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Carlos Calderón Reyes: político y humanista

martes, 1 de noviembre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

El paso del tiempo suele desvanecer la marca de los hombres ilustres. Hay quienes fueron en su época líderes de la política, la diplomacia o las humanidades y quedaron vinculados a la Histo­ria como promotores de episodios sobresalientes; quienes se distin­guieron por servicios especiales a la región nativa o al país en general; quienes se convirtieron en personajes claves de un pro­ceso nacional.

Tal el caso de Carlos Calderón Reyes, cuya figura­ción en la vida colombiana de finales del siglo pasado y comienzos del presente, cuando comenzaba a afianzarse el sentido de nuestra democracia, fue relevante. Conforme avanzan los años, más tiende a oscurecerse el recuerdo de esas actuaciones. Es preciso, entonces, que los historiadores se encarguen de refrescar la memoria de las nuevas generaciones con el análisis de esas vidas meritorias, de su significado histórico y de su implicación en los hechos sociales de la nación.

Ese objetivo respecto del personaje de que se ocupa esta no­ta lo cumple con buena fortuna la historiadora Miryam Báez Osorio en el libro que ha titulado Carlos Calderón Reyes, cau­dillo y constituyente de 1886, publicado en Tunja, con el patro­cinio de la Beneficencia de Boyacá y la Casa de Cultura de Soatá, en 1986. La ensayista, basada en fuentes serias de investiga­ción, acumula los perfiles más notables de la personalidad de Cal­derón Reyes y logra el retrato fiel de quien ejerció poderoso in­flujo en la administración de Boyacá y del país desde diferentes posiciones e inspirado en nítidos propósitos humanitarios.

Carlos Calderón Reyes nace en Soatá en 1854. Es hermano del presidente Clímaco Calderón Reyes (nacido en Santa Rosa de Viterbo) y sobrino de Aristides Calderón, presidente del Estado So­berano de Boyacá. Estudia Derecho, Ciencias Morales y Políticas en la Universidad Nacional, disciplinas que le permiten avanzar, como lo hizo a lo largo de su fecunda trayectoria humana, en el manejo político del Estado.

Desde joven ocupa importantes car­gos en la administración de Boyacá, y más tarde, a medida que se estructura su personalidad, será delegado de Boyacá ante el Consejo Nacional Constituyente, ministro del Tesoro en el gobier­no de Caro, ministro de Hacienda en el gobierno de Sanclemente, más tarde ministro de Relaciones Exteriores y diplomático. Toda una gama de experiencias que harían de él, aparte de avanza­do representante de su comarca boyacense, gran conocedor de los asuntos públicos del país.

Se dedica, además, al periodismo. Es una actividad que culti­va desde su mocedad. En el periódico La Nación se desempeña como vigoroso editorialista político. Su mente es clara y su estilo, polémico. Promueve candentes debates en torno a la Constitución del 86, en la cual, como senador de la República, toma cartas de­cisivas. Profundo admirador de Núñez, a su lado se hace mentor del ordenamiento jurídico que hoy nos rige.

Es hombre polifacético y desconcertante. A todo le saca tiem­po. Se vuelve experto en múltiples y complejas cuestiones del que­hacer nacional. Lo mismo se mueve en las leyes constitucionales, tal vez su mayor fuerte, que en la economía, la educación, la sa­lubridad o la agricultura. Su servicio a la comunidad preside toda su dinámica vital. Le preocupa la salud del pueblo.

Combate las enfermedades infecto-contagiosas, como la viruela, lo mismo que la invasión de langostas, que produjeron terribles estragos en las sementeras de Boyacá. Se compromete en decididas cruzadas por la recuperación de las tierras baldías. También es abanderado de la industria manufacturera y la explotación de minas en el mu­nicipio de Samacá.

Dueño de sólidas capacidades intelectuales, se revela como pro­sista de estilo claro y ágil. Aparte de numerosos artículos de pren­sa, que elabora con fluidez y espíritu de combate, deja varios li­bros publicados: El papel moneda, Núñez y la Regeneración, Verdaderas causas de los sucesos de Boyacá, La cuestión monetaria en Co­lombia, y no se conforma con sus actividades como hombre de Estado: es también catedrático de jurisprudencia en las Universi­dades del Rosario y Nacional. Su ingreso a las Academias de His­toria y de la Lengua resulta la refrendación de una carrera acen­drada en el ejercicio de las letras y la democracia.

Posee enorme sentido de la moralidad. Recuérdese que se había graduado en Ciencias Morales, cátedra que en aquellos tiempos significaba un imperativo de la formación. En sus escri­tos de prensa arremete contra los despilfarros públicos y los abu­sos del poder. Legisla sobre la propiedad intelectual, la pena de muerte, la inviolabilidad de la correspondencia, la creación de nuevos departamentos, los asuntos religiosos.

Es un temperamento en permanente combustión de ideas. Su tiempo se caracteriza por un agitado clima de malestar social y político. Le corresponde ac­tuar, en la separación de Panamá, como ministro de Hacienda y recibir, en consecuencia, encendidas polémicas. El país estaba convulsionado por hondos sucesos bélicos, y él se desempeña como pacificador. Su humanismo no le permite ser violento.

Las acciones de Carlos Calderón Reyes en la vida pública co­lombiana son de absoluta entrega a la causa del hombre. Es líder avanzado para su época. Pocas personas tan batalladoras, influyentes y productivas como él. Pasa por las mayores posiciones de la administración pública y en todas deja testimonio de su ca­rácter emprendedor. No se conforma con ser un político más, que lo fue en el mejor sentido de la acción y la moral, sino que deja huellas firmes como escritor, periodista, legislador y académico. Muere en Bogotá, realizado y cubierto de gloria, en septiembre de 1916.

Su propia patria chica, Soatá, ignora hoy la trascendencia de su obra. No conoce la dimensión de su vida luminosa. Falta en su pueblo un bronce consagratorio de su nombre. Falta que en escuelas y colegios se divulguen las virtudes del hombre público que consagró su existencia al bienestar de la comunidad, y del humanista que escribió para las futuras generaciones sabias y fér­tiles enseñanzas.

Repertorio Boyacense, Academia Boyacense de Historia, N° 322, Tunja, julio-diciembre de 1988.

 

 

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Al rescate de Tulio Bayer

miércoles, 17 de noviembre de 2010 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

En carta fechada el 15 de diciembre de 1980, Tulio Bayer me habla de la visita que le hizo el periodista antioqueño Carlos Bueno Osorio. Desde entonces, quedé a la espera de conocer el reportaje, el ensayo o la biografía que se desprendería de aquel encuentro en París, que se prolongó por varios días.

En diciembre pasado, es decir, 28 años después, Carlos Bueno Osorio publica el grueso libro de 465 páginas que lleva por título Tulio Bayer, solo contra todos, editado en Medellín por el Instituto Tecnológico Metropolitano, obra que hace un repaso minucioso sobre la vida y la obra literaria del médico guerrillero. El periodista, según se desprende de una anotación al final del libro, venía en trato epistolar con Bayer desde años atrás de su cita parisiense, hecho que indica el largo trecho corrido hasta hacerse realidad el proyecto editorial.

El libro, según Bueno Osorio, aparece a los 25 años de la muerte del médico, que sitúa en 1983, cuando en realidad ocurrió en 1982 (el 27 de junio), a los 58 años de edad. Dos errores más en las palabras del exordio se encuentran  en las fechas erradas que se citan como años de publicación de estos libros de Bayer: Carta abierta a un analfabeto político fue editado en 1977, y no en 1968; Gancho ciego, en 1978, y no en 1964.

Tres meses antes del deceso, Tulio Bayer me hizo llegar un abultado paquete con recortes de prensa, cartas y otros documentos, sabedor como era de que me proponía profundizar en sus ideas y en su vida de combate, para elaborar un estudio sobre su extraña personalidad. Este material lo he repasado, una y otra vez, en busca de nuevos enfoques sobre los hechos que protagonizó a lo largo de su agitada –y por otra parte admirable– existencia.

Llevé a cabo dicho propósito en la novela Ráfagas de silencio, editada en junio del 2007, con ocasión –ahora sí– de los 25 años de su muerte. Soy gran conocedor de la vida y la obra de Tulio Bayer, en razón de la estrecha amistad que nos unió durante un año en Puerto Leguízamo (Putumayo) –él como médico del pueblo, luego de su expulsión de Manizales como secretario de Salud, y yo como ejecutivo bancario–, y por la compenetración sobre sus luchas y su pensamiento a través de la lectura repetida de sus libros, de la nutrida correspondencia que nos cruzamos y de numerosos enfoques sobre sus actos, de muy diversa índole, que guardo con celo en mis archivos.

Al tener en mis manos el libro de Bueno Osorio, que recibí por amable gesto del también periodista antioqueño Orlando Cadavid Correa, sentí como si el propio personaje, salido acaso de la ultratumba selvática, me visitara medio siglo después de nuestras andanzas por aquellas latitudes. Tal fue la emoción que me produjo este hecho sorprendente.

Y me dediqué de inmediato a leer la obra con gran atención. De entrada, me gustó la frase donde el autor define a Tulio Bayer como “doctor de selva y llano, fugaz y casi solitario guerrillero, exiliado en variopintas naciones, escritor de novelas, de diatribas políticas, y al final, solitario, impertinente y mordaz, como traductor de literatura científica para editoriales médicas…”

Conforme avanzaba en la lectura, se me fue revelando, en las palabras de  Bueno, el propio lenguaje de Tulio Bayer, que conozco muy bien por la razones anotadas. En efecto, lo que ejecuta la obra es un rastreo hábil por los libros del biografiado. El texto cuenta la vida del personaje con base en numerosas páginas entrecomilladas –sacadas tanto de las obras de Bayer, como de otros autores que hablan sobre él–, y en la mayoría de los pasajes restantes, discurre, en apariencia, la pluma de Bueno Osorio, cuando en realidad se trata de frases textuales de Bayer, y de otros escritores, a las que no se les concede la atribución gramatical, es decir, la cita entre comillas.

Para adecuar los tiempos verbales, se hace la correspondiente conversión, o se introducen ligeros cambios: por lo general Bayer habla en presente en sus obras autobiográficas, y el libro que comento, en pasado. Esto puede observarse en el siguiente ejemplo:

Dice Tulio Bayer en la página 26 de Carta abierta a un analfabeto político: “El ejército (en minúscula) de Colombia tiene hoy la misión de guardabosques. Es el ejército emancipador de ayer, que hoy sirve para desalojar a los colombianos sin pan y sin esperanza”.

Dice Carlos Bueno Osorio en la página 113 de su texto: “El Ejército (en mayúscula la letra inicial) de Colombia tenía entonces la misión de guardabosques. Es el Ejército de ayer que sirve para desalojar a los colombianos sin pan y sin esperanza”.

El libro del periodista antioqueño aglutina en un solo texto, valiéndose de los artificios señalados (lo cual constituye plagio literario), el recorrido humano e intelectual de este colombiano contestatario, idealista y mesiánico, que hizo de la rebeldía y la protesta un arma social. Tulio Bayer se equivocó de camino, pero siempre luchó contra la injusticia, el atropello y la sinrazón. Combatió a los poderosos en beneficio de los desprotegidos. Y nunca se doblegó, ni declinó en sus principios. Prefirió el hambre, la cárcel y el destierro a la sumisión.

Quien no haya leído los libros de Tulio Bayer, como yo lo he realizado varias veces con absoluta penetración mental, hallará en el texto recién editado la explicación de un destino batallador y justiciero. Bayer amaba a Colombia por encima de cualquier consideración, pero murió en el ostracismo. Este libro lo rescata del olvido.

En el párrafo final de la obra, Carlos Bueno Osorio hace la siguiente precisión, que registro con agrado: “A 25 años de su muerte, la figura de Bayer se perfila como la de un hombre íntegro que, como todos los hombres, intenta inútilmente hacer coincidir pensamientos y actos, equivocado con honestidad, me trae el recuerdo de un colombiano que amó desde la distancia a Colombia…”

Eje 21, Manizales, 12 de marzo de 2009.
El Espectador, Bogotá, 16 de marzo de 2009.

* * *

Comentarios:

Muy interesante tu artículo sobre Tulio Bayer. Me consta que lo conoces muy bien, pues por ti leí la obra Carta abierta a un analfabeto político y en muchas ocasiones he tenido el privilegio de escucharte narrar diversas anécdotas sobre él, así como leer las contenidas en tu obra Ráfagas de silencio. Deplorable que el libro del periodista antioqueño Carlos Bueno Osorio contenga los desaciertos que señalas. César Hoyos Salazar, Bogotá.

Qué bueno que se hable de Tulio Bayer, tan desconocido aún en este país. Le cuento una anécdota de familia que no sé hasta qué punto esté distorsionada por el paso del tiempo: mi abuela paterna, Pastora Jaramillo, era hermana de la mamá de Tulio y vivía en Sonsón, a donde él alguna vez fue a pasar vacaciones de niño y encontró un ratoncito en el subterráneo de la casa. Decidió cogerlo, cortarle las orejas y la cola, e injertar la cola, partida en dos, en las heridas de las orejas. Decían que el injerto pegó. Cristina Toro Ramírez, Medellín.

Acabo de leer su artículo sobre el médico Tulio Bayer, que me pareció un buen resumen de sus contactos con él. Como comentario, ¿por qué dice usted de manera subjetiva que Bayer se equivocó de camino? Es muy importante respetar los criterios y pensamientos de cada cual, ¿no le parece? Álvaro Oliveros Egel.

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Mozart, genio irrepetible

martes, 20 de julio de 2010 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

A Salzburgo, refrescada por las aguas del río Salzach y que cuenta entre sus  tesoros históricos con una famosa catedral barroca, le cupo la suerte de ser la cuna de Wolfgan Amadeus Mozart. Desde el siglo VIII funcionaba en dicha ciudad un poderoso principado eclesiástico, cuya sede fue arrasada por Napoleón en 1803. Medio siglo antes, el 27 de enero de 1756, había nacido Mozart, hijo de Leopold Mozart, violinista que prestaba sus servicios en la corte arzobispal.

Advirtiendo Leopold que su hijo, de tan sólo cuatro años, mostraba una precocidad sorprendente en el arte musical, le dio las primeras clases y encontró en el alumno el campo abonado para el desarrollo de su vocación. A medida que corrían los días, la superación del pequeño era cada vez más asombrosa, como su padre nunca la había hallado en otra persona. Un fulgurante presentimiento le decía que su hijo sería un genio.

A los seis años, Mozart hace en Munich su primera presentación pública y luego actúa ante la emperatriz María Teresa. Su destreza para el pianoforte, el órgano y el clave se traslada a la composición, donde se inicia con un minueto. Más tarde ensaya un concierto para piano. Con esta suma de pericias, donde se nota la mano del padre, al niño prodigio se le abre el horizonte europeo. Años después, el mundo entero aclamará su nombre.

Nadie ha podido explicar el enigma que rodea esta maestría insólita para componer partituras de calidad desde los primeros años de vida. En contacto con los grandes maestros de la música, todos reconocieron su genio. Su fama, en corto tiempo, vuela por el orbe entero. Un día, nimbado de gloria, sale del apacible recinto de Salzburgo y se establece, para el resto de sus días, en Viena, capital mundial de la música. Esta ciudad es un imán para renombrados compositores, como Strauss (padre e hijo), Liszt, Brahms, Beethoven, Schubert, Schuman, Gluck, Haydn. Ahora llega Mozart.

La suerte económica es esquiva para el genio. En Viena pasa enormes penurias, de las que nunca logra recuperarse. En agosto de 1782 contrae matrimonio con Constanza Weber, mujer egoísta y exigente, con quien lleva una vida sin atractivos. Cambia con frecuencia de vivienda (se dice que Mozart residió en Viena en treinta casas), debido a los apremios económicos y a los conflictos que, derivados de su mal genio, formaba con sus vecinos. Trabajaba con mucha intensidad. Su salud era precaria, y a esto se agregaba la crisis religiosa que lo llevó a adherirse a la francmasonería.

En el campo del arte, sus logros eran cada vez superiores. La música sacra, la sinfonía, el cuarteto, el concierto, que conquistaban emocionados aplausos, impulsaron su nombre a las cúspides de la perfección. Abarcó todos los géneroscon portentosa originalidad, y su producción fue inmensa. Mientras tanto, sus enemigos, entre ellos el palaciego Salieri, realizaban secretas intrigas para debilitar el nombre de Mozart en Viena. Cuando estrena Las bodas de Fígaro, su obra más reconocida, las malquerencias tienen que rendirse ante la realidad del talento musical. Sus obras más famosas las compuso en la época de mayores dificultades.

Por aquellos días lo asalta la idea de la muerte, que se le vuelve obsesiva. Su salud va en franca decadencia y sus inquietudes religiosas lo atormentan cada día más. Sus ingresos son deplorables, en medio del encomio. Las deudas lo ahogan. No ha conocido la felicidad conyugal. A su padre le hace esta confesión desesperada: “Nunca me voy a la cama sin pensar que, aunque soy joven, puedo no llegar a ver la aurora”.

A partir de abril de 1791 se ve precisado a aceptar trabajos modestos para poder subsistir. Se siente más agotado y la pobreza amenaza devorarlo. Hace esfuerzos supremos para terminar La flauta mágica y siente próxima la llegada de la muerte. En julio de ese año, un extraño personaje le encarga la elaboración de una misa de difuntos, ocasión que le hace concebir a Mozart su propio Réquiem, que deja inconcluso.

Muere el 5 de diciembre de 1791 a causa de una inflamación cerebral. Apenas había cumplido 35 años. Al día siguiente es sepultado en el cementerio de San Marcos, en la fosa común, debido a que una tormenta de nieve impide la presencia de sus familiares y amigos. Su cadáver nunca fue rescatado, por no haberse podido localizar la tumba, aunque se ha especulado en sentido contrario: en la Fundación Mozart, ubicada en Salzburgo, se conserva desde 1902 un cráneo que se decía era el de Mozart. Pero un estudio de ADN desmintió esa versión.

Sólo después de muerto, Constanza llega a comprender que estaba casada con un genio. De esta efímera existencia nació, hace 250 años, una historia inmortal.

El Espectador, Bogotá, 24 de enero de 2007.

Los demonios de Vargas Vila

lunes, 30 de noviembre de 2009 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar 

Ningún escritor tan odiado y tan admirado como José María Vargas Vila. Mientras muchos lo denostaban por sus escritos urticantes, otros lo aplaudían por su estilo desenfadado y su verbo demoledor. Fue el censor implacable de las tiranías tropicales, bien desde sus artículos en periódicos y revistas o bien desde sus libros, unos y otros huracanados. Nunca cedió en su posición crítica, por más persecuciones que se desataron en su contra. Su furioso anticlericalismo le valió el veto de la Iglesia Católica y la prohibición para los fieles, bajo advertencia de excomunión, de que leyeran sus obras.

No necesitó mucho tiempo para ingresar a la lista de los escritores “malditos”. Con él se inicia en nuestro país esa histórica clasificación, nacida en Francia con Baudelaire, Rimbaud, Verlaine y Mallarmé, los cuatro principales poetas del simbolismo, que marcaron toda una época por su genialidad y rebeldía. Sin ser bohemio como ellos, Vargas Vila se convirtió en el mayor espíritu enjuiciador de la sociedad y los gobernantes y, al igual que los poetas franceses, dio muestras de acendrada independencia y temible capacidad de combate y sarcasmo, hasta el punto de ser catalogado como monstruo luciferino.

El escritor boyacense Eduardo Torres Quintero lo denominó el “gigantesco paranoico” y con esas palabras definió el ambiente que en parte de la sociedad irradiaba Vargas Vila por su arrogancia y su carácter panfletario. En el otro extremo de la opinión pública, el poeta Valencia lo calificó como el “divino”,  y así pasaría a la historia. Título apropiado para un ser salido de lo común, que parecía irreal y causaba  arrebato en la multitud. Arrebato que lo mismo podía provenir de su instinto diabólico que de sus destellos fulgurantes. Personaje casi indefinible, que puede situarse entre ángel y demonio.

Mario H. Perico Ramírez es autor de la estupenda biografía de Vargas Vila titulada ¿Las uñas de Satanás?, que lleva tres ediciones y ha entrado en nueva circulación en estos días. Dentro de su peculiar estilo de presentar a sus biografiados en primera persona, con la técnica del monólogo interior y el recurso de toques originales (como lo ha hecho, entre otros, con Bolívar, Santander, Núñez, Reyes, Mosquera y Manuelita Sáenz), Perico Ramírez se mete en el alma y en el cuero de sus personajes y los pone a actuar en su momento y sus circunstancias con exactitud histórica.

Su intuitiva facultad de interpretar el carácter de la gente, apoyado por hondas lecturas y su fecunda imaginación, permite al escritor boyacense elaborar novedosos estudios críticos sobre etapas de la vida colombiana que giran alrededor de los protagonistas de la historia. Se aparta de la regla académica de ofrecer los relatos con la  engorrosa enumeración de fechas y circunstancias triviales que poco o nada aportan para el conocimiento genuino de las personas, y emplea la penetración sicológica para definir los hechos y las épocas y desentrañar los rasgos individuales.

A Vargas Vila lo analiza como ser angustiado desde la niñez, que queda huérfano de padre a los cuatro años y debe soportar la estrechez económica a que se ve sometida su madre, que con grandes dificultades sobrevive con una pensión insuficiente. Los estudios del futuro libelista son precarios, pero su vocación autodidacta le permitirá obtener sólidos conocimientos. Apenas adolescente, se enrola en la milicia y se compromete con afanes partidistas que dejarán un rastro perturbador en su espíritu, en medio de las grandes conmociones públicas que afectan la vida nacional.

Luego ejerce como maestro de escuela en diferentes pueblos. Suspende esa actividad cuando estalla la revolución de 1885 y toma partido en uno de los bandos en conflicto. Derrotado su ejército, se refugia en los Llanos y caen sobre él duros tiempos de persecución. Su vida queda marcada por la borrascosa época de agitación política y de enormes sinsabores que incidirá en el carácter rebelde que nunca lo abandonará.

Viaja por distintos países, ejerce el periodismo, funda revistas. Arremete contra los tiranos de Colombia y Venezuela y cada vez sus luchas se vuelven más radicales y más intransigentes. Ingresa a la diplomacia, y su nombre,  ya célebre por el éxito y el escándalo de sus libros, resuena con estrépito y admiración en todas partes. Adquiere destreza impresionante para escribir libros de choque ideológico y de pasiones sentimentales, que causan revuelo en  el continente e incluso en España, a donde ha llegado su prestigio y donde reside por largos años, hasta su muerte.

Cada obra suscita polémica, rechazo, protesta, adhesión, delirio. Son sentimientos encontrados que crean el mito. Los públicos, que unas veces lo aplauden y otras lo detestan, lo proclaman, de todas maneras, como el “divino Vargas Vila”, rótulo en el que va incluida la imagen del ángel perverso. Sí: Vargas Vila es lucifer, el príncipe de los ángeles rebeldes. Destruye reputaciones con fulminante poder de condena y así mismo despedaza los ídolos de barro. Su ímpetu jupiterino no tolera los abusos de poder ni la injusticia social. Por eso se le idolatra, se le respeta y se le teme.

Perico Ramírez, otro rebelde de las letras y polémico con sus escritos, diseña a la perfección la figura controvertida de Vargas Vila. Sabe dibujarlo en la distancia de los años y lo trae a nuestros días con cierta duda (que asiste a la mayoría de escritores) sobre la verdadera esencia del personaje. De ahí el título de su libro: ¿Las uñas de Satanás? Sobre lo que no existe duda es sobre la trascendencia histórica y literaria de este colosal panfletario, de difícil repetición.

El Espectador, Bogotá, 7 de abril de 2005.

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Manuelita Sáenz: la pasión inmortalizada

lunes, 30 de noviembre de 2009 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Antonio Cacua Prada ha puesto en circulación el libro Manuelita Sáenz, mujer de América, tal vez la biografía más completa y verídica que se haya escrito sobre la amante de Bolívar. Muchas inexactitudes y calumnias se han tejido sobre este mítico personaje, nacidas unas del odio que los malquerientes del Libertador abrigaron contra él -pasión enfermiza que se volcó sobre su fiel y valerosa compañera- y propaladas otras por las memorias ligeras y mendaces del científico francés Juan Bautista Boussingault, aparecidas en 1903, que dieron origen a no pocas falsedades recogidas por libros posteriores.

La obra de Cacua Prada, presentada en la Estancia de Manuelita Sáenz -centro histórico que protege la Universidad de América y que corresponde a la morada de la quiteña en la capital colombiana-, es el resultado de largos años de investigación y ofrece, con amenidad y rigor histórico, los pasos de la “amable loca”, como la llamaba Bolívar, desde su nacimiento refulgente en Quito hasta su ocaso penumbroso en el caserío peruano de Paita.

Hija natural de un comerciante de importaciones, a los 20 años contrae matrimonio con Jaime Thorne, que la dobla en edad y de quien se ha dicho que era médico. Cacua Prada revela que se trataba de un naviero inglés, poseedor en Lima de una sólida posición social y económica. La boda no se realiza por la propia voluntad de la novia, sino por deseo manifiesto de su padre, quien encuentra favorable esa circunstancia para acercarse al mundo de negocios que maneja el acaudalado ciudadano inglés.

La pareja se traslada a Lima al poco tiempo del matrimonio, y ella, por su belleza y especiales atributos femeninos, se convierte en el centro de atracción de aquella brillante sociedad imbuida de puritanismos. Las preclaras señoras quiteñas se escandalizan con las extroversiones de la desenfadada damita, quien se exhibe de continuo cabalgando a horcajadas en brioso corcel. Pero todos la admiran. Manuelita, exquisita amazona que se distingue por la fibra sensual y el carácter fogoso, no concuerda con el temperamento reposado y flemático de su consorte, lo cual comienza a menoscabar la unión mal avenida.

Sin embargo, no es ella la que desestabiliza la vida conyugal, sino él. Hecho evidente: Thorne se ha conseguido una amante, lo que enfurece a su esposa, que se muestra poseída por los celos. Cuando Bolívar entra victorioso a Quito tras las batallas de Bomboná y Pichincha, Manuelita le lanza desde un balcón una corona de laurel. El Libertador se encuentra con la dulce mirada de su admiradora y a partir de ese momento se inicia el profundo romance que los unirá por el resto de sus días.

De ahí en adelante se vuelve su mejor aliada de las gestas libertadoras y el bálsamo amoroso de sus triunfos y desengaños. Es ella la antena infalible que lo pone alerta contra las intrigas y las deslealtades que se urden a su alrededor. Conforme crece la agitación política y se enrarece el ambiente contra el Libertador, más aguza ella los sentidos para descubrir patrañas y mantenerse en guardia contra los traidores. Aquel 25 de septiembre de 1828, cuando los enemigos conspiran en la sombra, la insomne vigilante de las horas peligrosas detecta la llegada de los asesinos y en segundos lo salva de la muerte. Bolívar salta por la ventana prodigiosa y se protege en el puente cercano, mientras la conjuración se deshace como por artes de embrujo. “Tú eres la Libertadora del Libertador”, le expresará más tarde el héroe, y con esta aureola pasa a la historia como la gran heroína del amor y la libertad.

Abandonado por sus amigos y rodeado de tremenda soledad e infinita tristeza, muere el Libertador dos años después. Sus enemigos toman venganza contra la indefensa mujer y la convierten en blanco de los mayores agravios, injusticias y persecuciones. Expulsada de Colombia por Santander, comienza a vagar de pueblo en pueblo y de recuerdo en recuerdo, entre escarnios, humillaciones y miserias, y no logra que su propia patria ecuatoriana le ofrezca protección.

Así llega a Paita, triste caserío perdido en las orillas del mar, que Alberto Miramón, en La vida ardiente de Manuelita Sáenz, define como “melancólico pueblito. Arenal de sequedad y ardor”. En aquel destierro pavoroso, rodeada de soledad, pobreza y melancolía y víctima de terribles dolencias físicas -reumatismo, artritis, hidropesía, parálisis total…-, pero fortalecida con la llama perenne de su amor imperecedero, pasará los 26 años que le restan de vida.

El libro de Cacua Prada es obra valiosa por su seriedad documental, por la exaltación de la “loca divina” -símbolo del heroísmo, la lealtad y la pasión amorosa- y por la rectificación que hace de muchos errores históricos, nacidos de otra pasión: la del odio y el sectarismo. Esta mujer vilipendiada y condenada al olvido tras su dorada época de triunfos y caudillismo patriótico, es la misma amada inmortal a quien su héroe le manifestó un día, en los momentos amargos del crepúsculo de su existencia y de la ingratitud humana: El hielo de mis años se reanima con tus bondades y gracias. Tu amor da una vida que está expirando. Yo no puedo estar sin ti. Ven, ven, ven.

El Espectador, Bogotá, 17 de octubre de 2002.
Boletín de Historia y Antigüedades (órgano de la Academia Colombiana de Historia), No. 819, Bogotá, diciembre de 2002.
Revista Susurros, Lyon (Francia), No. 14, febrero de 2007.

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