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Faro de la ética y la rectitud

lunes, 13 de abril de 2015 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

El doctor Carlos Gaviria Díaz, magistrado de la Corte Constitucional en los años 1993-2001, falleció en Bogotá el pasado 31 de marzo, en momentos en que la alta corporación rueda por los despeñaderos de la degradación y el escándalo, a raíz de los torpes procederes ejecutados, al paso de los años, por varios de sus miembros. Esto les sucede a las instituciones –y por supuesto a las personas– cuando pierden el honor y la respetabilidad.

Qué contraste: mientras Carlos Gaviria fue ejemplo de ética y contribuyó al sólido prestigio que tuvo la Corte, el actual presidente, Jorge Pretelt Chaljub, que se niega a separarse de su cargo a pesar de las graves faltas que se le imputan, constituye la mayor mancha que ha caído sobre la entidad. Dos estilos se enfrentan a través de estas figuras tan disímiles: el de la dignidad y el de la deshonra, el de la decencia y el de la provocación, el de la probidad y el de la abyección.

Muchas son las virtudes que se atribuyen al jurista antioqueño. Su firmeza intelectual, su rectitud moral y formación académica jugaban con la amplitud de su pensamiento y su tolerancia con las ideas ajenas. Amigo del diálogo civilizado, del que sacaba motivos para enriquecer su propia ideología, no se disgustaba con quien exponía juicios diferentes a los suyos. Lo escuchaba con atención, discutía los puntos divergentes, y a veces aceptaba la posición del otro. Nunca pretendía imponer su propio criterio, y mantenía sus convicciones en la zona de la serenidad.

Como poseía fino sentido del humor y altas dosis de humanismo, con una carcajada jovial resolvía un tema espinoso. A su vera no quedaban enemigos. La gente lo admiraba, lo respetaba y lo seguía. Cuando en las presidenciales del 2006 se enfrentó al presidente Uribe y obtuvo la mayor votación lograda por la izquierda en toda su historia (2’600.000 sufragios), puso en evidencia su poder de seducción sobre las masas. Buena cantidad de esos votos fueron por él mismo, por Carlos Gaviria como persona, más que por su partido.

Su mayor campo de acción estuvo en la cátedra universitaria. Por más de 30 años se desempeñó como profesor de Derecho de la Universidad de Antioquia, y en 1971 fue alumno suyo Álvaro Uribe Vélez. Dos temperamentos antagónicos. El uno sosegado y reflexivo, el otro impetuoso y ególatra. Ambos, inteligentes y líderes. Sería interesante saber cómo se entendían en el aula y cuál era el tono de sus discusiones y sus divergencias, las que más tarde se llevarían al escenario nacional, tanto en el debate de los partidos como desde el ámbito parlamentario, donde Carlos Gaviria fue senador en el periodo 2002-2006.

Fue hombre radical de izquierda y demócrata convencido. Nunca conoció el sectarismo. Propulsor de los derechos humanos, la libertad y la igualdad, la equidad social, la libre expresión, la libertad de cultos (a pesar de su posición de agnóstico). Sus ideas  eran coherentes y sus argumentos, nítidos. Defensor de la eutanasia, la dosis mínima en el consumo de drogas y la libre decisión de la maternidad.

Hace menos de un año fui con mi señora a ver una película en Cinemanía. En la fila delantera a la nuestra estaba Carlos Gaviria, solo. ¡Solo, quien había sido rodeado de 2’600.000 colombianos en la campaña presidencial! Por cierto que no se trataba de la soledad del poder, sino de la libertad para estar solo. Y encontrar el regocijo íntimo en una sala de cine, alejado de la muchedumbre.

Cuando terminó la película, se levantó de la silla y nos saludó con amabilidad, como si fuéramos viejos amigos. Al avanzar por el recinto, dispensaba muestras de simpatía a los asistentes, y todos lo miraban con agrado y admiración. Se subió al automóvil que lo esperaba a la salida del cine, y se perdió de vista, causándonos gratísimo recuerdo. “Un hombre para Diógenes”, dice Osuna. “El sabio de la tribu”, según Semana.

Esta clase de prototipos humanos son los que necesita Colombia. Pasan por la vida como un meteoro, como una ráfaga de luz intensa y fugaz. Y de pronto desaparecen de la escena, dejando una estela de cordura, sensatez y sapiencia.

El Espectador, Bogotá, 10-IV-2015.
Eje 21, Bogotá, 10-IV-2015.

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Comentarios:

Sí, en donde participara Carlos Gaviria era objeto de admiración y simpatía. Pese a su timidez, podían más su sencillez y respeto total por el otro, para agradecer esas muestras de cariño. Un faro de sapiencia, humanidad y rectitud que su muerte no apagó. La unanimidad y proliferación de columnistas y artículos reconociendo sus atributos dan muestra de ello. Su luz refulge especialmente al contrastarla con el advenedizo Pretelt. En cuanto a conductas criminales y de favores cruzados, nunca fue tildado. Era un Maestro. Sofía Fuentes (correo a El Espectador).

Y corren ríos de tinta de los articulistas, denunciando corruptelas, trapisondas, nepotismos, negociados etc, etc, etc… y nada pasa, todo sigue igual o peor. Y si el presidente de la Corte Constitucional no renuncia, al menos siquiera por dignidad, qué podemos esperar, con ese ejemplo, del resto de bandidos en el Senado, la Cámara y en los juzgados. Poco a poco se nos va acabando la esperanza en Colombia. Luis Quijano, (USA).

Me causó impacto tu columna, homenaje a Carlos Gaviria, porque me devolvió la esperanza de que aún existe en este mundo esa especie exquisita de seres humanos. Gloria Chávez Vásquez, Nueva York.

Le haces un justísimo homenaje a un grande de Colombia que supo mantener enhiestas las buenas virtudes del ciudadano, del académico y del dirigente político y social. Fui su amigo personal y aprendí de sus valores legítimos contrapuestos a los valores de muerte y discriminación. Alpher Rojas Carvajal, Bogotá.

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Muere un acordeón

sábado, 11 de febrero de 2012 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Hace diez años, en el hotel Radisson de Bogotá, los amigos de Carlos Eduardo Vargas Rubiano le celebramos, al lado de su esposa y su familia, la publicación de su libro autobiográfico Memorias con mi acordeón. En tal ocasión, Carlosé (como firmaba sus artículos en El Tiempo, y así se le nombraba entre sus amigos) entregó el disco titulado Se nota que no sé nota.

Dije entonces en columna publicada en El Espectador: “Es difícil encontrar una simbiosis tan perfecta entre un instrumento musical y su ejecutante. No se sabe, en realidad, si Carlosé es el dueño del acordeón, o el acordeón es el dueño de Carlosé”. Chapete publicó en 1969 una caricatura con el título Boyacá en los mares, donde aparece el personaje, con el agua al tobillo y la canción a flor de labios, navegando por los mares del mundo como jefe de relaciones públicas de la Flota Mercante Grancolombiana, y acompañado de su inseparable acordeón.

Nació con música en el alma. En su Tunja natal, apenas de 15 años, era ya un ferviente admirador de Gardel, cuyos tangos interpretaba al piano. Pasado el tiempo, supe por él mismo que siempre que llegaba a Buenos Aires no podía prescindir de ir a visitarlo en su tumba de La Chacarita. Cuando tiempo después estuve en dicha ciudad, me acordé de aquella adhesión al “zorzal criollo” y fui a dar a La Chacarita, por cierto bajo un torrencial aguacero. Gardel, Agustín Lara y José A. Morales eran sus tres ídolos musicales.

Siendo gobernador de Boyacá, en 1987, me invitó a una correría por el norte del departamento. En Soatá, mi patria chica, entregó una condecoración al colegio de la Presentación, que cumplía un aniversario importante. Realizado el acto, me pidió que estuviera listo para viajar en horas de la noche a Tipacoque, distante 13 kilómetros, luego de atender un compromiso en mi pueblo. Carlosé, amigo entrañable de Eduardo Caballero Calderón, llegaba a la casona histórica como si fuera su propia casa. Al son del acordeón, aquella grata velada musical  se prolongó durante varias horas, como una pausa refrescante del camino.

Fue alcalde de Tunja a los 25 años. Dirigió las relaciones públicas de la Flota Mercante Grancolombiana por cerca de tres décadas. En 1987 ocupó la Gobernación de Boyacá. Enfrentado entonces a la politiquería de su tierra, a cuyas presiones no quiso acceder, prefirió retirarse con dignidad del cargo. Sus propios paisanos no lo dejaban gobernar. Después se le ofreció una nominación como senador, y no aceptó: estaba desencantado de la vida pública.

Como columnista de El Tiempo durante largos años fue el gran promotor de la tierra boyacense. Y fue el mejor relacionista de Boyacá. Su don de gentes y exquisita amabilidad le abrían escenarios en todas partes, que él canalizaba hacia el progreso de su comarca. El patrimonio histórico y la vida cultural de Boyacá eran grandes afanes suyos como dirigente cívico.

Ahora que llega al final de la travesía, a los 91 años de su generosa y bienhechoraexistencia, algo se silencia en el panorama nacional. Algo deja de vibrar en los aires boyacenses. Es su célebre acordeón, sinónimo no solo de alegría y vitalidad, sino de confraternidad y servicio. Puede decirse que a sones de acordeón, como discípulo de Gardel y fiel intérprete de la música colombiana y sobre todo boyacense, Carlosé ejerció a plenitud su liderazgo de la simpatía y el servicio a Boyacá y al país.

El Espectador, Bogotá, 30-VIII-2011.
Eje 21, Manizales, 31-VIII-2011.
La Crónica del Quindío, Armenia, 3-IX-2011.

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Comentarios:

Muchos presidentes y ministros decían que Vargas Rubiano era media Flota Mercante; la otra mitad eran las embarcaciones que surcaban los mares poniendo en alto la bandera colombiana. Orlando Cadavid Correa, Medellín.

Por algo fue merecidamente nombrado y reconocido como «El boyacense del año» (finales de la década de los 60) y posteriormente como «El boyacense del siglo» (principios del siglo 21), en amenas reuniones del Grupo Boyacá. Fue un hombre que supo vivir la vida. Capitán de navío (r) Jorge Alberto Páez Escobar, Bogotá.

 

 

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Jorge Eliécer Ruiz

sábado, 11 de febrero de 2012 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Con la muerte de Jorge Eliécer Ruiz, el pasado 26 de marzo, desaparece el último sobreviviente del estado mayor de la revista Mito. Fundada en 1955 por Jorge Gaitán Durán, Eduardo Cote Lamus y Hernando Valencia Goelkel (oriundos de los dos Santanderes y nacidos en los años 20 del siglo pasado), la revista contó con selecta nómina de colaboradores, como Pedro Gómez Valderrama, Jorge Eliécer Ruiz, Fernando Charry Lara, entre otros.

Está considerada como el hecho literario más importante del siglo XX. Fue tan marcado su influjo, que le dio el nombre a toda una generación. Su mayor acento se encaminó a despertar la conciencia del país sobre el viraje que debía darse hacia una posición de izquierda, no en el neto sentido político, sino sobre todo de ruptura del tradicionalismo. Y respetó la presencia en el grupo de algunos importantes adherentes del Partido Conservador. Lo que en realidad interesaba era la liberación del pensamiento.

Mito buscaba como base fundamental romper el marasmo de las ideas tanto en el campo político como en la concepción estética de las letras y el arte. Quería que las vanguardias ignoradas que insurgían en el país encontraran caminos para expresarse. Para lograrlo, era preciso variar los moldes tradicionalistas que no permitían pensar ni obrar con ideas frescas. El maestro Valencia, siendo tan importante en su preciosismo poético, era al propio tiempo un freno para la evolución de las nuevas generaciones.

Este paso adelante lo dio Mito. Su existencia, de solo siete años (1955 a 1962), durante los cuales publicó 42 números, representó una revolución en la literatura colombiana. La revista llegó a su final con la muerte de Jorge Gaitán Durán en accidente de aviación, en 1962, cuando regresaba de París enviaje de vacaciones. Dos años más tarde moría Eduardo Cote Lamus en accidente automovilístico en la carretera entre Pamplona y Cúcuta.

Después fueron desapareciendo los otros integrantes del grupo, que llegaron a ser numerosos. Sobre Jorge Eliécer Ruiz era poco lo que se sabía en los últimos años. Se marginó de toda actividad. Yo llevaba años sin verlo, hasta que me enteré de su muerte por un aviso fúnebre de El Tiempo.

Toda su vida estuvo consagrada a la educación y la cultura. Deja en estos campos una gama de brillantes realizaciones que se quedaron (triste es decirlo) en el pasado nebuloso que crea la amnesia de los tiempos. Su nombre poco le dirá a la época actual. Pero sus actos no pasarán inadvertidos en las memorias universitarias y culturales, que es donde deben permanecer.

Escritor, ensayista, poeta y crítico literario, vivía en función de estudiar, pensar y crear. Estuvo vinculado a las universidades Distrital, Nacional, Jorge Tadeo Lozano y Central, unas veces como directivo y otras como asesor. Fue director de la Biblioteca Nacional, subdirector de Colcultura, secretario general del Ministerio de Educación (cuando no existía el cargo de viceministro), consultor de la Unesco y de las Naciones Unidas, consejero cultural de los presidentes Belisario Betancur y Virgilio Barco.

Autor de los siguientes libros: Sobre los estudiantes y la política, Troksky y la revolución, Cultural policy in Colombia, Memoria de la muerte (1973), Política cultural en Colombia (París, 1976), Sociedad y cultura (1984), Baldomero Sanín Cano (1990), Con los esclavos en la noria y otros ensayos (1992). Es autor del prólogo y efectuó la revisión de La otra raya del tigre, de Pedro Gómez Valderrama, para la Colección Ayacucho de Caracas (1992). En 1995, seleccionó el material y escribió el prólogo para la Antología de Pedro Gómez Valderrama –prosa y poesía– publicada por el Instituto Caro y Cuervo.

Creo que la mayor parte de la obra de Jorge Eliécer Ruiz está dispersa en periódicos y revistas. Por otra parte, sería importante averiguar por el material que dejó inédito. Era cuentista, pero no publicó ningún libro de este género. Conozco un excelente cuento suyo, Retrato de una mujer madura de provincia, publicado el 15 de septiembre de 1974 en Lecturas Dominicales de El Tiempo, y sé de otro, titulado El viaje.

El poemario Memoria de la muerte, que dedica en 1973 a Teresa Correal, su primera esposa recién fallecida, es una obra que refleja honda desolación. Ahí está dibujada la angustia existencial que siempre lo acompañó. Dice lo siguiente en los versos finales, como anticipándose –38 años atrás– al encuentro con la parca: “Nada quiero saber. Del tiempo nada / quiero tomar en préstamo ilusorio. / Una candela tengo preparada / para encender las ascuas del velorio,  / cuando apartado del mundo transitorio / pueda besar la luz de su mirada”. Se me ocurre pensar, releyendo estos poemas de miedo, dolor y agonía, que Jorge Eliécer es el perfecto oficiante de la muerte.

Sobresalen hoy en los mismos campos de la cultura y el arte sus hijos Pedro Ruiz Correal, considerado uno de los mejores maestros de artes plásticas del país, y Clarisa Ruiz Correal, escritora, comunicadora social y filósofa, directora de teatro y gran impulsora de actividades culturales de la capital.

Jorge Eliécer Ruiz fue intelectual nato, lector impenitente y realizador de hechos destacables y escritos eminentes que enriquecen el patrimonio culto de la patria.

El Espectador, Bogotá, 6-IV-2011.
Eje 21, Manizales, 6-IV-2011.
La Crónica del Quindío, Armenia, 9-IV-2011.

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Comentarios:

Lamento profundamente la muerte de mi gran amigo de los años cincuenta con quien fundamos un nuevo pensamiento hacia la luz del cambio radical, llamado la R. N., sigla de la Revolución Nacional, grupo al cual estaban vinculados José Galat, Ramón Pérez Mantilla y Antonio Gaitán (sobrino del caudillo), y otros más. Tu columna es la más completa que yo he leído sobre Jorge Eliécer Ruiz, por cierto autor de una antología del ensayo colombiano, siendo él uno de los más sobresalientes. Vinculado por muchos años a los círculos académicos de la capital, creo que poco se sabe en su tierra, Santander, de este santandereano eminente. Ahora creo que con tu columna hemos rescatado para la tierra de su amigo Pedro Gómez Valderrama a un brillante valor santandereano, gran ensayista y poeta que merece estudiarse en el campus universitario a nivel departamental y nacional. Ramiro Lagos, Greensbore (Estados Unidos).

Tuve la oportunidad de aproximarme, primero, a su obra escrita en la que sobresalía el esteta sobrio que apoyaba sus juicios en un agudo talento histórico, luego, a sus tertulias intelectuales de café en el centro de Bogotá. Lo tuve en gran estima y, todo indica, que a él le interesaba mi trabajo académico en ciencias sociales, sobre cuyos resultados solíamos hacer interesantes debates en los años 90. Tenía una memoria literaria y poética poco comparable. Y siempre presidiendo sus paliques un humor extraordinario. Tú artículo no sólo rememora con justicia a una de las cumbres intelectuales de Colombia, sino que lo hace con argumentos de fondo que bien podrían ser el comienzo de una biografía que rescate todo lo que en el campo de la reflexión intelectual fue e hizo Jorge Eliécer Ruiz  Alpher Rojas, Bogotá.

Fui amigo de Jorge Eliécer en las tertulias de Mito en la calle 18, y lo vi otras veces por los lados de la educación. Muy carnal de Pedro Gómez, Affan Buitrago y del gordo Hanssen. Pero desconocía todo ese bagaje de hechos que recuerdas, muchos nuevos para mí. Jaime Lopera, Armenia.

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Juan Castillo Muñoz

sábado, 11 de febrero de 2012 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Me enteré de la muerte de Juan Castillo Muñoz por la caricatura de Osuna publicada el 11 de diciembre. El caricaturista de El Espectador, periódico donde Castillo Muñoz tuvo alta figuración en tiempos pasados, da esta información que al mismo tiempo implica una duda: “Murió don Juan Castillo, ¿no lo sabían?”.

En el fondo de la caricatura se pintan unos rostros entre sorprendidos y conmovidos, y en el grupo aparece el propio Osuna cerca a Fidel Cano, director de El Espectador. Estas palabras rematan la deplorable noticia: “Quiso que sus cenizas se esparcieran en un salto de agua… ¡Se diluyó el gran colega y amigo!”.

Osuna, que también es clarividente, sabía que la muerte del periodista y escritor boyacense iba a pasar inadvertida. En el momento de escribir esta nota han pasado once días desde la fecha del deceso, y Castillo Muñoz, colaborador que fue de El Espectador, El Siglo, La Patria, El Tiempo, El Colombiano, La República… no ha recibido los honores que merece.

Retrocediendo en el tiempo, este personaje de las letras, el periodismo y la historia fue director general de noticias de Radio Cadena Nacional, redactor del noticiero Todelar de Bogotá, director de información de la Presidencia de la República, jefe de prensa de Telecom, libretista de Colombia Viva, entre otras posiciones.

Es autor de varios libros de diferente género, como El extraño, Solitario en la sombra, Peregrino inútil, Motivos de Eros, Perfil del hombre, Palabras del hombre sin estirpe, Primera antología de la poesía boyacense, Un pueblo cualquiera, El sueño de la montaña. El poeta antioqueño Jorge Montoya Toro calificó la obra general de Castillo Muñoz con estas palabras certeras: “Canción desde la tierra, título de uno de los poemas de Juan Castillo, nos da la tónica del ámbito poético de toda su obra, signada por la inquietud existencial y cercana a los más palpitantes problemas humanos”.

Fue miembro de varias organizaciones de periodismo y concurrió a diversos encuentros internacionales del gremio. En el campo académico, perteneció a la Academia Boyacense de Historia y a la Sociedad Bolivariana del Magdalena. Deja una silenciosa obra inédita que ojalá se encarguen de recuperar el municipio de Moniquirá y la Gobernación de Boyacá.

Juan Castillo Muñoz era hombre discreto. Huía de la vana ponderación y se recogía en su ancho universo creativo, distante de las vanidades mundanas. Cuando yo residía en Armenia, me hizo llegar, tiempos ha (agosto de 1978), dos de sus libros, que he vuelto a repasar con hondo aprecio. Sobre Motivos de Eros me dice lo siguiente: “Le incluyo un ejemplar de un librillo que publiqué en 1974 y que estaba destinado a mejor suerte editorial, que fracasó por razones económicas. Sin embargo, así, humilde y desnudo, mereció comentarios muy favorables aquí y en el exterior”.

Hay una faceta que pocos conocen sobre este escritor boyacense que se menciona como nacido en Moniquirá. En realidad, su cuna nativa es el municipio caucano de Inzá, de donde emigró muy joven. Dando vueltas por distintas latitudes del país (fue además viajero internacional por muchos países), llegó a Moniquirá y allí estableció sus reales. Se enamoró de la tierra boyacense. En Moniquirá lideraba una intensa actividad cultural, entre la que estaba el tradicional “Encuentro de la palabra y la música”.

Dispuso que sus cenizas se esparcieran, como supongo que ya ocurrió, por el Salto de Pómeca, situado a cinco kilómetros de Moniquirá. Es una hermosa cascada que tiene una altura de 17 metros y cae en un pozo cristalino. Allí se mezcla el esplendor del paisaje con el misterio de los símbolos indígenas de Boyacá. Y allí reposará para siempre el alma de este gran hombre, bondadoso, andariego y productivo, sobre quien Osuna llamó la atención al acompañarlo en su viaje infinito con la caricatura efusiva, con sabor crítico, que se recoge en esta nota.

El Espectador, Bogotá, 16-XII-2010.
Eje 21, Manizales, 17-XII-2010.
La Crónica del Quindío, Armenia, 18-XII-2010.

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Comentarios:

Gracias por hacernos saber quién fue Juan Castillo. Tal vez ningún medio publicó el obituario. Al no haber estado envuelto en algún escándalo, nadie lo conocía. Paz en su tumba. Robin Hood (correo a El Espectador). 

Bien por agregarse esta columna a la voz de Osuna en memoria del periodista y escritor fallecido a los 81 años. Pienso que su obra completa debe ser publicada por alguna entidad. Espero que aparezcan más artículos acerca de Juan Castillo Muñoz y de otros que andan en el olvido. José Antonio Vergel, Ibagué.

La última vez que vi a Juan Castillo Muñoz y charlé con él fue en el Pasaje Santander, centro de Bogotá, hace unos cinco años. Me encantaba la tertulia con él. Fui su amigo por mucho tiempo. Y compartíamos los ritmos de la lira. Poco se le había valorado como lo haces tú. Ramiro Lagos, Greensbore (Estados Unidos).  

Se fue Mario H.

sábado, 11 de febrero de 2012 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

A principios de enero pasado, como salutación de año nuevo, visité a Mario H. Perico Ramírez en su casa de Villa de Leiva, donde también yo pasaba con mi familia una temporada de descanso. A corto tiempo del encuentro anterior, en el cual Mario H. mostraba signos de admirable vitalidad, noté esta vez que su estado de salud no era bueno.

Pero me abstuve de formular pregunta alguna a su esposa Yolanda y a Ricardo, su hijo médico, presentes en la reunión. En el sofá situado a la entrada de la casa, vi extendido el libro Operación Jaque, crónica donde Juan Carlos Torres describe el rescate legendario por la Fuerza Pública de quince prisioneros en poder de las Farc. La obra, editada días antes, le servía a Mario H. de interesante material de lectura en aquellos días de evasión del ajetreo bogotano.

Nos trasladamos al quiosco casero y allí estuve un buen rato hablando con él sobre diversos aspectos, entre ellos, el relacionado con la publicación de un nuevo libro suyo con el sello de la Academia Boyacense de Historia. Estaba feliz con este programa, por tratarse de difundir su palabra en la comarca nativa, a la que tanto fervor le consagró.

Menos de tres meses después, en los funerales del dilecto amigo en la capital del país, supe por Javier Ocampo López que con la aparición de dicha obra, prevista para fecha próxima, la Academia Boyacense de Historia le rendirá homenaje póstumo. «Lástima que ese homenaje no se le hubiera tributado en vida», anotó alguien.

Se rescatarán en este libro viejas piezas literarias escritas por Mario H. dentro del entorno boyacense, hoy olvidadas y dignas de nueva impresión. Se me ocurre pensar que algunos de estos textos saldrán de sus obras Andanzas y retablos, La palabra y la tierra, De la entraña a la piel, Prólogos de impaciencia, Diálogos irreverentes, Diario de un recluta, Al borde de tus sueños» (poemas), entre otras. Tales títulos, ya distantes en el tiempo, nacieron bajo el impulso de la vocación lírica del autor, imbuida de sueños, devoción por la tierra, afirmación de los valores boyacenses y divagaciones diversas, con que hizo vibrar su pluma en aras de lo terrígeno, la autenticidad regional y el amor por Colombia.

Faceta sobresaliente de su labor creativa es su incursión en la historia colombiana mediante el escrutinio sicológico de grandes actores de la vida nacional, como Bolívar, Santander, Núñez, Reyes, Mosquera, Manuelita Sáenz, de cuyas personalidades se apropia para ponerlos a desempeñar los actos ejercidos o presentidos, dentro del torrente de sucesos de las épocas que vivieron.

Los libros de historia de Mario Perico Ramírez, elaborados con portentosa imaginación y lenguaje vigoroso, punzante, desenfadado, y en ocasiones crudo e irreverente, y que discurren con los recursos de la novela histórica, son necesarios para interpretar el alma de los personajes, a la vez que el nervio de los sucesos. Su estilo no tiene par en la historia colombiana. Lo que otros escritores tapan, disimulan o ignoran, él lo descubre, lo denuncia y lo clarifica.

En estas obras no hace cosa distinta que diseccionar el cuerpo de la patria para ofrecer la realidad como él la percibe (discutible para muchos, como son las tesis controversiales) y dibujar a los héroes como seres de carne y hueso, propensos a las bajas pasiones de la condición humana, lo mismo que a las cumbres de las causas superiores. Y no se detiene en Colombia, sino que se va por otras latitudes en busca de la verdad que se esconde detrás de los caudillos.

En El gran Capagatos plasma la biografía del dictador Juan Vicente Gómez; en Francisco Franco Bahamonde, ¿de Luzbel a Lucifer? traza el carácter del dictador español; en Evita y yo, Perón se adentra en las entrañas del dictador argentino. El caudillismo es para él idea subyugante, que en ocasiones lo vigoriza y otras veces lo enardece.

Vida útil y laboriosa la suya. Deja vasta obra signada por el ímpetu del estilo regido por el precepto gramatical, donde campean el lenguaje castizo, la bella expresión, la idea fulgurante, la inventiva lexicográfica. Es implacable en el juicio mordaz, certero en el análisis sicológico, justo en el reconocimiento. Caminando por la historia novelada, penetra en el espíritu de los protagonistas y los pone a hablar en primera persona, con la fuerza del monólogo interior.

Quizá los hechos del pasado son ya incontrovertibles, pero en ellos busca filones ocultos para rehabilitar una conducta o desentrañar una acción engañosa, cuando no toda una vida falseada a lo largo del tiempo. Pienso que este escritor de agudos combates ideológicos fue iconoclasta irrefrenable. A la vez, faro de la historia.

Volviendo a nuestro encuentro en Villa de Leiva, vislumbré en el color verde que refulgía en su mirada como signo de gallardía, un rasgo opaco que comenzaba a presagiar la marcha final. Mario H. se fue desvaneciendo en silencioso tormento, tal vez con la ilusión de ver publicado su último libro. Yolanda, su afligida esposa, con 56 años de unión inmejorable, queda, en unión de sus hijos, con la misión de salvaguardar esta obra de largo alcance.

El Espectador, Bogotá, 4-IV-2009.

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Comentarios:

Me duele esta noticia, lo recuerdo con simpatía en un encuentro de Academias de Historia en Tunja hace unos tres años. Jaime Lopera. Armenia.

Al leer su columna, no pude menos que impresionarme frente al relato de su visita a su buen amigo, en su casa de Villa de Leiva, cuando cuenta que «en un sofá situado a la entrada de la casa, vi extendido el libro Operación Jaque, crónica donde Juan Carlos Torres describe el rescate legendario por  la Fuerza Pública de quince prisioneros en poder de las Farc», y añade que «la obra, editada días antes, le servía a Mario H. de interesante material de lectura en aquellos días de evasión del ajetreo bogotano «.

Para mí es un honor que un hombre de sus quilates intelectuales y trayectoria académica estuviera leyendo mi libro, pero la coincidencia va más allá. Si usted revisa mi pequeña biografía en la contrasolapa, verá que está anotado que soy ganador del Primer Concurso Nacional de Cuento «Fernando Soto Aparicio». Pues bien, asaltado por una repentina inquietud, casi certeza, acudí a mis archivos y revisé el acta de adjudicación del concurso, en la que pude ver el nombre y la firma del doctor Mario H. Perico Ramírez, al lado de la de Juan Castillo Muñoz, como jurado de dicho premio, en un acta de fecha 10 de octubre de 1989, hace ya más de 19 años (…) Juan Carlos Torres Cuéllar, Bogotá.

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