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Radiografía de un pito

lunes, 17 de octubre de 2011

Por: Gustavo Páez Escobar

Hablábamos en días pasados del ruido como el mayor enemigo del hombre en esta época desaliñada cuyas características más notorias son la velocidad y el frenesí de las multitudes. El alboroto capitalino, de tan sonoras repercusiones y desas­trosos efectos en el oído y en la conciencia, está acabando con los nervios de toda una generación que no ha aprendido a disfrutar la vida con reposo.

En esta caldera infernal que es la gran capital —tan querida pero tan estrepitosa y deshumanizada—, donde toda clase de sonidos, de estridencias y algara­bías se multiplican en el ambiente como una onda explosiva, la primera defensa del ciudadano es proteger su sensibilidad contra el asedio de la locura.

¿Qué hacen las autoridades por alejarnos de este mal? ¡Nada! ¿Dónde están las campañas cívicas, y las motivaciones por radio y tele­visión, y los anuncios en los periódi­cos? ¿Dónde está el policía de trán­sito, por decir lo menos, que en lugar de envenenar la atmósfera con sus pitazos huracanados les aconseje a los conductores el uso moderado de las bocinas? Bogotá, y con ella las ciudades todas del país, necesita volver a la urbanidad de la calle. Tal vez el mayor código que debiera imprimirse en la conciencia pública es el del comportamiento callejero.

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Pero nadie hace nada, por impo­tencia o por temor a quedar en ridículo.

Si profundizamos en lo que es un pito, en esta sociedad que se acos­tumbró a abrirse campo a codazos y con denuestos, tenemos que admitir que es el mayor causante de la neurosis colectiva. Es un elemento de la impaciencia, de la insatisfacción y el desespero. Bogotá, ciudad histérica, tendrá algún día que refle­xionar sobre sus excesos y buscar, antes que urbanistas colosales, reglas contra la intemperancia.

Sus autori­dades son inferiores al gran reto de la desmesura, acaso porque no se han preocupado por infundir en los habi­tantes pautas elementales de consideración por la vida ajena. Y es, sin duda, la capital del pito. O sea, la capital del absurdo, donde la gente se mueve más por arrebatos que por instintos lógicos.

Si usted, sufrido ciudadano, desea en adelante hallar una asociación de la neurosis, no es sino que examine los rostros de los conductores de vehículos y verá el signo del desasosiego. Y en otros, el de la violencia. Parece que el chofer de la gran ciudad es un ser amargado, impulsivo y rabioso. Camina siempre de afán, no le da el paso a nadie y no permite un instante de tregua ante el semáforo que todavía no ha cambiado, ni ante el vehículo delantero que no apura la marcha.

Con la mano nerviosa, crispada, acciona el pito a todo momento, casi en forma inconsciente, con cierto deleite morboso, como si así descargara la tensión de su alma alborotada. Pita, pita hasta la desesperación, para imponer su efímera autoridad en medio del bu­llicio lacerante de otro sinnúmero de pitos que, al unísono, pretenden ser superiores en impulsos neuróticos.

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En las entrañas del pito se esconde el símbolo de una sociedad desubi­cada. Es asunto para sicólogos y siquiatras. Su eco, eco perturbador y dramático, es el mayor grito de la incivilización y el signo inequívoco de la conciencia social en desequi­librio.

Si la gente no pita –o sea, brama, se enfurece y se desespera– es posible que se consuma en su propio veneno. Los siquiatras, para aminorar las tensiones, recomiendan los desahogos… Es una comunidad que bota sus sustancias tóxicas al mundo externo, y quienes reciben la onda contaminada, que deben prote­gerse, hacen lo mismo. Entre todos, en pequeñas o grandes dosis, intoxicamos el ambiente y nos envenena­mos, sin darnos cuenta cabal, en medio de la inmensa metrópoli de los ímpetus y las desproporciones. Ím­petus y desproporciones que no sólo son físicos, sino sobre todo anímicos. Dañinos para la personali­dad.

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¿Algún día harán algo nuestros gobernantes por suavizar el estrépito de los vehículos? ¿Algún día nos recomendarán que no pitemos tanto para no destrozarnos por dentro? ¿Tendrán el valor civil de enfrentarse al poder de un pito y ganarle la partida? El herido, señor Alcalde, señores alcaldes del país entero, sufre de neurosis aguda y no sanará hasta graduarle la inten­sidad al alma enferma del pito.

Este pequeño artefacto, oculto en las in­timidades del motor y en los recove­cos del alma, representa, quiérase o no, el desacomodo social de esta época de histerias y protestas incontenibles. Es el eco atormentado de la conciencia herida.

El Espectador, Bogotá, 27-IV-1984.

 

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