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Soy boyacense

lunes, 17 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

(Ingreso a la Academia Boyacense de Historia)

Entrar en la historia de Boyacá es llegar a un pasado de luchas y glorias, de esfuerzos y valentías, de misterios y epopeyas, donde la patria vibra más que en ningún otro sitio de Colombia. Boyacá, por ser la cuna de la libertad, es también el principio de la nacionalidad. Se comienza a ser colombiano y a sentir la densidad de le telúrico y lo patriótico desde estas piedras milenarias donde el hombre parece que emergiera, hecho roca y montaña, raíz y espíritu, más allá del mismo tiempo.

Aquí, en este territorio de labriegos y guerreros, de escritores y poetas, de hombres sencillos y mujeres virtuosas, el mundo se detiene para rendirle pleitesía a la belleza y respeto al carácter.

Cuando venimos a Boyacá sentimos que algo se estremece en la profundidad del alma. Es el asombro ante las breñas que lloran de nostalgia y las mieses que susurran de plenitudes. Es el encuentro con Dios y con la naturaleza en estos campos circundados de sosiego y en estos caminos quebrados de silencios. Es la presencia inexpresable del mito y lo sobrenatural, que es mejor no romper con palabras.

Boyacá, sumisa y arisca a la vez, es tierra de montañas y mesetas, de llanuras y hondonadas, de recodos y horizontes, y diríase que en el capricho de la geografía está fundida la personalidad de la raza. Sus pueblos, aldeas y veredas, que más parecen de ensueño que de realidad, permanecen incólumes ante las arremetidas del engañoso progreso.

El boyacense no se dejará permutar el alma y vive aferrado a sus luchas, sus dificultades y sus glorias, y no renunciará a su ancestro y cuanto él representa. Es, si se quiere, esclavo de la tierra, y esto hay que entenderlo como peón de la independencia.

Ser boyacense significa ser hombre de ideales religiosos, de duro trabajo y temple de caballero. De los españoles heredamos el espíritu caballeresco con que cabalgamos por planicies y cordilleras, y también a lomo de las ilusiones, con porte galano y espada al cinto.

«El boyacense —dice Vicente Landínez Castro— posee un alma cosmopolita y sensitiva en alto grado, que con la misma intensidad y capacidad puede expresar la problemática de su terruño tanto como la problemática del universo». Y agrega Javier Ocampo López que Boyacá «es un departamento cuyos paisajes naturales y su conformación etno-cultural con supervivencias chibchas e hispánicas le infunden una identidad propia».

En el boyacense la discreción, la mesura, la sobriedad, la austeridad, mezcladas con esa malicia indígena que con tanta certeza analizó Armando Solano en sus páginas magistrales, son virtudes sobresalientes de nuestra idiosincrasia.

Quienes por circunstancias ajenas a la voluntad hemos estado por épocas ausentes del terruño, siempre quisié­ramos regresar a él. En el anhelo del retorno hacia los primeros pasos y las primeras emociones se cifra quizá la mayor ilusión del hombre.

Yo regreso hoy, en este nuevo ani­versario de la fundación de la noble villa de Tunja, a recibir el alto e inmerecido honor de ingresar, al lado de personas consagradas a la lucha de las letras, la historia y la nacionalidad, a la Aca­demia Boyacense de Historia. Aquí estamos este grupo de privilegiados diciéndole ¡presentes! a Boyacá, y pa­rece como si de esta manera reafirmáramos el sagrado compromiso de seguir fieles a la tradición boyacense.

Más que a graduarnos de historia­dores académicos, ciencia de tan exigentes disciplinas, hemos venido a refrendar nuestro amor por Boyacá, por sus tradiciones y su gente. De muchas maneras hacemos historia: en el cuento, en la novela, en la crónica, en el ensayo y hasta en la breve nota del periódico.

Al ingresar a esta respetable casa de cultura, por donde han pasado tantas figuras ilustres, lo hago rindiéndoles homenaje a mis antepasados, quienes me enseñaron a querer a Boyacá. De ellos recibí el estigma del boyacense y a ellos devuelvo el orgullo de ser leal al mandato de la sangre.

Quiero traer a este recinto el re­cuerdo de alguien estrechamente ligado a la estirpe boyacense, como que ya es parte nutricia de la misma tierra. Se trata de Eduardo Torres Quintero, mi mejor maestro, mi personaje inolvi­dable, uno de esos hombres de leyenda que para siempre permanecerán testi­moniando el pasado e impulsando el futuro.

Fue él insomne miembro de esta Academia, además de prosista castizo y vate lírico, que se volvió caballero an­dante de la cultura de Boyacá. Bien está entonces que evoquemos su memoria. Sobre él escribí una vez las siguientes palabras, que ahora deseo repasar para sentirme más boyacense:

«Este hombre silencioso que le huyó a la fama y que nunca reclamó honores; que hizo de su pobreza una oración; que vibraba ante la verdad y la poesía y que en sus noches bohemias de néctares divinos se extasiaba con sus dioses, se vuelve mito en la historia de un pueblo que él veneró y ensalzó. El recuerdo se llena de unción al regresar a los inicios de aquellas memorables jorna­das tunjanas del asombro y el hallazgo, tiznadas de lluvia y recogimientos, en la quieta placidez del hogar patricio, en cuyas noches cargadas de misterios resuena, y jamás habrá de apagarse, la voz enamorada de un poeta que jugó con sus musas hasta convertirse en leyenda».

El Espectador, Bogotá, 20-VIII-1985.

 

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Todo un señor académico

domingo, 2 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

A Otto Morales Benítez, por encima de cualquier contem­plación, hay que considerarlo como  formidable exponente humano. En escasas personas, como en él, se conjugan tantas virtudes enaltecedoras de la raza y son pocos, además, los hombres que han dedicado más esfuerzos y cariño para forjar su vocación intelectual. Nace su afán por el cultivo de la inteligencia desde los primeros años de su niñez, cuando des­cubre en los rústicos es­cenarios de un colegio de pro­vincia el aleteo de los dioses.

Riosucio, pueblo incrus­tado en la altivez de la montaña y movido apenas, de año en año, por la aparición del dia­blo carnavalesco, es el marco sereno que comienza a darle dimensión a su alma soñadora. Entre privaciones y parcos pasatiempos, ajeno al bullicio perturbador de la ciudad, corren sus primeros años bajo la calma de un panorama fresco y el solaz de lecturas y hallazgos  cada vez más apasionantes que van taladrán­dole la mente.

Cuando paso por Riosucio y encuentro en los recodos del camino los manantiales silenciosos que se esconden a la vista, se me antoja que la aldea de antaño, hecha ya moza a golpes de progreso, pretende retener, para no dejarse des­dibujar, los mismos contornos que pinta Otto en sus libros. Ciudad esquiva y amorosa al propio tiempo, como las vírgenes huidizas, aérea y accesible, sigue siendo la niña mimada, la pequeña colegiala de trenzas campesinas y alas vaporosas sobre el vacío, que encendió el primer amor en el alma de su eterno enamorado.

Otto Morales Benítez no ha dejado de ser el novio inmóvil de su terruño, rabioso de su devoción al predio que le sembró en las entrañas sabor a tierra y nostalgia de paisajes, de cantos y es­peranzas. Si alguna explicación hay que darle a esta vigorosa personalidad es su identidad con su ancestro provinciano. La vida, para quien sabe vivirla, es el reencuentro con los primeros pasos, la permanente comunión con la infancia y el inquebrantable empeño de no dejarse despojar de los recuerdos adolescen­tes.

Riosucio y Otto son la pareja inseparable que se necesita y se complementa. Si aquella le dio calor, este le dio lustre. Si Riosucio lo meció, él afiló la inteligencia para la ins­piración. «No hay más patria que la que busca el alma», escribió Gogol. Otto no necesitó buscarla. Su alma fue permea­ble al primer soplo, y así se quedó.

Difícil hablar de Otto Morales Benítez cuando ya todo tema parece agotado. Quizá, por eso, cuando la Academia Colombiana de Historia lo exalta como miembro de número para llenar la silla vacante del expresidente Eduardo Santos, que no al­canzó a ocupar don Agustín Nieto Caballero, prefiera yo, antes que repetir elogios que sobran, acordarme de su patria chica.

Hoy los periódicos ocupan sus páginas en ponderación de la brillante trayectoria del humanista que asciende otro peldaño en su itinerario es­piritual. Fijar en esta página el nombre de Riosucio es la sutil manera de rendir este homenaje. Bien sé que Otto, esquivo a galanteos y grato con la vida, no cambiaría, de serle dado, la banca de su colegio por la silla del académico.

Pero la patria se lo exige y se lo impone, y Otto, que acepta los honores con humildad, quizá solo lamente en este momento de gloria que el Diablo del Carnaval, de quien heredó la carcajada incontenible, haya dejado de ser tan estruendoso y eufórico para hacerlo también académico.

El Espectador, Bogotá, 21-IV-1976.
La Patria, Manizales, 26-IV-1976.

 

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¿Poeta o poetisa?

martes, 27 de julio de 2010 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Siempre utilicé la palabra poetisa, no poeta, para mencionar a las mujeres que hacen versos. De cierto tiempo para acá, los movimientos feministas insisten en que el término correcto es poeta para referirse a los dos sexos. Por mi parte, considero que los argumentos expuestos en mi columna de El Espectador del 22 de mayo de 1991 conservan plena validez. Dicho escrito, que fue acogido por la Academia Colombiana de la Lengua en su boletín número 172 de junio del mismo año, dice así:

De acuerdo con el Diccionario de la Real Academia Española, la mujer que escribe versos o está dotada de imaginación poética recibe el nombre de poetisa. Y si se trata del hombre, se le llama poeta. Las dos palabras diferencian los sexos, y la poesía será siempre poesía –ni masculina ni femenina–, porque el arte es único. Dentro de las campañas de liberación femenina, en los últimos tiempos se ha puesto de moda designar a la poetisa con el título del varón: poeta. Se comete así un error de concordancia. Es lo mismo que decir señora ministro –sustantivo femenino con uno masculino–, o sea, un caso de hermafroditismo idiomático; o distinguido ministro, tratándose de una dama, con lo que se desconoce de plano el bello sexo de la agraciada funcionaria.

¿Acaso las campañas de liberación buscan borrarle el sexo a la mujer? ¡Ni más faltaba! Esto sería lo mismo que arrebatarle, en aras de una causa mal entendida, su dulce identidad. No se trata de masculinizar a la mujer, sino de ponerla a competir con los puestos y las dignidades. Decir la poeta Guiomar equivale a inyectarle hormonas masculinas a la tierna poetisa y así desnaturalizarla. Esto no es invención del cronista. Es el genio del idioma.

Hay dos palabras similares: profeta y profetisa, consagradas para cada sexo. También existen definiciones exclusivas: pitonisa será siempre palabra femenina por asimilación con la mujer que en la mitología de Apolo predecía el porvenir. Si dijéramos el pitoniso Ramiro, o sea, un caso de masculinidad adulterada, ya sabríamos de qué se trata.

Al entrar la mujer a ocupar las posiciones que antes eran exclusivas del varón, la sabiduría del idioma reconoció a nuestras queridas competidoras, con los términos indicados, ese justo derecho. Y cada cual continuó en su puesto. En los tiempos antiguos solo había médicos. Hoy también hay médicas. Lo mismo ingenieras, abogadas, capitanas, alcaldesas, gobernadoras, ministras, gerentas, presidentas, zapateras, peluqueras… Sin embargo, algunas universidades todavía le dan el título de ingeniero o médico –sustantivos masculinos– a la mujer. Parece que en tales recintos no hubiera entrado la evolución del idioma, que también es una conquista de la mujer.

P“oetisas siempre las ha habido –y las habrá– por más que ciertos alardes feministas persigan, en un desmedido afán por igualarlas con el hombre, volverlas machos. ¡Y dicen que el hombre es el machista! La poesía, entre tanto, seguirá siendo poesía. No importa quién la elabore.

La poetisa Meira Delmar -que no el poeta– hizo esta defensa de la mujer en su discurso de ingreso a la Academia Colombiana de la Lengua: “Tal vez no sobre aquí una breve observación dirigida a los que opinan que se encarece más a la poetisa si se le llama poeta, olvidando no solo elementales principios de gramática, sino la verdad incuestionable de que si la obra de arte cumple su cometido y trasciende su propia materia –palabra, sonido, color y forma– para transformarse en ese ‘algo más’ que constituye su real esencia, no será ni más alta porque se le atribuya a un creador, ni menos porque se le asigne a una creadora”.

 * * *

El poeta y académico Óscar Echeverri Mejía hace en sus columnas de prensa (que se reproducen en varios periódicos regionales) el siguiente comentario, titulado  Defensa de la palabra poetisa:

“En más de una ocasión he escrito sobre el tema: es contrario al buen uso y a la concordancia llamar poetas a las poetisas. Lo dice el Diccionario de la Lengua y lo manda la Academia Colombiana. Vuelvo al tema después de leer en la interesante revista Manizales un artículo del escritor Gustavo Páez Escobar, del cual extractaré algunos párrafos, por considerarlos atinados (…)

“Más adelante, Páez Escobar cita al secretario ejecutivo de la Academia de la Lengua, Horacio Bejarano Díaz, quien se muestra totalmente de acuerdo con las ideas expuestas al respecto por Páez Escobar, y reafirma que estas coinciden con las de la entidad rectora del idioma en nuestro país. De manera que Meira del Mar, Maruja Vieira, Dora Castellanos, Mariela del Nilo, mis ilustres colegas, en la Academia, son poetisas, a mucho honor y conforme con lo que mandan las Academias Española y Colombiana de la Lengua”.

***

José Ríos Trujillo, notable glosador del idioma, expone lo siguiente en el diario El Tiempo (7-I-92):

“Frecuentemente se oye decir poeta, para designar a un hombre o a una mujer que hacen versos, indiscriminadamente, como si se tratara de un sustantivo de género común a ambos, que abarca los dos sexos, lo que constituye un error gramatical.

“En efecto, la palabra poeta (que en griego significa creador) en castellano designa únicamente al varón que se dedica al anterior quehacer, pero si se trata de la mujer, el término que le corresponde es poetisa. Este error no se cometía cuando los ministros de Educación exigían la enseñanza del castellano como materia primordial y éramos por eso reputados los colombianos ante los extranjeros como los que mejor hablábamos el idioma.

“Las palabras en cuestión fueron tomadas del latín, donde existía el sustantivo poeta para el varón y poetria para la mujer, en la época clásica, y en la de la baja latinidad poetissa. Estos a su turno fueron tomados del griego donde existía el término poietés para el varón y poiétria para la mujer. Curiosamente son las mismas poetisas las que quieren denominarse poetas, como si se tratara de un término peyorativo el que les corresponde, lo que es paradójico en los tiempos de la revolución femenista (sic)”.

 * * *

El escritor Hernando García Mejía me envía una carta desde Medellín, el 19 de octubre de 1992, y en ella me cuenta un simpático episodio:

“Ayer, domingo 18, en su columna Funcionalidad del idioma, mi buena amiga Lucila González de Chaves reprodujo parcialmente tu excelente nota sobre la palabra poetisa, tan injustamente vilipendiada y rechazada por las hijas de Eva que cometen versos.

“¿Sabes qué llegó a decir en las mismas páginas de El Colombiano Dominical una de dichas damas: ‘¿Y por qué a los hombres no les dicen también poetisos?’. Esto me recuerda una anécdota de un amigo mío, de esos que emplean palabras sin conocer su verdadero significado. Pues bien, el sujeto de marras me llamaba siempre poetastro. Poetastro esto, poetastro aquello, poetastro lo de más allá. Un día, entre irritado e intrigado, le pregunté: ‘Dime, hombre, ¿tú sabes realmente lo que significa poetastro?’. Y el ‘académico’ respondió ni corto ni perezoso: ‘¡Claro, hermano! ¡Claro! ¡Significa poeta grande como un astro”.

Antonio Panesso Robledo escribe en su columna de El Espectador (7-VII-1992):

“En estos días se realizó en nuestro país una asamblea de ‘mujeres poetas’. En otro tiempo se llamaban poetisas, una expresión que se sigue aplicando a Safo y a Gabriela Mistral. En Colombia, las señoras que hacen versos han preferido llamarse oficialmente ‘mujeres poetas’, por alguna razón no muy clara. La primera vez que oí hablar mal de la palabra ‘poetisa’ fue al poeta Eduardo Carranza, a quien nunca le gustó ese vocablo, así como detestaba también la palabra ‘mirlo’.

“Empero, poetisa es una palabra muy bonita, bien formada en la tradición del idioma y usada durante siglos por los escritores de la lengua española, incluyendo a las mismas poetisas.

“El capricho de rechazar esa palabra se pone de bulto cuando se piensa en femeninos sonoros y expresivos, como emperatriz. A nadie se le ha ocurrido hasta ahora llamar a Eugenia ‘la mujer emperador’. Tampoco dice nadie ‘mujer actor’ para designar a María Eugenia Dávila. Decimos actriz, otra bella palabra española de la mejor estirpe.

“Un fenómeno cultural destructor que influye en estos fenómenos es el unisex, originado hacia 1968 y que ha tendido a la confusión de los sexos, en una atolondrada tendencia de garantizar los derechos femeninos y la ‘igualdad’ de mujeres y hombres. Al idioma penetró esta broca con ímpetu mayor en ciertos idiomas…”

 * * *

En días pasados (ya estamos en el nuevo siglo) asistí a un acto académico en torno al bello poemario de Inés Blanco Navío de arena, para el que escribí el prólogo y donde la menciono como poetisa (con perdón de mis queridas amigas y amigos que no comparten este vocablo). Y me encontré con una situación curiosa: quienes intervinieron con su palabra en la velada, tanto mujeres como hombres, siempre la llamaron poeta. Por lo tanto, quedé reducido a una abrumadora y única minoría. Como para salir corriendo. Pero no lo hice.

Recordé que días atrás, el 7 de septiembre de 2003, había leído la columna semanal que Soledad Moliner, una autoridad del idioma, escribe en Lecturas Dominicales de El Tiempo, y en la que absolvía la duda que se ha acrecentado en los últimos tiempos sobre si lo legítimo es poeta o poetisa. Transcribo la columna de Soledad Moliner:

Pregunta: “Varias cartas evocan a la desaparecida María Mercedes Carranza, llorada promotora de la cultura y la poesía, y preguntan por qué razón rechazaba para sí el término poetisa. Igualmente inquieren si debe decirse ‘Casa de la Poesía’ o ‘Casa de Poesía’.

Respuesta: “En cuanto a esto último, es indiferente el uso del artículo. Por otra parte, poeta es ‘el que compone obras poéticas’. Autores como Emilio Alarcos lo consideran masculino, pero para otros, abarca ambos géneros. Poetisa, en cambio, es definición exclusiva para la ‘mujer que hace versos’. Algo parecido ocurre con cantante (el/la) y cantatriz (solo la). Corresponde a una terminación femenina usual en castellano: papisa, sacerdotisa (…) Entiendo que, al rechazar el término, María Mercedes Carranza rechazaba la connotación de una poesía femenina, que le olía a ateneos y centros poéticos para señoras”.

 * * *

Como puede observarse, la cuestión está polarizada. En vista de estos vientos contrarios (y ya se sabe que las palabras nacen o se transforman por el uso popular, y también mueren), no queda fácil implantar una regla o teoría única. En los tiempos de Laura Victoria no había “mujeres poetas”. Todas eran poetisas y lo único que les afanaba era hacer buena poesía.

Debo anotar que mi posición, que tiene cierto carácter de anécdota, no es dogmática ni caprichosa. Pero la defiendo con las razones de peso que exponen las Academias de la Lengua y con el aliento que me transmiten las voces autorizadas que he citado, las que además considero útiles para los lectores de estas páginas. He querido tocar este asunto palpitante, de indudable interés para los estudiosos del idioma y para los propios cultivadores de la poesía, para que otros sigan buceando en el tema. Pienso que el choque actual es asunto de moda, de aire ambiental. ¿Cuánto durará esta moda?

Prometeo Digital, Madrid, España, 2006.
Revista Mefisto, No. 65, Pereira, 2009.

Miradas a Boyacá

miércoles, 2 de diciembre de 2009 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Boyacá y su academia

En el Ciclorama del Puente de Boyacá, el pasado 9 de abril, la Academia Boyacense de Historia se reunió en sesión solemne para celebrar sus cien años de vida. No ha podido escogerse mejor escenario para esta efeméride: allí palpita el corazón de la patria en medio de los símbolos que recuerdan la derrota de la opresión española y el nacimiento de la libertad. A partir de ese momento se iniciaba la historia grande de un pueblo que rompía las cadenas de la esclavitud y se volvía soberano.

La Academia Boyacense de Historia fue fundada el 9 de abril de 1905 con el nombre de Centro de Historia de Tunja (que llevó hasta 1946), por Cayetano Vásquez Elizalde, y su primer presidente fue el canónigo Aquilino Niño Camacho. A través de los años, la entidad se ha encargado de mantener prendida la llama del nacionalismo y el culto a las tradiciones, comenzando por afirmar los episodios históricos de la propia región. Pocas zonas del país aglutinaron en los días de la Independencia tanta variedad de personajes y de sucesos heroicos como los ocurridos en esta tierra de epopeyas y oraciones. Y pocas poseen en los días actuales su misma esencia cultural.

El segundo presidente fue el canónigo Cayo Leonidas Peñuela Quintero, tío de la poetisa Laura Victoria, célebre historiador y polemista que en 1912 fundó el Repertorio Boyacense, órgano oficial de la Academia, que acaba de llegar a 341 ediciones. Se trata de la revista más antigua de las academias regionales de Historia y del departamento de Boyacá, por cuyas páginas han desfilado egregios escritores dedicados a destacar los valores de la comarca, decantar la historia, fortalecer la cultura y afianzar el sentido de pertenencia a la patria. Publicación de lujo y de sólido contenido, en la que se ventilan los temas más variados y profundos que hacen relación con el campo académico, siempre con la mira puesta en Boyacá y en Colombia.

Quince presidentes ha tenido la entidad en su siglo de existencia. Seis de ellos provienen del ámbito eclesiástico, lo que refrenda una de las características más propias de Boyacá: el espíritu religioso que se respira en todas partes. Y dos secretarios perpetuos: Ramón C. Correa Samudio, que estuvo al frente del cargo, con ejemplar entrega y maravillosa labor productiva, durante 68 años, y Enrique Medina Flórez, insigne personaje de las letras y la docencia, que lo remplazó en 1991 y acaba de recibir, en la ceremonia del Puente de Boyacá, la exaltación como miembro benemérito. El presidente actual, que ha ocupado la posición en dos ocasiones, es Javier Ocampo López, maestro de Historia y gran promotor de la cultura boyacense.

En el centro académico se ha dado cita, a través de todas las épocas, lo más granado de la inteligencia boyacense: literatos de amplio prestigio, historiadores de vasta cultura, prestigiosos sacerdotes, profesores e investigadores, dedicados todos a la causa común de escudriñar la historia y difundirla en conferencias, libros y otros medios de comunicación. Son ellos, sin duda, una de las fuerzas vivas con que cuenta el departamento para mantenerse como modelo cultural del país.

Hay varias actividades institucionales que merecen especial mención: una es la Cátedra de Boyacá, dirigida a maestros y estudiantes, programa que se desplaza por los municipios con seminarios sobre la Historia, las letras, el arte y la arquitectura, entre otros aspectos, y que busca la identidad local y regional; otra, el equipo de las “guardias cívicas”, conformadas por grupos juveniles que impulsan el civismo y preservan el patrimonio histórico en toda la comarca; la tercera, la administración del Archivo Histórico Regional de Boyacá, donde se protege la memoria documental que viene desde la conquista y colonización del país; y por último, la estupenda labor bibliográfica que, estimulada por la Gobernación de Boyacá, ha hecho posible la publicación de 135 libros hasta el momento, sobre diferentes asuntos históricos y culturales.

El paisaje y el espíritu son en Boyacá las insignias mayores de una raza legendaria, a la que tanto le cantó Armando Solano en páginas memorables. No en vano los actuales directivos de la corporación prosiguen en el empeño que animó al fundador y a sus colaboradores: recoger e interpretar el alma boyacense en los innumerables estudios realizados por parte de las mentes eruditas que engrandecen la vida regional.

La Cardeñosa

En julio de 1537, cuando los españoles buscaban el camino para llegar a los Llanos Orientales y descubrir el tesoro de El Dorado, encontraron a los indios teguas, que moraban en el actual municipio boyacense de Campohermoso y poseían grandes conocimientos medicinales extraídos de las yerbas. Eran famosos por sus sorprendentes poderes curativos y puede decirse que de allí nació la ciencia médica en Colombia. De ellos se derivó el término “tegua”, con el que más tarde se denominaría a la persona que ejerce la medicina sin poseer título profesional.

Estos indios valerosos se opusieron al conquistador español y lucharon con desespero por proteger sus valiosas riquezas, representadas en oro y esmeraldas, que guardaron con sigilo en profundas guacas diseminadas en sus tierras montañosas. De ellos se dice que eran formidables constructores de acueductos y puentes colgantes. Además se distinguían por su amor a la naturaleza y su organización comunitaria. A lo largo del tiempo, los guaqueros se apoderaron en forma gradual de la fortuna escondida en los montes, hasta hacer desaparecer toda huella de la comunidad teguana, que se extinguió durante el siglo XX, en forma silenciosa y en medio del olvido de los nuevos tiempos.

De aquella cultura emerge la imagen fulgurante de la Cardeñosa, india de extraordinaria belleza, rescatada como prototipo de la mujer teguana y, por extensión, de la mujer boyacense. El ilustre escritor de la comarca Pedro Gustavo Huertas Ramírez, expresidente de la Academia Boyacense de Historia y catedrático de la Universidad Pedagógica y Tecnológica de Colombia, es autor de una serie de investigaciones sobre este personaje legendario, y a través de los años se ha convertido en el mayor pregonero de sus atributos y su trascendencia histórica.

La primera noticia que tuve sobre la Cardeñosa fue en el libro Guerreros, beldades y curanderos. El enigma de los indios teguas, que el citado escritor publicó en 1995. Ahora, de su misma autoría, sale la obra Boyacá: perfiles de identidad regional y nacional, donde, con el rigor histórico con que Huertas Ramírez elabora sus trabajos, ofrece distintos enfoques sobre la idiosincrasia boyacense y sus símbolos regionales. Entre ellos está el de la preciosa nativa, que esta vez adquiere mayor relevancia gracias al reconocimiento público que ha recibido tanto de los medios culturales como del sector oficial.

¿Quién era la Cardeñosa? La mujer más bella que los españoles hallaron en tierras colombianas, ante quien se sintieron deslumbrados como si el hechizo proviniera de una deidad mágica. Todos pretendían conquistar sus favores, pero ella, recatada y huidiza como el viento, esquivaba los asedios y mantenía su reputación impoluta. Juan de Castellanos dice que era “una india que doquiera pudiera ser juzgada por hermosa, gentil disposición y rostro grave”. Fray Pedro Simón afirma que “era tan hermosa, modesta y grave, que podía competir con la española más adornada de estas prendas”. El obispo Lucas Fernández de Piedrahíta la describe como “una india que en cualquier parte del mundo pudiera señalarse en hermosura”. Todos los documentos de la época coinciden en el mismo concepto.

Las crónicas no revelan el verdadero nombre de la india, pero se sabe que se le dio el apelativo de Cardeñosa por su semejanza con una española dotada también de singulares encantos que los conquistadores habían conocido en la ciudad de Santa Marta, fundada doce años antes. A su turno, la dama española debía su nombre al hecho de ser oriunda del municipio de Cardeñosa, circunstancia ignorada en la época actual y que vino a descubrir el historiador Huertas Ramírez. Con ese motivo viajó en agosto de 2004 a aquella distante localidad española y se entrevistó con sus autoridades para hacerles conocer la existencia de otra Cardeñosa: no un pueblo, sino una india colombiana convertida en mito.

El municipio de Campohermoso, donde se han confeccionado diferentes obras artísticas para exaltar a su diosa aborigen, creó además el galardón bautizado como la Cardeñosa de Oro, estatuilla con que se premia cada dos años a los ganadores del Festival Regional del Folclor Llanero. Así, el fervor popular conserva la memoria de aquella etapa histórica iluminada con el embrujo de esta mujer fabulosa.

 Los demonios de Vargas Vila

Ningún escritor tan odiado y tan admirado como José María Vargas Vila. Mientras muchos lo denostaban por sus escritos urticantes, otros lo aplaudían por su estilo desenfadado y su verbo demoledor. Fue el censor implacable de las tiranías tropicales, bien desde sus artículos en periódicos y revistas, bien desde sus libros, unos y otros huracanados. Nunca cedió en su posición crítica, por más persecuciones que se desataron en su contra. Su furioso anticlericalismo le valió el veto de la Iglesia Católica y la prohibición para los fieles, bajo advertencia de excomunión, de que leyeran sus obras.

No necesitó mucho tiempo para ingresar a la lista de los escritores “malditos”. Con él se inicia en el país esa histórica clasificación, nacida en Francia con Baudelaire, Rimbaud, Verlaine y Mallarmé, los cuatro principales poetas del simbolismo, que marcaron toda una época por su genialidad y rebeldía. Sin ser bohemio como ellos, Vargas Vila se convirtió en el mayor espíritu enjuiciador de la sociedad y los gobernantes y, al igual que los poetas franceses, dio muestras de acendrada independencia y temible capacidad de combate y sarcasmo,  hasta el punto de ser catalogado como monstruo luciferino.

El escritor boyacense Eduardo Torres Quintero lo denominó el “gigantesco paranoico” y con esas palabras definió el ambiente que en parte de la sociedad  irradiaba Vargas Vila por su arrogancia y su carácter panfletario. En el otro extremo de la opinión pública, el poeta Valencia lo calificó como el “divino”, y así pasaría a la historia. Título apropiado para este ser salido de lo común, que parecía irreal y causaba arrebato en la multitud. Arrebato que lo mismo podía provenir de su instinto diabólico que de sus destellos fulgurantes. Personaje casi indefinible, que puede situarse entre ángel y demonio.

Mario H. Perico Ramírez es autor de la estupenda biografía de Vargas Vila titulada “¿Las uñas de Satanás?”, que lleva tres ediciones y ha entrado en nueva circulación en estos días. Dentro de su peculiar estilo de presentar a sus biografiados en primera persona, con la técnica del monólogo interior y el recurso de toques originales (como lo ha hecho, entre otros, con Bolívar, Santander, Núñez, Reyes, Mosquera y Manuelita Sáenz), Perico Ramírez se mete en el alma y en el cuero de sus personajes y los pone a actuar en su momento y sus circunstancias con exactitud histórica.

Su intuitiva facultad de interpretar el carácter de la gente, apoyado por hondas lecturas y su fecunda imaginación, permite al escritor boyacense elaborar novedosos estudios críticos sobre etapas de la vida colombiana que giran alrededor de los protagonistas de la Historia. Se aparta de la regla académica de ofrecer los relatos con la engorrosa enumeración de fechas y circunstancias triviales que poco o nada aportan para el conocimiento genuino de las personas, y emplea la penetración sicológica para definir los hechos y las épocas y desentrañar los rasgos individuales.

A Vargas Vila lo analiza como un ser angustiado desde la niñez, que queda huérfano de padre a los cuatro años y debe soportar la estrechez económica a que se ve sometida su madre, quien con grandes dificultades sobrevive con una pensión insuficiente. Los estudios del futuro libelista son precarios, pero su vocación autodidacta le permitirá obtener sólidos conocimientos. Apenas adolescente, se enrola en la milicia y se compromete con afanes partidistas que dejarán un rastro perturbador en su espíritu, en medio de las grandes conmociones públicas que afectan la vida nacional.

Luego ejerce como maestro de escuela en diferentes pueblos. Suspende esa actividad cuando estalla la revolución de 1885 y toma partido en uno de los bandos en conflicto. Derrotado su ejército, se refugia en los Llanos y caen sobre él duros tiempos de persecución. Su vida queda marcada por una borrascosa época de agitación política y de enormes sinsabores, que incidirá en el carácter rebelde que nunca lo abandonará.

Viaja por distintos países, ejerce el periodismo, funda revistas. Arremete contra los tiranos de Colombia y Venezuela y cada vez sus luchas se vuelven más radicales y más intransigentes. Ingresa a la diplomacia, y su nombre, ya célebre por el éxito y el escándalo de sus libros, resuena con estrépito y admiración en todas partes. Adquiere destreza impresionante para escribir libros de choque ideológico y de pasiones sentimentales, que causan revuelo en el continente e incluso en España, a donde ha llegado su prestigio y donde reside por largos años, hasta su muerte.

Cada obra suya suscita polémica, rechazo, protesta, adhesión, delirio. Son sentimientos encontrados que crean el mito. Los públicos, que unas veces lo aplauden y otras lo detestan, lo proclaman, de todas maneras, como el “divino Vargas Vila”, rótulo en el que va incluida la imagen del ángel perverso. Sí: Vargas Vila es Lucifer, el príncipe de los ángeles rebeldes. Destruye reputaciones con fulminante poder de condena y así mismo despedaza los ídolos de barro. Su ímpetu jupiterino no tolera los abusos de poder ni la injusticia social. Por eso se le idolatra, se le respeta y se le teme.

Perico Ramírez, otro rebelde de las letras y polémico con sus escritos, diseña a la perfección la figura controvertida de Vargas Vila. Sabe dibujarlo en la distancia de los años y lo trae a nuestros días con cierta duda (que asiste a la mayoría de escritores) sobre la verdadera esencia del personaje. De ahí el título de su libro: “¿Las uñas de Satanás?”. Sobre lo que no existe duda es sobre la trascendencia histórica y literaria de este panfletario de difícil repetición.

Julio Flórez, poeta esencial

En el año 1909, bajo el sofoco de tórrida temperatura superior a los 30 grados, avanza Julio Flórez por la vía polvorienta que va de Barranquilla a Usiacurí. Se dirige a este caserío en busca de una cura medicinal para el cáncer que le ha aparecido en el rostro, del que espera curarse en las aguas azufradas, famosas en el país, de que es rico el lugar. Además, el desengaño del mundo y sus vanidades que ha seguido a sus resonantes días de gloria y a sus bohemias memorables, lo lleva en secreto a buscar refugio seguro en aquel pueblo oculto de la Costa Atlántica. “Ya poco o nada de mi gloria queda”, confiesa.

Tiene 42 años de edad, y morirá en cercanía de los 56, el 7 de febrero de 1923, en la misma estrecha aldea (hoy de 8.000 habitantes) escogida como residencia bucólica para el resto de sus días, después de haber probado el alboroto y la embriaguez de las ciudades. Había nacido en Chiquinquirá el 22 de mayo de 1867. Su época dorada la vivió en Bogotá, en largas noches de bohemia, de tristeza y soledad, si bien allí se le confundía con un alma alegre, por ser el centro y la chispa mayor de la Gruta Simbólica. Había viajado por Guatemala, Méjico, España, París, en aparentes excursiones de placer. Pero su mundo era Colombia. Su gente lo esperaba en los bares de la capital.

Compra en Usiacurí una pequeña tierra poblada de frondosa vegetación tropical y se dedica, con amoroso empeño, a reparar la casita rústica que habrá de compartir con su esposa y sus hijos. En los alrededores florecen las matas de florón, los mamoncillos, los olivos, las ceibas y los árboles cargados de frutos generosos, donde escucha desde las primeras horas del día los arpegios de las aves congregadas en torno al santuario de la poesía. Feliz en la vida pastoril, alterna sus horas entre el laboreo agrícola y el cultivo poético. Tanta es su identidad  con su nuevo hábitat, que un día exclama: “Oculta entre los árboles mi casa / bajo denso ramaje florecido / aparece a los ojos del que pasa / como un fragante y delicioso nido”. 

Julio Flórez está catalogado como el más representativo de nuestros poetas. Poeta esencial e íntegro. O, como lo define Jorge Rojas, “poeta de la cabeza a los pies”. Era uno de esos trovadores espontáneos que, al igual que en la época medieval, iba por los caminos derramando su cosecha de versos. Sin mayores años de escolaridad (se dice que apenas adelantó estudios mínimos en una escuela o colegio de Puente Nacional), el lenguaje le fluía como de un manantial puro, lleno de murmullos y resonancias.

Como nació con alma romántica, al igual que Byron, la inspiración le venía por soplos mágicos, algo indescifrable para los profanos, y que sólo conocen las almas predestinadas para tan noble quehacer. Julio Flórez no era gramático, ni poseía grandes conocimientos literarios, pero tenía alma sensitiva. Eso es el poeta: caja de vibración de los amores y pesares del ser humano. La sensibilidad, por encima de los cánones académicos, es la que determina el arte lírico.

Y era gran lector. Desde joven se apasionó por los poetas franceses, y de 16 años le hizo una oda a Víctor Hugo, su ídolo mayor. ¿Qué importa que no fuera culto? ¡Era poeta! Uno de los poetas más populares que ha tenido Colombia. Su genialidad se manifestó en lenguaje sencillo y tierno, sentimental y melancólico, que supo interpretar las alegrías y pesares del pueblo. Por eso estremecía el corazón de las multitudes. Sus cantos movían el amor y el desencanto, la tristeza y la añoranza, la sinceridad y la humildad, el dolor y la nostalgia. La poesía era para él rito sagrado, donde el poeta actúa como ser divino.

Guillermo Valencia, en reportaje a Martín Pomala, en 1928, anota: “Respecto de Flórez le diré que lo he admirado siempre por su inspiración sin igual. Julio fue a mis ojos el poeta por esencia”. Otras figuras destacadas han expresado elogiosos conceptos sobre este personaje bohemio (el legítimo bohemio intelectual de comienzos del siglo XX), que permanece en el tiempo como una leyenda romántica y acaso fantasmal.

Se dice de él que acostumbraba irse con sus compañeros de libaciones a darles serenatas a los muertos (serenatas a él mismo) en el Cementerio Central. Su inclinación a la tristeza y las sombras se advierte en buena parte de su obra, y de ello han quedado claros rastros en poemas como Mis flores negras, Todo nos llega tarde, Boda negra, Resurrecciones. Sus versos son el reflejo de un alma desolada y sombría que deambulaba por las calles bogotanas en medio de dolores y amarguras. Fue a dar a Usiacurí para seguir con su sombra a cuestas.

El 14 de enero de 1923, días antes de su muerte, fue coronado poeta nacional en su propio terruño. Todo el país volvió los ojos hacia el escondido refugio sentimental que el ilustre boyacense había elegido como su última morada en la tierra. Con él desapareció el último de los poetas románticos. Años después, la humilde vivienda sería declarada patrimonio cultural de la nación. Y hoy, según dan cuenta las noticias de prensa, está a punto de derrumbarse por falta de recursos para sostenerla. Mientras tanto, por los contornos sigue vibrando la voz pesarosa del poeta: “Todos nos llega tarde, hasta la muerte…”

Bogotá, 2005.