en lugar de Alfonso Villegas. En cuanto a sus estudios en la Universidad Nacional, dicha información la tomé del libro de Mateus Cortés. Así figura, además, en otras fuentes que he consultado. Puede deducirse que el dato equivocado se ha reproducido en diversos textos. Gustavo Páez Escobar.

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Osuna y Turbay

viernes, 16 de julio de 2010 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

En El Espectador del pasado 18 de septiembre, Héctor Osuna dedica todas las caricaturas de Rasgos y rasguños al presidente Julio César Turbay, muerto cinco días antes. No es usual que el caricaturista ocupe todo su espacio con la misma persona o el mismo tema, pero lo hizo en esta ocasión por estar ligado a Turbay por vieja historia, de ingrata recordación. Por supuesto, volvieron a escena los caballos de Usaquén, emblema de turbulenta etapa política ocurrida en el cuatrienio presidencial 1978-1982.

Dos corceles con caras taciturnas aparecen con un lazo de tela adherido a las piernas, en señal de duelo. Dicho atuendo, con figura de mariposa, representa el corbatín histórico del presidente fallecido. El caballo más acongojado –¿o más arrepentido?– cavila con esta frase entrecortada: “…y una nostalgia que me tortura”. Los famosos caballos adquirieron popularidad durante aquellos días accidentados, y hoy, tres décadas después, salen de nuevo de sus establos para darle el último adiós al patriarca.

Osuna, con sus trazos veloces e incisivos, nos ubica en los tiempos del Estatuto de Seguridad implantado por el gobierno de Turbay, norma que se caracterizó por un enconado militarismo bajo el mando del general Camacho Leyva, ministro de Defensa, a quien se consideró el superpoder dentro del Estado. Nefasta época de terror, donde muchos enemigos del régimen fueron a dar a las caballerizas de Usaquén, en las que se les forzaba a confesar sus actos de oposición con el empleo de torturas, entre ellas, por medio de caballos amaestrados que embestían a los presos y les causaban heridas.

La arbitraria detención de dos sacerdotes jesuitas que en septiembre de 1978 fueron vinculados como cómplices del asesinato del ex ministro Pardo Buelvas, movió a Osuna a declarar la guerra periodística, por medio de sus caricaturas demoledoras, contra el atroz estatuto que violó los derechos humanos y escribió una de las páginas más oscuras en la democracia colombiana.

Y se convirtió en crítico severo del Gobierno. Sus líneas punzantes denunciaban la ola de atropellos desatada contra la población civil, en medio del silencio de los organismos de vigilancia. El cardenal Aníbal Muñoz Duque le restó importancia al escándalo de faldas que Turbay protagonizó en un club de Cúcuta (acto reprobado por el obispo de la diócesis), y le envió una carta donde lo absolvía de tan deshonrosa conducta. Por curiosa ironía, aquel obispo de Cúcuta fue la misma persona que presidió las honras fúnebres de Turbay en la catedral de Bogotá: el hoy cardenal Pedro Rubiano Sáenz.

Por aquellos días, el militarismo desaforado arremetía contra la cúpula del M-19, la que causaba graves trastornos con episodios tan perturbadores como el robo de más de 5.000 armas en el Cantón Norte y la toma de la Embajada Dominicana. El M-19 vio gratificada su lucha con el apoyo de Cuba, hecho  determinante para que Turbay rompiera relaciones con dicho país.

En medio del vendaval de críticas y protestas, y de innumerables chistes de sabor sarcástico que corrían a lo largo y ancho del territorio nacional, el Presidente soltó algunas frases que pasaron a la historia y que definen su muy peculiar estilo: “El único preso político soy yo”, “reduciré la corrupción a sus justas proporciones”, “el mío es un gobierno hormonado y testiculado”.

Osuna puso en los labios del Presidente otras frases que guardan coherencia con los actos oficiales de la época, como ésta, a una comisión de Amnistía Internacional que vino en plan de averiguación sobre los derechos humanos en Colombia: “¿Preguntan ustedes por los derechos humanos?… No, no los hemos visto”.

Osuna fue en 1979 el ganador del Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar, al que renunció bajo un claro imperativo de su carácter: no podía permitir que la presea le fuera entregada por Turbay, a quien fustigaba con sus dardos implacables. En cambio, al serle conferido en 1983 –en el gobierno siguiente– el Premio Nacional del Círculo de Periodistas de Bogotá al mejor caricaturista, lo aceptó, porque no pasaba por las manos presidenciales.

Belisario Betancur le diría: “Gentes de talento e independencia mental como usted, sí le cuentan al gobernante cómo va él y cómo va el país. Gracias por sus urticantes aunque sonrientes lecciones. Saludos de la monja”. (La obesa y simpática monja palaciega, que parece sacada de un cuadro de Botero, fue la figura de combate creada por Osuna en el gobierno de Belisario Betancur).

Queda por decir que la administración de Turbay ha sido una de las más controvertidas de la vida colombiana. Pero no todo es negativo en su obra de gobierno. Se le abonan varios actos notables, que hoy, en la distancia del tiempo y bajo otra óptica, se distinguen mejor que cuando ocupaba la silla presidencial, sacudida por los ventarrones que provocó el estatuto represivo. Entre las notas favorables están la prudencia y el acierto con que manejó el conflicto de la Embajada Dominicana.

Su habilidad y astucia, como “animal político” que siempre fue (maestro en las artes del caciquismo), le permitieron rodearse de gente capaz en el ejercicio ministerial y diplomático. Tuvo varios ministros de alta calidad. Fue auténtico y excelente amigo de sus amigos. Se distinguió por su espíritu equilibrado y conciliador y su sentido de patria. Así penetra en la historia. Y Osuna, con sus caricaturas memorables, se ha ganado el título de agudo historiador.

El Espectador, Bogotá, 27 de septiembre de 2005.

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Comentarios:

Excelente tu columna. Osuna es admirable como caricaturista. El país necesitará siempre, para su progreso moral, intelectual, político y social de mentes lúcidas y críticas que abran nuevos horizontes y que venzan el oscurantismo arribista y feroz de los intereses creados alrededor de los que mandan. Sólo con ellos dejaremos de mirar en una sola dirección, como los caballos cocheros. Hernando García Mejía, Medellín.

Interesante su artículo sobre Turbay, pero no queda uno convencido que manejara con “tacto” la toma de la embajada. Más bien, se debe reconocer que Estados Unidos no le hubiera permitido jamás que pusiera en peligro la vida de su embajador. De Turbay sí podría decirse que escupió la mano de quien lo ayudó. Cuando Cuba desea aliviarlo aceptando los guerrilleros, Turbay paga cortando las relaciones. Y “sentido de patria”, por Dios, la patria de los poderosos tal vez. Los colombianos no le pudieron ver su generosidad y compasión por los humildes y desamparados, al menos durante su gobierno de triste recordación. Javier Amaya, Washington.

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