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Exhaustivo testimonio sobre el boom

miércoles, 28 de enero de 2015 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Diez años le demandó al periodista catalán Xavi Ayén (Barcelona, 1969) la escritura del libro Aquellos años del boom, publicado por RBA de Barcelona y que obtuvo el premio Gaziel de Biografías y Memorias 2013, convocado por la Fundación Conde Barcelona y RBA Libros. Todo comenzó con un encargo de la editora Anik Laponte, que le sugirió hacer una relación documentada entre el boom y Barcelona. “Empecé a investigar –dice Ayén– y vi que había mucho que contar: el boom no hubiera sido lo que fue sin otras cuatro bes: Barral, Balcells, los barbudos de la revolución cubana y Barcelona”.

Para cumplir dicho cometido, el autor viajó por varios sitios del mundo, en los que entrevistó a grandes figuras de este fenómeno literario, habló con mucha gente, consultó archivos, analizó la correspondencia en poder de la agente literaria Carmen Balcells y a la postre reunió alrededor de trescientas referencias. Y descubrió muchos secretos.

Dicha labor dio como resultado este libro monumental, de 876 páginas, donde paso a paso se sigue y se hilvana la historia, que en realidad son muchas historias, como son muchos los personajes que giran alrededor de este suceso grande de la literatura latinoamericana: unos, los pioneros, o los más representativos (García Márquez, Vargas Llosa, Cortázar, Donoso, Fuentes…); otros, los que llegaron en el curso de los días, y unos más, los que no alcanzaron a llegar, pero que se consideran miembros de la misma cofradía.

La asociación de escritores nació entre 1960 y 1970. Entre ellos había nexos comunes, como la amistad, la geografía, la política, las ideas, los viajes, la estrategia editorial, la creación de buenas novelas, los premios y los aplausos. Y por encima de todo, la entrega a las letras.

A lo largo del tiempo, como en todo círculo humano, surgirían disputas y aversiones, celos y suspicacias, males físicos y síquicos, abusos del licor y las drogas, angustias económicas, líos de faldas, enfermedades y muertes. Pero el boom subsistía. Para algunos críticos era una mafia. Para otros, una marca. De todas maneras, era un sello literario de buena ley. Una alianza para el progreso.

Vargas Llosa residió en Barcelona entre 1970 y 1974. Tenía más fama que García Márquez. La ciudad y los perros le había creado una aureola de popularidad. García Márquez alcanzaría superior ponderación con su obra cumbre, y tiempo después, ya nimbado por la gloria, declaraba: “La soledad me amenazaba tras Cien años de soledad. No era la soledad del escritor, era la soledad de la fama, que se parece mucho a la soledad del poder”. Ellos dos son las piezas mayores del engranaje. Son, a la vez, sus iniciadores y sus sepultureros. Carmen Balcells los definió así: “Vargas Llosa es el primero de clase. Y García Márquez es un genio”.

No se hicieron esperar las discrepancias políticas. En principio, los escritores eran solidarios con la causa castrista. García Márquez nunca abandonó esta línea. Vino luego la deserción, cuando la Revolución cubana cambió de rumbo. Vargas Llosa, que había mostrado adhesión a Castro, varió de postura y terminó liderando, en 1971, el caso Padilla, hecho que al mismo tiempo significaba una distancia ideológica con su entrañable amigo colombiano. Como él, otros escritores abandonaron su posición inicial y recibieron los rigores del régimen comunista. Allí comenzó a desvertebrarse el boom.

El eje mayor de los sucesos fue Barcelona. Allí se aglutinaron los escritores, pero sobre todo formaron una escuela, un empeño creativo, un espíritu y un talante bajo la batuta de Carmen Balcells, bautizada por ellos como la “Mamá Grande” (en honor al cuento de García Márquez). Ella les enseñó a negociar sus libros, a mantener su dignidad y protegerse contra la explotación de los editores. Vinieron los grandes negocios, no solo para los autores y su hada madrina, sino para las propias editoriales, que lanzaban enormes tirajes para los mercados de Latinoamérica y del mundo, conforme aparecían las obras seductoras que marcaron aquella época.

Barcelona fue el sitio principal del movimiento, con sus excelentes editoriales y el liderazgo formidable de Carmen Balcells, pero no puede ignorarse la existencia de otras ciudades que cumplieron papel fundamental dentro del mismo objetivo literario: La Habana, Madrid, Buenos Aires, Ciudad de Méjico, y Nueva York al final. En poco tiempo, la literatura latinoamericana salió de la oscuridad a la luz del orbe. Esa fue la principal conquista del boom. Esa es su gloria histórica.

El 12 de febrero de 1976, con el puñetazo de Vargas Llosa a su mejor amigo, se derrumbó el mito. Ese puñetazo, que repercutió en el mundo entero, representa el final de la comedia, como puede llamarse. De por medio había episodios amorosos. El escenario fue el Palacio de Bellas Artes de Ciudad de Méjico.

Xavi Ayén revela hoy, gracias a su rigurosa investigación, la que puede considerarse la historia verdadera (inédita durante 38 años, hasta que se ha conocido en este libro), después de largos años de conjeturas, de acomodos y engaños. Ya García Márquez ha desaparecido de la escena del mundo, y con él se fue su propio relato. Solo se hizo tomar una foto para la historia, con el ojo morado, que duró oculta durante tres décadas. Tampoco Vargas Llosa ha expuesto su versión. Los dos protagonistas nunca se reconciliaron. Esto parece pertenecer al realismo mágico.

“Yo creo que no se puede ser feliz y ser un gran escritor”, es frase impactante de Vargas Llosa que recoge el libro comentado.

El Espectador, Bogotá, 23-I-2015.
Eje 21, Manizales, 23-I-2015.

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Comentarios:

Siempre son interesantes las opiniones juiciosas sobre el “boom” pues sin duda fue, y sigue siendo, un fenómeno importante para la literatura de América y del mundo. Gustavo Valencia García, Armenia.

Muy bien por el dominio del tema y por el estilo narrativo, claro, lúcido, sugerente. Alpher Rojas Carvajal, Bogotá.

Vicente Landínez (1922–2013)

domingo, 22 de diciembre de 2013 Comments off

Gustavo Páez Escobar

Las letras de Boyacá están de duelo con la muerte súbita de Vicente Landínez Castro, ocurrida en Duitama el pasado 28 de septiembre. Se aproximaba a los 92 años de edad. Su vida transcurrió entre Villa de Leiva, lugar de su nacimiento; Tunja, donde ejerció durante largo tiempo brillante labor cultural; Barichara, adonde se trasladó en busca de reposo y meditación, y Duitama, donde pasó sus últimos años.

Al incorporar hace poco a mi página web la correspondencia que me he cruzado con mis amigos, le envié a Duitama por una mensajería (sabedor de que él no usaba el computador) la circular en que informaba dicha noticia. Vicente fue uno de mis corresponsales más preciados, y sus cartas enriquecen el espacio que dedico, con honores, al género epistolar. Me hallaba fuera de Bogotá cuando sucedió su muerte, y a mi regreso me encontré con la respuesta inmediata que daba a mi correo, un día antes de su deceso. Fue la última carta que escribió en su vida.

Maestro en diversas facetas del arte literario, lo fue con excelencia en el quehacer de escribir cartas, que él hacía con deleite intelectual, rigor estilístico y exquisitas dotes de gallardía y efusión humana. Las numerosas cartas que salieron de su pluma son preciosos ensayos literarios y filosóficos, y hoy darían lugar a no pocos volúmenes si algún editor supiera utilizar esta riqueza inapreciable.

Hace años lo visité en Barichara. En la entrada de la casona colonial, una placa de piedra identificaba el lugar con esta leyenda: “Villa Laura” (el nombre de su esposa, a quien, como cabeza de su distinguida familia, expreso mi hondo pesar por la ida del entrañable amigo de siempre). En el frontis de su ilustrada y copiosa biblioteca se leía esta inscripción: “Remedios del alma”. El universo de los libros era su refugio más seguro y más apetecido.

Con él se va el último de los grandes estilistas boyacenses, hermanado con ese otro prohombre –cantor perenne de la tierra, el paisaje y las virtudes de la comarca– que fue Eduardo Torres Quintero. Fueron dos almas gemelas que vivieron en función de la cultura, la creación artística y la apología de los valores literarios. Sus nombres integran la nómina más valiosa que ha tenido Boyacá, como ensayistas, críticos, poetas, catedráticos, historiadores y prosistas de castiza y diáfana expresión.

Vicente era miembro de la Academia Boyacense de Historia, Academia Colombiana de la Lengua, Academia Colombiana de Historia y de las Academias de Historia de Santander, Norte de Santander, Cundinamarca y Táchira (Venezuela). La Universidad Nacional de Panamá lo condecoró con la medalla Octavio Méndez Pereira por la “efectividad de su apoyo a la cultura del continente”.

En 1958 publicó su primer libro, Almas de dos mundos, al que seguirían diversos títulos, como Primera antología de la poesía boyacense, Testigos del tiempo, El lector boyacense, Novelando la historia, Estampas, Miradas y aproximaciones a la obra múltiple de Otto Morales Benítez, Bocetos y vivencias, Síntesis panorámica de la literatura boyacense.

Su vida plena estuvo dedicada a la literatura, la cátedra y la cultura. Gran señor de las letras, las dejó plasmadas lo mismo en sus libros que en sus incontables cartas. Yo las llamo cartas-ensayo, y sobrada razón me asiste. “Hasta donde yo conozco –dijo Germán Arciniegas en su columna de El Tiempo–, no hay otro colombiano que escriba un castellano más perfecto, expresivo, elegante y jugoso como el suyo”.

El Espectador, Bogotá, 4-X-2013.
Eje 21, Manizales, 4-X-2013.
La Crónica del Quindío, Armenia, 5-X-2013.

* * *

Comentarios:

Permítame expresarle, en nombre de todos y cada uno de los miembros de la familia Landínez Lara, el infinito agradecimiento que sentimos por la silueta que con aprecio fraterno realizó de nuestro baluarte familiar, en el diario El Espectador, con ocasión de su súbito deceso. Supo usted, como ningún otro, comprender las dos razones de su existencia: su familia y la literatura. Con la misma delicadeza que siempre mostró en el trato a sus amigos, nos enseñó a volar, también a soñar y al mismo tiempo el valor de la palabra, haciéndonos comprender que ella es símbolo eterno de la vida y nutriente sustancia del hombre. También nos incitó a vivir y es por ello que en cada vida y sueño nuestro perdurará por siempre la huella del camino que nos enseñó. Su forma de morir fue digna y justa, lo que nos llena de gran consuelo. Vicente Landínez Lara, Medellín.

Lamento mucho el fallecimiento de Vicente Landínez Castro. Trabajé en ese grupo de Extensión Cultural de Boyacá durante los años 1964-1965 y pude conocerlo de cerca. No era solamente una pluma pulcra, sino un caballero de una gran nobleza y de una extraordinaria sencillez. Con todo lo que sabía, jamás vi que quisiera hacer sentir mal a quien no estuviese a la altura de sus conocimientos. Yo lo admiraba y lo estimaba de verdad. Jorge Mora Forero, colombiano residente en Weston (USA). 

Parece que la súbita muerte, no obstante su larga trayectoria vital, es para un hombre aquilatado de méritos, como seguramente lo fue Vicente Landínez Castro, el mejor premio al que se puede aspirar y con el cual esa misma vida premia a sus mejores mortales. Gustavo Valencia García, Armenia.

Qué efímera es la vida: con menos, quizá, de veinticuatro horas de haber firmado su última carta, Vicente ya no está. Pero  el color y el matiz de sus palabras también nos obligan a sentir, frente a lo efímero del tiempo cronológico, cuán  maravillosa es la vida y qué importante no postergar los deseos… No postergó su respuesta, hubiera sido demasiado tarde.  Marta Nalús Feres, Bogotá.

Una gran pérdida para las letras. Se va un caballero y un amigo, y nos deja su grandiosa calidad como escritor, su sencillez y una alta cifra en la amistad. Te dejó para tu alegría el regalo de la última carta escrita, muy bella como toda su obra y como su excelente correspondencia. Inés Blanco, Bogotá.

Triunfo literario

viernes, 20 de diciembre de 2013 Comments off

Gustavo Páez Escobar

Fernando Soto Aparicio cumple 80 años el próximo 11 de octubre. Su vida ha estado consagrada por completo al oficio de escribir, y sus obras publicadas llegan a 56 volúmenes. En octubre, coincidiendo con su aniversario natal –el que desde ahora celebra esta columna con efusión–, la editorial Panamericana le publicará el tomo 57, titulado El duende de la guarda (poemas dedicados al mundo de los adolescentes).

La producción de Soto Aparicio es desconcertante, por lo prolífica y creativa, hasta el punto de que no resulta fácil seguirles el rastro a todas sus obras. En la pasada feria del libro vieron la luz los títulos No morirá el amor (cuentos) y La amante de Lubina (teatro). Ha incursionado en la mayoría de géneros literarios, aunque en los campos donde más ha sobresalido y puesto su mayor empeño son el lírico y el narrativo. Con La rebelión de las ratas (1960), editada a los 27 años, y que se convertiría en su mayor emblema, se le abrieron las puertas del éxito.

Hace mucho tiempo leí el libro Soto Aparicio o la filosofía en la novela (1981), escrito por Beatriz Espinosa Ramírez luego de investigar durante cuatro años a los escritores más importantes del continente y encontrar que la obra del colombiano era la que mejor expresaba la identidad de los problemas sociales de Latinoamérica. La autora establece un paralelo entre Soto Aparicio y Morris West en cuanto al contenido de sus denuncias, y afirma que si el colombiano “hubiera escrito desde Europa tendría el reconocimiento universal que la crítica ha conferido a Morris West”.

Acaba de producirse un hecho por demás significativo que refrenda la apreciación de  Beatriz Espinosa. Este hecho lo constituye la distinción otorgada a Soto Aparicio, el pasado 30 de mayo, al ser el ganador, con el libro De la sombra a la luz (imágenes del secuestro), del premio como “mejor libro político de actualidad”, en la edición número 15 de los Latino Book Awards 2013. El concurso fue organizado por Latino Liberacy Now, Libros Publishing, Universidad de Arizona, Arte Público Press y el Instituto Cervantes de Nueva York.

Se analizaron obras de Portugal, España, Méjico, Estados Unidos y 14 países latinoamericanos. El libro ganador contiene una denuncia contra el secuestro y toma como enfoque, con texto del escritor boyacense, el caso de la congresista Consuelo González de Perdomo, secuestrada por las Farc en septiembre de 2001, y que permaneció siete años en poder del grupo guerrillero. Durante su cautiverio padeció tremendos infortunios, entre ellos la muerte de su esposo. Se trata de uno de los suplicios más despiadados que puedan infligirse al ser humano.

Además, el libro contiene 19 acrílicos de Mario Ayerbe González, oriundo de Pitalito (Huila), quien acredita brillante carrera en los campos de la pintura y la escultura, con exposiciones tanto en Colombia como en varios países de América y Europa. Y fue ejecutado en preciosa edición, que lo convierte en auténtica obra de arte.

Debe destacarse la labor cumplida por el editor, el exmagistrado huilense José Marcelino Triana Perdomo –“un simple enamorado del arte y la literatura”, como él mismo se define con modestia enaltecedora–, que no solo forjó la idea de transmitir, en forma patética y dolorosa, el drama del secuestro como uno de los mayores flagelos de la humanidad, sino que comprometió el arte de quienes podían expresarse con belleza a través de la palabra y de la pintura. A la postre, presentó el libro en Estados Unidos y lo vio coronado de gloria. Además, hay propuestas para traducirlo a varios idiomas.

Soto Aparicio obtiene este triunfo grande con la magia de su pluma maestra, que no ha conocido la fatiga ni el retroceso. Se trata, al mismo tiempo, de un triunfo de sus años laboriosos. De sus años de lucha inquebrantable.

Eje 21, Manizales, 14-VI-2013.
La Crónica del Quindío, Armenia, 15-VI-2013.
Fundación Armonía, Bucaramanga, 18-VI-2013.
Red y Acción, Cali, 23-VI-2013.

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Comentarios:

Soto Aparicio es un autor que admiro altamente. He enviado el artículo a mis amigos españoles. Saludos desde la Tertulia de Gijón. Ramiro Lagos.

Gracias por tan completa crónica de uno de mis escritores más admirados. Qué merecido premio ad portas de sus 80 años. Marta Nalús Feres, Bogotá.

Él, lo sabemos, discreto como el que más, no ha hecho nada diferente que enriquecer las letras  colombianas y sin duda que su obra comenzará a darle la vuelta al mundo; merecidísimo galardón; su prosa es sencilla, amena, profunda, con un lenguaje cuidadoso, y penetra en los temas con la armonía  de un rayo de luz en la mañana. Su poesía, ni qué decir, es como rasgar un velo sin hacer ruido y descubrir de pronto la palabra exacta para cantar al amor y desnudar el alma. Inés Blanco, Bogotá.

Ambos, Fernando y Gustavo, hacen parte de esas generaciones en las cuales la literatura iba por otros caminos éticos y estéticos. Por otras vías de la información. Lúcidos ambos. Leídos y apreciados, son ejemplo de constancia. De ese trabajo silencioso en una habitación, con el computador al lado o con los cuadernos de apuntes, puliendo una frase, intuyendo nuevos temas, corrigiendo sin prisa para expresar cuanto se agita en el alma, buscando una cita o una referencia para apoyar sus ideas, atentos al devenir, igual que valorando lo pretérito, con los libros como lazarillos. Ambos, y cuantos transitan por generaciones iguales o cercanas, serán siempre dignos representantes de aquella literatura nacional que no se desespera por los aplausos ni busca ansiosa las prebendas editoriales a cualquier precio. Esta columna conmueve por su sentido de la amistad y por su agudeza crítica al evaluar la obra de uno de los mayores novelistas de Colombia y Latinoamérica. Umberto Senegal, Calarcá.

En mi condición de escritor y artista plástico, creyente de la grandeza de la literatura y del pensamiento colombiano, reconociendo también nuestras precariedades literarias y de identidad, pretendiendo un lugar merecido en los escenarios mundiales para nuestras voces creativas, hace dos años me propuse ir a la conquista de un gran logro e iniciamos la tarea de buscar la postulación  del nombre y la obra de Fernando Soto Aparicio al Premio Cervantes de Literatura 2014. Hemos avanzado en ese propósito. Para la divulgación mundial de su obra creamos el Grupo Lectores del Mundo con Fernando Soto Aparicio, que se encuentra en la red. Jesús María Stapper Stapper, Bogotá.

Te quería dar las  G R A C I A S  por lo que hiciste con la información sobre el premio, y con lo que escribiste sobre mí. No tengo palabras para agradecerte. También he recibido los correos de amigos que comentan tu columna. Te cuento que a mediados de julio, la Universidad donde trabajo ha organizado un acto académico con mucha altura, para darme un doctorado honoris causa (el 4o. que recibo). Fernando Soto Aparicio, Bogotá.

Bernardo Arias Trujillo

sábado, 14 de diciembre de 2013 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Un amigo de Armenia me inició en el conocimiento de Arias Trujillo cuando yo residía en aquella ciudad, hace cuarenta años, mediante el obsequio de tres de las obras del escritor caldense, entre ellas Risaralda, bella edición de 1960 realizada en la Editorial Bedout por Rafael Montoya y Montoya.

Hace un par de años conseguí otro libro suyo que puede considerarse curioso: los virulentos editoriales escritos por él en su diario El Universal, de Manizales, entre julio y septiembre de 1930, y recogidos en 1991 por la Biblioteca de Autores Caldenses. Ahora tengo la grata sorpresa de recibir de Lucio Michaëlis, sobrino del escritor y propietario de sus derechos de autor, cuatro recientes ediciones de los títulos más famosos de Arias Trujillo: Diccionario de Emociones, En carne viva, Por los caminos de Sodoma y Risaralda, el primero editado por la Gobernación de Caldas y los restantes por Michaëlis.

Arias Trujillo nació en Manzanares el 19 de noviembre de 1903 y murió en Manizales el 4 de marzo de 1938. Su breve vida de 34 años fue tormentosa, rebelde y creadora. Provenía de una familia patriarcal movida por firmes convicciones religiosas, y él sería el caso contrario: anticlerical, inconformista y libertino. Poseía inteligencia luminosa que le permitió escribir sus obras maestras, unas circuidas por el escándalo y la protesta social, y otras manejadas por la serenidad y el bello estilo.

A los veinticuatro años se graduó de abogado en el Externado de Colombia. El único cargo que ejerció en la judicatura fue el de juez departamental de Policía. En 1932 se trasladó a Buenos Aires como secretario ad honórem de la Legación de Colombia, presidida por el “leopardo” José Camacho Carreño. Años después este haría las palabras de presentación de Diccionario de emociones. Arias Trujillo escribió en Buenos el libro Por los caminos de Sodoma, que apareció con el seudónimo de Sir Edgar Dixon. De vuelta en Manizales, estalló el escándalo al descubrirse que era el autor de dicho libro, y que además era gay. La sociedad se le vino encima.

En su maleta de viaje traía los borradores de En carne viva, en torno al conflicto con el Perú, donde arremetió contra prestantes figuras nacionales. Residente en casa de su hermana Lucía, que estaba casada con el alemán Friedrich Michaëlis, propietario de la ferretería Electra, le dio el toque final a la obra y la entregó a la imprenta. Al conocerse el libro, estallaron los ataques de sus paisanos y del país político.

Hundido en el ostracismo en su propia tierra, se sintió abandonado por todos. Y arreció el consumo de los estupefacientes, que había practicado en los bares de Buenos Aires. Atmósfera turbulenta que le inspiró el poema Roby Nelson, en torno a su pasión por un efebo, hecho que acrecentó su fama de homosexual. El poema ha tenido repetidos registros en la literatura erótica y en la red de internet.

Su vida estuvo marcada por la fatalidad. En medio de ese turbión de escándalos, rechazos y vituperios surgió uno de los escritores de mayor alcurnia de la tierra caldense, que le dio lustre a la literatura colombiana. Su novela Risaralda dibuja en forma magistral la epopeya de la colonización del valle conocido con ese nombre. Al convertirse en un poema en prosa a la naturaleza encantada que incitó su emotividad lírica, supo decantar el auténtico criollismo colombiano.

La casa donde hace setenta y cinco años se suicidó con una sobredosis de morfina pasó a ser propiedad de la curia de Manizales. Predio que desde hace largo tiempo desea adquirir su sobrino Lucio Michaëlis, fiel guardián de su memoria, para fundar allí un museo en honor del escritor trágico que se quedó como una leyenda de su tierra. Pero la curia no la quiere vender.

“Arias Trujillo –dice Gustavo Álvarez Gardeazábal en el prólogo de En carne viva– usaba la prosa como espada, la idea como catapulta y la exquisitez castellana como escudo”.

El Espectador, Bogotá, 22-II-2013.
Eje 21, Manizales, 22-II-2013.
La Crónica del Quindío, Armenia, 23-II-2013.
NTC., Cali, 23-II-2013.

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Comentarios:

No sé por qué tengo la impresión de que la vida de Arias Trujillo es algo parecida a la de Fernando Vallejo, nuestro escritor exilado en Méjico. Siempre escandalosos e irreverentes, pero grandes escritores. Luis  Quijano, colombiano residente en Houston, USA.

Desde tiempo atrás esperaba conocer más de aquel que dijo: «…ardía Buenos Aires en danza de faroles…» juanlunados (correo a La Crónica del Quindío). (El corresponsal se refiere a los versos iniciales del poema Roby Nelson:  “Lo conocí una noche estando yo borracho / de copas de champaña y sorbos de heroína; / era un pobre pilluelo, era un lindo muchacho / del hampa libertina. / Ardía Buenos Aires en danza de faroles; / sobre el espejo móvil del Río de la Plata / fosforecían las barcas como pequeños soles / o pupilas de ágata”. GPE).

Exquisita columna sobre ese interesante escritor Bernardo Arias Trujillo. Siempre de adolescente, aficionado a la lectura de poemas, me llamó la atención el pensamiento de aquel que escribiera a  Roby Nelson. Luego supe de la vida de su autor, al cual más le hubiera valido haber nacido en este siglo para gloria de la literatura. Armando Rodríguez Jaramillo, Armenia.

En la actualidad avanzo en mi Tesina de Maestría en Historia en el territorio donde Bernardo Arias Trujillo escribió Risaralda. Le estaré contando. Carlos Alfonso Victoria.

El poema a Roby Nelson lo conocí en el año 1963, cuando cursaba 5o. de bachillerato. Un compañero «raro» lo recitaba con mucha emoción. Cómo viviría el escritor su angustia, el repudio de una sociedad pacata, como correspondía a la época, y seguro de su propia familia, cuando la resolvió con el suicidio. Gustavo Valencia G., Armenia.

Muchas gracias por compartir estos espacios de cultura. La literatura regional es importante referenciarla. Se conoce poco. La prensa nos aporta mucho en nuestro proceso de formación, histórica y cultural. Corbacho (correo a La Crónica del Quindío).

Gracias por tu columna sobre mi admirado Bernardo Arias Trujillo. Trataré de localizar una columna mía titulada En el Valle de Risaralda donde hay referencias a esa maravillosa novela que nos habla de la Canchelo, del «señor don Simón Bolívar que bailaba bambuco después de las batallas», y de esa región, bella e inolvidable, de Risaralda. Te la enviaré cuando la encuentre en el mar ignoto de mi archivo de prosas que espero organizar y publicar algún día… Suelo olvidar que acabo de cumplir 90 años. Maruja Vieira, Bogotá.

Uno de los buenos escritores colombianos, injustamente olvidado. Risaralda sigue siendo una de las grandes novelas de la afrocolombianidad. Ocossa (correo a El Espectador).

En este escrito se le hace un reconocimiento literario a ese gran escritor y poeta Arias Trujillo. Sería bueno que la juventud leyera su obra literaria y por eso recomiendo la novela Risaralda en que el autor relata cómo se hizo la colonización del valle de Risaralda y aboca a personajes de carne y hueso, como Vicente Martínez, «con su trompeta de convocatoria» que vivíó en el guineo municipio de Cartago. El poema Roby Nelson es un bello poema que demuestra su calidad literaria. Elmonpa (correo a El Espectador).

Cuando este columnista se desempeñaba como gerente del Banco Popular en Armenia, cursaba yo bachillerato en el colegio Rufino de esa ciudad y desde esa época admiro sus escritos. Evidentemente,  Bernardo Arias Trujillo como secretario de la Legación diplomática en Argentina, y Camacho Carreño como embajador, época en que surgió el conflicto con el Perú, cumplieron señalada intervención internacional denunciando el atropello. Nada parecido a nuestros embajadores actuales, nombrados por influencias políticas, a quienes nada les interesa sino el sueldo en dólares. Picapleitos (correo a El Espectador).

Ernest Hemingway

jueves, 10 de octubre de 2013 Comments off

Gustavo Páez Escobar

Nació el 21 de julio de 1899 en Oak Park, estado de Illinois, y murió el 2 de julio de 1961, en Ketchum, Idaho. Su extracción burguesa no influye, sin embargo, en su desempeño vital, que conoce días de pobreza y limitaciones. Vida intensa la suya, movida por la aventura, el oficio periodístico y la creatividad literaria. La guerra le deja una marca en el cuerpo y en el alma, y esto se manifiesta en varios de sus libros.

El poco afecto que siente por su madre se traducirá en su conducta despreciativa hacia las mujeres. En sus novelas aparecen dos prototipos femeninos entremezclados: uno, la mujer fuerte, la devoradora de hombres, y otro, la mujer sumisa y explotada por el hombre.

El trauma causado por la guerra lo conduce a ejecutar acciones osadas, a veces rayanas en lo heroico, como terapia contra el miedo que siempre lo acompañará. Miedo que no logra dominar y que cada vez se acrecienta más, hasta llevarlo al suicidio. Fue un ser angustiado, inseguro, con delirio de persecución, y que por eso mismo se refugiaba en la soledad. En medio de todos estos conflictos escribió sus grandes obras, en las que se reflejan los estados de su alma.

Entre 1921 y 1926 vive en París, con su primera esposa Hadley Richardson, la época más feliz de su existencia. Época de enorme pobreza y suma felicidad. París lo marca. Allí arranca su quehacer literario junto a una pléyade de escritores en ciernes, casi anónimos, afectados por la guerra, que constituyen la generación perdida, generación de bohemia, agitación intelectual y aventura mundana. Estos recuerdos quedan recogidos en su obra póstuma París era una fiesta, publicada en Estados Unidos en 1964 (tres años después de su muerte).

Su estilo literario es conciso, directo, expresivo, donde abundan las imágenes exactas, impactantes, sin rodeos, que cautivan a los lectores. La fuerza sicológica de sus personajes, que nace de su propio mundo interior, se acentúa, sobre todo, en Adiós a las armas, Fiesta brava, Muerte en la tarde, El viejo y el mar.

El Premio Nóbel, que le fue otorgado en 1954, no hace sino refrendar la valía de una de las grandes personalidades de la literatura universal.

Bogotá, 18-I-2012