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Archivo para la categoría ‘Temas literarios’

¡Mi libro!

domingo, 10 de abril de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Recortes. Mensajes. Fotografías. Todo permanece en reposo, en absoluta quietud, entre la silenciosa carpeta que se ha encarga­do de coleccionar los comentarios y referencias sobre mi novela Destinos cruzados. Al iniciar el archivo me impuse la discipli­na de no repasarlo hasta tener alguna base para ensayar un ba­lance, una conclusión, en torno a este acopio de crítica. Era recomendable que la obra se desdoblara ante la opinión.

Quedan 100 ejemplares. Miro la existencia y experimento triste­za. Podría ser alegría, en lenguaje mercantilista. Pero estoy triste. ¡Se van mis amigos! Me acostumbré a sentirme acompaña­do por mis libros y ahora quieren dejarme solo. Al empacar cada remesa, he dialogado con mis amigos a través de los libros. Es­tos han sido portadores de muchos mensajes de amistad. Han sido motivo de distracción, vínculo de enlace. He sentido más cerca la amistad.

La amistad, con todo, ha llevado a veces al desencan­to, El libro, mi libro, desenmascaró cosas ignoradas. Delató fal­sas amistades. Y las actitudes débiles sucumbieron ante su po­der. Coseché insospechadas experiencias. Nuevas amistades. Apren­dí a vivir más. Por todo esto me hallo triste. Mi escurridizo compañero quiere irse. Se ahuyenta poco a poco.

Sobre mi escritorio he depositado el contenido de la silencio­sa carpeta. Repaso las críticas, los comentarios. Encuentro elogios. Mido el alcance de cada uno. Sé valorarlos, a cada cual por separado. No confundo la lisonja con el encomio. Ni el acu­se de recibo con el examen verdadero. No falta, desde luego, la censura. Desde quien está contrariado porque la bella Cristina se haya enloquecido –por amor, afortunadamente–, hasta quien se declara una vez más enemigo irrevocable del adverbio. Malos momentos, sin duda, le ha jugado el adverbio, si acentúa tanto su encono para con este noble recurso gramatical.

No falta lo pintoresco, Se desdobla la carta de un amigo dis­tante que me acusa recibo del libro y me cuenta que la carátula le llegó invertida, pero la consideró correcta, como parte de Destinos cruzados. ¿Broma? ¿Ingenuidad? Prefiero que tome no­ta el ilustre editor.

En el revuelto escritorio está mirándome la nota de Juan Ra­món Segovia, de La Patria. Me persigue, definitivamente, el ad­verbio. Acaba de escapárseme uno  rimbombante en presencia, nada menos, que de su acérrimo enemigo. Releo sus elogios y censuras. Los respeto. Repaso, para infundirme áni­mos y proseguir la marcha, las palabras de Jorge Luis Borges a un aspirante a escritor: «Mi primer consejo sería que no se olvidara nunca de ese personaje un poco olvidado que es el lector y tratara de distraerlo y no de asombrarlo. Luego le acon­sejaría el empleo de un vocabulario sencillo. Escribir en un len­guaje escrito que se pareciera un poco al lenguaje oral.»

Otro recorte de periódico salta en esta danza del papel. Adrián Acero fortalece mi ánimo desde su columna de La Patria. Espera encontrarme en un libro de clamor, de protesta. Quiere si­tuarme en la temática del momento y empujarme a tumbar imperios y monarcas. «Quizás no es mi especialidad», me consuelo.

Han regresado a su quietud los recortes, los mensajes, las fotografías. ¿Está hecho el balance? ¿Existe la conclusión? ¡No! La vida del libro es incalculable, misteriosa. Hay quienes sostienen que nunca muere. Algún día espero volver a mis archivos. Sopesaré de nuevo las opiniones. Es posible que para entonces encuentre defectos que no se habían descubierto y, de pronto, alg­una cualidad. Si la época no es de transformación y angustia, ni de exploraciones del espacio, ni de narcóticos, ni de barbu­dos, quizás alguien me invite a escribir sobre el amor de las palomas. Por ahora déjenme regocijado con mi libro, mi inmejorable amigo.

Armenia, 28-II-1972.

Cafeto de Oro

lunes, 4 de abril de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

El 14 de este mes cumple la ciudad de Armenia (Quindío) 121 años de vida. Para conmemorar el aniversario, la administración municipal ha programado diversos actos de tipo popular y cultural. Y otorga la condecoración conocida con el nombre de Cafeteo de Oro, con la que estimula el mérito de personas que hayan sobresalido en diferentes campos de la creación artística.

Este año tuve la sorpresa y el inmenso honor de ser distinguido con el Cafeto de Oro en la categoría de Literatura. Ante la imposibilidad que se me ha presentado para viajar al Quindío a recibir el preciado galardón, he dirigido al director de la Corporación de Cultura y Turismo, señor Manuel Gonzalo Sabogal Restrepo, la siguiente comunicación que deseo hacer pública como homenaje a la ciudad de Armenia:

«Acabo de enterarme, por su amable carta, del alto honor que me confiere la Alcaldía de Armenia al otorgarme la condecoración Cafeto de Oro en la categoría de Literatura. Qué grato me sería  concurrir en persona, el 11 de este mes, a recibir la presea en la ceremonia que se llevará a cabo en la antigua Estación del Ferrocarril, convertida en floreciente centro cultural. Deploro, con hondo pesar, que no me sea posible cumplir dicho propósito, en razón de un compromiso ineludible que tengo contraído para la misma fecha.

«Pidiéndole disculpar mi ausencia del acto, le ruego transmitir mi sentida gratitud a la señora alcaldesa, doctora Ana María Arango de Londoño, y a la Junta Directiva de la Corporación, por escoger mi nombre para tan señalado honor.

«Me siento muy honrado por esta distinción, al provenir de una ciudad y de una región tan ligadas a mis afectos. Esta deferencia tiene mucho más significado por el hecho de mi actual distancia geográfica, luego de 15 años de residencia en la región.

«Recuerdo con emoción que en el Quindío inicié mi carrera de escritor y periodista en los años 70 del siglo pasado, y allí publiqué los primeros cuatro libros de mi obra literaria. Numerosos artículos publicados en aquella época en los diarios El Espectador y La Patria, que están en proceso de inclusión en mi página web, dan cuenta de mi fervor por la comarca quindiana y su gente.

«Años más tarde, ya distante del Quindío, publiqué en Bogotá la novela La noche de Zamira, una estampa sobre el café y los reveses sociales causados por las bonanzas del grano en años críticos que nadie olvida. En 1998, esta novela fue presentada en la Universidad del Quindío por Laura Victoria Gallego, directora del Instituto de Bellas Artes del centro universitario.

«Con esto quiero significar que mis nexos espirituales con la región se han mantenido intactos a lo largo del tiempo. Ahora mismo, publico frecuentes columnas en La Crónica del Quindío.

«Nada tan grato y enaltecedor para mi familia y para mí que recibir la expresión de aprecio y reconocimiento que nos tributa la ciudad de Armenia en su fecha aniversaria. Mil y mil gracias por su generosidad».

El Espectador, Bogotá, 8 de octubre de 2010.
Crónica del Quindío, Armenia, 9 de octubre de 2010.
Eje 21, Manizales, 9 de octubre de 2010.

* * *

Comentarios:

Con satisfacción leí, en la época de tu estadía en Armenia, varios de tus formidables escritos en El Espectador y en La Patria. Luego tus libros Destinos Cruzados, El sapo burlón y otros.  También, hace pocos años, aquí en Bogotá, disfruté la lectura de La  noche de Zamira. El Cafeto de Oro es, por tanto, un justo homenaje a tu vida de escritor, que enorgullece al Quindío. Bien sabes que allá te apreciamos como un gran valor de la quindianidad, y que dejaste honda e imborrable huella en nuestra región. César Hoyos Salazar, Bogotá.

Nada más justo que la condecoración que te ha sido  otorgada. Te conocí en Armenia y desde esos ya lejanos tiempos has sido un campanero intelectual de agudos timbres, siempre atento al discurrir de tu tierra adoptiva, el Quindío. Pero yo creo que no solo se exalta al querendón de esa tierra, sino al veterano e incansable escritor y columnista, que con castigado estilo ha obtenido un sitial de honor en las letras colombianas. Augusto León Restrepo, Bogotá.

Me congratulo sinceramente con esa distinción que es un reconocimiento a tu sentido de pertenencia, durante el tiempo de duración en una tierra que te vio crecer en las letras. Jaime Lopera Gutiérrez, Armenia.

Es un honor muy grande esa condecoración y tú te la mereces por todo el trabajo que has venido realizando en nombre de la literatura colombiana y de todos sus escritores. Milcíades Arévalo, Revista Puesto de Combate, Bogotá.

Muy justa y merecida la condecoración, pues nadie como tú ha querido y escrito tanto sobre tu tierruca adoptiva. Hernando García Mejía, Medellín.

Cuando comencé a leer tu nota empecé a prepararme para ir a acompañarte a Armenia, pero más adelante dijiste que no podrías asistir a recibir el galardón literario, por compromisos previos. De todas maneras, mil felicitaciones y un abrazo. José Jaramillo Mejía, Manizales.

No creo que haya un escritor en Armenia con esa obra tan prolífica, donde se cubren tantos temas, y donde el estilo y la manera de manejar el idioma hacen la lectura muy agradable. Fabiola Páez Silva, Bogotá.

Hace muchos años me contaron la historia de una carga de paquetes de café que se  había regalado a un colombiano, aquí en Holanda. Como nadie se puede beber toda una carga de café, la persona procedió a regalar paqueticos a quien se apareciera. Luego de un tiempo, el donante preguntó por lo del café, y recibió esta respuesta: “Muy rico, muchas gracias”. Pero el donante insistió: «¿No encontró nada especial en él?». “Muy bueno, sabroso, el mejor café del mundo”, contestó el otro. Entonces el donante le contó que en la carga de café había un grano de café de oro. Ahora, a usted no le regalaron un grano de café, sino todo un Cafeto de Oro. Loretta van Iterson, Ámsterdam.

Sigo leyendo tus columnas con deleite intelectual. Tu estilo y reflexiones son de fecunda pluma brillante. De ahí que no me sorprendió que te hubieran  dado el Cafeto de Oro. Te lo mereces. Admiro  tus libros sobre Laura Victoria y Germán Pardo García.  Ramiro Lagos, Greensbore –USA–.

Dolores y travesuras del libro (6)

miércoles, 23 de marzo de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Concluyo con esta entrega las crónicas que me propuse escribir sobre hechos curiosos, comunes en el mundo de las letras, que me han ocurrido en la edición de mis libros. En estos sucesos se sintieron incluidos otros autores que leyeron con interés mis notas, uno de los cuales me tiene invitado a una tertulia donde desea narrare sus propias experiencias.

Tras  larga investigación, llevaba yo tres meses dedicado a la escritura de la biografía de Laura Victoria, cuando recibí el inesperado y gentil ofrecimiento de Rafael Mojica García, rector de la Universidad del Meta, en el sentido de que la obra sería patrocinada por su entidad. Mi fortuito patrocinador es oriundo de Soatá (al igual que la poetisa y el cronista), y en tal carácter quería rendirle un homenaje a su ilustre paisana. De esa manera, quedaríamos vinculados en la misma obra tres boyacenses nacidos en la Ciudad del Dátil. La idea, por supuesto, sonaba muy bien.

En los meses siguientes, Mojica García me preguntó varias veces por el libro, con el evidente propósito de darle pronta publicación. Cuando un año después puse el trabajo en sus manos, las cosas cambiaron de rumbo. Vino el consabido pretexto –tan característico en estos menesteres– mediante el cual le sacaba el cuerpo al compromiso. Esta fue su respuesta: “Al leer la obra, veo que está llamada a ocupar un sitial de importancia en nuestra literatura, y la Universidad no está en condiciones de asumir la distribución de ella, lo que la llevaría al anonimato. Por eso te pido que me eximas de mi petición”.

Presa del desencanto que dicha conducta me causaba, dejé que pasara algún tiempo para volver a pensar en otro editor. Este se presentó dos años después. Un buen día me llamó, con prisa, Javier Ocampo López, presidente de la Academia Boyacense de Historia, y me contó que la noche anterior se había soñado con Laura Victoria, lo que parecía ser una premonición sobre la muerte cercana de la poetisa, y un mensaje claro para publicar su biografía. Esta vez el amigo resultó efectivo: la obra salió a la luz en breves días, y Laura Victoria alcanzó a conocerla. Pocos meses después, ella moría en Ciudad de Méjico.

Otro libro que sufrió reveses fue la novela La noche de Zamira. Yo me descuidé en llevársela a Jorge Enrique Molina Mariño, rector de la Universidad Central, que me había manifestado la intención de editarla. El proyecto se frustró con la muerte súbita de mi amigo. Después, tuve idéntico fracaso con otro posible editor, que también murió de repente. A mis pobres libros los perseguían las muertes súbitas.

Luego sometí la novela a estudio de Grijalbo, cuyo comité de lectores expresó “los mejores conceptos” –según rezaba la carta respectiva–, pero la editorial atravesaba por algunas dificultades que le impedían la pronta publicación. Sin embargo, abrigaban la confianza de que en seis meses podrían hacerlo. Dicho plazo se corrió a ocho meses más, y las dificultades no desaparecían. Resolví entonces retirar el trabajo, y me quedé con el elogio: “La novela está muy bien lograda, pero…” (el pero de siempre). Ante esta dolorosa evidencia, mis hijos, en deliberación secreta, decidieron editarla por su cuenta.

Y llego a mi último libro, Ráfagas de silencio (2007), novela a la que dediqué largo tiempo y muchas energías. Alguien me sugirió que hiciera conocer los originales de un amigo común, muy bien relacionado con el mundo de los libros, para buscar un camino editorial. Así lo hice. Un año después de haber dejado yo mismo el trabajo en la portería del edificio donde residía mi amigo, y cerciorarme luego de que la obra había llegado a sus manos, esta no apareció por parte alguna. Ante el temor de que no solo perdiera el libro, sino que además fueran usurpados los derechos de autor, como a veces acontece, contraté la edición inmediata con Editorial Códice.

De esta manera, han corrido 39 años desde que, en 1971, publiqué mi primera obra, Destinos cruzados, adaptada años después como telenovela nacional. Novela que con motivo del suceso de la televisión busqué reeditar, en 1987, con el patrocinio de Tercer Mundo. Un fracaso más. Le decía entonces a Soto Aparicio, mi cordial amigo e inestimable guía literario:

“Veo hoy, con hondo pesar, que lo que se ha ganado en lenguaje y rigorismo gramatical se ha perdido en espontaneidad. Lo que más debería cuidar el narrador es la fluidez, y esta a veces se sacrifica por la solemnidad. Descubro con envidia que el adolescente de los 17 años tiene que darle muchas lecciones al escritor de los 51 años”.

El Espectador, Bogotá, 7 de mayo de 2010.
Eje 21, Manizales, 8 de mayo de 2010.

* * *

Comentarios:

Me leí toda la serie de Dolores y travesuras del libro. Me viene a la mente una frase de Indira Gandhi en la que expresa: «Al mundo no se le cuentan los dolores del parto, se le muestra el niño». Sin embargo, estas historias valen la pena e inclusive se puede también escribir sobre todas estas epopeyas como usted las ha escrito. Mis felicitaciones sinceras.  República bananera (correo a El Espectador).

Muy bueno tu artículo final sobre el destino de los autores frente a sus ediciones. Comparto plenamente tus tesis quizás porque ahora que acabo de publicar La otra historia de Tuluá, en privadísima y casi clandestina edición, me sentí como un buey cansado, y pensaba en mis 25 años escribiendo Cóndores no entierran todos los días. Gustavo Álvarez Gardeazábal, Tuluá.

Sí. Son hechos curiosos los que, con frecuencia, rodean el quehacer esencial del escritor; son avateres que, incuestionablemente, afectan ese mundo entrañable de la creación. No obstante y por fortuna, cuando ese mundo es cierto, resulta imposible detener su camino y éste, tarde o temprano, despliega sus hallazgos. María Cristina Laverde Toscano, Bogotá, 10-V-2010.

Esta columna resume una continuidad de escritos, libros y producciones de cine y televisión, con broche de oro. Es un buen resumen de ese camino difícil,  atravesado con fuerza, constancia y duro trabajo. Los resultados no pueden ser mejores, aunque a veces el reconocimiento no se vea reflejado en apoyos literarios que permitan la divulgación real, que es uno de los premios que un escritor busca. Liliana Páez Silva, Bogotá.

Dolores y travesuras del libro (5)

miércoles, 23 de marzo de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

En 1982, al entrar a una reunión social en Armenia, me encontré con el  gobernador del departamento, Jesús Antonio Niño Díaz, que me sorprendió con el anuncio de que deseaba publicar un libro mío dentro de la Biblioteca de Autores Quindianos. Y me encareció que presentara la obra en el menor tiempo posible.

Supe después que el afán suyo obedecía al propósito de editar dos libros de la región dentro de los actos que se programaban para conmemorar los 16 años de creación del departamento. Ni corto ni perezoso, en breves días reuní el material de la obra, donde recogí una serie de ensayos escritos en los cinco años precedentes.

Así nació Caminos, mi quinto libro. En la solapa anoté: “Este recorrido literario señala la perseverante búsqueda del escritor que, oteando el mundo con mente inquieta, se ha encontrado con diversos caminos para explayar el pensamiento. La vida está cruzada por caminos. Cada idea es un camino”. De igual manera, pienso hoy que cada oportunidad es un camino. Quizás el encuentro ocasional con el gobernador fue el que le hizo concebir la idea de incluirme en su programa cultural.

Editada la obra, vinieron los dolores de cabeza. ¿Cuál es el libro que, en medio del regocijo, no le trae sinsabores al escritor? Yo me había esmerado, como ha sido siempre mi norma inflexible, en la depuración del trabajo. Me sentía ufano al creer que el libro saldría sin los horrendos gazapos que exasperan al buen lector.

En el acto de presentación de la obra (junto con la de John Vélez Uribe, El humor de los míos), observé que las palabras del prólogo aparecían escritas en letra bastardilla, cuando yo las había revisado en letra corriente. El cambio se había efectuado a última hora y sin conocimiento mío, con la loable intención de darles mayor realce a las palabras liminares. Pero el linotipista, llevado por la prisa, cometió varios errores garrafales, que nadie se encargó de corregir, y que a mí me causaron enorme contrariedad.

Como soy perfeccionista incurable, mis propias incorrecciones me afectan en sumo grado. Por lo tanto, la fiesta se me aguó. Le hice el reclamo al editor, y él, también disgustado por el contratiempo, me ofreció esta fórmula salvadora: al grueso de la edición, que estaba lista en sus bodegas, le mutilaría la hoja defectuosa y la cambiaría por la correcta, mediante un proceso minucioso que nadie notaría.

A causa del percance, la edición salió con dos prólogos: unos ejemplares, con el texto impecable; y otros, con varias erratas de alto calibre. El consuelo que me queda es que nadie, a través del tiempo, me ha hecho ninguna mención sobre aquellos disparates que ojalá hayan sido triturados por la polilla.

No todos los escritores de la región quedaron conformes con que se nos hubiera favorecido, a John Vélez y a mí, con el patrocinio oficial. Alegaban que se había pasado por alto la constitución de un comité para evaluar las obras. Los dos autores escogidos éramos blanco de la envidia que, como la flor silvestre, se da en todas partes, y que en el campo de los escritores es más ponzoñosa. Al mandatario local lo venían censurando por no dar cumplimiento a una ordenanza de la Asamblea que disponía estos auxilios, y al cumplirla, también lo atacaban. “Palo porque bogas, palo porque no bogas”.

El crítico más virulento era el columnista Humberto Jaramillo Ángel, quien, en efecto, solía darles palo a sus propios colegas de las letras y a los funcionarios locales. Me cogió como pretexto para hostigar al gobernador. De paso, también yo era víctima, víctima inocente, de sus acerados dardos. Recuerdo que alguna vez habló del “lejano escritor boyacense”, con evidente desdén que tenía sabor a inquina regionalista.

Tal vez Jaramillo Ángel se había olvidado de que los escritores de la comarca, que ya me consideraban como uno de los suyos después de once años de plena identidad con la literatura quindiana, me habían distinguido con la codiciada presea La flor del café, que otorgaba una junta presidida por el poeta Mario Sirony. Al cabo de los días, dejé de prestarle atención al asunto, aunque me sentía molesto con que el columnista implacable no cesara en sus diatribas, tanto contra el gobernador bien intencionado, como contra el “pobrecito escribidor” de que habla Larra.

La marea bajó cuando un buen día se conoció la noticia de que Caminos había sido incluido en la Cápsula de El Tiempo, junto con mi libro anterior, El sapo burlón. ¿Cómo fueron seleccionadas estas obras para semejante privilegio? Nunca lo supe. Nunca conocí el nombre de las personas que conformaban el comité de selección. Ese, por supuesto, fue mi camino del desagravio. La Cápsula fue cerrada en marzo de 1983, y será abierta 69 años después, en junio de 2052. Contiene muestras de la cultura y de las costumbres colombianas que los lectores de la edición número 25.000 del diario bogotano envían, en diversos testimonios, a los lectores de la 50.000.

Está representada por 1.408 objetos, que van desde una bola de ping pong hasta una minicomputadora. El peso total es de 5.097 kilos. Permanecerá enterrada en el costado noroccidental de las instalaciones de El Tiempo durante 25.316 días, y se garantiza que en virtud de las técnicas empleadas los objetos serán rescatados en perfectas condiciones al comienzo de la segunda parte del siglo actual.

En el campo de las letras, fueron incluidas obras, entre otros autores, de Gabriel García Márquez, Otto Morales Benítez, Germán Arciniegas, Eduardo Pachón Padilla, Germán Castro Caicedo, Plinio Apuleyo Mendoza, Luis María Sánchez López, Carlos Castro Saavedra, Oliverio Perry, Jairo Aníbal Niño, Elisa Mujica, Francisco Gil Tovar…

Camino reparador este que hoy me hace rememorar los tragos amargos relativos a la publicación del libro, hace 28 años. Aspiro a que algún descendiente descubra en el año 2052 a un gerente de banco que aparte de hacer cifras, también escribía mensajes para la posteridad.

El Espectador, Bogotá, 16-IV-2010.
Eje 21, Manizales, 16-IV-2010.

Dolores y travesuras del libro (4)

miércoles, 23 de marzo de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

De viaje por Medellín, escuché un día ya lejano el gracioso cuento narrado por una tía de mi esposa, el que tenía como personaje a un sapo retozón. Personaje curioso, a la par que humano y simpático. Esta narración, adaptada en mi literatura como un caso de la vida conyugal, le daría aliento al cuento que titulé El sapo burlón, que en 1971 recibió honores en un concurso promovido por el Magazín Dominical de El Espectador.

Con dicho trabajo hice mi presentación en el mundo del cuento, vena que me fluía con sorprendente espontaneidad. Al paso de los días, surgieron otros temas de aparente simplicidad, movidos por la gracia, el humor y la sutil ironía, varios de los cuales siguieron impulsando mi nombre en las páginas del Magazín Dominical. Cuando llegué a los veinte cuentos, decidí reunirlos en el libro que bauticé con el mismo nombre de mi trabajo inaugural: El sapo burlón, publicado en 1981 dentro de la serie bibliográfica del Banco Popular.

A Otto Morales Benítez, que me honró con el prólogo para esta obra (el tomo cuarto de mi producción literaria), no le sonó el extraño nombre que le había asignado. Me lo preguntó con inquietud. Y yo le respondí, sin titubeo y con orgullo, que era consciente de su preocupación, pero dentro de mi espíritu de lealtades no podía menos que rendirle tributo, con absoluta autenticidad, al personaje que me había abierto las puertas de El Espectador y de las letras.

Morales Benítez quedó satisfecho con mi explicación, y así lo consigna en las palabras del prólogo, para gloria mía y por supuesto del humilde habitante de las intemperies y los pantanos. Más aún: él reproduce en su trabajo un comentario poético de Juan José Arreola en elogio del sapo, que yo había pescado en un libro de dicho escritor, palabras que me vinieron de perlas para hacer la defensa de mi protagonista literario, que aparece en la carátula vestido de frac, “muy tieso y muy majo”.

“Salta de vez en cuando –anota Arreola–, sólo para comprobar su radical estático. El salto tiene algo de latido: viéndolo bien, el sapo es todo corazón. Prensado en un bloque de lodo frío, el sapo se sumerge en el invierno como una lamentable crisálida. Se despierta en primavera, consciente de que ninguna metamorfosis se ha operado en él. Es más sapo que nunca, en su profunda desecación. Aguarda en silencio las primeras lluvias. Y un buen día surge de la tierra blanda, pesado de humedad, henchido de savia rencorosa, como un corazón tirado al suelo. En su actitud de esfinge hay una secreta proposición de canje, y la fealdad del sapo aparece ante nosotros como una abrumadora cualidad de espejo”.

En Armenia, Humberto Jaramillo Ángel me tiró las orejas por haber escogido ese nombre nada sugestivo para mi obra. Leí con atención los consejos que me daba, y nada le repuse, porque con él no era fácil entrar en controversia. Hablaba en su nota del tino que me había faltado para titular la obra “con mayor fuerza, mayor sonoridad y hasta mayor carácter literario”. Mientras tanto, yo vivía muy ufano con mi sapito, que en poco tiempo agotó la edición. Y pensaba para mis adentros que si a mi crítico no le gustaba el rótulo del libro, tampoco podía agradarle el de la columna que hizo famosa García Márquez en El Heraldo, de Barranquilla, en los años 50: La jirafa

Otro que entró a leer mis cuentos con desgano –tal vez sugestionado con el título– fue Tulio Bayer, pero por fortuna llegó hasta el final. Así me escribe desde París, en carta de diciembre de 1981: “Me pasé toda la noche leyendo El sapo burlón. Es la primera vez que me trasnocha un sapo. Su canto me pareció a veces muy lúgubre, pero el incesante croar se fue volviendo una sonata y acabó por ser una sinfonía. Magia del estilo. Las historias son tristes pero no se trata en modo alguno de cuentos tristes. Por el contrario: son cuentos filosóficos”.

Y pasaron los años. Hace poco, mi cuento fue publicado en la revista Letralia, de Venezuela. Tal circunstancia me permitió entrar en contacto con el escritor paraguayo David Galeano Olivera, prestigioso lingüista, antropólogo, filólogo, educador, y presidente del Ateneo de Lengua y Cultura Guaraní de la República del Paraguay, quien había publicado en la misma revista el ensayo que lleva el siguiente título: “El kururu (sapo) en la cultura guaraní y paraguaya”.

Supe por dicho ensayo que el sapo es allí un ser mítico. Animal sagrado, al que todos respetan y veneran. Nadie puede pisarlo y menos maltratarlo. Es un ser omnipresente en la cultura popular y, como tal, se encuentra vinculado a la religiosidad, la medicina, las creencias y las costumbres de la gente. El profesor Galeano se entusiasmó con mi obra y me ofreció traducirla a la lengua guaraní, “de manera que también pueda ser leída por la mayoría de paraguayos”.

Bien es sabido que los juicios en la literatura son divergentes. Unos, apasionados; otros, interesados o aduladores; aquellos, insustanciales; estos, reales y sinceros.   Lo que a unos gusta, a otros disgusta. El escritor debe acostumbrarse a toda clase de opiniones, porque escribe para el público, que es muy diverso e insospechado. Y no dejarse marear por la censura, ni envanecerse con el elogio. Lo que es, eso es.

El Espectador, Bogotá, 9 de abril de 2010.
Eje 21, Manizales, 9 de abril de 2010.
Letralia, Cagua, Venezuela, 17 de septiembre de 2015.

* * *

Comentarios:

El elogio que usted hace del sapo, es tan hermoso como el contenido en la canción Sapo cancionero, que es el canto de este animalito cuando se aparea. Usted habló de Tulio Bayer y en ese sentido deseo pedirle un favor: Quisiera saber dónde consigo el libro Carta abierta a un analfabeto político, que lo tuve hace muchos años y alguien se quedó con el. Luchuer (correo a El Espectador). 

Has de saber que ese cuento me trajo a la mente el recuerdo de dos seres de carne y hueso muy queridos por mí; y ha sido objeto de reflexión sobre estas personalidades de Acab y Jezabel, en la que ella controla y domina y él obedece, hasta que al final, ya hastiado, el hombre de alguna forma se rebela. Los sapos, creo, hacen parte de la niñez y de todo humano que se respete. Sea por miedo, asco, repugnancia o en el mejor de los casos travesura o cariño, de alguna manera todos hemos tenido algo que ver con los sapos. Colombia Páez, Miami.