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Archivo para la categoría ‘Temas literarios’

Otro concurso desierto

jueves, 28 de abril de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

El escritor colombiano, desampa­rado como se encuentra por las esferas oficiales y privadas, se entusiasma, de pronto, así sea efímeramente, cuando se anuncia un concurso literario, y acu­de a él con la ilusión de salir por ese medio a la superficie, rompiendo su anonimato. Espera que el factor suerte lo sitúe por lo menos en­tre los finalistas, cuando su optimismo no es tan desmedido que lo haga soñar con ser el invencible.

El veredicto de los jurados re­sulta, en las más de las veces, desconcertante. Veamos lo ocurrido con el concurso auspiciado por el Diario del Caribe con motivo de la creación de su suplemento dominical. Ya en las pos­trimerías del año pasado se lanzó el programa, con un primero y segundo premios en dinero y el lógico bautizo de la página literaria no solo con los cuentos galardonados sino con otros que, siendo igualmente meritorios, se suponía que quedarían a corta dis­tancia de los punteros.

Las corresponsalías comenzaron a matizar el acontecimiento con cons­tantes anuncios de que el país literario estaba volcándose sobre Barranquilla, y hasta se aseguraba la alta calidad de los trabajos, dada la categoría de los concursantes, pues el certamen tenía la originalidad de eliminar los seudónimos. Se conformó un jurado con figu­ras destacadas, se recibieron cerca de 400 trabajos, siguió la prensa creando suspenso, y los escritores quedaron es­perando su nochebuena, pues el fallo sería promulgado el 23 de diciembre.

Pero, como suele ocurrir en este país de las tomaduras de pelo, se pos­puso la decisión toda vez que a los ju­rados les quedaba cuesta arriba exami­nar, en conciencia, 400 trabajos, sobre todo en la época de aguinaldos que no es la más propicia para las elucubraciones mentales. Las hojas, de extenderse, llenarían varios kilóme­tros y su lectura demandaría mucho esfuerzo, mucha consagración y no po­cas trasnochadas.

Con todo, de un mo­mento a otro salió humo blanco, cuan­do menos se esperaba. Y el respetable jurado declaró desierto el concurso. Los dos primeros puestos, que se ha­bían anunciado dotados de estímulos económicos, quedaron vacíos, triste­mente vacíos para la literatura colom­biana. Pero, en cambio, se escogieron 13 obras (¿por qué este número de mala suerte?) como premios de conso­lación, recurso que, lejos de consolar a nadie, hace pensar en algún gato ence­rrado.

Si por algo sobresale Colombia en el campo de las letras es por su capacidad para el cuento. Algo grave debe estar sucediendo cuando entre 400 trabajos no se encuentra uno solo con mérito para destacarse en un certamen domés­tico. Pensemos en varias alternativas: a) en el exceso de rigor de los jurados; b) en la imposibilidad de leer, en un mes, 400 trabajos (con un promedio de 8 folios resulta un mamotreto de 3.200 páginas); c) en la ausencia de cuentistas calificados, por falta de fe en los concursos; d) en la timidez de muchos por aparecer con nombre pro­pio, cuando el seudónimo encubre tan­tos sustos; e) en otra cosa que a usted se le ocurra pensar; f) en la pobreza intelectual del país.

Descartable esta última hipótesis si vemos con frecuencia descollar los va­lores colombianos en el exterior. Espe­remos que los jurados promulguen su sentencia, y resignémonos. Sentencia que, como se sabe, es inapelable. La literatura, por fortuna, y como consue­lo para los 400 Garcías Márquez frustra­dos, es algo relativo, controverti­do, que depende del len­te con que se mire.

Pensemos, entre tanto, con cierta nostalgia, como sin duda lo estarán meditando los directivos del Diario del Caribe, en que el suplemento literario no tuvo bautizo de honor, no obstante el séquito de 400 bien intencionados padrinos. Queda flotando en el ambiente –tanto costeño como del resto del país– la impresión de que el entusiasta concurso de cuento, anunciado y promovido con tanto aparato fue puro cuento.

La Patria, Manizales, 22-I-1974.

El estilo

miércoles, 27 de abril de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Es el estilo un distintivo, una marca de fábrica. Se dice que el estilo es el hombre. Por su manera de ser se distingue una persona de otra. Por la for­ma de escribir se diferencia un escritor de otro. Los maestros de la literatura insisten, en variados to­nos, en que el escritor debe poseer ciertas condicio­nes básicas. Se habla también de poderes, de incli­naciones innatas. El estilo se puede superar; no pasa lo mismo con el ingenio, que es algo intrínseco. Se hace énfasis en la pureza y la propiedad, en la espontaneidad, en la fluidez. Ortega y Gasset pe­día: temperatura, densidad y música.

Estas cualidades, de tan complejo calado, son reglas de oro. El catálogo parece simple. Lo arduo, lo inalcanzable a veces, consiste en mezclar esos misteriosos ingredientes para imprimirle vida a una página. El mundo está lleno de eruditos, de acadé­micos, de maestros de la gramática, y hasta de sa­bios, pero no de genios. Un Dalí, o un Chaplin, o un Borges, o un Churchill, o un De Greiff, para rese­ñar algunas de las genialidades de épocas recientes, solo se revelan de tarde en tarde.

Abundan los pontífices que predican teorías y que sin embargo no saben crear. Escribir bien no es saber mucha gramática. Casals na­ció con la música en el cerebro y ya desde niño, ajeno aún a solfeos y partituras, era un virtuoso. En la literatura deben observarse cier­tos cánones y no atropellar la lengua, pero no escla­vizarse a gramatiquerías ociosas ni a reglas ortodo­xas. Los preceptos son cambiantes, nunca rígidos ni estáticos.

El arte de escribir, dice Silvio Villegas, no está en un vocabulario muy rico, sino en darles una cadencia o un sentido nuevo a las palabras comunes. La cadencia de que habla el maestro no es otra cosa que la musicalidad, la fluidez, la elegancia, dones que solo son posibles en el gusto fino; o refi­nado, mejor, para que el término indique con mayor propiedad la lucha constante que debe imponerse el escritor. Silvio Villegas, que nos ha legado pági­nas sublimes en la magia de la expresión, asombra con la sencillez, con la sonoridad, cuando al propio tiempo nos deslumbra con el esplendor y la profundidad de su pensamiento.

El lenguaje ampuloso es basura. Es fácil dis­tinguir lo superfluo, lo afectado, de lo sobrio y lo exquisito. Incapaces muchos de crear una imagen o expresar un pensamiento, acuden al término sofis­ticado, torturante para el buen gusto, para ocultar su impotencia. Abusan del circunloquio, de la va­guedad, porque son inhábiles para la concisión y la elocuencia. Construyen frases perfectas frente a la gramática y martillan puntuaciones refor­zadas que hieren la fluidez. Así, el contenido es hueco, sin consistencia y sin altura.

El buen escri­tor, el artista, con un brochazo pintará un pai­saje y con pocas palabras inquietará la mente. Sin palabras altisonantes, sin términos misteriosos —de esos que hacen consultar el diccionario a cada momento—, deleitarán sus argumentos y harán pensar. Vivir es saber pensar.

El lenguaje sobrio, ajustado, bien medido, es un condimento pa­ra el buen paladar. El pintor, lo mismo que el poeta, lo mismo que el músico, lo mismo que el escultor o el escritor, llevan en el subconsciente esa vena, esa rara inspiración que no en todos aflora con igual propiedad. Por eso, lo que en unos es mediocre, o apenas común, en otros se sublimiza y se manifies­ta en brotes de genialidad.

Los puristas, esclavos del perfeccionismo —y ya se sabe que el perfeccionismo, como todo ex­tremo, es vicioso—, pierden sus prédicas atacando giros o palabras que, por no haber recibido las aguas bautismales de los académicos, los consideran un atropello. Son, con todo, de uso común y expresan, mejor que las sacrosantas, el verdadero sentido, la verdadera traducción vernácula.

Trate usted de en­contrar en el diccionario de la Real Academia un sinnúmero de palabras en boga, empleadas en el lenguaje popular y también culto, y no solo estarán ausentes sino que de pronto recibirá un regaño por tratarse de un galicismo, de un barbarismo, de una asonada contra el idioma. Esa palabra, hoy bárbara, medio sacrílega, en pocos años entrará con todos los honores a los registros académi­cos, con una larga lista de acepciones que ni siquie­ra habíamos sospechado.

La Academia, en fin de cuentas, no hace otra cosa que investigar para en últimas protocolizar lo que la costumbre se ha encargado de imponer. Por eso, nuestro real diccionario vive desactualiza­do. Alguien le replicó a un académico: «usted sabe gramática, yo sé escribir».

El estilo es el hombre. Lo mismo en la vida pri­vada que en la intelectual. En un mismo periódico, en una colección de libros, se encuentran el estilo pendenciero con el sencillo; el complicado con el llano; el altruista con el ególatra; la modestia y el narcisismo; la humildad y la soberbia; lo florido y lo estéril. Se unen, en fin, la cima y la sima. Es inevitable, porque tal es la miscelánea de la huma­nidad.

Lo que se escriba, o se ejecute, o se cree, será siempre el espejo del alma. Y el alma es sensitiva, como puede ser burda. Imposible remediarlo.

La Patria, Manizales, 2-XII-1973.
El Espectador, Magazín Dominical, Bogotá, 27-I-1974.

La envidia y la literatura

jueves, 14 de abril de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Es la envidia uno de los males más corrosivos de la humanidad. También es de las pasiones más arraigadas y universales. Cuando exploramos nuestro mundo interno, no queremos reconocer la presencia de este virus que carcome y destroza, y pretendemos señalar otros factores como causantes de los fracasos. La envidia engendra no po­cos vicios y está señalada como uno de los más importantes motivos del infortunio.

Bertrand Russell dice que «la per­sona envidiosa no sólo quiere hacer daño y lo hace siempre que puede con impunidad, sino que ella misma se hace desgraciada a causa de la en­vida. En vez de gozar de lo que tiene, sufre por lo que tienen los demás».

En el mundo literario no es escasa es­ta alimaña. Produce grima tropezar con la mal llamada crítica literaria que distorsiona la razón y se convierte en camino para desahogar ocultos sentimientos. La crítica sincera es esquiva. Y no abunda por ser ejercicio reservado a unos pocos. El verdadero crítico es modesto y honrado consigo mismo. Le tiene miedo espantoso a la mentira. Prefiere auscultar y encerrarse en su propio mundo antes que aventurar juicios ligeros.

Tan movediza resulta la opinión en torno a un trabajo, que los conceptos raramente coinciden y a veces rivalizan por completo. La vorágine o María, coronadas ya de gloria, son,  con todo, materia todavía de divergentes criterios de críticos acuciosos.

No confundamos a los críticos literarios con los criticones de oficio. Los primeros maduran una idea y la repasan muchas veces antes de expresarla. Guardan inmenso respeto por la honra ajena. Cuando critican, lo hacen con  elevado sentido de la responsabilidad. Los otros piensan que el papel todo lo resiste.

Estos se dejan dominar por sus instintos primarios para llenar una columna o un compromiso, y resultan verdaderos maestros para exagerar o disminuir, de acuerdo con las circunstancias. Y lo que hoy es alabanza, mañana puede ser escarnio. Abultan cualidades que no existen, con la misma facilidad con que ocultan méritos o empañan honores. Suelen dejar conocer en sus escritos heridas y resquemores de difícil curación.

A quien le es dado incursionar en las letras no le es negado saber que allí pululan los celos, y los celos son una de las manifestaciones más aberrantes de la envidia.

El escritor no debe dejarse desorien­tar por la crítica apasionada, o fracasará. Busque, si le cabe en suerte, el consejo sabio de un sabio maestro. Pero como es arriesgado buscarlo de carne y hueso, acuda al libro, el gran maestro de la vida, y procure que el autor haya traspasado las fronteras de la inmortalidad. Cuídese de los divos ambulantes y acuérdese de esta cita: “A cierta edad, cuando ya se ha escrito mucho, solo quedan dos soluciones: o repetirse o decir tonterías”. Y no olvide, sobre todo, que las necedades que se escriben con rencor no podrán ser, nunca, depósito de sabiduría.

La Patria, Manizales, 24-IV-1973.
Prensa Nueva Cultural, Ibagué, julio de 1993.

Carta a Gustavo Álvarez Gardeazábal

jueves, 14 de abril de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Me imagino que administrar la fama es tarea tan difícil como no de­jar caer las acciones de su «Fábrica de Novelas Ltda». El éxito, la ac­tualidad, dejan satisfacción, y también, sin duda, dividendos. Por eso Hernando Giraldo en el reportaje de días pasados habla, con la autori­dad que le da su propia experiencia, del difícil arte de obtener recom­pensas físicas con el libro que no ha traspasado las fronteras patrias. Bien sabe él que el ejercicio de las letras –en el periodismo o en la fábrica de novelas– debe reportar dividendos de gloria, pero también captar el porcentaje necesario para asegurar la vida del burgués sa­tisfecho que le atribuye a usted, y a la que él se le adelantó.

La fama es un honor que cuesta, y usted lo sabe muy bien. Tanto in­sistió en ella, tanto la persiguió, que al fin la tiene en las manos. Ya en la encrucijada, no podrá salir fácilmente de ella. Ha dejado, en alguna forma, de pertenecerse a sí mismo. Es usted un caso raro en la literatura por su estilo y sus ademanes poco comunes. No le queda­rá ya fácil encontrar burladeros contra el asedio de la popularidad. Lo admiran, lo adulan y le exigen cada vez más. Lo roza la ponderación sincera, pero también la disfrazada de envidia, lo mismo que el elogio que suele combinarse con los celos. Le derraman incienso, pero el incienso oscurece la mirada.

Usted fue desgarrando desde muy temprano el velo del anonimato y se acostumbró a la condición de líder. Supo buscar su des­tino y, desafiando pruritos, asciende seguro de sí mismo. El triunfo no lo ha cogido de sorpresa y no podrá rehusarlo porque lo ha conquis­tado y se lo merece. Pero la fama trae la soledad. ¿Podrá usted resis­tir la soledad en medio del tumulto?

Es interesante encontrar a un periodista insolente entrevistando a un literato no menos insolente. Uno y otro, entre descaros e irreve­rencias, entre bromas y verdades, han empujado a la gente y han crea­do inquietud. Las letras han ganado. Han sabido hacerse notar: han aguijoneado la mediocridad y demuestran ser buenos equilibristas.

Cuando usted no idolatra a García Márquez y, admirándolo, con todo, quiere romper un mito que está frenando el despegue de nuevos escritores, y hasta se inventa el verbo «garcimarquear», es insolente. Cuando em­biste contra los «gabitos» y anuncia que con sus 27 años va a superar a García Márquez, parece jactancioso. Cuando en reportaje de hace un año dice que Caballero Calderón, afrancesado en su novelística, sería mejor alcalde de Marsella que de Tipacoque, es insolente.

Cuando des­califica a La vorágine por contener 3.731 adjetivos, es insolente, y también parece ocioso. Cuando tilda de pésimas las 43 novelas sobre la violencia que tuvo que leer para sustentar su tesis de grado, es petu­lante. Esa osadía, ese desafío, desconciertan. Hieren, pero edifican. Como en el Niño de la Capea, hostiga las roscas y sacude las puer­tas de los cenáculos literarios.

Quiere crear un nuevo estilo, una nueva escuela. Y hasta instala su propio «Taller de escritores del Valle». En todo esto se nota vo­cación. Hay valor, hay empeño, no exentos de personalismo (y personalismo, en fin de cuentas, no es sino una manera de querer ser originales en este mundo que se las sabe todas), pero sin duda su acción es cons­tructiva, es pujante. Surge, con todo, la duda sobre la aparición de otro mito, y usted quiere quebrar los mitos.

¿Se destrui­rá un mito con otro mito? Usted quiere ser el nuevo mito, el nuevo ídolo. Muchos que se han dedicado a “garcimarquear” van a terminar enterrando cóndores. Pero debe abonársele mérito a quien se va contra el establecimiento y se propone romper ídolos y cortar taras. ¿Lo con­seguirá? Es complicado sostener el liderazgo. Hay otros líderes, otros estilos. Todos sean bienvenidos a las letras. Porque líderes no nacen todos los días.

La firmeza de su personalidad es envidiable. Su rebeldía es pro­gresista. Y su disciplina, un buen taller de formación. Usted incita la competencia, y esto ya es bastante aporte a la literatura. Sin ser esclavo de gramatiquerías ociosas, es el implacable corrector de sus escritos, lo mismo que el maestro regañón de sus artesanos, y de otros que no están matriculados en su escuela. Y confiesa que el gerundio incorrecto, o el adverbio exagerado, o el desmedro lexicográfico, y quizás la adjetivación que lo trasnochaba en otra época, dejaron de ser problema si suenan bien. Y si suenan bien, están correctos.

Ha superado usted grandes escollos. El académico sabe gramática, pero el escritor debe saber escribir; éste debe crear expresiones e imágenes; debe transmitir nítida la idea; debe pulir, pero sin sacrificar un buen sonido por un gerundio imperfecto; y debe, ante todo, hacerse entender, rompiendo, si es preciso, las reglas ortodoxas, con tal de imprimir alma y sensibilidad a sus escritos.

Colombia está pendiente de sus pasos. Persevere usted. Yo apenas produzco un mal escrito de tarde en tarde, como éste de ahora, cuando detrás de un escritorio bancario me asusta el terror de las cifras que a usted lo derrotaron y veo la necesidad de refugiarme en mi mesa casera para desintoxicarme de encajes y sobresaltos. Me deleito en este momento con las taras de su hermana la boba Ramona (la de su novela, naturalmente).

Como todos tenemos algo de insolentes, permítame darle un consejo: administre bien el triunfo, y no camine tan rápido, que bien joven está para que continúe alimentando su indomable úlcera estomacal-literaria. Si va muy de prisa, más rápido llegará al nivel de la in­competencia con que nos tiene asustados Peter. Tampoco se frene, porque esto también es incompetencia. Mejor dicho: se metió usted en la grande.

El Espectador, Correo del Domingo, Bogotá, 25-II-1973.
La Patria, Revista Dominical, 11-VIII-1974.

La fiebre industrial

domingo, 10 de abril de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

A mis amigos los acopistas de Armenia se les ocurrió convertirme en temario de sus deliberaciones. No podía yo rehusar la ocasión para explicar las políticas de crédito y cooperación del Banco Popular hacia la industria. Honrado con la distinción, me trasladé puntual a la cita y me resigné a la suerte de ocupar el banquillo de prueba. Como soldado prevenido no muere en guerra, me eché al bolsillo algunos datos y cifras que hicieran menos complicada la cordial embestida. El fogueo resultó intensivo. Pero la entrevista fue amena y constructiva. Todos quedamos contentos.

Como cada día trae su noche, la sesión se movilizó en pleno a matizar la armonía en un centro social. Seguimos hablando de industria. La industria nos bullía aquella noche en las arterias y se hizo más consistente después de la tercera libación. Hubo discursos y parloteos y euforia… Todo en aras de la fiebre industrial que mancomunaba la mesa e inspiraba el espíritu.

Y como el entusiasmo es prendedizo, en el momento menos esperado resolví convertirme en industrial. Idea utópica en mí, que era ajenas abanderado de unos programas, simple administrador de cifras y, cuando más, vendedor de servicios ajenos. El inmortal brindis del bohemio tuvo calurosos intérpretes, con matices diversos.

Se rindió tributo a la madera, labrada en ornato de oficinas y residencias. A la tela y el hilo que, armónicamente trenzados, cubren desnudeces y descubren exuberancias; rellenan y agracian parajes recónditos; y hasta provocan sanos e insanos apetitos. Al cuero, que protege y engalana; aumenta centímetros a la mujer, y es látigo para los enemigos. A la aguja, que da ejemplo de paciencia y mansedumbre; desentierra parásitos y recuerda a las  abuelas. A la lámina, que acoraza. Al cemento, que imprime solidez. A los poderosos complejos, que arman automóviles cada quince minutos…

Creo que a estas alturas la imaginación ya se había exaltado, pues ni el automóvil se produce cada cuarto de ho­ra –y se entrega después de seis meses de pedido, si es Renault, como el mío–, ni la próxima ensambladora será montada en el Depar­tamento Piloto de Colombia, como lo afirmó el ora­dor de turno. ¡Todo en gracia del constructivo optimismo por la diversificación industrial del Quindío!

Contagiado por la fiebre colectiva, resolví entonces, en un solo y prodigioso instante, hacerme industrial. La inspiración me la transmitió en ondas crepitantes don Javier Londoño Botero, pro­pietario de Quin-Gráficas, mi silencioso vecino dominado por 39 puntos da fiebre industrial, y también física, en razón de no sé qué desmán. Anuncié que iba a fabricar… un libro. No ignoré rá­pidas miradas de incredulidad que rozaron mi copa. Un aplauso so­litario, algo desnutrido, me animó a ser valiente. «Seré indus­trial como ustedes», sostuve. «Fabricaré un libro».

Alguien me pre­guntó por la materia prima y, como el momento se presentaba desafiante, repuse que estaba fundida en 200 folios  y  muy guardada en mi casa. Al mostrar la intención de trasladarla ya, si era preciso, a Quin-Gráficas, creo que a su propietario le subió el calor de 39 a 42 grados. Casi se nos funde.

Conocía yo  muy bien la capacidad de la casa editora de Armenia y consideré que estaba desperdiciada. Los escritores quindianos en­comendaban sus libros a editoriales foráneas, desaprovechando los propios recursos. Llegado yo de otras latitudes, vi quizá más ní­tida la imagen y puse fe en la empresa. Contribuía en esa forma a impulsar el desarrollo industrial, así pareciera para algunos de los presentes quimérica mi proclama.

En la propia languidez de la resaca, al otro día transporté a don Javier la materia prima que alguien quiso poner en duda, o atribuir al momento de extroversión. Poco tierno después la im­prenta dio a luz una obra gestada con gusto y refinamiento, para sorpresa de muchos que estaban acostumbrados a los fatigosos vo­lúmenes do ordenanzas y disposiciones oficiales como la prueba más avanzada de nuestra pujante industria.

A mis manos ha llegado un nuevo libro salido de Quin-Gráficas. En cortos meses se completan con él cuatro títulos: Destinos cruzados (la cuña y la antelación son obligatorias); Invasión del rocío, poesía de Mario Sirony; Los héroes lloran en la obscu­ridad, novela de Jesús Arango Cano; Pasión  creadora, ensayos de Héctor Ocampo Marín. En todos se ha puesto en evidencia la des­treza del ilustre don Javier. Para él y sus eficientes colaboradores es preciso dejar constancia de reconocimiento y admiración. Y existen proyectos inmediatos, como la antología de Baudilio Montoya y un nuevo libro de Euclides Jaramillo Arango.

Epílogo: Piense hoy, varios meses después, que un minuto bien aprovechado es suficiente para crear una empresa. Lo hice aquella vez. No me detuvo la duda en torno a los consumidores del produc­to y cometí acaso la ligereza de no explorar mercados inciertos. Pero gracias a la subestimación de tales miedos y prejuicios, soy ahora industrial. Industrial de las letras. Cuatro nuevos indus­triales esperan de Acopi su credencial. Llegarán más y repetirán otros. Y que nos perdone el bueno de don Javier si le hemos aumentado demasiado su cartera. Cartera que, por fortuna para él, aún no es de dudoso recaudo.

El Espectador, Magazín Dominical, Bogotá, 23-IV-1972.
La Patria, Manizales, 18-IV-1972.