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Amor, honor y libertad

miércoles, 30 de octubre de 2013 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

El nombre original de la película –The Lady–, producida en el Reino Unido bajo la dirección del cineasta francés Luc Besson, fue cambiado en su versión al español por el de Amor, honor y libertad.

Difícil saber cuál de estas tres palabras posee mayor valor en la existencia humana. Unidas, representan en la película el mayor símbolo del coraje de Aung San Suu Kyi, la líder birmana que en defensa de la democracia lo sacrificó todo en la lucha heroica que libró por la libertad de su pueblo. Su proeza le hizo ganar en 1991 el premio Nóbel de la Paz. Pero la dictadura militar, que la tenía prisionera, le impidió recibirlo.

Esta gran señora de la resistencia birmana ha escrito una de las páginas más sublimes de los nuevos tiempos en el capítulo sin fin de la opresión, la tortura y la muerte con que los depredadores buscan perpetuarse en el poder. Mujer intrépida que se enfrentó, derrotando su propio miedo, al imperio de los déspotas.

Pocas películas basadas en hechos reales han transmitido la historia con tanta fidelidad. Rebecca Frayn gastó tres años escribiendo el texto, y para darle mayor veracidad usó los nombres propios de los personajes: Aung San Suu Kyi, la heroína, y Michael Aris, su esposo, otro gran protagonista en la lucha contra la dictadura, representados por Michelle Yeoh y David Thewlis. Quien estudie la vida del país a partir del asesinato en 1947 del general Aung Sang, padre de Suu Kyi, y vea la cinta, sabrá que los sucesos son auténticos y se han decantado con la magia de esta producción deslumbrante y estremecedora.

La actuación de la activista birmana se inicia en 1988, cuando regresa al país tras concluir sus estudios en Oxford, trabajar en las Naciones Unidas y ser profesora en la India. El pueblo la impulsa para que dirija un movimiento contra el gobierno dictatorial, y ella, que no tiene formación ni intención política, siente conmoverse su espíritu ante el estado de crueldad imperante y acepta dirigir la Liga Nacional para la Democracia, inspirada en el espíritu pacifista de Gandhi.

En 1989 queda bajo arresto domiciliario. Al año siguiente, su movimiento gana las elecciones por inmensa mayoría, y la junta militar ignora el resultado electoral. Por supuesto, no entregará el poder a los civiles. Y acrecienta su saña contra quien ha llevado al pueblo a la victoria. Victoria pírrica, de la que se ríen los conmilitones de la usurpación y el oprobio. Cuando en 1991 se le otorga el Premio Nóbel de la Paz, los militares le ofrecen el exilio para que viaje a Suecia a recibir el galardón, a cambio de su silencio ante el mundo.

Rechazada la propuesta infamante, continúa privada de la libertad. En total, sufrirá 21 años de cautiverio. Su esposo, que ha tenido que abandonar el país, lucha por conseguir la visa para reunirse con su mujer, pero la junta militar se la niega. Michael Aris muere de cáncer de próstata en marzo de 1999 sin volverse a ver con ella.

También sus hijos están ausentes y no pueden regresar a Birmania. Sola, aislada de su familia y sometida a torturas físicas y sicológicas, la gran dama mantiene una idea fija: la libertad de Birmania. El tiempo para ella transcurre en completo desamparo, en absoluta desolación, bajo las botas y las armas de los verdugos.

Sale liberada el 13 de noviembre de 2010. En la puerta de su casa-prisión la vitorean 3.000 personas. El 16 de junio de 2012 se traslada a Oslo a recibir el Premio Nóbel de la Paz otorgado en 1991, y cuatro días después la Universidad de Oxford le entrega el doctorado honoris causa que le había conferido en 1993.

El país, aniquilado por la larga dictadura militar, ha entrado en el lento camino de reconstruir la democracia con el gobierno civil instaurado en el 2011. Ha dejado de llamarse Birmania: ahora es Myanmar, y ya su capital no es Rangún sino Naipyidó. Quizás esta metamorfosis, este cambio de piel, contribuya a formar otra nación. Hoy Suu Kyi tiene 67 años. Su martirio no ha sido en vano: se ha desgarrado el corazón para darle la libertad a su pueblo. Ha protegido el honor. Y ha escrito con su heroísmo una grandiosa historia de amor.

El Espectador, Bogotá, 17-VIII-2012.
Eje 21, Manizales, 17-VIII-2012.
La Crónica del Quindío, Armenia, 18-VIII-2012.

* * *

Comentarios:

Caso completamente opuesto al de Benazir Bhutto: cuando todo parecía estar mejorando para las mujeres en el mundo islámico a través de ella, la matan en público y encima detonan una bomba en la manifestación de apoyo, siendo todo transmitido por TV en vivo. La eficiencia para provocar terror llevada al máximo. EldelaH (correo a El Espectador).

Como no es cine comercial no la verán aquellos grupos y sectores que necesitan con urgencia lecciones de vida, ejemplos de personajes inspiradores, verdaderos personajes a los cuales idolatrar y seguir. Al contrario, con nuestra miserable cultura en la que el ídolo es el mafioso o traqueto, el estereotipo de la prepago vacía, el futbolista o el reguetonero, vamos para ningún lado, vamos al abismo cultural. Antonioruizvelez (correo a La Crónica del Quindío).

Lo importante es el mensaje. Su contenido y lo que sé, son tus deseos de aportar al crecimiento de una sociedad menos mediatizada que la actual. La crítica a los guiones es la muestra de la diaria charlatanería local. Excelente artículo. Jorge Eliécer Orozco Dávila, Armenia.

Acerca de la líder de Birmania y Premio Nobel, la columna es magnífica porque nos aproxima a la historia de esta gran mujer y su lucha por la democracia de su país. Es una historia conmovedora y muy valiente. Increíble tanto atropello de estos gobiernos en pleno siglo XXI. Pareciera que el Medioevo no hubiese pasado ya hace más de 800 años. Inés Blanco, Bogotá.


Premio Nobel, con acento en la e, no Nóbel. darojas53 (correo a ElEspectador.com).

Respuesta.– Supuse que algún lector haría esta crítica idiomática. Y apareció la  persona.  Sigo sosteniendo la tesis que expuse en nota publicada en El Espectador el 29 de noviembre de 1982, donde digo:

¡Otra vez la discusión sobre si es Nóbel, palabra grave, o Nobel, aguda! La gente seguirá pronunciándola con acento en la o, y de ahí no la sacará nadie, a pesar de los eruditos, porque así le suena mejor. El hab­la es asunto de oído, que se decanta en la costumbre. El pueblo manda, y cuando se le lleva la contraria, aparecemos como pedantes. La erudición también consiste en interpretar la tendencia del idioma.

Aparte de las razones de Argos sobre la preferencia de Nóbel, por el caché de la entonación y su refrendación en el Larousse –el más popular de los diccionarios–, yo agrego lo siguiente: la Nueva enciclopedia temática (1969) también le marca tilde a la o.

La revista Time, en su publicación del 1° de noviembre, anota que “Colombia tiene una tradición literaria modesta». Esto le da pie a Álvaro Navia Monedero (Carta del Día, 12 de noviembre) para pedir el correcto empleo del apellido sueco y demostrar así que no somos atrasados. Según don Álvaro, debe ser Nóbel, con acento en la o, y respalda su tesis con una lección de gramática alemana.

¡No nos compliquemos la vida! La fonética cambia de una lengua a otra, y en últimas es la costumbre la que se impone. El pueblo es el que les da sonoridad y gracia a los vocablos. GPE

El fantasma del banco

martes, 29 de octubre de 2013 Comments off

Gustavo Páez Escobar

Si no se hubiera tratado de Leonel Gómez, el celador más calificado de la oficina, tal vez no habría creído yo en la historia del fantasma. Esto ocurría en el Banco Popular en Armenia, donde Leonel consideró un día que dentro de las novedades del servicio debía reportar la aparición del fantasma al gerente de la oficina, que era yo.

Lo escuché en silencio y con incredulidad. Cuando me dio la sensación de que la cosa era en serio, ya no tuve duda de que el celador no sufría de ninguna alucinación. Él me aseguró: en las noches, cuando el banco permanecía en silencio, comenzaban a sentirse movimientos extraños, como abrir y cerrar escritorios, toser, caminar de un lado al otro.

Avezado como era Leonel en el desempeño de su cargo, creyó al principio que se trataba de una persona, y con su arma se preparó para el ataque. Luego, se convenció de que era un fantasma. Y recordó que algo similar le había ocurrido cuando prestaba sus servicios en orden público como suboficial del Ejército. En aquella ocasión, el caballo a su servicio se encabritaba al pasar por cierto lugar del camino. El caso se volvió rutinario y terrorífico.

Alguien le aconsejó que llevara consigo un frasco de agua bendita, y cuando el caballo se ofuscara, lanzara el agua en los alrededores de la bestia. Con esa acción, desapareció el fantasma, o el espíritu, o el espectro, o el duende, que de todas estas maneras se conocen dichas visiones paranormales.

En el banco, los golpes, ruidos, voces y movimientos misteriosos se volvieron  persistentes. Hasta que la situación se tornó casi familiar. Me puse a estudiar entonces textos sobre la materia y llegué al convencimiento de que en el banco vagaba un alma en pena, otro de los sinónimos de la lista antes anotada.

El suceso llegó al clímax una noche en que el celador sintió el tecleo de una máquina de escribir. A la noche siguiente, con otro celador, volvió a repetirse el episodio, pero esta vez con una adición: el carro de la máquina se movía solo, de un extremo al otro, como si lo manejara la mano de la mecanógrafa (que a esa hora dormía el sueño de los justos).

Cuando me enteré de tal novedad, me formulé esta conjetura: me había llegado competencia. Pero no en las cifras, los préstamos y las rentabilidades. ¡Aparecía un nuevo escritor en el banco! Y él me aliviaría de la carga de sentirme tan solo. Alcancé incluso a alegrarme, pero luego me situé en la triste realidad: se trataba de un escritor fantasma. Por lo tanto, había que continuar explorando el campo de los espíritus. Imposible dejar de creer en ellos, si Leonel y sus compañeros certificaban lo mismo. Y me acordé del dicho popular: “No hay que creer en brujas, pero que las hay, las hay”.

Como en el banco había un fantasma real –y no fabricado por la imaginación–, en modo alguno podía ignorarse su existencia. Para familiarizarme más con el tema y sentirme yo mismo fantasma, salí disparado a la librería y adquirí dos obras famosas: El fantasma de Canterville, de Óscar Wilde, y El fantasma de la ópera, de Gastón Leroux.

Deduje que había un alma en pena que, asfixiada en la atmósfera calenturienta del dinero, buscaba su liberación. El pobre fantasma hacía todo lo posible para que lo sacaran de su prisión, y nadie lo entendía, nadie lo compadecía. Abría y cerraba escritorios, tosía, daba pasos de persona grande, tecleaba las máquinas… y era como si nadie lo escuchara.

Una noche, después de una tertulia de trabajo con los jefes de sección, al llegar a la puerta del edificio y encontrarnos con Leonel Gómez, nos pusimos a bromear sobre la historia fantasmal. Al día siguiente, Leonel me contó que el espíritu se había indignado con nuestras chanzas e irrespetos, y después de agitarse como un ciclón por todo el recinto de la oficina, se había encerrado en la pieza de los celadores.

Leonel, que estaba preparado con el frasco de agua bendita, se enfrentó al personaje y roció el contenido mientras de la pieza salía una corriente impetuosa (llamada “cúmulo de energía negativa”) que lo hubiera derribado si lo coge de frente, y que fue a desintegrarse contra la pared adyacente.

Desde entonces desapareció el fantasma. Y aquí, treinta años después, estoy yo contando la historia.

El Espectador, Bogotá, 10-V-2012.
Eje 21, Manizales, 11-V-2012.
La Crónica del Quindío, Armenia, 12-V-2012.
Revista El Velero, Cooperativa del Banco Popular, n.° 22, diciembre de 2012.
El Qindiano, Armenia, 6-VIII-2021.


Este artículo lo volvió a publicar el periódico El Quindiano, el 6 de agosto de 2021, con la siguiente nota introductoria:

En el banco Popular de Armenia también hay fantasmas

El exgerente del banco Popular de Armenia, escritor Gustavo Páez Escobar, recordó un episodio donde un vigilante de la entidad relató la existencia de fantasmas en el edificio de la entidad, ubicado en la calle 21 entre carreras 16 y 17, centro de la capital quindiana. Este episodio fue recordado por Gustavo Páez a propósito del ya famoso fantasma de la alcaldía de Armenia, que hizo su aparición el pasado lunes.

Presentamos el texto del escritor y exgerente del banco Popular Gustavo Páez Escobar:


Comentarios

Yo tenía 14 años y mi primo 16, estábamos jugando en casa de mi abuela, de repente miramos hacia el cuarto de mi difunta tía y la vimos como buscando algo en una esquina donde antes de su muerte había un baúl, volteó y nos miró –una mirada indescriptible, aterradora– y salió rumbo al corredor, iba con las manos pegadas al cuerpo, como encajonada y al llegar a un punto se hundió bajo el piso de la casa. Los dos –mi primo y yo– vimos exactamente lo mismo…  Patecaucho Cybernético (correo a El Espectador).

Espíritus de personas que habitaron ese lugar, en el cual pudieron haber muerto padeciendo grandes sufrimientos. Los ruidos y voces producidos por esas entidades se llaman sicofonías. Erudito (correo a El Espectador).

Muy simpática la anécdota. Soy incrédulo de estos sucesos paranormales, aunque conozco a varias personas que aseguran con mucha convicción haberlas vivido, o a su vez, haber conocido a quienes tuvieron alguna experiencia de este tipo. Por tanto, me adhiero al famoso refrán “no hay que creer en brujas, pero que las hay, las hay”. Eduardo Lozano Torres, Bogotá.

Fantástica anécdota. En Armenia hay muchos cuentos de fantasmas. Y este último ha quedado en vídeo para no dejar dudas. Gloria Chávez Vásquez, Nueva York.

Qué bueno que este artículo cobre de nuevo vida, lo hace de manera paralela al protagonista de la historia, ser fantasmagórico que asustó a Leonel durante varias noches y que seguramente era un alma perdida y con el toque del agua bendita se fue a descansar, sin imaginarse que 39 años después aún seguirían de él hablando.  Liliana Páez Silva, Bogotá.

Qué maravilla de artículo escrito hace tantos años y qué bueno que el periódico lo haya vuelto a publicar. Datos históricos entretenidos, y propicios por la noticia del fantasma de la alcaldía de Armenia. Mauricio Borja Ávila, Bogotá.

 

 

 

Réquiem por las máquinas viejas

martes, 29 de octubre de 2013 Comments off

Gustavo Páez Escobar

Álvaro León Pérez Franco, que trabajó conmigo en el Banco Popular de Armenia, del que fui gerente durante 15 años, se me había perdido de vista, y ahora aparece en París. Y me sugiere un tema para mi columna: el de las máquinas viejas, descontinuadas en los tiempos modernos, y que fueron en el pasado un eje indispensable de la vida empresarial.

Pérez Franco tuvo que vencer múltiples obstáculos para establecerse en París, a donde llegó hace 22 años sin hablar el idioma francés ni contar con ocupación laboral. Comenzó a desempeñar oficios humildes, aprendió por su propia cuenta el lenguaje necesario para hacerse entender, luego lo superó con cursos dirigidos, y algún día pasó a ejercer sencillo puesto de oficina. Hoy, desde hace diez años, es agente administrativo en un hospital de la zona metropolitana de París. Ejemplo en verdad edificante cuando existe voluntad de superación.

Hablemos de las máquinas viejas. Y retrocedamos cuarenta años, a la época en que trabajábamos en Armenia en la actividad bancaria. Por aquellos días, al lado del escritorio de casi todo el personal estaba instalada la máquina de escribir, y sobre el escritorio, la máquina sumadora. Estos dos elementos eran indispensables para realizar la generalidad de los oficios. Eran los utensilios más comunes del empleado, y sin ellos hubiera sido inconcebible la ejecución laboral. Al ser tan elementales, nadie reparaba en ellos.

Pero 120 años atrás de la última fecha citada –es decir, hacia el año 1850–  el mundo no conocía la máquina de escribir. Todo se escribía a mano. Apenas existía un invento rudimentario. En 1868, Christopher Sholes diseñó la primera máquina de escribir comercial y el teclado que se volvería universal. En 1873 nacía la marca Remington, en la que Pérez Franco elaboraba las papeletas débito y crédito que movían su sección de cuentas corrientes.

O quizás fue la Olivetti, o la Underwood, o la Olympia… Lo cierto es que con el impulso de la máquina de escribir y de la máquina sumadora todo marchaba en el banco. Los cuentacorrentistas, que llamábamos, o sea, los encargados de llevar las cuentas individuales de la clientela, o los empleados de contabilidad, que consolidaban el resultado final de la operación bancaria, estaban provistos de otro tipo de máquinas adecuadas para dicha función. Todas tenían la misma finalidad técnica que le imprimieron sus inventores.

Hacia la década de 1980 comenzaron a sonar clarines de revolución en la vida bancaria que yo conocí: llegaba la época de la cibernética, de los “sistemas” que hoy gobiernan al mundo. Como parte de un conjuro mágico, desaparecieron las máquinas de escribir y las sumadoras. Estos aparatos portentosos que llamamos computadores –íconos de la vida moderna– eran capaces de hacer, solos, lo que hacían muchas máquinas reunidas.

Y comenzaron a suprimirse empleos, ya que los nuevos utensilios de trabajo, sofisticados, inteligentes y veloces, eran aptos para desplazar al hombre. Hasta las secretarias de las gerencias sobraban. Incluso, hasta los gerentes, ya que el computador suministra todas las fórmulas, desde aprobar créditos hasta dar la respuesta pregrabada a cuanto problema, fraude o inquietud se le presente al cliente en su relación con el banco.

No hablan el lenguaje cordial que en épocas remotas era signo distintivo de la banca, pero todo lo resuelven al instante, con solo oprimir un botón, y además en forma irrefutable. Eso sí, no permiten el diálogo. Son omnímodos, pero carecen de sentimientos y cortesía. Saben ciencias exactas, pero no tienen alma. El hombre moderno se ha venido acostumbrando a este despotismo implacable, demoledor, que trajo la era de los computadores.

El mundo se deshumanizó en manos de la tecnología. Como cada vez se inventan nuevos sistemas que es preciso dominar rápido, al vuelo, la carrera hacia la insensatez y la idiotez es imparable. Se acabó la reflexión por culpa del automatismo.

Es aquí, amigo Pérez Franco, donde cabe hacer un réquiem por las máquinas viejas, esas que en forma elemental manejaban la banca antigua. La nuestra, la que no volverá. Las máquinas humanas (la Remington, la Olivetti, la Underwood…) pertenecen ya a un pasado brumoso que es mejor no remover, pues nadie lo entenderá hoy. Sin embargo, nadie nos impide acariciar la nostalgia.

El Espectador, Bogotá, 3-V-2012.
Eje 21, Manizales, 4-V-2012.
La Crónica del Quindío, Armenia, 5-V-2012.

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Comentarios:

No, la tecnología no deshumanizó el mundo, ni hay carrera imparable hacia la insensatez y la idiotez, ni se acabó la reflexión por culpa del automatismo. La tecnología nos ha permitido conocer y abarcar campos que antes eran ilusiones, y nos catapultará a un futuro superior que nos hará ver con asombro y pavor, sin nostalgia, el pasado. Distinto es que los valores e instituciones públicos, sociales, familiares, individuales… per se y frente al entorno, no vayan a la par, por nuestra culpa. Sebastián Felipe (correo a El Espectador).

Es una desgracia que cuando uno va a una empresa a formular un reclamo la respuesta que le dan es: «Lo sentimos, no se puede porque la computadora no lo permite», con lo cual resulta que ya no es el pensamiento el que impera sino la programación de un aparato de estos que decididamente son los que gobiernan a las empresas. Ahí entonces nace lo malo de la sistematización. Jopease (correo a El Espectador).

Me gusta mucho la parte amable que el artículo les pone a las máquinas de escribir. Sonaban muchísimo y hasta ese sonido era agradable a los oídos de las personas, lo recuerdo. Se sabía por eso quién estaba escribiendo. Ahora todo el mundo escribe, pero muy en silencio, pues cada uno está en su mundo, con su computador y sin comunicarse con el resto de la gente. El mejor amigo de cada persona cuando está trabajando es internet y él ni saluda, ni se despide, ni da afecto, ni dice toda la verdad. Fabiola Páez Silva, ingeniera de sistemas, Bogotá.

Excelente la remembranza de las máquinas de oficina antiguas. Mi inicio laboral fue en la Caja Agraria, agencia de Roncesvalles (Tolima), y, claro, las máquinas que usted tan bien describe eran las reinas de la oficina. Su columna tocó las fibras más sensibles de mi nostalgia. Gustavo Valencia García, Armenia.

Estoy de paso por San Petersburgo. ¿Te puedes imaginar cuánto demoraría el envío de estas letras hace unos cuarenta años, cuando tú y yo escribíamos en La Patria en sendas máquinas de escribir? Esta reflexión me la provocaste con tu amena columna sobre las máquinas viejas. Y otras más, que tengo que dejarlas en el tintero porque salgo apurado para una cita con  Catalina la Grande. Fray Rodin.

Hace tiempos me pregunto cómo no va a existir desempleo, con índices tan elevados, si el hombre cada vez está siendo reemplazado por la tecnología. Y seguirá peor. Recuerdo ahora la maquinita de manivela con la que en el Banco Popular de Tunja calculábamos los intereses en cartera, y las madrugadas en balances buscando el  “descuadre»… Pero éramos como veinte empleados, y ahora hay sucursales de ese tipo que funcionan con unos seis. Elvira Lozano Torres, Tunja.

Qué bonito artículo sobre la máquina de escribir. Ella daba la posibilidad de ser nosotras importantes en el trabajo, de tener muchas condiciones de precisión al escribir y presentar trabajos excelentes, siempre con ese característico tecleo en las oficinas. Este recuerdo me causa ahora mucha nostalgia. Ligia González, Bogotá.

En la década del 60 yo estaba vinculado al Bank of America y se usaba, además de la máquina de escribir y la calculadora manual, el télex para giros internacionales cifrados, correspondencia urgente, etc. Su artículo me hace recordar una anécdota: por esa época fui a Quito a cobrar un cheque. El cajero tenía un libraco como de 100 hojas. Cada hoja dividida en 4 partes, cada parte correspondía a un cliente. Le entregué el cheque, se quitó de la oreja un lápiz. A mano, obviamente, fue buscando la hoja del girador, hasta que la encontró. El saldo lo tenía escrito en lápiz, y en agudo acento ecuatoriano me espetó: «no ha de tener fondos, lo tumbaron… siguiente». Jorge Arenas Calderón.

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El castigo de los inocentes (2)

lunes, 28 de octubre de 2013 Comments off

Gustavo Páez Escobar

Después de mi artículo de la semana pasada que se refiere al alarmante estado de inseguridad que viven los clientes de la banca por la clonación de tarjetas y la adulteración de otros sistemas, ha caído en Bogotá un pez gordo de este delito. Detrás de él se esconde una poderosa banda criminal.

Se trata de Jorge M. Pachón, alias “Pachoviola, a quien la Policía atribuye, solo en los últimos cinco meses, el robo de datos de 8.000 usuarios de una entidad bancaria y el hurto de 15.780 millones de pesos. Es todo un profesional en la instalación de microcámaras y dispositivos en cajeros automáticos, para apoderarse de las claves y clonar las tarjetas. Este es un caso evidente de lo que sucede con la multitud de colombianos víctimas de tales maniobras, a quienes las entidades financieras niegan la devolución de los dineros robados, con el manido argumento de que las claves salieron de las tarjetas y por lo tanto el usuario es el responsable.

Dicha argucia, contra la que los usuarios estafados no tienen cómo defenderse, clama por acciones severas en el sector financiero, para que se corrija tal proceder, a todas luces injusto y leonino, que vulnera la ética bancaria y hace perder la confianza en el sector. Y que ocasiona graves perjuicios a las personas asaltadas en su buena fe.

Diversas expresiones se produjeron con motivo de mi artículo anterior, de las cuales selecciono las siguientes:

«Gracias por llevar a la luz pública este grave problema de impunidad para los defraudadores y de «lavado de manos» de nuestros billonarios bancos. He sufrido el robo de dos de mis cuentas y es al banco donde han «entrado» electrónicamente para saber mis claves. Pero ni el banco ni el supuesto «Defensor» hacen nada para devolver el dinero y proteger las cuentas. Albamor» (correo a  El Espectador). 

«Gracias por este buen artículo que revela el refinamiento de métodos delincuenciales en los que el fácil expediente del sector financiero es echarles la culpa a los defraudadores externos y alzarse de hombros. Alpher Rojas Carvajal», Bogotá.

«Siempre el «paganini» es el cuentahabiente, comparable con los desfalcos de la contratación en que el pueblo paga con los impuestos y la justicia premia a los estafadores con castigos ínfimos tanto monetariamente como con mínima cárcel. Humberto Escobar Molano», Bogotá.

«Eso es abordar con autoridad un tema. Todo avance tecnológico presenta, siempre, una faz negativa. Así ha ocurrido desde que el hombre habita la tierra, pero no resulta justo que el usuario, casi en toda ocasión, el de menos recursos, termine siendo la víctima de la falta de controles de las entidades financieras y de los organismos de vigilancia de ellos. Gustavo Valencia García», Armenia.

«Aquí se legisla para mantener y aumentar las prerrogativas de los bancos. ¿Cómo es posible que una chequera de 30 cheques valga $130.000, que en proporción a su tamaño es más cara que un libro de medicina? Carlos Abdul» (correo a El Espectador). 

«Si los bancos son obligados a responder, ahí sí se acabará este robo o fraude descarado, o llegará a la mínima expresión. Lira» (correo a El Espectador). 

«En días pasados me llamaron de la entidad financiera para ofrecerme el famoso seguro antirrobo de mi tarjeta de crédito. Esto me hizo cuestionar las garantías que me ofrece la entidad que me presta el servicio de crédito (Colpatria). ¿Cómo así que yo tengo que asumir el costo de protección? Encima de pagar una altísima cuota de manejo que me cobran, encima del interés oneroso por los dineros utilizados, encima de las comisiones que me roban por pedir un simple extracto… Lo ancho para ellos, lo angosto para uno. Aristóbulo Socarrás» (correo a El Espectador).

El Espectador, Bogotá, 20-IV-2012.
Eje 21, Manizales, 20-IV-2012.
La Crónica del Quindío, Armenia, 21-IV-2012.

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Comentarios:

Conocí a alguien a quien le clonaron una tarjeta en Inglaterra. Fueron tres mil libras. Pero mi amigo no perdió ni un peso. El banco le restituyó el dinero. Los bancos en Colombia abusan mucho del usuario. Tratan muy mal a los clientes, no se hacen responsables de nada. Es un horror. Mariadolores (correo a El Espectador).

Felicito su valiente opinión, en este país donde nuestros mandatarios prefieren salvar un banco en quiebra que un hospital en crisis. Callaron al ministro de Hacienda, que hablaba de poner en cintura a los bancos, y no se volvió a hablar del 4xmil y de los intereses de usura. La indolencia y abusos de los bancos es atroz y no existe ninguna entidad ni autoridad que defienda a los usuarios víctimas. La atrocidad de los bancos tiene mucha tela de dónde cortar. No es el sector industrial o el agrícola el que presenta inmensas utilidades cada año, sino el financiero, que obtiene sus desbordadas ganancias a costa de «banquear» a la gente. Carlos Alfredo Roncancio Roncancio.

El 23 de julio de 2009 consulto mi saldo y veo con gran sorpresa y asombro que me han retirado la suma de $14.499.004 de mi cuenta corriente de Bancolombia (Cúcuta).  Hice mil reclamaciones a todos: Grupo Bancolombia, Defensor del Cliente… Al verme completamente perdida solicité ayuda de un abogado y se presentó ante la Fiscalía la respectiva denuncia, pero hasta el momento no he recibido respuesta… Jackeline Cañizares Pacheco, Cúcuta.

Dio en el clavo de la situación: los bancos se hinchan el pecho cuando tienen que fanfarronear por los billones de ganancias, pero son los primeros en hacerse los de la vista gorda delante de los desfalcos que le pasan al usuario en manos de la inseguridad que ellos están obligados a resolver  Ozcvrvm (correo a El Espectador).

Buena columna sobre un tema de «misterio» donde todo el fraude se hace con absoluta precisión y las grabaciones solo muestran al cliente como único «sospechoso» claro, sin serlo. Indoamericano (correo a El Espectador).

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¡Cuidado con los parecidos!

sábado, 11 de febrero de 2012 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Javier Enrique Carvajalino se vinculó hace quince años a la Personería de Bogotá, donde ha cumplido desempeño ejemplar, según lo certifican sus compañeros de trabajo. Sin embargo, una madrugada fue allanada su vivienda por varios hombres de los cuerpos secretos, que le seguían los pasos por presuntos nexos con la guerrilla. Por eso se lo llevaron, ante la perplejidad de su esposa y ante su propio estupor, y lo encerraron en una mazmorra.

Carvajalino no acertaba a explicarse qué sucedía. Más tarde lo presentaron ante la prensa como peligroso terrorista. El país se enteró de que buscaba estrellar un avión contra la Casa de Nariño o el edificio del Congreso.

Quedó detenido en las instalaciones del DAS y luego fue conducido a La Picota y vigilado en el pabellón de alta seguridad. A la postre, lo declararon inocente. Su único ‘delito’ era ser hermano del guerrillero ‘Andrés París’, a quien se acusa de planear un ataque aéreo contra el Palacio de Nariño. Para los sabuesos del DAS, los lazos de la sangre fueron determinantes para su arresto. A los cuatro meses lo soltaron, cuando ya su honra estaba lesionada.

Hernando Ovidio Villota lleva trabajando cerca de veinte años en la Fiscalía 11 de Pasto, con limpia hoja de vida. De repente, un avión de la FAC, lleno de investigadores, aterrizó en el aeropuerto local en busca de un delincuente camuflado en aquella fiscalía. El nombre de Ovidio se mencionaba en las conversaciones telefónicas interceptadas por la Dijín como el elemento que dirigía una banda de narcotraficantes y vendía informes secretos del despacho judicial.

Como en el caso anterior, los uniformados irrumpieron a altas horas de la madrugada en la residencia de Villota, lo maniataron y se lo llevaron en un avión para Bogotá, donde lo presentaron en rueda de prensa junto con otros veinte sospechosos de pertenecer a la banda antisocial. El presunto jefe de ella fue sometido a medidas extremas de seguridad –y de atropello y vejación–, mientras la gente de Pasto no salía del asombro. Días después fue dejado en libertad: se había tratado de una equivocación, ya que en la nómina de la Fiscalía había otro Ovidio (Ofir Ovidio), y éste era el verdadero delincuente.

Julio Gómez Sánchez, que años atrás había viajado por varios países europeos y que residió en Francfort entre 1995 y 1998, se vio rodeado de varios hombres armados a su descenso de un bus de Transmilenio, y fue conducido a una instalación militar. No había duda: se trataba del mismo Ricardo Palmera, conocido como ‘Simón Trinidad’ en los cuadros directivos de las Farc. Gómez, que ignoraba por qué era detenido, y a quien practicaban humillantes pruebas judiciales y sometían a toda clase de preguntas torturantes, no lograba defenderse en medio de la tormenta que se le vino encima.

Le tomaron infinidad de fotografías, en todas las poses y perfiles, unas veces con gafas, otras con gorros y hasta con bigotes ficticios, y siempre aparecía ‘José Trinidad’: su misma estatura, su misma mirada, su misma calvicie. La cicatriz en la pierna derecha, a pesar de que él manifestaba que era una mordedura de perro, para los investigadores era la misma cicatriz de bala del guerrillero.

Los cuerpos secretos sabían más: los desplazamientos a Alemania coincidían con los viajes del subversivo al mismo país, en iguales fechas. Las visitas de Gómez al Instituto de Cancerología para que le trataran un tumor en el ojo, eran otra prueba fehaciente: el miembro de las Farc también sufre de cáncer y ha recibido cuidado médico para la misma enfermedad. Cuando el inculpado supo que estaba detenido por ser ‘José Trinidad’, se horrorizó. Adujo todos los argumentos posibles, pero no le creyeron. Si no es por la prueba del ADN, que demostró que no tenía nada de terrorista, lo hubieran extraditado a Estados Unidos. Pero el mal ya estaba hecho.

El calvario que durante varios meses sufrió Gómez en calabozos militares, le laceró el alma y la mente. Al salir del batallón, proliferaron en el barrio las bromas y las amenazas. Tuvo que entregar el inmueble arrendado, porque el dueño quería evitarse problemas. De ahí en adelante le nació una angustia vivencial derivada del temor crónico a ser confundido otra vez con el guerrillero. Ante lo cual, el camino no era otro que abandonar el país, víctima de graves daños morales y hondas perturbaciones síquicas.

Juzguen los lectores por estos casos, que se suman a otros muchos que han ocurrido por la errada administración de la justicia (entre ellos, el del ciudadano inocente que murió de pena moral luego de pagar varios años de cárcel como presunto asesino de Galán), los desastres, a veces incurables, que se causan cuando a un ciudadano honorable lo confunden con un malhechor. Riesgo que con mayor facilidad puede presentarse en las actuales operaciones de allanamientos, dentro del estado de conmoción interior.

El Espectador, Bogotá, 5-XII-2002.

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