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Archivo para la categoría ‘Temas literarios’

Las desventuras de Jorge Isaacs

jueves, 29 de junio de 2017 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

La vida de Jorge Isaacs estuvo marcada por el infortunio. La gloria obtenida con María, que cumple 150 años de editada, se vio opacada por una cadena de adversidades que no le permitieron disfrutar a plenitud las mieles de ese suceso extraordinario. María está considerada una de las obras hispanoamericanas más destacadas del siglo XIX.

Sus primeros años los pasa en el campo, y este hecho determina el paisaje de la novela. A los 11 años inicia sus estudios en Bogotá, y 4 años después regresa a Cali. A los 17 años lucha en el Ejército contra la dictadura de José María Melo. En esa época la situación económica de su familia registra grave deterioro.

A los 23 años se enrola en el Ejército del gobierno conservador de Mariano Ospina Rodríguez, contra quien se rebela el general Mosquera. Al año siguiente muere su padre, de quien hereda sus bienes, afectados por deudas onerosas. A los 32 años renuncia al Partido Conservador y se matricula en el radicalismo liberal.

Desempeña importantes cargos en la vida pública: representante al Congreso,  cónsul en Chile, subdirector de Instrucción Pública del Estado Soberano del Cauca, secretario de Gobierno y de Hacienda del mismo Estado, secretario de la Comisión Científica, presidente de la Cámara, director de Instrucción Pública del Tolima.

A los 27 años se vincula a los trabajos del camino de herradura entre Buenaventura y Cali, y es atacado por la malaria, que nunca lo abandonará. En desarrollo de sus expediciones se desplaza por otros sitios inhóspitos y malsanos, como Chocó, la Guajira, la Sierra Nevada de Santa Marta, el golfo de Urabá, las riberas del Magdalena. “Trabajé y luché –dice– hasta caer medio muerto por obra de las fatigantes tareas y del mal clima”.

En Medellín dirige el periódico radical La Nueva Era, que combate a Núñez y a los conservadores. Allí se declara en rebelión y se proclama jefe civil y militar del Estado Soberano de Antioquia, situación que solo dura 2 meses. En el Urabá descubre yacimientos de hulla, y el Gobierno le otorga permiso para explotarlos. Pero no tiene éxito.

Trabaja en 2 novelas: Fania y Alma negra (llamada antes Camilo), en las que pone mucha ilusión, pero quedan inconclusas. Sus últimos años, en Ibagué (1888-1895), enfermo, pobre, cansado y frustrado, son de abandono y tristeza. Dispone que sus cenizas sean enterradas en Medellín. “Mucho amo al Cauca –declara–, aunque es tan ingrato con sus propios hijos”.

Un año antes de morir, le escribe a un amigo: “Usted y Juancho Uribe hablan de mi casa a orillas del Combeima. Ninguna poseo. Desde 1881 mi familia ha vivido en casas pobres y alquiladas, míseras a veces”. Este mismo dolor se manifiesta en su carta inédita que revelé en El Espectador, en 1984, y que me fue confiada por Alfonso Meza Caicedo, director de la Caja de Compensación de Palmira.

Aunque se da como lugar de su nacimiento (1° de abril de 1837) a Cali, no es descartable que pueda ser el Chocó, donde se casaron sus padres. Él no precisó este hecho, y se limitaba a decir que era hijo del Estado Soberano de Cauca, al que pertenecía la provincia del Chocó.

Muere en Ibagué a la edad de 58 años, el 17 de abril de 1895. El 21 de noviembre de 1904 se exhuman sus restos, y llegan a Medellín el 22 de diciembre, donde reposan desde entonces, hace más de un siglo.

El Espectador, Bogotá, 23-VI-2017.
Eje 21, Manizales, 23-VI-2017.
La Crónica del Quindío, Armenia, 25-VI-2017.
Mirador del Suroeste, Medellín. n.° 65, julio/2018.

La despedida de Eco

miércoles, 9 de marzo de 2016 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

De Umberto Eco había leído su célebre novela El nombre de la rosa (1980), que lo llevó a la fama y se convirtió en sonado suceso bibliográfico, con 50 millones de copias vendidas, la traducción a numerosos idiomas y la versión para el cine en 1986. Con esta obra inició la publicación de sus 7 novelas, a la edad de 48 años. Además, es autor de numerosos libros de ensayos.

Gloria Chávez Vásquez, escritora y periodista quindiana residente en Nueva York, me recomendó a finales de enero el último libro de Eco: Número cero. Me anotó que se trataba de una crítica mordaz sobre el periodismo contemporáneo, materia que a los dos nos interesa, por supuesto, y me pidió que le hiciera conocer mi opinión sobre dicho texto, para intercambiar ideas.

Adquirí el libro y lo leí con mucha atención. El mismo día en que iba a enviarle el mail a mi amiga (19 de febrero), comentándole mis puntos de vista, Umberto Eco moría en Milán (Italia) a los 84 años de edad. Este hecho me impresionó sobremanera. Al coincidir la lectura con la muerte del autor, esto tenía un significado de despedida macabra.

Prescindiendo de esa circunstancia acaso fantasmagórica, podría decirse que la novela Número cero representa, en efecto, la despedida del mundo con que el autor concluye su carrera literaria y deja un rotundo mensaje a los poderosos, los políticos,  los gobernantes y los periodistas sobre los flagrantes sistemas de corrupción que invaden al mundo entero.

El misterio con que el escritor se va del planeta (pocos conocían la noticia del cáncer) parece corresponder al clima policíaco que puso en varias de sus novelas. El nombre de la rosa se mueve en una abadía medieval, y en esa historia gravita el espíritu policíaco, el mismo que se siente en el último libro.

El aire monacal que se percibe en varias escenas de los dos libros (los monjes de la abadía de los Apeninos, en el primero, y el ámbito religioso de la Argentina y el Vaticano, en el segundo) es recurrente en la obra de Eco.

Los novelistas se contagian en tal forma con el carácter de sus criaturas y sus ambientes, que sin darse cuenta terminan ellos mismos impregnados de esas atmósferas y pareciéndose a sus personajes. Esto fue lo que estableció Flaubert con su famosa frase: “Madame Bovary soy yo”.

Si nos ubicamos en otro aspecto de la creación de Umberto Eco, los 35.000 volúmenes de su biblioteca son los mismos volúmenes de la abadía plasmada en su novela. Nada nuevo se descubre aquí, y no sobra advertir que el novelista solo debe escribir sobre lo que conoce y lo que vive. Sin notarlo muchas veces, él es el mejor biógrafo de sí mismo.

Lo más relevante en Número cero es la fuerza histriónica con que el novelista recrea la vida imaginaria del periódico y encierra en él al grupo trenzado en diversas labores y maniobras de un periódico real, bajo la oculta dirección del magnate que se mueve en la sombra y convierte su empresa en instrumento corruptor de la política y el capital.

A través de esta parodia manejada con buenas dosis de humor, gracia y sarcasmo,  Umberto Eco, agudo conocedor de los intríngulis y las zonas oscuras del periodismo (que comprenden, claro, los hilos peligrosos de internet con sus mensajes apócrifos y la manipulación de los hechos reales), deja una lección impactante para reflexión de la época actual.

El Espectador, Bogotá, 4-III-2016.
Eje 21, Manizales, 4-III-2016.
Mirador del Suroeste, n.° 59, Medellín, diciembre/2016.

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Comentarios

Gran homenaje a un escritor que le hará falta al mundo, no solo por su calidad narrativa, sino por el contenido filosófico que introducía a sus producciones. Eduardo Durán Gómez, Bogotá.

Eco era un intelectual a carta cabal. José Nodier Solórzano Castaño, Armenia.

He leído atentamente la columna por más que nunca tuve interés en leer a Eco. De hecho, de él sólo he leído un texto que encontré cuando preparaba mi conferencia sobre Mafalda, un texto que escribió para presentar la traducción de las tiras de Mafalda, y era tan superficial que no fue difícil rebatirlo frase a frase. Ricardo Bada, Colonia (Alemania).

Excelente artículo sobre Umberto Eco. Bien remarca usted sobre «los hilos peligrosos de internet con sus mensajes apócrifos y la manipulación de los hechos reales». Si bien internet ha sido un gran paso para la humanidad, en el cual podemos encontrar casi toda la información que necesitamos y nos ayuda a enriquecer nuestros conocimientos, también sabemos que por la facilidad que se tiene de subir a la red toda clase de información, hay mucha que es falsa y apócrifa, como lo es la carta dirigida al presidente de la República que circula a nombre del periodista Juan Gossaín Abdala, quien acaba de decir que es falsa, que no fue él quien la escribió. Alvaro Pérez León, París.
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En nuestro idioma, por usos y costumbres en el español nuestro, no en el de España, se nombra Humberto con H y allá, en Italia, se dice: «mío caro Umberto, per favore Umberto, andiamo». Virruaco (correo a El Espectador).

Curioso el comentario de Virruaco respecto a que en Colombia debe escribirse Humberto (con h), y en Italia, Umberto (sin h). Voy a contarle una simpática anécdota sobre este caso. El escritor calarqueño Humberto Senegal escribía su nombre con h, y desde hace varios años optó por suprimirle la h, y ahora es Umberto Senegal. Vaya uno a saber por qué hizo esta modificación, que de todas maneras es contraria a lo que usted predica. La escritura de los nombres es muy caprichosa y por lo general no obedece a reglas gramaticales, sino a la real voluntad de sus portadores. Gustavo Páez Escobar.
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Gran vocero de Caldas

miércoles, 24 de febrero de 2016 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

José Miguel Alzate es un enamorado entrañable de Aranzazu, su tierra natal. Este tema es recurrente en sus ensayos, conferencias y artículos de prensa. En el año 2000 publicó el libro Aranzazu, su historia y sus valores. Es autor de la letra del pasodoble Aranzazu, canción y poesía, con música de Manuel Alvarado. En El sabor de la nostalgia (2003) recoge crónicas, artículos y discursos sobre Aranzazu.

Hace un par de años compiló, en el libro Entre la soledad y la angustia, la poesía de Javier Arias Ramírez, emblema de las letras caldenses, nacido en Aranzazu en 1924 y fallecido en 1987. En 1989 editó el libro Javier Arias Ramírez, un poeta de Caldas.

Sobre este poeta ilustre, cuya obra, olvidada hoy, se enriqueció con la lectura de los grandes líricos de España y otras latitudes, dice Augusto León Restrepo: “Si algo caracteriza la producción de Javier es su desolación, sus imprecaciones aceradas, su envolvente y decidida pasión por lo humano”.    

Además, el sentido de identidad con sus raíces vernáculas lleva a José Miguel Alzate a destacar la vida de otros pueblos de su comarca, como Samaná, al que en el 2001 dedicó el libro Samaná en la historia. Por otra parte, se ocupa a menudo de los problemas y el mundo cultural de la región a través de sus artículos de prensa.

Todo esto me lleva a resaltar el hecho de que este escritor perseverante es una de las voces más genuinas y analíticas del acontecer caldense. El amor por su tierra nativa lo irradia a todo el departamento –de tan gloriosos antecedentes cultos–, y esto le ha hecho ganar el aprecio y la admiración de sus coterráneos.

El inicio de José Miguel Alzate como escritor y periodista se manifiesta en La Patria de Manizales, donde a los diecisiete años sorprendió con sus notas críticas literarias.  Al paso de los días, ha sido articulista del Diario de la Frontera, El Colombiano, La Opinión, Diario del Otún, La República, El Heraldo, Eje 21. En los últimos seis años escribe una columna en El Tiempo.com.

Es autor de ocho obras. Fuera de los títulos citados se encuentran Conceptos libres, Sinfonía en azul (libro de cuentos ganador de un concurso en Manizales) y Para conocer a García Márquez, que vio la luz hace pocos meses.

Es experto en García Márquez. Su dedicación a la obra del creador de Macondo viene desde mucho tiempo atrás, y esto se evidencia en los variados análisis que ha ofrecido en sus artículos de prensa. El reciente volumen es buen glosario de sus andanzas alrededor del escritor insignia de la literatura colombiana.

De este libro entresaco dos asuntos. Uno: el origen de la palabra Macondo. Dice García Márquez que vio el vocablo en una tablilla a la entrada de la compañía bananera, y después sabría que se trataba de un árbol gigante descubierto por Humboldt cerca de Turbaco. Y es el nombre de una tribu milenaria de Tanganika.

Dos: ¿existió la famosa mamá grande? Sí existió. Fue una mujer “rica y pintoresca” que conoció García Márquez en la población de Sucre, en la década de los cuarenta, llamada María Amalia Sampayo de Álvarez.

Esta revelación de José Miguel Alzate me incitó el nervio para releer Los funerales de la mamá grande y sacarle, por supuesto, mayor sabor a aquella historia de estupendo realismo mágico.

Eje 21, Manizales, 19-II-2016.
El Espectador, Bogotá, 19-II-2016.

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 Comentarios

A José Miguel Alzate lo he seguido de vieja data en sus incursiones editoriales y periodísticas. Ha sido un insistente y profuso exponente de las virtudes de su patria chica, como también de las de Caldas, su departamento. Merecido homenaje a nuestro amigo y justa exaltación de un valor caldense de parte tuya, a quien siempre te hemos considerado, con orgullo, como uno de los nuestros. Augusto León Restrepo, Bogotá.

Te felicito por tu recurrente y valiosa tarea de poner en valor la literatura regional. Carlos A. Villegas Uribe, Medellín.

Gracias a la participación que me haces de tus notas, he podido conocer algunos personajes y aspectos relacionados con el Quindío y en general con el Eje cafetero. El haber vivido en esa zona y haberte vinculado a sus círculos culturales y periodísticos te ha permitido divulgar lo concerniente a ellos y con seguridad eres una persona muy reconocida y estimada allá. Haces una fructífera labor periodística e histórica. Eduardo Lozano Torres, Bogotá.

Muy interesante tu columna. No conozco a este escritor. Los datos que aporta sobre la obra de García Márquez denotan la profundidad de sus investigaciones. ¡Qué buen trabajo el que haces dando a conocer personajes para muchos desconocidos, como es el caso de  José Miguel Alzate! Esperanza Jaramillo, Armenia.

Este es un estímulo que obliga a seguir adelante, trabajando con la palabra, rescatando los valores de Caldas, hablando de quienes escriben para dejar huella de su paso por la vida. José Miguel Alzate, Manizales.

El atardecer de Soto Aparicio

martes, 15 de diciembre de 2015 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

“Para un hombre que ha cumplido sus deberes naturales, la muerte es tan natural y bienvenida como el sueño”, dice Santayana. Estas palabras parecen escritas para Fernando Soto Aparicio, que penetrado por la idea de la muerte a raíz del cáncer gástrico que lo aqueja, se despide de sus lectores, con poética valentía, en el libro Bitácora del agonizante (Panamericana Editorial, noviembre de 2015).

Desde que se presentaron los primeros indicios sobre el grave deterioro de su salud, me comuniqué con él para expresarle mi voz de solidaridad. Cuando el mal fue confirmado por los médicos, la noticia, no por presentida, dejó de serme traumática. Así define Fernando su sufrimiento: “Me ha tocado (no en suerte; tampoco sé si en desgracia) una de esas enfermedades irreversibles y perversas (un cáncer agresivo y cruel). Pero voy a vivir hasta el último instante, hasta el aliento final, hasta el postrer destello”.

En medio del dolor, mantiene la serenidad. Esta fortaleza espiritual trasciende a su libro del adiós, compuesto por 36 poemas (que él llama salmos) escritos durante los días de la atroz contingencia. Pocas personas tienen el valor de hacer pública esta embestida del destino, y los propios parientes suelen eludir la palabra “cáncer” como causa del deceso del ser querido, y acuden al rodeo de “la penosa enfermedad”. Prurito social que no cabe en el carácter del escritor boyacense.

Soto Aparicio vio la luz en Socha (Boyacá) el 11 de octubre de 1933, pero a los pocos meses sus padres se trasladaron a Santa Rosa de Viterbo, considerada su verdadera patria chica, donde estudió las primeras letras, comenzó a trabajar, se casó e inició su carrera literaria.

Nació con el don de la palabra. Desde muy corta edad ya era lector y escritor. De 10 años escribió 2 novelas a la vez, que más adelante destruyó. Su primera poesía, Himno a la patria, fue  publicada en 1950 (a los 17 años de edad) por el suplemento literario de El Siglo. Hacia la misma época escribió Oración personal a Jesucristo, obra que en 1954 llenó la totalidad de la página literaria de La República, y lo mismo ocurrió en 1964 con el Magazín Dominical de El Espectador.

A los 28 años escribió su novela más nombrada, La rebelión de las ratas, que resultó ganadora del premio Selecciones Lengua Española de Plaza & Janés. De ahí en adelante arrancó su carrera ininterrumpida en todos los géneros literarios. Es de los autores más prolíficos y más brillantes del país. Su obra llega a 70 volúmenes. Ha sido además guionista y libretista para cine y televisión. En el gobierno de Belisario Betancur estuvo vinculado a la diplomacia, como representante de Colombia ante la Unesco, y en los últimos años ha sido asesor de la Universidad Militar Nueva Granada.

“Tengo que escribir para sentirme vivo”, confiesa en reciente entrevista con Marco A. Valencia Calle, escritor payanés (El Tiempo, 8 de diciembre). Y agrega: “Mi rutina es trabajar en un libro e ir investigando sobre el próximo. Algunos críticos dicen que escribo mucho, pero es mi manera de ser, y mi manera de contribuir a que la literatura nos haga entender un poco más de la vida. Ellos que opinen, que yo hago mi trabajo: escribir”.

Ese es Fernando Soto Aparicio: escritor empedernido y obsesivo que desde el día que tuvo consciencia de la función literaria no ha hecho otra cosa que llenar cuartilla tras cuartilla, en irrenunciable alianza con las causas del hombre. De hecho, la temática de sus novelas está dirigida a los asuntos sociales. En 1982, Beatriz Espinosa Ramírez elaboró un sesudo ensayo sobre la calidad de Soto Aparicio en este campo, y lo definió como el novelista más consagrado y el más identificado con la causa del hombre latinoamericano.

Se nace para morir. Nada más cierto que la muerte. Pero la muerte no es igual para todos. No todos merecen morir en paz con la vida. Esto lo sabe muy bien mi infatigable compañero de luchas y realizaciones que, ante la cruda realidad de la parca que acecha, tiene el coraje de afrontar esta verdad inexorable. Quedan los personajes de sus novelas como testimonio perenne de su tránsito por el mundo.

El Espectador, Bogotá, 11-XII-2015.
Eje 21, Manizales, 11-XII-2015.

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Comentarios

No sabía del grave estado de salud de Fernando Soto Aparicio, que lamento de veras. De Fernando sé desde la época de sus libretos para televisión cuando yo era niño. Le agradezco por darme tan mala noticia, pues la aprovecharé «por el lado amable», como decía Chespirito, y memoraré varias de sus lecturas (las que hice de él), empezando por repasar la vida de Rudecindo Cristancho y su entorno familiar y campesino invadido, usurpado. Sebastián Felipe (correo a El Espectador).

Muy bonita y sentida columna. En el boletín de la Academia Colombiana de la Lengua, segundo semestre de 2015, saldrá un extenso artículo mío: De vuelta sobre Soto Aparicio. Hernán Alejandro Olano García, Bogotá.

Pero la muerte no es igual para todos. No todos merecen morir en paz con la vida. Me temo que esa frase con que encabezo y que es la usada para terminar el bellísimo texto sobre Fernando, días antes de emprender el viaje final, no pega en este país. No entendemos la muerte y, a veces, cuando alcanzamos a estar listos para irnos, nos hemos dado cuenta de que no entendimos todo lo que vivimos. Por el amigo que se está yendo, un abrazo estrecho de gratitud. Gustavo Alvarez Gardeazábal, Tuluá.

Qué triste debe ser escribir una nota para despedir a un amigo, pero también satisfactorio tiene que ser hacerle el reconocimiento público de los méritos cuando está aún vivo. Y lo digo porque en la mayoría de los casos ese reconocimiento es póstumo, y aunque válido, no deja de ser extemporáneo. Eduardo Lozano Torres, Bogotá.

Esta columna en honor a Fernando Soto Aparicio es el mejor homenaje al connotado escritor boyacense. Lo mejor de sus expresiones es que con ellas se está interpretando fielmente lo que dice el famoso poema: «En vida, hermano, en vida…» Jorge Enrique Giraldo, Íquira (Huila).

Fernando es una persona entrañable para mí; hace diez años lo invité a Medellín y recorrimos diez bibliotecas hablando de su obra. Nos escribimos por un tiempo y nos veíamos en las ferias del libro de Bogotá. Iván de J. Guzmán López, Medellín.

Leí tu artículo, lo imprimí y descendí al primer piso para leérselo a mi esposa Luz Irlanda. Con voz entrecortada, pues bien sabes del infinito aprecio que guardamos por nuestro compadre Fernando, di lectura a tan bello y sincero comentario. Qué grato y satisfactorio confirmar una vez más el valor y sencillez con que aludes a circunstancia tan difícil, como real y absoluta, por la que está viviendo, porque aún vive y «vivirá hasta el postrer destello», nuestro común amigo. Carlos Martínez Vargas, Fusagasugá.

Carlos: Sé del hondo aprecio que has sentido por él y recuerdo tu campaña por el Premio Nóbel que le quedan debiendo (escribo Nóbel con tilde, contra el querer de los académicos, como lo pronuncia la gente en español). Gustavo Páez Escobar.

Maravillosa descripción de la vida de Fernando Soto sobre su paso por la vida. Solo Dios sabe cuándo se acaba el tiempo acá, y esperemos que Fernando pueda seguir haciendo lo que más le gusta que es escribir. Son dones especiales que solo quienes los tienen conocen su importancia. Liliana Páez Silva, Bogotá.

Colombia debe darse cuenta de que se está extinguiendo la vida de un ser humano extraordinario, que nunca buscó la gloria literaria. Pero sus libros serán una guía para millones de colombianos que, como nosotros dos, supimos valorar el contenido social de su obra en conjunto. Ya empiezan a sentirse los homenajes a su vida. La página que le dedicó El Tiempo, dos días antes de publicar mi artículo, fue un bello homenaje a un escritor que ha estado marginado de las páginas de los grandes diarios. José Miguel Alzate, Manizales.

Nacemos para morir. Lo que pasa es que entre uno y otro hecho corre mucha agua bajo los puentes, pero de lo que sí estoy seguro es que con el prolífico escritor se cumple el poema En paz, de Amado Nervo. Por encontrarse en paz y no deberle nada a la vida, tiene esa visión y esas profundas convicciones que le permiten esperar con serenidad el momento final, dando inmenso ejemplo de grandeza y riqueza espiritual. Luis Carlos Gómez Jaramillo, Cali.

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En paz

(…) Hallé sin duda largas las noches de mis penas;
mas no me prometiste tan sólo noches buenas;
y en cambio tuve algunas santamente serenas…
Amé, fui amado, el sol acarició mi faz.
¡Vida, nada me debes! ¡Vida, estamos en paz!
Amado Nervo
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Qué artículo tan lindo. Qué triste es saber que Fernando Soto puede irse pronto. ¡Que Dios lo proteja! Fabiola Páez Silva, Bogotá.

Despides bellamente a un ser humano muy valioso y valiente. Además, a un escritor que honra las letras de nuestro país. Esperanza Jaramillo García, Armenia.

Valientes somos quienes enfrentamos el realismo absoluto. Honor a nuestro querido amigo Fernando. Seguimos transitando este hermoso camino de la vida hasta cuando «la siempre inoportuna» parca se aparece. Eduardo Malagón Bravo, Tunja.

Los grandes escritores jamás mueren. Sus ideas, sus pensamientos, sus obras, sus nombres quedarán en sus libros. La partida del escritor Fernando Soto Aparicio dejará una estela perenne de hombre de bien. De persona impoluta, intachable. De gran colombiano que dedicó su vida a enriquecernos con sus libros. El primer libro de literatura que leí fue Mientras llueve, que conservo en París y que he vuelto a leer dos veces más. Alvaro Pérez Franco, París.

Qué valentía la de Fernando Soto Aparicio. Coger al toro por los cuernos. Examinar el dolor mientras se sufre. Eso para mí es heroísmo. Todo un referente para cuando llegue lo nuestro. Dios lo bendiga y le guarde un sitio de privilegio en su seno. Rezo para que el dolor no se ensañe en él. Gloria Chávez Vásquez, Nueva York.

Aflige saber la dolencia del maestro, prolífico escritor de la tierra y de la sociedad colombiana, como usted bien lo caracteriza, con total compromiso hacia la literatura. Hugo Hernán Aparicio Reyes, Armenia.

Me alegra que escribas sobre uno de nuestros importantes autores. Fue uno de los primeros que leí en el colegio. Álister Ramírez Márquez, Estados Unidos.

Muchos colombianos crecimos, en nuestra adolescencia, con los personajes creados por Fernando Soto; muchos colombianos, millares, conocimos que la literatura estaba en los libros cuando leímos sus novelas, duras y melancólicas, pero todas muy cercanas a lo que era nuestro país. José Nodier Solórzano Castaño, Armenia.

Dolorosa la noticia y admirable la valentía de Fernando para enfrentar lo irremediable. Está dándole la cara con el arma que mejor conoce: la literatura. Lástima que la muerte no haga excepciones, pues personas tan valiosas, en este mundo plagado de tanto malandro, son las que nos alegran la vida y nos hacen conservar la esperanza. William Piedrahíta González, Estados Unidos.

Tuve la oportunidad de leer el artículo sobre Fernando Soto Aparicio y causa pena saber de la enfermedad que lo aqueja. Quiera Dios que el sufrimiento que el cáncer conlleva lo siga soportando con valentía. Ligia González, Bogotá.

Conmovedor, sentido y casi poético el diálogo entre tú y Fernando Soto Aparicio a quien no tengo el gusto de conocer personalmente, pero sí de admirar a plenitud. Hazle llegar mi mensaje de solidaridad, no de pesar, porque la muerte es una realidad para todos, pero la valentía para ser consciente sobre su ineluctable ocurrencia es cualidad de mentes brillantes. La frase de tu hija me conmovió. Luis Fernando Jaramillo Arias, Bogotá.

Siento mucho los graves quebrantos de salud de Fernando Soto, figura grande de nuestro país, escritor y hombre de calidades relevantes. Ojalá encuentre mejoría y permanezca con el ánimo que lo ha sostenido. Elvira Lozano Torres, Tunja.

Qué humana columna sobre Soto Aparicio. Se lee y se relee, y mientras se hace, más se aprecia la pluma de Fernando. Armando Rodríguez Jaramillo, Armenia.

Se fue José Chalarca

jueves, 8 de octubre de 2015 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Mi conocimiento sobre José Chalarca viene de la época en que publicó su primera obra, Color de hormiga (1973). Dicho trabajo corresponde al número 109 de la serie de bolsilibros del Instituto Colombiano de Cultura. Por aquellos días nos conocimos en Armenia. Nació en Manizales el 25 de abril de 1941, y acaba de morir en Bogotá, este 29 de septiembre, a la edad de 74 años.

Con su libro inaugural se dio a conocer como cuentista talentoso. Del mismo género son Contador de cuentos (1980), Las muertes de Caín (1993) y Trilogio (2001). Se distinguió como ensayista con El oficio de preguntar, Marguerite Yourcenar o la profundidad, La escritura como pasión y El biblionavegante, su último libro, publicado en 2014. Otros títulos de su autoría son Diario de una infancia, Aventuras ilustradas del café, Colombia: café y paisaje. También era pintor, y sus obras fueron divulgadas en exposiciones individuales y colectivas.

En su tierra natal se graduó de bachiller en el Instituto Universitario, en 1962, y en Filosofía y Letras en la Universidad de Caldas. Ejerció la docencia y durante 3 años dirigió la revista Siglo XX, gran promotora de cultura. Al mismo tiempo era columnista de La Patria y de diversos periódicos y revistas.

Su ingreso a la Federación Nacional de Cafeteros, a la que estuvo vinculado durante largos años, hasta jubilarse, se debió a un hecho fortuito. Pedro Felipe Valencia, alto directivo de la entidad, le encomendó la escritura de un libro sobre un personaje cafetero. Dicha obra le dio auge en la Federación de Cafeteros. A partir de entonces se vinculó a la vida laboral del organismo, y tiempo después fue nombrado jefe de Publicaciones, donde ejerció reconocida labor como investigador y editor.

En dicho contexto, José Chalarca publicó 10 libros sobre el sector cafetero. Su pasión por el grano le incentivó el espíritu de la investigación, hasta el punto de convertirse en la persona que tenía mayor conocimiento sobre la vida cafetera.

En 1989, siendo Jorge Cárdenas Gutiérrez gerente de la Federación, fue publicado el libro Don Manuel, Mister Coffee, en dos tomos de lujo, y 872 páginas en total, como homenaje a Manuel Mejía en el centenario de su nacimiento. La obra fue dirigida por Otto Morales Benítez y Diego Pizano Salazar. El aporte de José Chalarca en el campo investigativo fue fundamental. Sin embargo, no se le dio ningún crédito en la  obra. Lamentable omisión. Yo supe de su frustración.

Hombre prudente, amable y silencioso, mientras más ciencia acumulaba, y más páginas escribía, y mayor bagaje poseía, más huía de la ponderación y de los honores. Lector empedernido, dedicaba todo su tiempo del retiro a los grandes temas que lo apasionaban. Su tierra natal dejó de tributarle el reconocimiento que merecía.

En carta dirigida a Augusto León Restrepo y publicada en Eje 21 de Manizales, el escritor caldense Eduardo García Aguilar, residente en París, dice al respecto: “Deberíamos comprender que a los autores como él hay que escucharlos y difundirlos en vida. Propiciar encuentros, escribir sobre sus obras. Y no condenarlos al silencio”.

Cuando presentía su muerte cercana, decidió obsequiar gran parte de su biblioteca a la Universidad Tecnológica de Pereira, que le puso el nombre de José Chalarca a una de las salas de lectura. Es preciso exaltar la valía de este señor escritor que honra las letras de su comarca y del país.

El Espectador, Bogotá, 2-X-2015.
Eje 21, Bogotá, 2-X-2015.

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Comentarios

Muy justa y ponderada nota sobre José. Te agradezco que la hayas compartido. Permíteme, ahora, distribuirla entre los tantos amigos comunes que siempre exaltaron la labor literaria de Chalarca. Alpher Rojas Carvajal, Bogotá.

Acabo de leer tu columna con pesar. Llegamos a Roma esta mañana. Conocí a José cuando era una niña. Un hombre y un escritor muy valioso. Hacía muchos años que no lo veía, pero seguí el curso de su vida. Esperanza Jaramillo,  Roma.

Me duele mucho la ida de José, quien antes que escritor y pintor era un ser humano íntegro. Muchos recuerdos vienen a mi mente de cuando éramos compañeros de estudios en el Seminario San Pablo, en Itagüí, contiguo a la finca de los Ospina  Pérez, llamada El Ranchito, donde cursamos Filosofía, y era para esos efectos dependencia de la Universidad de San Buenaventura. Allí buscábamos prepararnos para el sacerdocio como franciscanos, pero la vida nos llevó por diferentes senderos. Tengo la certeza de que José está viviendo en el cielo a plenitud y con los reconocimientos reales que se merecía. Luis Carlos Gómez Jaramillo, Cali.

Nos criamos en el Barrio Sáenz, en Manizales. Después lo encontré en Bogotá, cuando se desempeñaba como alfabetizador en el Plan OCA. Luego pasó a la Federación de Cafeteros. Conversábamos con frecuencia, y nos reíamos de nosotros recordando las duras y las maduras de la infancia y adolescencia. Recuerdo nuestra última reunión en el Colombo Americano de la 19 con Avenida Jiménez, en Bogotá. Recibí en casa una invitación a la exposición de pinturas de José Chalarca, en el Centro Colombo Americano. Entonces llamé a José a contarle de su homónimo pintor. Soltó su carcajada de rigor y me dijo: «No, Javier, ese pintor José Chalarca soy yo, el mismo que conoces y con quien estás hablando. Pintar es mi gran oficio, de él vivo… y sobrevivo de lo que hago en la Federación. Te espero allí, tomamos café y seguiremos con el tema». Javier González Quintero, Bogotá.