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El maestro Raúl Borja Ávila

jueves, 18 de mayo de 2017 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

A los 10 años, Raúl Borja Ávila, nacido en Tunja el 10 de abril de 1944 y que  residía en Zipaquirá, ya mostraba afición por el ajedrez. Vocación estimulada por las enseñanzas recibidas de Victoria Ávila de Borja, su madre, e  impulsada por su padre, Abraham Borja Rubio, brillante maestro de ajedrez, que además cumplió exitosa carrera en el poder judicial. El “archiduque” lo llamaban sus amigos en el ambiente ajedrecístico.

Como dato curioso, Raúl nació el día en que sus padres cumplían un año de matrimonio. Este hecho resulta premonitorio de la alta figuración que tendría como protagonista del juego soberano, que requiere altas dosis de inteligencia y que es movido por la táctica, la estrategia y la lógica.

Según el ajedrecista ruso Anatoli Kárpov, “El ajedrez lo es todo: arte, ciencia y deporte”. Y según Benjamin Franklin, «La vida es como el ajedrez, con lucha, competición y eventos buenos y malos». Estas premisas, que parecen desprenderse del tablero de 64 escaques y 16 piezas enfrentadas en buena lid,  movieron el tránsito por el mundo de los dos Borja maestros del ajedrez –padre e hijo– y guían la conducta de los otros hermanos Borja Ávila practicantes de dicho deporte.

El niño de 10 años que en 1954 sentía en Zipaquirá el ardor de su afición precoz,  impresionó al hermano Arturo, promotor de ajedrez en el colegio La Salle de Zipaquirá. Tiempo después Raúl ingresó al seminario de Tuta (Boyacá). Pero no fue sacerdote, sino ajedrecista profesional. Esa era su verdadera vocación.

Fue campeón en Zipaquirá en 1962; en el departamento de Cundinamarca, en 1963 y 1965; en Ávila (España), en el 2000; en Guadalajara (España), en 2001; en el primer y tercer torneos interclubes (club El Nogal), en 2007 y 2009; en el torneo nacional Sénior Máster de Manizales, en el 2008; en el campeonato nacional Sénior Máster de Armenia, en el 2011.

Y obtuvo otros títulos como subcampeón, entre ellos el continental Sénior Máster de Mar del Plata (Argentina), en 2012. En 1975, en torneo magistral, ganó la partida al maestro Miguel Cuéllar Gacharná. Al tiempo con este ejercicio, era profesor de ajedrez en la Policía, en colegios y otras entidades. Esa era su función vital.

En mi época juvenil, un grupo de amigos fundamos en Tunja el Club Social Capablanca, en honor del genio cubano de ajedrez José Raúl Capablanca. Allí organizábamos campeonatos “caseros” de ajedrez y cumplíamos activas tertulias literarias. Ya ausente de Tunja, no volví a saber nada de la pretenciosa asociación surgida alrededor del ajedrez y que nos despertó la mente hacia la inquietud intelectual.

Abraham Borja Rubio, el padre y maestro del personaje reseñado en estas líneas,  murió en el año 2001. En honor suyo, sus hijos crearon la fundación que lleva su nombre. A esta fundación ingresa, por supuesto, el nombre de Raúl, cuyo paso por la vida concluyó el pasado 15 de abril. Dolor que comparto con su familia.

Con fecha 31 de marzo de 2014, la Federación Colombiana de Ajedrez otorgó el título de “maestro nacional” a Raúl Borja Ávila, al acreditar los requisitos fijados por la entidad dos años atrás. El mundo del deporte, donde vibra el alma de la patria, se enaltece con esta dinastía de ajedrecistas.

El Espectador, Bogotá, 12-V-2017.
Eje 21, Manizales, 12-V-2017.
La Crónica del Quindío, Armenia, 14-V-2017.

Comentarios

Estamos muy complacidos y muy agradecidos por el cálido y afectuoso homenaje tributado a mi hermano Raúl, a propósito de su reciente paso al Oriente Eterno, y también a mi padre Abraham, que ciertamente fue nuestro maestro, no sólo en el juego de los escaques sino también en el de la vida, con su ejemplo y su ilustración. Ramiro Borja Ávila, Bogotá.

Qué buen artículo sobre Raúl. Resume muy bien los aspectos básicos de su vida y sus logros ajedrecísticos. Mauricio Borja Ávila, Bogotá.

No conocía a los ajedrecistas Borja. Cada uno tiene un destino que por más que desee desviarlo, siempre gana la batalla. Eso le sucedió al señor Raúl Borja en el juego ciencia: encontró su ruta y su meta. Quizás los hijos (y nietos) sigan sus pasos por la ruta de la sangre. Inés Blanco, Bogotá.

Excelente columna. Es el tipo de información que no puede pasar desapercibida en los medios. Gustavo Valencia García, Armenia.

La mudanza

viernes, 22 de noviembre de 2013 Comments off

Por Gustavo Páez Escobar

Pues sí: llegó la hora de la mudanza. Una amiga mía dice que no hay nada tan parecido a una hecatombe como un trasteo. Esto de dejar el sitio donde hemos visto transcurrir gratos años de nuestra existencia, para enfrentarnos a lo incógnito, a lo sorpresivo e impredecible, produce nostalgia.

La tortura de la mudanza empieza desde el día en que empacamos la primera caja. De ahí en adelante no cesamos en la carrera loca de hacer caber todo nuestro mundo en la hilera de cajas que nos aguardan. Mi ama de casa, tan minuciosa, tan detallista, tan previsiva, comienza a bajar de los estantes las vajillas que solo usamos en circunstancias especiales. Después viene el desfile implacable de los artículos de uso diario. A los tres días de esta tarea, ya no se encuentran, dentro del terrible revoltijo en que ha quedado convertido todo el apartamento, ni los platos para el desayuno, ni el pocillo para el café, ni el azúcar para endulzarnos la vida.

Se alterna la labor del empaque con la desocupación de los clósets colmados de ropa que no usamos desde hace varios años, y que ya “está pasada de moda”, como dice mi señora. Es entonces cuando descubrimos que nos hemos llenado de una cantidad de ajuares, de trapos, de cosas innecesarias que es preciso eliminar si pretendemos caber en el nuevo espacio, que es cómodo y suficiente. En esta labor de limpieza de los objetos inútiles, viene el sentido de la poda, de la destrucción de papeles, de la simplificación de nuestro cotidiano modo de vivir.

 Hace veinte años nos trasladamos a un lugar tranquilo, delicioso, rodeado de preciosa arboleda. Pocos años después, el ímpetu del “progreso” destruyó la arboleda para darle salida a una arteria necesaria para hacer avanzar la ciudad, abrió la calle cerrada, invadió el ambiente de estrépitos, de toxinas, de pitos y carros desaforados, de sirenas en eterna estridencia.

Los depredadores del urbanismo comenzaron a reemplazar las bellas casas coloniales por airosos edificios. El barrio se desfiguró. Con esta metamorfosis, llegó la época de los hoteles de lujo, de los grandes almacenes, de los emporios empresariales. El sosiego del paraíso fue trocado por el arrebato del modernismo.

Ahora, el mismo escritor de hace veinte años tiene que enfrentarse al traslado de sus libros, los que han crecido de manera providencial, pero inmanejable. Por eso, parte de la biblioteca la traslada a la casa campestre de Villa de Leiva. Otra parte la obsequia a la Casa de Cultura de Choachí, como homenaje al poeta Germán Pardo García, cuya memoria se enaltece en el museo que lleva su nombre.

El resto de los libros ya está en el nuevo apartamento, en infinidad de cajas henchidas de letras resignadas, y al mismo tiempo victoriosas, por haberse salvado del naufragio que significa el cambio de residencia. Dentro del caos imperante no se localiza nada, todo se enreda, a cada rato nos tropezamos unos contra otros y nos sacamos chispas.

 A pesar de todo, ya estoy en el nuevo apartamento, escondido detrás de una caja donde he logrado instalar el computador para comunicarme con mis lectores. Y para que sepan que no he naufragado, pues me acompañan mis libros, los amigos que nunca fallan. Esto representa un triunfo grande en medio de la hecatombe de que habla mi amiga. Hemos vuelto a un sitio sosegado, encantador, con calle cerrada y arboleda al frente de las ventanas. Como hace veinte años.

Solo siento que Bogotá se haya deshumanizado cada vez más y haya perdido la amabilidad de otras épocas, para volverse la ciudad áspera de hoy en día, que parece salírsele de las manos al alcalde Petro. De todas maneras, es una urbe esplendorosa en muchos aspectos, en medio de infinidad de problemas que, por falta de soluciones oportunas, asfixian hoy la vida de los ciudadanos.

El Espectador, Bogotá, 30-IX-2012.
La Crónica del Quindío, Armenia, 30-XI-2012.
Eje 21, Manizales, 1-XII-2012.  

 * * *

 Comentarios:

Ah, vida miserable la de los pobres que tienen que «trastearse». Nosotros los de la realeza tenemos villas, palacios, cotos de caza, pied de terre, piso en el centro y un avión privado tanqueado para salir volando cuando nos aburrimos. Dolores Edelmyra (correo a El Espectador). Respuesta: Menos mal que el corresponsal posee sentido del humor. GPE

Para la pobre víctima del trasteo hay dos sentimientos bien opuestos: lo positivo y renovador que resulta, generalmente, ese tipo de cambio de residencia, con el buen añadido en su caso de hacer la generosa donación en Choachí, y el dejar un vecindario ya no agradable, para ubicarse en un lugar mucho mejor, frente a lo molesto e incómodo que resulta ese inevitable trajín con enseres. Su columna, tan hermosa y descriptiva, tiene para mí ese valor. Sobre todo que la presentó cuando estamos fatigados de noticias tan negativas, en estos días. Obró como un bálsamo. Gustavo Valencia García, Armenia.

Tú retratas tu mudanza, pero retratas las de todo el mundo: la hecatombe, la locura.   Me reí con eso que dices: que estás escondido detrás de una caja, usando la computadora casi a hurtadillas, en una vivienda bella pero que aún no termina de estar arreglada del todo  por las manos hábiles de tu excelente ama de casa, mientras a tu alrededor todavía reina el caos. Diana López de Zumaya, Méjico, D. F.

Completamente de acuerdo con los trajines del trasteo. Por las cosas sin utilidad  que acumulamos con el tiempo y por el despojo de los libros, que son nuestros compañeros, que nos cobijan en días de soledades, que están ahí…  pero de todo hay que ir desprendiéndonos. Elvira Lozano Torres, Tunja.

En esta región le decimos a la mudanza trasteo o coroteo. Cosas del lenguaje coloquial. Pablo Mejía Arango, Manizales. Respuesta: También en Bogotá la palabra trasteo es la más empleada. Coroteo, según aprendí en el Quindío, es término muy paisa y muy auténtico. Yo utilicé mudanza, sinónimo legítimo de trasteo, aunque no tan usado como este, para despertar cierto interés sobre mi nota. De todas maneras, cualquiera de los tres vocablos nos saca chispas cuando tenemos que trasladar nuestros corotos. Así califica Euclides Jaramillo Arango (tan paisa él y tan genial) el verbo corotiar, en Un extraño diccionario (1980): “Trastear. Cambiar de domicilio y llevar, del antiguo al nuevo, todos los enseres del hogar. Se dice que tres corotiadas equivalen a un incendio”. GPE

Si en Choachí hay una Casa de la Cultura que lleva el nombre de alguien tan querido como lo fue para mí Germán Pardo García, me gustaría mucho aportarles algunos libros. Dime cómo puedo entrar en contacto con ellos y espero que el trasteo, que tan estupendamente describes, te sea cada vez más leve. Maruja Vieira, Bogotá.

Leer sobre tu trasteo es volver a generar los fantasmas que creía haber enterrado hace mucho tiempo. Te compadezco. Gustavo Álvarez Gardeazábal, Tuluá.

Toda mudanza o trasteo nos hace descubrir  que tenemos cosas que queremos mucho, otras de las cuales ni siquiera recordábamos nada, y algunas que creemos que definitivamente nos sobran. Pero, en segundo lugar, la mudanza también nos recuerda, yendo un poco a lo filosófico y sobre todo cuando nuestro calendario está avanzado, que somos peregrinos, que estamos de paso y que de todo eso que vemos y que hemos acumulado, en la mudanza final no nos llevaremos nada como no sea la esperanza, basada en la fe, de un encuentro con los seres que hemos amado. Jorge Rafael Mora Forero, colombiano residente en Estados Unidos.

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Pobres ricos

viernes, 22 de noviembre de 2013 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Las autoridades calculan que la fortuna del ‘Loco’ Barrera supera los 834 millones de dólares. Cifra amasada en su vertiginosa carrera en el tráfico de los narcóticos. Por informes que condujeran a su captura, el Gobierno colombiano ofrecía $5.000 millones, y el de Estados Unidos, US $5 millones.

Estas elevadas cuantías (más de 14.000 millones de pesos colombianos) miden la importancia y peligrosidad del delincuente dentro del azaroso terreno de las drogas. Los señuelos del dinero destruyen lealtades. Esto fue lo que sucedió en este caso: personas cercanas a él suministraron datos valiosos para rastrear sus huellas. El capo no tenía sosiego, ni territorio seguro, ni posibilidad de escape. Y sospechaba que sus propios amigos podían ser sus mayores delatores.

Bien sabía que el dinero se hizo no solo para comprar bienes suntuosos, sino para corromper a la gente. ¿Cómo ignorarlo, si transitaba por los oscuros senderos de la inmoralidad, donde no existen principios sino billetes de banco? Sus inversiones en finca raíz, carros lujosos, fincas de recreo, papeles bursátiles se esparcían por muchas partes.

Buscó escondederos en varios países, siempre en plan de fuga y con breve residencia en cada lugar para que no descubrieran su presencia. Argentina, Brasil, Perú, Bolivia, Uruguay, Venezuela figuran en la lista de este nervioso transeúnte que en ninguna parte encontraba tranquilidad. Viajaba con pasaportes falsos porque sentía los ojos de las autoridades puestos en él. Y descubrió que tanto dinero, en lugar de protegerlo, lo denunciaba. Pero no podía prescindir de él y cada vez lo incrementaba con voluminosos negocios que no lograba controlar.

Tenía dos grandes debilidades, como todo capo que se respete: las mujeres y los automóviles deslumbrantes. En Venezuela mantenía un lote de las mejores marcas: Porsche, BMW, Mercedes Benz, Alfa Romeo y Jaguar. Los que no podía disfrutar, porque este capricho le estaba prohibido dentro de las precauciones elementales que le imponía su vida clandestina. Para no llamar la atención, se movilizaba en carros corrientes. Tremendo sacrificio para este ricachón que pensaba que todo podía adquirirlo con su fortuna desbordada.

Varias amantes discretas llegaban hasta sus viviendas en Venezuela, mientras su esposa residía con dos de sus hijos en Argentina. Una de esas amantes vivía en Bogotá y desde allí viajaba a visitarlo. Estos viajes frecuentes permitieron detectar la presencia del prófugo en Venezuela. Otra amante descubrió las heridas que el ‘Loco’ se había causado en las manos, en su propósito de destruir sus huellas dactilares. Todos los caminos estaban taponados. El mafioso no tenía por dónde escapar, y aun así se hacía ilusiones con el poder de su riqueza compradora de conciencias.

Cuando la guardia venezolana le dio captura en una cabina telefónica, ofreció a los policías la bolsa de panes que portaba, revelándoles que ese había sido su único alimento en los últimos días y “no quería que se perdieran”. Así llegó a su final este pobre acaudalado que en su eterno peregrinaje de los últimos años no encontró un sitio de reposo.

Se repite la historia de otros grandes narcotraficantes, como Pablo Escobar, Gonzalo Rodríguez Gacha y Carlos Ledher, que prisioneros de sus astronómicos caudales terminaron como simples delincuentes en desgracia, sin hallar un minuto de paz. Con todo, la lección no se aprende.

El Espectador, Bogotá, 16-XI-2012.
Eje 21, Manizales, 16-XI-2012.
La Crónica del Quindío, Armenia, 17-XI-2012.

* * *

Comentarios:

Curioso que nadie dijo nada de cómo vive la mamá del Loco Barrera. Una señora que tiene dos hijos con discapacidades mentales («uno como mucho hace mandados y al otro tengo que bañarlo todavía», dice la señora en un paupérrimo español cundiboyacense), un pedacito de finca y una escopeta sin cartuchos –pero tranquila–. Sin educación definitivamente toda la plata del mundo se va como agua en las manos, pero valorar la tranquilidad es algo que no enseñan en el colegio. El de la H (correo a El Espectador).

Columnistas como usted hacen que nosotros los lectores anónimos –ya no tanto, desde cuando gracias a estos espacios entramos en contacto con quienes eran inaccesibles habitantes de torres de marfil–, sintamos La Crónica más cerca de nuestra vida intelectual y social. Este texto de hoy es ejemplo de su capacidad de leer, asimilar, deducir y compartir con sentido crítico una noticia. Faustino Echeverría (correo a La Crónica del Quindío).

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Las cartas de antaño

jueves, 31 de octubre de 2013 Comments off

Gustavo Páez Escobar

Una reciente crónica de Fabián Forero en el diario El Tiempo ha revelado una noticia insólita: que la escritura a mano existe todavía. En medio de este mundo que ha roto con bellas costumbres del pasado, esto de saber que aún se usan las cartas manuscritas, comprendiendo entre ellas, por supuesto, las cartas de amor, nos da un alivio a quienes no podemos resignarnos a la disolución de normas y principios que definieron el estilo de los viejos tiempos. Y marcaron nuestra propia alma.

Dicha crónica descubre una entidad estatal que yo creía extinguida: los Servicios Postales Nacionales, que hoy funcionan con la marca 4-72. Curiosa identificación del nuevo organismo postal. Investigando su procedencia, supe que este número identifica las coordenadas que posee Colombia en el globo terráqueo. Los antiguos Correos de Colombia de días remotos, o la Administración Postal Nacional (Adpostal) de época menos antigua, han quedado reducidos a tres números: 4-72. Y a un color distintivo: el azul.

Ruth Romero Daza, mujer de 40 años, toda de azul vestida, inicia su recorrido diario a las 8:30 de la mañana. Cada día debe entregar, de puerta en puerta, 50 cartas en Bogotá, y lo hace en su bicicleta todoterreno, que se las sabe todas. Como ella, otros 389 carteros ejecutan el mismo oficio. En este frágil vehículo se transportan todavía esquelas de amor de parejas que guardan alguna semilla de romanticismo. También va la carta para el preso, o para el comerciante, o para el acreedor. Es un residuo del pasado que se niega a desaparecer, a pesar de la arremetida del correo electrónico.

“Internet sepultó el correo tradicional”, dice Fabián Ramírez, funcionario de 4-72. Y agrega que hoy se entregan en Bogotá unas 2.000 cartas semanales escritas a mano, mientras antes se despachaban hasta 20.000. Lo deplorable de este cambio mutilador es que antes la gente escribía sus cartas con esmero y reflexión, vale decir, con buena redacción, con ortografía, con raciocinio, con respeto y elegancia. Hoy, en aras de la velocidad, de la simplificación y el facilismo, a los corresponsales no les importa chapucear el idioma y cometer las mayores burradas.

El manejo de las tildes, de las mayúsculas y las minúsculas, la donosura y la claridad de la expresión son cosas del pasado. El mundo moderno ignora los códigos del bien decir. Lo que importa es ir rápido, sin detenerse ni profundizar en nada. La estética epistolar desapareció. Antes la correspondencia era un género literario. Hoy es un campo baldío. Por fortuna, todavía quedan exponentes que tratan de salvar lo poco que resta de este desastre universal.

La internet trajo mucho progreso al mundo. Pero al mismo tiempo sacrificó muchos valores. Carmen Zamora, amiga mía colombiana que vive en Los Ángeles (Estados Unidos), me cuenta que al ir a matricular a su pequeño hijo en el colegio, notó que entre los elementos que debía llevar no le pedían lápices ni bolígrafos. Creyó que se trataba de un olvido de la profesora, pero no fue así: esta le informó que dichos utensilios sobraban, y le indicó que en cambio debía llevar un computador manual donde el niño aprendería a escribir y pintar con el lápiz digital.

Por todo lo dicho, anoto que me causó sorpresa y admiración el saber que todavía hay personas que escriben sus cartas a mano, y una entidad que se encarga de llevarlas a sus destinatarios. Ojalá 4-72, que parece una empresa obsoleta en este mundo iconoclasta y arrasador, sobreviva en medio de la tormenta.

Quedan parejas que practican aún el método de “cartearse”, aunque no dentro de la velocidad e impersonalidad del correo electrónico (cuando no se emplea bien, vale la pena aclarar), sino a mano, con un bello sentimiento a flor de piel y acaso con una gotita de perfume sobre el filo del papel, como lo hacían los enamorados de antaño.

Esto puede ser una ilusión o una utopía, pero es que el hombre debe conservar el derecho a soñar. Cuánto diera yo por que algún día tocara en mi puerta la mensajera Ruth Romero Daza, con su bicicleta todoterreno, su uniforme, su gorra y su mochila pintados de azul. Lo difícil es encontrar la corresponsal para semejante aventura.

Eje 21, Manizales, 22-VI-2012.
La Crónica del Quindío, Armenia, 23-VI-2012.
El Espectador, Bogotá, 23-VI-2012.

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Comentarios:

Cuántas veces he añorado la carta, la tarjeta, la palabra de puño y letra. A los niños se les va privando de incursionar con sus medios en el mundo de la escritura, de la comunicación personal, etc.,  y ni qué decir de la lectura, todo condensado. Falta el delicioso contacto con las carátulas, el voltear de las hojas, los largos ratos con el libro entre las manos. Elvira Lozano Torres, Tunja.

Los ordenadores no interpretan la emoción de los trazos contenida en la caligrafía de cada letra ni la carga de intimidad de los contenidos expresados con colores y aromas. MedaJoZa (correo a El Espectador).

¡Nostalgias del ayer! Ah, cómo no recordar aquellos tiempos idos, de cartas perfumadas y de tiernas palabras endulzadas con el más sutil embrujo de la inocencia primaveral. Cartas que iban y venían, unas, contando sus tristezas y sus cuitas de amor, las más, añorando no poder estar al lado de su amor (…) En mi caso, duré cinco años escribiendo cartas de amor para mi amada. Hoy llevo 43 años de casado con la que crucé cartas perfumadas con pétalos de rosa y pensamientos del camino, de aquellos tréboles de cuatro hojas. Hecnomef (correo a El Espectador).

Don Gustavo Páez me ha hecho recordar mis viejos tiempos de niño, cuando el cartero le llevaba la correspondencia y los telegramas a mi papá. Era una persona querida del pueblo. Foción Bustamante Carrascal (correo al El Espectador).

En tiempos del ordenador y del correo electrónico, las bellas cartas de amor viven un momento agónico. Los carteros de hoy en día sólo nos traen propaganda: jamás nos dan la alegría, de cartas, como Dios manda. Alab Buriticá Trujillo (correo a El Espectador).

Quiero manifestarle que comparto plenamente su parecer y sentir, y a la vez contarle que aquí en Venezuela la marca Montblanc promueve un concurso anual y premia a quien, a juicio del jurado, haya escrito la más bella carta de amor. Gracias por proporcionarnos ese bonito recuerdo. Aminta Urdaneta, Barquisimeto.

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Un ala histórica

jueves, 31 de octubre de 2013 Comments off

Gustavo Páez Escobar

Hace cuarenta años sucedió el primer accidente aéreo en Armenia. Es el único que ha ocurrido allí. En aquella época sólo volaban en la región avionetas de Aerotaxi, de capacidad muy reducida.

Yo debía viajar a Bogotá, con mi esposa y los tres hijos, en la avioneta accidentada,  para asistir al día siguiente (17 de diciembre de 1971) al matrimonio de un hermano mío. Y había adquirido los tiquetes con suficiente anticipación. De pronto, por una de esas corazonadas que a veces suelo sentir, me dio por adelantar un día la fecha del viaje.

El gerente de Avianca me manifestó que eso era muy difícil, ya que todos los vuelos estaban copados. De todas maneras, me avisaría si a última hora alguien cancelaba el viaje. La llamada se produjo faltando pocos minutos para las seis de la tarde. Me volvió entonces el alma al cuerpo (presionado como estaba por aquel presentimiento que me tenía intranquilo): un viajero acababa de dejar disponibles los puestos precisos para que toda mi familia pudiera viajar un día antes.

Desde Bogotá llamé por teléfono a mi secretaria, y al otro lado de la línea escuché un grito prolongado e indefinible. En medio de mi desconcierto, no acertaba a saber qué sucedía. Mi secretaria, llena de terror, balbuceaba palabras inconexas. Cuando al fin logré que se serenara –y con dificultad se convenció de que no hablaba con un muerto–, me contó que momentos antes se había accidentado la avioneta y habían perecido todos sus ocupantes.

A esa hora mi nombre y los de mi familia corrían de boca en boca por toda la ciudad. Las emisoras no cesaban de transmitir la trágica noticia. Sin embargo, nosotros éramos los únicos que nos habíamos salvado de la lista siniestra, donde figurábamos a pesar de la cancelación de los cupos para aquel día.

Después se sabrían varias historias insólitas. En la misma nave pensaban viajar Ómar Giraldo Ramírez, exalcalde de Armenia, junto con Óscar Jaramillo, José Mejía y otros conocidos hombres de negocios, a las exequias de Mario Jaramillo Uribe en Bogotá. Al no obtener cupo en Aerotaxi, contrataron una avioneta expresa, y también se salvaron.

El comerciante bogotano Jaime Francisco Velilla, de visita en Armenia, iba a viajar esa noche por el aeropuerto de Pereira, atendido por modernos aviones jet, pero como le urgía llegar a Bogotá, lo hizo por el de Armenia y encontró la muerte. Un joven de Sevilla, hijo de un carpintero, estaba feliz con el regalo del tiquete aéreo que con esfuerzo le había prometido su padre para cuando obtuviera el grado de bachiller. Era el primer viaje que hacía por avión, y la muerte le truncó la dicha.

Inés de Hincapié tomaba clases de pintura con mi esposa, y se alegró al saber que viajarían las dos en el mismo vuelo. Iba acompañada de su hijo, el arquitecto Carlos Hernando Hincapié, a quien su novia se quedó esperando en Bogotá para la ceremonia del compromiso matrimonial. La ironía del destino determinó que en  la autopista que conduce a la zona de los cementerios del norte, nos cruzáramos, mi esposa y yo, con el cortejo fúnebre del capitán Sánchez Roa, piloto de la nave.

La frágil avioneta se accidentó a dos minutos del aeropuerto El Edén y cayó sobre la hacienda El Cabrero, célebre en la región. Al tratar de buscar la pista debido a la falla de un motor, la nave perdió el equilibrio y se precipitó a tierra. Un ala salió disparada por el aire y llegó hasta el Club Campestre, situado a corta distancia del aeropuerto. Allí se levantó un monumento con el ala mirando al cielo, que evoca  esta página luctuosa en la historia del Quindío.

Dentro de los designios inescrutables de la muerte, toda una familia se salvó de milagro, gracias a Dios, aquel 16 de diciembre. Días atrás había publicado mi primer libro, Destinos cruzados, y me faltaba mucho camino por recorrer en el campo de las letras. Mi hijo varón tenía diez meses, y las dos hijas eran unas niñas que despertaban a la vida. Todo un semillero de esperanzas, como los verdes campos del Quindío con sus cosechas en flor y sus agraciadas chapoleras.

La muerte es un visitante repentino e insospechado, que llega cuando menos se espera y clausura a veces los mejores sueños. El destino anda en contravía es el título de un libro del escritor quindiano Euclides Jaramillo Arango. Por su parte, Julio Flórez anota: “Todo nos llega tarde… ¡hasta la muerte!”.

El Espectador, Bogotá, 9-VI-2012.
Eje 21, Manizales, 8-VI-2012.
La Crónica del Quindío, Armenia, 9-VI-2012.

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Comentarios:

Magnífico relato. Me acuerdo además que en ese viaje pereció la esposa del dueño del almacén Don Mario, quien ese día se ganó la lotería de Manizales, hecho que dio lugar a que el ingenio maligno de algunos paisanos hiciera circular chistes macabros. Óscar Jiménez Leal, Bogotá.

Tremendo, impresionante testimonio. Yo me salvé de la misma manera, pues iba a viajar en el vuelo de Avianca que terminó trágicamente cerca del aeropuerto de Madrid, a finales de 1983. En ese accidente murieron muchos valiosos intelectuales latinoamericanos, entre ellos Ángel Rama, Martha Traba y Manuel Scorza. Yo me quedé en París y a la mañana siguiente me llamó un amigo para darme la espantosa noticia. Carlos Vidales, Estocolmo, Suecia.

Me quedo sorprendida por los hechos que narras. Sí, tienes razón: al corazón hay que ponerle atención, muchas cosas se pueden o se podrían evitar si las personas escucháramos esa voz interior o premonición que anuncia, por lo general, cosas no muy buenas. Gracias a tu intuición salvaste la familia y el futuro de todos. Inés Blanco, Bogotá.