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Lectura tardía

lunes, 25 de mayo de 2015 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Lo primero que leí de Óscar Collazos fue una serie de cuentos publicados en los famosos bolsilibros del Instituto Colombiano de Cultura (Colcultura), de los que era lector impenitente. Esos cuentos me causaron impacto por la destreza del autor para crear ambientes de tensión y críticos estados sociales.

En agosto de 1978 adquirí su novela Los días de la paciencia, editada por el Círculo de Lectores, le eché un vistazo, vislumbré su contenido y la ingresé con placer y honra a mi biblioteca. Pasaría mucho tiempo, demasiado tiempo para leerla, lo confieso hoy con franqueza.

Lo que nos sucede a los coleccionistas de libros es que la vida no nos alcanza para abarcar tantos temas, tanta literatura apasionante, que a veces se estacionan durante largos años en los anaqueles. Sucede en ocasiones que buena parte de la biblioteca se queda sin leer. Esto nos ocurre a la mayoría de los escritores.

Cabe agregar que una manera de proteger y consentir los libros –aunque no se lean pronto, o nunca se lean– es conservarlos bajo el cobijo y el cariño de las bibliotecas. Por mi parte, debo confesar el nexo afectuoso que nace en mí desde que las obras llegan a mi poder, consistente en acariciar a menudo los lomos, repasar los títulos, limpiarles el polvo del olvido, leer alguna frase escondida. En síntesis, conversar con el autor. Este diálogo silencioso crea lazos nutritivos.

A Óscar Collazos lo seguí en su literatura de combate, reveladora de su compromiso social, y en sus artículos de prensa, atentos siempre a los problemas palpitantes del país. Sobre todo desde su columna de El Tiempo, que escribía desde 1997, no había desviación pública que escapara a su ojo vigilante y a su crítica severa.

Acostumbrado a leer su columna semanal para apreciar su libre opinión sobre los grandes asuntos de la vida nacional, encontré, con alarmante desconcierto, la carta abierta que dirigió el pasado 4 de febrero al neurólogo Rodolfo Llinás, donde le pedía, como dato de interés general, su concepto acerca de la grave y poco común enfermedad que lo aquejaba: la esclerosis lateral amiotrófica (ELA), que le producía la pérdida de masa muscular, el debilitamiento del aparato respiratorio, dificultades de movilidad, de deglución y del habla, aunque mantenía lúcida su capacidad mental.

Y decía que avanzaba en la escritura de una nueva novela. Su obra novelística se acerca a los veinte títulos. Esa circunstancia me llevó a consultar la lista de libros  suyos que estaban en mi poder, y descubrí que habían transcurrido ¡37 años! desde que adquirí su primera novela: Los días de la paciencia. Y aún no la había leído. Hacerlo ahora, como lo he hecho con la fiebre del lector tardío, se convirtió en el mejor homenaje a esta vida meritoria que declinaba en las garras de una enfermedad trágica.

Era la primera novela que ventilaba el drama de Buenaventura, flagelada desde entonces por la violencia, el contrabando, la prostitución, el hambre, los hampones y las bandas criminales. Salido desde muy niño de su pueblo natal, Bahía Solano (Chocó), llega al puerto del Pacífico a los siete años de edad y allí pasa su niñez y su juventud. En la sangre lleva la semilla del escritor, y con esa óptica capta aquel panorama de barbarie y ruindad que se agiganta a su alrededor.

Sabe interpretar la tragedia del hombre. En sus cuentos y novelas no hace otra cosa que repetir, en distintos escenarios y bajo el mismo detonante social, la miseria, la injusticia y la corrupción que destrozan al país. Y muere en paz con su destino de escritor, a los 72 años de edad, luego de coronar una de las carreras más sólidas de la literatura.

El Espectador, Bogotá, 22-V-2015.
Eje 21, Manizales, 22-V-2015.
NTC, Cali, 24-V-2015.

* * *

Comentarios:

Por qué será que tenemos que esperar a que mueran los escritores para leerlos. Lo mismo me pasó a mí con Óscar Collazos. Solo leí un libro suyo, sobre García Márquez, que me pareció muy bueno. Pero nunca leí al novelista.  Solamente leí un cuento de sus primeros años, donde se descubre a un magnífico narrador. José Miguel Alzate, Manizales.

Su Quinta Columna en el diario El Tiempo fue muchas veces soporte de inquietudes mías sobre la vida de nuestro país, pues encontraba coincidencias de criterio con las suyas. Precisamente en estos días pensé en adquirir alguna de sus novelas (aparte de sus columnas, no he leído nada de él), y la leeré de inmediato. Eduardo Lozano Torres, Bogotá.

Significativos reconocimientos y homenaje a Óscar Collazos. Incluimos la columna en la compilación que hacemos sobre el escritor. NTCGRA, Cali.

Tuve una excelente relación de amistad y de intercambios de producción bibliográfica con Óscar. Cada vez que vino a Bogotá me llamó para darles marcha a estupendos paliques literarios e históricos. Gracias por esta columna que hace justo homenaje a un buen escritor. Alpher Rojas, Bogotá.

Helena Araújo, la gran ausente

martes, 24 de febrero de 2015 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

“¿Para qué público escribo? ¿Para qué público escribimos? Para el público que soporta nuestra rebeldía”. Helena Araújo.

No conocí a Helena Araújo en persona. La conocí por el excelente reportaje que le hicieron en Lausana (Suiza) Ignacio Ramírez y Olga Cristina Turriago y que fue recogido en el libro Hombres de palabra (1989). La conocí a través de la correspondencia que iniciamos en 1990. A través de las cartas establecimos un diálogo que cumplió 25 años. Una muestra de esas cartas está recogida en la sección epistolar de mi página web.

Desde Suiza, me envió sus dos últimos libros: Las cuitas de Carlota (novela, 2007) y Esposa fugada (cuentos, 2009). Otros títulos de su obra son: La “M” de las moscas, Signos y mensajes, Fiesta en Teusaquillo, La Scherezada criolla y Ardores y furores. Además, es autora de numerosos ensayos de índole literaria y académica.

Nació en Bogotá el 20 de enero de 1934 y murió en Lausana, a la edad de 81 años, el pasado 2 de febrero. Hija del político liberal Alfonso Araújo Gaviria, ministro y diplomático en los gobiernos de Alfonso López Pumarejo y Eduardo Santos. Adelantó el bachillerato en Washington, en la Inmaculata High School, donde se graduó a los 15 años, y literatura y filosofía en la Universidad Maryland, materias que continuó a su regreso al país, en 1950, en la Universidad Nacional.

Se casó a los 19 años, sin convicción (como era la moda), con Pierre Albrecht de Martini y con él tuvo cuatro hijas. Se separó en 1971 y viajó con sus hijas a Lausana, donde las educó con sus propios medios. Su decisión de romper el matrimonio causó serio conflicto familiar, y a ella la liberó del ambiente patriarcal y las costumbres gazmoñas que no le permitían a la mujer expresar su propio pensamiento y mantener su feminidad.

En el reportaje de que atrás se habló, manifiesta la escritora: “El sexo, el cuerpo, la política, el tema social eran prohibidos para jóvenes madres de familia como yo. Yo quería escribir viviendo, vivir escribiendo, pero estaba metida en una sociedad asfixiante”.

En Suiza vivió 44 años, y nunca regresó a Colombia. En ese país cumplió notable labor como profesora de literatura latinoamericana, crítica literaria, conferencista y escritora. Se desplazaba por países europeos en plan cultural y como mensajera de la causa femenina. De hecho, sus cuentos y novelas son la refrendación del aire burgués donde nació, imposible de negar, y una denuncia contra la burguesía manifiesta en las posturas frívolas, falsas y prosaicas que no podía compartir. Su literatura es un acto de rebeldía y protesta.

Fiesta en Teusaquillo, primer libro suyo que leí para adentrarme en el conocimiento de la autora, explaya ese mundo aristocrático movido por el lustre social, la intriga, el chisme, la afectación y la mentira, tan propio de los grandes salones que ella respiró en la Bogotá apergaminada de su época. Esa misma atmósfera se repite, en distintos escenarios, en Las cuitas de Carlota y Esposa fugada.

En este intercambio de amistad, libros e ideas, le envié hace diez años la biografía de que soy autor sobre la poetisa Laura Victoria, y Helena me comenta: “Mujer valiente, ¡por Dios! Sufriendo cuarenta años antes que yo las angustias de la separación conyugal. Y autora de poemas sinceros y musicales –con Meira del Mar, una versión de lo femenino sensual que merece análisis semánticos–”.

En el caso de Laura Victoria estaba dibujada su propia historia conyugal. También la poetisa se había escapado a Méjico por conflictos con su marido, y se había llevado a sus tres hijos, a quienes educó con valiente esfuerzo. Allí permaneció hasta su muerte, durante 65 años. Tanto la una como la otra fueron pregoneras del feminismo y lucharon contra la opresión y los rigores sociales de sus épocas. Ambas tuvieron brillante desempeño en las letras. Las dos se adelantaron a su tiempo.

El Espectador, Bogotá, 20-II-2015.
Eje 21, Manizales, 20-II-2015.

* * *

Comentarios

Muy bella columna y muy fiel recuerdo de Helena. Yo tenía pensado visitar a Helena en abril con el fin de grabar su vida para un libro. Hablamos por teléfono cuatro días antes de morir y aunque débil por una cirugía reciente nada hacía presagiar el fatal desenlace. Alberto Donadio, Bucaramanga.

Excelente homenaje póstumo a Helena Araújo. Fui sorprendido con la noticia de su muerte. Por una razón: ni siquiera sabía que estaba fuera del país. Es más, pensaba que había muerto. Todo porque su nombre nunca apareció en los medios. Yo leí Signos y mensajes el mismo día en que el entonces Instituto Colombiano de Cultura lo publicó en una colección donde aparecieron, entre otros, Los pasos cantados de Carranza, Suenan timbres de Luis Vidales,  Las noches de la vigilia de Manuel Mejía Vallejo. José Miguel Alzate, Manizales.

Desconocía del todo a Helena Araújo y quedé con ganas de leer algo de su autoría. Averiguaré si puedo adquirir en librerías la obra Fiesta en Teusaquillo, que debe ser deliciosa. Eduardo Lozano Torres, Bogotá.

No conocía esta  historia y me ha llevado a la inquietud de conocer parte de su obra. Mujeres valientes, decididas y resueltas, como Laura Victoria, y además talentosas, que han dejado un legado y que han luchado a la par por una familia. Inés Blanco, Bogotá.

Me gustó la pregunta que encabeza la columna, porque creo que somos más los lectores que gustamos de los escritores rebeldes. Son ellos los que alimentan nuestra rebeldía dándonos argumentos para criticar este sistema que no es humano. orlandotinoco0826 (correo a El Espectador.com).

Qué mujer tan interesante. Al igual que Laura Victoria, se adelantó a su tiempo. Les correspondió vivir en épocas demasiado difíciles, cerradas, machistas y falsas. ¡Cuántos talentos,  de muchas otras mujeres valiosas,  se debieron perder para mantener las apariencias! Esperanza Jaramillo García, Armenia.

Entraré a tu página a leer la correspondencia que mantuviste con ella. Amo el género epistolar y envidio de verdad a quienes lo conservan  compartiendo los instantes prolongados de la vida. Marta Nalús Feres, Bogotá.

*

Artículo Negociación reservada, de Alberto Donadío sobre Helena Araújo (revista Semana, n.° 2067, 9 al 16 de enero de 2022)

Helena Araújo fue una escritora nacida en Bogotá que vivió casi toda su vida en Suiza, donde falleció en 2015. Se expatrió voluntariamente hace medio siglo debido a una experiencia traumática. En 1971 decidió separarse del marido, un suizo de apellido Albrecht, cuando eso no era permitido socialmente ni por la religión católica. La familia de Helena la internó en un manicomio en España, un castigo que hoy parece ordenado por los talibanes y al cual ella hizo alusión en varios artículos.

Alfonso Araújo, el padre de Helena, ya había muerto. Fue un notable jefe liberal (ministro de Hacienda, de Educación, de Relaciones Exteriores) y falleció siendo embajador de Colombia ante Naciones Unidas. Tal vez él no habría estado de acuerdo con el manicomio. Helena no volvió a Colombia y cortó relaciones con su familia. Dando clases crio a sus cuatro hijas en Lausana. (…) En agosto, durante la Feria del Libro de Bogotá, la Universidad Nacional lanzó Adelaida 1848, obra póstuma de Helena Araújo. (…)

El puño del arrebato

lunes, 9 de febrero de 2015 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

El periodista barcelonés Xavi Ayén inicia con el siguiente diálogo el capítulo titulado Gabo y Mario. Historia de un fratricidio, de su obra Aquellos años del boom (RBA Libros, Barcelona, 2014):

José Carvajal: ¿Qué fue lo que ocurrió realmente entre usted y García Márquez? ¿Por qué fue que se enemistaron?
Vargas Llosa: Bueno, eso vamos a dejárselo a los historiadores… (carcajada).

Cabe decir que los historiadores, a partir del 12 de febrero de 1976, cuando se produjo el famoso puñetazo de Vargas Llosa a García Márquez en el Palacio de Bellas Artes de Ciudad de Méjico, no han hecho otra cosa que indagar la veracidad de los hechos. Y se han tejido diversas versiones, que los protagonistas no han refrendado ni han desmentido. Como buenos novelistas, han dejado que el suceso siga en el misterio.

Ahora bien, el relato que trae el libro de Ayén, producto de exhaustiva investigación,  tiene visos de ser el verdadero. En un solo instante, y a raíz de aquel puñetazo fenomenal, se hundió la estrecha amistad que unía a los dos principales integrantes del boom, e ipso facto se disolvió la sociedad de escritores.

La admiración del peruano por el colombiano durante los años sesenta y setenta queda evidenciada en el libro Historia de un deicidio (1971) –tesis doctoral de Vargas Llosa en la Universidad Complutense de Madrid–, lo mismo que en el hecho de que el segundo de sus hijos recibió el nombre de Gabriel Rodrigo Gonzalo (los nombres de García Márquez y sus dos hijos). Los Gabos fueron padrinos del bautizo. Amor correspondido.

El primer encuentro entre ambos escritores ocurrió en el aeropuerto de Maiquetía,  en agosto de 1967, cuando Vargas Llosa iba a recibir el premio Rómulo Gallegos por  La casa verde. Entonces el peruano era más conocido que García Márquez. En junio de ese mismo año había aparecido Cien años de soledad, y el nombre del autor comenzaba a tomar altura. Poco después, la novela se convertiría en el hecho más fulgurante de las letras latinoamericanas y Gabo recibiría el Nóbel de Literatura.

Desde entonces, ellos estrecharon cada vez más su amistad, en asocio de sus esposas, y compartieron premios y aplausos por sus triunfos literarios. Las primeras fisuras en su relación se presentaron al no coincidir en sus ideas políticas: mientras García Márquez era decidido partidario de la causa castrista, Vargas Llosa se oponía a los gobiernos totalitarios. Esta línea divisoria se acentuó con el paso de los días.

La separación comienza a surgir en 1974, y no se origina en causas políticas sino en un asunto privado. El 12 de junio de ese año, listos los esposos Vargas Llosa a volver por barco a Lima desde Barcelona, fueron agasajados por Carmen Balcells con una cena de despedida. Por su parte, el capitán del barco ofreció una cena de gala en honor del escritor, y a su lado, en la mesa principal, situó a una dama importante que se dirigía al mismo destino.

Era Susana D. C. (el libro suministra su nombre, pero no sus apellidos), casada con el arquitecto Andrés B. (tampoco se revela su apellido), amigo de Bryce Echenique. La pareja vivía en Madrid. La atracción del novelista con la dama “es mutua, aunque tal vez no repentina pues ya se conocían de antes”, afirma el autor de la obra. Vargas Llosa baila varias veces con la dama, y esto enfurece a Patricia. Ya en Lima, el escritor se separa de su esposa y efectúa un viaje junto a su amante.

El escándalo se vuelve público entre los miembros del boom. Sin embargo, con el tiempo aparecen versiones desenfocadas, como estas: unos dicen que la misteriosa dama era una azafata sueca, y otros, que una modelo norteamericana. Y otra más absurda: Mario y Patricia habían viajado a Lima en barcos diferentes.

La nueva pareja se instala por un tiempo en Barcelona. A los dos meses, Susana regresa a Madrid. Mario se va detrás de ella, en plan de raptarla en el aeropuerto, como afirma el escritor Jorge Edwards. Allí los tres (la amante, Mario y Edwards) toman un taxi a Barcelona.

En mayo de 1975, Patricia viaja a Barcelona con el fin de recoger algunas cosas, y se instala en un hotel, donde la visitan Gabo, Carmen Balcells y Jorge Edwars. Luego se trasladan a la discoteca Bocaccio, donde abundan las copas. Al día siguiente, Patricia tenía que tomar el avión de regreso a Lima. A las tres y media de la mañana, llegan sus tres amigos, y Gabo se ofrece a llevarla al aeropuerto. Pero pierde el avión. Vargas Llosa dirá que García Márquez intentó llevarse a Patricia a un hotel.

La noche anterior, Patricia le había confesado a García Márquez la frustración que sentía por el affaire de Mario y Susana. Y Gabo bromea: “Pues para vengarte de Mario, nos hacemos amantes”. En el viaje al aeropuerto, él cometió la indiscreción de contarle alguna aventura cometida por su marido en sus años de Barcelona. De esto se enterará Vargas Llosa y sentirá que su amigo de tantos años “ha corrompido la amistad”.

12 de febrero de 1976. Vargas Llosa llega al Palacio de Bellas Artes de Ciudad de Méjico, y García Márquez, al verlo, le extiende los brazos y exclama: “Hermano”. Vargas Llosa le responde con un derechazo en la cara, lo derriba y le dice: “Esto, por lo que le hiciste a Patricia en Barcelona”. Algunas versiones, entre ellas la de Gerald Martin, autor de la biografía Gabriel García Márquez, una vida (2009), han variado la frase: “Esto, por lo que le dijiste a Patricia”. La frase cambia de sentido.

Este fue el final dramático de una honda amistad. Las dos figuras principales del círculo de novelistas nunca se reconciliaron. Fueron los iniciadores y los sepultureros del boom. A finales de 2005 le preguntaron a Gabo, en Méjico, si sería posible una reconciliación, y Mercedes Barcha se anticipó a responder: “Hemos vivido tan felices treinta años sin él que no lo necesitamos para nada”.

Tras el descarrío llegó la reconciliación entre Mario y su prima Patricia Llosa. Vino la reflexión. Se impuso la madurez. Desde entonces, se les ve como una pareja sólida.  ¿Qué había sucedido? Las alturas marean, distorsionan la personalidad. No se trataba, por cierto, del “demonio de mediodía”, ya que Mario apenas tenía 38 años. Edad peligrosa cuando se está rodeado de oropeles y se es víctima de la fama y la vanagloria. Pregunta: ¿Quién es Susana D. C.? ¿Quién es Andrés B.? Algún lector nos lo contará, y ampliará la historia.

Al recibir el premio Nóbel en Estocolmo, en el 2010, así se refirió Vargas Llosa a Patricia (el escritor tiene 74 años, el doble de la edad que tenía cuando ocurrió su aventura):

…”la prima de naricita respingada y carácter indomable con la que tuve la fortuna de casarme hace cuarenta y cinco años y que todavía soporta las manías, neurosis y rabietas que me ayudan a escribir. Sin ella mi vida se hubiera disuelto hace tiempo en un torbellino caótico y no hubieran nacido Álvaro, Gonzalo, Morgana ni los seis nietos que nos prolongan y alegran la existencia”.

El Espectador, Bogotá, 6-II-2015.
Eje 21, Manizales, 6-II-2015.

* * *

Comentarios:

Otro asunto es que Vargas Llosa fue una persona violenta y su mujer muchas veces no tenía adónde ir, de manera que la casa de Gabo y su esposa fue el mejor y tal vez único lugar, cuando el peruano andaba embrutecido por el alcohol o sus amoríos. Claro, la otra razón interesante es, naturalmente, que Vargas Llosa, criado en violencia militarista y amigo del neoliberalismo, siempre ha sido amirador de la vena anglosajona, y Gabo tenía una visión política totalmente opuesta, de manera que el asunto no era fácil. Como escritor Vargas Llosa es formidable, como persona es un poco dudoso. Jorge Enrique Ángel Delgado (correo a El Espectador.com).

Quedé bien enterado de cómo fue el asunto. Pero sin tapujos ni esguinces la cosa parece muy clara: Gabo intentó (¿o lo logró?) seducir a Patricia. Ella si no me equivoco era una mujer atractiva. Esto y las circunstancias que favorecían un escarceo hacen pensar que por lo menos Gabo le propuso a Patricia una aventurilla (así en diminutivo, a manera de eufemismo). Si la tuvieron o no, ya es cosa que posiblemente no se sabrá. Eduardo Lozano Torres, Bogotá.

Exhaustivo testimonio sobre el boom

miércoles, 28 de enero de 2015 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Diez años le demandó al periodista catalán Xavi Ayén (Barcelona, 1969) la escritura del libro Aquellos años del boom, publicado por RBA de Barcelona y que obtuvo el premio Gaziel de Biografías y Memorias 2013, convocado por la Fundación Conde Barcelona y RBA Libros. Todo comenzó con un encargo de la editora Anik Laponte, que le sugirió hacer una relación documentada entre el boom y Barcelona. “Empecé a investigar –dice Ayén– y vi que había mucho que contar: el boom no hubiera sido lo que fue sin otras cuatro bes: Barral, Balcells, los barbudos de la revolución cubana y Barcelona”.

Para cumplir dicho cometido, el autor viajó por varios sitios del mundo, en los que entrevistó a grandes figuras de este fenómeno literario, habló con mucha gente, consultó archivos, analizó la correspondencia en poder de la agente literaria Carmen Balcells y a la postre reunió alrededor de trescientas referencias. Y descubrió muchos secretos.

Dicha labor dio como resultado este libro monumental, de 876 páginas, donde paso a paso se sigue y se hilvana la historia, que en realidad son muchas historias, como son muchos los personajes que giran alrededor de este suceso grande de la literatura latinoamericana: unos, los pioneros, o los más representativos (García Márquez, Vargas Llosa, Cortázar, Donoso, Fuentes…); otros, los que llegaron en el curso de los días, y unos más, los que no alcanzaron a llegar, pero que se consideran miembros de la misma cofradía.

La asociación de escritores nació entre 1960 y 1970. Entre ellos había nexos comunes, como la amistad, la geografía, la política, las ideas, los viajes, la estrategia editorial, la creación de buenas novelas, los premios y los aplausos. Y por encima de todo, la entrega a las letras.

A lo largo del tiempo, como en todo círculo humano, surgirían disputas y aversiones, celos y suspicacias, males físicos y síquicos, abusos del licor y las drogas, angustias económicas, líos de faldas, enfermedades y muertes. Pero el boom subsistía. Para algunos críticos era una mafia. Para otros, una marca. De todas maneras, era un sello literario de buena ley. Una alianza para el progreso.

Vargas Llosa residió en Barcelona entre 1970 y 1974. Tenía más fama que García Márquez. La ciudad y los perros le había creado una aureola de popularidad. García Márquez alcanzaría superior ponderación con su obra cumbre, y tiempo después, ya nimbado por la gloria, declaraba: “La soledad me amenazaba tras Cien años de soledad. No era la soledad del escritor, era la soledad de la fama, que se parece mucho a la soledad del poder”. Ellos dos son las piezas mayores del engranaje. Son, a la vez, sus iniciadores y sus sepultureros. Carmen Balcells los definió así: “Vargas Llosa es el primero de clase. Y García Márquez es un genio”.

No se hicieron esperar las discrepancias políticas. En principio, los escritores eran solidarios con la causa castrista. García Márquez nunca abandonó esta línea. Vino luego la deserción, cuando la Revolución cubana cambió de rumbo. Vargas Llosa, que había mostrado adhesión a Castro, varió de postura y terminó liderando, en 1971, el caso Padilla, hecho que al mismo tiempo significaba una distancia ideológica con su entrañable amigo colombiano. Como él, otros escritores abandonaron su posición inicial y recibieron los rigores del régimen comunista. Allí comenzó a desvertebrarse el boom.

El eje mayor de los sucesos fue Barcelona. Allí se aglutinaron los escritores, pero sobre todo formaron una escuela, un empeño creativo, un espíritu y un talante bajo la batuta de Carmen Balcells, bautizada por ellos como la “Mamá Grande” (en honor al cuento de García Márquez). Ella les enseñó a negociar sus libros, a mantener su dignidad y protegerse contra la explotación de los editores. Vinieron los grandes negocios, no solo para los autores y su hada madrina, sino para las propias editoriales, que lanzaban enormes tirajes para los mercados de Latinoamérica y del mundo, conforme aparecían las obras seductoras que marcaron aquella época.

Barcelona fue el sitio principal del movimiento, con sus excelentes editoriales y el liderazgo formidable de Carmen Balcells, pero no puede ignorarse la existencia de otras ciudades que cumplieron papel fundamental dentro del mismo objetivo literario: La Habana, Madrid, Buenos Aires, Ciudad de Méjico, y Nueva York al final. En poco tiempo, la literatura latinoamericana salió de la oscuridad a la luz del orbe. Esa fue la principal conquista del boom. Esa es su gloria histórica.

El 12 de febrero de 1976, con el puñetazo de Vargas Llosa a su mejor amigo, se derrumbó el mito. Ese puñetazo, que repercutió en el mundo entero, representa el final de la comedia, como puede llamarse. De por medio había episodios amorosos. El escenario fue el Palacio de Bellas Artes de Ciudad de Méjico.

Xavi Ayén revela hoy, gracias a su rigurosa investigación, la que puede considerarse la historia verdadera (inédita durante 38 años, hasta que se ha conocido en este libro), después de largos años de conjeturas, de acomodos y engaños. Ya García Márquez ha desaparecido de la escena del mundo, y con él se fue su propio relato. Solo se hizo tomar una foto para la historia, con el ojo morado, que duró oculta durante tres décadas. Tampoco Vargas Llosa ha expuesto su versión. Los dos protagonistas nunca se reconciliaron. Esto parece pertenecer al realismo mágico.

“Yo creo que no se puede ser feliz y ser un gran escritor”, es frase impactante de Vargas Llosa que recoge el libro comentado.

El Espectador, Bogotá, 23-I-2015.
Eje 21, Manizales, 23-I-2015.

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Comentarios:

Siempre son interesantes las opiniones juiciosas sobre el “boom” pues sin duda fue, y sigue siendo, un fenómeno importante para la literatura de América y del mundo. Gustavo Valencia García, Armenia.

Muy bien por el dominio del tema y por el estilo narrativo, claro, lúcido, sugerente. Alpher Rojas Carvajal, Bogotá.

Vicente Landínez (1922–2013)

domingo, 22 de diciembre de 2013 Comments off

Gustavo Páez Escobar

Las letras de Boyacá están de duelo con la muerte súbita de Vicente Landínez Castro, ocurrida en Duitama el pasado 28 de septiembre. Se aproximaba a los 92 años de edad. Su vida transcurrió entre Villa de Leiva, lugar de su nacimiento; Tunja, donde ejerció durante largo tiempo brillante labor cultural; Barichara, adonde se trasladó en busca de reposo y meditación, y Duitama, donde pasó sus últimos años.

Al incorporar hace poco a mi página web la correspondencia que me he cruzado con mis amigos, le envié a Duitama por una mensajería (sabedor de que él no usaba el computador) la circular en que informaba dicha noticia. Vicente fue uno de mis corresponsales más preciados, y sus cartas enriquecen el espacio que dedico, con honores, al género epistolar. Me hallaba fuera de Bogotá cuando sucedió su muerte, y a mi regreso me encontré con la respuesta inmediata que daba a mi correo, un día antes de su deceso. Fue la última carta que escribió en su vida.

Maestro en diversas facetas del arte literario, lo fue con excelencia en el quehacer de escribir cartas, que él hacía con deleite intelectual, rigor estilístico y exquisitas dotes de gallardía y efusión humana. Las numerosas cartas que salieron de su pluma son preciosos ensayos literarios y filosóficos, y hoy darían lugar a no pocos volúmenes si algún editor supiera utilizar esta riqueza inapreciable.

Hace años lo visité en Barichara. En la entrada de la casona colonial, una placa de piedra identificaba el lugar con esta leyenda: “Villa Laura” (el nombre de su esposa, a quien, como cabeza de su distinguida familia, expreso mi hondo pesar por la ida del entrañable amigo de siempre). En el frontis de su ilustrada y copiosa biblioteca se leía esta inscripción: “Remedios del alma”. El universo de los libros era su refugio más seguro y más apetecido.

Con él se va el último de los grandes estilistas boyacenses, hermanado con ese otro prohombre –cantor perenne de la tierra, el paisaje y las virtudes de la comarca– que fue Eduardo Torres Quintero. Fueron dos almas gemelas que vivieron en función de la cultura, la creación artística y la apología de los valores literarios. Sus nombres integran la nómina más valiosa que ha tenido Boyacá, como ensayistas, críticos, poetas, catedráticos, historiadores y prosistas de castiza y diáfana expresión.

Vicente era miembro de la Academia Boyacense de Historia, Academia Colombiana de la Lengua, Academia Colombiana de Historia y de las Academias de Historia de Santander, Norte de Santander, Cundinamarca y Táchira (Venezuela). La Universidad Nacional de Panamá lo condecoró con la medalla Octavio Méndez Pereira por la “efectividad de su apoyo a la cultura del continente”.

En 1958 publicó su primer libro, Almas de dos mundos, al que seguirían diversos títulos, como Primera antología de la poesía boyacense, Testigos del tiempo, El lector boyacense, Novelando la historia, Estampas, Miradas y aproximaciones a la obra múltiple de Otto Morales Benítez, Bocetos y vivencias, Síntesis panorámica de la literatura boyacense.

Su vida plena estuvo dedicada a la literatura, la cátedra y la cultura. Gran señor de las letras, las dejó plasmadas lo mismo en sus libros que en sus incontables cartas. Yo las llamo cartas-ensayo, y sobrada razón me asiste. “Hasta donde yo conozco –dijo Germán Arciniegas en su columna de El Tiempo–, no hay otro colombiano que escriba un castellano más perfecto, expresivo, elegante y jugoso como el suyo”.

El Espectador, Bogotá, 4-X-2013.
Eje 21, Manizales, 4-X-2013.
La Crónica del Quindío, Armenia, 5-X-2013.

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Comentarios:

Permítame expresarle, en nombre de todos y cada uno de los miembros de la familia Landínez Lara, el infinito agradecimiento que sentimos por la silueta que con aprecio fraterno realizó de nuestro baluarte familiar, en el diario El Espectador, con ocasión de su súbito deceso. Supo usted, como ningún otro, comprender las dos razones de su existencia: su familia y la literatura. Con la misma delicadeza que siempre mostró en el trato a sus amigos, nos enseñó a volar, también a soñar y al mismo tiempo el valor de la palabra, haciéndonos comprender que ella es símbolo eterno de la vida y nutriente sustancia del hombre. También nos incitó a vivir y es por ello que en cada vida y sueño nuestro perdurará por siempre la huella del camino que nos enseñó. Su forma de morir fue digna y justa, lo que nos llena de gran consuelo. Vicente Landínez Lara, Medellín.

Lamento mucho el fallecimiento de Vicente Landínez Castro. Trabajé en ese grupo de Extensión Cultural de Boyacá durante los años 1964-1965 y pude conocerlo de cerca. No era solamente una pluma pulcra, sino un caballero de una gran nobleza y de una extraordinaria sencillez. Con todo lo que sabía, jamás vi que quisiera hacer sentir mal a quien no estuviese a la altura de sus conocimientos. Yo lo admiraba y lo estimaba de verdad. Jorge Mora Forero, colombiano residente en Weston (USA). 

Parece que la súbita muerte, no obstante su larga trayectoria vital, es para un hombre aquilatado de méritos, como seguramente lo fue Vicente Landínez Castro, el mejor premio al que se puede aspirar y con el cual esa misma vida premia a sus mejores mortales. Gustavo Valencia García, Armenia.

Qué efímera es la vida: con menos, quizá, de veinticuatro horas de haber firmado su última carta, Vicente ya no está. Pero  el color y el matiz de sus palabras también nos obligan a sentir, frente a lo efímero del tiempo cronológico, cuán  maravillosa es la vida y qué importante no postergar los deseos… No postergó su respuesta, hubiera sido demasiado tarde.  Marta Nalús Feres, Bogotá.

Una gran pérdida para las letras. Se va un caballero y un amigo, y nos deja su grandiosa calidad como escritor, su sencillez y una alta cifra en la amistad. Te dejó para tu alegría el regalo de la última carta escrita, muy bella como toda su obra y como su excelente correspondencia. Inés Blanco, Bogotá.