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Archivo para la categoría ‘Temas literarios’

Dolores y travesuras del libro (3)

miércoles, 23 de marzo de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Me precio de ser el descubridor de Quingráficas como la editorial quindiana que a partir de Destinos cruzados, mi primer libro, llamaría la atención de los escritores regionales para la publicación de sus obras. El propietario, Javier Londoño Botero, gran profesional de las artes gráficas, estaba más dedicado a trabajos de tipografía que a la elaboración de libros.

Era una empresa desperdiciada. Cuando apareció Destinos cruzados, mis futuros colegas de las letras abrieron los ojos ante la calidad editorial que se había mantenido oculta para tales menesteres, y que vino a descubrirla un escritor foráneo. A partir de entonces, todos comenzaron a desfilar por Quingráficas. Esto llevó a Héctor Ocampo Marín a escribir en el Magazín Dominical de El Espectador, en enero de 1973, el artículo que tituló Explosión bibliográfica regional, donde daba cuenta de la publicación de diez títulos en un año, durante el arranque de la casa editora de los autores quindianos.

El propio Ocampo Marín publicó allí su primer libro, de ensayos, Pasión creadora. Y otros escritores de la comarca, como Euclides Jaramillo Arango, Julio Alfonso Cáceres, Mario Sirony, Jesús Arango Cano, Humberto Jaramillo Ángel, Fernando Arias Ramírez, hicieron lo propio. Era tal la fiebre que se había despertado, que el editor no daba abasto para atender tanta demanda. El clima literario que se vivía en la región me llevó a escribir mi segunda obra, la novela Alborada en penumbra, que se publicó en 1974.

Y nació la tercera, Alas de papel, una recolección de notas periodísticas, donde buscaba dejar rastros de mis iniciales incursiones por El Espectador y La Patria, y de paso rendir un tributo al periodismo, tarea que al paso de los días me ha permitido coronar la cifra de 1.800 artículos de prensa que representa hoy mi haber literario en esta materia, recogido en la página web que me han obsequiado mi esposa y mis hijos.

Con este tercer libro me sucedió algo curioso e irónico. Llevados los originales a Quingráficas, me encontré con la evidencia de que eran tantas las obras en vía de publicación, que había que revestirse de paciencia para realizar un proyecto. Aunque el editor había modernizado sus equipos, no lograba evacuar los trabajos con la celeridad deseada, entre otras cosas porque, fuera de los autores locales, acudían a la editorial escritores de los departamentos vecinos.

En fin, acepté los dos meses de plazo que me fijó Javier Londoño. Cuando el término iba por el tercer mes, presenté al editor un reclamo por la demora. Cuando se cumplió el cuarto mes, me entró la impaciencia. Mientras tanto, el atareado empresario no cesaba de recomendarme… paciencia. ¡Claro que la tenía!: mi capacidad de resignación, que había sido acondicionada para 60 días, ya había excedido el doble del tiempo. Quien es escritor conoce la ansiedad que hace crecer en su espíritu la expectativa de la publicación de su libro.

En los días siguientes, fui varias veces más a la editorial, y me causaba desazón el ver tanto arrume de hojas en elaboración, tantas carreras de los operarios, tanto sufrimiento del editor. En cierta forma, yo era víctima de mi propio invento: el haber descubierto a Quingráficas. No me dolía de eso, claro está. Por el contrario, me ufanaba ante el hecho de esa explosión bibliográfica que tanto hervor producía en los hornos de la literatura. Y al mismo tiempo sufría con la demora de los ocho meses, y los diez, y luego el año entero que había pasado desde el día que entregué los originales de Alas de papel.

Para resumir la historia, quiero contar que, entregado el material a la imprenta en febrero de 1976, este permanecía inédito en octubre de 1977. Ahí se desbordó mi resistencia. Mi tolerancia no daba para más. Envié entonces una carta perentoria al editor en la que le comunicaba que teniendo en cuenta los 20 meses transcurridos –¡600 días!–, había resuelto desistir del proyecto. ¡Adiós libro, adiós ilusiones! Me quedé esperando la devolución de los originales. Y no volví a pensar más en el libro.

Cuál no sería mi sorpresa cuando una tarde, al regreso del trabajo, encontré atiborrada la sala de mi casa con los numerosos paquetes que contenían la impresión de la obra. El editor acudió a mi esposa para rogarle que no me pusiera sobre aviso acerca de ese hecho, pues quería darme la sorpresa, y de paso remediar su tardanza involuntaria. Sorpresa, por cierto, muy grata, que en un solo instante, ante la sola contemplación de la carátula, hizo borrar los momentos  ingratos.

El libro se había realizado a mis espaldas, con la elaboración de la carátula que se consideró más apropiada, y la revisión meticulosa de los textos. Edición inmejorable, que redimió todas mis contrariedades y dolores. Padecido el vía crucis de la edición, y disfrutado luego el milagro de la resurrección, ha subsistido a lo largo del tiempo el emocionado recuerdo sobre esta epopeya oculta que sufren muchos libros y autores por los caminos de la edición.

El Espectador, Bogotá, 26 de marzo de 2010.
Eje 21, Maizales, 27 de marzo de 2010.

* * *

Comentarios:

Todos tenemos interesantes anécdotas de nuestra vida literaria. Nunca se me ocurrió recopilarlas, pero esta buenísima nota de Páez Escobar me hizo venir a la memoria alguna. Recuerdo que cuando presenté mi libro lunfardesco Poemas de la media gamba, el presentador fue mi amigo el poeta Mosquera Montaña. Creo que no tuvo tiempo de leerlo, por lo cual, al tomar la palabra, comenzó a divagar sobre la poesía en general y a nombrar a poetas que habían pasado por su amistad y por el viejo café Tortoni, de cuya Asociación de Amigos él era presidente. Terminó sus palabras y de mi libro ni el título mencionó. Fue entonces cuando, imprevistamente, subió al proscenio el escribano Carlos Novellino, amigo común, y se dirigió al auditorio con estas palabras aproximadamente: «Hemos escuchado los recuerdos de Alberto Mosquera Montaña. Permítanme que yo hable sobre este libro que nos ha convocado hoy». Los aplausos y las risotadas resonaron por todo el sótano del café. Tanto Mosquera como yo, no sabíamos cómo escondernos. Ricardo Ostuni, Buenos Aires, 28 de marzo de 2010.

Dolores y travesuras del libro (2)

miércoles, 23 de marzo de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Mi primer libro, la novela Destinos cruzados, lo escribí en Tunja a la edad de 17 años. Mi vocación de novelista ya estaba definida. Por aquellos días me había dado el gusto de comprar, y comenzar a leer, la serie titulada Grandes novelas de la literatura universal, de la editorial Jackson, compuesta por 32 volúmenes y cerca de 60 obras maestras.

Devorar novelas y más novelas, así fueran mal digeridas por la mente precoz que descubría paraísos insospechados, se me volvió pasión absorbente. Con la fiebre por la lectura se me despertó el ansia de escribir mi propia novela. Así nació Destinos cruzados, cuya trama urdí en febriles noches de insomnio en la fría temperatura tunjana.

Ya casado, y gerente de un banco en Armenia, desempolvé el cuaderno escolar donde había escrito mi osada novela de juventud. Habían transcurrido 18 años, y nadie sabía de su existencia. En una comida con los industriales quindianos, me asaltó el deseo de publicar el libro. Al lado mío tenía a Javier Londoño, propietario de Quingráficas, y la ocasión fue propicia para preguntarle si él podía editarlo.

En dos meses, Destinos cruzados salía a la luz. Antes, se había creado un ambiente de expectativa entre los escritores locales al saberse la noticia del banquero-escritor. Bajo la común ocurrencia de que las letras no son compatibles con los números, los augurios de mis futuros colegas no podían ser halagadores. Pero la obra fue bien acogida. Vinieron favorables comentarios, aumentaron los lectores y se agotó la edición. Abanicado por mi vanidad, no podía distinguir si ese tributo era para el escritor, o más bien para el gerente de banco.

El novelista Iván Cocherín escribió en La Patria un encomioso artículo sobre la obra. A los pocos días llegó a mi oficina con la grata nueva de que tenía un seguro comprador de mi obra en Bogotá. Tal como él me lo indicó, despaché por Velotax una caja con 23 libros a nombre de mi incógnito y valiente comprador, junto con la respectiva cuenta de cobro, que me sería pagada, según me dijo Cocherín, a la semana siguiente. Un mes después, el giro no aparecía por parte alguna.

Ya por entonces alguien me había contado que el viejo novelista, gracioso personaje de la zona cafetera, tenía por costumbre hacerles alguna pilatuna a los nuevos escritores. Un bautizo de sangre. Pasados varios días más sin recibir el pago (y considerándome ya ungido con el bautizo de Cocherín), le envié un mensaje recordándole la demora, el que finalizaba así: “Apremiado salúdolo”. Y él me contestó de inmediato: “Semana entrante esa. Nunca creí banqueros apremiáranse”. Nunca más volvió Cocherín a pasar por mi oficina. Me quedé con el agridulce sabor de esta simpática recepción en las letras. Todo en la vida tiene un precio.

Los industriales presentes en la comida donde anuncié la publicación de la novela me ofrecieron que  correrían con los gastos de la edición. Lo que no acepté, con pena, por dos razones: primero, por el deseo de hacer yo mismo el esfuerzo, para vivir la alegría de la publicación; y segundo, por los obvios inconvenientes que surgirían en mis relaciones bancarias con el gremio industrial.

En diciembre de ese año (1971), la firma Indumetal optó por comprarme varios ejemplares para enviarlos de obsequio a sus clientes. El gerente de la empresa distribuyó el libro con una amable tarjeta navideña, y yo, claro, me sentí halagado con esa deferencia. Cuál no sería mi sorpresa cuando un día abrí el presente que me remitía Indumetal y me encontré con mi propio libro envuelto en papel navideño.

En Armenia, Otto Morales Benítez me pidió que lo acompañara a Foto Club, librería muy acreditada en la ciudad. En el recorrido por el establecimiento, vi de pronto mi obra en medio de una montaña de títulos. Lo escondí, muy bien escondido, y tomé otra ruta: quería que el veterano escritor no se encontrara con la novela del autor incipiente (la que, por otra parte, yo ya se la había enviado a Bogotá). En la caja, Otto pasó los libros escogidos, y al llegar al último, prorrumpió con una de sus exuberantes carcajadas: “¡Tu libro!”. Me dio un abrazo y pagó la cuenta.

Uno de los primeros destinatarios de Destinos cruzados fue Fernando Soto Aparicio, a quien no conocía en persona, y por quien sentía honda admiración. Él era para mí –y lo es hoy–  un oráculo en el campo de la novela. Pasaron muchos años antes de saber yo que el libro se encontraba en sus manos. Con el paso del tiempo me manifestó que estaba interesado en adaptar la novela para la televisión. A punto de realizarse el plan en la programadora donde él trabajaba, el presidente Belisario Betancur lo nombró agregado cultural de la embajada en París. Ahí murió la ilusión de ver mi libro en la televisión.

Años después, Fernando ingresó como libretista de RCN. Y volvió a tomar fuerza la idea. Hacerla realidad no era fácil. Primero, el canal debía ganar la licitación en que proponía el espacio titulado Autores latinoamericanos; y luego, mi novela  figuraba en una lista de escritores ilustres de Chile, Méjico, Venezuela y Colombia. Yo era el único autor sin nombradía.

Sin embargo, allanados todos los obstáculos gracias a la porfía y el prestigio de Soto Aparicio, Destinos cruzados fue adaptada como dramatizado nacional en octubre de 1987, bajo la dirección de David Stível y con un elenco estelar encabezado por María Cecilia Botero. Proyectada la obra para seis meses, se extendió a diez, gracias al éxito alcanzado. Con ese título comenzaban en el país las telenovelas de RCN.

El Espectador, Bogotá, 12 de marzo de 2010.
Eje 21, Manizales, 13 de marzo de 2010.

 

Dolores y travesuras del libro (1)

miércoles, 23 de marzo de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

En forma desordenada, y a medida que me broten en la memoria, narraré en estas crónicas una serie de episodios –graciosos, curiosos, dolorosos– que me han surgido en las cuatro décadas que cumplo en el oficio de escribir. A todo escritor le suelen ocurrir hechos iguales o parecidos. Ese es el mundo de las letras.

Llevaba varios años buscando el libro más importante de Tulio Bayer, Carta abierta a un analfabeto político, sin lograr conseguirlo. De pronto, en unas vacaciones en Cartagena, lo vi en un puesto de venta callejera. ¡Cuál no sería mi regocijo! Como el vendedor no tenía vueltas para el billete que le pasé, le dije que regresaría antes de diez minutos, mientras conseguía dinero más suelto, y le encarecí que me guardara el libro. “No se preocupe –me respondió–: hace varios meses exhibo la obra y nadie se ha interesado en ella”.

Haciendo la diligencia, me encontré con un viejo amigo y nos fuimos a departir en una cafetería. Y voló el tiempo. Cuando volví feliz en busca de mi mercancía, el vendedor había vendido el libro. Su explicación fue obvia: yo le había prometido regresar en diez minutos, y había pasado una hora. Durante mi demora llegó otro comprador, y él no podía desaprovechar la venta.

Cuando siendo gerente del Banco Popular en Armenia publiqué mi primer libro, la novela Destinos cruzados, a la primera persona que la remití fue a Eduardo Nieto Calderón, presidente de la entidad. Vanidoso, me quedé esperando su felicitación. Un mes después, ni siquiera me había llegado acuse de recibo. Por lo cual, opté por enviarle un nuevo ejemplar. Detallista como era él, me dirigió de inmediato una nota de agradecimiento y congratulación, donde me explicaba que un mes atrás ya le había llegado el libro, pero con dedicatoria para otro destinatario (un vicepresidente que se hallaba en vacaciones), a quien trasladó mi envío. “Se cruzaron esta vez los sobres”, me decía Nieto Calderón.

Otro amigo me comentó, años después, que aunque le pareció extraño que la carátula estuviera invertida, él la consideró parte de Destinos cruzados. Esto me hizo pensar que a otras personas pudo también llegarles el libro en tales condiciones, pero prefirieron callar. Aquí se aplica el proverbio: “A caballo regalado no se le mira el diente”.

La novela Ventisca, que me editó la Universidad Central, ya había sido procesada por la editorial, pero le faltaba el prólogo del rector, Jorge Enrique Molina Mariño. Con mucha pena, y en vista de que la obra iba a ser presentada una semana después en la Feria Internacional del Libro, me vi precisado a urgir a mi patrocinador para que escribiera las palabras que había ofrecido. Y él me confesó que al leer el excelente prólogo de Otto Morales Benítez para otro de mis libros,  se sentía acomplejado con el trabajo que había escrito para Ventisca. Por lo tanto, iba a mejorarlo.

Lo cierto es que llegó el día de la presentación en la Feria, y Molina Mariño no había entregado el prólogo. Él llegó apurado al acto y extendió mi novela en la mesa de la presentación, pero sin permitir que nadie la hojeara: la carátula iba sin pegar, y dentro de ella estaba el taco de la obra, simulando el libro ya editado. ¡Faltaba el prólogo!, que solo vino a anexarse en la segunda presentación, días después, en la Universidad Central. Mientras tanto, grande fue mi incomodidad con los amigos que habían asistido al acto de la Feria, entre quienes no se pudo repartir la obra, y a quienes engañamos con la noticia de que el libro venía en camino. Pasado el momento amargo, queda la anécdota de humor.

El Espectador, Bogotá, 26 de febrero de 2010.
Eje 21, Manizales, 27 de febrero de 2010.

* * *

Comentarios:

Siempre el que acomete empresas tiene dificultades, el que no lo hace no las padece, es por eso que usted ha sido un gran triunfador, porque siempre está en un proceso productivo y estimulante que se ve engrandecido por quienes lo reconocen y apenas con un sabor de ingratitud por quienes no lo hacen. Su obra es grandiosa y la historia se encargará de hacerla cada vez más valiosa. Eduardo Durán Gómez, Bogotá, 26 de febrero de 2010.

Supongo que nos vas a contar muchos casos de esos que son de apasionante lectura. Me imagino que todo eso saldrá en un nuevo volumen para regocijo de tus lectores. Lo que más duele es que hayas perdido la ocasión de comprar la obra de Tulio Bayer. José Antonio Vergel Alarcón, Ibagué, 26 de febrero de 2010.

El destino trágico de Arias Trujillo

jueves, 17 de marzo de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Leo ahora, 79 años después de su publicación, los editoriales que escribió Bernardo Arias Trujillo en El Universal, único diario liberal de Caldas en 1930, fundado y dirigido por él con el fin de apoyar el gobierno de Enrique Olaya Herrera, iniciado ese año tras una larga hegemonía conservadora.

Esos editoriales fueron recogidos en 1991 en libro auspiciado por la Biblioteca de Escritores Caldenses, obra prologada por Néstor Gustavo Díaz Bedoya. El diario tuvo una efímera existencia de tres meses, del 3 de julio al 30 de septiembre de 1930, y aunque en la edición final dice el escritor que volverá a imprimirse cuando empiecen las jornadas electorales, nunca más volvió a circular.

En la despedida periodística, Arias Trujillo manifiesta lo siguiente: “Para esos días volveremos nuevamente a la carga, con los mismos ímpetus que han hecho de estas columnas una hoguera constante y con los títulos que hemos obtenido por haber batallado valerosamente y de buena fe a favor de nuestras ideas”. Como se ve, la expresión “a la carga” ya existía en labios del escritor caldense, mucho antes de que Gaitán la pusiera en boga en el panorama nacional.

Quien lea hoy tales editoriales, con la desaprensión con que yo lo hago, hallará una marcada pasión política, con acento sectario, que al tener como mira la defensa del régimen liberal que acababa de instaurarse, atacaba con vehemencia al partido contrario. Por eso, el editorialista define sus columnas como “una hoguera constante”, que en verdad lo fue, y anuncia su regreso a la brega partidista para el tiempo electoral.

Estos hechos reflejan la fiebre política que se vivía en aquellas calendas, y que ya había iniciado la larga y devastadora época de la violencia movida por el morbo del sectarismo, común a los dos partidos. Desde la página editorial del diario manizaleño se atizaban temas pugnaces dentro de la política regional, y en lo nacional sucedía lo mismo, sin dejar de tratar, en forma aislada, algunos asuntos de interés común, como el problema agrario o la carrera administrativa.

Llama la atención que Arias Trujillo, que ya había escrito sus primeras novelas cortas, no dijera ninguna palabra sobre la literatura. Ese no era el propósito de su periódico. De todas maneras, es importante la recolección de dichos editoriales por el carácter testimonial que tienen. Eso es historia.

El fugaz periodista estaba a pocos años de escribir su novela cumbre, Risaralda (1935), obra que lo inmortalizó. Debido a ella, su nombre adquirió alta resonancia nacional, aunque también gracias a su espíritu rebelde y contestatario, muy dado al choque con sus paisanos y con las altas figuras del país. Tradujo, de Óscar Wilde, Balada de la cárcel de Reading, y armó tremendo altercado con el maestro Valencia por la traducción que este hizo del mismo texto, ante lo cual expresó lo siguiente: “Merece más la horca don Guillermo Valencia por haber adulterado tan criminalmente la Balada de Wilde, que el propio soldado Carlos T. Wooldridge ajusticiado en Reading”.

Otro gran alboroto lo produjo el libro En carne viva, crudo análisis de la vida nacional y de célebres personalidades, elaborado con lenguaje fustigante y ácido. Esta obra le hizo ganar el ostracismo. Alejado cada vez más de la gente y víctima de su enorme talento y su punzante inteligencia, se entregó a la vida bohemia y libertina.

Su declarado hedonismo, tan grave en aquellos días, lo volvió un réprobo de la sociedad y la religión. En este terreno se fue lanza en ristre contra las sanas costumbres de la época con el libro Por los caminos de Sodoma, subtitulado Confesiones íntimas de un homosexual, lo mismo que con el poema Roby Nelson. Además, hacía circular entre sus amigos sonetos de encendido erotismo.

Esta agitada existencia no podía causar sino insufrible desajuste emocional. Su rebeldía congénita chocaba con todo y contra todos. Nombrado secretario de la Legación de Colombia en Buenos Aires, el embajador plenipotenciario, José Camacho Carreño, lo pinta con estas palabras el día que lo conoció: “Tras de unos malhumorados aldabonazos, encontré un mozo dejativo y rudo, de franco mirar que sesgábase a veces con cierta cólera oblicua”.

Su existencia fue tan breve y tormentosa como la del huracán que se destroza contra las rocas a poco tiempo de haber nacido. Tenía 34 años cuando la muerte le dio en Manizales, el 4 de marzo de 1938, la estocada final. Sobre la causa de su muerte leo lo siguiente en los datos biográficos anotados al final del libro que guarda sus editoriales: “Derrame cerebral a consecuencia de su fuerte temperamento le originó el deceso, así como la afición que tuvo por un consumo maldito como el de la morfina. No faltaron las versiones comadreras que atribuían la muerte a un posible suicidio tal vez realizado en busca de emociones indescriptibles por parte de nuestro personaje”.

Ignoro quién es el autor de esta ficha biográfica, ni la fecha en que se escribió. Lo cierto es que las “versiones comadreras” de hace siete décadas, cuando ser homosexual representaba una afrenta social que había que ocultar, pueden considerarse el manto piadoso con que se arropó el cadáver del impío homosexual. El sudario con que se cubrió la vergüenza pública.

La verdad es esta: el escritor se suicidó con una sobredosis de morfina. Así lo certifica el médico Jaime Robledo Uribe, su amigo, quien lo atendió en la agonía: “Arias Trujillo se fue por la borda. El golpe lo dio con morfina en una dosis tan maciza que cuando el médico llegó no había posibilidad de hacer nada. Ya había puesto los dos pies en los estribos de la muerte (…) su complejo sexual lo estaba llevando a crueles ángulos de misantropía, por su lado, y de aislamiento, por parte de la sociedad. No le valieron ni consejos, ni súplicas, ni efectivas ayudas morales y materiales. Todo lo veía con criterio de náufrago”.

Si Bernardo Arias Trujillo no hubiera escrito Risaralda, hoy sería un don nadie, un pobre diablo. Lo salvó la literatura.

El Espectador, Bogotá, 20 de noviembre de 2009.
Eje 21, Manizales, 21 de noviembre de 2009.

* * *

Comentarios:

Verdaderamente, sin Diccionario de emociones o Risaralda, Bernardo Arias sería lo que tú dices: un don nadie. He ahí la grandeza de la literatura. Iván de J. Guzmán López, Medellín.

He leído la nota sobre Arias Trujillo, ¡qué buena! Quiero contarle que con ocasión de los 75 años de la muerte de Arias Trujillo se está terminando de imprimir una bellísima edición de Risaralda en la cual he colaborado revisando textos, escogiendo fotografías y haciendo la nota de contraportada. Ferretería Electra, propiedad de sus sobrinos los Michaelis Arias, ha asumido todos esos gastos y se encuentran en negociaciones para comprarle a la curia la casa donde Arias se cuadruplicó la dosis de morfina para convertirla en un Museo. Gustavo Álvarez Gardeazábal, Tuluá.

Bello artículo a la memoria de alguien que no alcanzó a tener memoria. Esta referencia a Arias Trujillo es aplicable a millones de anónimos que han ofrendado su existencia a la intolerancia de la sociedad, nombre moderno que se ha dado a la batalla que ha emprendido la mojigatería contra librepensadores, escritores, artistas, políticos y «gente rara». Las víctimas cobradas por esta sociedad solapada, cruel y perversa llegan a una cifra imposible de tabular, solo comparable con la cuantía de actos de atropello, crimen y corrupción que aplaude, sublimiza y enorgullece. Así es la vida en nuestra sociedad colombiana y para el caso de Arias Trujillo, la manizalita. Álvaro Buitrago.

Recio carácter debió de ser este compatriota Arias Trujillo. Habla a favor de su autenticidad el hecho de haber enfrentado la más pacata y troglodita sociedad parroquial de Colombia -después de la medellinense-, la manizalita, que si lo es al máximo hoy, cómo sería hace ochenta años. Al final, esa lucha desigual le hizo pagar el precio impagable, quebrándolo en su segunda juventud, como cita el columnista. Jakemate (correo a El Espectador). 

Es importante este artículo toda vez que Arias Trujillo fue acogido literariamente mas  ignorado por la sociedad azucena que en  esas épocas ya maldecían tanto las preferencias sexuales como aberraciones y los espoleamientos de que se valían los grandes e insignes artistas y poetas para inspirarse o pasar desadvertidos en una sociedad mojigata como la que nos ha tocado sufrir. Ya Baudelaire, Gide, Wilde y acá en Colombia Llanos, Eduardo Castillo sobrellevaron en medio de sus paraísos artificiales, unos de sexo y pasión y otros de desconexión cósmica, la aberrante exclusión de la sociedad. Qué le vamos a hacer, y mientras tanto releamos Diccionario de emociones de Arias Trujillo, su Risaralda, su magistral obra Por los caminos de Sodoma y degustemos de su poesía inspirada en el eterno tabú  la canción Roby Nelson… aquel que «conocí una noche y estaba yo borracho…en  copas de champaña y sorbos de heroína…. Manueljosé Bedoya Escudero (correo a El Espectador). 

Laura Victoria, sensual y mística

viernes, 3 de diciembre de 2010 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

(Homenaje a Laura Victoria en la Academia Colombiana
de la Lengua, con motivo del centenario de su nacimiento)

Comenzando el siglo XX, en Soatá, pintoresco municipio boyacense con alma agreste y sabor de dátil, nace una poetisa, el 17 de noviembre de 1904. Caso insólito en un país destrozado por las guerras civiles que siguieron al grito de la Independencia, y herido por el morbo de la política sectaria, éste de brotar una flor delicada en medio de asperezas. Colombia era entonces territorio de rústicos caminos y limitados ensueños, con más espacio para el arado y la contienda bélica, que vocación para el cultivo del verso.

Laura Victoria llega al mundo en cuna de noble estirpe, envuelta en edredones y cortejada por voces de sirena. El prestigioso abogado Simón Peñuela, su padre, combatiente de escaramuzas en la hoya del Chicacamocha y al mismo tiempo lector apasionado de los libros de la Revolución Francesa, nunca llega a pensar que su hija será escritora. El canónigo Peñuela inculca en su sobrina el acatamiento rígido de las costumbres imperantes, que él acaudilla como pastor de la Iglesia Católica y vocero de su partido, ambigüedad propia de aquellos tiempos.

Ante los ojos de la niña se levanta un muro insuperable: de una parte está la autoridad eclesiástica de su tío, cuya voz y acción enérgica se hacen sentir en todo el departamento; y de la otra, la figura protectora de su padre, que comulga con las ideas liberales que le llegan de ultramar. Los libros que éste lee están prohibidos por la Iglesia, y su hermano, el canónigo, los censura con furiosos anatemas.

A los cinco años de edad inicia en el pueblo el estudio de las primeras letras. De diez años es matriculada en el Colegio de Hermanas Terciarias de Boavita. Dos años después es matriculada en el Colegio de la Presentación de El Cocuy. Las nieves eternas penetran en su alma con ráfagas de soledad. Apenas es una niña. Su madre, que se ha ido para Bogotá a hacerse practicar una operación quirúrgica, no ha regresado. El crecimiento de la niña, en este vagar de pueblo en pueblo y en este despertar traumático de las primeras emociones, pesará para siempre en el corazón adulto de la poetisa.

El ambiente del hogar y de la comarca trae confusión a la futura cantora del romanticismo. Cuando ella tiene capacidad de pensar, se rebela contra las convenciones y las falsedades sociales. Un día el canónigo pone el grito en el cielo cuando lee el primer verso erótico, y la llama la “loca de la familia”. Démosle la razón, ya que en aquella época la mujer era solo de la casa y le estaba prohibido expresar sus ideas.

En el pueblo se habla de la selecta biblioteca de Simón Peñuela, hombre de letras y de vasta cultura, que induce a su hija a leer los tesoros que guarda en sus archivos. Así despierta la mente de la joven hacia el hallazgo de los grandes maestros de la literatura francesa.

Por último, pasa a estudiar al Colegio de la Presentación de Tunja. Allí queda bajo la protección del canónigo, que goza de prestigio como historiador y polemista y que por sus dotes pedagógicas ha sido nombrado rector del Colegio de Boyacá. La familia Peñuela tiene señalada prestancia tanto en Boyacá como en el país. Otro hermano del religioso, el ingeniero Sotero Peñuela, ocupa el cargo de senador de la República y más tarde será ministro de Obras Públicas. Rómulo, graduado en la Sorbona de París, goza de prestigio como médico y está casado con la marquesa Sara del Castillo.

Por el lado materno, uno de los antecesores de su madre es Sebastián de Eslava, virrey de Nueva Granada, que se hizo famoso por haber causado la derrota de los ingleses en el ataque a Cartagena en 1741. A esta rama pertenece también la familia Villarreal, que contará con figuras notables, como la de Camilo Villarreal, jefe político de Soatá, y la de José María Villarreal, gobernador del departamento, ministro y diplomático.

Laura Victoria nace a la vida del verso cuando las mujeres en Colombia no hacían versos. A los 14 años escribe en Tunja su primer poema amoroso en el colegio de monjas, y esto escandaliza a sus compañeras. El siguiente poema, para sacarlas de la duda, es un acróstico dedicado a la más escéptica.

Su vida se volverá una novela. Novela apasionante, manejada por el triunfo y el fracaso, el aplauso y el olvido, la disipación y el recogimiento. Su figuración en la poesía y en la sociedad es sorprendente. Investigando estos entresijos, aparecieron para el biógrafo episodios ocultos de una fantástica leyenda de amor -que es la vida toda de la poetisa-, hitos que hay que saber buscar en su obra literaria.

Esta biografía es, además, un libro de reconocimientos. Un libro-testimonio. Escritores y personalidades que rozaron la vida de la poetisa contribuyen a marcar el perfil de los tiempos idos. Esas personas resurgen hoy para darle vivacidad a la historia. El personaje más importante para ella es su hija Beatriz -la célebre Alicia Caro del cine mejicano, protagonista estelar de La vorágine-, su compañera y confidente de todas las horas.

Luego de varios romances, aparece en su vida el ingeniero Eduardo Segura Archila, integrante de una comisión que va a trazar la carretera entre Soatá y Boavita. Tras un año de idilio, se casan. Y comienzan a llegar los hijos. Su amor por ellos se vuelve la luz cenital de su existencia, y a través de tiernos poemas maternales expresa los más puros afectos de su corazón.

Establecida la familia en Bogotá, se inicia para la soatense una larga cadena de sucesos. Su vocación literaria, hasta entonces desconocida y titubeante, encuentra en la capital del país el escenario preciso para levantar vuelo por los cielos de la poesía. En la casa silenciosa que ocupa en la carrera 13 con calle 62 comienza a relacionarse con destacadas figuras de las letras. Sus primeros versos despiertan interés en los círculos literarios, donde se habla de una revelación. Se trata de una fina entonación lírica con acento sensual, que ennoblece el sentimiento humano como nunca antes lo había hecho otra mujer, y de paso provoca una revolución en la literatura colombiana.

Ella ha descubierto el territorio libre de las emociones. Sabe que por encima de su ilustre apellido y de la censura social o eclesiástica está su derecho a ser escritora. Ese es su destino. Vino al mundo para pulsar en su lira la pasión amorosa, connatural al hombre como lo es el agua a la sed. Su corazón de fuego es receptivo a lo más sagrado que tiene el ser humano: el amor.

Despega en un escenario grande, pero debe luchar contra las críticas de la gente retrógrada, si bien son muchas las personas que aplauden su osadía y su fibra romántica. Esta mujer inesperada escandaliza con sus poemas a la pacata sociedad, por expresar el lenguaje ardiente del amor. Colombia no estaba preparada para este acontecimiento. A Laura Victoria hay que considerarla, sin duda alguna, como la abanderada de la emancipación femenina en Colombia.

La salida de su primer libro, Llamas azules, constituye en 1933 todo un suceso editorial. Libro que se agota en ocho días. Se reedita y vuelve a agotarse. El éxito es arrollador. El país se pone de pie para escuchar la palabra iluminada. Las correrías líricas se suceden unas tras otras en ciudades diversas, tanto de Colombia como del exterior. Juan Lozano y Lozano escribe en la revista Política: A la poesía femenina de la América Latina ha aportado Laura Victoria muchas notas originales: un hondo acento de pasión, una versificación fluyente y cristalina, extraordinarios acentos de expresión y una delicadeza magistral de gran dama.

La pasión que corre por sus venas viene de ella misma. Emana de la mujer, porque Dios creó el género humano con alma y sentimientos. Algunos censores despistados confunden el “divino soplo de la sangre”, de que habla Rafael Ortiz González, con la acción pecaminosa. Vuelven obsceno lo que es diáfano. En la serena capital de trescientas mil almas que es Bogotá por los días en que Laura Victoria inicia su carrera literaria, el poema En secreto repercute como una explosión en el ambiente recoleto de la urbe.

A partir de 1933 su fama vuela como un meteoro. Y recibe los aplausos más calurosos de su carrera. Es la mujer fulgurante que vive en los jardines del elogio y en los cielos de la fascinación. Eduardo Segura Archila, introvertido y suspicaz, termina hastiado de la vida huidiza de su consorte. Un día le dice que debe alejarse de los poetas y abandonar las tertulias y los recitales. Pero ella no puede renunciar a la poesía. Es su razón de ser. Las grietas del desamor comienzan a horadar la relación conyugal.

Numerosos amigos y simpatizantes surgen en sus días gloriosos. Todos quieren conocerla, tenerla cerca, obtener algún miramiento suyo. Grandes personajes de las letras, la sociedad y la política integran la nómina egregia. Se le denomina la “amada ideal” de la poesía colombiana. Guillermo Valencia declara: “En su manera de escribir no hay artificio, ni rebuscamiento, ni alarde ni falsía, ni engañosos brillo, ni tortura de formas: es el libre fluir de la vena poética”.

La cadena de triunfos termina en 1938. Este año le propina serios reveses. Representa el final de sus giras y le da fuerte viraje a su existencia. Varios golpes la derrumban: la separación conyugal, la lucha por sus hijos, la muerte de su madre, la huida a Méjico. El destino ha destrozado su gloria. El recuerdo de su marido se vuelve glacial, estremecedor. Desde el barco contempla el mar rugiente, y a lo lejos una gaviota se pierde en la inmensidad. El mar y la gaviota: dos símbolos para el poema que no ha escrito. Más tarde ese poema dibujará el estado de su alma herida por la soledad y la ventisca.

El mes de febrero de 1939, cuando desembarca en Acapulco, significa el comienzo de una nueva vida. Huyendo de su marido, llega a Méjico con un objetivo claro: proteger y educar a sus hijos. Ha logrado un puesto diplomático gracias al cual podrá subsistir. Luego se vincula al periodismo, labor a la que se dedica por más de veinte años. Cuando desea regresar a Colombia, ya no es posible. Ha echado tan hondas raíces en el suelo azteca, que no le resulta fácil alzar el vuelo. Su arraigo allí es poderoso, pero su alma gira alrededor de su tierra colombiana.

La dama refulgente, que tanto había amado con sus versos de fuego, un día se detiene cual otro Alberto Ángel Montoya y se encuentra con Cristo. Cual otra Teresa de Jesús, o Juana de la Cruz, o Francisca Josefa del Castillo, se va detrás de la vida contemplativa y se sumerge en los temas bíblicos. ¿Desde cuándo siente la vocación mística? Desde el momento en que se desencanta del mundo y sus vanidades. La “cortesana”, como ella misma se nombra en sus versos, se detiene y se va detrás del Salvador de almas. La pecadora queda embelesada cuando oye el toque de la oración, y se dice que sus caminos están desviados.

En 1963, el doctor Guillermo León Valencia, presidente de Colombia, la nombra agregada cultural en Italia, misión que se prolonga por tres años, hasta febrero de 1966, cuando regresa a Méjico. Valencia, captando la fibra mística de su amiga, sabe que llevarla a Roma es el galardón preciso que la hará sentir en el corazón de la cristiandad.

Su palabra febril recorre todos los senderos de la poesía, desde el soneto hasta el verso libre. Su obra está manejada por la armonía de la expresión y la fulguración de las metáforas, y sus cantos son aromas que excitan el deseo y fortalecen el alma. Su biografía, que hoy tengo el honor de presentar en la Academia Colombia de la Lengua, es un tratado de los sentimientos. Cuando me propuse escribirla, la primera idea que me brotó, aparte de rescatar del olvido a esta mujer admirable, fue la de incursionar en las experiencias que ofrece su vida en el plano sentimental, para extraer temas de reflexión sobre el amor.

Es una vida tan rica en sucesos, que se vuelve inabarcable. Vida que posee ingredientes de aventura y suspenso, pasión y entrega, dolor y desengaño. El amor enriquece la existencia del personaje y vuelve fascinante su obra. El amor es inevitable, porque el hombre nació para amar. Perder el amor, o degradarlo, o ajarlo, es lo mismo que envilecer la dignidad humana. “Ama y haz lo que quieras”, dijo San Agustín. Es decir, ama y engrandécete, ama y conquista el mundo, ama y encuéntrate con Dios. El amor une, el desamor destruye.

En España, Montaner y Simón le edita en 1960 el libro Cuando florece el llanto. Hermosa edición, tanto por la maestría editorial como por el contenido poético. Han pasado 22 años desde el último poemario. Ahora sus cantos son melancólicos y expresan acentos de soledad y olvido. Con Crepúsculo (1989) finaliza su obra poética. El título lo dice todo: crepúsculo es el tiempo en que el sol se oculta y comienzan a entrar las sombras de la noche.

Y es, en la vida de Laura Victoria, el período donde aumenta la tristeza con ráfagas de frío. Ya su nombre no se menciona en Colombia, y a los pontífices de las letras no se les ocurre difundirlo. Admitamos esta cruel realidad: los 65 años de ausencia de la patria han borrado sus rastros.

La Academia Colombiana de la Lengua la eligió académica correspondiente en la sesión del primero de junio de 1998, atendiendo la solicitud presentada por Dora Castellanos. Y aprovechando un viaje de Maruja Vieira a Méjico, la entidad la comisionó para hacerle entrega del respectivo título, acto que se realizó en el apartamento de la poetisa, donde su familia le celebraba los 95 años de vida.

Deseo contar cómo se llevó a cabo la escritura y edición de la biografía que sobre ella escribí, que lleva por título Laura Victoria, sensual y mística. El primer contacto que tuve con la poetisa ocurrió en 1985, por medio de una carta donde le expresaba mi admiración por su obra y la extrañeza porque su nombre se hubiera silenciado en el país.

Ella me contestó con una sentida manifestación de pesar por su lejanía de la patria y por la dificultad, casi insalvable, de su regreso, dadas las hondas raíces que ya había echado en Méjico. Añoraba su propia tierra, sus paisajes, su gente. Recordaba su época de gloria en los años 30, cuando revolucionó la literatura colombiana con su poesía erótica. Y evocaba a Soatá, nuestro pueblo.

De pronto aparecía yo como un eco lejano de Soatá y de Colombia, y esta circunstancia le produjo al mismo tiempo sorpresa y regocijo. Le entusiasmaba, por supuesto, que en mi carácter de escritor, y no obstante la diferencia de años que nos separaba, me ocupara de su nombre y de su poesía, cuando sus propios coterráneos la habían relegado al olvido y apenas quedaba un pequeño círculo de amigos que hablaban de ella de tarde en tarde.

Nada fácil resultaba escribir su biografía, tanto por la distancia con los sucesos que la llevaron a la celebridad, como por la falta de documentos o referencias que facilitaran dicho propósito. Después de leer todos sus libros y obtener datos dispersos sobre su itinerario humano, me impuse la tarea de escudriñar mayores testimonios que ampliaran mi visión sobre esta vida extraordinaria.

Como parte de la investigación, le hice un reportaje extenso, que fue publicado en un periódico bogotano. En 1988 viajé a Méjico en compañía de Astrid, mi esposa, y durante 15 días tuve con la escritora amplias tertulias sobre el objetivo que perseguía. Cuando años después le manifesté, de manera formal, que quería escribir su biografía y le pedí que me facilitara el mayor acopio posible de documentos, cartas, fotografías y recortes de prensa, accedió gustosa a mi deseo.

Terminada la obra, resaltó ante mis propios ojos el perfil cabal de la gran dama que deseaba rescatar del olvido. En este trabajo ha quedado retratada en cuerpo y alma, así lo espero, la mujer valerosa y la brillante poetisa que se fue contra las hipocresías sociales y la esclavitud femenina de su época, y que con sus poemas ardorosos estremeció el sentimiento de los colombianos y llevó en alto el nombre de Colombia por toda América.

El libro fue puesto en manos de la Academia Boyacense de Historia. Su edición quedaba sujeta a la provisión de recursos por parte del gobierno departamental. Meses después, Javier Ocampo López, presidente de la Academia, me llamó con urgencia para contarme que la noche anterior se había soñado con Laura Victoria, y que ése era un signo para apresurar la publicación de la obra.

Desde entonces la idea del libro se convirtió en una obsesión para el patrocinador y, desde luego, en dulce esperanza para el escritor resignado al calvario de las ediciones. Días después, ¡oh milagro!, el acariciado proyecto veía la luz en la editorial ABC de esta ciudad.

Y cinco meses después, Laura Victoria fallecía en Méjico, faltándole medio año para cumplir el centenario de vida. Murió con la dicha de haber saboreado, en amorosas y detenidas lecturas que le hacía su hija Beatriz, las páginas de su propia vida, forjadas con empeño y afecto por su paisano y amigo, como tributo a su mérito.  Puede decirse que Laura Victoria murió leyendo el libro que hoy se presenta en este homenaje. Homenaje entrañable a la gran poetisa de antaño, donde de paso se evocan nuestras propias raíces vernáculas y se exaltan los valores de la cultura nacional.

En el justo reconocimiento que le tributan a Laura Victoria la Academia Colombiana de la Lengua y la Academia Boyacense de Historia, nos hemos reunido este grupo de amigos de la cultura; de escritores, académicos, poetas y periodistas; de representantes de Soatá y Boyacá, para conmemorar el centenario de su nacimiento, ocurrido el día de ayer, y refrendar nuestra admiración hacia la poetisa más famosa que tuvo Colombia en los años treinta del siglo pasado. Figura ilustre de las letras nacionales, de las letras boyacenses y soatenses, cuyo nombre merece los honores de la patria.

Bogotá, 18 de noviembre de 2004.